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miércoles, 10 de julio de 2019

Festividades de Semana Santa. El encuentro


Víctor Cardona Galindo
La Semana Santa es la fiesta más importante para el pueblo de Atoyac, con sus volantines y las procesiones. El olor y sabor al atole de nejo que se prepara en las casas donde reciben El Santito, esa imagen grande de Jesús de Nazaret que recorre las calles y cuarenta hogares durante la cuaresma. Al llegar los días santos la ceremonia se combina con las actividades que ocurren dentro de la iglesia y en las calles donde participa todo el pueblo. Estos días la parroquia luce atestada de gente.
El tradicional encuentro.

La fiesta es de mucha tradición. Dice Zeferino Serafín Flores “El Prieto Serafín” que en el pasado en la Semana Santa se hacía un corral de toros para el jaripeo, pero éste tenía como característica que la policía municipal se dedicaba a detener a todo aquel individuo que pasaba por el lugar donde lo estaban construyendo y los obligaba a participar en la construcción del ruedo. También que algunos “puesteros” de la feria vendían matracas pequeñas de madera para que las jugaran los niños, las matracas eran el símbolo de la semana santa.
Los ritos van desde el lavamiento de pies a doce personas que representan a los apóstoles hasta la aprehensión, el encuentro y la crucifixión de Jesús. Pero de estos ritos el que más gente involucra es el encuentro de la virgen María con su hijo, en donde han llegado a participar hasta 10 mil personas en la calle Álvaro Obregón, entre El Capire y Galeana. En la iglesia se realiza también la ceremonia del encendimiento del fuego nuevo y la bendición de los santos oleos que se utilizarán todo el año.
En el pasado los fariseos, que siempre han sido ciudadanos de respeto, ataviados con su machete envainado y sus varas de algodoncillo, rompían gloria formados, sonando sus machetes y se golpeaban entre ellos con esas varas que silban al pegar. Los fariseos eran como vigilantes dentro de la iglesia y en los años cuarenta inspeccionaban que ninguna persona fuera al río a lavar o a bañarse en los días santos. A los que encontraban dentro del agua los agarraban a varazos. Ellos también eran los encargados de que en la peregrinación todos fueran guardando el orden.
Fue en los tiempos del padre Isidoro Ramírez “Chilolo”, cuando no se permitía bañarse en el río durante los días santos. La gente corría cuando veía legar a lo fariseos. Al romper gloria muchos padres de familia les pedían prestadas las varas para darles una tunda a los niños que no crecían. Algunas mamás reprendían a sus hijos diciéndoles: “te calmas o contigo voy a romper gloria”. Aun existe la tradición de que por la noche del sábado los fariseos suenen sus machetes.
Uno de los cronistas de esta ciudad, Eduardo Parra Castro, Yito, dejó escrito sobre los fariseos de los años cuarenta del siglo pasado: “estos personajes eran los encargados de todas las ceremonias religiosas de la Cuaresma, era tan estricta la fe religiosa en esa época que el jueves, viernes y sábado de Gloria se guardaba vigilia de no comer carne, sólo verdura, pescado y camarón que abundaba mucho en el río, pero todo eso se pescaba con anterioridad porque del jueves al sábado por orden del Ayuntamiento y de la Iglesia quedaba estrictamente prohibido lavar y bañarse en el río…  Por eso los fariseos recorrían toda la ribera del río buscando infractores que estuvieran lavando o bañándose, al que encontraban lo azotaban con varas de algodoncillo y el que se oponía la policía lo remitía a la cárcel… El sábado de Gloria cuando se rompía gloria, era de ver que los mismos fariseos se azotaban unos a otros, quién sabe que significado tenía esa costumbre ya que había familiares que las tomaban a su modo, como por ejemplo, había unos que teniendo palos frutales y que no daban frutos, a esa hora los azotaban para que los tuvieran y otros azotaban a los hijos y les decían que era para que crecieran”.
Los viejos recuerdan todavía como entre los chamacos hacían apuestas de que no se dejarían pegar el Sábado de Gloria.
Pero hablando del encuentro de María y Jesús, que es el tema que nos ocupa hoy, Francisco Magaña recogió en el 2002 que "cinco mil católicos participaron en la escenificación del encuentro de Jesús y la Virgen María, tradición que se celebra el viernes santo desde hace 80 años en la ciudad de Atoyac… Este acto ejemplifica el encuentro de la Virgen María con Jesús de Nazaret rumbo a su crucifixión. Desde muy temprano los vecinos barren, riegan y arreglan las calles por donde va a pasar la procesión de Jesús y María. Muchos buscan un lugar donde esperarán el paso de las imágenes”.
“La Virgen María sale de la parroquia en busca de Jesús, que también sale de la Iglesia cargando una cruz para ser crucificado y es acompañado con música de tambor y de carrizo, en su trayecto es escoltado por sus 40 vírgenes y niños vestidos de angelitos -–son mandas de sus padres para agradecer un favor-- quienes marchan a las 12 del día por la calle principal para posteriormente encontrarse con María”.
“Las imágenes de los íconos de la iglesia católica, son cargadas en un templete por seis hombres quienes cumplen también una manda… A pesar del sol ninguna persona debe ir cubierta de la cabeza de lo contrario los fariseos –hombres que portan una vara de un singular silbido- se encargan de recordárselo con un varazo a todos aquellos que estén cerca de la imagen”. Narró en esa ocasión Francisco Magaña en el periódico  ATL del 7 de abril del 2002.
Año con año el Jueves Santo a medio día el santito sale de una capilla. En el 2012 partió de la capilla de La Pindecua a las 12 del día  y caminó por la colonia Vicente Guerrero, las calles Obregón y Juan Álvarez. Con el sol caliente marchó el cortejo y el olor a copal inundó el ambiente. Al lado del Santito caminaron dos vírgenes, un hombre con túnica azul, una corona de espinas y las manos atadas. Atrás iban niños con coronas de mirtos y niñas vestidas de vírgenes con velos de tul. La procesión entró con la imagen a la parroquia y la colocó frente al altar principal donde todos los fieles pasaron a tocarle sus heridas, frotar sus manos y persignarse. Una mujer permaneció arrodillada rezando un buen rato, frente a esa a imagen que impresiona por la sangre de sus heridas y después todo el mundo reposó del sol, mientras los miembros de la hermandad “Jesús de Nazareth”, que es la heredera de los viejos fariseos, se tomaban la foto con el sacerdote, como festejando que parte del trabajo está hecho: El Santito regresó a la iglesia después de cuarenta días de peregrinar.
Es tradición que durante el Jueves Santo, el Santito salga de la parroquia a las ocho de la noche. En el 2012 iba vendado y con una túnica roja. Por delante iba un hombre que representaba Judas con una túnica azul sonando las monedas. En esta tradicional procesión que año con año camina por las calles de Atoyac, los 11 apóstoles van atrás de Judas, y delante de la imagen, con túnicas de diferentes colores. Se escucha la melodía triste del tambor y la flauta de carrizo. Una jovencita vestida de ángel sigue a la imagen, mientras los de la hermandad contienen a la multitud con una reata blanca. La matraca suena y los de la hermandad iluminan el camino con hachones que ahora tienen una base de metal y el aserrín con diesel son el combustible que dura ardiendo todo el trayecto. Hace muchos años los hachones eran hechos con tiritas de madera de ocote, pero ahora todo es más práctico. Este día dos cuerdas penden del cuerpo de Cristo, una de sus manos y otra del cuello. El matraquero hace su escandaloso ruido, con ese aparato hecho de madera.
No hay rezos, todos van en silencio sólo se escucha la matraca, el tambor y la flauta. La procesión pasa por la calle Álvaro Obregón y los 11 apóstoles caminan lento. Los de la hermandad “Jesús de Nazareth” ahora convertidos en fariseos van vestidos con playeras blancas y la imagen de Jesús estampada. Llevan machetes envainados y unas varas de algodoncillo cada uno,  ahora la bandera es roja y la lleva el Alférez el mismo que ha sido durante muchos años. La imagen hace el recorrido por Obregón, Galeana, Hidalgo y regresa a la parroquia.
El Viernes Santo, la imagen sale de nuevo de la parroquia y tras de él sale la virgen. Jesús lleva una corona de espinas, una pesada cruz sobre su hombro derecho, tres cuerdas penden de él, una del cuello y las otras dos amarradas de sus muñecas, van las vírgenes y niños vestidos de apóstoles. También niños disfrazados de Nazarenos cargan cruces de palo en el hombro. El alférez lleva de nuevo la bandera roja, van los músicos del tambor y la flauta de carrizo. Mientras Jesús enfila por la calle Juan Álvarez seguido de miles de personas, la virgen se encauza por Hidalgo acompañada de cientos de feligreses entonando cantos.  La virgen es cargada por mujeres apoyadas por hombres y en la esquina de Galeana e Independencia una señora sale sahúma la imagen de la madre de Jesús y llora. Las coristas caminan atrás de la imagen con sus rebozos blancos, cubriéndose el sol que es inclemente.
El lugar del Encuentro está adornado de papel picado y un gran altar con flores los aguarda. Mientras la virgen despunta por Galeana ya Jesús espera a la mitad de Álvaro Obregón. El esperado encuentro se da en el lugar de costumbre, donde las imágenes se entrelazan simulando un abrazo. Es el momento que todos esperan ver y lo que años con año congrega a miles de feligreses. Las imágenes se colocan en un altar bajo el inclemente sol, están un momento y luego emprenden la marcha, ahora juntos por Galeana.
Hay altares por todo el camino donde paran los miembros de la sagrada familia y algunos vecinos sacan bolsas de agua para dárselas a los peregrinos porque el sol está muy caliente. Son las dos de la tarde cuando las dos imágenes después del encuentro comienzan a recorrer la calle Hidalgo.
Llegando a la iglesia colocan a Jesús y la Virgen frente a frente. Las imágenes de la iglesia están tapadas con telas moradas, otros santos fueron quitados de su lugar habitual. Estos días las campanas no tañen, llaman al rito con matracas. Los campanazos se volverán a oír hasta que se rompa gloria.
Ya el Viernes Santo a las ocho de la noche, Jesús sale de nuevo de la parroquia para recorrer las calles, pero ahora su cuerpo va dentro de una vitrina de madera y vidrios, cuatro listones negros penden de cada esquina. La virgen lo sigue. El Alférez va por delante. No hay rezos. El tambor toca a dos tiempos, suena triste el carrizo. Con túnicas blancas van 16 hombres rodeando el féretro transparente. Cuatro llevan charolas plateadas con las pertenencias que le quitaron al cuerpo: los clavos, martillo y la corona de espinas. Ellos representan los cuatro santos varones que bajaron el cuerpo de la cruz. El cortejo camina por la calle Juan Álvarez y luego por Álvaro Obregón. De negro van las vírgenes Martha y María Magdalena.
Todos los apóstoles, de túnicas de diferentes colores y sus estopas prendidas, van simulando el sepelio de Jesús, se paran en las estaciones donde hay altares, son blancos y frente a ellos se baja a Jesús y a la virgen para sahumarlos. Se colocan petates en el piso para instalar las mesas de madera que soportan las imágenes. La vitrina pesa por eso la llevan entre seis. A la virgen la cargan cuatro mujeres ayudadas por hombres. La multitud sigue hasta volver a la iglesia, muchas caras son las mismas de la procesión cuando comenzó la cuaresma: Son los devotos del rito y fieles a la tradición.
Los que colaboran en el rito son muchos: Pedro Ríos toca la flauta de carrizo en la procesión del silencio y en el Encuentro, él no sabe de notas, el tono lo aprendió de memoria de Alejandro Galeana. A veces también toca el tambor. Los dos sonidos representan la trompeta y el tambor del ejército romano.
Otro personaje fundamental en la procesión es el Alférez, es quien lleva la bandera, es el capitán de lo fariseos. En los años sesenta se tenía la costumbre de perseguir al alférez para quitarle la bandera y darle varazos. Eso se hacía como a las 11 de la noche del sábado después de romper gloria. A veces se iban corriendo hasta El Calvario donde lo alcanzaban.
Perfecto Ríos Laurel es el Alférez y tiene 40 años en la hermandad y 30 años como Alférez. Explica que la bandera roja se lleva los días santos, él la saca cada año; el resto de los días queda guardada en su casa.
Hay testimonios de que un Jueves Santo cuando estuvo el padre Máximo Gómez encargado de la parroquia, le mandó un oficio al presidente municipal para que no se pusiera el tianguis del jueves, pero la autoridad no hizo caso y el tianguis se puso en la calle donde pasaría la procesión. Entonces Máximo mandó a todos los fariseos con sus machetes a quitarlos. “Tenían obstruida toda la calle Juan Álvarez por donde pasaría la procesión, estaban instalados desde frente a la casa Galeana hasta el arroyo, llegamos y trozamos las reatas de los tendederos y no tuvieron otra que quitarse” recuerda un viejo fariseo.






