sábado, 1 de diciembre de 2018

Crónicas del palacio VIII


Víctor Cardona Galindo
Hasta 1994, a las seis de la mañana, se escuchaban los tambores a lo lejos, eran las dianas del 49 Batallón de Infantería, que despertaban a todos a la misma hora. Los tambores eran el despertador de la gente del pueblo, “levántate para que te vayas a la secundaria, ya están sonando los tambores”. “Ya iba llegando a la terminal cuando estaban los tambores”, eran comentarios que se escuchaban.
Los Supermachos es una revista que publicaba
 en los años setentas, este número está dedicado
 a Lucio Cabañas Barrientos precisamente en los
 días en que el guerrillero atoyaquense tenía 
secuestrado al senador Rubén Figueroa Figueroa. 
Foto: Archivo Histórico Municipal de Atoyac.

El sonido de tambores comenzaba temprano y duraba todo el día. La “diana”  a las seis se escuchaba más fuerte por el silencio de la mañana;  a las siete tocaban para llamar al desayuno. A las ocho otro toque para pase de lista. A las nueve de la mañana llamaban al personal que iba a Academia. A las 13 horas llamada a la tropa. A las dos de la tarde toque de comida. A las cuatro de la tarde daban orden del día y se daba otro toque para mandar a los arrestados. Y a las 21 horas se tocaba silencio y se apagaban las luces en el cuartel.
Las instalaciones del viejo cuartel militar de Atoyac comenzaron a edificarse el 22 de junio de 1971, bajo la supervisión del teniente ingeniero constructor Julio Urrutia. El director general de armas de ingenieros militares era el general de brigada ingeniero constructor José María Alba Valle, La pescada.
El edificio se construyó en el paraje conocido como Los Pozos de Tierra que pertenecía a varios propietarios, entre ellos a Clara Santiago y Mario Rodríguez Núñez, quien le había comprado a Paula Pinzón y una porción a la familia Mariscal. No hubo compra, simplemente los terrenos se tomaron prestados.
Se construyeron 10 barracas para dormitorios, un comedor, pequeñas cabañas para comandancia y sección sanitaria. Había una loma que se rebajó para patio de honores. Después de la edificación de las galeras se construyeron residencias para jefes y oficiales y casitas para la tropa.
En un principio el 50 Batallón tenía su cuartel en El Calvario, en un edificio que construyó el presidente Rosendo Radilla Pacheco en 1956, pero esas instalaciones castrenses en abril de 1972 cambiaron de función, como lo informó El Rayo del Sur en su nota del 30 de abril de ese año. Al concluirse los trabajos del cuartel de la colonia Mártires, “El día 28 del mes próximo pasado el coronel Macario Castro, comandante del 50 batallón de Infantería con sede en esta misma población, en solemne ceremonia en la que participaron autoridades civiles y fuerzas vivas de la localidad, hizo entrega a las 17 horas, a las esposas de los miembros del Ejército que radican en la población, del edificio que fuera hasta esa hora el cuartel militar de la plaza. Ese cuartel quedó convertido en una casa de trabajo para las mujeres de los miembros del Ejército, que comenzaron a desarrollar ahí una especie de patronato con actividades sociales”.
En esas fechas los militares participaban de manera armónica en las actividades de las autoridades civiles, muestra de ello es que el Comité Pro-festejos del primer centenario de la ciudad de Atoyac de Álvarez 1872-1972, que se celebró del 18 al 25 de junio de 1972, estuvo encabezado por el doctor Juventino Rodríguez García como presidente y Wilfrido Fierro Armenta como secretario. Pero además figuró como director de actividades cívicas el comandante del 50 Batallón de Infantería el coronel Macario Castro Villarreal.
Aunque ya para la segunda parte de ese año, la autoridad civil tenía roses violentos con el Ejército. El 14 de septiembre de 1972, el comandante de la Policía Urbana Municipal José María Patiño Aparicio informaba mediante un oficio a sus superiores: “Siendo 12: 15 de la noche se registró un escándalo en el interior del cabaret El Cha cha cha ocasionado por soldados federales que exigían más horas extras de las acostumbradas, debido a que el dueño del establecimiento les seguía dando servicio, cuando la policía los andaba sacando del establecimiento llegó un subteniente profiriendo insultos en contra de la policía, y cuando el segundo comandante le habló para que guardara compostura los soldados, se le echaron encima lográndose zafar en el forcejeo, perdiendo un cargador de 38 súper con cartuchos. Un soldado andaba ebrio y uniformado, también el oficial andaba uniformado y no hizo nada por su parte por controlar los soldados”.
