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sábado, 1 de diciembre de 2018

Camino a Los Valles


Víctor Cardona Galindo
Se dice que el pueblo de Los Valles se llama así porque está asentado en tres pequeños planes, pero mi tía Filomena Galindo que nació en 1929 me comentó que su nombre original fue Los Bayos, por las barrancas de tierra roja que hay a su alrededor. Con el tiempo y por la intervención de los funcionarios que midieron el ejido se le denominó como se conoce ahora: Los Valles.
La piedra del mono. En el camino a Los Valles.

El pueblo fue fundado en los terrenos de Octaviano Peralta, por Tomas Lugardo, Fortino Galindo, Bernardo, Felipe y Agustín Reyes. Los Castro tenían tierras en Tlacolulco, y los Dionicio vivían en La Frondosa antes de asentarse en Los Valles. Vicente Dionicio y sus hijos eran peones del terrateniente Octaviano Peralta, uno de ellos Luciano Dionicio Reyes anduvo en  la revolución, fue maestro de música y perteneció a la banda que traía el batallón del general Silvestre Mariscal.
Todas las familias que se asentaron en el lugar eran arrendatarias, por eso en Los Valles, Zacarías Martínez comenzó un solitario movimiento agrarista. Con pedazos de cartón y carbón ponía letreros: “el que cobre renta lo mato y al que pague renta lo mato”. El terrateniente le tenía miedo por que Martínez era valiente.
Ir caminando a Los Valles es muy bonito, pero también muy riesgoso. El camino tiene mala fama, de él se cuentan muchas historias y han sucedido casos que ahora vamos a comentar.
La carretera a Los Valles se construyó en 1972 cuando tenía yo un año de nacido. A Pancho Gómez se le hizo un nudo en la garganta cuando el gobernador Israel Nogueda Otero le dijo a un subalterno, “ponga atención a la demanda del juez menor: se le va conceder todo lo que pida”; con la brecha llegó la luz y luego el agua potable.
En el tiempo que se abrió la carretera los trabajadores encontraron muchos monolitos y figuras de barro, que los ingenieros se llevaron, otros los vendieron a las familias pudientes de Atoyac que completaban su colección de la cultura mezcala y olmeca. Una brecha que se abrió en gran parte a pico y pala, sin mucha planeación porque tenía el objetivo de cercar a la guerrilla de Lucio Cabañas que se movía por esos cerros encantados de la sierra.
Es un camino poblado de cacahuananches, unos árboles mágicos, de cuyas flores se alimentan las iguanas y al reventar sus vainas emiten un sonido similar al disparo de un rifle calibre veintidós. Son los asoleaderos preferidos de los chicurros, porque sus hojas curan la sarna que suelen padecer esos tordos. Cuando los chicurros toman el sol sobre la hiedra que crece en la cima de un cacahuananche, forman una gran alfombra negra que se desbarata con desparpajo a la menor amenaza de peligro. Un baño de agua en que se hirvieron hojas de cacahuananche sana la fiebre. Sus flores son moradas y dulces, de ahí las abejas extraen una miel morena agridulce que no se cristaliza.
Es un árbol que a veces sólo tiene vainas, a veces sólo flores y a veces sólo hojas. No sirve para sombra porque la mitad del tiempo está pelón. Pero sí es bueno para cerca viva, porque sembrando un tronco en la humedad pronto echa raíces. Florea en enero, como el mango y la retama. El ciruelo muestra sus pequeñas hojas, el zazanil está amarillo, la retama se enciende y brotan los primeros manguitos, mientras el cacahuananche está morado.
En el camino a Los Valles está La Piedra del Mono, así le llama la gente, pero parece la imagen de un guerrero que nuestros antepasados esculpieron en esa roca, en la cabeza se ve un penacho. Seguramente tiene un significado que los antiguos pobladores quisieron transmitirnos: tal vez marca la llegada de los aztecas que vinieron a conquistarlos en 1498, pero también se ve que la imagen carga algo, por eso tal vez represente una antigua ruta de los viajeros. La piedra está adelantito de San Andrés, en la primera lomita donde ya se divisan Los Valles y las palmeras de cayaco crecen majestuosas entre los potreros.
Arribita de ahí encontraron una cueva, con muchas ollas llenas de piedras preciosas. Tenía dibujadas figuras alrededor y había restos humanos. Los cazadores que la descubrieron quisieron guardar la riqueza sólo para ellos y nada dijeron de la ubicación, iban y venían a ella furtivamente hasta que el huracán Tara tapó la entrada. Se deslavó el cerro y se perdió el rastro. Así quedó sepultado un vestigio de las antiguas civilizaciones que habitaron esta selva.  
Desde la piedra del Mono se ven Los Valles, da la impresión que cortando por el monte se llega más rápido, pero meterse a los potreros ni pensarlo: es el reino de las pinolillas y las conchudas de tigre que se meten entre los dedos y en los testículos. Sólo con agujas se sacan, una vez ya padecí de eso y me dio hasta fiebre.
Lo más seguro es seguir por esta carretera de mariposas hurañas y de riegos incipientes. Camino de parotas y de grandes piedras que en algunos tramos parecen venirse encima. Este es un camino donde El Diablo no pasa porque en cada tramo espera una cruz, testimonios quietos de la violencia, esa violencia nuestra que nunca nos deja y que venimos heredando desde nuestros abuelos. De todos los que han perecido en camino sólo algunas cruces sobreviven por el cuidado de los familiares. La primera que se encuentra es la de Efraín Castro quien murió asesinado el 9 de noviembre de 1977. Sus familiares le pusieron una jaula de fierro a la cruz, por eso se conserva blanca en el cerrito. Una reciente y reluciente cruz blanca es la de Rubén Dircio Saldaña, muerto a tiros por un grupo de encapuchados el 20 de agosto del 2012. Luego en la descolgada está la cruz de Adela Castro asesinada el mismo día que su hermano Efraín.
La cuarta de esas cruces marca el lugar donde cayó abatido Sabás Peralta y a su lado nace una flor de cempaxúchitl, fiel a su destino de flor de muertos.
