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viernes, 9 de junio de 2023

El obelisco a Lucio Cabañas Barrientos

 Víctor Cardona Galindo

Entre 1967 y 1974, el Partido de los Pobres y su Brigada Campesina de Ajusticiamiento resistió 16 campañas militares; más de cinco mil de soldados patrullaron la sierra de manera permanente. La guerrilla de Lucio Cabañas fue la más conocida de su época y la que más daño causó a las fuerzas del gobierno. Incontables soldados y policías salieron heridos y muertos en muchos ataques.

La guerrilla inició un día después de la masacre de campesinos en la plaza de Atoyac el 18 de mayo de 1967 y terminó cuando el maestro Lucio Cabañas Barrientos murió en combate contra las fuerzas militares del Estado mexicano en las inmediaciones de El Otatal, municipio de Técpan de Galeana, el 2 de diciembre de 1974.



El cuerpo del guerrillero fue trasladado en helicóptero a las instalaciones del cuartel militar del 27 Batallón de Infantería en la ciudad de Atoyac, donde se le practicó la necropsia y fue identificado por la maestra Genara Reséndiz de Serafín, Ricarda López Alonso, secretaria de la Agencia del Ministerio Público del lugar y el titular de la misma el licenciado Raúl Orbe Berdeja, así como el presidente municipal el médico Silvestre Hernández Fierro.

Casi al amanecer del 3 de diciembre de 1974, los militares arrojaron el cadáver de Lucio Cabañas Barrientos a una fosa común en el cementerio de Atoyac. Cuando doña Elizabeth Flores Reynada fue a pedir el cadáver, para darle cristiana sepultura, le dijeron que ya lo habían enterrado y el presidente municipal la llevó, junto a un grupo de periodistas, donde lo habían sepultado.  Nadie creyó que los restos del maestro guerrillero estuvieran ahí, porque el morro de tierra que se levantó en la sepultura fue muy pequeño. Nadie concluyó que lo habían enterrado sin caja, solamente envuelto en una sábana, por eso para la gente los restos estaban perdidos y muchos años sus simpatizantes exigieron al gobierno que dijera donde estaban, otros decían que había pactado su salida con Rubén Figueroa y que estaba viviendo en Cuba o Rusia. La derecha apostaba que Lucio estaba vivo y que había vendido el movimiento. La verdad se supo cuando sus restos fueron exhumados los el 3 de diciembre del 2001.

Ese día los familiares y seguidores de Lucio Cabañas, que portaban un moño rojinegro, se presentaron en el panteón municipal de Atoyac donde se presumía que estaban los restos del guerrillero. Decenas de curiosos se congregaron, desde temprano, en el cementerio.

A las 10:10 de la mañana personal del Ayuntamiento de Atoyac comenzaron a despedazar a marrazos, la tumba de Raúl Gallardo Benítez quien que murió en un accidente automovilístico el 29 de marzo de 1977. Lo sepultaron, arriba donde se suponía estaba Lucio, por decisión de su tía Elizabeth Flores Reynada como medida de seguridad para evitar que a alguien intentara extraer los restos o modificar el terreno. El ministerio público del Fuero Común de la ciudad, certificó la exhumación del cadáver de Raúl Gallardo Benítez, sus familiares lo rociaron con agua bendita antes de que fuera extraído de la gaveta.

Después de dos horas, los restos de Raúl fueron trasladados a un nuevo ataúd, el que tenía era de madera y ya estaba podrido. Por segunda ocasión lo enterraron, a varios metros del lugar donde estaba.



Después de eso, los peritos de la Fundación “Rigoberta Menchú” y personal de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) pudieron iniciar la excavación a las 12:40 horas.

A las 16:17 horas, los peritos de la CNDH, dirigidos por Fernando Cervantes, llegaron al metro y 25 centímetros de profundidad, fue Carlos Jácome, el arqueólogo contratado por la familia Cabañas Barrientos, quien se topó con un hueso circular. Era el occipital de un cráneo. Al ver cráneo y la dentadura la maestra Hilda Flores Solís se soltó a llorar.

Minutos más tarde fue apareciendo más pedacería ósea, rojiza por la tierra húmeda. Terminaba un mito. El cráneo tenía, al menos, un orificio con restos de sangre seca, como si fuera la huella dejada por un tiro de gracia. Y también la dentadura aún tenía una amalgama. No había duda era Lucio.

Como señal de lo encontrado la familia colocó, en uno de los espacios del cerco, la bandera del Partido de los Pobres, un lienzo que tiene pintado un fusil y un machete incrustados entre montañas. En el centro una estrella roja como si fuera el sol.

A las seis y media de la tarde, el representante legal de la familia Cabañas Barrientos, Edgardo Canseco reveló a la prensa que se habían encontrado partes óseas del cuerpo del rebelde suriano, quien estaba sepultado mirando al cielo, de la quijada desprendida sobresalía un diente de platino. Los restos, desenterrados parte por parte, indicaron que había sido inhumado en cuclillas y que había recibido un balazo en el maxilar derecho. Entre los restos se encontraron clavos de dos pulgadas que tenían la intención de acelerar la fragmentación de los huesos.

Ante la presencia de los familiares más cercanos y de algunos representantes de organizaciones sociales, la exhumación concluyó aproximadamente a las cinco de la madrugada del día cuatro de diciembre.

Posteriormente el cuerpo fue trasladado a la casa de la señora Sofía Cabañas Tabares en la colonia Sonora de la misma ciudad donde se instaló un altar durante algunas horas. El ataúd que contenía los restos del profesor-guerrillero fue colocado sobre unas mesas, cubierto por dos banderas la mexicana y la del PDLP.

Por la noche los restos fueron depositados en el laboratorio de la Escuela Preparatoria Número 22 de la ciudad de Atoyac, donde los especialistas armaron el cuerpo y tomaron las muestras para el análisis de ADN que se realizó en un laboratorio de la UNAM en la Ciudad de México.

Fue hasta el 12 de agosto del 2002 cuando los antropólogos forenses comprobaron que efectivamente los restos correspondían al guerrillero, después de hacer las respectivas muestras de ADN y compararlas con dos de sus hermanos y su hija Micaela Cabañas Ayala.

Para comenzar a construir el monumento a Lucio Cabañas, el 16 de noviembre de 2002 derribaron un longevo árbol de tamarindo en la plaza principal de Atoyac. Los trabajos comenzaron sin el permiso de la autoridad municipal.

Los restos de Lucio Cabañas estuvieron durante un año en custodia del padre Máximo Gómez en la Iglesia del Dios Único, de donde fueron sacados el sábado 30 noviembre 2002 para ser llevados a Ayotzinapa y luego a Chilpancingo. Ya de regreso a Atoyac pasaron por el poblado El Treinta, municipio de Acapulco y por El Cayaco, municipio de Coyuca –en donde vivió parte de su infancia– para llegar la noche del domingo primero de diciembre a nuestra cabecera municipal.

En la Normal Rural de Ayotzinapa escuela en la que se graduó como maestro en 1963, se realizó un gran acto en el patio del plantel donde se levantó un altar en honor a Lucio Cabañas y se congregaron representantes de las 17 normales rurales del país vestidos de negro y con banderas rojas. Los alumnos, integrantes de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México acompañaron con consignas los discursos de los oradores en ese evento.

Más tarde unos 500 asistentes, entre estudiantes de diversas Normales de Guerrero, Morelos, Estado de México y Coahuila; así como líderes de organizaciones de colonos y campesinos, acudieron al homenaje póstumo al guerrillero que se realizó junto al palacio de gobierno en Chilpancingo.

A un día de cumplirse 28 años de su muerte sus seguidores y familiares le rindieron un homenaje, trasladaron sus restos en una manifestación que salió de la preparatoria 22 a la plaza pública de Atoyac. Durante la noche del domingo primero de diciembre se realizó una velada cultural en la plaza Morelos, con la participación de todas las organizaciones presentes.