Desde principios de 1971 había llegado de la Ciudad de México el 27 Batallón de Infantería encabezado por el coronel Máximo Gómez Jiménez, pero el día primero de febrero de 1973 se hizo cargo de esa unidad militar el teniente coronel Alfredo Cassani Mariña, con él se acabaron las buenas relaciones entre el Ejército y el Ayuntamiento. Todos eran sospechosos de apoyar a la guerrilla de Lucio Cabañas Barrientos.  
Esta actitud coincide con algunos informes que afirman que, a partir de 1973, tomaron el mando del combate a la guerrilla los egresados de la escuela de las Américas, con lo que se endureció la ocupación militar en las comunidades de la sierra y el bajo del municipio de Atoyac.
“Siendo las 8:25 pm del día 22 de abril del actual, se detuvo al individuo Sabastiel Romero Adame, por gritar viva Lucio Cabañas, y los soldados que andaban de vigilancia le cortaron cartucho”, informaba el comandante José María Patiño Aparicio al presidente municipal Silvestre Hernández Fierro, el 23 de diciembre de 1973. Es que esa ocasión la policía le ganó a los militares en detener a ese incauto que ebrio gritaba vivas a Lucio Cabañas.
A los pocos meses en un asalto sorpresivo, el 30 de septiembre de 1973, el Ejército se llevó todo el banco de armas del Ayuntamiento. Eran las siete de la tarde cuando los militares rodearon el Palacio Municipal, con el pretexto de que los policías preventivos habían detenido a un soldado borracho. El teniente coronel Alfredo Cassani Mariña localizó al soldado y lo sacó de barandilla para llevárselo a rastras. Mandó traer con patrullas militares a los policías que estaban de descanso y los reunió fuera de la comandancia y les mentó la madre diciéndoles que no tenían derecho a detener ningún soldado aunque anduviera borracho. Porque cualquier militar hasta el más pendejo de su batallón “es su padre”, les gritó.
En una sesión extraordinaria de cabildo el 1 de octubre de 1973, el presidente municipal Silvestre Hernández Fierro y los regidores: Rafael Hernández Pinzón, Genovevo Galeana Radilla, Bertana Jacinto López, Filiberto Radilla Reyes y Eutimio Flores Ávila discutieron la ofensa que el Ejército había hecho al Ayuntamiento.
“Esa paz que anhelan todos los pueblos de la tierra, ha sido quebrantada en nuestra cabecera, por la violencia e incomprensión de los militares que, apartándose de su sagrada misión que la patria le ha encomendado a nuestro glorioso Ejército Mexicano, abusando de su autoridad, a las diecisiete cuarenta y cinco horas, y, al mando del ciudadano Corl. Alfredo Cassani Mariña, comandante del 27 Batallón de Infantería, asaltaron al Palacio Municipal y la Comandancia de la Policía; se robaron las armas, veintiocho cartuchos útiles, dos cargadores y $275.00 que por concepto de multas, se guardaba en dicha oficina y, por si lo anterior fuera poco, golpearon y lesionaron a los ciudadanos Benito Ríos García, segundo comandante de la policía urbana y Eligio Borja Francisco, policía municipal, éste último presenta fracturas de cráneo”.
Los regidores acordaron: “Tomando en cuenta que ya son varias la ocasiones en que el Ejército destacamentado en esta ciudad, comenten actos que siembran la zozobra e intranquilidad entre la ciudadanía, por sus frecuentes escándalos en estado de ebriedad y de esto ya constan antecedentes, entre otros, los que se asentaron en acta de cabildo de fecha 23 de marzo de 1972, elevose una protesta respetuosa pero enérgica ante los C.C. Presidente de la República, Gobernador del Estado, y H. Congreso local, por considerar que el asalto, el robo, las lesiones y el abuso de autoridad, cometidos por el Coronel Alfredo Cassani Mariña comandante del 27 Batallón de Infantería, oficiales y elementos de tropa, constituyen actos violarios a los preceptos legales que consagra la Constitución General de la República y la de nuestro estado libre y soberano de Guerrero”. De no ser respetados por las fuerzas militares, los integrantes del Ayuntamiento estaban dispuestos a retirarse de sus funciones.
Ya para entonces los choques entre la policía municipal y el Ejército eran constantes. La policía estaba encabezada por el comandante más “güevon” del que se tenga memoria José María Patiño Aparicio, Chema. “Si yo hubiera estado cuando asaltó en Ayuntamiento, nos hubiéramos partido la cara a balazos”, le habría dicho a Cassani Mariña. Y es que Chema les dio “piso” a varios soldados que quisieron brincar su autoridad. Cuando Chema andaba en su ronda los borrachitos se subían solitos a la patrulla. Se le respetaba por su valor.
