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domingo, 23 de julio de 2017

La Guaca IV


Víctor Cardona Galindo
Un día mi compadre Toño Peralta le metió unos balazos a un cabrón borracho que lo fue a insultar a su casa. Se vino de la sierra, y triste, ya de malas, se ocultó cerca de la playa, andaba buscando la forma de sobrevivir. Pero allá en los manglares le dieron ganas de hacer de sus necesidades, así que se metió tantito entre el monte. Colocó el sombrero en el suelo y se sacó la pistola calibre 25 que traía fajada en la cintura y la puso sobre el sombrero. Terminando sus necesidades quiso tomar la pistola, pero no pudo porque la había agarrado con sus tenazas un cangrejo que le apuntaba con precisión, con una maniobra lo quiso desarmar pero inmediatamente el cangrejo se hizo para atrás y le siguió apuntando. Sin dejar de enderezar el cañón el cangrejo se perdió entre los manglares desarmando a mi compadre sin remedio. “Mejor me voy para mi tierra, no quiero que me mate un cangrejo lejos de los míos”, dijo mi compadre derrotado.
Panorámica de la comunidad de El Paraíso tomada 
por el maestro Salvador Morlet Mejía en 1953. 
Foto: Colección de Esteban Hernández Ortiz.
***
En la Agencia del Ministerio Público había un jovencito, chofer del titular, que traía siempre fajada en la cintura una pistola calibre 9 milímetros Smith & Wesson plateada. Desde el primer día que llegó con ella el licenciado le dijo —está bonita tu pistola —aquí la traemos mi jefe, para una necesidad.
Cada día le preguntaba su jefe ¿y la pistola? —aquí anda, jefe, para cualquier necesidad.
Y un día no la llevó al trabajo y el jefe preguntó ¿y la pistola? Él contestó —la empeñé, mi jefe, se me presentó una necesidad.
***
Cuentan que en Santo Domingo vivió un hombre llamado Prócoro. Un día en una asamblea a Prócoro se le salió un sonoro pedo. Después de eso era la comidilla de todos, por eso avergonzado se fue del pueblo. Pero con el tiempo le entró la nostalgia por su tierra. Pensó que ya eran muchos años y que tal vez ya nadie se acordaría de aquél vergonzoso momento. Llegó de regreso y el primer día, después de limpiar su casa y de instalarse, se fue a dar una vuelta por la cancha. Todo mundo lo saludaba con cariño “ya nadie se acuerda”, dijo para sí. Pero llegó a la cancha del pueblo y vio a un joven que observaba jugar basquetbol. Prócoro le preguntó —¿cómo te llamas? —Clevert —contestó —¿y cuántos años tienes? —preguntó Prócoro. Clevert se quedó pensando y contestó —pues no sé, pero mi mamá dice que cuando el pedo de Prócoro yo tenía tres días de nacido.
***
En los años noventa, eran los tiempos del Ejército Popular Revolucionario. Un día hubo una balacera en el centro de la ciudad, dos jóvenes campesinos, que habían intentado asaltar una tienda, yacían en el suelo atravesados por las balas de la Policía Preventiva. Los dos portaban Cuernos de Chivo nuevecitos. Había llegado el Ejército y tenía acordonada el área. Los curiosos se aglomeraban en torno a las calles de Reforma y Álvaro Obregón. Hasta la multitud llegó bien “pedo” Cuauhtémoc Romualdo y como es chaparrito se alzó entre los demás y al ver los muertitos dijo en voz alta “eso no es nada, se va a poner más feo”. Al escuchar eso los soldados se le fueron encima y lo detuvieron. Dicen que había muchos testigos de lo contrario hasta lo hubieran desaparecido. Lo maniataron y lo entregaron a Neftalí Ponce que en ese momento era el comandante de la policía, con las estrictas órdenes que no lo soltaran hasta que el Ejército terminara de investigarlo. En ese tiempo todos éramos sospechosos se ser guerrilleros.
Por la mañana éste cronista llegó a la comandancia de la policía, afuera se encontraba un activo agente de Inteligencia Militar que sólo conocíamos por el apodo de El Titi. A boca de jarro me dijo —hey tú que le has hecho entrevistas a la guerrilla ¿conoces al comandante Cuauhtémoc? Le dije que no. —Las entrevistas han salido en mi periódico, pero yo no las hice. —Pero dicen que tú eres el contacto… pásale quiero que veas un cabrón que tenemos detenido, parece que ya agarramos el comandante Cuauhtémoc. Es chaparro, es fornido y parece que tiene entrenamiento. Por curiosidad entré a ver al supuesto jefe guerrillero y me encontré a Cuauhtémoc Romualdo temblando de la cruda. Le dije — ¡ora comandante Cuauhtémoc! —Se sonrió y me dijo —avísale a la maestra Lupe que estoy detenido.
Ya alguien le había dicho a la maestra Guadalupe Galeana Marín quien llegó rápido y dialogó con el síndico Elías Salomón. No se lo quería entregar porque el detenido estaba a disposición del Ejército. Era reo federal. Lupe respondió por él y lo dejaron ir. Le dijo a Elías —para cualquier aclaración yo lo presento. El síndico, por la amistad que había con la maestra, se echó la bronca y lo entregó. Quien sabe por cuantos días investigarían a Cuauhtémoc Romualdo a quien ahora con los años le recordamos, como guaca, lo que le hizo el Ejército, diciéndole “Eso no es nada, se va a poner más feo”.
Y hace poco alguien, que se oculta tras el anonimato de las redes sociales, le hizo la guaca de señalarlo como un peligroso narcotraficante. Él solamente se ríe con su carácter apacible y bonachón. Cuauhtémoc es de los hombres que nunca le harían mal a nadie. Es común encontrarlo guaqueando en los pasillos del Ayuntamiento. No deja títere con cabeza.
Tancho
El tío Atanasio Galindo también es un buen guaquero y cuenta muchas guacas de Los Valles. Una de sus favoritas son las aventuras de Tancho el curandero del pueblo.
Cuando Tancho curaba le rezaba a los espíritus recoquetones y les pedía que salieran del cuerpo de su paciente. “Espíritus recoquetones salgan del cuerpo de esta mujer”. “Espíritus recoquetones salgan del cuerpo de este hombre”, se escuchaba entre los rezos que solamente él entendía.
Un tiempo, En Los Valles, dieron por caer las jovencitas quinceañeras. Caían desmayadas y no se sabía porque, entonces mandaban a traer a Tancho, quien las curaba con flores y ramazos. Cierto día mientras curaba, un murciélago se metió a la casa y entre todos lo espantaron a sombrerazos, pero llegando con Tancho de un golpe lo mató y lo colocó en la esquina de la casa y le pidió a la familia que no lo fuera a mover de ahí si no querían que su hija recayera y habiendo terminado el ritual la jovencita se levantó muy sana y fresca.