Por la mañana, del 2 de diciembre del 2002, los restos de Lucio Cabañas fueron llevados al panteón de la comunidad de San Martín de las Flores donde está sepultada su madre la señora Rafaela Gervasio Barrientos. Allí se montó una guardia de honor en el panteón ante la presencia de los restos.

Luego los restos de Lucio Cabañas fueron regresados a la cabecera municipal. En la entrada de la colonia 18 de mayo de 1967 comenzó la marcha encabezada por la urna con los restos, pasaron a la escuela primaria Modesto Alarcón donde fueron recibidos por maestros y alumnos. Después el cortejo partió con los restos para darle sepultura en el zócalo de la ciudad bajo el obelisco de ocho metros de altura que en su memoria proyectó el arquitecto Hilario Arroyo Valadez.

Finalmente, los restos del legendario guerrillero fueron enterrados en una urna que hizo el escultor Pedro Zamudio con motivos prehispánicos, tenía forma de tronco y con tres cabezas de jaguar como soporte. La urna fue cubierta con una bandera de México. Desde entonces los restos de Lucio Cabañas reposan en el zócalo de Atoyac.

Dos años después las organizaciones sociales de izquierda, el 2 de diciembre del 2004, colocaron la estatua de Lucio Cabañas que esculpió el escultor Jorge Ramírez (de Celaya Guanajuato) en la fundición de los hermanos Rivero en la Ciudad de México. La develaron en el obelisco, con la presencia del escritor Carlos Montemayor, el padre Máximo Gómez Muñoz y la luchadora social Hilda Flores Solís. Desde entonces, el monumento a Lucio Cabañas se ha convertido en el lugar favorito para las protestas de los grupos de izquierda. Todos los años, el 18 de mayo y el 2 de diciembre, rendimos homenaje al líder del Movimiento Armado Socialista más conocido y admirado de México.

 

 

 

 

martes, 4 de agosto de 2020

18 de mayo de 1967 VI y última parte

Víctor Cardona Galindo

Isabel Gómez Romero nació en Las Patacuas, una comunidad ya desaparecida que estaba ubicada en el centro de la sierra cafetalera, fue hija de Modesta Romero Meza y Onésimo Gómez Serafín, estaba casada con Juvencio Rojas Mesino un campesino nacido en la ciudad de Atoyac.

Prisciliano Téllez Castro, Leonor Téllez Pino, 
Ángela Pino Vargas y Josefina Téllez Pino.

El 18 de mayo don Juvencio fue herido de un balazo en la nuca y al caer un policía le daba culatazos en la cabeza. Por eso doña María Isabel se le fue encima al agente y lo ensartó con un verduguillo, a ella otro policía le disparó con un M-1, el balazo la atravesó de costilla a costilla. Tenía cuatro meses embarazada de gemelos, la gente con susto y dolor veían como se le movía el vientre cuando estaba muriendo. Dejó huérfanos a tres hijos: Julia que ya estaba casada, Hilario de 13 años y Fermina de cinco.

El verduguillo que llevaba ese día era su arma habitual, lo traía para todos lados, cuando iba a lavar al río o al campo, a la leña. Doña María Isabel que tenía 35 años cuando murió se dedicaba a las labores del hogar y vivía en la calle Montes de Oca número 29 en la cabecera municipal donde fue velada, para luego ser sepultada en el panteón viejo. Donde cada año, el 18 de mayo, su hijo Hilario Rojas Gómez le llevaba flores. Hilario ya murió.

Mientras don Juvencio Rojas fue atendido de sus heridas por el doctor Antonio Palós Palma, quien lo ayudó para que no cayera preso. Los demás: Gabino Hernández, Juan Reynada y Franco Castillo heridos de bala fueron trasladados al penal de Tecpan y estuvieron detenidos. Con el tiempo Juvencio murió a causa de las heridas recibidas aquel funesto día.

Cuando sucedió la masacre, Hilario Rojas hijo de doña María Isabel estaba en casa con su hermana. Estudiaba el quinto año en la escuela Juan Álvarez con el maestro Celestino Lévaro. Se había espinado la rodilla por eso no fue a clases ese día.

Don Juvencio era campesino, cultivaba dos huertas de café en El Ocotal y en el lugar que ahora ocupa la colonia El Parazal tenía un corral donde trabajaba. Las huertas apenas eran plantillas y se perdieron en el abandono. Los dos hermanos menores: Hilario y Fermina, ya huérfanos,  quedaron a cargo de su abuela Modesta y su abuelo Onésimo que los llevaron a vivir a La Vainilla.

En 1989, cuando se fundó la Colonia Popular 18 de Mayo un campamento se llamó María Isabel Gómez Romero y ahora una colonia que fue fundada en el predio conocido como El Rondonal lleva el nombre de esta valiente mujer. “Más en fin, ya me despido, /ya voy a finalizar, /sólo una cosa les pido, /no se nos vaya olvidar /la muerte de doña Isabel, /heroína de Atoyac”, remataba en su corrido don Rosendo Radilla.

Prisciliano Téllez Castro nació el 4 de enero de 1922, en la comunidad serrana de La Florida. Era hijo de Rosendo Téllez Blanco y Ángela Castro, estaba casado con Ángela Pino Vargas. Tenía 45 años cuando murió en la plaza. Su esposa Ángela se quedó a cargo de sus seis hijos: Pablo de 23 años, Leonor de 22, Jesús de 20, José Luis, Matías y Josefina Téllez Pino de 8 años.

Se le recuerda siempre con ropa de campo y muy juguetón con sus hijos. Corría atrás de ellos simulando que era robachicos: “era muy cariñoso”, rememora Josefina Téllez. Pilaba el café de la huerta de su padre Rosendo Téllez Blanco y cargaba la camioneta para entregar el producto. Se involucró en el movimiento asistiendo a las reuniones en la escuela Modesto Alarcón. Ahí estudiaban sus hijos; uno de ellos, José Luis era alumno de Lucio Cabañas.

Era alto, delgado y rollizo, no usaba sombrero. Iba todos los días a la huerta de coco que tenía en Quinto Patio, donde hacía milpa y en la temporada de secas trabajaba su huerta de café que tenía en El Ocotal. Sus hijos nunca lo vieron enfermo: “era puro trabajo, en eso se entretenía, no era borracho ni fiestero. Tenía un caballo que usaba para el mismo trabajo del campo. El 18 de mayo andaba con una punzada en la cabeza por eso no fue a su huerta de Quinto Patio. No tenía pensado acudir al mitin.”

Salió a comprar unos cigarros, no encontró en la tienda cercana, luego buscó en la calle Independencia tampoco encontró y tuvo que ir hasta el Zócalo a una dulcería que estaba al poniente de la plaza. Después de comprar sus cigarros encendió uno y se paró en la orilla del Zócalo cuando vio que un policía le estaba dando a su compadre Gabino Hernández. Como era costumbre en los hombres de ese tiempo, Prisciliano siempre cargaba un puñal que igual le servía para su defensa, para hacer un cocol de sus hijos, pelar un mago o partir un limón.

Su hermano Cristino Téllez Méndez escribió en el periódico ATL (número 23, junio del 2000) que Gabino Hernández, compadre de Prisciliano fue alcanzado por un motorizado, quien le disparó y luego lo comenzó a golpear con su rifle, al ver esto Piche, como le llamaba su familia de cariño, salió gritándole desafiante al motorizado; “deja a mi compadre, yo te voy a enseñar a tratar a la gente. El policía soltó a Gabino y trató de encañonar a Piche, muy tarde, ya Piche le sujetaba el arma con tanta fuerza que ambos luchaban por quedarse con ella y en su desesperación cayeron sobre las piedras haciéndose pedazos el rifle. Piche rápido como un rayo, deslizó su brazo alrededor del cuello del policía, sujetándolo fuertemente, al mismo tiempo buscó atrás de su cintura un cuchillo con cacha de hueso, repetidas veces lo hundió en el cuerpo del agente que se desplomó sin vida”. Más otro motorizado acudió al auxilio de su compañero y le disparó en varias ocasiones al valiente campesino dejándolo muerto en el lugar.

