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viernes, 9 de junio de 2023

El obelisco a Lucio Cabañas Barrientos

 Víctor Cardona Galindo

Entre 1967 y 1974, el Partido de los Pobres y su Brigada Campesina de Ajusticiamiento resistió 16 campañas militares; más de cinco mil de soldados patrullaron la sierra de manera permanente. La guerrilla de Lucio Cabañas fue la más conocida de su época y la que más daño causó a las fuerzas del gobierno. Incontables soldados y policías salieron heridos y muertos en muchos ataques.

La guerrilla inició un día después de la masacre de campesinos en la plaza de Atoyac el 18 de mayo de 1967 y terminó cuando el maestro Lucio Cabañas Barrientos murió en combate contra las fuerzas militares del Estado mexicano en las inmediaciones de El Otatal, municipio de Técpan de Galeana, el 2 de diciembre de 1974.



El cuerpo del guerrillero fue trasladado en helicóptero a las instalaciones del cuartel militar del 27 Batallón de Infantería en la ciudad de Atoyac, donde se le practicó la necropsia y fue identificado por la maestra Genara Reséndiz de Serafín, Ricarda López Alonso, secretaria de la Agencia del Ministerio Público del lugar y el titular de la misma el licenciado Raúl Orbe Berdeja, así como el presidente municipal el médico Silvestre Hernández Fierro.

Casi al amanecer del 3 de diciembre de 1974, los militares arrojaron el cadáver de Lucio Cabañas Barrientos a una fosa común en el cementerio de Atoyac. Cuando doña Elizabeth Flores Reynada fue a pedir el cadáver, para darle cristiana sepultura, le dijeron que ya lo habían enterrado y el presidente municipal la llevó, junto a un grupo de periodistas, donde lo habían sepultado.  Nadie creyó que los restos del maestro guerrillero estuvieran ahí, porque el morro de tierra que se levantó en la sepultura fue muy pequeño. Nadie concluyó que lo habían enterrado sin caja, solamente envuelto en una sábana, por eso para la gente los restos estaban perdidos y muchos años sus simpatizantes exigieron al gobierno que dijera donde estaban, otros decían que había pactado su salida con Rubén Figueroa y que estaba viviendo en Cuba o Rusia. La derecha apostaba que Lucio estaba vivo y que había vendido el movimiento. La verdad se supo cuando sus restos fueron exhumados los el 3 de diciembre del 2001.

Ese día los familiares y seguidores de Lucio Cabañas, que portaban un moño rojinegro, se presentaron en el panteón municipal de Atoyac donde se presumía que estaban los restos del guerrillero. Decenas de curiosos se congregaron, desde temprano, en el cementerio.

A las 10:10 de la mañana personal del Ayuntamiento de Atoyac comenzaron a despedazar a marrazos, la tumba de Raúl Gallardo Benítez quien que murió en un accidente automovilístico el 29 de marzo de 1977. Lo sepultaron, arriba donde se suponía estaba Lucio, por decisión de su tía Elizabeth Flores Reynada como medida de seguridad para evitar que a alguien intentara extraer los restos o modificar el terreno. El ministerio público del Fuero Común de la ciudad, certificó la exhumación del cadáver de Raúl Gallardo Benítez, sus familiares lo rociaron con agua bendita antes de que fuera extraído de la gaveta.

Después de dos horas, los restos de Raúl fueron trasladados a un nuevo ataúd, el que tenía era de madera y ya estaba podrido. Por segunda ocasión lo enterraron, a varios metros del lugar donde estaba.



Después de eso, los peritos de la Fundación “Rigoberta Menchú” y personal de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) pudieron iniciar la excavación a las 12:40 horas.

A las 16:17 horas, los peritos de la CNDH, dirigidos por Fernando Cervantes, llegaron al metro y 25 centímetros de profundidad, fue Carlos Jácome, el arqueólogo contratado por la familia Cabañas Barrientos, quien se topó con un hueso circular. Era el occipital de un cráneo. Al ver cráneo y la dentadura la maestra Hilda Flores Solís se soltó a llorar.

Minutos más tarde fue apareciendo más pedacería ósea, rojiza por la tierra húmeda. Terminaba un mito. El cráneo tenía, al menos, un orificio con restos de sangre seca, como si fuera la huella dejada por un tiro de gracia. Y también la dentadura aún tenía una amalgama. No había duda era Lucio.