Al día siguiente cuando se preparaba para ir a su milpa, corriendo le fueron a decir, que la nieta consentida de Bernardo Reyes había caído en un desmayo pesado y no había fuerza posible que la hiciera volver. La niña estaba desguanzada tirada en un catre. Tancho se volvió del camino para curar la nieta del hombre más rico del pueblo, pensó que ganaría una fortuna si la sanaba. Que Bernardo lo llenaría de gratificaciones. Pero por más esfuerzos que hacía dándole ramazos y rezando a los espíritus recoquetones. Nada, nada y nada. Entonces fue cuando se acordó del murciélago que estaba en la esquina de la casa del día anterior. Le dijo al papá de la muchacha que fuera a traer el murciélago.
El papá fue y lo trajo. Tancho frotó el murciélago por todo el cuerpo de la desmayada y al poco rato la muchacha revivió. Entonces mandó a enterrar el murciélago al panteón y la muchachita quedó sana. En eso salió Bernardo Reyes y le dijo —cuanto te debo muchacho. Tancho como no queriendo contestó —que sean doscientos pesos patrón. Entonces Bernardo Reyes dijo —No, ¿pero cómo?, me estás robando, ¡eso es mucho dinero! Y sacando unas monedas, le dio quince pesos. Tancho abandonó la mejor casa del pueblo lamentando la tacañería de su dueño.
Los rezos a los espíritus recoquetones eran efectivos. Tancho con su primo peleaban un árbol de aguacate que estaba en la cerca. Su primo decía que era de él porque su papá lo había sembrado y Tancho aseguraba que fue el suyo el que lo plantó. Un día Tancho subió al árbol para bajar los frutos. En eso su primo lo vio que andaba arriba y le dijo —¡ha! Cabrón con que robándome los aguacates. Buscó el hacha y comenzó a dar de golpes al árbol con Tancho arriba. El árbol se movía, Tancho sin poder bajarse y su primo muy enojado trozando la corteza. Entonces comenzó a rezar “espíritus recoquetones que moran en el cuerpo de este hombre, hagan que se apacigüe”. Sólo rezó tres veces cuando ya su primo dejó el hacha y se metió a su casa. Entonces Tancho sintió que el alma le volvía al cuerpo. Se bajó y corrió metiéndose en su vivienda. El árbol de aguacate se secó poco a poco.
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El general Tomás Gómez Cisneros siempre fue enemigo de los revolucionarios de Atoyac y los de acá contaban que después de una batalla en Técpan, Gómez salió derrotado y en su huida rumbo a San Jerónimo le dijo a su asistente —revísame creo que me dieron un balazo algo me escurre. —Mi general es mierda. —tope en eso mi teniente.
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Durante la guerrilla de Lucio Cabañas en Las Palmas muy cerca de El Ticuí dos batallones militares se confundieron y chocaron entre ellos. La batalla duró como una hora se tiraron muchos balazos y hasta granadas. La gente cuenta que un soldado gritaba —¿mi capitán, mi capitán, de qué color es la sangre? El capitán enojado y tratando de dar ánimo contestó —color de mierda. —¡Ay entonces ya me dieron, mi capitán.
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También de la guerrilla se cuentan guacas. Dicen que por la mañana llegó la guerrilla y se quedó a acampar cerca de un pueblo. Por la noche el guerrillero de guardia se escandalizó por la cantidad de luces que estaba viendo. Corrió a dar la voz de alerta “estamos rodeados, estamos rodeados por los guachos”, gritaba. Pero cuando todos corrieron a ver se dieron cuenta que se trataba del alumbrado público del pueblo, que era una de las primeras veces que se encendía en esa comunidad.
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Otra ocasión cuando caminaban cerca de una carretera los guerrilleros cayeron pecho tierra y se escondieron entre los arbustos porque pensaron que se acercaba un avión. Así permanecieron largo rato, el sonido se seguía escuchando y el avión no aparecía, hasta que un guerrillero se percató de que se trataba de la resonancia de un transformador de la energía eléctrica que apenas el gobierno había mandado a colocar por esos rumbos. Es que pasó que algunos guerrilleros se subieron a la guerrilla y dejaron sus casas alumbrándose con candil. Pero el gobierno estaba tan apurado en quitarle banderas a la guerrilla, que cuando regresaban ya había carretera, centro de salud, tienda Conasupo y hasta luz eléctrica en su casa. Muchos no creían lo que estaban viendo.
***
También el ex presidente municipal Luis Ríos Tavera en su libro El Guerrerense escribió un texto que se llama “Pescado Fresco” donde da luz sobre una guaca que se cuenta en la sierra, precisamente en la zona donde viven los Cabañas.
Se comenta que cuando comenzaba la guerrilla, un teniente de nombre Eustaquio Aguilar llegó con un destacamento de soldados y judiciales a San Vicente de Benítez para perseguir a Lucio Cabañas Barrientos. Le preguntaba a la gente si lo habían visto, la gente contestaba que no. Para hacer más efectiva su labor formó un grupo de voluntarios con campesinos enemigos del guerrillero. Pero por más que salían hacia los cuatro puntos cardinales de la sierra nada más no lo encontraban. De pronto el teniente comenzó a recibir pescado fresco y camarones de río para almorzar. Él seguía buscando a los guerrilleros y los pescados y camarones no dejaban de llegar.
Un día, en un campo abierto avistaron a los rebeldes, los voluntarios querían ir de una vez a los trancazos, pero el teniente Aguilar los contuvo, tal vez pensando en su hermosa mujer que lo esperaba en la ciudad. Los voluntarios se enojaron y lo mandaron a la chingada. Llegando a San Vicente de Benítez el teniente se encontró con una carta donde le pedían se presentara a la Ciudad de México para un curso de promoción.
Subió a su Jeep para abandonar la comunidad, en la salida se encontró a Luis Cabañas y se detuvo para despedirse. Le dijo —don Luis, si alguna vez llega a ver al maestro Lucio dígale que me hubiera gustado conocerlo, en otras circunstancias y saludarlo como amigo. —Qué bueno mi capitán —contestó Luis Cabañas— en cambio él dice que le dio mucho gusto conocerlo y quiere saber si le gustaba el pescado fresco que le mandaba todos los días.
El teniente dejó caer con afecto un golpe al hombro de Luis, al momento que el chofer arrancaba el motor del Jeep y el teniente se iba rumbo a la ciudad de Atoyac con la esperanza de no volver.