Su cuerpo fue levantado por sus hijos con el auxilio del coronel Olvera Fragoso y velado en la casa de su padre en la calle Vicente Guerrero y al otro día fue sepultado en el panteón viejo.

Después de la masacre todo quedó en silencio. No se supo nada, nadie investigó nada y tampoco se esperaba nada del gobierno. Todos los hijos de Prisciliano trabajando salieron adelante. Pablo el mayor se puso al frente de la familia y siguieron con los trabajos de la milpa, el cocotero y el café.

Doña Fidelina Téllez Méndez escribió en Agua Desbocada. Antología de Escritos Atoyaquenses que su hermano Piche “era muy audaz y temerario, una vez un leoncillo se llevó del patio a su perro preferido, cogió su machete y persiguió al animal hasta que éste lo soltó y regresó a la casa con el perro en brazos, casi muerto, pero con sus cuidados volvió a ponerse bien”.

Sobre el mismo caso Cristino Téllez Méndez escribió en el ya citado periódico ATL: “Don Rosendo y sus hijos solían platicar en el patio los sucesos del día alrededor de una fogata o junto a una ‘pata de gallo’; rudimento hecho con tres palos cruzados y sujetos casi en un extremo, sosteniendo una piedra que a su vez sirviere de base a ocotes encendidos sobre ella… De pronto un león [así se le conoce en la región al puma] saltó al patio y al pasar cerca de ellos tomó en sus fauces a un perro chaparrito que descansaba cerca de Piche, dirigiéndose hacia un arroyo cercano, Piche como era su perro favorito, con rápidos reflejos tomó su machete afilado y una raja de ocote encendido y corrió tras él gritándole ¡deja mi perro! Por el arroyo lleno de peñas el león saltaba sin soltarlo entre los dientes y desconcertado veía como Piche lo seguía cuesta abajo, duró la persecución un rato al cabo del cual el león soltó al perro y de un salto se perdió en la espesura del monte y de la noche. Piche abrazó a su perro y regresó al campamento. Fueron necesarios varios días y varios remedios para cerrar aquellos agujeros dejados por el león en el cuerpo del perro”.

Como dije en otro momento los caídos el 18 de mayo de 1967 eran actores de primera línea de la vida atoyaquense y participaban en sus tradiciones y costumbres. En el caso de Prisciliano Téllez dice su hermano Cristino: “Cuando un año nuevo u otro festejo El Cortés hacía acto de presencia, Piche pedía prestada una cuchilla y un zarape a los toreadores y enfrentaba por gusto al enmascarado, éste trataba una y otra vez de aporrearlo con una y otra mano pero no lograba tocarlo siquiera, en medio del griterío de la gente. Al final Piche solía darle uno o dos golpecitos en las pantorrillas del Cortés como diciéndole ¡Te gano! Y regresaba cuchilla y zarape que le habían prestado”.

 

Los alumnos de Serafín

 

El maestro Gabriel Salones era el director de la escuela “Modesto Alarcón” y cuidaba el Sexto “A” que era el grupo de Serafín Núñez Ramos, quien había ido por los cheques del pago de los trabajadores al puerto de Acapulco. Les estaba platicando la clase, cuando se oyeron los disparos, los alumnos pensaron que eran cohetes. En eso llegó corriendo la maestra Rita Solchaga –diciendo “¡profesor Gabriel, profesor Gabriel!, mataron al profesor Lucio y a Serafín”. Al oír esto los alumnos se pararon de los asientos y el director se puso en la puerta para atajarlos, pero no pudo porque todos los niños brincaron el muro del aula, no respetaron, volaron la cadena de la puerta de la escuela y salieron a toda prisa a la calle.

Quien se los encontró dice que los muchachitos iban bañados en llanto porque la noticia era: ¡Mataron al profesor Lucio y a Serafín!

Llegaron al Zócalo con piedras en las manos, pero solamente encontraron a los muertos. Estaba en el piso el cuerpo de don Regino Rosales con su sombrero zapatista en la cara, era un sombrero de ala ancha y de copa abultada. Ayudaron a levantar el cuerpo de doña María Isabel y lo llevaron rumbo al camposanto donde vivía su familia.

La gente estaba alborotada y les dijeron que donde el doctor Chico (doctor Silvestre Hernández) estaba un herido. Era don Gabino Hernández que convulsionaba, brotándole sangre de un costado, estaba taponeado con gasa, aun así le salía sangre con espuma. Le habían dado un balazo en el abdomen a la altura del ombligo y le salió por la espalda.

Los alumnos de Serafín salieron a pedir dinero a la gente, ya que juntaron un poco se llevaron a don Gabino en un coche a San Jerónimo donde lo atendió el doctor Sotelo.

Luego que los ejecutores de la masacre se fueron los militares llegaron a la plaza en posición de combate. A esa hora, algunos ciudadanos simpatizantes del movimiento venían con las camisas amarradas y armados, pero los judiciales ya habían salido despavoridos y se llevaron a sus heridos en las camionetas que se usaban para el combate al paludismo.

Serafín Núñez Ramos recuerda que en la escuela Modesto Alarcón tenían un club de maestros para evaluar el trabajo de la semana. Innovaban en la enseñanza y no caían en la rutina. Con alumnos de sexto año editaron un periodiquito mimeografiado que se llamó Vanguardia Infantil, se imprimía en un mimeógrafo que el propio Serafín había fabricado. Educaba con la poesía de Pablo Neruda y García Lorca.

En su grupo la poesía era un instrumento de expresión del sentimiento, no sólo el contenido ideológico. Al final de la clase dejaban un hueco para cantar, recitar poesías y leer textos. Era un grupo en el que mucho se aplaudía. Serafín dice que él no les metió en la cabeza el camino de la política, lo hizo el ambiente. Muchos de sus alumnos se integraron al primer club de la Juventud Comunista, al movimiento social y algunos a la guerrilla.

Ese 18 de mayo por presión de los maestros de la sierra, como era el habilitado, Serafín tomó un taxi acompañado de un niño y fue a recoger los cheques al puerto de Acapulco. De regreso al tomar el camión en la Flecha Roja ya se comentaba de la masacre. En el tramo Acapulco-Coyuca encontraron unas ambulancias que iban a toda velocidad. Y al llegar a Coyuca ya lo estaban esperando en la terminal tres maestros de San Jerónimo que habían sido sus compañeros en la normal. Se lo llevaron a un domicilio donde le comentaron de la masacre y le dijeron que no sabían si habían matado a Lucio, pero que a él lo andaba buscando la policía. Se quedó en Coyuca y los cheques los mandó con el niño que lo acompañaba para que los entregara en la supervisión previo recibo. Su padre Fidel Núñez Ávila llegó a Coyuca y tomaron una camioneta rumbo a Tepetixtla. Mientras una tía se fue a cubrir su plaza en la Escuela Modesto Alarcón.  Él estuvo un tiempo en Tepetixtla trabajando en el campo con sus abuelos.

Serafín ya no volvió a Atoyac porque tenía orden de aprehensión, regresar era como llegar a la cárcel. Después de eso el Partido Comunista buscó la manera de protegerlo y lo envió a estudiar a la Unión Soviética. Don Fidel Núñez visitó a Lucio Cabañas en la sierra, el profesor convertido en guerrillero después del mitin del 18 de mayo de 1967, estuvo de acuerdo con la salida de Serafín Núñez del país. Dijo que era bueno que se fuera a estudiar al extranjero porque una vez triunfando la revolución socialista se necesitarían cuadros preparados para gobernar.

