domingo, 30 de diciembre de 2018

Crónicas del palacio XI

Para Cristina, ese regalo travieso que me dio la vida.
Víctor Cardona Galindo
Estos días a veces dan mucha tristeza. Para mí en lo particular, de niño, el festejo de la Navidad y el Año Nuevo fue muy triste. Esos días mis familiares se emborrachaban, entre copas y llantos era la única vez, en todo el año, que decían que me querían. Un Año Nuevo me la pasé toda la noche llorando atrás de unos costales de café, viendo a mis mayores embrutecerse con mezcal. Otro Año Nuevo me lo pasé frente a una fogata en el asoleadero de una huerta de café. Es decir para mí, de niño, los festejos de Navidad y Año Nuevo fueron traumáticos. Esos días, para los grandes, era beber.
Foto 1.- Casa típica en Huertas Viejas municipio
 de Coyuca de Benítez. Foto: Víctor Cardona Galindo.

Ya de joven, estos días, también me los pasaba borracho. En 1988 me la pasé borracho los 15 días de las vacaciones decembrinas. Una vez me pelee y otro Año Nuevo un pistolero estuvo a punto de matarme. Pero desde hace veinticinco años pertenezco a la cofradía de San Expedito, o sea que no ingiero bebidas embriagantes. Ya sin alcohol comencé a sufrir todos los años una tristeza interna que justificaba pensando que no había podido recuperar a mi hijo mayor. Pero también en la familia había un miembro que, todos los años, parecía que tenía la manda de echarnos a perder la fiesta. Comenzaba a beber desde temprano, siempre se le botaba la canica y todas las mujeres, incluyendo mi compañera, se ponían a llorar.
Hace veinte años por primera vez coloqué en mi casa un árbol de Navidad, fue a iniciativa de Víctor Jesús que exigió un pino con sus luces y música. Era ya 24 de diciembre y no encontré un pino que se acomodara a mi economía, estaban muy caros, pero mi amiga Graciela Radilla Rivera me regaló un pequeño pino que no soportaba encima la serie de luces y tuvimos que pegarlo, con Resistol, al piso para que no se cayera. Hacía un mes que había nacido Cristina, por primera vez sentí la felicidad en estas fiestas. Cristina iluminó nuestras vidas. Ese día a nuestro loco familiar se le volvió a botar la canica, pero nosotros, Víctor Jesús y yo bajamos al suelo a Cristina y nos acostamos alrededor de nuestro pinito. No nos importó lo que pasaba alrededor. Nosotros éramos felices.
Con el tiempo considero que no solamente el nacimiento de Cristina trajo luz a nuestras vidas. También fue que yo había iniciado un programa de reparación de daños, había perdonado y pedido perdón a muchas personas que en el pasado ofendí. Me había perdonado por dejar mi carrera, había perdonado a mi padre por su abandono y dejé de odiar, pero sobre todo dejé de competir con los logros de los demás, derribé el ídolo que había construido de mí.
De niño proyecté que sería el hombre más exitoso que se haya conocido. Tendría la casa más grande de El Ticuí, pero no se cumplieron muchas metas y eso hacía sentirme culpable y enojado conmigo.
Pero para 1998 ya estaba trabajando para recuperar al hijo que yo abandoné, estaba dando pasos seguros para concluir una carrera y me estaba enfocando en mi proyecto de vida. Del cual, a pesar de que las necesidades de la familia hacen alejarme, siempre vuelvo a él con coraje. Con el tiempo sé que no siempre se cumplen las metas, pero me empeño en ser mejor cada día. Las traiciones y desencantos siempre están asechando en cada esquina. Pero a mí no me preocupa porque trato de ser asertivo y siempre hago lo que me corresponde y un poco más. Trato de ser honesto con mis pensamientos y con lo que digo. Pero sobre todo no odio a nadie. No pienso en venganza alguna ni compito con nadie en sus logros. Me alegro cuando veo a los de mi generación con un carro nuevo. No todos tuvimos la misma plataforma de lanzamiento. Tengo lo poco que he podido obtener con mi esfuerzo, no le he robado nada a nadie, ese es mi orgullo. Hoy estoy tranquilo porque siempre hago lo que me corresponde, por eso es que siempre estoy contento en estos días y satisfecho. Este año que termina hice todo lo posible por avanzar en mi proyecto de vida, ese me da alegría. Y en veinticinco años no he probado una gota de alcohol, aun así soy alegre, disfruto de la vida y bailo hasta con el canto de los grillos.
Natalia
Sonó el teléfono de la Presidencia. Ese día me había quedado de guardia en la tarde y contesté. Buscaban al director de reglamentos y espectáculos. Eran los del Ayuntamiento de un municipio del centro del estado. Explicaban que habían hecho un estudio entre las mujeres de los burdeles de ese lugar y que una mujer de nombre Natalia había salido positiva de VIH  virus que provoca el Síndrome de Imunodeficiencia Adquirida (SIDA). Según ellos era una mujer que venía de Tijuana y que había estado trabajando unos días en ese lugar. Tenían información que después del estudio había huido para Atoyac o para Zihuatanejo. Dieron la descripción, era rubia, un metro sesenta y cinco centímetros de estatura, de ojos cafés claros.
Lo primero que hice fue pasarle el reporte al director de reglamentos que, inmediatamente, salió en operativo con una patrulla de la policía y encontraron a Natalia, una chava que trabajaba en La Escondida y cuya descripción encajaba con la que nos habían dado de aquel Ayuntamiento. Estaba yo arriba en la oficina de la sindicatura, cuando vi que la trajeron, al verla bajar con su pelo negro y un mechón rubio. Me puse frío, el estómago se me heló y los testículos se me hicieron más pequeños de lo que son.
Es que en el Ayuntamiento teníamos una cofradía de cabrones que estábamos en constante comunicación con los de reglamento, cada vez que llegaba “ganado” nuevo en los burdeles le caíamos. Éramos los primeros que les hacíamos la prueba, sobornando o chantajeando a los dueños de los antros.
“Amor de cabaret /que no es sincero /Amor de cabaret /que se compra con dinero /Amor de cabaret /Poco a poco me mata. Sin embargo yo quiero /Amor de cabaret”
Cuando llegó Natalia, me comentó un inspector de reglamentos —llegó en la mañana una buena a La Escondida,  —y por la noche fuimos. El dueño del bar era un viejo conocido, me la apartó en una mesa y le dijo —hoy te quedas con mi amigo—. Esa noche al calor de la copas hice el amor con Natalia, dos raund, de tres caídas, fueron a puño limpio. Era de esas mujeres complacientes, al cliente lo que pida. Al otro día como a la una de la tarde volví a buscarla en su cuarto y volvimos a estar juntos. Nos hicimos amigos, me dijo que venía de Tijuana. En ese tiempo todas las meretrices venían de Tijuana, aunque fueran de El Camarón municipio de Acapulco.