Sabás Peralta Juárez murió peleando, un día miércoles 13 de noviembre del 2002 por la mañana. Él era comandante de la Policía Comunal y líder político de Los Valles. Los testigos dicen que en la camioneta pasajera de la línea Transportes Unidos de la Sierra de Atoyac (TUSA) viajaba Sabás y al llegar al paraje conocido como La Curva de la Parota, se encontraron con un obstáculo de piedra en la carretera. De todos lados salieron asaltantes encapuchados que portaban armas de grueso calibre e iban vestidos de civil. En un arrebato de valor el líder campesino sacó una pistola 380 y se dio de balazos con un asaltante cercano, pero otro le disparó de lo alto de la barranca dándole muerte a un lado del camino. Cuando llegaron los policías comunales con los que venía Alejandro Galindo Cabañas, sólo encontraron unas gotitas de sangre que fue dejando uno de los asaltantes herido por Sabás. Siguieron la huella y la perdieron al llegar a Mexcaltepec. El cuerpo fue levantado por Enrique Rodríguez Álvarez, comisario de Los Valles, y llevado en una camioneta a su casa donde fue velado. De Sabás sólo quedó el recuerdo: de cuando representaba a Mahoma en la danza de Los doce pares de Francia, su trayectoria como político y esa cruz en el camino.
Más adelante, está el lugar donde murieron los policías judiciales que fueron emboscados el viernes 7 de octubre de 1994. Este hecho puso a Los Valles en la mira de la opinión pública nacional y la gente vivió en la zozobra. Todo comenzó el miércoles 5 de octubre cuando el comisario municipal de La Cebada, Pablo Guerrero Adame y su acompañante el campesino Catalino Galeana Zamora fueron asesinados por un desconocido comando armado.
En se tiempo a La Cebada se iba por la carretera San Andrés-Camarón, por eso el viernes 7 de octubre, un grupo de judiciales comandado por Nicasio Galeana Contreras subió por la mañana a ejecutar órdenes de aprehensión y auxiliar a la familia de los campesinos asesinados que buscaban abandonar la comunidad. Cuando venían de regreso a las siete de la noche un grupo armado los emboscó en el lugar conocido como El Chorrito. En la balacera resultaron muertos los agentes judiciales: Nicasio Galeana Contreras, Armando Ignacio Díaz, así como la señora Perfecta Jiménez de los Santos de 60 años de edad esposa de comisario  asesinado. Los heridos fueron Sandra Castro Guerrero de siete años de edad, quien recibió un balazo en la pierna, así como los judiciales: Sergio Téllez Navarrete,  Alejo Téllez Navarrete y José Luis Victorino Castro. Únicamente el agente Rodolfo Núñez Ochoa salió ileso. Mientras el comisario suplente de La Cebada, Cruz Castro García, fue herido de un pie por un balazo que le dio un moribundo agente de la judicial.
Alejo Téllez Navarrete y José Luis Victorino  Castro, aun lesionados se metieron al monte y durmieron en los árboles protegiéndose de sus atacantes. Por la noche 25 judiciales acompañados de 80 campesinos de Los Valles peinaron la zona, en la búsqueda de dos agentes que estaban en calidad de desaparecidos. En el lugar de los hechos se encontraron más se cien cascajos de Cuernos de Chivo y 38 súper.
El agente José Luis Victorino Castro llegó a la comandancia en Atoyac a las 11 y media de la mañana del sábado gravemente herido de tres impactos de bala. También aparecieron con vida Josefa Jiménez Guerrero Jiménez y su hijo recién nacido, quienes viajaban en la camioneta de la judicial. La alcaldesa María de la Núñez Ramos informó que la niña herida era nieta del comisario de La Cebada recién asesinado y que los civiles eran trasladados a la ciudad de Atoyac en la camioneta de la judicial.     
“Los elementos de la policía judicial habían subido a la sierra con la finalidad de darle cumplimiento a una orden de aprehensión y de regreso, el grupo de hombres armados que mantiene la zozobra en la sierra los acribillaron sin darles la oportunidad de defenderse”, escribió Pablo Alonso Sánchez el 9 de octubre en el Diario 17.
De inmediato la policía judicial responsabilizó de la emboscada a Cayetano de la Cruz Galeana y oficialmente informó que los dos agentes desaparecidos, José Luis Victorino Castro y Alejo Téllez, fueron encontrados caminando por la carretera que conduce a Mexcaltepec.
Por eso ir a pie a Los Valles es caminar con miedo, aunque las campanitas o quiebra platos, como le llamamos a esas flores blancas y moradas, salgan a rozarnos los pies. Es encontrar milpas entre peñascos, lagartijas que salen a saludar y chicurros que atraviesan a cada momento volando. Escurrimientos de agua por doquier. Porque en el camino a Los Valles nadie se muere de sed. Para mayor dato diré que lo cruzan cuatro arroyos chiquitos: El arroyo de David Rebolledo, el de Las Mariposas, El arroyo del Tejón, El Chorrito, que está donde mataron a los judiciales, y casi al llegar el Arroyo Grande. Se escucha el líquido caer y pasar por las alcantarillas, mientras los pericos cantan desordenados en los árboles.
Me viene el recuerdo el comentario que Evelia Jacinto fue comida por un animal salvaje en el cerro de La Frondosa, no lejos del camino a Los Valles. Se dice que encontraron la pura ropa entre los riscales de los terrenos de Francisco Fierro Galindo y que hace poco Artemio Márquez mató un jaguar que se movía hambriento por esos lugares.
A medida que uno se acerca al pequeño caserío asoman los árboles de limones dulces, guanábanos, muchos guanábanos y las aves con su colorido vuelan atravesando el camino. En las laderas abundan flores rojas, blancas y moradas que adornan los pedregales en cuyo centro crecen majestuosas las palmeras de cayaco.
Y mientras se avanza cambia el panorama. Canta alegre el Luis en la copa de los mangles y la melodía del jilguero parece surgir de lo profundo de la fronda, el cafetal crece en silencio y deja ver sus lunares rojos de cereza, los pájaros carpinteros dejan escuchar su sonora sinfonía probando los tonos de los árboles: no suena igual el mangle, el encino o el ocote. La urraca vuela escandalosa, las hormigas negras conocidas como tumecas cruzan con calma el camino arriesgándose a las pisadas y a las llantas de los carros. Un gavilán canta lastimero en la loma, la caña agria crece esplendorosa y el guarumbo despunta compitiendo con la parota.
Las mariposas con sus flores blancas crecen en la ribera del arroyo grande. Las cristalinas aguas me hacen pensar que tal vez ese sea el reflejo de la comunidad, porque así como en el arroyo grande confluyen todos los arroyitos de las hondonadas para formar el caudal que después se incorpora al río Atoyac. Así en el pueblo confluyen muchas historias de vida que van buscando su cauce, y tal vez el pueblo también esté secándose como el arroyo que envejece con nosotros.