jueves, 4 de julio de 2019

Festividades de Semana Santa. La Feria del Café


Víctor Cardona Galindo
La primera Feria del Café se celebró en 1960 en San Vicente de Jesús durante el gobierno de Raúl Caballero Aburto y del presidente municipal Raúl Galeana Núñez, es el antecedente de la que se realiza ahora.
Aunque en Semana Santa siempre hubo diversión, de acuerdo con nuestro cronista Wilfrido Fierro Armenta: “fue en la feria de Semana Santa de 1910 cuando el italiano Ángel Mazzine trajo el primer cinematógrafo a esta población. Las primeras funciones fueron en la barda conocida como “La Zacatera” en la calle Aldama. Y es que en los primeros años del siglo pasado en la feria había únicamente juegos de azar, bailes de tarima, peleas de gallo y carreras de caballos, pero la diversión se fue diversificando cuando llegó el cine. Los juegos mecánicos comenzaron a llegar a nuestra ciudad al terminar la década de los veinte y principios de los treinta. Vinieron por una brecha de la playa que conectaba con Acapulco. Los carros que los traían venían llenos de ramas que arrancaron al pasar por los caminos plenos de vegetación.
Francisco Magaña de Jesús y Rubén Castro Arellano, dos clásicos
del teatro del pueblo. Foto: Víctor Cardona Galindo