Como señal de lo encontrado la familia colocó, en uno de los espacios del cerco, la bandera del Partido de los Pobres, un lienzo que tiene pintado un fusil y un machete incrustados entre montañas. En el centro una estrella roja como si fuera el sol.

A las seis y media de la tarde, el representante legal de la familia Cabañas Barrientos, Edgardo Canseco reveló a la prensa que se habían encontrado partes óseas del cuerpo del rebelde suriano, quien estaba sepultado mirando al cielo, de la quijada desprendida sobresalía un diente de platino. Los restos, desenterrados parte por parte, indicaron que había sido inhumado en cuclillas y que había recibido un balazo en el maxilar derecho. Entre los restos se encontraron clavos de dos pulgadas que tenían la intención de acelerar la fragmentación de los huesos.

Ante la presencia de los familiares más cercanos y de algunos representantes de organizaciones sociales, la exhumación concluyó aproximadamente a las cinco de la madrugada del día cuatro de diciembre.

Posteriormente el cuerpo fue trasladado a la casa de la señora Sofía Cabañas Tabares en la colonia Sonora de la misma ciudad donde se instaló un altar durante algunas horas. El ataúd que contenía los restos del profesor-guerrillero fue colocado sobre unas mesas, cubierto por dos banderas la mexicana y la del PDLP.

Por la noche los restos fueron depositados en el laboratorio de la Escuela Preparatoria Número 22 de la ciudad de Atoyac, donde los especialistas armaron el cuerpo y tomaron las muestras para el análisis de ADN que se realizó en un laboratorio de la UNAM en la Ciudad de México.

Fue hasta el 12 de agosto del 2002 cuando los antropólogos forenses comprobaron que efectivamente los restos correspondían al guerrillero, después de hacer las respectivas muestras de ADN y compararlas con dos de sus hermanos y su hija Micaela Cabañas Ayala.

Para comenzar a construir el monumento a Lucio Cabañas, el 16 de noviembre de 2002 derribaron un longevo árbol de tamarindo en la plaza principal de Atoyac. Los trabajos comenzaron sin el permiso de la autoridad municipal.

Los restos de Lucio Cabañas estuvieron durante un año en custodia del padre Máximo Gómez en la Iglesia del Dios Único, de donde fueron sacados el sábado 30 noviembre 2002 para ser llevados a Ayotzinapa y luego a Chilpancingo. Ya de regreso a Atoyac pasaron por el poblado El Treinta, municipio de Acapulco y por El Cayaco, municipio de Coyuca –en donde vivió parte de su infancia– para llegar la noche del domingo primero de diciembre a nuestra cabecera municipal.

En la Normal Rural de Ayotzinapa escuela en la que se graduó como maestro en 1963, se realizó un gran acto en el patio del plantel donde se levantó un altar en honor a Lucio Cabañas y se congregaron representantes de las 17 normales rurales del país vestidos de negro y con banderas rojas. Los alumnos, integrantes de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México acompañaron con consignas los discursos de los oradores en ese evento.

Más tarde unos 500 asistentes, entre estudiantes de diversas Normales de Guerrero, Morelos, Estado de México y Coahuila; así como líderes de organizaciones de colonos y campesinos, acudieron al homenaje póstumo al guerrillero que se realizó junto al palacio de gobierno en Chilpancingo.

A un día de cumplirse 28 años de su muerte sus seguidores y familiares le rindieron un homenaje, trasladaron sus restos en una manifestación que salió de la preparatoria 22 a la plaza pública de Atoyac. Durante la noche del domingo primero de diciembre se realizó una velada cultural en la plaza Morelos, con la participación de todas las organizaciones presentes.

Por la mañana, del 2 de diciembre del 2002, los restos de Lucio Cabañas fueron llevados al panteón de la comunidad de San Martín de las Flores donde está sepultada su madre la señora Rafaela Gervasio Barrientos. Allí se montó una guardia de honor en el panteón ante la presencia de los restos.

Luego los restos de Lucio Cabañas fueron regresados a la cabecera municipal. En la entrada de la colonia 18 de mayo de 1967 comenzó la marcha encabezada por la urna con los restos, pasaron a la escuela primaria Modesto Alarcón donde fueron recibidos por maestros y alumnos. Después el cortejo partió con los restos para darle sepultura en el zócalo de la ciudad bajo el obelisco de ocho metros de altura que en su memoria proyectó el arquitecto Hilario Arroyo Valadez.