domingo, 16 de julio de 2017

La Guaca III


Víctor Cardona Galindo

Hipólito Cárdenas Deloya en su libro El caso de Ayotzinapa o la gran calumnia, registra algunas guacas de la zona de Tixtla y les llama “cuentos ingenuos de hombres buenos”. Un campesino de nombre Marcelino cuenta: Una vez fui con mi padre a la huerta, que estaba por el zanjón, a pixcar el maíz para acarrearlo a la casa. Llevamos tres mulas. En el terreno soltamos las mulas para que comieran libremente. Ya por la tarde, me dijo mi padre: tráete las mulas. ¿Dónde están?, pregunté. ¡Búscalas!, han de andar por allá abajo del zanjón entre el calabazal. Fui corriendo… volví… di otra vuelta y ¡ni sus luces de las mulas! Pues no están, papá, le dije. No se pueden haber perdido puesto que estando cerrado, ¡no se pueden salir! Esto es grande. ¿Cómo voy a creer que no las encuentres? ¡Búscalas bien! Volví al Zanjón. Oí ruidos como que roían… puse atención y seguía oyendo. Di vuelta a una calabaza que las mulas habían roído hasta hacerles un gran agujero por donde se metieron para comerse las semillas. ¡Nomás imagínense como eran del grandes las calabazas! 
Nuestros jóvenes grafiteros todo el tiempo están actualizando
 sus murales en los muros de la ciudad de Atoyac. Son muy 
creativos, y siempre están mejorando su técnica. 
Foto: Víctor Cardona Galindo. 