Ya para 1940 cuando empezaba la feria de Semana Santa los pueblos de la sierra quedaban vacíos, todos bajaban para surtirse de abarrotes, comestibles y herramientas para el cultivo. En los años cincuenta se notaba la prosperidad, había algunos “sierreños” que encendían su cigarro con un billete. Recordando esas épocas Antonio Solís Martínez escribió que “las sillas voladoras en su rotación casi rozaban la casa de Manuel Radilla Mauleón”. Un día se desprendió una silla voladora y una mujer fue a caer arriba de las tejas de una casa, al parecer se trató de la ticuiseña Petra Cabañas.
“Todos nos queríamos subir a los volantines, como se les llamaba a los juegos... El merolico pregonando que si le dabas un peso no te quedabas pobre, pero tampoco él se hacía rico”, es parte de lo que Juan Martínez Alvarado recuerda de las ferias a fines de los cincuentas y “la llegada de Don Matías con su lotería de estampas típicas mexicanas con premios para cuadro chicho, cuadro grande, líneas como salgan o carta llena; para llevarse un juego de loza, una cubeta del número veinte o sea una tina… la tradicional Ola Marina y el Carrusel de Caballitos; la gigantesca Rueda de la Fortuna, la espectacular Silla Voladora”.
Eran los tiempos en que se pagaba a cuarenta y cinco pesos el quintal de café capulín.
Las ferias de los sesentas y setentas son recordadas por Felipe Fierro Santiago quien escribió en su libro Tierra Mojada: “El disfrutar de los juegos mecánicos, el de pasear y distraerse durante la Semana Santa en Atoyac, resultaba gratis o fácil para las familias de la parte alta de la sierra; antes del disfrute, la familia en casa tenía que programarse económicamente tres meses con anticipación. Como en este periodo se cosecha café, los integrantes de la familia se van a la ‘repepena’ o a recoger café, que consiste en volver a repasar las huertas, planta por planta, recogiendo de ellas o del suelo el café que se escapó de las manos de los peones… Al llegar el día, camionetas enteras de familias llegaban a la cabecera municipal. Los juegos mecánicos instalados en el zócalo municipal, los gritos del señor de la lotería, la mujer que se convirtió en serpiente por ser grosera con sus padres; los caballitos, el transa de la bolita, la rueda de la fortuna, además de la promoción de las ya tan conocidas marcas de cervezas, dejaban con la boca abierta a los paisanos y con los ojos con el signo de pesos a los promotores de la feria. Claro, la verdadera Feria del Café se hacía en aquellos tiempos”.
La gente antes no decía como ahora “vamos a la feria”, decía “vamos a los caballitos” en referencia al carrusel, porque ese era el juego preferido de los niños, mismo que igual que la rueda de la fortuna son emblemas de las ferias. Siempre eran las “Atracciones Rosales” los que amenizaban la Semana Santa, quienes todos años donaban talegas de dinero para construir la iglesia.
Ahora La Feria del Café es tradicional en la región, se organizan palenques de gallos, jaripeos, teatro del pueblo, exposición artesanal y comercial.
Durante dos años en el periodo de Armando Bello se organizó una Expo Ganadera, que continúo con el gobierno de Yanelly Hernández Martínez. El más concurrido es el teatro del pueblo donde actúan artistas de renombre para todo el público. Pero lo que más emociona es la elección de la reina de las fiestas, la gente se vuelca para apoyar a su favorita.
Eduardo Valderrama compuso esa canción titulada “Vamos ya” que dice: “La región cafetalera /se engalana, sí señor /Atoyac está de fiesta /Ya la expo comenzó… La belleza atoyaquense /es el rostro del café /todo el mundo ríe y baila /y lo que cante usted… Vamos ya… Aquí hay muchas atracciones /diversión a la niñez /también muestras comerciales /sin faltar la del café.”
Recordemos como comenzó la tradición. En 1991 cuando se cumplieron 31 años de la primera Feria del Café realizada en San Vicente de Jesús, surgió la idea del gobernador del estado José Francisco Ruiz Massieu, y la delegación de la Cámara Nacional de Comercio (Canaco) presidida en ese entonces por el médico Miguel Ángel Ponce Jacinto, asumió la responsabilidad  de organizar lo que fue la primera Feria Regional del Café “Atoyac, 91”, evento que se celebró en el mes de diciembre de ese año y fue inaugurada por el propio Ruiz Massieu y el presidente municipal Evodio Argüello de León. Se presentaron diversas opciones de diversión como el palenque, los juegos mecánicos, exposición comercial, teatro del pueblo. Y el espectáculo principal fueron los "Voladores de Papantla" que por vez primera vinieron a nuestra ciudad.
En 1992, la nueva administración de la Canaco presidida por Donaciano Luna Ríos, acordó cambiar la feria de fecha y celebrarla en la Semana Santa, buscando mayor éxito para el evento. Y fue así como se celebró la segunda Feria Regional del Café "Atoyac, 93" aún bajo la administración municipal de Evodio Argüello de León. 
Después, siendo presidente de la cámara de comercio Lucio Galeana Flores, se dio a la tarea de organizar la tercera feria, que se financió con recursos generados de la venta de stands comerciales y patrocinadores, la cual se celebró en el mes de marzo de 1994 y fue inaugurada por la presidenta municipal María de la Luz Núñez Ramos y Gabino Fernández Serna, quien acudió en representación del gobernador del estado Rubén Figueroa Alcocer.
La Cuarta Feria Regional del Café "Atoyac 95", que se celebró del 7 al 16 de abril, fue organizada por primera vez por el Ayuntamiento encabezado por María de la Luz Núñez Ramos.
Rafael Arzeta Cervantes en un texto llamado “Ecos de la Feria del Café Atoyac” publicado en la Revista La Costa (mayo de 1995) escribió: “con su agradable calor costeño y su maravillosa amistad, celebró las festividades de Semana Santa con la realización de la IV Feria Regional del Café ‘Atoyac 95’…Todo se iluminó de alegría y entusiasmo, con los objetivos logrados, al traerle al pueblo atoyaquense momentos de esparcimientos y de cultura con la variedad de espectáculos presentados en cada una de las áreas”.
El acto de la inauguración de la feria estuvo a cargo de Patricio Medina Andrade, secretario de Desarrollo Económico del Estado, quien acudió en representación del gobernador del estado, Rubén Figueroa Alcocer. Las festividades estuvieron enriquecidas de los ingredientes que toda feria debe contar como: juegos mecánicos, eventos culturales, artísticos, jaripeo, palenque, muestra comercial, industrial, artesanal y el teatro del pueblo que exhibió espectáculos de primera calidad; cerrando con broche de oro un grupo representativo de La Guelaguetza del estado de Oaxaca el 16 de abril por la noche. Ese día la plaza principal de Atoyac lució abarrotada.
Una de las más memorables fue la encabezada por Lucio Galeana Flores, como Oficial Mayor del Ayuntamiento, en el periodo del alcalde Javier Galeana Cadena. La feria salió del centro de la ciudad y se realizó por primera vez en los terrenos del predio El Rondonal donde ahora se encuentra la colonia María Isabel Gómez Romero. Esta vez Lucio Galeana dio muestras de su buen gusto, demostró su capacidad de organización, le dio colorido a los eventos y mejoró la escenografía del teatro del pueblo.
La feria del 2002 fue inaugurada con la presencia del guitarrista Chamín Correa. Aquí el primer edil Acacio Castro Serrano dijo que la expo estaba dedicada al autoconsumo. Invitó a los productores a no abandonar sus parcelas, porque preservar el café es preservar la flora y fauna, porque su producción se realiza bajo sombra. Doña Guillermina Galeana y Francisco del Valle Fajardo fueron del patronato dejando un buen sabor de boca.
El 12 de abril del 2003, fue inaugurada la feria del Café por el alcalde Germán Adame en compañía del senador Héctor Astudillo Flores, quien apadrinó la primera corrida de toros y Héctor Manuel Popoca Boone asistió en representación del gobernador. En la clausura estuvo presente en el jaripeo el diputado federal Celestino Bailón Guerrero y el senador Héctor Vicario Castrejón. Germán Adame en su discurso mencionó que su gobierno tenía el objetivo de hacer de Atoyac un polo de actividad económica con la instalación de nuevas empresas y consolidar la cultura exportadora.
En el acto oficial de clausura de la feria 2003 se entregaron premios a los escritores Julio César Ocaña Martínez, Felipe Fierro Santiago, Graciano Galena Mateos y Juan Martínez Alvarado, quienes fueron ganadores del primer concurso de cuento, organizado por René García Galeana.
Esta festividad ha cambiado de nombre varias veces. Durante el mandato de María de la Luz se llamó “Feria del Café”; cuando fue presidente Javier Galeana se llamó “Feria del Café y del Comercio”; con Acacio Castro Serrano volvió a ser “La Feria del Café”; con Germán Adame fue la “Feria de Atoyac”; el licenciado Pedro Brito la llamó “Expo Café” y al llegar Armando Bello se celebró la “Expo Atoyac”. Con Ediberto Tabares Cisneros vuelve “La Feria del Café”. “Ahí se exhibe el ganado /y también la apicultura /claro sin dejar de lado /el acervo y la cultura”, es una copla del trovador Jorge Lara Gómez.                    
La Expo Café 2006 que fue inaugurada el 9 de abril, aunque la programación inició desde  el siete por la mañana- En la” Cueva del Club de Leones” fue elegida y coronada “La Reina de la Juventud Acumulada”  y resultó ganadora la señora María de Jesús Pino Pino de 67 años de edad. En este evento se reunieron los clubes de la tercera edad del municipio, convocados por el patronato. Por la tarde se llevó a cabo la elección y coronación del “Monstruo del Café” que no es más que El Rey Feo, título que ganó Marco Antonio Castro Escarramán. Estos dos títulos se eligieron por primera vez en la feria.
Un multicolor desfile de carros alegóricos, de escuelas y empresas del municipio, acompañaron a las participantes a rostro del café. Recorrieron las principales calles con la tradicional música de chile frito, con caballos bailadores y motociclistas del  puerto de Acapulco, que impactaron al público con sus acrobacias. La estrella del teatro del pueblo fue Reyli originario del estado de Chiapas, quien se dijo asiduo consumidor de café, el cual le ha servido de inspiración en algunas de sus creaciones en los momentos de tardes y lluvias inolvidables con buenos romances: “el olor a café es una bendición y de los mejores recuerdos de mi infancia, porque en mi casa se toma buen café”.
El alcalde Pedro Brito García clausuró la madrugada del lunes 17 de abril del 2006, las actividades de la Expo Café 2006, celebradas durante 8 días en la ciudad de Atoyac. En donde hubo exposición artesanal, venta de diferentes marcas de café, miel, licores de café y mango. Según el reporte de los organizadores, cada noche arribaron seis mil asistentes a las instalaciones de la Expo Café ubicada en El Rondonal.
El alcalde se congratuló de que durante 8 días se reportó saldo blanco y felicitó a los atoyaquenses por mostrar su hospitalidad a los visitantes y a los artistas que animaron el teatro del pueblo como “Reyli”, Lorena Herrera, el comediante Teo Gonzáles y el cierre con broche de oro con la cantante y actriz Maribel Guardia. La artista deleitó a más de 8 mil asistentes que desde muy temprano abarrotaron la explanada del teatro del pueblo, rompiendo record de asistencia.
A ser invadido por familias precaristas el predio de El Rondonal, ésta festividad de Semana Santa se comenzó a organizar en el terreno de la familia Bello junto al río y en ésta ocasión La Feria del Café 2013 se llevó a cabo, del 24 al 31 de marzo, en el lugar conocido como El Rancho de los Coyotes, en un predio ubicado a un costado del boulevard Juan Álvarez, donde se sigue realizando hasta la fecha. Muy coloridas lucieron las ferias organizadas por los gobiernos de Dámaso Pérez Organes y luego el de Yanelly Hernández Martínez.