Por eso cuando la vi, ese día desde arriba de la oficina de la sindicatura, sentí que me iba a pegar diarrea. En ese tiempo, 1990, no se conocía ningún enfermo de VIH por estos lugares. Se decía que alguien había llegado del Norte con la enfermedad y que se murió secó, era el puro esqueleto, cuando espiró. Que la enfermedad comenzaba a manifestarse con granos en las axilas y diarreas. Esa noche tuve fiebre y un poco de vómito.
Se la llevaron ese mismo día, ya entrada la nochecita, en una ambulancia, rumbo a al municipio donde la requerían para ver, si ella, era la rubia enferma. Yo por si las moscas, terminé con mi novia, sin más explicaciones: le dije solamente que ya no quería seguir con ella, que no la quería. La pobrecita lloró, lloró y lloró. Yo solamente pensaba que tenía la enfermedad y que cualquier rato moriría seco en el puro esqueleto, como los perros cuando comen sapo.
Todos esos días me la pasé comiendo poco, retraído y un poco serio, todos me preguntaban — ¿y ahora porqué tan serio? — Nada explicaba y sólo recordaba los ojos de Natalia cuando la subieron a la ambulancia. Así pasaron dos meses cada día estaba peor, sentía que me daba diarrea, con cualquier cosa me enfermaba del estómago, seguido tenía calenturas, estaba como entelerido y vivía angustiado. Hasta que un día, el 5 de mayo, recuerdo que preparaba el programa alusivo a la Batalla de Puebla. Estaba acomodando el sonido, cuando al fondo de la plaza cívica vi una mujer de pelo negro y de ojos claros que se reía. Era Natalia. Me fui derechito a ella y a boca de jarro le pregunté — ¿Qué, no te habían llevado por sidosa? —, me reprochó —vale que ayudaste cabrón—, le explique que nada pude hacer.
Me dijo —esos pendejos me confundieron, me llevaron, pero luego llegaron con una mentada Oralia que estaba trabajando en Zihuatanejo y esa era la enferma, —pero tú dijiste que venías de Tijuana. —Pendejo, para empezar yo no me llamo Natalia, así me pongo para trabajar y no soy de Tijuana soy de Acapulco y estoy sana. 
La Cuesta del Pedo
Tenía 19 años y siendo por primera vez funcionario del Ayuntamiento, auxiliar de Actividades Cívicas era mi puesto y mi jefe fue Heriberto Muñoz Castillo, ahora mi compadre, un hombre de los más serios, horados y comprometidos que conozco. El primer domingo de enero de 1991 me mandaron a cambiar el comisario del Ojo de Agua. Un pueblito perdido atrás de los cerros, que están frente a Zacualpan. No aparece ni en el mapa del municipio de Atoyac, fui a buscarlo, entré caminando por Cayaco municipio de Coyuca de Benítez. Pregunté primero en Rancho Alegre y me dijeron que tenía que caminar hasta llegar a Pie de la Cuesta, una pequeña población que estaba antes de subir la Cuesta del Pedo. Una vez ahí tenía que pedir información del rumbo a seguir, así lo hice. Precisamente al pie del cerro me dio hambre, vi una pequeña cuadrilla de casas de bajareque donde rondaban unas gallinas sueltas. Los gallos cantaban. Hablé en una casa y nadie contestó, solamente un gallo cacareo escandalosamente, hable en otra vivienda y otra vez mi voz se fugó en el vacío.
Era puras chozas, típicas de esa región, construidas de bajareque con el techo de palapas de palma de cayaco y alisadas con barro rojo y amarillo. Entonces vi una casa de donde salía una pequeña columna de humo gris, hablé nadie contestó y la rodeé para ver donde estaba la puerta. Para mi sorpresa ese jacal no tenía puertas ni ventanas, eso ya no me gustó, sentí que se me enchinaba el cuero, pero de pronto de un costado de la casa, por abajo, levantando un pedazo de petate, salió a gatas un viejita, totalmente chimuela y risueña, — ¿que quiere maestro? Me preguntó al momento de que se paraba, la señora era una anciana chaparrita, cubierta por un vestido totalmente viejo y sucio. Le dije quiero almorzar—, luego diciendo —pásele pues— se agachó y alzó el pedazo de petate para que a gatas entráramos los dos a la choza. Le pregunté por qué la casa no tenía puertas. Y mientras echaba unas tortillas y calentaba los frijoles me contestó, es que cuando se emborracha el vecino le quiere caer a mi nieta, que está sola porque su marido se fue a trabajar a los Estado Unidos. ¿Y quién es su nieta? La interrogué, es la mamá de aquel chamaco me contestó, y me señaló la hamaca. No me había percatado que en una hamaca que colgaba del techo, estaba dormido un bebe de unos cuatro meses de nacido. ¿Y su nieta? Pregunté ella anda trabajando recogiendo cayaco.
Me contó que, todos los habitantes de la comunidad vivían de recoger cayaco largo y después de recogerlo y secarlo, lo vendían en la ciudad de Atoyac a los de la casa Galeana. Ellas vivían solas y un vecino borracho varias veces intentó caerle a su nieta, por eso cerraron las puertas de la casita y le dejaron solamente un hoyo al ras del suelo, que por la noche retacaban de leña y si alguien quería entrar de un garrotazo, en la cabeza, no se salvaba.
Terminé de comer y me fui. Llegué al Ojo de Agua, donde también comí, me dieron unos frijoles con salsa de tomate y queso de cabra. No pude hacer el cambio del comisario. Porque en el pueblo ya solamente quedaban tres casas que habitaban las familias de tres hermanos. Había un grupo de casas de bajareque y techo de palma cayéndose. Sólo esas tres estaban en perfectas condiciones, el comisario desde hacía tres años era uno de los tres hermanos. Me dijo que las demás familias se fueron porque un Año Nuevo se pelearon a balazos y hubo una matazón. Ninguna autoridad subió y fueron enterrados en silencio, todos en una fosa común. Familiares, amigos y enemigos yacen unidos por la muerte, son los primeros y únicos muertos del camposanto. Yo creo que las autoridades desaparecieron del mapa al Ojo de agua, porque para llegar al él, hay que subir la Cuesta del Pedo, está demasiado inclinada. A la mitad uno se quiere rajar y ya sabrán, que se siente cuando los aires nos abandonan por todos escapes y accesos. Aunque al llegar a la planicie, como premio el visitante, se encuentra con un verde prado sombreado por majestuosas palmeras de cayaco que llenan de fronda un terreno plano que atraviesa un arroyo de cristalinas aguas. El vital líquido emana del manantial que da nombre a ese pequeño pueblito: El Ojo de agua. 