jueves, 11 de mayo de 2017

Ciudad con aroma de café XXXII y última parte


Víctor Cardona Galindo
Laurentino Santiago cuenta que un ordeñador pasaba todos los días montado en su caballo por el caudaloso río Atoyac. El patrón tenía la medida de cuanta leche producían sus vacas cada día. Al ordeñador se le ocurrió en cierta ocasión que al pasar por el río, le echaría un litro de agua a los picheles. Así, todos los días pasaba y tomaba un litro de las cristalinas aguas de nuestro río, por eso la leche rendía un litro más. Fue juntando los centavos que le daban por ese litro y cuando tuvo lo suficiente se compró un elegante sombrero. Pero luego se posesionó de él la ambición y pensó agregarle dos litros de agua a los picheles. Pero ese día al agacharse desde el caballo, para recoger agua a medio el río, el sombrero se le cayó y rápido se lo llevó la corriente. “Por eso lo que es del agua, al agua”, remata Laure.
Una tarde de los años cincuenta en el río Atoyac. 
Foto colección de Dagoberto Ríos Armenta.

Pronto de ese hermoso río Atoyac quedarán solamente las anécdotas, que los vehículos atravesaban en grandes balsas sus embravecidas corrientes, de los robalos grandes que se capturaban y que un tiempo se pescaba con dinamita porque había infinidad de peces. Desde hace mucho tiempo se dio la voz de alerta. Lo estamos acabando, pero no ponemos atención, ahora por primera vez desde que tengo memoria el río Atoyac se secó. En la parte del puente de El Ticuí la mitad del agua que corre está limpia y la otra mitad es pura agua negra. En el puente de San Jerónimo, hasta el viernes 5 de mayo, no llegaba nada de agua, el río era un desierto, solamente algunos “pacholes” de lirio luchaban por sobrevivir en algunas partes húmedas. Mientras los cerros siguen tapados por el humo de los incendios forestales.
El río comienza a secarse desde que nace, en las laderas de los pequeños riachuelos que lo abastecen los campesinos construyen presas para regar sus cultivos: amapola, jitomate, chile, maíz y frijol, la gente busca que comer y aprovecha el pequeño afluente que tiene cerca. Ha esto le súmanos el cambio de uso de suelo, los campesinos tumban los renovales para sembrar milpa o para hacer potreros, los pequeños manantiales pagan las consecuencias. Se busca el beneficio a corto plazo y no se ve la afectación que vendrá con el tiempo. La poca agua que baja se desvía antes de llegar a la cabecera municipal mediante la presa derivadora Juan Álvarez que la envía hacia potreros y campos de cultivo. El agua termina regándose en el tular de Monte Alto.
Desde su fundación la vida de Atoyac está marcada por su río. Las tribus primitivas que se asentaron en estas tierras dependieron de él para sus cultivos y alimentación; así como dependemos nosotros. Mi abuela contaba que en su niñez, todas las mañanas, las mujeres enfilaban hacia el río para traer agua, y los domingos la algarabía de las costeñas del rumbo alegraba el día. Todas acudían a lavar a las cristalinas pozas del río. Los cuajinicuiles, amates y ahuejotes eran altísimos y frondosos. Los posquelites y zarzales adornaban la ribera.
Los hombres amarraban sus caballos, cerca del pasto verde y de los estanquillos de agua para que comieran y bebieran durante el día. Los mangos que sombreaban los caminos prodigaban sus frutos a los transeúntes. Los cañales y platanales le daban un aspecto paradisiaco al entorno.
Y mientras las mujeres lavaban usando un bejuco aromático, los hombres atrapaban camarones en las frescas aguas y se deleitaban con cantos y escandalosas pláticas. Los niños y adolescentes jugaban en las amplias y profundas pozas a los clavados y zapotazos.
Pero ahora los efectos del calentamiento global están llegando ya, y bien duro. Todavía no nos reponíamos de los daños que dejó el huracán Ingrid y la tormenta tropical Manuel en el 2013, y nos llegó, el fenómeno Mar de Fondo y después una profunda sequía en el temporal, luego las lluvias atípicas y granizadas que se llevaron la esperanza de cosechar el poquito de café que estaba madurando en la sierra.
Luego la roya afectó el 90 por ciento del café. El año pasado la laguna Mitla sufrió una tremenda sequía y las flores que se dan en los campos están deshidratadas, tanto que las abejas no llevan miel a sus colmenas. Hay quien dice que desapareciendo las abejas el hombre no tardará en perecer.
En la región siempre hemos visto el calentamiento global como un tema muy lejano, como si fuera un asunto de naciones industrializadas. De lo contrario haríamos todo lo que estuviera en nuestras manos para contrarrestarlo, pero todos permanecemos apáticos mientras sufrimos sus efectos. No nos damos cuenta que poco a poco nos va faltando agua. Los ríos y arroyos no son los mismos cada año.
Cada vez que puedo les recuerdo que cuando los de mi generación éramos niños, allá por 1980, bebíamos agua directamente de la sangría del riego, el agua que venía del canal era limpia y cristalina. Los que un tiempo fuimos aguadores en El Ticuí, nuestros clientes nos mandaban a traer agua, para tomar, del canalón por donde ahora está el cuartel del 109 Batallón de Infantería.
Ahora las cosas van cambiando y no hacemos nada por defender nuestro río. Lo contaminamos sin ninguna consideración. Le arrojamos basura y por si fuera poco también los envases de fungicidas. El grito de alerta es que el río languidece y está muriendo. Desde el año 2003 Arturo García Jiménez promovió, sin mucho eco, la formación del Consejo Ciudadano para el rescate de la cuenca del Río Atoyac, que hizo muchas actividades buscando hacer conciencia para cuidarlo. Un grupo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) realizó investigaciones en la cuenca del río Atoyac, se hicieron recomendaciones que nadie ha seguido.     
Ya he dicho aquí que muchas variedades de peces desaparecieron, como los blanquillitos, esos peces que con el sol reflejaban los colores del arcoíris. Ahora hay pocos pegas pegas, ese pez que se adhiere con sus ventosas a las piedras y es difícil de quitar. Se acabó la guevina. Aunque todavía hay truchas que se ven nadar junto a la carpas. En cantidad, reina el popoyote. Los bobos quedan pocos: ese pez feo parecido al cuatete que no se puede agarrar porque su piel es babosa.
Don Simón Hipólito que vivió su juventud en la época de los cuarenta, comenta: “muchos chamacos de mi edad acarreábamos agua en dos botes sostenidos por palancas que descansaban en los hombros. Las señoras acarreaban agua del río en botes que descansaban en sus cabezas amortiguadas por yaguales. Igual lo hacían las jóvenes, quienes haciendo girar graciosamente sus cabezas hacían que saliera el agua de sus botes para mojar a los jóvenes intrusos que se les apareaban para enamorarlas y que no eran de su agrado. Era habitual acarrear agua del río desde las cuatro hasta las seis horas de cada mañana, antes que llegaran señoras o lavanderas a lavar ropas”.
Zeferino El Prieto Serafín es de los años cincuenta y recuerda: “cuando no había agua entubada en las casas había que irla a traer al río, para esto lo hacían los jóvenes, hombres y mujeres; los hombres adaptaban un palo con unas cadenas a los extremos y ahí enganchaban las latas o botes para transportar el agua, el palo se colocaba encima de los hombros y le llamaban palanca. En cambio las mujeres se colocaban la lata de agua sobre la cabeza, para amortiguar un poco el peso y lo duro de la lata, un trapo lo enrollaban en forma circular y se lo ponían en la cabeza y encima del trapo acomodaban la lata. Al trapo enrollado que se ponían en la cabeza le llamaban yagual. Cuando algún joven quería enamorar o cortejar alguna muchacha que andaba acarreando agua, decía me voy a echar un ‘norte’, y el ‘norte’ consistía en seguir a la muchacha cuando iba al río y andarla acompañando ida y vuelta cada viaje que hacía para aprovechar y enamorarla, había ocasiones en que se detenían un rato en algún lugar ya fuera un rincón o callejón y ahí permanecían platicando y la muchacha con el bote o lata lleno de agua sobre la cabeza y ni el peso del agua sentían, todo por amor”.
Los hombres de mi generación también acarreamos agua en palancas, en la década de los ochenta. Todos desfilábamos con nuestras cubetas en palancas hacia el canal y las mujeres con sus cubetas en la cabeza. Mucho antes de irnos a la escuela, llenábamos los tambos para que nuestras madres cocinaran y lavaran. Por la tarde cobrábamos 50 centavos por viaje de agua y un peso cuando era para la tinaja, porque entonces íbamos por ella hasta arriba del canalón.
En ese tiempo el río nos daba para comer camarones reales y cuando mi madre lavaba en el río, entonces mis hermanos y yo nos pasábamos el día tirados de panza en las pocitas para atrapar con cerda camarones de castilla y antes de irnos a casa metíamos el anzuelo entre las piedras del lavadero y pescábamos unos bobos grandes.
En esos años, en temporada de lluvia, la gente iba por agua al río. Se hacían pocitos en la arena y el agua salía limpia, filtrada lista para tomar. No había contaminación, ahora al hacer un pocito a la orilla del río encontramos la suela de una sandalia, un pañal desechable, ropa o un vidrio. Ya no es apta para el consumo humano. Incluso si nos metemos a la corriente el agua tiene un olor a podrido ya no huele a limpio, esto es alarmante. Ahora el agua que llega a las casas huele a podrido, igual que la del canal, donde ahora nadamos en agua caliente, entre bolsas de sabritas, ropa vieja o todo tipo de envases.
Para los que vivimos en El Ticuí cabría recordar, como ejemplo, la poza que estaba en el bombeo, en el año 2000 todavía podíamos irnos a bañar ahí. Ahora es un charco. ¿En el pueblo donde ustedes viven cual sería la referencia que la falta de agua nos está alcanzando?
Otro daño que sufre el río es la explotación irracional del material pétreo. Hace poco se generó un descontento en el ejido de Mexcaltepec porque la empresa que construía el puente, estaba sacando material para vender. De ese lugar desde hace mucho tiempo han sacado material para diversas obras, destruyendo el ecosistema sin ningún miramiento. Por eso no es la primera vez que se inconforman sus habitantes por este tipo de explotación de los recursos. Es notable que cuando se extrae arena se hacen grandes hoyos donde el agua se estanca y no corre normalmente por su cauce, provocando sequía en otras partes. 
En la cabecera municipal se sacó material pétreo, para hacer el bordo, que con recursos del Fondem se construyó para defender la colonia Las Palmeras de futuras inundaciones. Con esa extracción de materiales se afectó un arroyuelo, sin embargo no hubo sanciones a la empresa. En nombre del bienestar común se afectan los ecosistemas que nunca más se reponen.
Así se han venido haciendo obras sin ver cómo afectan. Al Zócalo se le quitó el adoquín y se le cambió por concreto estampado, sin reparar que con eso se dañaban los mantos freáticos. Se siguen pavimentando calles sin considerar que con eso se incrementa el calentamiento de las casas. Al medio día no se aguanta el calor. Con eso también se afecta los mantos freáticos. Últimamente pavimentamos hasta los patios, luego nos quejamos porque se secan las norias y porque hace mucho calor. Es necesario cambiar de rumbo, comenzar a pavimentar lo necesario y pensar que tenemos que dejar espacios por donde se reincorporen las aguas a la tierra. Luego las calles parecen ríos y nos que quejamos de las inundaciones, pero es que el agua como cae se va. Nada la retiene.
También el daño que está sufriendo la selva cafetalera es alarmante, se están acabando las maderas preciosas, hace poco el campinceran fue sometido a una explotación irracional, a este árbol también se conoce como granadillo es famoso porque con él se elaboran instrumentos musicales como guitarras y marimbas, lapiceros decorados que son muy caros. En el mercado asiático es altamente cotizado porque con él se decoran yates de lujo. El granadillo es muy resistente como poste, en la cerca, expuesto al sol, a la tierra y a la lluvia dura cuarenta años.
La gente ha perdido los escrúpulos, hay quienes prenden fuego a los potreros sin hacer guardarrayas, campesinos que le prenden fuego a sus tlacololes y se van a sus casas o lo dejan ardiendo durante la noche sin vigilar el fuego. Estamos acabando con el bosque, además de que los drenajes de todos los pueblos grandes del municipio van a dar al río Atoyac.
Se está acabando nuestra identidad, ya casi no hay café y la raíz etimológica de Atoyac viene del náhuatl Atl, agua; toyaui, regarse, esparcirse. Si no cuidamos nuestro río, pronto no quedará ni una gota de agua que se riegue o se esparza.