martes, 2 de julio de 2019

El carnaval


Víctor Cardona Galindo
 El festejo del Carnaval tuvo su época de oro en Atoyac, a mediados del siglo pasado, cuando se vivía el boom cafetalero. Era una fiesta en la que participaba toda la población. En todas las casas se adornaban y se pintaban cascarones de huevos para luego llenarlos de maicena, confeti y perfume para venderlos o quebrarlos un día antes del miércoles de ceniza.
Agustín Hernández Vázquez, Casanga, con el disfraz
de El Quijote de la Mancha ganó el primer lugar en el
concurso de disfraces en el Carnaval de 1983, en la
gráfica lo acompaña Salvador Hernández Meza.

En la primera mitad del siglo XX se organizaban festivales en la plaza principal de la cabecera municipal con palenques de gallos. A veces los festejos se desarrollaban en la plazuela “La perseverancia” donde ahora está el mercado. Se construía una enramada en “donde se desarrollaba la fiesta, y dentro de ella había toda clase de juegos de azar, peleas de gallos y fandango de arpa, en donde se lucían los mejores bailadores y bailadoras de la región a los acordes de los instrumentos de cuerdas y el golpe de la tarima”, escribió el cronista Wilfrido Fierro Armenta.
Los festejos del Carnaval comenzaban en los primeros días de febrero, cuenta Paty Parra: “Por las noches salía un grupo de personas cantando el paspaque… La música del paspaque se acompañaba con guitarra, maracas y un tamborcito. Los dueños de las casas donde se cantaba salían a dar unas monedas”.
Paty Parra dice que su tía Justina Parra le contó: “que en mil novecientos treinta y tantos el mero día del Carnaval que caía en domingo, se hacían dos bandos y ellos se preparaban para la ‘guerra’, se pintaban cascarones y se llenaban unos canastos grandes con los cuales se enfrentaban en la noche frente al palacio municipal, el bando que ganaban elegía una reina que coronaban y bailaban hasta el amanecer. Al otro día la paseaban en la tarde por las calles”.
También José Hernández Meza  ha escrito sus vivencias sobre estas fiestas, él considera que la tradición del Carnaval es una de las costumbres que se van quedando en el olvido: “son las fiestas carnestolendas que antecedían a la cuaresma y eran todo un acontecimiento de gran trascendencia en la vida social de los atoyaquenses”.
Fierro Armenta dejó escrito que partir del año 1926 fue lanzada la primera convocatoria para elegir a la reina de las fiestas del Carnaval, donde salió electa la señorita María Téllez; desde ese tiempo hasta los ochentas se hizo costumbre organizar el acto de coronación de la reina y el Rey feo, en la plaza Morelos, acto que siempre estuvo a cargo del Presidente Municipal con excepción  de 1960, cuando el gobernador del estado Raúl Caballero Aburto acudió a coronar a Socorro Ariza.
Todos los años se formaba un comité para organizar el Carnaval auspiciado por el Ayuntamiento y se organizaban también una especie de subcomités para apoyar a las candidatas a reinas. Los fondos que se recaudaban se destinaban a una obra de interés social. La candidata que juntaba más dinero ganaba. En 1960, cuando fue reina Socorro Ariza y princesa Carmelita Flores los recursos que se juntaron fueron para la construcción de la escuela primaria “Juan Álvarez”.
En 1966 lo que se recaudó de la elección de la reina del Carnaval se destinó para la erección de la estatua del general Juan Álvarez y salió electa Florentina Radilla del Río. En la competencia eran famosas las bombas (cooperaciones cuantiosas). De ahí que se cuente la leyenda que una vez competían la candidata de los pobres y la candidata de los ricos: “De pronto llegó un viejito que depositó una bomba, era Lucio Cabañas quien disfrazado hizo ganar a la candidata de los pobres”.
La competencia era económica por eso dice José Hernández que: “Era frecuente ver por las noches durante la campaña, tocar puerta en puerta a un nutrido grupo de personas, acompañando a cada una de las candidatas para pedir la cooperación de los moradores con el canto del paspaque con unos versos como estos: “Será aquí, o será allá /o será más adelante /porque dicen que aquí vive /un señor muy elegante… Esta casa esta medida /con cien varas de listón /en cada esquina una rosa /y en medio su corazón… Vámonos compañeritos /vámonos que vengan otros /que les hagan el favor /que nos han hecho a nosotros”.
Wilfrido relata que  el Carnaval era festejado debidamente cuando las autoridades del lugar se empeñaban en organizar un buen programa en donde había reinas y concursos de disfraces, donde era también costumbre entre los atoyaquenses comprometidos con la tradición sacar el paspaque: “Un grupo de hombres y mujeres enarbolan una bandera roja; los hombres que lo integran son obligados a vestirse de mujer durante la semana del Carnaval Grande van pintados de la cara sirviendo de mojiganga, y de igual manera le hacen a las mujeres (las visten de hombres) en el transcurso de la semana del Carnaval Chiquito; bailan por las calles el son del Toro y El chuchumilco; anteriormente toreaban uno hecho de petate; el grupo trova versos en cada una de las casas que visitan, cobrando pequeñas multas en dinero que servirá para organizar la fiesta, la que empieza desde el primer domingo de Carnaval, y termina hasta el miércoles de Ceniza”.
Hernández Meza comenta: “después de haber recibido un donativo (los del paspaque) proseguían con su itinerario calle por calle. El domingo antes del martes de carnaval, se efectuaban los cómputos finales donde salía triunfante la señorita que sería nominada reina por el número de votos mayoritarios que se traducían en dinero de lo recaudado por cada participante”.
En 1947 fue reina del Carnaval, Gloria García Galeana y el recurso obtenido fue para comprar el reloj que durante mucho tiempo lució la torre de la iglesia. Y en 1949 fue reina Yolanda Ludwig Nogueda y princesa Lucrecia García Galeana, aporta José Hernández con datos que encontró en el archivo municipal.  Además fueron reinas entre otras las distinguidas y hermosas atoyaquenses: Socorro García Quiñones, Hilda Paco Reyes, Genoveva Campos y Guillermina Galeana Otero.
“Se hacía la quema del mal humor representado por un ataúd negro que paseaban en hombros, con hombres vestidos de mujer llorando tras él, se leía su testamento en voz alta, siempre con frases jocosas, ya sea exaltando virtudes o defectos, dedicadas a personajes de la política, profesionistas o comerciantes destacados del municipio, el pueblo ahí reunido se reía de estas ocurrencias escritas para esta ocasión. También se coronaba al ‘rey feo’ o ‘rey momo”, rememora José.
