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domingo, 9 de agosto de 2020

La Escuela Real II y última parte)

 Víctor Cardona Galindo

El 18 de mayo de 1967, el mitin de la Escuela Juan Álvarez fue reprimido con violencia por parte de policías judiciales estatales. Esa masacre ocasionó que Lucio Cabañas, el principal orador, dejara de ser profesor y se convirtiera en guerrillero. La Escuela Juan Álvarez antes se llamó Escuela Real. La cual, según el testimonio de don Cipriano Castillo “era una casa blanca de tejas tenía tres puertas de madera, y una salida a la barda. Formaban a los niños antes de entrar al pie de la casa. Se podía cursar hasta cuarto año, después salían y se iban a estudiar a otro lugar. Tenía un pretil hacia el lado del poniente, en la calle Juan Álvarez como de metro y medio de alto”.

Aspecto de la construcción de la escuela Juan Álvarez. Foto. Del álbum de María Laurel.

En 1940 entre el Ayuntamiento y la escuela había un cuarto que era la comandancia y cuando salían los niños a jugar iban a ver a los presos, porque la barda del Ayuntamiento era la misma con la de la escuela.

El maestro Teófilo Salas Cervantes recuerda que llegó a la Escuela Juan Álvarez el 10 de noviembre de 1954, cuando estaba de director Porfirio Alday Mújica. En ese entonces había siete grupos, a él le asignaron el tercer año. Teófilo estuvo 25 años frente a grupo y 21 como director de ese plantel. Se jubiló a los 46 años de servicio.

Cuando llegó la escuela era de adobe y tejas con corredor y dos salones grandes, uno que venía de la avenida Juan Álvarez hacia donde era el Ayuntamiento; el otro, de norte a sur era un salón largo que se dividía para separar los grupos y abajo había un desnivel donde estaban los primeros años; ahí había primer año y parvulito que era como el kínder porque después de parvulito pasaban a primer año.

Rememorando su estancia en la escuela el profesor Teófilo Salas señala la fecha de su fundación en 1886, cuando se llamaba Escuela Real. Con el tiempo llegó a llamarse Escuela Primaria Semi-urbana del Estado Juan N. Álvarez. Luego pasó a ser urbana.

Después de una investigación exhaustiva en la que participó doña Juventina Galeana  y el grupo Convivencia Cultural se le suprimió la “N” y se llama ahora Escuela Primaria Urbana del Estado Juan Álvarez, porque se logró demostrar que el general firmaba únicamente como Juan Álvarez y la “N” no tenía razón de ser.

Don Custodio Pino a sus casi 100 años recordó que fue secretario de la mesa directiva de padres de familia que encabezó Bonifacio López Díaz, y que un día de 1956 visitaron al presidente municipal doctor Segundo de la Concha para solicitarle permiso para hacer el baile del 16 de septiembre y recabar fondos en beneficio de la escuela. El doctor Segundo de la Concha les dijo “Lo siento mucho pero el baile ya lo está organizando el Ayuntamiento, pero les voy a dar otra cosa mejor. Les voy a ceder lo que es el palacio municipal para que se haga grande la escuela”. A los pocos días cumplió y luego murió.

En 1956 la escuela de tejas y adobe tenía un color rosita. Antes de ir a clases los alumnos iban al río por agua, porque las casas no tenían agua potable. Para el consumo doméstico de las familias se traía del río, donde se hacían unos pocitos a la orilla para sacar el líquido vital.

A principios de los cincuentas los alumnos usaban el uniforme blanco únicamente para desfilar y los demás días iban como podían. Ya para 1953 se había instituido el pantalón azul y camisa blanca para los hombres. Las mujeres llevaban un vestido azul con un cuello color blanco y rojo, algunas lo llevaban de plástico. Se hacía una comisión para el aseo en cada salón y se calificaba higiene y puntualidad, rememora Zacarías Mesino Patiño alumno que egresó en 1956.

En la escuelita de adobe y con mesabancos tradicionales, cursó el sexto año el compositor José Francisco Pino Navarrete quien concluyó la primaria en 1957. Él narró que con un grupo de 15 jovencitos venía a clases desde El Ticuí, porque en la escuela Valentín Gómez Farías sólo había hasta quinto año. Les tocó tomar clases en lo que fue el Ayuntamiento, donde se instaló el grupo de sexto año, después de que este edificio fuera donado a la escuela.

Antes de 1957 en el año que egresó Zeferino Serafín Flores la construcción era antigua, había siete grupos. Viendo la escuela de frente estaba el cuarto, quinto y sexto año, al fondo haciendo una escuadra estaba el tercero y segundo año. En un desnivel viéndola de frente estaba el primero “A” y primero “B”.

A finales de la década de los cincuentas no había salones de baile por lo tanto se organizaban bailes para recabar fondos en la escuela Juan Álvarez. Tenían divididas las paredes con tabiques, pero como estorbaban para la bailada, se mandaron hacer divisiones de fibracel con zapatas para hacerlas movibles y a la hora del baile quedaba una sola galera. En ese tiempo se celebraban fiestas de disfraces durante el carnaval. Aunque en ocasiones también se hacían eventos para beneficio del plantel en la barda de doña Mariana Herrera ubicada donde estuvo la fábrica de hielo. El 22 de noviembre se festejaba el día del músico y algunas veces para economizar los alumnos servían de meseros dice Zeferino Serafín.

En diciembre y antes de salir de vacaciones de Semana Santa, los alumnos más grandes iban de excursión a la playa en el lugar denominado Costa de Plata. Con el permiso de los padres se aportaba una módica cantidad y se alquilaba una camioneta.

Zeferino Serafín dice que también llegaron a ir de excursión al río a un lugar que se conocía como Paso Hondo, donde ahora está la presa; también visitaron algunas huertas como la de don Timo Flores.

Las festividades del 10 de mayo se hacían en la escuela y a veces en el cine Álvarez. Había una comida a medio día con un programa literario musical. El  9 de mayo se salía a cantar las mañanitas a las madres, en cabalgatas con faroles hechos con huesos de palapa y papel de china que llevaban una vela en el centro. A veces se cantaban las mañanitas el mero 10 a las 5 de la mañana. El día del maestro también se festejaba en la escuela y el día del soldado iban los alumnos al cuartel a cantarles las mañanitas.

Cuando era día de una celebración nacional los alumnos estaban frente al Ayuntamiento, antes de las seis de la mañana para izar la bandera en un acto encabezado por el presidente municipal quien izaba la bandera y los alumnos apoyaban con el himno nacional y la banda de guerra. En la tarde se repetía el procedimiento para arriar el lábaro patrio.

Se desfilaba el 16 de septiembre, el 12 de octubre, el 20 de noviembre y el 5 de mayo. Todos los 27 de enero los alumnos de la escuela asistían a la comunidad de Los Arenales para conmemorar el nacimiento del general Juan Álvarez y el 13 de abril iban a Tecpan de Galeana para participar en los festejos del natalicio del general Hermenegildo Galeana. 

Hubo también una parcela escolar en un islote del río, donde se sembraban hortalizas y legumbres. Se formaban comisiones para darle mantenimiento a la parcela. A muchos alumnos les tocó sembrar. En la explanada, frente al Ayuntamiento se instalaban tableros e improvisaban canchas de básquetbol y se jugaba en la tierra, igual ponían redes para practicar voleibol,  expresa Dagoberto Ríos Armenta.

La barda de la escuela se cayó porque don José Navarrete Nogueda iba a construir su casa y no previeron lo que podría venir. Escarbaron al lado de la avenida Juan Álvarez  y se derrumbó la vieja construcción el 30 de abril de 1959. Les cayó encima a unas personas que vendían esquimos pegados a la pared y murió la niña Fidelina Salgado Cruz de nueve años, su familia se salvó de milagro.

“Después de la caída de la barda comenzó a organizarse el patronato y la sociedad de padres de familia para construir otra pared. Estaban en ese comité Flaviano Sánchez, Rosalino Sotelo, Pedro Mesino, Gonzalo Mesino y Custodio Pino, se trabajaba muy bien, organizaron bailes para recabar fondos”, explica el profesor Teófilo Salas Cervantes.