sábado, 28 de enero de 2017

Ciudad con aroma de café XVIII


Víctor Cardona Galindo
Para mi zanca Chavita Ruiz
La avispa solitaria antes de desovar reta a un duelo a una tarántula, la somete y la inutiliza, ya sometida la piel y el pelo aterciopelado de la araña sirven de nido a la que se conoce como avispa real. Aprendimos que a los seres humanos se nos pudre la piel si nos cae un pelito de tarántula. Entonces la avispa negra según las creencias locales es más venenosa que la tarántula y se le ha visto comer incluso abejas. Al respecto Wikipedia dice: “La avispa caza tarántulas es una avispa araña que caza tarántulas como alimentos para sus larvas”.
Un día cualquiera en la plaza de Atoyac en el 
año de 1994. Foto Archivo Histórico de Atoyac.

“La especie más conocida mide hasta cinco centímetros de longitud con un cuerpo negro azulado y alas rojizas y brillantes (otras especies tienen las alas negras con reflejos azules), haciéndola una de las avispas más grandes… Sus largas patas tienen garras en forma de gancho para agarrar a sus víctimas. El aguijón de la hembra puede medir 7 mm de largo, siendo considerado una de las picaduras más dolorosas del mundo”.
“La avispa caza tarántulas hembra captura, pica y paraliza a la araña, entonces arrastra a su presa de vuelta a su madriguera o a un nido especialmente preparado, donde un solo huevo se deposita en el abdomen de la araña, posteriormente bloquea la entrada dejando atrapada a la tarántula. Cuando la larva de la avispa eclosiona, crea un pequeño agujero en el abdomen de la araña, entonces entra en el abdomen de la araña alimentándose vorazmente, evitando órganos vitales tanto tiempo como le sea posible para mantenerla viva. Después de varias semanas, la larva se convierte en pupa. Finalmente, se convierte en un adulto y emerge del abdomen de la araña”.
Salomón García Jiménez en su libro Jerga y modismos de Guerrero, México habla de la Avispa solitaria, “Avispón negro azuloso, cazador de abejas. Vaga sola entre los arbustos y troncos. Dicen que, macerada en alcohol, se usa como menjurje para curar el mal de amor”.
Los bosques renovados son la morada preferida de la avispa negra. He visto ejemplares cerca del río que atraviesan el camino rumbo a las ruinas de la vieja fábrica, con las alas relucientes de color azabache. Los curanderos la buscan para aliviar el ajuanamiento, ella se pasea dueña de si, entre guamúchiles, carnizuelos y espinos. Recorre el llano después de bajar al río, ignorando que vale 500 pesos en el mercado.
Una copa de mezcal con avispa solitaria es efectiva para liberar de su pasividad a quien le dieron toloache, para eso la buscan, para remedio, es la eterna auxiliar para aquellas suegras que sienten que han perdido a sus hijos en manos de aquellas liberales, dominantes y posesivas nueras.
Otro espécimen raro es la peligrosa avispa ahorcadora. Dice Salomón García que estos insectos construyen su panal en lo alto de los tallos de los árboles grandes, se le llama avispa ahorcadora porque su veneno ataca el gañote y dificulta la respiración. Disminuye los síntomas de la picadura zambullirse al agua y respirar el polvillo que resulta de golpear dos piedras de río.
Yo ya tengo experiencia con estas avispas, una ocasión estaba chaponando la orilla de los mangos, cuando sentí un piquete en la frente y al mismo tiempo una punzada que me creció en todo el cuerpo. Alcancé a ver una avispa grande y amarilla, que se escondía entre las hojas. Mi mamá no estaba lejos, le grite, corrí hasta donde estaba el pozo de agua y en lo que mi mamá llegó con la bandeja ya no la veía. Cuando me echó el primer jicarazo de agua, comencé verla como a lo lejos, con la cara larga y a veces redonda, pero muy pequeñita. Poco a poco su cara se fue acercando como si fuera yo saliendo de un pozo en el que había caído.
Desde entonces mi mamá ya no quiso trabajara en el campo, porque seguramente el veneno de la avispa ahorcadora había matado mis defensas y ahora si me picaba un alacrán podría ser de fatales consecuencias. Por eso hay que traer siempre un poco de agua en el bule por si se ofrece aunque hay también quien recurre a sus propios orines para salvarse.
Una de las amenazas de la ciudad son las abejas africanizadas que de repente aparecieron por todos lados y llegaron a atacar a las personas. No es el caso solamente de Atoyac, a mediados de 1995 un panal de abejas africanizadas se desprendió del techo de la parroquia San Miguel Arcángel de Coyuca de Benítez y le picaron a los feligreses, personas que resultaron con picaduras fueron trasladadas al puerto de Acapulco para su atención médica.
A finales de 1950, las abejas africanas escaparon accidentalmente de Brasil, en poco tiempo avanzaron hacia el norte del continente y llegaron al sur de Estados Unidos. Los enjambres mostraban una conducta fuertemente agresiva y su picadura podía tener consecuencias mortales. Ahora hay abejas que son resultado de una cruza de razas europeas y las melíferas africanas. Los apicultores aprendieron a tratarlas, cuando son agresivas se les mata la reina y se les pone una reina mansa europea.
Dicen que el arlomo es un cocuyo (luciérnaga) que se distingue en la noche porque no apaga su luz. Donde orina un arlomo se va carcomiendo la piel, no hay medicina que lo alivie, únicamente se puede sanar lavando la herida con una infusión de un bejuco que lleva el mismo nombre: arlomo. Salomón García Jímenez define al arlomo como “un gusanito de fragmentos fluorescente. Su babaza es venenosa: quema”.
En nuestra ciudad después del 15 de mayo la naturaleza empieza a cambiar y creo que también el ánimo de la gente. El airecito es nostálgico y ya huele a tierra preñada, a parte de los temblores y del humo que impregna el ambiente de nuestros pueblos, por las quemas de los tlacololes y los incendios forestales, hay otras manifestaciones que anuncian la temporada de siembras, aparecen masivamente las chicharras (cigarras) que cantan en todos los árboles. Hay un especie de chicarra que canta muy fuerte su silbido es muy sonoro, armonioso y elegante.
Mi padre nos inculcó que las chicharras cantan para pedir la lluvia. Llaman el agua todo el día, por lo tanto son insectos protectores y protegidos. Aliados de Tláloc.
Cuando sembrábamos maíz, e íbamos con Valente a dejarle el bastimento a nuestro padre a la milpa, en el camino nos entreteníamos agarrando chicharras para hacerlas pelear o las veníamos espiando para ver como cantaban. Ahora sé que únicamente cantan los machos. Cuando la cigarra muda la piel, lo que fue su protección se queda transparente pegada en las ramas de los árboles. De ahí viene el dicho para los enamorados, “te vas a quedar pegado al palo, seco, como las chicharras”.
De las otras cosas que se ven al iniciar las lluvias, unos son los angelitos, una especie de garrapata forrada de un terciopelo rojo, es inofensiva y se ven miles caminando por los caminos cerca de los renovales, rastrojos y tlacololes.
En internet encontré este dato: “En la región de Tierra Caliente (Guerrero) existen una peculiar especie de acaro de gran tamaño, percibible en los campos y terrenos desnudos o con ligera maleza. Los pobladores locales lo conocen como “gachupin” y tiene la peculiaridad de solo ser visto a principios de la época de lluvias, por la época en torno al día de San Juan (24 de junio), el cual se comenta que solo aparecen durante un efímero periodo para después no ser visto en otra época mas del año, si no que hasta el siguiente. El gachupin tiene un color rojo intenso debido a que sus cerdas (pelillos sensoriales) esta coloreado así, y da la apariencia de terciopelo, de ahí que especies similares en otras partes del mundo le den el nombre de Terciopelo o Aterciopelado”. Aquí en la costa les llamamos angelitos.
Las Hormiga de carnizuelo. “Hormigas bravas que habitan en los espinos de carnizuelo. Su cuerpo de 0.5 centímetro combina el color carne y el negro. Aunque de tamaño pequeño, su picadura siempre es dolorosa y produce ronchas”, dice Salomón.
En 1997 cuando el Ejército Popular Revolucionario atacó al Ejército mexicano en El Guanábano, la tropa detuvo a un campesino que andaba acarreando leña y para obligarlo a que los llevara a una cueva, le quitaron la camisa y sacudieron una rama de carnizuelo en la espalda, el campesino se retorcía del dolor, las hormigas hicieron estragos.
Hormiga tumeca es, “Prieta y alargada,- dice Salomón García- del tamaño de la arriera. Ya que su táctica es picar y huir rápido, también se les conoce como hormigas piquijulli. Cuando salen masivamente de su morada anuncian lluvia”.
Allá en Los Valles había días completos que nos salíamos de la casa, porque como eso de las nueve llegaban las tumecas, esas hormigas negras que vienen del monte en gran cantidad y se adueñan de la casa. Cuando las tumecas llegaban se metían en todos los hoyos de la casa y limpiaban, después de que se iban no quedaban cucarachas ni alacranes. Todo se comían “ya llegaron las tumecas a limpiar la casa” decía mi mamá y nos íbamos todo el día donde la abuela.
“Hormiga chicatana del Nahuatl. Tzicatana, hormiga guerrera. Un tipo de hormiga voladora de color lila que abunda en la temporada de lluvias. El insecto es grande –dos a tres centímetros– a expensas de su abdomen. Es comestible”, nos dice Salomón en su libro Jerga y modismos de Guerrero, México.
Al caer las primeras lluvias fuertes, salen las chicatanas. Son una especie de hormiga gigante y aladas que vuelan y luego se dejan caer. En la Costa Chica hacen una salsa de chicatanas muy sabrosa. Nosotros únicamente las agarramos para hacerlas pelear. Si es que se las ganamos a las gallinas. El escritor Felipe Fierro Santiago en su libro Tierra Mojada le dedicó un hermoso texto a las chicatanas de su pueblo.
Y hablando de mascotas raras, un vecino me contó su experiencia con los pichiches.
“Eran seis, los agarré recién nacidos en el arroyo de Caña de Castilla, se criaron entre las gallinas, primero comiendo masa, luego maíz molido y alimento procesado. Crecieron y volaban alto. Cuando por las noches pasaba una parvada de pichiches surcando el cielo, ellos armaban un escándalo, por eso creo que el idioma pichiche se aprende por instinto.
“Los pichiches saben de solidaridad, cuando uno de ellos moría a manos de una banda de ladrones en la loma, llegaban los demás corriendo a la casa y nos picoteban los pies haciendo escándalo gritando chillando como se pide ayuda en idioma pichiche. Con mis hermanos íbamos corriendo, tras ellos que se señalaban donde, sólo encontrábamos las plumas. Alguien comería estofado de pichiche. Cuando un perro los correteaba hacían un gran bullicio y se defendían mentándole la madre en su idioma pichiche.
“Así fueron cayendo todos, a manos de los desocupados de la loma, quienes hacían su festín con caldo de pichiche. Hasta que quedó el último, que llegó haciendo su algarabía cuando el penúltimo, que era hembra, sucumbió. Vi llorar al último pichiche. Acarició mis pies, picoteó mis huaraches, yo le acaricié la cabeza. Por la noche, del patio de la casa levantó el vuelo tras una parvada que pasó rozando la loma”.
Nosotros, en la familia, también tuvimos una experiencia con una mascota fuera de lo convencional. Una de esas veces que mi papá fue a trabajar a la sierra agarró un pichón de urraquilla, allá por el rumbo de La Peineta. Era verde con el pecho amarillo y hacía mucho escándalo, la hicimos crecer dándole pedacitos de masa y agua en el pico. La teníamos en una jaula hecha de varitas, le cortábamos las alas para que no volara y la sacábamos a pasear. Cuando nos fuimos a vivir a una huerta de coco, en los primeros días que estuvimos ahí, salió de la jaula y desapareció. Mis hermanas lloraron su pérdida y la buscamos por todos lados y nada. Se fue.