 

 

 

  


lunes, 3 de agosto de 2020

18 de mayo de 1967 V


Víctor Cardona Galindo
Según los testimonios los manifestantes no usaron armas de fuego, sin embargo el gobernador dijo que sí. La nota fue del reportero Manuel Galeana Domínguez quien publicó la versión de Raymundo Abarca Alarcón, quien dio a conocer la muerte de otro policía por lo que la lista subió a ocho muertos en ese zafarrancho.
Feliciano Castro Gudiño

“El gobernador dijo que un capitán de las fuerzas de Seguridad del Estado, Enrique García Castro, al inquirir sobre la reunión, fue agredido por una mujer y luego alguien disparó sobre él hiriéndole. La policía al ver esto, también se dispuso a repeler la agresión lo que provocó más disparos por parte de los manifestantes, estableciéndose entonces el tiroteo entre policías y descontentos, entre los que había profesores estatales y federales, así como gente extraña al magisterio y que los observadores identificaron como agitadores profesionales… El gobernador informó que murió en el camino el agente de la judicial, Genaro Ángel Navarrete”. El 20 de mayo de 1967, el gobernador Raymundo Abarca Alarcón estuvo en Atoyac”. (Prensa Libre, 25 de mayo de 1967, p. 4)
El 18 de mayo la sociedad de alumnos de la escuela Juan Álvarez tenía programado el festejo del día del maestro. Después los niños no pudieron regresar a la escuela, porque cuando sucedieron los hechos todos habían salido al recreo. Desde ese día se suspendieron las clases; algunos alumnos se incorporaron a la escuela Modesto Alarcón, como oyentes, hasta que fueron llamados a finalizar el curso en las casas de los maestros donde recibieron sus boletas de calificaciones.
En 1967 la ciudad de Atoyac tendría unos 10 mil habitantes, la mitad de la población que ahora tiene. El municipio tenía 32 mil atoyaquenses, a todos les impactó la noticia. Desde esa mañana la palabra “mitin”, se convirtió en una palabra de terror. Muchos crecimos con el miedo a esa palabra. Ya nadie quería hacer manifestaciones, por el recuerdo de aquel mitin del fatídico 18 de mayo, mi mamá se refería a esa fecha sólo diciendo “cuando el mitin”, decía: “ese día mataron a mi tía, una prima hermana de mi mamá”. Hubo quienes festejaron el acontecimiento sobre todos aquellos “observadores” que trabajaban gratuitamente para Raymundo Abarca Alarcón porque hay testimonios que aseguran que había personas encargadas de grabar los discursos para informar al gobierno del estado.
En el segundo informe de labores que rindió al pueblo el presidente municipal Manuel García Cabañas el primero de enero de 1968 dijo: “Todos los problemas que se fueron presentando se les dio el debido interés para resolverlos. El conflicto suscitado en la escuela ‘Juan Álvarez’, el cual terminó con hechos trágicos que lamentar, fue creado por intereses internos en la misma institución y tocaba única y exclusivamente a las dependencias educativas del sistema estatal resolver dicho problema. El Ayuntamiento nada tuvo que ver con tal situación, ya que oportunamente se hizo del conocimiento de las autoridades correspondientes para su debida atención”.
El 18 de mayo de 1967, es un parteaguas en la historia de nuestro municipio y también del estado de Guerrero porque marcó el fin de un movimiento cívico que exigía mayores espacios de participación democrática y el inicio de la guerrilla de Lucio Cabañas y su Partido de los Pobres. El Estado autoritario en lugar de atender las peticiones de los manifestantes, les envío a la policía judicial que disparó contra el pueblo, dando muerte en la plaza principal de la ciudad de Atoyac a: Feliciano Castro Gudiño, Arcadio Martínez Javier, María Isabel Gómez Romero, Prisciliano Téllez Castro y al revolucionario agrarista, Regino Rosales de la Rosa. Resultaron lesionados Juan Reynada Victoria, Gabino Hernández Girón y Juvencio Rojas Mesino. A quienes así como estaban heridos fueron apresados por judiciales en las clínicas donde eran atendidos, sólo Juvencio Mesino se salvó de ser traslado al penal de Tecpan por que el doctor Antonio Palós Palma lo defendió con energía.
Lucio recordaría más tarde ese acontecimiento con un discurso en la sierra: “Habíamos maestros del pueblo que estábamos dispuestos a orientarlo, no sólo en la educación sino en sus luchas como parte del pueblo, padres de familia parte del pueblo, contra todo el régimen, contra el gobierno, contra la clase rica… Y nos metimos en los problemas contra las compañías madereras, contra el Ayuntamiento, contra la explotación de los ricos ahí en Atoyac y se creó el movimiento. Entonces fue que se enojó Don Gobierno y nos mandó un montón de judiciales y nos hicieron una matanza el 18 de mayo”.
Los que murieron dieron la vida para que los niños de Atoyac tuvieran acceso a una educación verdaderamente gratuita. Defendían que los alumnos pudieran ir a la escuela sin las cargas pesadas de las cooperaciones económicas que se les imponían. Un campesino no podía nunca competir al mismo ritmo con los dueños del dinero, que si comparamos esas cooperaciones económicas con nuestros tiempos sería como pagar colegiatura en una escuela pública.
Después de la masacre el ejército patrulló las calles. Pasaban a cada rato por la calle Hidalgo, donde muchos miembros del movimiento se habían concentrado en la casa de la maestra Hilda Flores Solís. Ese 18 de mayo, Lucio con sus más cercanos colaboradores llegó a la casa de la maestra Hilda Flores por la noche, se acostó en la hamaca que estaba en la galera de la barda, tomó dos tazas de café, estaba cansado y lleno de coraje por la represión. Durmió esa noche en ese lugar.
Mucha gente pernoctó en el corredor, otros vecinos llevaban comestibles a regalar. En la tarde del 19 por la calle Hidalgo pasó el cortejo de los muertos, Lucio lo observó desde media casa, luego se despidió de doña Elizabeth Flores Reynada y se dirigió a Hilda, a quien le recomendó cuidarse porque se venía una represión muy dura. Con un morral colgado al hombro, seguido por sus amigos se despidió de los presentes, caminó por la calle Hidalgo y se perdió de vista.
Mucho tiempo después al hablar de aquel momento Hilda Flores le dijo a Laura Castellanos: “El mismo día Lucio llegó a la casa como a las 7:00 y 8:00 de la noche con un grupo de mujeres y tres hombres. El Ejército ya patrullaba las calles… Él se quedó en una hamaca en un galerón del patio. Aquí durmió esa noche. Almorzó, comió, y a las cuatro y veinte salió. No lo volví a ver. Me quedé al frente de la lucha con un grupo de compañeros porque muchos hombres debieron irse”.
Como se sabe las autoridades culparon a Lucio de la masacre. Por lo que se vio obligado a refugiarse en la sierra y fundar después el Partido de los Pobres. Se dice que ese día Cabañas salió armado con una pistola 32, rumbo a los distintos poblados, a buscar voluntarios para iniciar la lucha armada contra los más poderosos ricos y el gobierno. Ya oscureciendo llegó a la casa de su mamá Rafaela Gervasio Barrientos en San Martín de las Flores acompañado de Obdulio Morales Gervasio. Así iniciaba la guerrilla.
El maestro guerrillero recordaría la fecha bautizando a uno de sus grupos como “Brigada de Lucha 18 de mayo” y realizando la reunión anual del Partido de los Pobres todos los 18 de mayo que estuvo en la sierra.
“Cuando nos matan compañeros hay que matar enemigos. Cuando matan al pueblo hay que matar enemigos del pueblo... Ante la matanza, ¿Cómo le haríamos para venirnos al monte? Lo teníamos pensado desde antes. Nomás esperábamos que nos dieran un motivo. Estábamos cansados de la lucha pacífica sin lograr nada. Por eso dijimos: Nos vamos a la sierra”, diría después Lucio en uno de sus discursos cuando recorría los pueblos en su propaganda armada al frente de su Brigada Campesina de Ajusticiamiento.
“El señor Lucio Cabañas /hombre de resolución, /quiere salvar al pueblo /y se opone a la reacción, /han muerto muchos hermanos /sin piedad ni compasión… Arriba Lucio Cabañas /el pueblo ya está contigo, /a conquistar la justicia /y a terminar al enemigo”. Rasgaba los acordes de su guitarra don Rosendo buscando la tonada de su corrido.
Los caídos ese día eran hombres fogueados en la lucha social, tenían una vida productiva y tradición. Eran partícipes de la vida y el acontecer atoyaquense. Arcadio Martínez Javier “Don Cayito” nació en San Francisco del Tibor y era padre del maestro Alberto Martínez Santiago de quien los reaccionarios de la escuela “Juan Álvarez” habían pedido su cambio a Coyuca. Murió ese día herido por una bayoneta. Tenía una huerta grande de 20 hectáreas, en el lugar conocido como La Pintada en el ejido de San Francisco del Tibor. Era Chaparrito blanco, muy participador  y solidario. Le gustaba torear en la danza del Cortés.
De don Feliciano Castro Gudiño se tienen muy pocos datos se sabe únicamente que vivía en la calle Capire y que tenía aproximadamente 60 años. Era peón de Justino Parra y cuando ocurrió el zafarrancho trabajaba en la elaboración de una galera para talleres en la escuela federal número 14. Su única hija fue María de Jesús Castro Mateos. Don Chano Castro fue levantado herido de la plaza fue atendido por el doctor Antonio Palós. El médico hizo hasta lo imposible por salvarlo, pero murió en su clínica.
Por su parte el Revolucionario Regino Rosales de la Rosa nació con el siglo XX. Tenía aproximadamente 67 años cuando murió. Su muerte como la de sus compañeros marcó el inicio de un nuevo periodo revolucionario para el pueblo costeño. La guerrilla del Partido de los Pobres con su comandante Lucio Cabañas Barrientos.
En la historiografía del municipio de Atoyac se tiene conocimiento de la existencia de Regino Rosales desde el 24 de noviembre de 1923, cuando Alberto Téllez encabezó el levantamiento armado agrarista de Atoyac y entre los primeros campesinos que lo acompañaron estaba el joven Regino Rosales. El 19 de diciembre del mismo año, los agraristas atacaron Atoyac y desarmaron a la policía del presidente Rosalío Radilla, un delahuertista que estuvo vinculado al asesinato de los hermanos Juan, Felipe y Francisco Escudero en el puerto de Acapulco y era jefe de las guardias blancas en la región.
Regino Rosales combatió en Coyuca de Benítez el 30 de diciembre de 1923, bajo las órdenes del coronel Silvestre Castro, El Cirgüelo y el 23 de enero de 1924 en Petatlán en el más encarnizado combate que se tenga memoria en la Costa Grande, donde las fuerzas delahuertistas salieron derrotadas por los agraristas encabezados por El Cirgüelo, Amadeo Vidales y Valente de la Cruz. Años más tarde Regino Rosales se sumó al vidalismo. Cuando Amadeo Vidales atacó la ciudad de Atoyac el 26 de junio de 1926, Regino Rosales formaba parte del cuerpo de voluntarios al servicio del gobierno federal, pero secundando a su jefe Alberto Téllez desertó y se sumó a los vidalistas para combatir de nuevo en el bando revolucionario. Regino Rosales fue combatiente durante los 3 años que duró el movimiento del Plan del Veladero.
Ya en los años sesenta, Regino Rosales se sumó al movimiento cívico en la lucha por la caída del gobernador Caballero Aburto. Se involucró de tal manera que – el día 14 de enero de 1961– cuando tomó posesión el presidente municipal Cívico, Rosendo Téllez Blanco, Regino Rosales de la Rosa fue nombrado comandante de la policía urbana.
También participó en el movimiento de solicitantes de vivienda que fundó la colonia Mártires de Chilpancingo, donde los líderes confiaban en su valor, con don Regino presente, sabían que no era fácil que la gente del gobierno los desalojara.
Finalmente en la masacre del 18 de Mayo de 1967, murió en manos de las fuerzas gubernamentales que atacaron el mitin que era encabezado por Lucio Cabañas en la plaza de Atoyac.
“En medio de la balacera /gritó Regino Rosales, /con mi pistola en la mano /para mi no hay judiciales, /viva el pueblo de Atoyac /que muere por sus ideales”. Cantó Rosendo Radilla.
Los que todavía recuerdan a don Regino Rosales dicen que era común verlo vestir con su traje gris, con su pistola 45, fajada misma que portaba con libertad porque tenía permiso federal en reconocimiento a los servicios prestados como revolucionario agrarista. Don Regino Rosales quedó tirado bajo la sombra de uno de los tamarindos que tenía la plaza. Por desgracia, dicen muchos, ese día que lo mataron no lo acompañaba su inseparable 45, traía un verduguillo con el que se defendió de las fuerzas del gobierno de Raymundo Abarca Alarcón.