viernes, 28 de diciembre de 2018

Octaviano Santiago Dionicio IV


Víctor Cardona Galindo
“Un buen método para entender algo consiste en seguir una historia”.
Zlata Filipovic autora de El Diario de Zlata.
Al egresar de la secundaria Octaviano Santiago Dionicio presentó examen en la escuela normal rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa. De 18 espacios que se otorgaban él quedó en el lugar número 7, mientras su compañero Saúl Pérez Juárez se ubicó en número 13. Pero no se concretó su ingreso a la normal porque su certificado no estuvo a tiempo. Recordemos que el director de la secundaria se lo había retenido a pesar de que tenía buenas calificaciones por participar en un movimiento exigiendo maestros.
Octaviano Santiago Dionicio cuando fue detenido
en 1972. Foto tomada de El Universal.

Por eso Octaviano Santiago aparecía en las listas de la normal, pero como sus documentos no llegaron a tiempo perdió la beca. Esporádicamente iba de visita a la normal. Saúl Pérez lo recuerda caminando por los pasillos de Ayotzinapa con sus libros de socialismo y comunismo.
Regresó de la Unión Soviética en 1969 y se inscribió en la escuela Preparatoria Número 1 de la Universidad Autónoma de Guerrero ubicada en Chilpancingo y vivía en la Casa de Estudiantes Número 1. Ahí lo conoció Nicomedes Fuentes junto a Rubén Ramírez Lozano “La Chiquitilla”.
Santiago Dionicio no estaba quieto, su activismo era total, ese mismo año se incorporó al movimiento en defensa de las normales rurales porque el gobierno federal había iniciado una ofensiva para desparecerlas. Como los líderes estudiantiles estaban siendo duramente acosados y vigilados, Octaviano le propuso al líder de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM) que salieran del centro del estado y que fueran a reunir en El Ticuí un pueblito cerca de la ciudad de Atoyac.
Como todos los estudiantes tenían que pasar a El Ticuí en el “pango” y ahí los detecto Wilfrido Castro Contreras y un tal Ochoa quienes en ese tiempo eran madrinas de la judicial y enemigos declarados de los comunistas.
Hubo una detención masiva de estudiantes: “Hoy domingo elementos del Ejército, Policías judi­ciales y Agentes de Gobernación hicieron acto de presencia en el poblado de El Ticuí, cuando se iniciaba un mitin "en contra del Presidente de la República Lic. Gustavo Díaz Ordaz y el Srío. de Educación Pú­blica Lic. Agustín Yáñez. Según la prensa porteña el mitin fue organizado por el Profr. Raúl Vázquez Miranda, estudiantes y elementos "Cívicos" de ideas comunistas. La policía logró detener a 9 jóvenes es­tudiantes en ese poblado”. Escribe el Cronista de la Ciudad el 17 de agosto de 1969, quien agregaba “El mitin de referencia fue para protestar por las disposicio­nes de la Secretaría de Educación Pública, en separar las Escuelas Secundarías de las Normales Rurales”.
Ese día se hizo también un operativo en la Escuela Primaria Federal “Modesto Alarcón”, miembros del ejército irrumpieron en las instalaciones de ese plantel educativo y desmantelaron un pequeño taller donde se reproducían volantes para información del movimiento. Se dijo que ese día se decomisó un mimeógrafo y 19 revistas de la URSS de fechas atrasadas.
Octaviano fue detenido, ese día, en El Ticuí por los militares que lo llevaron prisionero a la fábrica de hilados y tejidos después lo trasladaron al cuartel de El Calvario en Atoyac junto con otros estudiantes de normal de Ayotzinapa que fueron golpeados salvajemente. Su mamá Juana Dionicio era una mujer que nunca lo dejaba, ésta vez como otras, lo sacó de la cárcel.
Sin mediar los peligros Octaviano Santiago Dionicio siguió su activismo y sufrió de nuevo la represión. “Tres jóvenes que agitaban en Guerrero, presos”. Titulaba Últimas Noticias una nota de Rogerio C. Armenta el 19 de mayo de 1970, donde publicaba que: “Tres estudiantes que según la policía de seguridad estaban dedicados a la agitación en la sierra de Atoyac de Álvarez, en la Costa Grande Guerrerense, fueron detenidos y encarcelados. Se les recogió mucha propaganda en la que incitaban a la violencia”.
“Fueron capturados durante una acción por sorpresa y puestos a disposición del agente del Ministerio Público Federal en Acapulco. Ellos son: Valentín Nava Loza, estudiante de la normal de Ayotzinapa; Julio Castro Vázquez, de la UNAM; y Octavio Santiago Dionisio de la preparatoria local”.
“Toda la propaganda en su poder fue decomisada por el mayor Joel Juárez Guzmán, jefe de la Policía de Seguridad Pública del estado, quien al frente de sus hombres hizo la captura. El propio Juárez informó a la prensa los hechos”. Los jóvenes fueron acusados de incitación a la rebelión, disolución social y sedición.
Wilfrido Fierro registra el 18 de mayo de 1970 “En la madrugada de hoy, fueron detenidos los jóvenes estudiantes Octaviano Santiago Dionisio, Josafat Hernández Ríos, José Isabel Radilla Solís, Valentín Nava Loeza y Julio Castro Vázquez quienes estudian en Chilpancingo y Ayotzinapa Gro. La detención fue en esta ciudad de Atoyac, al ser sorprendidos pegando panfletos y pintando fachadas, incitando a la rebelión y a la violencia armada, por instrucción de los profesores Lucio Cabañas Barrientos y Genaro Vázquez Rojas, quienes operan como guerrilleros en la sierra de éste municipio”. “También fue detenido al día siguiente el señor Julio Hernández Hinojosa, por la policía judicial y puesto a disposición de las fuerzas federales, siendo golpeado salvajemente, muriendo en la madrugada del 20 del actual a consecuencia de los golpes”.
Como en otras ocasiones el cronista de la ciudad relacionó a Lucio con Genaro cuando en realidad nunca existió esa relación y en este caso menciona cinco detenidos esa noche por el mismo motivo. Pero después se supo que Josafat y José Isabel fueron detenidos en otro lado y que no formaban parte de los jóvenes activistas de izquierda.
En el libro Lucio Cabañas y el Partido de los Pobres. Una experiencia guerrillera en México su autor Eleazar Campos Gómez da su versión de lo que pasó esa noche  “El 18 de mayo de 1970 fueron detenidos los estudiantes Octaviano Santiago Dionisio, Israel (no recuero su apellido), Ramiro Onofre y Valentín Nava Cabañas que repartían volantes la noche del 18 de mayo en Atoyac. En esa misma noche fueron detenidos el mecánico Isabel y Josafat Hernández Ríos, hijo del presidente del comisariado ejidal de San Martín, Julio Hernández Hinojosa”.
Dice el Partido de los Pobres que “Isabel y Josafat andaban de parranda, otros dicen que andaban comprando una pieza de carro. La policía los detuvo acusándolos de subversivos. Al ser informado de esto don Julio fue a preguntar por su hijo al Ayuntamiento de Atoyac. Allí fue entregado a la policía judicial por un tal Benjamín que después se suicidó. La judicial entregó a don Julio al ejército, que lo torturó y castró hasta matarlo, acusándolo de colaborador de la guerrilla”.
La versión del Partido de los Pobres señala como principal asesino de don Julio al teniente Vicente Sosa, que fue ascendido a un grado más por este crimen y las torturas a decenas de detenidos.  
Octaviano Santiago nos dijo en una ocasión que: “Cuando agarran a don Julio nunca pensamos que las cosas llegarían hasta tal extremo. Era un hombre de trabajo. Si un día pasó la guerrilla por su corral no era culpable. Dicen que les dio unos cocos a los guerrilleros. Un hijo del señor trabajaba en una camioneta pasajera con el hijo de Agustín Mesino y los agarran sin deber nada. Los suben y los empiezan a golpear. Los llevan al cuartel sin deber nada”.
El cuerpo de don Julio Hernández Hinojosa, que murió a causa de las torturas, quedó tirado en un rincón de las instalaciones que la 27 zona militar tenía en Acapulco. Luego fue llevado a la funeraria Manzanares donde lo reclamaron por sus familiares.
Los estudiantes Octaviano Santiago Dionicio, Josafat Hernández Ríos, José Isabel Radilla Solís, Valentín Nava Loza y Julián Castro Vázquez fueron puestos el libertad el 21 a las tres de la tarde, habían sido detenidos el 18 de mayo, informaron los periódicos.
Después de salir de la cárcel Octaviano se retiró una vez más de su familia para seguir estudiando, pero también para seguir con su activismo político. En 1971 junto con Francisco Fierro Loza, buscó en Chilpancingo a su hermana Ángeles Santiago Dionicio para entregarle un rollo de billetes para que le comprara todo lo necesario a la maestra Hilda Flores Solís que había sido trasladada al penal de esa ciudad. Ya se vislumbraban sus pasos en la guerrilla.

Octaviano Santiago “guerrillero”