Le solicitaron apoyo al gobernador Raúl Caballero Aburto, quien les autorizó los recursos para la construcción del plantel. Se empezó a tumbar la vieja construcción el 8 junio de 1960 y luego comenzó la construcción aunque con el desafuero de Caballero Aburto y la desaparición de poderes en el estado, la obra se suspendió. Posteriormente los padres de familia y la autoridad municipal continuaron con los trabajos. Logrando finalmente obtener el apoyo del gobernador sustituto Arturo Martínez Adame.

Mientras se construía el nuevo plantel, los alumnos tomaron clases en casas particulares. Se distribuyeron de acuerdo a la cooperación de los padres de familia que tuvieron la voluntad de prestar sus casas sin cobrar ni un quinto de renta. Había unos grupos en casa de Agustín Galeana, donde Nicolás Manríquez, Custodio Pino, Lucio Castro Radilla, Rosendo Téllez Blanco, Asunción Benítez, Hermenegildo Zambrano, Sabás Javier y Eduardo Gómez dice Wilfrido Fierro, en la Monografía de Atoyac.

Según el maestro Teófilo siempre estuvieron bien organizados nunca hubo ningún accidente, todos eran responsables, los maestros, padres de familia y los niños. Los homenajes se hacían en la calle independencia frente a la casa del señor Agustín Galeana.

Dice doña María Laurel que el 16 de diciembre de 1960, Raúl Caballero Aburto, gobernador del estado en una visita a este pueblo fue a la escuela Juan Álvarez para ver los avances que tenía la construcción. Luego el 12 de noviembre de 1961, el huracán Tara derrumbó un muro de ladrillos que estaba cimentando el segundo piso de la escuela.

Finalmente el 24 de marzo de 1963 fue inaugurado el nuevo edificio de La Escuela Juan Álvarez, cuando ya era presidente municipal Luis Ríos Tavera, aunque el trabajo y las gestiones recayeron principalmente en el ex alcalde Raúl Galeana Núñez, quien tiene el mayor mérito en la construcción de ese moderno edificio del cual goza actualmente el plantel. Toda la madera que se utilizó para colar la loza se trajo de su huerta que tenía en El Encanto.

Zacarías Mesino no considera que haya sido la escuela de los ricos como le llamaba la gente: “En 1956, había una hermandad entre los maestros y alumnos. Entonces no había distinción del que fuera rico o pobre. Posteriormente se dio eso, que dijeron que ya los ricos manejaban la institución, que la maestra Julia Paco estaba actuando mal. Luego vino un movimiento para quitarla, yo ya no viví eso”

Para Zeferino Serafín la Escuela Juan Álvarez era la escuela principal, más no la escuela de ricos, esa es una versión que se corrió en el movimiento de 1967. Pero en su tiempo había gente que no llevaba ni siquiera huaraches, andaban descalzos. En 1957, ya era obligatorio el uniforme. La edad no era controlada terminaban algunos de 15, 16 ó 17 años. Había alumnos de distintas edades en un grupo. Algunos estudiantes por cuestiones de trabajo se iban a la sierra a “la corta del café”, abandonaban la escuela y después volvían a comenzar de nuevo por eso salían de más de 15 años.

Algo que pudo darle el mote de escuela de los ricos fue que la mayoría de los presidentes municipales le daban preferencia a la Juan Álvarez. Sólo cuando Rosendo Radilla Pacheco fue alcalde tuvo la preferencia la Modesto Alarcón, que encabezó el desfile ese año.

El profesor Salas Cervantes expresó: “Es mentira que no se recibía a fulano porque no traía zapatos. A esta escuela le decían la escuela de los ricos, pero aquí siempre se ha recibido a todo mundo y hasta en la actualidad se sigue recibiendo a la gente más pobre”.

Consideró que: “el uniforme es preferible porque con un vestido que el papá le pudiera comprar a su hijo no tenía necesidad de andar comprando más vestidos. Es bueno tener uniforme porque la gente que tiene dinero le compra buena ropa a sus hijos y los que son de escasos recursos vienen los niños con ropa humilde y con el uniforme no hay ninguna discriminación”.

Actualmente la escuela es dirigida por el profesor Baltazar Hernández Valle. El maestro Teófilo fue penúltimo director y hace el recuento de su gestión: se construyó la cancha de básquetbol, se arreglaron los salones y todos los baños. Además de mejorar el mobiliario, todo lo necesario para el bien de los niños y para la presentación de la escuela. Con satisfacción dice que no hay en todo el estado una escuela que esté tan bien cuidada como la Juan Álvarez. Ahora tiene aire acondicionado, computadoras y bocinas en cada uno de los salones. La escuela va mejorando de acuerdo a la tecnología. Todo eso gracias a los padres de familia y a los maestros que les gusta trabajar.

 

 

miércoles, 15 de abril de 2020

Toribio Gómez Pino (Segunda y última parte)


Víctor Cardona Galindo
Al principio eran los mismos. Juan y Gabino Mesino anduvieron quince años con Toribio Gómez en las guardias rurales. Los viejos recuerdan las escandalosas balaceras que se dieron en Los Valles. Toribio andaba con su hijo Francisco Gómez y su sobrino Severiano Galindo Iturio trabajando cuando se desató el tiroteo que se escuchó en todo el pueblo. Atacaron hombres de otras comunidades y se lanzaron contra Toribio que se escondió en un charco que se formaba de un escurrimiento de agua, su gente fiel peleó y lo defendió salvándole la vida.
Enriqueta Galindo Cabañas