domingo, 2 de agosto de 2020

El secuestro de Figueroa XVI y última parte


Víctor Cardona Galindo
“Hermano”, fue la primera palabra pronunciada por Figueroa, al verse con el general Cuenca Díaz, a quien abrazó efusivamente en su alegre reunión de Atoyac de Álvarez. El secretario de la Defesa Nacional subió al senador a un helicóptero, para llevarlo al puerto de Acapulco y luego en un avión a la ciudad de México. Después de un chequeo en el hospital militar, el 9 de septiembre Figueroa llegó a su casa.
Carmelo Juárez Bello fue desaparecido por el Ejército
el 20 de septiembre de 1974 en El Ticuí.

El general Cuenca Díaz dijo a Rodolfo Guerrero reportero El Universal que: “Los maleantes sufrieron numerosas bajas entre muertos y heridos… El Ejército mexicano solamente sufrió una sola baja: un soldado herido… El personal militar detuvo a varios gavilleros, pero hasta la noche se ignoraba cuantos y quienes son”, la nota se publicó el 10.
Según El Universal Febronio Díaz tenía una herida de bala en el hombro izquierdo. Luis Cabañas tenía una pierna gangrenada y una infección en el pulmón. Gloria Brito esposa del capitán Edensión Neftalí Díaz Marroquí, fue trasladada inmediatamente con su familia a la ciudad de México.
Con las torrenciales lluvias que provocó el huracán Norma el 10 de septiembre llegó procedente de la ciudad de México el cadáver del Luis Cabañas Ocampo, que falleció a consecuencias de las he­ridas que recibió durante el rescate de Figueroa, fue subido a la sierra y sepul­tado en su natal San Vicente de Benítez.
Al sepelio de Luis, de Atoyac, únicamente fueron mujeres. A los hombres el Ejército los regresó del retén que estaba en el Tejaban. Se sabe que unos agentes federales no dejaron destapar el ataúd antes de que fuera sepultado, su familia no pudo ver el cadáver, por eso existen muchas dudas en torno a la muerte del maestro y exlíder del movimiento cívico. Luis era una figura pública importante, había sido síndico y presidente municipal de Atoyac. Fue hijo del coronel zapatista Pedro Cabañas Macedo.
Por su parte el Excelsior en su edición del 12 de septiembre de 1974 informa que El general Hermenegildo Cuenca Díaz dijo: “hubo dos enfrentamientos, uno el sábado 7 de septiembre y otro el domingo 8 cuando pudimos rescatar al Senador (…) Cabañas y su grupo estaban fuertemente pertrechados y presentaron resistencia, ya se había tendido un cerco en torno a ellos, pero ante todo se trataba de proteger al senador y a sus acompañantes (...) En el primer enfrentamiento, el sábado, hubo dos bajas por parte del bando contrario. En el segundo enfrentamiento, el domingo, los bandoleros tuvieron 15 bajas. Cuando el fuego era intenso el senador apareció y se identificó, los miembros del ejército lo rescataron de inmediato y poco después a sus dos acompañantes; su secretaria Gloria y su chofer Febronio”.
El 13 septiembre Rubén Figueroa Figueroa se presentó al senado de la República donde fue recibido como héroe y pronunció un efusivo discurso. Luego siguió con su campaña política, y como la elección únicamente era un trámite tomó, posesión como gobernador el primero de abril de 1975.
Según Bonilla Machorro en liberación de Figueroa tuvieron mucho que ver Francisco Humberto Quiroz Hermosillo y Mario Arturo Acosta Chaparro, “Quienes se anotaron un cien”, pondría en voz de Rubén Figueroa Alcocer. Esos dos oficiales estaban metidos en la investigación contrainsurgente desde 1972 y don Rubén premiaría a este último con el cargo de jefe de todas las policías en el puerto de Acapulco.
El 13 de septiembre de 1974 la Zona Militar reportó que el grupo de policía militar obtuvo, en plaza de Acapulco un ‘paquete’ importante, el cual ya se revisaba. Esta información fue retransmitida al Estado Mayor de la Defensa Nacional. Ese día fue detenido Manuel Serafín Gervasio, Javier, medio hermano menor de Lucio Cabañas, en la colonia 20 de noviembre de Acapulco y conducido a la Base Aérea de Pie de la Cuesta donde fue visto por Arturo Gallegos y, tras ser interrogado, se recuperó una petaca con 14 millones 500 mil pesos que estaba enterrada en una milpa cerca de Tierra Colorada.
Cinco años después el miércoles 24 de enero de 1979 en el procurador federal Oscar Flores Sánchez dio un informe sobre el destino de los desaparecidos, según el mencionado funcionario durante el rescate de Rubén Figueroa murieron 44 guerrilleros y da nombres de personas que públicamente fueron sacadas de su domicilio, detenidas en sus trabajos o en los retenes, entre los casos más conocidos están: Emeterio Abarca García, Ausencio Bello Ríos, Inocencio Castro Arteaga, José Flores Serafín, Jacob Nájera Hernández, Aida Ramales Patiño, Bernardo Reyes Félix y Cesáreo Villegas Tabares.
La Brigada Campesina de Ajusticiamiento en su último comunicado emitido el 27 de noviembre de 1974 reconoce que esta “cuarta acción armada” acaecida el domingo 8 de septiembre de 1974 a las 09:00 horas “significa nuestra primera derrota militar”. Dice que dejaron escapar a Figueroa porque que se había ordenado “a los compañeros no dispararle ni a él ni a sus compañeros y se les dejó ir para que salieran con vida... Ahorita lo que se trata es esconder bien estos 25 millones para que no rescate nada la policía, y que este dinero se invierta en armas, se invierta en parque, en ropa, en alimento, en curaciones para la gente de los barrios y en ayuda de las familias de los que andan en los grupos armados”.
Pues de las demandas iniciales del Partido de los Pobres únicamente se logró obtener la mitad del dinero. Los 25 millones que estaban depositados con el obispo de Cuernavaca fueron recogidos por la familia el 9 de septiembre. “Al día siguiente –escribió Bonilla- acompañado del subprocurador de Justicia de la República, de Rubén Figueroa Junior y de su hermano Alfredo, acudimos ante el obispo Sergio Méndez Arceo para que devolviera, mediante contra recibo, los 25 millones de pesos”.
De los 25 entregados de a la guerrilla, se tienen noticias de casi 21 millones de pesos. Del resto todo es confuso. Es probable que algún dinero hayan mandado a la sierra pero los emisarios cayeron en manos de los cuerpos policiacos que se habrían quedado con el dinero.  
Tras la detención de Manuel Serafín Gervasio, Javier, el Ejército recuperó 14 millones 500 mil pesos. Javier venía de entregar dinero a Heraclio cuando cayó en un retén volante de la policía militar. Según el Partido de los Pobres Javier fue entregado por Eugenio Gómez Serafín, Simón. De los 14 millones y medio recuperados se entregaron las gratificaciones a los oficiales que participaron en el rescate de Figueroa.