***
En su libro Atoyacadas Enrique Galeana Laurel escribe las aventuras de Carmelo Ríos quien siendo joven se fue a la revolución y como se la pasaban peleando no había tiempo para comer ni para dormir. Hubo una batalla donde tenían el enemigo cerquita que no les daba cuartel y “de tantos balazos el cañón del rifle se ponía colorao… colorao… entonces cada quien sacaba su pedazo de carne o tortilla y sobre el cañón calentábamos nuestro itacate”.
Carmelo fue un revolucionario muy bragado y muy temido. “Me tenían miedo porque en lugar de tener una mula o un caballo yo domé un toro y en él andaba y el toro bramaba en el monte y la gente escuchaba y decía ahí viene Carmelo Ríos”.
En tiempo de paz Carmelo se dedicó a sembrar maíz y calabazas en 50 hectáreas de tierra que tenía. Iba darle vueltas a la milpa montado en su yegua la Pisaflores, porque a pie se hacía tres días, “pero ese día la yegua no aparecía entonces por la noche me puse a lamparearla y de pronto entre surco y surco vi que una calabaza se movía y poco a poco me fui acercando con mi 30-30 y alumbré dentro de la calabaza… pos que creen ahí estaba la yegua comiéndose el pipián. La calabaza era más grande que la casa de mi tía Cayita”.
Los vecinos de su huerta de café estaban bien rajados porque en los montes andaba una culebra grande que hasta aullaba por las noches. Un día la culebra le robó un cuche cuino (gordo), así que agarró su 30-30, pero como dicen que a esas culebras no les entran las balas, entonces se llevó su machete bien filoso como un aguatito. Aquí el relato se pone muy sabroso con el aderezo que le agrega Enrique Galeana quien también es un guaquero de marca.
Entonces… “que me topo con la culebra estaba bien grande como 35 metros y de inmediato me tiró como 15 mordiscos… y como la tenía cerca empecé a pelear con ella desde las doce del día… eran las cuatro de la tarde y no podía matarla, eso si cada colazo que me botaba para tumbarme… zas con el machete le cortaba como metro y medio y así seguí hasta como a las ocho de la noche y ¿Qué creen? Cuando la culebra se regresó a ver cuánto le quedaba de cola vio que nada más era un zunquete y oí que la culebra dijo —seguro tu eres Carmelo Ríos —y se fue corriendo con su puro zunquetito y san se acabó”.
Cuenta Enrique que Carmelo Ríos andaba de cacería, a los pocos días en que el huracán Tara desoló la región y no había nada que comer. Traía solamente dos balas para su riflito calibre 22 y de pronto en el campo descubre dos grandes venados pastando tranquilamente “pensé tengo que matar los dos de un solo tiro. Entonces saqué mi cuchillo y se lo puse en la punta del rifle y al jalar el gatillo pos la bala se partió en dos y en la pura tatema (cabeza) le di a los dos venados, pero ya venía caminando y en un palo de camuchín vi como 80 chachalacas, pero como no soy bembo les apunté para que una sola bala atravesara varias y cayeron como 15, pero déjate de eso salí con ganancia por que la bala pegó en un palo de campincerán y rebotó hacia el arroyo y la misma bala mató un robalón (pescado) como de cien kilos y medio”.
Pero un día por traer su pistola fajada lo agarraron los rurales y se lo llevaron preso a la cárcel de Tecpan de Galeana, que era una galera de tejas y adobe. En ese tiempo los guardias dejaban pasar todo tipo de frutas “ y como llevaba en mis bolsillos como kilo y medio de billetes, compré 50 piñas y le di de comer a todos los presos con una condición, que como con la piña dan ganas de miar, que se miaran en la esquina de la barda y así obedecieron mis órdenes porque sabían que yo era más malo que las espinas de carnizuelo… ya muy noche esa parte de la barda estaba muy humedecida tanto orín y llegué le di una patada y esa parte se derrumbó y por ahí nos fugamos, al otro día que iban pasar revista no había nadie. Me llevé a todos para la sierra a cada quien le di un terreno grande para que sembrara café y desde entonces hay cafetales, si no fuera por mí ni siquiera se conocieran las matas”.

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Enrique Galeana dice que Anselmo Martínez, El Chulo, quien participaba en la danza de El Cortés, la danza del macho y los 12 pares de Francia, siempre tenía una forma especial de disfrazarse. Cuando todavía no había luz eléctrica en la ciudad se colocaba en el arroyo Cohetero rumbo a la colonia Sonora y se cubría con un cuero de vaca para espantar a todas las personas que atravesaban el arroyo camino a su casa.