Años después Agustín Galindo Iturio, cuando estaba borracho, se acordaba de esos acontecimientos diciendo: “Nosotros somos bandidos, porque matamos, tangandam, tangandam” y hacía como si disparara con un fusil. Eso valió para que a sus hijas les apodaran Las Tangandanes  y Las Bandidas.
La primera vez que le cayeron, entre otros, murió Margarito Mesino de El Camarón, su cuerpo quedó enterrado “arribita” de la parcela de la escuela, en el lugar conocido como El Mango de Amelio. Lo sepultaron en un petate bajo la fronda. Con el tiempo ese árbol produjo unos mangos tan sabrosos que incluso tiernos eran dulces.
Se dice que Toribio mucho ayudaba a su familia, por eso en Los Valles todos tenían que cuidarle la espalda y armó a todos sus sobrinos porque le mandaban recaditos que le iban a caer. Por eso esa fue una balacera muy grande. Todos los niños corrían a esconderse debajo de las camas. El combate fue en la parcela que Toribio tenía cerca del Camposanto. El joven Francisco Gómez no se rajaba a la hora de los balazos y Aurelio García Galindo también era valiente. Después de la balacera llegó Juanita Galindo Gómez con un garrote a regañar a los sobrinos por el escándalo, como no veía bien se andaba tropezando con los cadáveres. Al tocar los cuerpos inertes se fue calladita para su casa.
La segunda vez que le cayeron murió Gabino Mesino también de El Camarón. “Se oía feo la balacera”. Toribio Gómez estaba pegando un alambre cuando le cayeron varios armados. José Lezma le descargó una escopeta automática y luego le tiró con la súper. Gabino Mesino le disparó con un cerrojo. Pero Toribio se dejó caer en una barranca y entre la polvareda no le dieron y al contestar mató a Gabino Mesino. Se comentaba que después el hombre fuerte de Los Valles le lloraba “porque ese muchachito era bueno”, cuando se acordaba de Gabino. Se dice que las cosas se calmaron cuando Benita Mesino se casó con Ángel Galindo Cabañas.
En los años cuarenta había muchos hombres armados de pistola, machete o puñal que con gabán al hombro, siempre andaban dispuestos para quien les diera el gusto. En este contexto emergió fuerte la figura de Toribio Gómez, era el encargado de perseguir a los enemigos del reparto agrario, pero también fue el encargado de limpiar la región de todos aquellos ex revolucionarios que nadie controlaba y se paseaban por los pueblos armados y haciendo desmanes. Además también se encargaba de la persecución de bandidos como El Garrobo de San Vicente de Benítez y la banda de Los Chiveros que asolaba el Filo Mayor.
Llegó el momento que los reservistas se dividieron, Crispín Ocampo que era jefe del bajo ya no se llevaba con Toribio Gómez el jefe de la sierra. Se dice que Nicolás Cabañas los quiso juntar pero no hizo mucho. Por eso el 15 de diciembre de 1943 estuvo en Atoyac el gobernador Rafael Catalán Calvo acompañado del Jefe de Operaciones militares general Matías Ramos Santos, para unificar los bandos que estaban divididos políticamente.
El primero de enero de 1947 tomó posesión Toribio Gómez como presidente municipal de Atoyac, pero por las intrigas que existían no logró terminar su periodo y fue sustituido por Benjamín Luna Venegas.
Toribio Gómez vestía elegantemente, a veces portaba una chamarra, con un sombrero chiquito de tela gris o café. Con sus guayaberas blancas o cremitas, siempre de manga larga y combinaba su vestimenta con pantalones beiges o grises. Bien vestido el señor, siempre montado en una mula o caballo. Otros lo recuerdan con su traje de reservista, su pistola 45 fajada por fuera y su rifle colgado en la espalda. “Era muy respetuoso y respetado el señor”.
Fue diputado federal suplente, tenía buenas influencias y siempre respetaba las cosas del gobierno. Para demostrar el poder que tenía Toribio. Un buen día se apareció el Secretario de la Defensa Nacional el general Matías Ramos. Se estacionó frente al cuartel que estaba en la calle Aldama y pasó en pango para El Ticuí donde ya lo esperaba su hijo Antonio Ramos. Fue a visitar el rancho que hasta la fecha tienen los Ramos al norte de Boca de Arroyo y de regreso durmió en la casa de Toribio Gómez que estaba ubicada en la calle Juan Álvarez Norte.
Simón Hipólito escribió que “Toribio Gómez echó abajo el sueño del presidente Cárdenas de unificar geográficamente y políticamente la sierra de Atoyac; comenzó a intrigar en los ejidos buscando su desunión, y así fue como muchos ejidatarios de familias distintas se empezaron a eliminar entre si hasta casi exterminarse”. Los habitantes de Los Tres Pasos no querían a Toribio Gómez porque se opuso que se formara esa comunidad. Pero Elizabeth Flores Reynada los defendió y donó los terrenos para que asentara ese pueblo donde todavía está.
A mediados del siglo pasado otro conflicto acrecentaría el azoro de los atoyaquenses.  El miércoles 8 de agosto de 1951 ocho personas perdieron la vida en el camino del Arrayán entre Santo Domingo y Plan del Carrizo. El Trópico del 31 de agosto de 1951 publicaba: “Toribio Gómez, quien fue el que azuzó a sus pistoleros para que terminasen con la familia Juárez, con quien tenían rivalidades desde hace mucho tiempo, al disputarse el control de los cafetaleros de la región”.
“Ocho muertos y varios heridos, algunos de suma gravedad, fue el resultado de la emboscada que dirigida intelectualmente por Toribio Gómez, señor de horca y cuchillo en la región de Atoyac de Álvarez y llevada a cabo por su pistolero principal Ricardo Reyes, el pasado miércoles en la tarde en el camino del Plan del Molino a San Juan de las Flores del municipio de Atoyac”, informaba El Trópico 11 de agosto de 1951.
Los Juárez tenían días que se habían dirigido a Chilpancingo para pedirle apoyo al gobernador.  Si revisamos la prensa de ese tiempo se nota que  el corresponsal de El Trópico en Atoyac la traía casada con Toribio. Porque lo vapuleaba cada vez que podía esta vez dice: “Toribio, quien hace poco fue dado de baja como comandante de las fuerzas rurales de esos lugares, por disposiciones del propio comandante de la 27 zona militar, general Miguel Z. Martínez, debido a la mala conducta del mismo y que hacía uso de la fuerza a su mando para obligar a los campesinos del rumbo a firmar cartas de adhesión para determinado candidato a la Presidencia de la República, mal interpretó el viaje de los Juárez a Chilpancingo, creyendo que iban a influir en su contra, por lo que desde ese momento, firmó la sentencia de muerte para los mismos, pero como los Juárez, eran hombres decididos y valientes, optó por matarlos a traición, preparando para el caso una emboscada, en donde estaba seguro que morirían todos, pues que no podrían defenderse, tanto por la topografía del terreno en donde fueron asaltados, como por la desigualdad de las armas. La muerte fue encomendada a Ricardo Reyes, que murió defendiendo los intereses de su jefe… Se dirigían a su casa, después de haber trabajado… por el camino del Plan de los Molinos rumbo a San Juan de las Flores, como a las tres de la tarde, cuando de repente, de una curva del camino, le fue hecha una descarga de fusilería por un grupo de 10 o 12 hombres, conocidos todos como pistoleros a las órdenes de Toribio Gómez… asesinaban a los tres Juárez Godoy. Estos por su parte se defendieron heroicamente, con las escasas armas que portaban, habiendo dado muerte al jefe de la gavilla Ricardo Reyes y a otros bandidos”.
“En el campo de masacre, quedaban muertos, a parte de Ricardo Reyes, Eduardo, Albertano y Prisco Juárez Godoy, hijos de don Eduardo Juárez, muriendo al siguiente día, el propio padre de los primeros y de Rogelio, Alfredo y José Juárez”. Los Juárez eran originarios de El Ticuí.
 “Toribio Gómez al grito de ¡Viva Henríquez! y al frente de algunos se sus secuaces, se ha dedicado a alterar el orden en toda la sierra de Atoyac”, agrega El Trópico el 11 de agosto de 1951.
Ya en la década de los setentas de los excombatientes vidalistas salieron muchos revolucionarios que apoyaron a Lucio Cabañas y al movimiento cívico. Muestra de ellos son Regino Rosales de la Rosa y Juan Mata Severiano, Patronilo Castro Hernández, Alfonso Cedeño Galicia, El güero Cedeño y Antonio Onofre Barrientos. Estos tres últimos fueron los primeros que se fueron con Lucio a la guerrilla. Pero también del movimiento vidalista salieron los caciques como Toribio Gómez, Crispín Ocampo y Pedro Cabañas.
Una vez que comenzó a operar la guerrilla del Partido de los Pobres y su Brigada Campesina de Ajusticiamiento, Toribio Gómez Pino fue sentenciado a muerte. Sin embargo la acción nunca se concretó, porque Lucio no dejó que ninguna comisión saliera a ajusticiarlo, “Yo voy a ir personalmente cuando le demos sus balazos a ese bribón”, decía.
El guerrillero acusaba en sus discursos a Toribio Gómez de trabajar para los militares, igual a Juan Ponce y Enrique Juárez, que si fueron ajusticiados.
“Entonces Toribio, fue a San Juan, habló con la gente a decirle que formaran grupo armado para perseguir a Lucio Cabañas y fue a Río Chiquito también a hacer asamblea para que persiguieran a Lucio Cabañas… Nosotros le estamos dando oportunidad a don Toribio que se arregle porque es pobre, aunque todo el tiempo tiene enemigos”.
El gobierno, “por toda la sierra sembró de traidores. Puso a Toribio Gómez en un punto, puso a otros individuos de espías en otros puntos, y puso a infinidad de gentes de traidores. Incluso a Juan Ponce lo puso de vigilante y traía guachos aquí a La Pedregosa. También a Enrique Juárez lo puso de espía allá en San Juan… Llevamos ocho ajusticiados, pero nos falta Toribio Gómez. Toribio Gómez seguido nos ha echado los soldados y nos falta. Y yo creo que es el único que nos queda”, dijo Lucio en una reunión en La Pedregosa.
En otras de las grabaciones que Lucio hizo en la sierra se escucha “supieron que en Los Valles teníamos la emboscada, y dicen que ya iban según llegó la información ahorita; que ese día que estábamos en la emboscada, está una vuelta así a la salida de Los Valles, entonces ahí en la vuelta estábamos nosotros, los guachos ya iban a asomar desde donde los íbamos a ver, cuando llegó corriendo Acacio, el hijo de Toribio Gómez, y les dijo: párense ahí está la emboscada; entonces los guachos se regresaron y se tendieron por el camino que va para El Porvenir, por acá se tendieron y pensaban que amaneciera para avanzar sobre la emboscada. Bueno, pero no fueron ni al otro día, al tercer día fueron y encontraron todo el rastrerío que habíamos dejado nosotros”.
Se sabía que el gobierno le había prometido a Toribio meterle la carretera hasta la tranca de su huerta si entregaba a Lucio. Muchos dicen que Lucio no mató a Toribio porque ingresó a la guerrilla en El Porvenir su nieto Isaías Martínez Gómez.
De la guerrilla quedó una anécdota que recoge Arturo Gallegos en su libro La Guerrilla en Guerrero: “Por el cerro de La Patacua. Cuando la columna insurgente cruzaba la vereda en fila india, uno de los últimos en pasar fue Julián (Carlos Ceballos), quien se encontró a un campesino que por mera casualidad pasaba por el lugar. El camarada muy cortés le empezó a tirar el rollo al ‘campe’ y encontró mucha receptividad de su parte; pero otro de los guerrilleros lo identificó como el delator Toribio Gómez y corrió a dar aviso a la parte de adelante donde iban compañeros de la dirección de la Brigada. Al enterarse de quien era el personaje dieron órdenes de precisas de ejecutarlo ahí mismo, ya que éste sujeto, junto con José Benítez… era uno de los buscados por la Brigada (…) En cuestión de minutos todo el mundo se puso en movimiento y llegó al final de la fila donde Toribio y Julián estaban platicando. Poco después se encontraron con éste muy satisfecho de la charla que habían tenido con el campesino; cuando le preguntaron acerca del paradero de su interlocutor, Julián contestó: -el compañero ya se fue y tomó el camino hacia abajo… Los guerrilleros abrieron un abanico para copar a Toribio, pero todo fue inútil; este ya había librado el cerco y sólo encontraron pedazos de camisa en las alambradas por las que había pasado”.
Después de la muerte de Lucio Cabañas el Ejército tomó Los Valles, degradó y desarmó a Toribio Gómez y a su gente. Como peligraba su vida abandonó el pueblo y se refugió unos días en la Y griega con la familia Pino y después se fue para San Jerónimo de Juárez con Nico Cabañas.
Finalmente Toribio Gómez murió en Acapulco a los 96 años de edad el 28 de mayo de 1987, está sepultado en el panteón municipal de Las Cruces.