Dice Carlos Bonilla Machorro que doscientos mil pesos llegaron a manos de Heraclio, que sería lo único que llegaría al grupo de los 11 que habían abandonado la brigada el 14 de agosto.
También se sabe que Simón había llevado 370 mil pesos a la sierra y fue detenido cuando regresaba. Al parecer de ese dinero Ramón les dio a los guerrilleros que salieron el 2 de noviembre para hacer una vida normal, sin embargo Gregorio Fajardo de los Santos, Kalimán, cayó en manos de la policía militar en un retén de Coyuca de Benítez el 5 y así el poco dinero que traía también lo obtuvo la policía.
Kalimán dio la ubicación de la gente que se quedó en el cerro de El Cucuyachi y el Ejército les cayó. Ramón, Martha, Esteban y René tuvieron que salir huyendo abandonando el armamento y provisiones. Dice un reporte del Ejército,  “El 6 de noviembre de 1974, a las seis y media de la tarde la patrulla Fonseca tomó contacto con facción de la ‘gavilla’ conducida por alias Ramón, con Silvano, Esteban y Martha, que al sentir la presencia de tropas aprovecharon la vegetación cerrada huyeron con uno de ellos herido. Los ‘maleantes’ abandonaron un FAL perteneciente al 48 Batallón de Infantería, tres carabinas calibre 30 y una escopeta calibre 20”.  
El 25 de octubre de 1974 fueron detenidos por el Ejército mexicano en la ciudad de Tixtla, la señora Rafaela Gervasio Barrientos, madre del guerrillero, junto con su hija Bartola, Conrado y Juana Serafín Gervasio, el esposo de Bartola Cleofas Barrientos y sus tres hijos de 5, 4 y 2 años. También fueron aprehendidas la esposa e hija de Lucio Cabañas, Isabel Ayala Nava y Micaela Cabañas Ayala, de un mes de nacida. Después de eso se pasaron dos años en el Campo Militar Número Uno y en esta acción también fueron recuperados 300 mil pesos del secuestro de Figueroa.
Finalmente el 10 de diciembre de 1974 la policía judicial militar detuvo al maestro Félix Bello Manzanares y Marcial Navarrete de la Paz en San Luis San Pedro quienes eran los correos entre Lucio Cabañas y Félix Bautista. De acuerdo a la policía, habían movido 50 mil pesos destinados para comprar armas. En otro momento se dice que 500 mil. Félix  y Marcial también fueron los encargados de llevar el último comunicado de la brigada, suscrito por Lucio. Llamaron por teléfono a El Gráfico y entregaron el comunicado frente a la farmacia Moderna. El comunicado nunca fue publicado.
Félix Bautista entregó cuatro millones al Partido Comunista Mexicano (PCM). Los pormenores del movimiento de ese dinero lo conocemos por Arturo Martínez Nateras quien escribió el libro El secuestro de Lucio Cabañas. Nateras aclaró “Félix dejó en custodia del PCM los recursos en referencia. Siempre mostró una alta preocupación porque estuvieran disponibles en caso de que fuera necesario”.
Cuando los sobrevivientes del Partido de los Pobres se enteraron del destino del dinero 10 años después se lo fueron a reclamar al Partido Socialista Unificado de México (PSUM) heredero del PCM y como no se lo quiso devolver por la buena, primero secuestraron, el 22 de febrero de 1985, a Félix Bautista Matías y como no les hicieron caso entonces secuestraron a Arnoldo Martínez Verdugo el número uno de ese organismo, cuando estaba en campaña para diputado federal.
Fue el primero de julio de 1985, cuando cinco hombres armados secuestraron a Arnoldo Martínez Verdugo, candidato a diputado por el PSUM en el X distrito electoral y excandidato a la presidencia de la República, en las oficinas del Centro de Estudios del Movimiento Obrero y Socialista (CEMOS)  en la calle Nicolás San Juan 1442, del que era director. Los secuestradores se introdujeron a dichas oficinas alrededor de las 13:55 horas y sin violencia se llevaron a líder socialista. El Partido de los Pobres pidió para liberarlos 200 millones de pesos que calculaban, tomando en cuenta las devaluaciones de la moneda, eran el usufructo de los cuatro millones.
Desde que secuestraron a Félix Bautista, Arturo Martínez Nateras aclaró que él recibió y transportó 3 millones 500 mil pesos y que por otra vía llegaron al PC los otros 500 mil pesos de los cuatro millones que ellos manejaron. Y se invirtieron así: “Con un millón cien mil se adquirió, amuebló y acondicionó el local de Durango 338… un millón y medio se destinó a equipos diversos: máquinas de escribir, teléfono, fotocopiadora, dobladora, autos. Se invirtió en dos terrenos, se apoyó a la editorial (ACP); medio millón se destinó a la solidaridad internacional y el resto al pago de profesionales”.
En esa coyuntura Antonio Hernández y Alejandra Cárdenas también aclararon su participación en el manejo de una parte del dinero. “A fines de 1974 se presentaron en nuestro domicilio, en Chilpancingo, Gro., compañeros del PDLP quienes ante el acoso del ejército, nos entregaron un millón cien mil pesos aproximadamente, cantidad que fue distribuida como sigue: 700 mil pesos fueron enviados a Félix Bautista a través de dos compañeros que él mismo designó; 300 mil pesos se le entregaron a Fierro Loza; 63 mil fueron recuperados por la policía y el ejército durante el cateo a nuestro domicilio y el resto se utilizó en adquirir diversos artículos y en los gastos relacionados con la reubicación de los compañeros perseguidos”, éste texto fue publicado en La Jornada el 28 de julio de 1985 y recogido por José Woldenberg en su libro Política y delito y delirio. Historia de 3 secuestros.
El PSUM realizó a una campaña para juntar el dinero, que el Partido de los Pobres exigía que les devolvieran, recurriendo a la solidaridad de los militantes y otras organizaciones de izquierda, pero ya se vencía el plazo para pagar el rescate y no había reunido ni cien mil pesos de los 200 millones. Después de un regateo el PDLP aceptó 100 millones de pesos.
Al no tener los recursos el PSUM recurrió al gobierno y con el permiso del presidente Miguel de la Madrid, el secretario de gobernación Manuel Bartlett dio los 100 millones para el rescate, mismos que fueron recogidos directamente de una bóveda del Banco de México por Jorge Alcocer. Eran dos bolsas de lona, cerradas “en cada bolsa hay 50 millones de pesos”, dijo a Jorge Alcocer el funcionario que se los entregó y así sin contarse Antonio Franco y la secretaria privada de Pablo Gómez fueron a entregar el dinero al Partido de los Pobres el 13 de julio de 1985.
Por esas fechas nuevos cuadros de la guerrilla cabañista, ahora aliados con Unión del Pueblo,  llegaban a los pueblos de la sierra cafetalera. Pero esa es otra historia de mi matria.  