Finalmente, los restos del legendario guerrillero fueron enterrados en una urna que hizo el escultor Pedro Zamudio con motivos prehispánicos, tenía forma de tronco y con tres cabezas de jaguar como soporte. La urna fue cubierta con una bandera de México. Desde entonces los restos de Lucio Cabañas reposan en el zócalo de Atoyac.

Dos años después las organizaciones sociales de izquierda, el 2 de diciembre del 2004, colocaron la estatua de Lucio Cabañas que esculpió el escultor Jorge Ramírez (de Celaya Guanajuato) en la fundición de los hermanos Rivero en la Ciudad de México. La develaron en el obelisco, con la presencia del escritor Carlos Montemayor, el padre Máximo Gómez Muñoz y la luchadora social Hilda Flores Solís. Desde entonces, el monumento a Lucio Cabañas se ha convertido en el lugar favorito para las protestas de los grupos de izquierda. Todos los años, el 18 de mayo y el 2 de diciembre, rendimos homenaje al líder del Movimiento Armado Socialista más conocido y admirado de México.

 

 

 

 

domingo, 5 de julio de 2020

El secuestro de Figueroa II



Víctor Cardona Galindo

El 28 de mayo de 1974 en el campamento de Los Alacranes, la guerrilla inició la preparación de mochilas para abandonar el lugar y llevar a cabo “El plan grande”. Desde ese paraje las comisiones se desplazaron hacia la ciudad. El combatiente Carlos buscaría dos choferes, para mover una camioneta con víveres y Sabás haría el primer contacto con Rubén Figueroa en San Jerónimo.
Marcelo Serafín Juárez, Roberto; fue detenido el 2 de diciembre de 1974. En
El Otatal, después del combate en que murió Lucio Cabañas. Hasta la fecha
está desaparecido.