“Mi paso por la guerrilla no fue grande, fue relativamente corto, fue más o menos de un año. Yo lo que valoré muchísimo ahí fue la entrega de los hombres. El valor a cambio de nada, eso fue lo que a mí me conmovió y me hizo aguantarme ahí porque yo al principio iba de visita, pero cuando vi ese amor desmedido, yo lo veía hasta enfermizo pues me quedé ahí sin ninguna duda que eran gentes que iban a morir en la batalla y así murieron”.
Eso dijo Octaviano Santiago en una entrevista que a la doctora Judith Solís y yo le hicimos en la que habló de su paso por la guerrilla regular del Partido de los Pobres, pero su participación guerrillera va más allá de Brigada Campesina de Ajusticiamiento, integró los Comandos Armados de Guerrero y estuvo en las Fuerzas Armadas de Liberación.
En esos tiempos de persecución él utilizaba los seudónimos o nombres de guerra: Ángel Parra y Abraham Molina, escribió Raúl Sendic García.
A mi juicio la actividad que proyectó a Octaviano Santiago a la plataforma de la política estatal donde se mantuvo, fue su participación en la retención con fines expropiatorios del ingeniero Jaime Farill Novelo. Santiago Dionicio al ser detenido contestó con firmeza las preguntas de la prensa lo que le ganó simpatía. “Somos gente del Lucio Cabañas un profesor de mucho prestigio” habría dicho. Además de que ésta acción armada motivó un gran interés de la comunidad estudiantil hacia el movimiento armado.
El secuestro de Farill  se llevó a cabo el 7 de enero de 1972 a las 9 horas de la noche, la acción la hicieron los Comandos Armados de Guerrero, pidieron 3 millones de pesos por su rescate. Por este secuestro fueron detenidos: Guillermo Bello López “José”, Francisco Fiero Loza “Abel Rodríguez”, Octaviano Santiago Dionicio “Abrahan Molina”, José Albarran Pérez “Calvino” y Rubén Ramírez Lozano “La Chiquitilla”.
La prensa dio a conocer los hechos: “Cuatro hombres armados con rifles, al parecer M1, se llevaron en este puerto, con lujo de violencia, al ingeniero Jaime Farrill Novelo, cuando éste salía de la escuela preparatoria número 2, de la que es director a las 21:05 horas”, informaba El Universal en su edición del 8 de enero. En ese tiempo la preparatoria 2 estaba sobre la avenida Universidad. “Eran cuatro hombres, uno de ellos con sombrero de palma y con tipo costeño, lo sujetaron y lo subieron a un vehículo”.
Según el Excélsior se lo llevaron cuatro sujetos armados, cuando salía del plantel “lo obligaron a subir a un automóvil y enfilaron hacia la costera Miguel Alemán”.
“Los Comandos Armados de Guerrero y la Brigada Campesina de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres, pidieron tres millones de pesos, la publicación de un documento y la devolución del cincuenta por ciento de las cuotas de cobra la preparatoria local por inscripción del alumno, a cambio de la libertad del ingeniero Jaime Farill Novelo”, escribió Enrique Díaz Clavel.
Nicomedes Fuentes que en ese tiempo era estudiante de la Universidad Autónoma de Guerrero dice “Me llamaron mucho la atención las demandas, porque el ingreso a la preparatoria de Acapulco era carísimo, una de las demandas era que bajaran las cuotas de inscripción. Era una demanda muy sentida para los estudiantes que les daba la oportunidad de poder ingresar a la escuela”.
El pago del rescate no llegó a entregarse porque Farill fue rescatado por la policía y El Ejército en cerro del Veladero. Las otras demandas si se cumplieron con el costo de la aprehensión de ocho miembros del Partido de los Pobres, que fueron presentados a los medios. Sin embargo hubo otros detenidos que fueron brutalmente torturados y luego fueron liberados a sufrir las secuelas de la tortura. Pero de eso hablaremos en la próxima entrega.



martes, 25 de diciembre de 2018

Hilda Flores Solís, una luchadora social incansable

Víctor Cardona Galindo
La maestra Hilda Flores Solís pasó sus últimos días en la casa de Día del Adulto Mayor ubicada en la colonia Loma Bonita. Recibía una modesta pensión de 7 mil pesos mensuales de parte del Ayuntamiento, que además por un tiempo hizo cargo de comprarle sus medicinas. Doña Estela Arroyo Castro y Ángeles Santiago Dionicio se encargaron de su atención. Las regidoras del PRD y de Movimiento Ciudadano en su momento la visitaron con frecuencia. Algunos familiares y supuestos acreedores acechaban, con cierta codicia, sus pocos bienes. Ella hasta el final mantuvo su lucidez sin renunciar a sus principios.
La profesora Hilda Flores Solís cuando fue detenida
en 1971. Foto: Tomada de El Universal.