sábado, 1 de agosto de 2020

El secuestro de Figueroa XV


Víctor Cardona Galindo
El Ejército logró construir una red de soplones reclutados a veces con engaños y amenazas de entre los jóvenes desempleados, a los cuales el gobierno les prometió empleos en actividades culturales y deportivas. Después de ser enganchados los sacaba de las comunidades y los integraba a la tropa para al finalmente regresarlos clandestinamente al interior de sus pueblos de origen como orejas y madrinas. Aunque también  hubo soplones que únicamente lo hicieron para recibir una palmadita en el hombro de algún oficial. Creían que estar bien con los soldados era estar bien con “el gobierno”.
Montañas de la sierra de Atoyac. Foto: Carlos Téllez

“Durante los primeros 26 días de operaciones independientemente de la acción militar; se han efectuado reuniones con los comisarios municipales, comisariados ejidales, asociados del Instituto Mexicano del Café, maestros que trabajan en escuelas del área y con los campesinos de sus propias comunidades, con lo cual se ha logrado que la actitud de la población civil, que antes se mostraba hostil, altanera y expresaba apoyo al gavillero, haya cambiado, ya ahora se reciben muestras de solidaridad al gobierno y la gente empieza a cooperar con informes; además el cabecilla ya no se atreve a llegar a los poblados”. Lo anterior son  los resultados de la Operación Atoyac que informaba el comandante de la 27 zona militar Eliseo Jiménez Ruíz el 5 de septiembre de 1974 a un mes de haber tomado posesión del cargo.
A estas alturas las tiendas Conasupo eran manejadas por el Ejército, que repartía propaganda en contra de la guerrilla. Era imposible para los guerrilleros conseguir comida y no podían acercarse a los pueblos. Muchos soldados se hacían pasar por locos y pordioseros. En Los Valles había un loco al que le decían La Borrega que hablaba con los postes de la luz, besaba los arboles porque decía que eran sus novias, al pasar por un arbusto le decía “¿como estas mi amor?” Se introducía en las casas donde había niños y pedía permiso para jugar con ellos. También se metía en las viviendas de familiares de Lucio Cabañas. Otros soldados trabajaban como coimes en los billares, como peluqueros y había también aquellos que compraban lo robado.
Con toda esta logística desplegada y el rescate de Figueroa el Ejército mexicano vivió su momento de gloria, antes del 8 de septiembre de 1974, la imagen del Ejército se había deteriorado por su fracaso para rescatar a Figueroa y eliminar a Lucio Cabañas. La mayor parte de los comentarios y versiones que circulaban entre todos los sectores de Guerrero eran que el Ejército estaba haciendo el ridículo en la sierra.
Finalmente la llamada Operación Atoyac tuvo éxito. “Como resultado de esta operación, fue liberado el citado senador y las personas que lo acompañaban cuando fue plagiado, señora Gloria Brito de Díaz, Luis Cabañas, Febronio Díaz Figueroa y Pascual Cabañas, resultando heridos los dos últimos nombrados; entre los maleantes muertos, se identificó a Sixto Huerta (a) Sabás uno de los principales gavilleros; por parte del personal militar resultó herido un elemento del 27 Batallón de Infantería”, informaba el comandante de la 27 zona militar. Ese mismo día, a las ocho de la noche, Jiménez Ruíz informó telefónicamente a Cuenca Díaz que se había tenido un nuevo contacto con la gavilla de Lucio en las inmediaciones del poblado colonia Benito Juárez, “combatiendo desde las 18:00 horas hasta oscurecer”. El capitán Francisco Meza Castro encabezaba la patrulla del Ejército que emboscó a la gente de Martín Nario Organes, Samuel.
En un informe del 10 de septiembre de 1974 enviado al Presidente de la República, Luis Echeverría Álvarez, el general Hermenegildo Cuenca Díaz habla que en el enfrentamiento del 8 de septiembre a las 18:30 horas “resultaron siete guerrilleros muertos” que se recuperó un FAL, se recogió una carabina M-1, tres escopetas de diferentes calibres y dos rifles calibre 22, no hubo herido por el personal militar. También dice que en reconocimiento por el área donde se rescató a Rubén Figueroa “Se localizaron dieciséis gavilleros muertos”.
Como ya hemos dicho que los soldados llegaron al campamento, guiados por tres guerrilleros que fueron detenidos con anterioridad. No hay mucha certeza en los nombres,  pero se sabe que José María era delgado, alto y morenito de pelo largo, salió con Pablo al Cucuyachi para informarse donde estaba el maestro Lucio y recibir nuevas órdenes. Antes de salir a las poblaciones más grandes fueron a cortarse el pelo, ahí los agarraron y los torturaron por eso ellos llevaron al Ejército a La Pascua. Donde acuerdo a la versión de Rosario murieron El Águila, Sixto Huerta, Sabás; Mano Negra y Marquina Ahuejote Reyes, Matilde.
Carlos Bonilla Machorro para su libro Ejercicio Guerrillero entrevistó Pascual Cabañas quien habló del momento del rescate. “Yo me di el arrancón y el Senador me siguió; a veces se retrasaba, pero yo volvía hacia él, lo animaba y le hablaba en voz alta. Lo iba sacando en dirección del Ejército. El respiraba hasta por la boca, resbalaba, se enredaba entre las ramas, pero seguía. Entonces nos colocamos junto a una gran piedra.”
En ese relato Bonilla comenta: “Si, Vicente (se refiere a un guerrillero) me dijo que te vio correr con el senador y que nadie pensó en tirarles, sino más bien en cubrirlos, porque habían recibido instrucciones de Lucio de ofrecer máxima protección al ingeniero, porque lo querían asesinar para echarles la culpa”. A lo que Pascual agrega: “Me parece que así fue, de lo contrario nos matan fácilmente”.
Pregunta Bonilla ¿Y sus bajas... de qué bando las obtuvieron? Responde Pascual “De los güachos. Ellos hirieron a Febronio en un brazo y a Luis de gravedad. Yo los vi. Si a Luis lo hubieran atendido pronto, no muere. Pero no lo recogieron. Lo dejaron mucho tiempo abandonado después de terminada la batalla”. “Pascual –le pregunté-, las noticias afirman que les disparó un guerrillero, ¿es cierto?” Responde: “Eso es mentira yo no puedo callar. Mi hermano es mi hermano… En ese infierno de balas y pólvora, cerca del Quemado, murieron como veinte, entre hombres y mujeres, pero también soldados. Creo que el grupo completo era como de cuarenta y cinco o más guerrilleros entre los que se encontraban una diez mujeres y algunos muchachos casi niños”.