Toribio Gómez Pino (Primera parte)


Víctor Cardona Galindo
Toribio Gómez Pino, fue personaje central en la historia de Atoyac durante el siglo pasado. Fue querido, temido y odiado, su existencia va de la realidad a la leyenda. Su vida fue la intriga y las armas. Sus enemigos le temieron hasta el final por su extraordinaria puntería al disparar. Cuando la guerrilla de Lucio Cabañas lo condenó a muerte tenía 80 años, se dice que denunció a mucha gente, incluso a su propia familia. La sentencia no se cumplió él falleció de muerte natural. 
Toribio Gómez Pino

Toribio Gómez Pino nació el 16 de abril de 1892 en la ciudad de Atoyac. De sus orígenes se sabe que su abuelo Pioquinto Gómez era del Arenal de Gómez y estaba casado con Josefa Pino. Entre sus hijos nació Asunción Gómez Pino quien casó con Ambrosio Galindo, de esa unión nació Fortino Galindo Gómez. Pero al quedar viuda Asunción hizo vida con José Isabel Peralta el papá de Toribio, pero éste al crecer tomó los apellidos de su mamá y se firmaba como Toribio Gómez Pino, así se le conoció cuando fue presidente municipal de Atoyac en 1947.
Estaba emparentado con las dos familias más numerosas de Los Valles. Pues con Fortino Galindo Gómez eran hermanos de madre y con los Peralta era hermano de padre. Por eso los Galindo y los Peralta lo escoltaban armados hasta San Andrés de la Cruz donde tomaba una camioneta para viajar a Atoyac. En Los Valles se le conocieron tres mujeres: una que se apellidaba Dionicio, Josefa Villa y doña Gumersinda la última.
Vivía en un extremo de Los Valles y en su huerta de café, en Monte Colorado, al norte del ejido, tenía una casa de dos pisos que le hizo la gente del pueblo. También tuvo una huerta chiquita de café en Las Patacuas, cerca de la de su hermano Fortino Galindo Gómez.
Conocí a Toribio Gómez mediante las historias que mi madre María del Refugio Galindo contaba. Por ejemplo decía que en la parcela de Toribio brotaba un venero, siempre estaba húmedo y se formaban unos charcos. La milpa se daba completa, los mapaches no entraban a comerse los elotes, los jabalíes no aparecían. No había ni tuzas. Las plagas no existían para el hombre fuerte de Los Valles.
No era nada mágico, lo que pasa es que domesticó desde chiquita una masacoa. La tenía debajo de un frondoso árbol donde brotaba el manantial, le hizo un pequeño toro con techo de cartón. “Ahí se pasaba la serpiente que creció mucho -dicen los que la vieron- que medía seis metros de largo y bramaba como becerro”. Hubo quienes la encontraron colgada de un guayabo o alrededor de una mata de plátano y al ver esa boa tan grande corrían despavoridos, porque decían que devoraba seres humanos.
Toribio todas las tardes le llevaba carne para que se alimentara. Jamás se supo que se comiera alguna persona. Pero si un mapache, tejón, conejo o jabalí se desbalagaba no salía de la parcela. Con el puro vaho se bajaba de los árboles las chachalacas y las ardillas. Dicen que una vez con el puro hálito llamó a un venado que llegó solo hasta donde estaba enrollada en una mata de plátano y se lo comió. Alguien dice haber visto cuando únicamente se le asomaban las patas al pobre animalito. Otros iban más allá en sus comentarios, decían que se comía los becerros que pasaban por el camino cerca de la milpa.
La vida de este personaje me interesó, por las tantas balaceras en las que participó y salió vivo. Cuando me puse a investigar encontré que Toribio Gómez vivió tantos años porque sus enemigos le tenían miedo a su certera puntería y su habilidad para manejar la pistola, todavía ya de viejo algunas mujeres decían a sus hijos que le querían ajustar cuentas, “Toribio como Juan Ponce, donde disparan le meten toda la carga de la pistola a una persona”. Por eso lo respetaban. Una vez en una competencia con militares, en la que se rifó una botella de mezcal, le pegó a una cajetilla de cerrillos desde lejos, después el capitán con el que apostó lo quería matar, no aceptaba haber perdido.
Otra vez llegó un capitán a Los Valles y le dijo: “don Toribio, dicen que usted es bueno para pegar con pistola”. Toribio contestó “nomás tantito”. En eso iba pasando un gallo de esos que tienen el pescuezo pelón. Así como iba corriendo tras las gallinas le disparó y le voló el pescuezo. Entonces el capitán comentó: “Usted siempre será don Toribio Gómez”.
El viejo revolucionario se sentaba todos los días en el corredor de su casa. Un día estando acostado en la hamaca, llegó un pistolero, llamado Toño El Loco, para matarlo, pero Toribio lo alcanzó a ver y le dijo –Que vas hacer muchachito-. El pistolero –contestó- nada don Toribio solamente venía a venderle esta pistola, y temblando se la mostraba. Pero Toribio -le dijo -¿que no estará mejor esta hijo?, y le mostró una vieja pistola calibre 45. El pistolero retrocedió con la arma de fuego en la mano y corrió, perdiéndose entre el monte que estaba alrededor del pueblo y se fue. Nunca se supo quién lo mandó.
Toribio Gómez Pino, quien en realidad se llamaba Toribio Peralta Gómez, desde muy joven construyó su leyenda, a sus 19 años participó en la toma de Atoyac el 26 de abril de 1911, bajo las órdenes de Timoteo Fierro apoyando a Francisco I. Madero. Luego junto con Felipe Reyes concurrieron a numerosas acciones de armas durante la revolución. Y años más tarde con el grado de teniente concurrió a la toma de Acapulco en 1918 cuando unidas las tropas mariscalistas con las zapatistas atacaron el puerto.
Participó en el famoso combate de la cumbre que se dio el 13  de julio de 1918 mismo que comenzó a las 10 de la mañana y duró todo el día, donde los mariscalistas y zapatistas derrotaron a las fuerzas federales encabezadas por Rómulo Figueroa. Peleando al lado de Silvestre Castro García, El Cirgüelo, Toribio Gómez acrecentó su fama porque en un enfrentamiento a cuchilladas, mató a un soldado yaqui en el combate de San Jerónimo el Grande y le quitó un cinturón de cuero de víbora que conservó por mucho tiempo.
Toribio era alto, moreno y fornido. Una vez se vio envuelto entre la tropa yaqui que vinieron a combatir a El Cirgüelo y se confundió entre ellos. Como recuerdo sus amigos le hacían una chanza que le seguiría toda su vida, le decían que se parecía con los yaquis. Al indultarse El Cirgüelo Toribio siguió combatiendo al lado de Timoteo Fierro hasta que se rindieron o murieron los principales líderes de la revuelta.