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Un día que Carlitos Morlet andaba de cacería por el rumbo de Río Verde, cuenta Enrique en Atoyacadas, se le descompusieron las luces de la camioneta “entonces pensó como regresar a El Paraíso y como llevaba más de tres kilos de parque para una pistola, cada quince metros disparaba y con ella se iba alumbrando”. Al escuchar la balacera un venado salió a ver qué pasaba y Carlitos lo mató con la camioneta.

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Dice Carlitos que en una ocasión dos pistoleros se enfrentaron a balazos en El Paraíso, parapetados duraron cinco horas tirándose, pero como eran buenos tiradores y se tiraban al mismo tiempo no se mataron, porque las balas chocaban. “Al otro día fui a recoger todas las balas y las derretí para ponérselas de plomada a mi tarraya”.

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Un paisano se fue a vivir a Chilpancingo y allá desesperado por no tener novia, acudió con un brujo quien le vendió unos polvos del amor y un perfume para que con el “solo roce”, las mujeres cayeran en sus brazos. Caminaba con los polvos en la mano buscando la mujer de sus sueños, cuando se encontró una patrulla. Como los elementos de la policía preventiva creyeron que esos polvos eran cocaína, lo detuvieron para investigación. Al final, el polvo resultó ser talco. No era ningún menjurje diabólico ni droga. No pudo enganchar la mujer de su vida y todo quedó en el susto que le metió la policía.

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En Los Valles La Maitra era una mujer indígena y muy católica, trajo a bautizar a su hijo a la ciudad de Atoyac. El padre Isidoro Ramírez la recibió y antes de ir a la pila del bautizo le preguntó —¿Y cómo le piensas poner al niño hija?, —ella contestó —Yo creo que Usebio, Padre. El párroco quiso corregir —hija es con e, es con e. Cuando ya estaban frente a los padrinos le vuelve a preguntar —¿Hija cómo me dijiste que se iba a llamar?, —Pues Usebio padre. El padre vuelve a corregir —es con e, hija es con e. —Bueno póngale así como usted dice padre  —dijo resignada.  
Cuando llegó al pueblo la gente le preguntó que como le había puesto a su hijo ella contestó —Coné, así dijo el padre que se llamaba. Para todo le gritaban Coneee, esto. Conee lo otro. Todo el mundo siempre lo llamó Coné, como le había puesto el padre. Solamente cuando entró a la primaria se dio cuenta que se llamaba Eusebio.

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“Desde que Hildalgo /prendió la mecha /no hay un hijoelachingada /que la apague hasta esta fecha”, Fortina Rojas.

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El matrimonio de Gabriel y Regina Zahar, eran árabes, vivían en la casa donde vivió Eduardo Parra. En uno de los costados de la plaza principal de Atoyac. Como en ese tiempo no había bancos tenían todo el dinero en bolsas de lona. Una ocasión se les metió un ladrón del que se decía tenía pacto con el diablo. Ese mismo una ocasión se robó El Santísimo, cuando estaba encargado de la parroquia el padre Isidoro Ramírez, lo encontraron en el río todo aplastado, solamente se llevó las piedras preciosas que tenía incrustadas. Ese ladrón se metía a las casas y no lo sentían. Por eso muchas familias colocaban recipientes con agua debajo de las camas para que absorbiera el somnífero que echaba el ladrón.
Cuando sintió que el ladrón estaba dentro de la casa, Gabriel Zahar le gritó a su esposa —pásame la pistola, pásame la pistola. Doña Regina sabiendo que no tenían pistola contestó ­— y de dónde quieres que te agarre la pistola —de la cacha pendeja —contestó él.