Eloy Morales Gervasio dijo a don Simón Hipólito: “Por la mañana del día 8 pasó muy cerca de ahí un campesino, que no acordaron detenerlo y que creen que él fue el que los delató. (...) Como a las nueve o nueve y media empezaron helicópteros y aviones a sobrevolar la zona. No tardó mucho tiempo para que uno de nuestros vigilantes llegara corriendo a decirnos que sigilosamente se nos acercaban elementos militares para tendernos un cerco. Rápidamente unos se quedaron al cuidado de Figueroa y acompañantes y otros nos dispusimos a enfrentarnos con ellos. Al tratar de abandonar la casa, recibimos una ráfaga de fusil seguida por descargas de granadas. Vimos como Sabás caía herido; igual caía otro compañero. Ambos eran los que cuidaban a Rubén Figueroa. Vimos también como Figueroa se escondía entre unas piedras y un árbol caído; vimos también como una granada alcanzó a Luis Cabañas y caía herido de muerte. Nosotros quisimos rescatarlo protegidos por el fuego de cuatro compañeras guerrilleras, pero una lluvia de granadas oscureció el lugar y tuvimos que salir cuesta arriba, por un lugar donde todavía nos cercaban los guachos. 
Rosario se cubrió pecho tierra atrás de una palma y se acordó lo que le dijo Juan “si a mí me matan en esto, tú no te despegues de Ramón y Martha ellos te van a sacar, él conoce bien el camino aquí, sólo con ellos vas a salir” por eso ella no les quitaba la vista a Ramón y Martha. “Entonces, se cerró el fuego pues de una parte y otra, pero pues nosotros no le hacíamos nada al gobierno, porque ellos ya estaban en sus lugares escondidos…según que al primero que mataron fue a Sabás  y al Gallo Negro y El Águila, eran los que hacían guardia, ya no supimos de ellos, porque fueron los primeros que mataron”.
Los guerrilleros tuvieron que huir disparando “era mucho gobierno y no alcanzábamos agarrar tiro, tuvimos que correr cada quien por su lado como pudiera y nosotros salimos juntos porque brincábamos, nos revolcábamos y caíamos y ya se fue la bolita junta rodando, peleando y tirando. Daniel andaba matando la misma gente tiraba sobre la misma gente, le dijo Ramón  ‘nos vas a matar, tírale al gobierno’. Ya de ahí ya no supimos de Samuel para dónde salió, con quién salió, nada más la gente que salimos fuimos: Ramón, Martha, Esteban, Kalimán, Rosario, Celia, Minerva y Germán, fuimos ocho que salimos juntos”. A los demás Rosario les perdió la pista.
Dice Moisés que Valente se encontró con Dukan y luego con Solín, se reagruparon, avanzaban para romper el cerco, él quiso seguirlos pero las balas se lo impidieron caminó hacia otra dirección donde “me encontré con Silvano, Martha, Celia, Minerva, Rosario, Kalimán y Ramón, avanzamos protegiéndonos unos con otros, abriéndonos paso hasta romper el cerco. Muchos de los compañeros le hicieron frente a los guachos y también les costó salir como el grupo de nosotros… Silvano iba adelante abriendo paso, tendía su FAL y rociaba a la posición que esta enfrente, Martha ganaba terreno y protegía nuestro avance, Ramón pasaba de largo y ganaba una posición”. Así salieron los ocho, perseguidos por un helicóptero artillado.
Eloy confió a don Simón que cuando llegaron a la cima de un cerro cercano al enfrentamiento y vieron para abajo una nube de humo negra, producida por tantas granadas; que fueron éstas las que dispararon los soldados, más que sus fusiles de alto poder. De acuerdo a los datos recogidos por don Simón ahí cayeron Sabás y El Zarco.
El grupo de los ocho avanzó con Ramón al frente cerca de una carretera volvieron a encontrarse con los soldados. Se escondieron ya no pudieron hacerle frente porque eran pocos y con pocas municiones. “Todos llevábamos armas, porque alcanzamos a agarrar las que habían dejado los compañeros que salieron, unos llevaban pistolas, otros llevaban rifles, yo no alcancé a agarrar rifle, yo nada más llevaba la pistola”, dice Rosario.
Un testigo presencial, entrevistado por Simón Hipólito, le relató que después de que terminó la batalla, “como a los veinte minutos, pasaron o llegaron adonde él estaba arrancando su frijol ocho jóvenes, cuatro hombres y cuatro muchachas, todos venían armados y cargando mochilas; las muchachas vestían pantalones. Le pidieron algo de comer y sólo pudo ofrecerles elotes asados que devoraron así de rápido. Le pidieron agua y les dio... Una de las muchachas lloraba; le preguntó a un joven qué le pasaba y le  contestó: ‘es que allí en el enfrentamiento le mataron a El Zarco, su marido’”.
Los ocho sobrevivientes, de los que se tiene noticas, se refugiaron en un  cerro cercano al Cucuyachi. “Por ahí en unas palmas, en un arroyo, ahí tardamos un mes enterito sin comer, salíamos nada más... comíamos hojas de ciruelo, era la único que comíamos y agua del arroyo, sin probar tortilla sin probar nada, lo único que salimos a una milpa a comer elotes crudos”, comenta Rosario.
Luego contactaron a un campesino, “un viejito que nos llevó ropa, que no le conocí el nombre, nos llevó pollo en un traste y ese fue él que salió a comprar. Ramón  le dio dinero para que nos comprara ropa”, recuerda Rosario. De ese cerro cercano al Cucuyachi salieron el dos de noviembre Kalimán, Minerva, Celia y Rosario, dejaron allá a Ramón, Martha, Esteban y Germán. “y salimos a la carretera, nada más nosotros, cuatro personas y ellos se quedaron. En Atoyac cambiamos los billetes que nos había dado Ramón y cada quien le dio por su lado”. De ahí Rosario se quedó en Atoyac y no ha vuelto a ver a sus compañeros.
Febronio recordaría muchos años después que pasó después que salieron de ahí: “Nos llevaron a un hospitalito de Atoyac; había dos planchas de concreto nada más. Nos pusieron suero glucosado, nos dormimos desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde. Después nos trajeron a la Base Naval de Acapulco y de allí, en avión ambulancia, al Hospital Militar de la Ciudad de México. Fue en ese momento cuando Luis me dijo balbuceando: ‘Febronio, quien sabe si me muera. Quiero que vayas a ver a mi madre y le digas que mi último pensamiento fue para ella’. Cuando volábamos a la altura de Cuernavaca, empecé a sentir frío. Entonces le quitaron la sábana a Luis y les digo: ‘Oigan, también él viene herido, no se la quiten’. Y me dicen ‘Ya murió’. Efectivamente, había muerto en esos instantes”.