El nombre de la maestra Hilda Flores Solís está ligado a la historia reciente del pueblo de Atoyac y a los reclamos sociales de equidad de género, democracia, paz y justicia social. Nació el 3 de diciembre de 1933, fue hija del líder obrero socialista David Flores Reynada y de Concepción Solís Jiménez quien murió al darla a luz. Hilda procreó un hijo con José Guadalupe Mendoza Aguirre originario de Tlapehuala Guerrero y lleva el nombre de David Mendoza Flores.  
Su padre fue fundador del comité agrario en los años 20 y del Partido Socialista en Atoyac, durante los tiempos del general Adrián Castrejón. Fue fusilado el 9 de abril de 1934 en el campo aéreo de El Ticuí durante la gubernatura del general Gabriel R. Guevara, tras una intriga urdida por sus enemigos los reaccionarios de Atoyac y del estado.
A la muerte de sus padres, Hilda fue cuidada y educada por su tía Elizabeth Flores Reynada, una luchadora social de la época cardenista, que fundó una organización de mujeres campesinas. Elizabeth Flores fue la primera mujer que participó en la política en nuestro municipio, al encabezar a las mujeres que exigían el reparto de tierras.
Hilda estudió la primaria en la escuela Juan Álvarez (Antes Escuela Real) hasta segundo año, luego pasó al colegio América en Acapulco en donde estuvo internada gracias a una beca que pagaba la cooperativa de la fábrica de hilados y tejidos de El Ticuí, que llevaba el nombre de su padre, dirigida en ese tiempo por Enedino Ríos Radilla y Rómulo Alvarado.
Su labor docente la inició a la edad de 13 años como maestra municipal, en la escuela Juan Álvarez, su pago era de 12 pesos a la quincena, allá por el año 1947.
Con ganas de saber, siguió estudiando por su cuenta y en los meses de julio y agosto asistía a los cursos de la Escuela Normal de la Universidad Autónoma de Guerrero, donde hizo la secundaria y estudió parte de la Normal.
Luego por intervención del líder magisterial Othón Salazar Ramírez llegó a estudiar en La Escuela Nacional de Maestros, al mismo tiempo era secretaria del Movimiento Revolucionario del Magisterio (MRM) y trabajaba haciendo documentos para el público en la calle de Donceles en La Ciudad de México. Su participación en el MRM la llevó a cultivar amistad con luchadores sociales de la talla de Gilberto Rincón Gallardo y a conocer el frío de la ciudad de México cuando llevaba comida al plantón de maestros y se quedaba a dormir en el suelo en improvisadas camas de cartón.
Cuando regresó a su tierra trabajó de nuevo en la escuela Juan Álvarez y se incorporó al movimiento local de revolucionarios que querían mayores oportunidades para el pueblo. Formó parte de aquella histórica célula del Partido Comunista Mexicano en Atoyac. Fue en la calle Hidalgo 20, en la casa de la maestra Hilda Flores donde comenzaron a reunirse los comunistas atoyaquenses.
“Porque fue el Partido Comunista Mexicano quien dio forma, estructura y dirección al movimiento popular y democrático. La célula del partido nació en 1964, la conformaron además de Hilda Flores y Elizabeth Flores Reynada, hombres como Juan Mata Severiano, Isidoro Sánchez López, Juan Reynada Víctoria, Juan Fierro García, Serafín Núñez Ramos, Lucio Cabañas Barrientos, Carmelo Cortés Castro, Dagoberto Ríos Armenta, Antonio Onofre, Luis Gómez, Guadalupe Estrella, Telésforo Ramírez Castro, Inés Galeana, Franco Castillo Téllez, Raúl Vázquez Miranda, Francisco Zamora Baez, Gabino Hernández Girón, Félix Bautista Matías y Jacob Nájera”. “Entre los jóvenes comunistas destacaban Octaviano Santiago Dionicio, Pedro Martínez Hernández, Francisco Fierro Loza, Félix Bello Manzanares, Andrés Gómez y Gaspar de Jesús”, recuerda Decidor Silva Valle. También estaban: Francisco Estrella y Armando Bello Pérez.
La Unión Nacional de Mujeres filial del PC logró importantes avances bajo la dirección de la maestra Hilda Flores Solís, quien también colaboró activamente en el movimiento cívico que provocó la caída del gobernador Raúl Caballero Aburto, en la formación de la Central Campesina Independiente, en el MRM y apoyó de manera decidida la formación de la colonia Mártires de 1960.
Con Lucio Cabañas participó en el Frente Electoral del Pueblo que lanzó para presidente de la república a Ramón Danzós Palomino. Los dirigentes nacionales del Partido Comunista llegaban a su casa, en donde se realizaban las reuniones.
Eso llevó a despertar la ira de las oligarquías que gobernaban en ese tiempo. Tanto que el día primero de mayo de 1971, fue detenida y secuestrada por 13 agentes de la Policía Judicial encabezados por el general Vicente Fonseca, quienes se la llevaron de forma violenta a las 7:15 de la mañana, cuando ella se estaba preparando para ir a dar clases, a la escuela primaria Herminia L. Gómez.
Cuando su tía Elizabeth les pidió la orden de aprehensión los judiciales le contestaron “usted no diga nada”. Vicente Fonseca no se metió a su domicilio, esperó afuera, mientras los agentes la sacaron de su casa y la subieron a un coche rojo. Al inicio del trayecto hacia Acapulco le pusieron una capucha.
En las afueras de Atoyac, en el lugar conocido como La Trozadura, la bajaron sin sandalias y la metieron a un lugar lleno de espinas donde se lastimó los pies. Recuerda que ahí en La Trozadura le dijeron que se quitara el vestido, ella se negó, fue cuando dijo el oficial al mando: “Esta vieja está bien preparada vamos a subirla otra vez”..
Ese mismo día el general Hermenegildo Cuenca Díaz informaba a la prensa en Acapulco sobre las “aprehensiones de personas ligadas a las actividades de grupos terroristas que operan en la zona cafetalera”. Los detenidos además de Flores Solís eran: el padre de Genaro Vázquez, Alfonso Vázquez, Agustín Flores, Bertoldo Cabañas, Luis Cabañas y Onésimo Barrientos. Todos fueron trasladados al Campo Militar Número Uno.
“Hilda Flores Solís, colaboradora y contacto vital con los cabecillas bandoleros Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas Barrientos, fue aprendida ayer en su domicilio (Hidalgo 24) de Atoyac. En dicho lugar se efectuaban reuniones periódicas con individuos como Othón Salazar, Ramón Danzós Palomino, Manuel Marcué Pardiñas, Miguel Arroche Parra y otros, calificados como izquierdistas recalcitrantes y agitadores”, publicaba El Universal en su edición del 2 de mayo.