“En la noche en el jardín central, las muchachas y señoras que asistían a los festejos, daban vueltas alrededor del kiosco y los jóvenes y señores quebraban cascarones pintados y rellenos de confeti multicolor sobre sus cabezas, algunos muy respetuosos decían ‘con permiso’  y los desmoronaban sobre ellas, había muchachos más osados que estrellaban sus cascarones con ‘perfume’ sobre sus pechos dejándolas empapadas de agua, algunos malosos los llevaban llenos de harina o talco, dejando blanqueando las cabezas de las damas que eran blanco de sus proyectiles” Continúa evocando José Hernández: “Para culminar los festejos se organizaba el baile de coronación y de disfraces, en donde la reina y sus princesas hacían gala de la belleza costeña; se premiaba en efectivo al primer, segundo y tercer lugar de los participantes disfrazados y el jolgorio terminaba ya en la madrugada del siguiente día”.
Era muy colorido el desfile de carros alegóricos que se realizaba en las tardes, la gente salía a las calles a festejar y a ver las bellezas que desfilaban. Se recuerda que pasado el momento de la coronación, empezaba a librarse un nutrido combate de serpentinas, confeti y cascarones, amenizado por una alegre serenata. El baile de disfraces se desarrollaba el martes de Carnaval algunas veces en la escuela Juan Álvarez y después en Club de Leones. Había un jurado para elegir el mejor disfraz y se premiaba a los primeros lugares. Agustín Hernández Vázquez (Casanga) trae a la memoria con alegría las veces que ganó el primer lugar en el concurso de disfraces, una fue en 1966 y la otra cuando se vistió de El Quijote de la Mancha, montando un caballo flaquísimo se presentó al baile en la Cueva del Club de Leones.
En los años setentas el Carnaval se festejaba en todo el municipio. Era una fiesta de colorido. Antes que llegara en todas las casas se ponían a coleccionar cascarones de huevos, las madres de familia sólo le abrían el “piquito” al cocinar y  se guardaban en una canasta atrás de la casa. Cuando ya era tiempo se limpiaban y se pintaban de diferentes colores, luego se llenaban de talco, perfume, confeti, harina o ceniza, se tapaba con pequeño recorte de papel de china, para luego venderlos o quebrarlos en la cabeza, eran los mayores los que más participaban. Pero ahora son pocos los huevos que se hacen y son los niños los que juegan tronándolos. Ya a los grandes y a los adolescentes no les llama la atención eso.
Este festejo del Carnaval que se llevaba a cabo en la plaza principal con gran pompa, ahora sobrevive únicamente en la colonia Sonora; aunque no necesariamente en las mismas fechas, pero se realiza cada año comenzando con la elección de la candidata a Reina de El Carnaval. En 1998 comenzaron a festejar el Carnaval en la colonia Sonora. Cleis Danaé Ríos Rendón fue la primera reina. Aquel año la fiesta fue del 22 al 28 de febrero, las actividades comenzaron a partir de las seis de la tarde, con las kermeses y venta de los cascarones. El 24 de febrero se llevó a cabo el cómputo para la selección de la reina y el 28 hubo un concurso de disfraces y de piropos. 
A la colonia Sonora le pusieron así porque ahí vivían los Benítez quienes tenían el tambor con el que llamaban a la danza de El Cortés. Ahí también vivía don Aurelio Castro el primer cohetero de Atoyac cuyo molino tenía una “forma de barril mezcalero, donde molía las materias primas para la pólvora, lo tenía junto al arroyo en la margen izquierda sobre su cauce”, escribió don Simón Hipólito. De hecho la colonia Sonora es la más vieja de la ciudad, porque en el pasado Atoyac no rebasaba El Arroyo Cohetero. Su gente es alegre y bullanguera, gusta de las fiestas y es unida.
Durante el 2011, los cómputos fueron el domingo 27 de enero. El jueves 3 de febrero se quemó el mal humor. Los sonorenses (de la colonia Sonora) recorrieron con el ataúd las calles Galeana, Hidalgo, llegaron frente a las oficinas del DIF, tomaron la calle principal y regresaron por Álvaro Obregón para quemarlo en el centro de la colonia; después de leer el testamento a las viudas. Este año la reina del carnaval fue Citlalic Catarino Rosas y la princesa Kenia Laura Rivera Barrientos.
Durante el carnaval del 2011, la síndica Guadalupe Galeana Marín coronó a la reina y en representación de Pablo César Solís Nava, Armando Mariscal coronó a la princesa. Los recursos que se recaudan en este evento son para el festejo del Día del Niño y de las Madres que se lleva a cabo en la colonia.
El carnaval de colonia Sonora compite con el de Río de Janeiro dice entre bromas, Isaac Rendón Reyes, El Chaca: “Porque ellos tienen malecón y nosotros Arroyo Cohetero”. El Chaca es el alma del evento. Adrián Jacinto se ha convertido en la lente que todo lo graba, que todo lo ve. Aunque ahora muchas otras cámaras graban y toman fotos. En el Carnaval ya no se necesita un camarógrafo oficial, cargo que una vez tuvo Fausto Hernández Meza.
En 2012  el cómputo fue el 10 de marzo a las 8 de la noche y el 11 se quemó el mal humor. “El Carnaval este año se hizo fuera de tiempo, pero se decidió realizarlo para unir a la gente; ahora, además se busca dársele una orientación católica”, informa El Chaca.
El humor es un ataúd negro lleno de aserrín y de cohetes. Por eso fácil se quema y vuela por todos lados ante la algarabía de los presentes y el desparpajo de los niños. En el 2012 el sarcófago del mal humor salió del centro de la colonia Sonora. Iba seguido por muchos hombres vestidos de mujer que gritaban y simulaban llorar y hacían bromas como: “te fuiste horcón de en medio… Hay me dejaste”. Isaac Rendón va por delante con la bocina animando, la multitud camina atrás de ellos festejando sus puntadas. El cortejo marcha por la calle Galeana, sigue por Hidalgo, luego la Juan Álvarez, Álvaro Obregón y regresan de nuevo a Galeana, en donde colocan el ataúd en una esquina y las mujeres disfrazadas simulan un escandaloso llanto, se lee el testamento y se prende fuego al féretro. Todo se llena de cohetes y algarabía. Los desmadrosos aprovechan para reventarles los globos que llevan los hombres disfrazados en las pompis. Todo es fiesta, así inicia El Carnaval en la colonia Sonora.




martes, 26 de marzo de 2019

Las apariciones de la virgen de Guadalupe


Víctor Cardona Galindo
El pie de la virgen de Guadalupe está esculpido desde tiempos remotos en una roca que se encuentra en el arroyo de La Cruz por el Camino Real a La Florida. No se sabe desde cuando se comenzó a decir que era el pie de la virgen, porque desde que se tiene memoria ya los caminantes le ponían flores y le prendían veladoras a la piedra. Algunas mujeres al descansar en el lugar aprovechaban para murmurar una oración y para pedir favores a La Reina del Cielo.
Una peregrinación en El Ticuí.