Toribio Gómez también se levantó en armas junto a Feliciano Radilla y Alberto Téllez, incluso iba entre los escogidos para sacar a Juan R. Escudero de Acapulco. Después durante muchos años perduró su amistad con doña María de la O. También participó con los agraristas en el combate de Petatlán el 23 de enero de 1924 y después durante la revuelta de El Plan de El Veladero formó parte del estado mayor del general Amadeo Vidales Mederos, por eso tuvo una participación destacada en el combate del Morenal que fue el 28 de octubre de 1926 donde los vidalistas prácticamente acabaron con un batallón de federales.
Después de la revolución se quedó a vivir en Los Valles donde cultivaba las parcelas que le tocaron después del reparto agrario. Pero en la década de los treinta fue nombrado el jefe de los guardias rurales de toda la región. “Tenía comandancias por todos lados. Salía a recorrer los pueblos donde era el jefe de armas”, recordó la tía Enriqueta Galindo. Los rurales vestían de beige y Toribio siempre andaba con un pelotón de gente armada. En el recuerdo quedó que una vez salió con su gente y por el rumbo de San Vicente de Benítez le mataron a tres de sus soldados entre ellos a Crispín Martínez.
Fue a principios de 1937 cuando se organizó el noveno batallón del cuerpo de defensas rurales, por el mayor del Ejército Alberto Orbe Domínguez quien nombró comandante de la primera compañía a Toribio Gómez Pino y el de la segunda compañía Crispín Ocampo fue nombrado por el general Joaquín de la Peña días más tarde.
Un hecho muy sonado fue el pleito que sostuvieron los líderes reservistas contra la familia Cortés de Cacalutla. Se dice Raymundo, Agripino, Francisco e Isidro Cortés querían deshacer la colonia agrícola Juan R. Escudero y formar un defensa armada que actuara a su favor.
Al salir electo como presidente municipal de Atoyac Isidro Cortés García quien tomó posesión el primero de enero de 1937, Crispín Ocampo y Toribio Gómez se unieron con el comercio local y llevaron a cabo un mitin frente a la casa del profesor Modesto Alarcón, acto que estuvo dirigido por Canuto Nogueda Radilla. “Los manifestantes intentaban poner a Rosendo Galeana Lluck como presidente municipal”, dice Wilfrido Fierro Armenta. No lograron su objetivo Isidro Cortés siguió en la alcaldía.
El 3 de abril de 1937 la policía de Cortés asesinó a Arnulfo Vargas comandante de la reservas rurales. Debido a éste hecho los jefes reservistas Toribio Gómez y Crispín Ocampo se movilizaron para poner sitio al palacio municipal, pero el Ejército intervino salvando a Isidro Cortés García, después el gobernador lo destituyó nombrando en su lugar a Feliciano Fierro.
Isidro Cortés García al ser depuesto fue detenido en el palacio municipal por fuerzas federales después de ser balaceado por fuerzas reservistas en la sierra en abril de 1937. El gobierno del estado argumentó que lo depuso por haber cometido delitos del orden común.
Con la deposición del presidente las cosas no terminaron. Las intrigas continuaron por eso el 7 de junio de 1938 los reservistas al mando de Toribio Gómez y Crispín Ocampo atacaron en Cacalutla a la familia Cortés donde murieron Raymundo, Francisco y Antonio Cortés García.
Doña Ceferina Pino recuerda que los reservistas de Toribio Gómez se unieron con los de Tenexpa, Nuxco y El Quemado para atacar a Isidro Cortés en Cacalutla. “Las casas de ese pueblo eran de palapa y murieron en ese ataque Mundo, Celerino y Francisco. Isidro Cortés se salió vestido de mujer. Por eso después de ese ataque Feliciano Radilla a quien culparon de los hechos se fue a la ciudad de México”.
Luego se vendría otro acontecimiento, el 15 de noviembre de 1940 el teniente coronel Raymundo Cacho Peña comandante del 59 batallón de reserva depuso a todo el ayuntamiento constitucional del municipio de Atoyac de Álvarez Guerrero “valiéndose de la fuerza federal que se encuentra destacamentada en dicho lugar y acatando órdenes del gobernador del estado, quien desea tener elementos incondicionales en los Ayuntamientos para poder imponer como candidato al gobierno del estado a Francisco S. Carreto”.
El presidente depuesto el 15 de noviembre de 1940 fue Rosendo Nogueda a quien los militares quitaron para poner  a Antonio Ayerdi. “Viejos reservistas como Toribio Gómez participaron en esa deposición. Secuaces del gobernador Berber son Toribio Gómez y Mónico Aquino, quienes se han encargado de hacer la labor criminal de dividir al campesinado de la región habiéndose ganado ya a los campesinos de la zona cafetalera”, informaba el 3 de diciembre del 1940 el profesor Graciano Sánchez presidente del Confederación Nacional Campesina al secretario de gobernación. Se decía también que los campesinos de Atoyac opositores a Toribio Gómez apoyarían a Rafael Catalán Calvo.
Meses más tarde un enfrentamiento entre dos familias cimbraría el municipio. Ese pleito comenzó cuando Sixto Reyes mató el perro de la familia Mesino quienes llegaron a reclamar y se dieron de balazos. Los hechos fueron en el lugar conocido como Los Tamarindos en la parte norte de la Ciudad de Atoyac donde murieron Juan, Cristóbal y Catarino Mesino y de los Reyes murieron Ambrosio y Enrique.
De esos hechos Miguel Hipólito compuso un corrido cuyo primer verso dice: “Al pueblo en general /yo les vengo a noticiar /las desgracias que pasaron /en el pueblo de Atoyac… Por la calle derecha /sucedieron las matanzas /por esa entrada de la sierra /calle de Emilio Carranza”.
El cronista por excelencia de Atoyac Wilfrido Fierro Armenta escribió el 29 de abril de 1941. “Se registra un sangriento encuentro a tiros entre las familias Mesino y Reyes a consecuencia de la muerte de un perro. Los hechos tuvieron lugar en la Av. Juan Álvarez Norte de esta ciudad, en la que resultaron muertos don Catarino Mesino y su sobrino Juan del mismo apellido, así como los hermanos Ambrosio y Enrique Reyes y herido gravemente Sixto Reyes”.
Se dice que en este pleito Toribio Gómez tomó partido por los Reyes. Por eso los Mesino que eran originarios de El Camaron y también fueron revolucionarios vidalistas la agarraron en su contra y lo atacaron dos veces en Los Valles.

martes, 31 de marzo de 2020

18 de mayo de 1967 (Cuarta parte)


Víctor Cardona Galindo

Lo que sobrevino el 18 de mayo de 1967 es crucial para el destino de Atoyac. En su historia se puede hablar de un antes y un después. A partir de esa fecha, simplemente la vida no fue la misma.
Circulan testimonios acerca de que un judicial se le acercó a Lucio para preguntarle si tenía orden de hacer el mitin. Lucio se metió la mano a la bolsa de la camisa y sacó un papel entregándoselo. El policía se fue, pero ya no regresó. Sólo se llevó la orden. Allá arriba en el Ayuntamiento y en las casas de alrededor había hombres armados que apuntaban hacia la gente.
El joven Lucio Cabañas Barrientos