Pasaron cerca de tres años, ya nos acordábamos de ella, un día cuando acabábamos de llegar de la escuela, la escuchamos cantar y gritar, mi hermano Javier dijo — ¡la urraquilla! —y corrió hacia donde salía el sonido. Todos lo seguimos. La encontramos cantando y dándose vueltas en un árbol de limón que estaba atrás del asoleadero. Se dejó agarrar, la bajamos del árbol y la llevamos a la mesa, le dimos agua y de comer. Apenas picó la masa, se quedó viendo para todos lados, nos miró a todos, cantó y dobló sus patitas, se echó y murió.

sábado, 21 de enero de 2017

Ciudad con aroma de café XVII


Víctor Cardona Galindo
Zeferino Serafín en su libro Nostalgia nos habla que a mediados del siglo pasado, “En ciertas personas había la creencia de que en algunas casas habitaba un ser fabuloso conocido como ‘basilisco’, que hacía daño a los moradores de la casa matándolos con la mirada”. El basilisco según la creencia popular es una lagartija que nace del último huevo que pone la gallina antes de morir, es un huevo muy pequeño que al ser incubado nace esa extraña criatura que se decía había matado familias enteras.
Carrera de encostalados a finales de los años sesenta
 del siglo pasado, evento que se desarrollaba frente 
a la escuela primaria Juan Álvarez entre alumnos de 
la misma. Foto tomada de Internet.

El basilisco es un ser mitológico, de la cultura griega, representado por una pequeña serpiente cargada de veneno letal y que podía matar con la simple mirada, misma que consideraban la reina de las serpientes. Las versiones de su existencia varían durante las diferentes épocas de la civilización y también la descripción cambia de una cultura a otra. Del basilisco se han hecho diversas representaciones en la pintura y en la escultura, incluso se ha llevado al cine, Harry Potter en La Cámara secreta lucha contra un gigantesco basilisco.
Pero el basilisco de verdad, dice Internet, “es un lagarto de tronco comprimido y alargado, dedos y cola largos y delgados. Viven en las orillas de pequeños ríos o arroyos, donde retozan durante el día, y duermen por la noche sobre los arbustos que tienden sus ramas por encima del agua. Los machos suelen estar adornados con grandes crestas. La velocidad es su principal aliado para capturar las presas (insectos, pequeños roedores o pájaros) y para escapar de los enemigos. Si durante la fuga se encuentran con una corriente de agua, corren por la superficie de ésta gracias a los lóbulos dérmicos de que están provistas sus patas posteriores, lo cual aumenta la superficie de apoyo”.
En algunas latitudes lo conocen como lagarto de Cristo, nosotros lo llamamos como tequereque y habita en toda la costa de Guerrero, incluso Simón Ramírez Lozano le trovó una chilena que dice: “pariente del caimán y sobrino de la iguana /no hay otro animal igual que camine sobre el agua… El tequereque señores es el animal mentado /corre y corre sobre el agua y jamás se ve mojado… Cuando saca la papada anuncia que va a llover /y su presagio se cumple ese día al atardecer”.
El tequereque es sorprendente, sale corriendo velozmente cerca de las pozas y se introduce en la maleza. Parece un pequeño dinosaurio y aunque su tamaño casi alcanza al de la iguana. Solía haber muchos en los charcos que se formaban cerca del río al sur de la comunidad de El Ticuí.
El profesor Praxedes Piza Ríos conversa con la defensora de los derechos
humanos Elezar Santiago Peralta mientras sostienen una mazacoa.
Foto: Víctor Cardona Galindo.