Hilda después de su detención fue trasladada a las instalaciones de la 27 Zona Militar en Acapulco. Durante su cautiverio la sacaron en una lancha y le dieron un paseo por el mar, y así como estaba vendada de los ojos la agarraron de pies y manos como si fueron aventarla al agua. También la amenazaron con subirla a un helicóptero y lanzarla al mar. Le exigían declararse culpable de ser cómplice de la guerrilla de lo contrario su hijo David, en ese entonces, de 2 años iba a pagar las consecuencias, porque que ya lo llevaban en otro vehículo rumbo al Fuerte de San Diego.
La maestra Hilda Flores recuerda que sus torturadores querían información sobre el maestro Lucio Cabañas: “Les dije que al profesor lo había visto el 19 de mayo de 1967, un día después de la masacre del 18 de mayo que estuvo en mi casa, con un grupo de mujeres y hombres que lo fueron a dejar”.
Hilda Flores siempre ha sido clara en decir que su participación con Lucio Cabañas fue en la lucha cívica y después que se fue a la guerrilla se perdió el contacto. Porque fue de su casa de donde salió Lucio Cabañas aquél 19 de mayo de 1967 rumbo a la sierra para formar el Partido de los Pobres y su Brigada Campesina de Ajusticiamiento.
La maestra permaneció sometida a tormento físico y psicológico durante cuatro meses en el Campo Militar Número Uno. Luego fue trasladada por Acosta Chaparro a la penitenciaría de Chilpancingo el 7 de septiembre de 1971, de donde salió el 17 de diciembre de 1974, a los pocos días que en El Otatal muriera en combate contra el ejército Lucio Cabañas Barrientos.
A los dos meses de estar presa en Chilpancingo, el Comité Armado de Liberación “General Vicente Guerrero” que encabezaba Genaro Vázquez en su comunicado del 24 de noviembre de 1971, pidió como una de las condiciones para liberar al rector de la Universidad Autónoma de Guerrero, Jaime Castrejón Díez: “poner en manos de los tribunales legales de justicia a todos los campesinos que padecen detención indefinida e incomunicación y declaraciones arrancadas con torturas de participación en nuestro movimiento revolucionario armado”. Y da una lista de 15 personas entre ellos la única mujer, Hilda Flores Solís.
Se preparaba la salida a Cuba de los presos políticos: Florentino Jaimes Hernández, Mario Menéndez Rodríguez, Demóstenes Onofre, María Concepción Solís, Ceferino Contreras Ventura, Antonio Sotelo, Ismael Bracho y Santos Méndez Bailón.
Hilda Flores contestaba al enviado especial de El Sol de México, S. Paredes Quintana el 21 de noviembre del 71: “Soy inocente y nada tengo que ver con Genaro Vázquez, a quien ni conozco. No puede aceptar la liberación en tales condiciones. Genaro no es mi abogado. Sólo me sacaran de aquí con una boleta oficial de libertad, a la que tengo derecho porque soy inocente de todo lo que me achacan”.
Eduardo Téllez Vargas escribió en El Universal en la edición del 22 de noviembre: “Hablamos con la profesora Hilda Flores Solís, la cual niega también ser gavillera, aunque si confiesa ser admiradora de Genaro y que de serle posible se iría con él a la sierra. Explicó que si es amiga personal de Lucio Cabañas, otro gavillero”.
En ese contexto el 27 de noviembre Hilda Flores declaró a Rogelio C. Armenta corresponsal de Ultimas Noticias “yo no conozco a Genaro. Mejor que no haya pedido mi libertad. Eso demuestra que nada tengo que ver con él”.
El periodista la describió “de baja estatura, humildemente vestida, de mal humor, morena de rasgos indígenas”.
Al salir de la cárcel Hilda Flores siguió su militancia en el PCM, después en el Partido Socialista Unificado de México, luego en el Partido Mexicano Socialista, donde su activismo la llevó a ser  candidata a diputada local y a síndica. Su última hazaña es la de haber participado en la fundación del Partido de la Revolución Democrática.
Hilda Flores hizo gestiones para recuperar su plaza en la Escuela Primaria Herminia L. Gómez que perdió cuando fue detenida. Pero los gobiernos del estado y federal le condicionaron el retorno a su plaza siempre y cuando abandonara sus ideas y al movimiento social. Ella no aceptó. Prefirió seguir en la pobreza que claudicar, por eso no tiene pensión federal. Fue durante el interinato del alcalde Wilbaldo Rojas Arellano y con la colaboración decidida de Julio César Ocaña Martínez que por acuerdo de cabildo se instituyó esa modesta pensión municipal de la que gozó hasta su muerte.
El Ayuntamiento de Atoyac, durante el periodo de Pedro Brito García y a iniciativa de la regidora Ángeles Santiago Dionicio, reconoció a Hilda Flores Solís el día 17 de octubre del 2007 cuando se realizó una sesión solemne de cabildo,  para homenajear a una vida de lucha. Se rindió homenaje a más de 60 años de participación social. Ese día se instituyó la presea “Hilda Flores Solís” que fue recibida por la propia Hilda Flores Solís.
A cinco años de su creación esa presea para honrar el mérito femenino ha sido otorgada a la ex alcaldesa María de la Luz Núñez Ramos, a la defensora de los derechos humanos Tita Radilla Martínez, a la escritora Judith Solís Téllez, a la fundadora del PRD, María Manríquez Cuevas y a la cantante Kopani Rojas Ríos.
Hilda Flores murió el 12 de marzo de 2014 alrededor de las 10 de la mañana, sus restos descansan ya en el panteón principal de Atoyac a lado de su madre de crianza Elizabeth Flores Reynada quien fuera también su mentora y compañera de lucha. 

domingo, 23 de diciembre de 2018

El corte del café


Víctor Cardona Galindo
La ciudad de Atoyac huele a café. Las primeras plantaciones han cumplido 121 años. Los torrefactores siguen tostando el aromático grano, han sobrevivido pese a las fluctuaciones del precio, y las calles siguen impregnándose del olor. Se antoja por las mañanas saborear un jarrito con ese líquido negro acompañado de pan.
El capitán Florentino Zeferino García anota la cantidad de
café cortado en un día en la huerta de Anita García Gudiño
 en Río Santiago, en la cosecha de 1959. Archivo de Omar Eugenio.