El capitán, comandante del grupo de la Policía Motorizada entró a la oficina del presidente Manuel García Cabañas, primo de Lucio, y le exigió que saliera a parar el mitin que había comenzado. El presidente se negó, entonces el jefe policíaco se descolgó el M-1 del hombro y dijo: “entonces vamos a proceder”.
La maestra Hilda Flores se encontraba con el alcalde en ese momento y encaró al policía: “como que va a proceder”. Pero el capitán la ignoró y salió.
“Voy a cantar un corrido /señores pongan cuidado, /yo les contaré la historia /de lo que en Atoyac ha pasado. /Se regó sangre inocente /por las fuerzas del estado”, así comienza diciendo el corrido que compuso don Rosendo Radilla Pacheco, alusivo a esa fecha.
Lucio arengaba a la gente con el micrófono en mano; el comandante se abrió paso entre la multitud con dirección a donde estaba el maestro. Y sin palabra alguna lo agarró del cuello de la camisa y lo empezó a sacudir. La gente se arremolinó al pie del tamarindo, el policía intentó matar a Lucio, pero la mano oportuna de una jovencita desvió el cañón del arma y el disparo se fue al cielo.
Y como si ese balazo fuera una señal empezó la balacera. Se escucharon más disparos. La multitud se convulsionó, unos corrían, otros forcejeaban con los policías. Llovían balas de todos lados. La gente caía al suelo. Luego otro judicial apuntaba a Lucio a punto de dispararle, como a dos metros de distancia, alguien le brincó y otro disparo dirigido al maestro se clavó en el suelo. Mientras un agente más daba un balazo en la nuca a Juvencio Rojas esposo de doña Isabel Gómez Romero y lo estaba moliendo a culatazos. Doña Isabel pensó que tal vez ya lo habían matado, entonces sacó su verduguillo y se lo clavó al judicial. Al ver aquello otro judicial le disparó con un M-1 a la señora y la atravesó de costilla a costilla. Doña Isabel murió ahí tenía un embarazo de cinco meses y cuando estaba en el suelo los gemelos se movían en su vientre.
“Continúo la balacera /con armas de alto poder, /a los primero balazos /se murió doña Isabel /en defensa de su pueblo /y su inocente también”, cantó don Rosendo.
“Parte del objetivo del capitán, además de evitar la manifestación, parecía la vida de Lucio Cabañas; pero varios cuerpos de padres de familia, maestros y simpatizantes lo cubren. Se forma a su alrededor una burbuja humana que le ayuda a escapar de los tiros. Los gritos de terror de la multitud se escuchan por todas partes. Hay quienes se enfrentan a los policías, la desbandada, la confusión, la sorpresa de ver varios cuerpos tendidos en el piso, gritos de dolor, angustia y el impacto de la muerte desintegran la manifestación”. Escribe Fritz Glockner.
“Fue un 18 de mayo, /como a las 11 sería, / en la plaza de Atoyac /toda la gente corría /de ver a sus camaradas /que unos tras otros caían”.
De azoteas caían las balas y entre la balacera varias mujeres jalaron a Lucio, doña Rosalía Bello López lo tapó con su rebozo, y junto con las fonderas lo sacaron y salieron por un costado de la plaza, pasaron frente a la Iglesia. Cuando Fidelito Castro los encontró Lucio caminaba junto a Aquilino Salas, La Laura, quien se lo llevó a esconder a una casita que tenía a las afueras de El Ticuí. Iban tragándose el coraje y sintiendo el compromiso con los muertos. En esa casita humilde de El Ticuí se planteó por primera vez el camino de la guerrilla.
En la plaza hubo siete personas muertas, cinco del pueblo y dos policías. Uno de esos policías había quedado herido, corrió hacia las oficinas del Ministerio Público, donde cayó muerto al cruzar la puerta. “Pasada la sarracina –asienta Wilfrido- la policía salió inmediatamente hacia el puerto de Acapulco, llevándose un muerto y a los heridos, dejando a otro compañero muerto en la oficina de la Agencia Auxiliar del Ministerio Público”.
Después de la balacera, sólo quedaron los muertos en la plaza, la gente se replegó a las casas de alrededor. Frente a la entrada de la escuela “Juan Álvarez”, un agente de la montada tardó con la pistola en mano amenazante mientras otro policía levantaba a su compañero herido y lo jalaba hacia una esquina de la plaza. Mientras unos judiciales tiraban a un policía muerto arriba de un jeep y acomodaban a sus heridos.
“Uno fue Arcadio Martínez /otro Regino Rosales, /también Donaciano Castro, /y don Prisciliano Téllez, /porque el gobierno de Abarca /todo arregló con las muelles”, continúa en otro verso don Rosendo.
Una vez pasada la masacre hubo acontecimientos que pasaron inadvertidos, como el caso de que algunos ciudadanos abandonaron sigilosamente la ciudad; uno de ellos fue Anselmo Alcaraz, un maestro que se convirtió en cartero, quien se fue del pueblo porque era miembro del grupo de su comadre Julita. Otro fue el delegado de tránsito Alberto Divicino González, quien fue acusado de dar el silbatazo para que iniciara la masacre y de disparar hacia la multitud junto a otros notables atoyaquenses, miembros del grupo que apoyaba a Julia Paco.
De pronto Atoyac se vio lleno de reporteros. Al otro día la noticia salió en todos los periódicos, algunos no muy veraces, que dan nombres equivocados, pero nos da una idea del ambiente que se vivió:
“Hoy cuando a las 11:00 horas se reanudaron los mítines, el capitán Enrique García Castro trató de quitar el micrófono al orador. Se suscitó un forcejeo y el agente sacó su pistola y se la vació al manifestante. Así se inició un tiroteo de ambos bandos que duró media hora”.
“La XXVII zona militar, al mando del general Salvador del Toro, mandó al 32 Batallón de Infantería, al saberse que los agentes policíacos estaban a punto de ser linchados. Igualmente se trasladaron elementos de la fuerzas estacionarias en Tecpan de Galeana”, informaba El Universal en su edición del 19 de mayo de 1967.
“Los caídos en el campo de batalla fueron Héctor Avilés de la Policía Judicial, un capitán no identificado de la policía motorizada; tres policías heridos, de la judicial, no identificados; civiles muertos: Regino Rosales de la Rosa, Ma. Isabel Gómez; Prisciliano Téllez; Arcadio Martínez, Feliciano Castro. Los heridos fueron Juan Reynada Victoria; Gabino Hernández Girón y Juvencio Mesino”, se lee en la cabeza del Rayo del Sur (21 de mayo de 1967). En esta edición el periódico publica en su primera plana la foto de Héctor Avilés con su cuerpo ensangrentado tirado en el zócalo.
“El tamarindo que estaba en la esquina Suroeste de la plaza cívica, Anastasio Flores Cuevas lo bautizó como el árbol de la victoria, el 10 de mayo de 1967”, escribe Rosendo Serna en su columna ¿A mi qué? Publicada en El Rayo del Sur (21 de mayo del 67) menciona como herido en el zafarrancho a Bonifacio Gómez Acosta.
A continuación reproduzco la noticia publicada por El Trópico, escrita por el enviado Enrique Díaz Clavel la cual considero que fue la que más se acercó a la realidad de ese momento:  

Trópico, Diario Independiente de Información 19 de mayo de 1967, pág., 1
9 muertos y más de 20 heridos en el zafarrancho

***Fue feroz el encuentro entre padres de familia y policías estatales en Atoyac
***Restableció el orden el ejército pero hay un clima de indignación contra el régimen local