La gente comenta que la culebra mazacoa puede crecer tan grande y tener la capacidad de devorar un becerro con todo y pesuñas, incluso si un ser humano se descuida puede ir derechito a las fauces de la gigantesca serpiente. Decían que dentro del chacuaco de la fábrica de El Ticuí habitaba una culebra grande que bramaba como becerro. La gran mazacoa sin moverse, con el puro vaho, baja de los árboles las chachalas y las ardillas. Hay quien osa decir que a la mazacoa le pueden salir alas. Por ejemplo Zeferino Serafín registra que en los años cincuenta del siglo pasado se decía que en el cerro Cabeza de perro “habitaba un ser fabuloso que llamaban Sierpe”, es decir una serpiente alada de gran tamaño.
El alicante es la culebra de leche, es grandota y amarilla. Mucho se cuenta que por las noches se introduce a las casas de los campesinos, le chupa la leche a la mujer que está amamantando mientras le da a mamar la cola al bebe. Cuando hay la presencia de un alicante, la mujer se vuelve dormilona y a los niños les salen granos en la boca por la infección que les provoca la cola de ese reptil mamador. En la región de Jalisco, Guerrero y Michoacán conocen esta culebra como cincuate y los ganaderos la han sorprendido amamantándose de las vacas.
Mis ancestros contaban que un tiempo los niños se despertaban llorones y se volvían dormilones. Se iban secando poco a poco, muchos llegaron a morir muy flacos. Es que por las noches una de esas culebras se metía a las casas y se comía la leche de la mamá. Se pegaba a mamar, mientras que al niño le daba la cola, que tenía parecida a una chiche. Por más que chupara el infante nada encontraba, mientras la culebra se tragaba la leche de la dormilona mujer. Es que la culebra con su vaho las dormía. El niño no se alimentaba por eso no paraba de llorar. Contaban que eso le estaba pasando al niño de un vecino, hasta que espió en la noche y mató la culebra que al trozarla con el machete soltó toda la leche que le había sacado a la mamá.
Un hombre contaba que cuando era niño por poco muere de inanición. Hasta que su papá decidió cambiar los costales de la cama de vara, descubrió la culebra debajo del petate. Luego de matarla su mamá recuperó el vigor y le dio de comer como Dios manda.
Dice internet que el cincuate “es un reptil como de un metro de largo que se alimenta mamando a las mujeres que están criando y a las vacas, ya que es muy goloso de la leche humana. Las vacas sienten tal placer que no es raro que abandonen a sus hijos –los becerros- por el reptil que les produce placer muy singular”.
Y hablando de reptiles recuerdo que cuando el abuelo estaba enfermo, antes de morir, pusieron una bandeja para que escupiera y todos los días se veía aparecer una lagartija rojiza que se comía la saliva.
Hay una culebra negra, con una papada roja, es azotadora y le llaman tilcuate. Hace tiempo mataron en Río Verde una que midió cinco metros con 30 centímetros. Se dice que este reptil se alimenta de culebras más chicas y de pequeños roedores, ya que mide más de tres metros puede comerse hasta los venados.
El cadáver de un ejemplar de Alacrán de víbora.
Foto: Víctor Cardona Galindo 

El 20 de mayo del 2011 como a las ocho de la mañana bajo del puente de la calle Reforma unos niños mataron a pedradas un raro espécimen de monstruo de gila al que nosotros conocemos como Alacrán de víbora. El cuerpo del reptil fue llevado al Ayuntamiento y la dirección de ecología lo sepultó en la parota que está en las instalaciones de la Ciudad de los Servicios donde funciona en Ayuntamiento. Del cuerpo de ese raro animal de franjas anaranjadas y negras, en lugar de sangre, parecía emanar petróleo. Donde queda el cadáver de un alacrán de víbora o de un escorpión no nace el pasto por mucho tiempo. Son muy venenosos.
Agentes de Protección Civil capturaron una víbora de cascabel en la comunidad de El Ciruelar el día 8 de enero del 2013. El director de ecología Praxedes Piza Ríos la exhibió frente a la presidencia municipal. Muchos ciudadanos acudieron a fotografiarla y a posar para la foto. El alcalde Ediberto Tabares también se fotografió con ella. Luego fue liberada en el cerro rumbo a San Martín de las Flores.
El bobo es un pez muy feo que al agarrarlo se resbala de las manos, pero bien frito es delicioso, tiene una carne blanca muy aromática. En la cena, acompañado de unos frijoles con arroz y una salsa macha de tomate criollo es uno de los mejores platillos del mundo. Al árabe Gabriel Zahar, uno de los primeros comerciantes de café, mucho le gustaba comer bobo y todos los días les compraba a los chamacos que los pescaban en el río.
El popoyote se da por millones en nuestro río y en la laguna de Mitla, es muy feo, a simple vista nadie se los querría comer, pero se sabe que del popoyote se cocina un delicioso ceviche de cazón. En nuestro río aún queda uno que otro ejemplar del medio pez y de los peces roncadores. Los roncadores a veces asustan al escucharlos roncar debajo de las plantas acuáticas del río.
Apenas trabajadores del agua potable filmaron, a la altura de la presa derivadora Juan Álvarez, dos hermosos ejemplares de nutria. A estos animales, conocidos también como Perros de agua, la gente que le busca explicación a todo le atribuye el sonido que otros dicen es de La Llorona. El tlatoani azteca que vino a conquistar a los cuitlatecos, se llamaba Ahuizolt que quiere decir el monstruo de lago, y para los aztecas el monstruo del lago era la nutria.
Una leyenda urbana dice que durante un aguacero llovieron pececitos frente a la iglesia de Atoyac y los vecinos los vieron saltar entre la corriente que formaba la lluvia. Hay quien dice que sí se vieron peces frente a la iglesia, pero que no cayeron del cielo, que más bien subieron por la corriente desde el río y que cuando la lluvia ceso y bajo el agua quedaron brincando en el patio frente a la parroquia.
Ejemplar de Coyote: Foto Víctor Cardona Galindo

Algunos dudan de la existencia de coyotes cerca de la ciudad. Pero el 6 de diciembre del 2012 atraparon un hermoso coyote en el cerro que está arriba de la presa derivadora del lado de El Ticuí, cayó en una trampa milpera, el señor José Luis Olea Gallardo dio aviso a la dirección de ecología y a lugar se trasladó el profesor Praxedes Piza Ríos, quien logró rescatarlo entre un bejucal. Después de curarle la pata fue expuesto frente a la presidencia municipal y luego el profesor Praxedes lo liberó por el rumbo de San Martín para que se incorporara a su hábitat natural.
El Yaguarundi es un felino parecido al puma pero chico. De hecho es un puma pequeño, largo, la cola casi del mismo tamaño del cuerpo. La onza es un puma plomizo, que tiene una cinta negra desde la cabeza por todo el espinazo y una motita en la cola. Además de gritar como mula, como pájaro e imita a otros animales.
Hemos dicho que en la zona está presente la onza, animal mítico del que se platican muchas leyendas. “La gente que ha visto al animal, lo describe como de menor estatura y corpulencia y con el color más claro que el león (puma), especialmente en el lomo. Otro rasgo característico de la onza, se dice, es que no tapa el resto de su presa después de devorar una parte, lo que si suelen hacer tanto el tigre (jaguar) cono el león. Hay quien dice que la onza no es otra cosa que ‘la mula del tigre’, (una especie de hibrido) es decir, un bastardo infecundo, hijo de tigresa y león; ‘cuando la tigresa está en brama y no encuentra a su macho, admite al león y el producto es la onza’ ”, recogió Pedro Hendrichs en su libro Por tierras ignotas.
Así como la Cruz es el símbolo de Jesús la horqueta es símbolo del Malo, por eso los animales que tienen lengua de horqueta son venenosos. Como las culebras, los monstruos de gila y los armadillos amarillos. Por eso siempre que matábamos un armadillo le veíamos la lengua si tenía un solo pico a la cazuela. Aunque les soy sincero yo nunca he visto un armadillo amarillo, todo el que cae en mis manos siempre termina entomatado o en chile verde, aderezado con frijoles y una guarnición de tortillas calientes.
Un ejemplar de martica fotografiado por José Aguilera Alamaza.