Aquilino Salas, La Laura

Aquilino Salas fue uno de los mejores peluqueros de la región. Enrique Galeana lo recuerda porque se caracterizaba por andar vestido impecablemente de blanco. En su juventud fue aventurero, anduvo en un barco carguero recorriendo el mundo. Era muy ágil se echaba las maromas, hacia atrás, con mucha facilidad. Yo lo recuerdo siempre de blanco y tenía la característica de aguantar mucho tiempo sentado de cuclillas. Así se colocaba durante horas en una esquina del mercado Perseverancia.
Cuentan que una ocasión cuando trabajaba de minero en la mina Los Tres Brazos, donde extraían tungsteno, en lo profundo de la tierra encontró una pepita de oro. Los demás trabajadores le dijeron, —deja esa piedrita de todas maneras de la van a quitar al salir. —Me la quitan madres —contestó y se dedicó a limarla durante el turno. A la hora de la salida antes de llegar a la boca mina se la metió en el ano. Ahí la escondió. Cuando los supervisores lo revisaron no le encontraron nada. Aquilino también se hizo famoso por los pedos que cobraba a peso.
En día llegó bien crudo donde Juanche Galeana y éste no quiso fiarle una copa de mezcal, para curársela. Aquilino enfureció y le dijo —vas a ver cabrón ahorita te voy a matar. Se fue a El Ticuí y llegó al billar donde estaban todos los amigos de Juanche. Entrando suspiró y dijo triste. —Hay amigo se murió Juanche Galeana. Todos preguntaron —¿A qué horas? —Yo lo acabo de ver —comentó uno. Aquilino dijo —ahorita vengo de allá. Ponía la cara de compungido, al tiempo que de dejaba querer por los asombrados amigos que le acercaban unas cervezas frías para la tristeza. Se tomó tres y con eso curó la cruda. Se fue para su casa prometiendo que nada más iba cambiarse para regresar al velorio. Los amigos comenzaron a correr, compraron veladoras y flores. Llegaron a la casa de Juanche y lo encontraron acostado en la hamaca meciéndose.
Cuando Juanche le reclamó Aquilino se rió —te dije que te iba a matar por ojete y lo cumplí.

***
Aquilino pasaba a cortarle el cabello a Francisco Olea y a veces Francisco se lo cortaba a él. Un día Francisco le dice —oyes se me antoja un caldo de guajolote. Aquilino dijo —ahorita hombre. Se fue y en el callejón encontró un guajolote de su mamá, lo agarró y le amarró una liga en el pescuezo, el guajolote comenzó a contraerse queriéndose librar de la liga. Aquilino presuroso llamó a su mamá y le dijo –amá venga, vea ese guajolote tiene peste mire como le hace. Su inocente madre contestó –de veras mijo, anda llévatelo lejos de aquí, tíralo padre, antes que me vaya contagiar a los demás animales.
Aquilino tomó el guajolote, se lo llevó donde Francisco Olea e hicieron un festín al que concurrieron todos los borrachos de El Ticuí.


viernes, 23 de junio de 2017

Cuentos verdaderos

Víctor Cardona Galindo
“La joven maestra Ana María caminaba inquietamente de un lado a otro en la sala de su casa, exasperada salió al patio y observó el cielo: la luna era una rayita curva, parecía una uña brillante acompañada por un prendedor; respiró profundamente, como queriendo darse valor, faltaba un día para que iniciaran las clases después de las vacaciones de diciembre y aún no había decidido qué hacer: había sido notificada”, así comienza el libro Cuentos verdaderos del maestro Gilberto Solano López que el viernes 9 de junio presentamos en Atoyac y el 10 en el campus de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN) en San Jerónimo de Juárez.
El maestro Gilberto Solano López durante la presentación
 de su libro Cuentos verdaderos en Atoyac, acompañado
del dirigente de la CETEG en este lugar Faustino Rebolledo. 
Foto: Víctor Cardona Galindo.