E. Díaz Clavel
Enviado

     Nueve muertos y más de 20 heridos arrojó el encuentro entre policías estatales y padres de familia de la escuela “Juan Álvarez”, de esta población, por haber faltado energía del gobierno, al principio del conflicto, cuando se pedía la destitución de la directora del plantel, Profa., Julita Paco Piza, que al final se retiró mediante una licencia ilimitada.
     Los de la Asociación Cívica Guerrerense, que aprovecharon el asunto para sus móviles de agitación, después de una serie de dificultades desde el 18 de abril pasado, unidos con los padres de familia, en un mitin celebrado hoy, ya no querían solamente la salida de la maestra, si no de 18 de sus compañeros a quienes consideró adictos a la maestra destituida.
     Luis [Lucio] Cabañas Barrientos y la Profa. Hilda Flores Solís, aparentes dirigentes de este problema, sin autorización celebraron un mitin en la plaza de Atoyac, frente a la escuela y palacio municipal, en que el primero de ellos comenzó a hablar de que no cejaría hasta sacar a los 18 profesores cómplices de Julita.
     Veinticinco elementos del cuerpo motorizado de la Dirección de Seguridad Pública y ocho agentes de la Policía Judicial que fueron a reinstalar a los 18 maestros y al nuevo director, cuando se congregaban las gentes de pueblo, los provocaron y así se originó el zafarrancho, con el trágico saldo de que hablamos al principio.
     El alcalde de Atoyac Manuel García Cabañas, nos decía esta tarde en el palacio municipal; “llegó ante mi el comandante de Cuerpo Motorizado y me dijo que iba a parar el mitin”, y agrega “le contesté, haga lo que crea conveniente”, y puntualiza más adelante, “de inmediato vino el encuentro a tiros, con el resultado que ya conocemos”.
     Según una afirmación, los disparos partieron de los cuerpos policíacos, en que el primer herido fue Cabañas Barrientos, quien cuando tuvo oportunidad huyó hacia la sierra, cercana a Atoyac.
     Uno de los civiles que también rodó por el suelo herido a balazos fue Juvencio Mesino. La esposa de este sacó un puntiagudo puñal y se lo sepultó en la región intestinal al Cap. Enrique Carvallo Castro, comandante del Cuerpo Motorizado. La mujer que esta grávida, murió de un balazo.
     Así caían muertos los padres de familia y de la Asociación Cívica, Regino Rosales, Arcadio Martínez, Prisciliano Téllez y Feliciano Castro. Por los policías murieron los agentes de la Policía Judicial, Héctor Avilés González  y Genaro Ángel Navarrete, y el motorizado Ángel Moreno Villegas.
     Todo este cuadro, en dos encuentros de cinco minutos cada uno, sucedía cuando los niños de la escuela “Juan Álvarez” comenzaban a disfrutar del recreo. Del pueblo resultaron heridos de consideración Juan Reynada, Franco Castillo, Tirso Gómez Durán y Silvestre Dimas Padilla.
     Por los policías caían machacados en sangre, muy graves, el subcomandante motorizado José Luis Álvarez, el subteniente Donaciano Carpio Bardo y el agente de la judicial, Genaro Gutiérrez Quiroz. Los policías cuando vieron que todo el pueblo de Atoyac salía a proteger a sus amigos o parientes, salieron despavoridos, en el momento que hacía su aparición una sección de 32 Batallón de Infantería que pidió cordura.
     Como el pueblo está indignado, la fuerza federal por indicaciones del Gral. Salvador del Toro Morán ha impedido la entrada de agentes y demás policías y quedan bajo la custodia de la 27 zona militar, para que no se repita otro zafarrancho, originado por la falta de acción del gobierno del estado, que directa o indirectamente es el único culpable.
Por su parte otro reportero del mismo periódico Andrés Bustos Fuentes publicó: “El general Manuel Olvera Fragoso, jefe del primer Sector Militar con sede en Atoyac, está colaborando con el general del Toro Morán y será probablemente él quien continúe la vigilancia en tanto no se normalice la situación… A las 19 horas de la noche arribó el procurador de Justicia del Estado, Lic. Horacio Hernández Alcaraz con el objeto de volver a instalar a la Policía Judicial, cosa de que desistió a sugerencia del Comandante de la XXVII Zona Militar, debido al elevado estado de ánimo de los “cívicos”; hasta la hora citada, era imposible que soldados pertenecientes a los grupos de Seguridad Estatal, pudieran entrar a la población”. (Trópico, 19 de mayo 1967, p. 1)
“Lástima de hombres valientes /que no conocieron miedo, /en defensa de su pueblo /hasta la vida perdieron, /mataron dos judiciales /e hirieron sus compañeros”. Sigue la composición de don Rosendo Radilla Pacheco que más tarde sería desaparecido precisamente por componer corridos donde narraba la lucha del pueblo.


lunes, 30 de marzo de 2020

18 de mayo de 1967 (Tercera parte)


Víctor Cardona Galindo
Lucio Cabañas Barrientos y Serafín Núñez Ramos estaban de regreso reinstalados en la escuela “Modesto Alarcón”, cuando los maestros y padres de familia de la “Juan N. Álvarez” fueron a pedirles el apoyo. Ellos y los demás maestros del Movimiento Revolucionario del Magisterio habían logrado en su plantel cambiar a la directora y poner un director más sensible con la situación de los padres de familia. Tanto Lucio como Serafín aceptaron apoyar al naciente movimiento de la antes llamada Escuela Real y el movimiento incluyó al pequeño comercio, campesinos y colonos.
Serafín Núñez recuerda que fue Alberto Martínez Santiago y Anastasio Flores Cuevas quienes se reunieron con ellos para pedirles el apoyo.
El Zócalo de Atoyac, al centro el tamarindo llamado El árbol de la Víctoria,
donde se hacían los mítines en los años sesenta.