La martica es también un animal mítico, es el mono de nuestra selva y de noche merodea los árboles cercanos a los campamentos del café. Nuestros ancestros se hacían un morral de piel de martica para la buena suerte. La zorra tiene los pelos del Diablo. A quien trae un cinturón de cuero de zorra no le ladran los perros, pero si aúllan a su paso.
Cuando el campesino emprende un viaje y ve una zorra atravesando su camino frente a él, prefiere regresarse, para evitar los peligros que le aguardan. Esa superstición es ancestral. También se habla de la existencia de un jaguar negro al que la gente llaman pantera, uno merodeaba cerca de El Nanchal y bajaba a robar gallinas hasta la Laja, muy cerquita de la colonia Loma Bonita.
El ratón Chirú

El lunes 11 de marzo del 2013 atraparon un macho de Sarigüella de Castilla en Zapotitlán debajo de los cajones de miel de Evodio Argüello de León, este animalito es un insectívoro y frugívoro. Es conocido localmente como ratón Chirú. Vive en piñones y racimos de plátanos. El maestro Praxedes Piza lo apareó con una hembrita y lo soltó cerca de donde lo atraparon.
Don Simón Hipólito lo recuerda así desde Estados Unidos, “Este animalito de ojos saltones y hociquito aguzadito, cuando presiente que va hacen un temblor, corre, brinca, se escabulle entre la hojarasca, tal vez tratando de defenderse”.
Don Inés Galeana nos contaba que en el pasado una plaga de chapules invadió los sembrados.  Fue en 1914, cuando por primera vez vinieron los chapules que acababan con todas las milpas de las costas de Guerrero y continuaron llegando cada año de Centro América, hasta que el gobierno los acabó. Esos insectos invadieron los sembradíos hasta 1941. Eran grandes y para acabar con la cría chiquita los campesinos hacían zanjas, los arreaban y los tapaban con tierra. En El Llano de la Mesas, antes de llegar a Ixtla, por el camino viejo que conectaba con Atoyac había infinidad de chapules chiquitos. Tal vez la plaga encontró ahí el lugar ideal para incubar su descendencia. El gobierno los comenzó fumigar con un poderoso insecticida y los desterró de los sembrados. Esos chapulines se comían hasta las palapa verdes de las palmeras de coco.