Según un informe para el 22 de septiembre de 1974 había 2 mil 291 militares en la zona de Atoyac, integrados en el 19, 27, 32 y 38 Batallones de Infantería de la 27 zona militar, que eran reforzados por mil 799 soldados de la 35 zona militar de los Batallones de Infantería 40, 59, 50. Además 178 soldados del Tercer Batallón de Infantería con matriz en el Campo Militar Número Uno, 212 militares más del 56 Batallón con matriz en el Campo Militar Número Uno y 281 efectivos de la Tercera Brigada de Fusileros Paracaidistas con sede en el Campo Militar Número Uno. Si sacamos la cuenta eran 4 mil 762 soldados cercando la zona de conflicto. Eran muchos soldados, que cuando salían francos abarrotaban los bares y cantinas. Eran famosos los cabarets El chachacha y La Copa de Oro. Los soldados llegaban a los bares y no permitían que cerraran, los mantenían abiertos a altas horas de la noche violando el reglamento. La autoridad municipal no hallaba que hacer con tanto escándalo.
Son los tiempos de la leyenda negra del actual Palacio Municipal o La Ciudad de los Servicios. El “Cuartel de la Mártires” fue el lugar donde las madres, esposas y familiares de los detenidos por el Ejército en la década de los setentas llegaban hasta la pluma que está en la entrada y luego de preguntar por sus familiares un oficial les contestaba que ahí no era cárcel. Las viejas instalaciones traen los recuerdos de aquel tiempo cuando siete batallones apoyados con tanques de guerra, aviones y helicópteros ocuparon todos los pueblos de Atoyac.
Muchos, acusados de guerrilleros o “bastimenteros” de Lucio Cabañas, cayeron prisioneros en este cuartel y para sacarles información, el trato que les daban era incalificable. Los torturaban de forma brutal: toques eléctricos en los genitales y en los oídos, con un cuchillo les picaban sus partes nobles. Los golpeaban en el cuello, en el estómago y en las costillas. Les picaban las uñas con agujas. Todas las noches les aplicaban las mismas torturas. Cuando tenían sed les daban de tomar en un casco agua con jabón o de a tiro del excusado. Algunos de los sobrevivientes lloran al recordar esa tortura, otros quedaron con secuelas para siempre como es el caso de Enrique Chávez Fuentes.
Los bañaban con agua fría para que la ropa siempre tuvieran mojada, así los golpes y lo toques eléctricos eran más efectivos. Con los ojos vendados, los colgaban de los testículos o de los dedos de los pies. Les llenaban el estómago de agua y se les subían encima o los metían de cabeza en un tambo de agua y los quemaban con cigarros. Esas torturas duraban 15 días, por eso muchos no aguantaron y murieron.
Algunos no sobrevivieron cuando los aventaban desde los helicópteros antes de aterrizar, los cuerpos rebotaban en el pavimento, ahí comenzaba la tortura cuando los traían por aire. Esa fue la suerte de muchos que recogieron los helicópteros en las canchas de sus pueblos. Los sollozos en las barracas eran continuos, lloraban las mujeres, también los jóvenes y los hombres maduros, al sentirse abandonados, alejados del poder de Dios y en manos de estos hombres vestidos de verde.
Hay testimonios que algunos detenidos los metieron por atrás de la tienda Sedena que estaba al frente del cuartel, que las máquinas trabajaban de noche en las inmediaciones del canal. En las excavaciones, realizadas por la Procuraduría General de la República (PGR), nada han encontrado, al menos todavía nada, las excavaciones se reanudarán el siguiente año. Algunas veces el Ejército rentó camiones a particulares que regresaban con arena de playa entre las llantas. El Ejército hizo un gran cementerio ese mar de monte que es la sierra de Atoyac, para muestra El Posquelite, Los Corales y la entrada al Puente del Rey. En el Manzano cuatro indígenas a los que les apodaban Los Zopilotes fueron asesinados por Ejército en 1972. Muchos testimonios dicen que un sin número de prisioneros fueron arrojados al Océano. Simón Hipólito y Carlos Montemayor mencionan que el mar arrojó huesos frente a la Hacienda de Cabañas. En su novela Las Pausas Concretas Roberto Ramírez narra sucesos extraños que ocurrieron en el cuartel de Atoyac y Felipe Fierro escribió un cuento “El tercer soldado” donde rememora los hechos cruentos ocurridos en éste lugar.

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