Cuando abrieron la carretera a la comunidad, el Camino Real quedó olvidado y hace poco unos buscadores de oro voltearon la piedra para explorar debajo. No encontraron nada pero si destruyeron lo que fue un centro de la devoción guadalupana. Quizá ese pie esculpido ahí sean un indicio de que a la virgen le gusta caminar por Atoyac y se le aparece a quien menos se lo espera, a veces al más pecador.
Fue allá por 1982 cuando la ciudad de Atoyac y los pueblos aledaños se escandalizaron porque en un ahuejote ubicado en la calle Insurgentes número 23 de la colonia Acapulquito, en la casa de Inocencia Romero, se apareció una imagen de la virgen de Guadalupe. La casa y la calle se llenaron de gentes que vinieron de todos lados a ver el prodigio y a pedir sus milagros. La imagen estaba como grabada en la corteza del árbol y se veía como si alguien a propósito la hubiera esculpido.
Les soy sincero yo nunca escuché de viva voz el testimonio de la señora que ya murió, pero si recuerdo que uno de los vecinos platicó que un cable de la luz se despegó y que se vio como un corto circuito en el árbol y al extinguirse las chispas ya estaba la virgen dibujada. Otro dijo que ningún cable se había desprendido del poste, que solamente se vio un resplandor en el árbol que lastimaba los ojos y después pudo verse la imagen. Con el tiempo el asunto fue quedando en el olvido, la figura se borró y el árbol de ahuejote ya viejo fue derribado cuando el alcalde Acacio Castro Serrano mandó a pavimentar la calle.
Otro caso sucedió en la comunidad serrana de la Remonta en 1985, fue gran novedad que una imagen de la virgen de Guadalupe se apareció en un manantial a unos 100 metros al sur de la población. Petra Jiménez encontró la imagen que solamente algunos afortunados la podían distinguir. Muchas personas de diferentes pueblos fueron a ver la aparición, pero algunos se vinieron desilusionados porque la virgen no quiso que la vieran. “Tal vez por la maldad que cargaban en su alma y el resentimiento en su corazón”, opinaban lo que si la habían visto.
No tardó mucho y la virgen se volvió  presentar. Unos vecinos la encontraron en un ojo de agua, al sur de la comunidad de San Francisco del Tibor. Muchos devotos de los pueblos cercanos fueron a verla y sólo las almas puras pudieron ver en el reflejo del agua la imagen de la patrona de México. Algunos niños como mi compadre Francisco Magaña (que en ese tiempo era niño) se vinieron con la desilusión de que la virgen no dejó que la vieran.
En 1998, un 17 de septiembre unos albañiles que trabajaban en la construcción de la casa de Anita Bello en la colonia Mártires de 1960 encontraron que una de las piedras que trajeron del río para hacer los cimientos tenía esculpida de manera natural la imagen de la virgen de Guadalupe. Aun incrédulos los trabajadores de la construcción la recargaron en el tallo de un limón para que otras personas la vieran, fue así como se corrió el rumor de la aparición de la morena del Tepeyac en esa colonia de la cabecera municipal.
La familia Gatica adoptó esa imagen y con las cooperaciones que la gente ha dado le construyeron una capillita en la calle Hermenegildo Galeana número 2 donde la veneran cada año y algunas veces la han llevado en peregrinación hasta la parroquia Santa María de la Asunción. 
Otro caso muy sonado fue el de la comunidad de Zacualpan donde en una pared de una casa abandonada se apareció de nuevo la virgen de Guadalupe el 25 de diciembre del 2002 a las 19 horas, la descubrió la señora Virginia Pacheco Navarrete de 24 años. La vio cuando iba a comprar un foco y al otro día le prendió una veladora. El 26 de abril del siguiente año le comenzaron a prender veladoras los vecinos y llegaron muchos visitantes. Quien la encontró había renegado de la existencia de la virgen porque su hijo estaba enfermo. Le construyeron una capilla en su honor, despegaron el pedazo de pared y actualmente se encuentra en el altar en el centro de la comunidad a unos metros de donde fue el hallazgo.
La aparición más reciente sucedió en un trastero de barro de una humilde vivienda del Plan de la Cruces (lugar mejor conocido como La Antena). La descubrieron el 11 de septiembre de 1999, en los terrenos de Petra Gómez Alvarado, en la pequeña casita donde vivía José Luis Mata Gómez quien ya falleció. Vieron por primera vez la imagen cuando fueron a cortar elotes a la milpa. Después desprendieron el pedazo de barro y lo pasaron a la capilla que  se edificó en ese lugar con la misma limosna que se fue recibiendo y desde ese año se le festeja, el 11 de diciembre por la noche se hace una velada y la familia propietaria del predio que vive en la cabecera municipal se concentra allá esos días hasta el 12.
De ese acontecimiento solamente quedaron las fotos ampliadas que les tomaron porque la original plasmada en el barro ya se borró, porque la gente la tocaba. En la imagen original se veían guías de rosas de un solo pétalo alrededor de la estampa. Cuando se dio el hecho el padre Pedro Rumbo Alejandri fue a ver el prodigio y el párroco Rafael Valencia bendijo las fotos amplificadas que todavía se conservan. María Felicitas Sánchez dice que desde el 2009 al sacar réplicas a la foto ampliada siempre aparece un resplandor en la esquina derecha de la copia.
Antes de que apareciera la Virgen, doña Petra percibía todos los días --cuando iba a dejarle de comer a José Luis-- un fuerte olor a copal y por las noches José Luis sentía como todo el lugar se impregnaba de un intenso olor a rosas. Ese día de la aparición por la noche entró a la pequeña vivienda mucho viento que se llevó el calendario que colgaba del armario y al otro día estaba la imagen de la virgen dibujada en el barro.
Atoyac es un pueblo muy apegado a la devoción guadalupana; por toda la ciudad la gente ha colocado pequeñas capillas en su honor. En la calle Galeana una ermita está en la colonia Sonora frente a la vivienda del contador Gabino Hernández. Hay otra por el Atrancón en el callejón que va para la casa de Ezequiel  Arreola y  una virgen despide a todos al salir de la ciudad en la carretera que va al Paraíso. Los choferes se persignan al pasar. En la entrada de la ciudad en un paredón está una pequeña capilla a la Virgen de ahí salen todos los años las peregrinaciones de las combis cuyo gremio de transporte organiza la procesión más colorida y más grande. Otra imagen está en la calle Juan Álvarez frente a la casa de Decidor Silva Valle, donde desde el día primero comenzaron los rezos. En la calle de Francisco González Bocanegra está una pequeña capilla dedicada al Divino Niño y al frente otra dedicada a la guadalupana. En todos esos lugares habrá pozole por la noche del 11 de diciembre y en las casas de las familias que tradicionalmente festejan a la Morenita del Tepeyac.
Rosa Santiago Galindo tiene 89 años y recuerda como eran las fiestas a la virgen a mediados del siglo pasado. La gente se organizaba, se anotaban para la rifa de la cual salía el Mayordomo y la Diputada Mayor. Los demás que participaban en la rifa quedaban como ayudantes. Aunque también se anotaban ayudantes voluntarios. Todos se ponían de acuerdo se cooperaban. Comenzaban por acarrear palos para las enramadas y mataban marranos. Cuando iban a comenzar a construir la enramada tiraban una bomba, era la señal que ya comenzaba la fiesta. Entre todos llevaban: maíz, ceniza, panocha, chiles y todos los ingredientes que se necesitan para los guisos, trastes, en primer lugar ollas y cazuelas grandes para poner el atole, el pozole y el café. Era una fiesta de todos, se comenzaba por poner los nejos e ir a lavar el nixtamal al río y luego ir a molerlos en el metate. Había voluntarios tanto para menear el atole como para matar los cuches. Como no había luz eléctrica en ese tiempo se organizaban los hombres y con bestias iban a la sierra a traer cargas de rajas de ocote y con eso hacían hachones para el alumbrado. Se armaban muchos rollos de hachones que se prendían alrededor de la fiesta.
La fiesta era en la casa del mayordomo, la gente llevaba a la virgen del mayordomo saliente al entrante. Eran imágenes de cuadros, las que se veneraban y le hacían una especie de arco como nicho donde las colocaban entre coronas de flores. Los altares eran muy coloridos adornados con telas. Cuando estaban haciendo la comida bailaban fandango de arpa en una tarima. Eran muy famosas las fiestas que se organizaban en la casa de doña María Gómez en la calle Florida, iba mucha gente y a lo lejos se escuchaba el murmullo de la marimba.
Se saboreaba el arroz con “frito de cuche”, se sacrificaban reses para que comiera la gente y se repartía el atole de nejo pintado con polvo de achote. En la sierra continua la tradición. La fiesta más grande es la del poblado El Camarón, en donde siguen nombrando Mayordomo y Mayordoma. Todos los que se anotan para la rifa y no ganan la mayordomía quedan como Diputados. El Mayordomo y la Mayordoma matan cada uno una vaca para repartir la comida el 12 de diciembre. Los diputados arreglan la capilla y reparten la comida el 11 por la noche.
Antes, el día 12 de diciembre, a las niñas que le cantaban a la virgen les llamaban loantas. Rosa Santiago Galindo “la Tía Rosita” ensayaba a las pastoras, las aldeanas y las loantas. La buscaban para que fuera a ensayar hasta en la sierra. Una ocasión estuvo un mes en Puente del Rey donde la invitó Sotero Peralta para que ensayara las loas. “Se buscaban niñas como de 12 años, las pedían prestadas a sus papás, quienes tenían que dar su consentimiento porque les tocaba vestirlas de blanco, con un velo y coronas de flores”.
A pesar de su edad “la Tía Rosita” recita de memoria las loas: “Del cielo al suelo bajó/ la soberana princesa/ y fue tanta su belleza/ que a Juan se le apareció. Hijo Juan Diego le dijo/ una merced me has de hacer/ a México has de bajar/ y al Arzobispo has de ver. Y le dirás de mi parte/ que es mi última voluntad/ que en el santuario me haga/ una iglesia donde he de posar.
Ahora las loantas no se representan más y la tradición de las aldeanas poco a poco se va perdiendo. Pero eso sí, en la mayoría de los hogares católicos se levantan altares, hay rezos el 11 en la noche, pozole y café negro. Algunas aldeanas extraviadas, grupos vestidos de blanco cantando las mañanitas con guitarra o solamente a capela y diversas danzas recorren la ciudad. La festividad comienza a las cinco de la mañana del 11 cuando familias enteras y grupos de amigos llegan a cantar las mañanitas a la iglesia o a la capilla de la colonia o de la comunidad.
Las peregrinaciones comienzan el día primero de diciembre por la tarde, salen de diferentes rumbos de la ciudad y llegan a la parroquia. Alrededor de unas cuatro al principio  y a medida que se va acercando el día de la virgen van aumentando las procesiones  y llegan a juntarse hasta 10 manifestaciones religiosas en la tarde del 11 de diciembre. El día 3 de diciembre, por ejemplo, llegaron cinco marchas, la primera fue la de la colonia Pindecua amenizada por la banda de viento, las campanas se dan al vuelo al llegar el estandarte de la virgen y la hermandad de “Jesús de Nazareth” auxilia a los peregrinos y los organiza. El padre sale a bendecirlos y todos pasan a la iglesia mientras la banda toca las mañanitas.
El otro cortejo salió de El Tamarindo. La gente sigue llamando Tamarindo al lugar a pesar de que el árbol que le dio el nombre hace muchos años que dejó de existir. Un acompañamiento más salió de El Parazal y otra de la calle Hidalgo. Luego se escuchó el escándalo por la calle principal de la familia Astudillo Cabañas que organizó una peregrinación acompañada por la banda de viento, todo es alegría en esta tarde de diciembre.
Los fotógrafos colocan sus mejores adornos en el atrio de la iglesia: caballitos y burritos de madera y al fondo una pintura o una escultura de la Virgen para tomarles la foto a los niños vestido de inditos. En las calles aledañas a la parroquia y cerca del Zócalo todo está ocupado por los comerciantes que venden flores de noche buena y todo tipo de adornos navideños. Algunos grupos llegan sin música, tal vez no les ajustó el presupuesto para contratar a la banda, pero ellos cantan ¡Oh! María, madre mía/ ¡Oh! Consuelo del mortal/ amparadme y guiadme/ a la patria celestial. Llegan unas con más peregrinos que otras, pero al final la parroquia es un mar de gente.