En el evento de Atoyac estuvieron presentes maestros de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación en Guerrero (CETEG) encabezados por su dirigente Faustino Rebolledo y líderes sociales como Wilibaldo Rojas Arellano y Fortunato Hernández Carbajal. En San Jerónimo nos recibió el profesor Luis Rosas Gutiérrez coordinador del sub centro UPN San Jerónimo, el maestro Miguel Emigdio Santos Silva docente de la UPN y director de la escuela preparatoria número 23.
Cuentos verdaderos es un libro dedicado a la lucha magisterial y en contra de la mal llamada reforma educativa. El maestro Gilberto Solano López se jubiló hace dos años, es egresado de la Escuela Normal Rural Lázaro Cárdenas del Río ubicada en la comunidad de Tenería Estado de México, ha militado en las filas del magisterio democrático aun antes del nacimiento de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), por eso en este texto se encuentran historias reales aunque con un poquito de ficción.
El primer texto se llama “La maestra notificada”. Aquí el maestro Solano describe todas las situaciones que se viven en un primer día de clases, la emoción, la energía de los niños y el amor que tienen a sus maestros, incluso las carencias que se viven en las escuelas y los lazos de amistad entre los mismos maestros. Un contexto que el gobierno busca reducir a un simple examen de evaluación.
Por eso la maestra Ana María después de sentir el cariño de sus alumnos decide entrar en rebeldía, no presentarse al examen de evaluación y participar en la lucha magisterial. Dice el maestro Solano que aquí quiso “abordar la psicosis en que se encuentran los maestros jóvenes que nos saben que hacer, algunos deciden hacer la evaluación, aunque en Guerrero la mayoría se fue a la lucha. En lugares como Chihuahua y Sonora siguen notificando y quien no se presenta lo dan de baja. Únicamente en Guerrero, Oaxaca y Michoacán por la lucha que se dio el examen se dejó como voluntario, solamente se envía una ‘invitación’ a la evaluación”. Aunque consideró que después del 2018 se volverá a reactivar por eso la lucha debe continuar.
Cuentos verdaderos es un libro lleno de emociones y sorpresas. En el relato “Camaradas por siempre” el maestro Gilberto Solano trae al presente a Misael Núñez Acosta fundador de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) a quien reúne, en la misma época de lucha, con otros luchadores históricos Arturo Nava Torres, Nélida de Marcos Prudente y Antonio Vivar Díaz, todos ellos ya fallecidos pero que dejaron una huella imborrable en el movimiento magisterial y en la lucha popular.
Para la memoria del movimiento es necesario recordar que la tarde del 30 de enero de 1981, alrededor de la siete de la noche, cuatro disparos acabaron con la vida del profesor Misael Núñez Acosta. Fue herido por la espalda, cayó sobre la banqueta, a unos metros de la escuela primaria Héroes de Churubusco. “Quienes lo mataron no imaginaron que con su desaparición física se convertiría en uno de los símbolos más representativos del movimiento magisterial democrático de finales del siglo xx, que a 36 años de distancia aún sigue vigente”, comenta Laura Poy Solano en su texto “Misael Núñez Acosta un símbolo de la lucha magisterial”.
Al ser asesinado, Misael tenía 31 años de edad, era padre de tres hijos, maestro normalista y líder social, había acumulado en su corta existencia una larga lista de luchas por la defensa de obreros, colonos y maestros. Creció en la pobreza fue hijo de campesinos de la huasteca hidalguense y de religión protestante.
Su asesinato se debió a su activismo como líder del Consejo Central de Lucha (CCL) del Valle de México, corriente alterna y democrática del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) de la sección 36. Siempre se señaló como autora intelectual a Elba Esther Gordillo en ese tiempo líder charra de la sección.
Misael Núñez Acosta nació el 1° de agosto de 1949 en Tenango, municipio de Chapulhuacán, Hidalgo. Estudió la carrera de profesor de Educación Primaria en la Escuela Normal Rural Luis Villarreal del Mexe, Hidalgo. En noviembre de 1972 llegó al Valle de México, para trabajar en Xalostoc, Ecatepec, Estado de México, y tiempo después fue director de la escuela primaria Héroes de Churubusco, situada en Santa María Tulpetlac. También creó una escuela para alfabetizar adultos. En ese municipio fundó escuelas en las colonias de Texalpa y Tecuexcómac. Asesoró a los obreros que trabajaban en las fábricas de General Electric, Kelvinator y Hornos de México.
Un año después los asesinos materiales fueron detenidos. Rufino Vences Peña, Joel Vences Hernández y Jorge Mejía Pizaña, declararon ante el Ministerio Público que cobraron 300 mil pesos, y que fueron contratados por Clemente Villegas Villegas, entonces secretario auxiliar del secretario general del SNTE, Ramón Martínez Martín. Por su participación en el homicidio un juez les dictó 30 años de prisión, pero a los seis meses se fugaron del penal de Barrientos en Tlanepantla Estado de México.
En noviembre de 2002, la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (Femospp) citó a Elba Esther Gordillo a declarar por el asesinato del profesor Misael Núñez Acosta, no hubo avances el caso quedó desechado. Al maestro Gilberto Solano le tocó convivir con Misael Núñez Acosta quien era muy joven y estaba estudiando sociología rural en la Universidad Autónoma Metropolitana.