Kopani Rojas compuso y canta “El cafetalero”: Huele a tierra mojada que se despierta entre el pinar/ Bendita la tierra mía en donde tengo mi cafetal/Con mi tirincha al hombro y mi itacate voy a surcar/ pachol por pacholito la madre tierra voy a preñar. / Que huele a café/huele a tierra mía/ que huele a café/ huele a mi Atoyac.
En la Monografía de Atoyac, Wilfrido Fierro Armenta escribió que el café fue traído y sembrado en el año de 1882, por el señor Claudio Blanco, en su finca El Gamito (Hoy El Porvenir), usando semillas que le regaló un amigo de Michoacán. La citada finca, del señor Blanco fue vendida a Gabino Pino en 1887, estaba sembrada en su mayor parte de plátano.
Pero ya para establecer con formalidad las plantaciones, el café fue introducido a Atoyac por el señor Gabino Pino González, desde Tapachula, Chiapas en 1891, donde recibió instrucciones sobre el proceso de producción y beneficio, sembró el café en una finca cercana a La Soledad. Gabino Pino invitó al técnico guatemalteco Salvador Gálvez, quien vino con él y realizó estudios de la tierra en un campamento al que bautizó con el nombre de El Estudio. Cuando las huertas estaban en producción, construyó unas máquinas de madera para despulpar y secar el producto.
Por investigaciones de doña Juventina Galeana Santiago se sabe que don Gabino Pino no sólo trajo a Gálvez como técnico, también vinieron con él Nicandro Corona y Jerónimo Loza. Don Nicandro puso una finca cafetalera que denominó El Zafir y don Jerónimo instaló otras plantaciones que llamó El Porvenir.
Actualmente de la superficie sembrada de café, el 60 por ciento es de la variedad Típica o Criolla, un 30 por ciento Bourbón y el 10 por ciento están sembradas de Caturras, Mundo Novo y Catuaí.
Hay familias que año con año van al corte del café, cuidan sus parcelas y se aferran al cultivo. Son los que mantienen viva la actividad. La mayoría hace años que ya no las trabajan y las huertas están perdidas entre la selva. En los mejores tiempos del café a la par de los jilgueros se escuchaba el cantar de la peonada entre cerros y hondonadas, la vida en la sierra en aquellos tiempos era bonita y “nos emocionaba ir a pasar las vacaciones a las huertas”. Bueno a muchos los sacaban de la escuela en la temporada de cosecha para reforzar la mano de obra. Los patrones iban a Chilapa por los peones, de allá traían las tirinchas para el corte, los zarapes y gabanes para el frío.
En el campamento sabíamos que iba amanecer cuando aparecía “el lucero atolero” a esa hora se levantaban a prender el fuego para poner el café. Con el olor a la bebida se levantaban los peones que afilaban los machetes y al amanecer se encaminaban rumbo a las huertas, mientras que mi padre rajaba leña y mi mamá lavaba el nixtamal para las tortillas.
Uno de nuestros cronistas José Hernández Meza dice que en el  principio de esta actividad agrícola era la misma gente de la ciudad de Atoyac y de las comunidades serranas las que hacían el corte. Posteriormente se optó por traer mano de obra campesina de la región de la montaña. Los hombres venían vestidos de manta y las mujeres cargaban colgando en los rebozos a sus chamacos, así trabajaban y los amamantaban dándoles vuelta en el rebozo mientras ellas seguían cortando café, algunas hasta se cortaban 10 latas, (la lata es una medida de 13 kilos aproximadamente)
Hernández Meza explica que para cortar la cereza madura del café antes se hacía una bolsa de tela que se colgaba amarrada a la cintura del cortador llamada “naguada”, la cual fue suplida por una bolsa tejida de palma llamada “Tirincha”, que se confecciona en la región de Chilapa.
“Una vez llenada la naguada o tirincha, el café se va almacenando en un costal que se va llevando de surco en surco y al término de la jornada se mide por latas para poder hacer el pago de la recolecta, todo esto se hace en los patios de secado o asoleaderos  que por lo general están siempre junto al jato o campamento, y estos se encuentran en los lugares accesibles de las huertas”.
Al caer la tarde los peones salían por las veredas de las huertas, traían en el hombro lo cortado en el día, ayudados por los que fueron a chaponar, el capitán les medía con las latas para ir anotando en el cuaderno cuanto les pagarían al final de la cosecha.
Al oscurecer poco a poco se iban juntando alrededor de la fogata de ocote, para contar historias, jugar barajas o cantar al compás de la guitarra. Los niños del patrón y de los peones se juntaban para jugar a la rueda de San Miguel o al encantado. Poco a poco el campamento se iba quedando en silencio y sólo se escuchaba la respiración uniforme  de la gente y los ronquidos. Los peones dormían entre las huertas en enramadas que hacían con hojas de pito o de plátano. Otros construían sus viviendas con costales apilados sobre las varas para que nos les pasara el rocío.
Cuando todos soñaban entonces despertaban los encantos de la montaña: un hombre talaba árboles toda la noche, se escuchaba el hacha cortar, luego un jadeo cuando estaba cansado. Los pinos tronaban y rechinaban movidos por el viento que parecía llorar. Al fondo de la selva una loma ardía, un tesoro estaba enterrado. De pronto el rugido del jaguar que afilaba sus garras pegándole al mangle. La martica un mono que habita nuestra sierra, dejaba salir su chillido muy cerca comiendo los frutos de un árbol de zapote a donde bajaba todas las noches. Los perros ladraban alrededor del campamento y a veces aullaban.
Cuando llegábamos a la huerta papá hacía la casa con troncos de árboles y varas. Instalaba el campamento, después de hacer la chimenea para la comida, hacía las camas. Cortaba muchas varas, las trozaba del mismo tamaño, luego las iba amarrando con mecate o con majagua, muy juntitas. Hacía seis pozos en la tierra donde colocaba unas horquetas, les atravesaba un tronco delgado de árbol y luego ponía las varitas que había techado. Era una cama de varas. Se le colocaba un petate encima y luego un zarape. Después de poner brasas alrededor de las patas de las camas nos dormíamos.
Al siguiente día después de ir por la leña, cortaba unos troncos de árbol. Todo el día se dedicaba a labrarlos con el machete y ya que estaban las tablas entonces hacía cuatro hoyos en el suelo y les colocaba unos palos, para luego clavarles las tablas que había labrado, de esa manera hacía el comedor. Después hacía tablas para los asientos, también las patas iban enterradas en la tierra. Así comíamos en la sierra en donde los frijoles saben sabrosos.
En las huertas había una gran variedad de plátanos. Alrededor del campamento estaban unos amates grandes, y circundaban el asoleadero: ciruelos, aguacates, zapotes y guayabos, frutillas, amoladores, lechosos. Llegaba el aroma de los arroyuelos y en el arroyo grande había grandes pozas para bañarse, muchos camarones langostinos y perros de agua (nutrias).
Podíamos ver muchos tejones, tucanes, jilgueros y margaritas, urraquillas verdes por parvadas. Gavilanes y aguilillas. Había ardillas en los árboles y venados. Se oía el canto del guaco y las chachalacas.
Por las tardes escuchábamos el canto de las fronjolinas y las codornices mientras se podía ver la puesta del sol desde una lomita. Por las noches las pichacuas parecía que gritaban “¡caballero!, ¡caballero!”
El asoleadero era largo. A lo lejos se escuchaba el cuu-cuu de una paloma morada, se identifican por el sonido, tienen las patitas moradas y mucha carne en la pechuga y son muy sabrosas guisadas con caldito de jitomate. En la sierra nos comíamos todo, papá ponía cacaxtles (una trampa prehispánica que se hace a base de varas) donde caían las palomas torcazas y moradas, codornices y hasta chachalacas.
Atrás del campamento en una rama de un ocote seco permanecía todas las mañanas un guaco, una especie de águila que habita en la sierra, y cantaba ¡guacoo! ¡guacoo! ¡guacoo! Era su rutina vernos correr por todo el asoleadero, porque en ese tiempo no trabajábamos, éramos solamente la compañía de mi mamá quien se encargaba de cocinar. Al final del asoleadero en las ramas cerca de unos icacos andaban infinidad de pajaritos que podíamos matar a ramazos. Pelados y asados los cenábamos con arroz y frijoles.
En los mejores tiempos del café la serranía parecía una fiesta, por todos los caminos se encontraban personas caminando, muchos conocidos que daba gusto saludarlos. Se escuchaban pláticas en diferentes idiomas: español, tlapaneco o mexicano.
Claro está que en ese tiempo no había carreteras y los arrieros eran muy importantes. Por eso para ir a cortar había que contratar uno y se cargaban las mulas, los caballos y los burros con latas de la manteca vegetal Papagayo que servían para llevar la grasa de puerco. En el campamento eran un manjar las albóndigas hechas solamente de masa con manteca de puerco, cebolla, hierbabuena y jitomate.
De los arrieros de la cabecera municipal Enrique Galeana Laurel recuerda a “Chico el Arrugado” y dice que “La mayoría de los arrieros salían temprano para recorrer el camino llamado La Polvosa, ya que a esa hora el rocío hacía que el polvo no fuera tan duro”.
Muchos campesinos trasportaban hasta el campamento, a lomo de bestias, el maíz que ellos mismos cosechaban en el temporal. Llevaban panocha para el café, la manteca. Un marrano frito en las latas. Una lata de alcohol para tomar con café en la fiesta del acabo.
Salían a las cinco de la mañana desde Atoyac para ir a las huertas, con las mulas, caballos y burros cargados de todo lo necesario. Llevaban gallinas que soltaban allá o se las comían. Muchos peones de la montaña llegaban solos a buscar a su patrón. David  Rebolledo Hipólito tenía unas 60 personas trabajando en su huerta de La Mata de Plátano.
Todos nos bañábamos en las aguas heladas del arroyo. Ahí también se lavaba durante los tres meses de la estancia en la huerta: un mes chaponando y dos meses cortando.
En la fiesta del acabo, al patrón le ponían una corona con granos de café lo amarraban y le hacían un ritual. El patrón brindaba con todos y repartía el pozole. Se invitaba a los vecinos y se hacía un “fiestón” dice Andrés Rebolledo.
José Hernández escribió sobre los arrieros que venían de La Tierra Caliente a trabajar en la temporada de la corta de café: “Era frecuente ver estos personajes con sus sombreros de ala ancha, con sus cuartas o fuetes en las manos para que los animales cargados con sendos sacos de café apresuraran el paso y llegaran pronto a su destino, calzaban huaraches de correas de cuero sin curtir, en su cintura llevaban un pequeño bolso, al que llamaban güicho, parecido a las cangureras que se usan actualmente”.
“Las calles donde había piladora de café se atestaban de animales de carga y era notorio el vocabulario de su región usado por los arrieros. Era frecuente encontrar lugares que recibían el nombre de posada o mesón donde pasaban la noche los arrieros y la gente que venía de alguna de las comunidades serranas a vender su producto y poder hacer su merca de los encargos y comestibles para su diaria subsistencia. Había casas donde vendían rollos de zacate fresco (zacatón) para la alimentación de los animales de carga. Don Pantaleón Gómez vendía en la calle Silvestre Castro; en la Valerio Trujano, por el rumbo del paredón, vendían los Vázquez; en el centro, en Agustín Ramírez, don Faustino Bello y en Obregón, en casa de don Benigno de Jesús”.
Todavía hace poco en la calle Miguel Hidalgo esquina con Agustín Ramírez, atrás de la Parroquia estaban todavía los troncos donde se amarraban los animales de carga, como recuerdo de aquella época.