En el tiempo de los acontecimientos, Lucio moraba en la casa que fue de su abuela materna, Enedina Barrientos, donde vivía su tío Antonio Onofre Barrientos con su esposa Florentina Gudiño y sus hijos. A este domicilio llegaron los docentes de la escuela “Juan N. Álvarez”. Se dice que platicaron como una hora y se pusieron de acuerdo. Mientras su tío Antonio miraba todo aquello con desconfianza y aconsejó a Lucio “ya no te hubieras de meter en ese problema, no es asunto tuyo, no pertenece a tu escuela. Mejor déjalo”. Pero Lucio estaba comprometido con las luchas del pueblo y no le prestó atención a la advertencia. Algo parecido opinaba Serafín quien pensaba que los maestros de la escuela Juan Álvarez deberían de vivir su propia experiencia y foguearse al calor de la lucha. Sin embargo la opinión de Lucio se impuso y terminaron con firmeza encabezando el movimiento.
A partir del 20 de abril iniciaron las marchas con antorchas a las que llamaron cabalgatas. El 21 se llevó a cabo un mitin en el zócalo en el que se pidió la salida de la directora Julia Paco y el regreso de Martínez Santiago. Desde ese día los mítines se hicieron cotidianos y el 22 tomaron las instalaciones de la escuela y montaron guardia permanente. Hubo ligeros enfrentamientos con la gente de la directora y se fue radicalizando el movimiento.
El domingo 23 a las 13 horas se presentó a la escuela el subprocurador de justicia Humberto Romero Palacios y el Director de Educación en el Estado Prisciliano Alonso Organista. Al tratar de entrar a la escuela con la directora y la directiva de la Sociedad de Padres de Familia fueron sacados a empujones. Se dice que en este altercado a Julia, la directora, las mujeres que estaban de guardia, la tiraron al suelo y en el forcejeo le desgarraron la ropa. Por eso la reunión se trasladó al Palacio Municipal y los enviados del gobierno amenazaron a los manifestantes con meterlos a la cárcel, porque tomar la escuela era delito.
Los alumnos del profesor Martínez Santiago se juntaban con él por las tardes. Reuniones a las que asistían Serafín Núñez Ramos y Lucio Cabañas Barrientos. Los niños participaban en la elaboración de la propaganda, mantas y pancartas que se exhibían en las cabalgatas que salían por las noches. “Era impresionante ver el gran número de personas que pedían la salida de la directora y que salían a manifestarse alumbrándose con hachones”. Dice Elizabeth.  
El primero de mayo se realizó una cabalgata con antorchas, los manifestantes recorrieron las calles con lo que festejaron el día del trabajo y de paso pidieron el regreso de Martínez Santiago y la salida de Paco Piza. Al frente de esta movilización iba Lucio Cabañas Barrientos. Lo mismo ocurrió el 5 de mayo y casi todos los días había mítines en el zócalo.
“La sociedad ha mantenido cordura porque no quiere igualarse con la plebe y sólo prefiere mantener vigilado que no sea saqueado el edificio tomado desde el viernes 20 (de abril) por los alborotadores, ya que la construcción de este edificio lo costeó dicha sociedad y paga para su mantenimiento y conservación” publicaba El Rayo del Sur el 30 de abril.
“El 27 de abril de 1967 Hilda Flores y Roberto Arceta encararon al enviado del gobernador. El 4 de mayo en la sala de Cabildos hubo una discusión ríspida entre Manuel García Cabañas y Lucio Cabañas. Manuel quería que aceptaran como director a Ramón Díaz Pantaleón […] Los padres de familia que están posesionados de la escuela Juan N. Álvarez, en Atoyac, se muestran decididos a no desocupar el plantel mientras no sea reinstalado el profesor Alberto Martínez Santiago, que está comisionado en una escuela de Coyuca”. Da a conocer el Trópico, Diario Independiente de información el 7 de mayo de 1967.
Al crecer el movimiento se fue la directora y el gobierno del estado nombró como director sustituto al maestro Ramón Díaz Pantaleón, desde el 3 de mayo; sin embargo al no volver el maestro Alberto Martínez Santiago la lucha continuó y las cosas siguieron igual.
“En lugar de Julita nombraron director a Ramón Pantaleón López. Ya que más de 400 alumnos estaban sin clases” dice El Rayo del Sur en su edición del 7 de mayo de 1967.
En mi opinión en la escuela Juan Álvarez se reprodujo el mismo esquema del movimiento de la Modesto Alarcón. Movieron a Lucio y a Serafín y cayó la directora. Los padres siguieron movilizándose regresaron a Lucio y Serafín. En la Juan Álvarez cayó la directora y regresó Alberto Martínez Santiago. Pero aquí con el agregado que después los padres querían que se fueran todos los maestros que apoyaron a la directora.
“El día de la madre, los manifestantes reciben la buena noticia de que, por órdenes del gobernador del estado, se decreta la salida de la directora… Así como la reinstalación del maestro removido”, escribe Fritz Glockner, en Memoria Roja. Historia de la guerrilla en México (1943-1968).
De acuerdo a un acta que Rene García desempolvó de los archivos, a las 9 de la noche del 10 de mayo de 1967 las demandas iniciales quedaban resueltas, se llegaba a los acuerdos: de entregar la escuela, se quedaba como nuevo director Ramón Díaz Pantaleón, regresaba a la escuela Alberto Martínez Santiago y el gobierno del estado se comprometía a no ejercer acción penal en contra de los manifestantes. Se firmó el acta. Por parte de los docentes: Anastasio Flores Cuevas, Miguel Sánchez Tolentino, Sebastián López Luna, Celestino Lévaro Ocampo, Margarito Flores Quintana, Guillermina Nava Pineda, Hilda Ríos Pérez, Cenelia Salgado Salas, Teresa Damián Bahena, Felipa Cabañas y Alberto Martínez Santiago.
Firma también el director Ramón Díaz Pantaleón, Alberto E. Camacho Agente del Ministerio Público y como testigo el Presidente Municipal Manuel García Cabañas.
Como los mítines se hacían bajo un tamarindo que estaba en un extremo de la plaza, los maestros inconformes lo bautizaron como “el árbol de victoria”, porque habían logrado sacar a la directora. Bajo ese árbol colocaban el aparato de sonido para arengar a los ciudadanos que asistían a las concentraciones. Eso fue el 12 de mayo cuando festejaron el triunfo de la salida de Julia Paco. “Año con año conmemoraremos éste acontecimiento bajo la sombra de éste tamarindo, hoy árbol del triunfo”. Dijo el maestro Anastasio Flores Cuevas.
Glockner también subraya que durante la asamblea del 12 de mayo se expone que también deber salir de la escuela aquellos maestros que apoyaran a Julia Paco Piza: “la limpia se antoja completa, pues si han conseguido la caída de la directora, ahora desean terminar la tarea. La autoridad se niega a considerar siquiera aquella nueva solicitud y con el fin de vigilar el buen desempeño de la escuela, es enviado un grupo de policías judiciales de la motorizada”.
 “Ahora piden el cese de otros maestros los revoltosos de Atoyac y sigue el lío” cabeceaba el Trópico el 13 de mayo de 1967 y agregaba en la nota “Quienes creían que el problema de la escuela primaria Juan N. Álvarez había llegado a su fin con la renuncia de la maestra Julia Paco Piza, se equivocaron pues los ‘cívicos’ no entregaron el plantel como se comprometieron y ahora están exigiendo la renuncia del resto de los mentores que estuvieron apoyando la conducta de la profesora destituida”.
Por eso el 17 de mayo muy temprano arribaron a esta ciudad el Procurador de Justicia del Estado Horacio Hernández Alcaraz y el director estatal de educación Prisciliano Alonso Organista, acompañados del capitán Enrique Arellano, comandante de la Policía del Estado, dependiente de la Dirección de Seguridad Pública y del jefe del grupo de agentes de la Policía Judicial con sede en Petatlán Rafael Radilla Maganda.
Dice Wilfrido Fierro que los funcionarios se dirigieron a la escuela “General Juan Álvarez”, para darle posesión al nuevo director y a los maestros: Javier Alonso Sagal, Martiniano Cantú, Juan Rivera, Fortunato y Clemente Díaz, Malaquías Pérez Alejo, Andrés Rabadán, María del Socorro Montoya, Mario Martínez, Antonia Nava Zamora y Teófilo Salas que habían permanecido leales a Julia Paco. Luego de cumplir su cometido a las tres de la tarde regresaron a Chilpancingo, dejando al capitán Enrique Arellano Castro como responsable del orden. Los policías se hospedaron en las oficinas del PRI ubicadas en Nigromante 3.
La noche de ese 17 de mayo, los integrantes del movimiento se reunieron en la escuela “Modesto Alarcón” donde organizaron el mitin del día siguiente a las 10 de la mañana. Fue una asamblea popular en la que se pedía el apoyo de la población.
Dice Ángeles Santiago Dionicio que los policías que vinieron a reprimir eran “puros escogidos, fornidos y con cascos blancos”. Días anteriores había llegado un dispositivo policiaco. Porque la escuela “Modesto Alarcón” donde trabajaba Lucio ya estaba vigilada, había guardias de civil apostados alrededor, que se asomaban a la escuela para enterarse de lo que ocurría al interior. En ese contexto se dio la reunión de la noche anterior a la masacre. Laura Castellanos en su libro México Armado 1943-1981 (2008) recoge el testimonio de Octaviano Santiago Dionicio que escuchó que un viejo le dijo a Lucio Cabañas:
“-No salgas Lucio. Hay informes de que si te ven en la calle te van a matar –dijo el señor.
-Si me quisieran matar ya lo hubieran hecho –respondió Lucio.
-No, no vayas –insistió el viejo.
-Sí, si voy a ir. Y voy a ir porque no creo que se atrevan a mucho. A lo más que se pueden atrever es a darnos unas pescozadas, quitarnos el aparato de sonido, y a meternos unas horas a la cárcel. Pero por si las moscas –dijo al final-, quien pueda llevar una piedra, que se las lleve, y allá nos vemos.”
El 18 de mayo, Hilda Flores Solís estaba en su casa cuando unas mujeres del mercado la fueron a ver, porque estaban preocupadas por la presencia de los policías, por eso ella antes de que comenzara el mitin se fue a ver el presidente Manuel García Cabañas para convencerlo de que se retiraran los agentes policíacos.
Según Laura Castellanos, le dijo “–Oye Manuel, a ver como está esta gente ahí.
Él le contestó –Yo no puedo hacer nada, ésta gente está por órdenes del gobernador, lo que pueden hacer ustedes es retirarse”.
Ese día Lucio salió por la mañana de la casa de su tío Antonio Onofre, como lo hacía diario, a dar clases a la escuela Modesto Alarcón. Era jueves y se sentía el ambiente pesado, había un silencio misterioso y la familia Onofre Gudiño estaba en tensión. Lucio llegó a la escuela como era su costumbre, era muy responsable en el horario. Faltaban 15 minutos para las 10 de la mañana de aquel fatídico jueves, cuando abandonó la escuela.
Era la hora del recreo, dejó a sus alumnos jugando salió de la escuela primaria Modesto Alarcón, caminó por la calle 18 de marzo, acompañado por algunos padres de familia, luego por Obregón y Arturo Flores Quintana. Al pasar por la calle Agustín Ramírez, le gritó al administrador de correos: “Córdoba vente para que te tiemblen las corvas”, luego subió por el callejón Melchor Ocampo y Nigromante para finalmente llegar a la Plaza Morelos, que estaba rodeada de policías judiciales y de la montada. Algunos estaban apostados como francotiradores en las azoteas. La gente lo vio llegar por un costado del Ayuntamiento.
El mitin se llevaba a cabo frente a la presidencia municipal, en el Zócalo, el sonido estaba bajo un árbol de tamarindo que había sido bautizado como “árbol de la victoria”. Había mucha gente del pueblo. Lucio Cabañas tomó el micrófono y subió a una silla para dirigir el mitin. Comenzó su incendiario discurso que movía las fibras más profundas del pueblo presente.