sábado, 14 de enero de 2017

Ciudad con aroma de café XVI


Víctor Cardona Galindo
El ave que predomina en la ciudad es el zanate, también conocido como cascalote; hay palomas domésticas y torcazas, le siguen las tortolitas (cucuchitas), los chicurros, alondras y últimamente hay mucho zopilote. De los reptiles reina la iguana que es fuente de proteínas para la mayoría de las familias pobres y un platillo caro y exótico para los ricos. En todos los bosques del municipio está presente el armadillo que también es un sabroso alimento. Pero además hay animales raros, míticos y de leyenda.
Añadir lEl kiosco que lucía el Zócalo de Atoyac a mediados
del siglo pasado. Foto tomada de La monografía de Atoyac
de Wilfrido Fierro.eyenda
Al arroyo Cohetero llegan garzas negras y blancas, garzones grises, pájaros cagones y diversas aves de laguna que se alimentan de los pequeños peces conocidos como popoyotes. Todas las tardes pasan volando parvadas de garzas, de sur a norte, vuelan de la laguna buscando los cerros, otras también vienen del basurero de donde se alimentan. Patos canadienses vuelan por la mañana hacia el sur y se refugian en los charcos cercanos a la laguna o en las pequeñas pozas que se forman en los potreros con el agua que se riega del canal, ahí conviven con pequeñas gallinitas de color marrón y cresta amarilla.
Ahora las palomas torcazas son urbanas y habitan entre los tamarindos confundiéndose con las caseras. Ya entrada la noche se escucha en el cielo el canto del pichiche y cuando la luna está clara pueden divisarse las parvadas de esta especie de pato con hábitos nocturnos. En el río los patos buzos se asolean en las piedras o se sumergen en las aguas para pescar, compiten por los pequeños peces con las zarcetas y martines pescadores.
Un águila pescadora baja todos los días, exactamente a las tres de la tarde de las lomas cercanas a El Ticuí, atraviesa las huertas de coco y desciende a pescar en un remanso del río que se forma frente al centro social el Enano. Hay muchos gavilanes, un hermoso ejemplar se posaba todas las tardes en la antena de radio del Palacio Municipal y el tesorero atravesaba el Zócalo tapándose con un periódico.
Era un niño de siete años cuando vi un zopilote blanco. Jugaba debajo de los tamarindos de la casa de la abuela Victoria cuando apareció por la mañana volando en medio de la parvada y lo observé planear hasta que se perdió atrás de las montañas. Durante muchos años no vi un zopilote rey,  pensé que tal vez  extinguieron desde que los ganaderos comenzaron a vacunar sus vacas. Pero para mi sorpresa lo observé de nuevo a mediados del 2015. Venía en medio de la parvada como bajando del cerro de La Florida y cruzó la ciudad de Atoyac. Fue antes que comenzara la epidemia de la chikungunya y que se supiera de un nuevo brote de mal derriengue (rabia) en el ganado de la región. Esos días muchos ganaderos tuvieron que quemar los cadáveres de sus animales para evitar la propagación de la enfermedad.
Mi abuela Victoria contaba que un zopilote rey apareció unos días antes de aquel  28 de octubre
de 1926, que se libró un feroz combate entre guerrilleros vidalistas y las fuerzas federales del mayor Lázaro Candelario, en el arroyo del Morenal. Los viejos de Los Valles todavía recuerdan cuando el agua del arroyo bajaba roja de tanta sangre y al sepultar los muertos, no cabían en las fosas, quedaban con los huaraches de fuera y grandes parvadas de zopilotes llegaban para comerles los pies.
Mi madre María del Refugio define al zopilote rey como: “muy blanco y luminoso, que da mucha tristeza verlo”. Unas versiones dicen que la comunidad de Puede del Rey se llama así porque observaron volar a un zopilote rey cuando los primeros habitantes llegaron al lugar.
En internet se habla de un zopilote rey. “El zopilote rey se encuentra entre las especies ‘carroñeras’, es decir, se alimenta exclusivamente de materia orgánica descompuesta, por lo que cumple muy importante labor de limpieza del medio ambiente. Ayuda a evitar que se desaten epidemias, plagas y demás males que podrían propiciar los cadáveres de animales en descomposición. Por lo que, se les considera ‘limpiadores’ de la selva. Esta ave juega un papel importante en la cadena trófica al iniciar el consumo del animal muerto y facilitar el acceso para que otros animales puedan alimentarse de estos restos orgánicos”, (Berlanga y Wood 1992). 
“Su distribución era desde el noroeste de México hasta el norte de Argentina, y en nuestro país se le encontraba en los estados de Sinaloa, Nayarit, Veracruz, Puebla, Guerrero, Tabasco, Oaxaca, Chiapas, Campeche y Quintana Roo. Al sur a través de Centroamérica y Sudamérica, oeste de los Andes noroeste de Perú y norte de Argentina y Uruguay”, (Friedmann 1950 y AOU 1998).
Los hombres de experiencia dicen que el zopilote rey tiene atrofiado el olfato, los demás vuelan a su alrededor porque lo van guiando hasta donde está el alimento. Esta gran ave blanca es la que da el primer picotazo en los cuerpos de animales muertos.
En la actualidad se puede ver grandes parvadas zopilotes que sobrevuelan altísimo la ciudad, algunos amanecen en las antenas de los celulares serenados abriendo sus alas para tomar el sol. Zeferino Serafín en su libro Nostalgia comenta que en los años cincuenta: “Había gran cantidad de zopilotes porque contaban con comida suficiente ya que se comían los animales que se morían por enfermedades. Por las tardes, después de que los trabajadores se retiraban del rastro una vez terminadas sus labores, estas aves acudían a aquel lugar para hacer limpieza, comiéndose los residuos”.
Que se recuerde solamente un pequeño lapso de tiempo después del huracán Tara no hubo zopilotes sobrevolando la ciudad, porque muchos murieron durante la tormenta y otros emigraron lejos del peligro.
De acuerdo con internet el zopilote es un ave carroñera, su nombre viene del náhuatl Tzotl que quiere decir inmundicia y pilotl que quiere decir colgar. Por lo tanto se podría deducir que el nombre de zopilote significa que mientras vuela esta ave lleva en sus garras trozos de animales muertos.
En Los Valles estaba una piedra donde hacían nido los zopilotes, estaba chorreada por la caca de las aves. Los pichones nacían blancos y pelones.
En el cielo de Atoyac vuelvan todos los días auras y zopilotes. El aura tiene roja y pelona la cabeza, mientras la cabeza del zopilote es negra. Los estudios dicen que se pueden encontrar auras desde el extremo sur de Sudamérica hasta el sur de Canadá. “Su plumaje es marrón oscuro hasta negro; la cabeza y el cuello no tienen plumas y son de color púrpura-rojo. Su pico es corto, ganchudo, y de color marfil”.
Otra ave carroñera es el quelele, “de plumaje negro con blanco; en otros lugares le llamaban ‘quebrantahuesos’ porque precisamente iban tras los despojos que dejaban los zopilotes –los huesos principalmente-; de ahí proviene el dicho aquel que le aplicaban a los que llegaban tarde a la cita: ‘Llegaste a la hora del quelele’”, comenta Zeferino Serafín.
La urraca copetona se come los huevos de las otras aves. Su presencia en lo alto de la sierra ha provocado que desparezca la urraquilla verde. La urraca no tiene depredador natural, “ni el mismo gavilán se la quiere comer”, dicen. La gente piensa que la urraca es un animal maldito, porque uno de los pasajes que cuentan nuestros padres dice “cuando Jesús Nuestro Señor andaba huyendo de los romanos, la urraca lo perseguía y decía acavaaa, acavaaa”, así grita siempre esa ave, mientras que las cucuchitas “caminando borraban el rastro de los caminos”. Nadie se come las urracas y ellas volando por todos lados hacen lo que quieren.
En los cerros las chachalacas cantan simulando un dialogo que parece decir: “barre tu casa, barre tu casa, vieja cochina” y la otra contesta “bárrela tú, bárrela tú”. Las chachalacas también son fuente de alimento, un estofado de chachalaca es muy delicioso.
Comentan que el ticuí es un pájaro con plumaje azul en el pecho, con la cola y alas cafés. Se conserva en el parque nacional El Ávila de Venezuela y rara vez puede verse un ejemplar por los alrededores de Atoyac. La pichacua es un ave nocturna que en su canto parece decir, “caballero, caballero”. Cuando éramos niños mis hermanos y yo y no nos queríamos dormir, el tío Chencho nos metía en miedo diciendo: “oyen ese grito, es la rerrirra, la rerrirrona, ya va a venir por ustedes si no se duermen” y todos nos metíamos asustados debajo de las sabanas, porque se escuchaban pichacuas cantar hasta en el patio.
Se cuenta que a principios del siglo XX unos soldados subieron a la sierra a buscar a un forajido, era como buscar una aguja en un pajar en aquella serranía. Mientras caminaban, de uno de esos árboles gigantescos que había, desprendió el vuelo un pájaro imponente, era un águila real, uno de los hombres al verla disparó su mosquetón napoleónico y le pegó en el pecho, el ave cayó entre el monte y la fueron a buscar. Le extendieron sus alas que medían tres metros de punta a punta. De esas águilas reales solamente quedan las leyendas.
El tecolotillo entona un sonoro silbido, pero cuando se asusta emite un escandaloso sonido que va desde el aullido de un gato hasta un pleito de perros. Cuando es atacado por otra ave más grande, en el afán de esconderse, el pequeño tecolote se baja a ras de suelo y sube lo más alto que puede, por eso el grito se escucha en el cielo y en la tierra. Algunas personas asocian este grito con un deceso, puede ser superstición o tal vez ese animalito si puede ver la muerte que ronda.
La ticuiricha es la lechuza, un ave mítica y de mal agüero, que cuando canta es que llegó la muerte. Esa ave conocida también como la dama blanca emite un canto o grito lastimero y chillón, a veces metálico. Varía de un ave a otra, el grito no es similar. La lechuza ataca de noche a los pájaros que duermen en los alambres y en los árboles de las calles de esta ciudad.
Los mangos que adornaban la plaza murieron secos, los vecinos les habrían puesto espinas de pescado en la corteza para que murieran, ya estaban enfadados por la gran cantidad de zanates y tingüiliches que dormían por la noche en la plaza, es que cagaban todo. En los últimos años, grandes parvadas de tingüiliches y de zanates buscan la claridad para dormir y evitar los ataques de la dama blanca.
La lechuza ya no se asusta tan fácilmente, llega incluso atacar a las golondrinas y alondras que duermen en los recovecos de los edificios cercanos a los bancos en plena luz de los faroles. Se para en los cables de alta tensión, se queda quieta y cuando un pajarito se descuida le cae encima y se lo lleva.
Una vez estaba en el Zócalo con unos amigos, como a las 12 de la noche, vimos una gran ave blanca atacando a los zanates que estaban durmiendo en el mango, al desparpajo de los cascalotes observamos que se elevó a las alturas y con el reflejo del alumbrado de la plaza distinguimos como soltó el cuerpo sin vida de un zanate que cayó entre los ficus, al mismo tiempo que dejaba oír su canto: riiik, riiik. Al día siguiente fuimos a ver dónde cayó el zanate. El cuerpo estaba completo únicamente le había comido las vísceras. “La ticuiricha sólo le comió el corazón”, dijo uno de mis acompañantes.
Por eso los zanates prefieren los almendros y los otros árboles de las calles céntricas de Atoyac para dormir. Todas las noches se escucha el escándalo de las parvadas acomodándose para el sueño, en eso Luis Campos pasa con una gigantesca vara espantándolos por todos los árboles para que se vayan. Otros les tiran cohetes para asustarlos. Pero las aves únicamente se cambian de árbol y siguen, no las pueden desterrar.
Las gallinas han aprendido a dormir con la claridad, se quedan quietas porque todo está iluminado por los faroles. Ya no hay oscuridad posible. El alumbrado público todo lo inunda, robándoles la tranquilidad.
En algunas colonias de la ciudad se acercan parvadas de pericos que revolotean en los bocotes. La gente prefiere los pericos nacidos en marzo, porque hablan mucho, y las cotorras guayaberas como mascotas, aunque hay quien tiene en sus casas cucuchitas, palomas, chachalacas, faisanes, pichiches y hasta queleles. Dicen que los faisanes son buenos para cuidar la casa, porque agreden a los intrusos.
Algunos años la policía preventiva detuvo a traficantes de aves. Hombres extraños venían a colocar trampas en las milpas para capturar aves exóticas y llevarlas a vender a las ciudades. Atrapaban por centenares de cotorras guayaberas. Por ahora parece que paró un poco el tráfico de aves.