sábado, 22 de diciembre de 2018

Historia del cuartel militar II y última parte


Víctor Cardona Galindo
En el año 2006 el Presidente Municipal,  de ese entonces,  Pedro Brito García, consideró que para acabar con el congestionamiento vehicular en el centro de la ciudad había que cambiar las oficinas del Ayuntamiento a otro lugar, por eso se fueron a ocupar las instalaciones de lo que fue el cuartel del 49 Batallón de Infantería. El alcalde bautizó el lugar como “Ciudad de los Servicios” y así le llama todavía mucha gente.
Según diversos testimonios en esta barraca del cuartel de la colonia Mártires
se practicaba la tortura. Foto: Víctor Cardona Galindo.

Por eso ahora ese viejo campo militar es el Ayuntamiento, o lo será hasta el día primero de octubre del 2012 fecha en que el nuevo alcalde, Ediberto Tabares Cisneros, se llevará la presidencia de regreso al centro.
En “el cuartel de la Mártires” aparte de las oficinas de la administración municipal, funciona el Centro de Maestros, la casa hogar “Por la gracia de Dios A. C”, un comedor comunitario, el módulo del Instituto de Estudios Políticos Avanzados “Ignacio Manuel Altamirano”, las oficinas regionales de Oportunidades, se construyó un Centro de Desarrollo Comunitario, está una casa de Día del Adulto Mayor y la Unidad de Violencia Intrafamiliar. También están: la comandancia de la Policía Ministerial del Estado, el Cuartel Sectorial de la Policía del Estado, una Plaza Comunitaria del INEA y en la entrada se ha instalado la oficina de la Asociación de Familiares de Detenidos, Desaparecidos Políticos y Víctimas de las Violaciones a los Derechos Humanos en México (Afadem).
Si algo bueno hicieron los militares en el tiempo que estuvieron aquí fue que sembraron mangos de las variedades Heidy, Tommy, Manila, Ataulfo, manililla, panameño y criollo al que nosotros llamamos “mango corriente”. Bajo la sombra de esos árboles los “grillos” encontraron cobijo durante éstos 6 años de gobiernos perredistas para comentar las buenas nuevas de la administración.
Una señora de la sierra que estaba esperando su turno para recibir el apoyo de Oportunidades se derrumbó de rodillas, cuando un mango Heidy le cayó en la nuca. Lo bueno es que el mango no se magulló con el golpe y otra mujer lo recogió del empedrado para saborearlo.
Debajo de los mangos se ha platicado de todo, ahí se han puesto a prueba las endebles lealtades, pero también se habla de armas y de mujeres. Ahí se hizo la política de piso y se dieron apasionadas discusiones de los tres bandos políticos que se consolidaron aquí en las pasadas elecciones.
Los guardaespaldas de los funcionarios fueron huéspedes distinguidos de los mangos. Bajo la fronda de esos árboles han llegado durante estos 6 años los corresponsales de los medios estatales Francisco Magaña, Marcos Villegas, Dimas Arzeta, Pablo Alonso, Adrián Jacinto, Jorge Reynada y Cuauhtémoc Rea que han ido todos los días en busca de las noticias.
Ahí se hospedó la Organización Campesina de la Sierra del Sur durante dos meses. Sus militantes campesinos humildes llegaron de distintas comunidades, tuvieron un plantón que se levantó el lunes 10 de septiembre del 2007 después de firmar un convenio con el alcalde Pedro Brito de invertir más de un millón de pesos para seis obras y un millón más para mezclarlo con la congregación Mariana Trinitaria.
Las instalaciones del viejo cuartel militar de Atoyac comenzaron a edificarse el 22 de junio de 1971, bajo la supervisión del teniente ingeniero constructor Julio Urrutia. El director general de armas de ingenieros militares era el general de brigada ingeniero constructor José María Alba Valle, La pescada.
El edificio se construyó en el paraje conocido como Los Pozos de Tierra que pertenecía a varios propietarios, entre ellos a Clara Santiago y Mario Rodríguez Núñez, quien le había comprado a Paula Pinzón y una porción a la familia Mariscal.
Se construyeron 10 barracas para dormitorios, un comedor, pequeñas cabañas para comandancia y sección sanitaria. Había una loma que se rebajó para patio de honores. Después de la edificación de las galeras se construyeron residencias para jefes y oficiales y casitas para la tropa. Dos años después en 1973, en pleno apogeo de la Guerra Sucia se instaló por primera vez el temible 50 Batallón de Infantería, que estaba al mando del coronel Alfredo Cassani Mariña. En uno de estos galerones le hicieron la autopsia al cadáver de Lucio Cabañas Barrientos.
Fue en 1975 cuando llegó el 49 Batallón de Infantería, que estuvo ocupando el lugar hasta septiembre de 1994, cuando se marchó a Petatlán y luego a La Paz Baja California.
El martes 15 de noviembre de 1994 se conoció la noticia de la transferencia del cuartel militar al gobierno del estado,  mismo que puso a funcionar un Colegio de Policías; el cual desapareció en el 2005 y en el 2006 las instalaciones pasaron a manos del municipio de Atoyac.
De la tropa que lo habitaba, una compañía del 49 batallón se quedó resguardando las instalaciones del Inmecafé hasta 1996, cuando llegó el mando de la 27 zona militar –que estaba en Acapulco− y se instaló ahí, mientras construían el cuartel que ocupan ahora en El Ticuí, donde la Secretaría de la Defensa Nacional compró los terrenos de la pequeña propiedad que tenían Delfino Castro, Abel Garibo, Silvestre Garibo y Gumero Zamora.
Desde que el Ayuntamiento tomó posesión del inmueble se pudieron hacer eventos de corte político y de denuncia. Los familiares de los desaparecidos pudieron recorrerlo todo e instalar unas oficinas, primero en una de las viviendas que fueron de los oficiales y después situarse en la entrada donde están ahora, local que el gobierno de Armando Bello les dejó en comodato y podrán ocupar mientras exista la organización.
El Instituto de Estudios Políticos Avanzados “Ignacio Manuel Altamirano”, realizó un foro donde se analizó la trascendencia de la guerrilla de Lucio Cabañas, en el 2011.  Antes el 5 de julio del 2007,  se presentó el libro La guerrilla en Guerrero de Arturo Gallegos Nájera.
Entre otros eventos, el 16 de agosto del 2008 se presentó en uno de los galerones el video documental que Berenice Vázquez Sansores y Gabriel Hernández Tinajero  hicieron ese año llamado 12.511 Caso Rosendo Radilla. Herida abierta de la Guerra Sucia en México.
Pero una vez que los familiares del desaparecido político Rosendo Radilla Pacheco, acudieron ante las instancias internacionales. El 2 de febrero del 2008, se realizó un escaneo con georadar principalmente en el campo de tiro y en buena porción del terreno de este viejo cuartel militar donde el líder cívico fue visto por última vez en 1974.
Luego el 15 de marzo del 2008, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos interpuso una demanda en contra del Estado Mexicano en el caso de la desaparición forzada de Rosendo Radilla Pacheco, ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Ante eso, presionado por la opinión pública y por grupos defensores de los derechos humanos el gobierno mexicano, a través de la PGR, llevó a cabo excavaciones en el “cuartel de la Mártires”.
Al siguiente año la Corte Interamericana de Derechos Humanos emitió la sentencia sobre el caso Rosendo Radilla Pacheco el 23 de noviembre del 2009, condenando al gobierno de México a resarcir el daño y limitar el fuero militar.
A estas alturas el viejo cuartel militar ha sido objeto de tres excavaciones en busca de los restos de los desparecidos políticos la primera se realizó el 7 de julio del 2008  a las 6 de la mañana cuando llegó una comisión de la PGR encabezada por el licenciado Ricardo Trejo Serrano y  por el agente del Ministerio Público Federal Antonio Dávila Camacho. A pesar que se excavó en el campo de tiro, 20 sitios donde el georadar detectó incidencias no encontraron nada. Fueron zanjados 400 metros lineales y nulos resultados.
Esa fecha las instalaciones fueron ocupadas por 140 personas enviadas por la PGR entre agentes de la Agencia Federal de Investigaciones, peritos en antropología forense, y trabajadores de la empresa Excavamex. Los agentes del Ministerio Público Ricardo Trejo Serrano y José Antonio Dávila Camacho estuvieron al frente de los peritos y Alejandro Rey Bosset de los agentes judiciales.
Un grupo de 20 jóvenes, vestidos de gris de la expresa Excavamex  encabezados por Arturo de la Sancha, que a mi juicio parecían militares, fueron los encargados de chaponar y escarbar el terreno donde se ubicaba el campo de tiro de los oficiales del 49 Batallón de Infantería.
La PGR sólo permitió la entrada a dos familiares de desaparecidos, por turnos, al lugar de las diligencias. Cada pareja entraba sólo unos minutos y después salía, para dejar que entrara la otra. La única que se mantuvo dentro del terreno fue la antropóloga argentina Claudia Bisso, quien colaboró con la Afadem  y a quien los peritos de la PGR no permitieron que tomara fotografías. Claudia Bisso es experta en la identificación de restos de desaparecidos en Sudáfrica, Sudan, Sierra Leona, Egipto, Angola, Los Balcanes, Argentina, El Salvador y Honduras. Viajó 27 horas desde Sudáfrica para poder estar en Atoyac.
Cuando se encontraban en curso las excavaciones el 10 de julio del 2008 matanceros del Rastro Municipal realizaron el sacrificio de un toro cebú frente a las instalaciones de la Presidencia Municipal. Eran alrededor de la 10:30 de la mañana, ante la mirada asustada muchos concurrentes por este acto inusual. La sangre corrió bajo los mangos que fueron testigos de esta protesta.
Los inconformes fueron atendidos por el presidente municipal Pedro Brito García y el regidor Gustavo Carrillo. Con antelación había platicado con ellos el coordinador de la Comisión Estatal de Defensa de los Derechos Humanos de la Costa Grande, Ramón Navarrete Magdaleno. Ya con la autoridad municipal se acordó que a la brevedad comenzarían los trabajos en el nuevo rastro de Las Lomas de Sur y se les entregó una camioneta que se compró para el transporte de carne.
También al lugar se presentó un grupo como de 15 familiares de desaparecidos encabezados por Eleazar Peralta para  exigir que se les tomara en cuenta en la diligencias de la PGR.
En la primera semana de excavación encontraron que la anomalía más importante que había marcado el georadar eran las raíces de  una palmera muerta años atrás. Además encontraron una trusa de hombre, una blusa de mujer y vidrios. Pero nada de restos humanos. Los familiares querían que excavaran en la explanada, bajo de un puente y que reabrieran un pozo.
El 19 de octubre del 2010, a las ocho de la mañana comenzaron las segundas excavaciones de nuevo en el campo de tiro. Luego el 31 de octubre del 2011 la PGR inicio las terceras excavaciones que terminaron el sábado 12 de noviembre. Todas estas diligencias tuvieron   nulos resultados, siempre con la desesperación de los familiares de los desaparecidos, que sufren la falta de voluntad política en el gobierno mexicano de seguir buscando a sus seres queridos.
Por último el 26 de mayo de este año el director adjunto de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en México, Jesús Peña presentó en este viejo cuartel el Informe de Misión a México Grupo de Trabajo de la ONU sobre las desapariciones forzadas o involuntarias, ante la presencia de Tita Radilla y demás familiares de desaparecidos políticos. Fue ahí donde el alcalde Carlos Armando Bello firmó la entrega en comodato del aula donde se encuentran las oficinas de la Afadem para que sean ocupadas de manera definitiva.
Ese mismo día miembros de la Comisión de la Verdad recorrieron el viejo cuartel.