Y el caso más reciente ocurrió en Tlapa. Antonio Vivar Díaz, un joven de 28 años cayó asesinado al pie de la imagen de la Virgen de Guadalupe, por una bala que le dio en el pecho, en la colonia Tepeyac. Ese día los pobladores de es­a ciudad mantenían retenidos a 30 elementos de la Policía Federal en pleno día de elecciones. Los hechos de ese 7 de junio de 2015 se dieron en un contexto de agitación. Había en Tlapa un movimiento muy importante en contra del proceso electoral, por eso el gobierno envió un fuerte dispositivo de policías federales a esa ciudad. Después de la detención de maestros disidentes, la gente retuvo 30 policías y los encerró en la capilla de la colonia Tepeyac. Al amparo de la noche llegaron más agentes federales para rescatar a sus compañeros a sangre y fuego. En el operativo murió Antonio Vivar Díaz, quien era un joven estudiante de origen tu’un savi activista del Movimiento Popular Guerrerense (MPG). Un tiro certero en el pecho, disparado por la policía federal, le perforó el pulmón, dejando viuda a Itzel, su esposa, y  huérfano a Galeano, su hijo de 8 meses.
Antonio Vivar Díaz participaba en las manifestaciones de la CETEG se hacía llamar Comandante 0, tocaba muy bien la guitarra y cantaba canciones de protesta. Por eso Gilberto Solano lo trae a “Camaradas por siempre” junto a Nélida de Marcos Prudente aquella dirigente magisterial que enfrentó a caciquismo magisterial en la primera década de éste siglo, quien fue regidora de educación del Ayuntamiento de Tlapa y luego murió de cáncer. También confluye Arturo Nava Torres que murió hace poco y a quien la CETEG le debe una reivindicación. Este es un texto donde trata el tema de la infiltración del Estado al movimiento magisterial, quien con argucias los apapacha, “nos hacen sentir que somos iguales, que somos parte del poder. Algunos se la creen. Los apapachan y les gusta ese confort, pero cuando salimos no somos nada”, comenta Solano.
El texto número tres “La última batalla de un maestro jubilado” es un homenaje al maestro Claudio Castillo Peña quien murió el 24 de febrero de 2015 a manos de la policía federal y describe todo lo que se vio. El maestro Claudio durante muchos años estuvo al frente de la camioneta blanca, no podía caminar y usaba muletas. Los federales lo agarraron por sorpresa y eso impidió que pudiera salir de esa trampa.
 “Desde el mediodía, en el Boulevard de las Naciones una marcha magisterial avanzó rumbo al Aeropuerto Internacional Acapulco. La encabezaba una camioneta blanca en la que, con su legendario bastón y el micrófono en la mano, el maestro Claudio, con una gran convicción, arengaba e invitaba al pueblo a unirse a la acción de la protesta. A pesar de estar jubilado nunca faltaba a las manifestaciones, pues sentía en su corazón la necesidad de apoyar, de estar junto a los jóvenes docentes que resistían heroicamente las agresiones del gobierno.
La demanda principal: derogar la ‘Reforma educativa’ y salvaguardar el derecho al trabajo y de los maestros. Muchos, miles de profesores y profesoras, jóvenes y viejos, padres de familia y alumnos, marchaban protestando y gritando consignas, como queriendo convencer de los justo de su demanda a los oídos sordos de los funcionarios del gobierno.
Cuando el sol empezó a desaparecer entre los cerros, los docentes aún permanecían cercanos al aeropuerto. Miles de policías federales armados con escudos, cascos, rodilleras, pecheras, coderas, toletes y armas de fuego formaron una valla para contener el paso de los manifestantes. Hasta ahí llegó su marcha”.
“Frente a los antimotines, para tratar de contenerlos y evitar provocaciones, el movimiento acordó que se formaran tres filas; todas ellas eran de mujeres, la mayoría, maestras.
Los maestros se ubicaron en otros lugares y ‘el grupo de avanzada’, que era el encargado de proteger al movimiento, se sentó confiado en las banquetas, esperando información de sus representantes. Todo parecía normal, algunas maestras como para distraerse piropeaban a los federales, otras, con largas explicaciones trataban de convencerlos de los justo y correcto de la lucha, mientras que la mayoría gritaba consignas con pasión.
Inesperadamente irrumpió un autobús frente a las maestras. Una voz se escuchó gritar: -son compañeros. –Pero aquel no se detuvo y siguió avanzando hacia la valla. Ante el peligro de ser arrolladas, las mujeres corrieron aterrorizadas hacia los lados; el camión de pasajeros se precipitó contra los antimotines, se paró en seco, sólo tocando levemente sus escudos y de inmediato dio reversa. Las maestras quedaron atrás, ante el riesgo de ser atropelladas, por instinto de conservación, se aventaron fuera del alcance.
Al unísono, como parte de un perverso plan, las lámparas del alumbrado público se apagaron y reinó la oscuridad amenazante. Como a una señal, los antimotines se lanzaron tirando implacable y cobardemente macanazos, escudazos, patadas y todo tipo de golpes, contra la multitud despavorida y desorientada que no sabía hacia dónde dirigirse”.
Cerca del fatídico autobús se encontraba la camioneta blanca, y dentro de ella el maestro Claudio Castillo Peña, con su bastón aun lado, valiéndose del micrófono exhortaba a los antimotines para que no se mancharan las manos de sangre. Y les explicaba: -Ustedes también son pueblo, ustedes llevan a sus hijos a nuestras escuelas, por ellos, respeten, respeten… -Fue en vano; el automóvil blanco como el color de las paloma o las banderas que anuncian la paz, fue atacado por los federales, hombres y mujeres dirigidos por su comandante.
Agredieron al maestro, lo sacaron con violencia y ya fuera del carro lo golpearon con saña hasta que su cuerpo no resistió y le sobrevino la muerte”.
El último texto se llama “La fuerza de la juventud”, es una crítica al neoliberalismo, se hace hincapié en la incapacidad que tiene el capitalismo de darle trabajo a todos los profesionistas que salen de la universidad a pesar de ser excelentes. Durante el discurrir del libro se repite mucho el número 43. Dice el maestro Gilberto Solano que es porque los muchachos no aparecen. “Seguimos como los padres con la esperanza que aparezcan los 43 estudiantes desaparecidos de la normal de Ayotzinapa”.