sábado, 16 de marzo de 2019

Día de muertos en Atoyac


Víctor Cardona Galindo
 “No desprecies este lugar ni lo mires muy lejano, pues de tanto vagar y vagar llegarás tarde o temprano” se leía, antaño, en el letrero del arco de entrada al panteón de El Ticuí.
En nuestra familia se cuentan historias sobre el día de muertos, que son la conciencia, que conservan la tradición, porque nadie quiere que les pase lo que a los personajes de esos relatos. Como lo que le pasó a la tía Rosaura.
La danza de El Cortés en una ofrenda

Resulta que una noche Rosaura llegó de rezar. Anduvo todo el día rezando en las casas del barrio, eran las 10 de la noche. Su esposo había muerto asesinado hacía ya mucho tiempo y todos los años el día de los difuntos le prendía una vela, pero ese día llegó cansada y como ya tenía muchos años de muerto no la quiso prender. Se disponía a dormir cuando le tocaron la puerta. Una voz de hombre le decía Rosaura, Rosauraaa, ella preguntó --¿Quién es? Obtuvo un “yo”, por respuesta. Siguieron tocando suavemente la puerta y repitiendo: Rosauraaa, Rosauraaa. Cuando se decidió a abrir, se encontró con un hombre joven, que vestía de negro, traía un sombrero, de ala ancha, del mismo color que le cubría el rostro, le preguntó: ¿Quién eres? —“Soy yo”—le contestó. —¿Qué quieres? —Dame lumbre para el camino—contestó.  Rosaura le prendió una raja de ocote y el desconocido se fue.
Regresó a la cama y se quedó pensando en aquel hombre vestido de negro, un buen rato. Cuando estaba por dormirse, otra vez le tocaron suavemente la puerta, y volvió a escuchar la voz que repetía su nombre. Nuevamente se incorporó y encontró al mismo joven vestido de negro con el sombrero que le tapaba la cara, quien le comentó: —se me apagó la luz, dame lumbre.
Fue por los cerillos y le volvió a prender la raja de ocote. Aquel hombre regresó unas tres veces durante  la noche porque se le apagaba el fuego. Era el día de Todos los Santos.
Al siguiente año, después de que llegó de rezar, el mismo hombre le fue a pedir lumbre.
Era rezadora y se iba a rezar todo el día desde la víspera del Día de los Angelitos en las casas donde levantaban altares y ofrendas, comía en las viviendas donde rezaba y sólo llegaba a dormir a su hogar. Al tercer año de no prenderle cirios a su esposo muerto, otra vez llegó el hombre vestido de negro, con el sombrero que le tapaba el rostro, a pedir lumbre.
En una de sus confesiones le contó al sacerdote que un hombre no la dejaba dormir el día de Todos los Santos, desde hacía tres años. El padre le preguntó: Le prendes veladoras a tu esposo? Ella lo negó. — ¿Pues cuántos años de muerto tiene tu marido? —Quince años, respondió. —Pues préndele una veladora porque ese hombre que viene a molestarte es tu marido. Entonces se acordó que todos en el pueblo la llamaban Rosa y su esposo era el único que le decía Rosaura. El siguiente año antes de irse a rezar, por el día de los difuntos, prendió las velas y el hombre de negro ya no regresó.

“Hay muertos que no hacen ruido y son mayores sus penas”.
(Dicho de doña FORTINA ROJAS ARELLANO)

Otra leyenda cuenta acerca de dos hermanos que se habían quedado huérfanos. Su madre, recientemente, había muerto. Su padre, hacía mucho. Era el Día de los Angelitos y el día siguiente se conmemorarían Todos los Santos.
La niña le pidió dinero al hermano mayor para comprar velas y hacer una ofrenda a sus papás. —No tengo dinero –contestó– no creas en esas tonterías, el que se muere se murió, ya jamás regresa, a la noche te voy a demostrar que no vienen, los voy a espiar.  No estés chingando, préndeles un estiércol de vaca.
La jovencita lloró por la maldad de su hermano. En la noche el joven se instaló detrás de la puerta, esperando a que llegaran los muertos, entonces fue cuando escuchó que rezaban, se asomó y observó un lucerío que venía del panteón rumbo al pueblo, en la procesión vio muchas personas que traían rollos de velas, otros portaban sólo una, con la que iluminaban el camino, otros se venían quemando las manos con veladoras, había personas que nada les alumbraba, caminaban en silencio tras los demás, solamente su madre traía prendido un estiércol de vaca que le humeaba la cara, al verla en esas condiciones corrió llorando, hacia el pueblo, a comprar unas velas para encenderlas en el altar.

No entiendo porque le ponen bardas a los panteones, si los que están adentro no se pueden salir y los que estamos afuera no nos queremos meter.
CALILLA.
Cuando es octubre toda la ciudad de Atoyac y los cerros que la circundan se visten de blanco, las flores cual nieve cubren los bocotales. En los caminos, flores multicolores alegran el paso, el pericón crece en las huertas y adorna todo con diminutas flores amarillas. El bocote (cueramo, le llaman los calentanos) florea en otoño y cuando las flores caen en la pila de agua, primero flotan y después se aplanan, parecen diminutas estrellas de mar. Mi ciudad está rodeada de bocotales, son los árboles que pueblan el panteón y vuelven blanco el camino en Todos los Santos. Las atoyaquenses del pasado eran muy laboriosas y hacían las coronas para sus ofrendas con puras flores de este árbol.
Al llegar el primero de noviembre se festeja a los angelitos y el 2 a los difuntos adultos. Se levantan altares y se colocan ofrendas con las comidas que le gustaban al fallecido, principalmente, tamales nejos y frito de cuche (a quien no le gusta una carne de cuche con arroz). Los panteones se visten de colores, la gente lleva flores a sus antepasados y pinta las tumbas. Hay quienes llevan al sepulcro la música que más les gustaba a sus difuntos. Es como ir de día de campo, pero al panteón.
Entre octubre y principios de noviembre las milpas parecen un pedregal. Las calabazas asoman sus caderas entre el monte que alcanzó a crecer después de la última limpia. Es el tiempo en que los difuntos vienen a llevarse el aroma de la comida guiados por las luces de las velas que se prenden en el altar. Las ofrendas se hacen con productos de la región y con lo que se acaba de cosechar. Es también como dar gracias por lo que la madre tierra nos da. Se ofrenda atole blanco de maíz nuevo, conserva de calabaza, se sacrifica el “marranito” y se hace el frito de cuche. La jícama se da en la milpa y se va al río por los camarones. Antes, por todos lados había árboles de mandarina ahora se compra en el mercado, es la temporada y es muy barata.
Desde la víspera de Todos lo Santos el centro de Atoyac se llena de flores y en las entradas a los panteones están a la venta el cempaxúchitl, las madroñas, el amaranto (garra de león o terciopelo) y las africanas. También hay pompones, gladiolas y otras flores que no son típicas.
“Tradicionalmente se han puesto en las ofrendas lo que comía el muerto –comenta Enrique Hernández Meza-- carne de cuche con nejo, calabaza con atole blanco, su vasito de sal, tequila, su taza de arroz con leche, nacatamales, tamales sordos (hechos con manteca y piloncillo) muchas flores: ensartas de cempaxúchitl, amarantos, madroñas (blancas y moradas) africanas (las hay silvestres y domesticadas) velas y veladoras, la foto del difunto o de los difuntos. Se utilizan colores rojos y morados. El morado que significa la espiritualidad. Muy antiguamente cuando la gente estaba pobre hacían las coronas de bocotes. Una flor de tipo nube que le llamaban “reunión”, había mucha en los corredores ahora ya no se usa. En algunas casas les ponían flores de mariposa y flores de mirto. Todo era silvestre o lo que se daba en la milpa. Eso de ponerles calaveritas es una tradición chilanga, no nuestra, en el pasado no se le ponía eso”. Cuando el altar es austero se acostumbra también la flor de palo de arco.
Mi mamá María del Refugio Galindo Romero pone su altar desde el 31 de octubre y le prende veladoras a los angelitos, en este caso a sus hermanitos muertos, les pone: arroz de leche, mandarinas, jícamas y dulces, todo lo que comían cuando estaban vivos. Ya el día primero a las 7 de la noche se prepara para esperar a los difuntos mayores les pone: café y tequila para el abuelo Agustín que murió por el gusto. Unos “puros” del mercado para la abuela Victorina  y cigarros para los tíos. Para todos tamales nejos, carne de puerco entomatada, nacatamales, un vaso con agua, un puñito de sal, pan de muerto, calabaza y atole blanco, tamales sordos y prende velas o veladoras.
Adorna su altar con cadenas con flores de cempaxúchitl, madroñas o mardonias, coloca floreros con africanas y amarantos. Pone papel picado, cadenas de papel de china con colores, azules con anaranjados, amarillo con azul, o negro con anaranjado o morado con blanco. Hace un caminito con flores de cempaxúchitl despicada desde la puerta al altar. Forma una cruz de flores de cempaxúchitl picada y alrededor se prenden las velas, una para cada difunto, instala las fotos de los abuelos y los tíos. Coloca su sahumerio con brazas y copal para sahumar el altar una vez terminado. También pone cervezas, cerillos y un caldo de camarones porque a mi abuelo Agustín le gustaba mucho ese guiso. Allá en el barrio, recuerda María del Refugio, que en el pasado ponían un vaso con agua en la ofrenda, cuando terminaba el rezo del día de los difuntos daban de beber el vaso con agua al que agregaban un puñito de sal a las invitadas. Los guisos de las ofrendas se repartían entre los vecinos, se llenaba la mesa de ofrendas cuando terminaba el rezo, para que todos comieran. Ese día las mujeres estrenaban vestidos de luto. Se preparaban con tiempo para el festejo.
Recuerda que en Los Valles los Galindo sembraban cempaxúchitl alrededor de toda la milpa y las mujeres de la familia invitaban a los vecinos para ir a cortar las flores. Salían a las cinco de la mañana con canastas y hasta con burros para traer lo cortado, todo era regalado.
Los altares se levantan el 31 de octubre por la tarde. Antes era común de que a la hora que se terminaba el altar se tirara un cohete. Todo el día primero se tiraban cohetes. El último lo tiraban a las 7 de la noche porque a esa hora se prendían las veladoras de los difuntos.

“Hay dios que me voy del mundo, porque la tierra me llama, porque cuando la muerte llegue sólo quedará la soflama”.
FORTINA ROJAS ARELLANO

Y abundando sobre lo que es el día de muertos en Atoyac, ya se hizo tradición que el 31 de octubre los estudiantes de la Escuela Preparatoria, Núm. 22 de la Universidad Autónoma de Guerrero monten sus ofrendas en el patio del plantel, donde los alumnos hacen gala de su creatividad. Todos los años han instalado sus altares dedicados a diversos difuntos, pero principalmente a Lucio Cabañas, Juan Álvarez, Francisco Villa,  Emiliano Zapata y al Che Guevara. Este año se sumaron los altares para Andrea Radilla Martínez, Ascencio Villegas Arrizón y al entrañable maestro de música de la Preparatoria Feliciano Hernández, a quien le cantaron su canción favorita “Wendoline”.

“No le deseo la muerte a nadie, pero Dios bendiga mi negocio”.
EL DUEÑO DE LA FUNERARIA.

Las campanas doblan cuando alguien muere, si es por la noche al escuchar los dobles todos se preguntan: ¿Quién moriría? Si no es familiar, al otro día se mata la curiosidad cuando se ve caminar el cortejo fúnebre por la calle principal, van con el féretro a despedir al difunto de la parroquia principal, luego al panteón.
Las familias tradicionales (las más viejas) se siguen sepultando en el panteón en el centro de la ciudad, ahí descansan nuestros próceres como Gabino Pino González, Pedro Clavel, David Flores Reinada, Arnulfo Radilla Mariscal y Enedino Ríos Radilla.
Hay otros tres panteones, el de La Libertad por el rumbo de la colonia Loma Bonita, en donde son enterradas las familias nuevas; algunos pobres, a los que el Ayuntamiento les regala terrenos; ahí están enterrados los tres guerrilleros del EPR, muertos en enfrentamiento: Rodolfo Molina y los dos caídos en el combate de El Guanábano.
Está el panteón de Las Lomas del Sur, es privado hay que tener recursos para comprar los lotes, ese panteón era de don Vicente Adame, él tuvo la idea de hacerlo; ahí están sepultados el químico José Zavala Téllez, doña Fidelina Téllez Méndez, el ex alcalde Germán Adame Bautista y mi tía Carlota Galindo. Los Nogueda ya abrieron también un panteón pegadito al de las Lomas del Sur.
Atoyac tiene fama de ser violento. Últimamente nos invadió la muerte, absurda, sin valor, que da vergüenza, pero en otros tiempos los muertos con violencia tenían sentido. Se moría por honor, por pasión política, por la familia, por una mujer, por la defensa del bosque o la tierra, nuestros muertos eran queridos y recordados, reivindicados.