En el libro Lucio Cabañas y el Partido de los Pobres. Una experiencia guerrillera, un combatiente, al que le dan el seudónimo de Juan, y del que queda claro se trata del mismo Carlos, explica: “El 28 de mayo se me comisiona para salir al medio urbano con el fin de conseguir una camioneta y dos choferes y subir el 30 de mayo por la carretera que va de Tecpan al Aguacatoso-Cabeceras, llevaría bolillos y queso para los compañeros de la comisión que marcharían hasta un lugar de la carretera para ‘recibir’ al viejo. Yo tendría que salir temprano, ir atento viendo la carretera hasta encontrar una contraseña que consistía en dos varas atravesadas en la carretera, ahí estarían los compañeros, me bajaría con un chofer y el otro se regresaría con la camioneta. Por esa misma carretera subiría más tarde el compañero Sabás con los ‘visitantes’”.
Ese mismo día 28 de mayo la guerrilla avanzó hacia lo profundo de la sierra, donde se dividió en dos grupos: uno de 26 miembros fue a esperar a Figueroa en la brecha que conduce al Aguacatoso y el otro con un número mayor se dirigió al norte para ubicar un punto de reunión. “Se presentaba la caída de la tarde, cuando la guerrilla empezó a escalar la montaña con grandes cumbres, las cuales hacían pesado el avance. Decidimos pernoctar a orillas de un  arroyuelo y pasar ahí la noche para continuar al día siguiente. Agotados por el cansancio, se gozó de dicho descanso, el cual todo mundo aprovechó a sus anchas”, asentó Francisco Fierro Loza en el texto La verdadera historia de un secuestro.
Mientras el grupo mayoritario iniciaba su marcha para cumplir con su tarea, el grupo de los 26 a pasos forzados avanzó toda la noche del 29 de mayo, para llegar al amanecer a orillas del río  Tecpan, mismo que corre paralelo a la brecha por la que llegaría el precandidato a la gubernatura con su manojo de propuestas para que Lucio abandonara las armas.
Por su parte Rubén Figueroa salió, de las instalaciones de Autotransportes Figueroa ubicadas en Acapulco, a bordo de una combi roja propiedad de la Secretaría de Agricultura, adscrita al Centro de Investigaciones de Iguala. Inocencio Castro le había informado que Lucio Cabañas estaba enfermo y cansado, por eso el principal cacique de Guerrero pensaba que “valía la pena verse con él y tratar de llevarlo al terreno de la paz social”, diría después el también senador. Para que fuera parte de su comitiva invitó a su sobrino Febronio Díaz Figueroa, de 54 años, por que era profesor universitario de marxismo y consideró que le podía ser útil en las discusiones con Lucio.
Figueroa dijo a Luis Suárez que le preguntó a Inocencio Castro, “cuando ya me trajo la última comunicación de Lucio, si no caería yo en una celada. De ninguna manera, me dijo. Añadió que Lucio tenía confianza en mí para abanderar la vida nuestra”. Con el tiempo sabemos que Inocencio, no era ajeno a los planes que tenía Lucio para con Figueroa.
Eran  las 7: 45 de la mañana cuando el vocal ejecutivo de la Comisión del Balsas abandonó la casa que tenía al interior de la compañía de transporte en Acapulco, en el camino se detuvo para colocar los moños blancos a la camioneta, esa era la contraseña para que lo identificara la guerrilla. Ernesto, el chofer que llevaba, se quedó en el entronque de San Jerónimo y Febronio tomó el volante.
El primer contacto entre la gente de Lucio y Figueroa se dio el jueves 30 de mayo de 1974 en la vía que conduce de San Jerónimo a El Ticuí cerca del crucero con la carretera Acapulco-Zihuatanejo. A las 9 de la mañana llegó el senador y sus cuatro acompañantes, su secretaria Gloria Brito que iba para tomar nota de los acuerdos en taquigrafía, Febronio Díaz Figueroa el asesor de marxismo y dos tíos de Lucio, Luis Cabañas Ocampo y Pascual Cabañas Ocampo que habían servido como enlace para la entrevista.
Luis Cabañas Ocampo que había sido el principal líder de Los Cívico en Atoyac, únicamente tenía un pulmón, el otro se lo habían quitado en la ciudad de México, mediante un operación quirúrgica y se sofocaba al caminar, por eso muchas personas, que lo conocieron, dudan que haya andado en la sierra secuestrado con Figueroa y creen que todo fue un arreglo para aumentar la popularidad de “el viejo” dado que era precandidato a la gubernatura.
Figueroa recodaría después ante Luis Suárez que: “Como al cuarto de hora pasó un coche de sitio de San Jerónimo, donde iban el chofer y otra persona. Pasó. Pero a los 400 metros se detuvo. Bajó una persona. Un hombre chaparrito que llevaba en la mano izquierda una rama verde. Era el enlace. Subió a la camioneta. Esa persona esa Sabás, nombre que tenía en la guerrilla, y que era conocido de Luis y de Pascual Cabañas. Ellos sabían quien era en realidad Sabás”. Se trataba de Sixto Serafín Castro, pero el prefería que le llamaran Sixto Huerta, nació el 6 de agosto de 1936, en El Porvenir y su seudónimo en la guerrilla era Sabás y era uno de los guerrilleros más comprometidos del Partido de los Pobres.
Después de que Sabás subió a la camioneta enfilaron en dirección a Tecpan de Galeana y de ahí rumbo a El Aguacatoso, deberían pararse donde encontraran una rama verde atravesada en la carretera, pero al grupo que los esperaba se le olvidó poner la señal y tuvieron que irse de paso hasta lo alto de la sierra.
Mientras ellos iban en camino, para los 26 guerrilleros que los contactarían, “transcurrían las primeras horas del día 30 de mayo de 1974, cuando se buscaba el lugar adecuado para colocarse cada uno en su puesto, a manera de emboscada, por la desconfianza que se tenía a la llegada de Figueroa”, comenta Francisco Fierro Loza.
El tiempo pasaba. El comando de los 26, en sus puestos de combate, permanecía atento al reloj para checar la llegada a la una de la tarde, hora precisa de establecer el contacto. A esta hora había inquietud y desconfianza de que pudiera llegar Figueroa; todo era esperar. Los carros seguían pasando y no se lograba ver la camioneta roja o blanca con las respectivas contraseñas.
Narra Juan: “El 30 de mayo salimos el chofer que conducía la camioneta, el otro chofer y yo. Caminamos una hora, dos horas, tres horas y nada de contraseña. Llegamos a un pueblo llamado El Aguacatoso, había ahí una cadena que impedía el paso, porque el aserradero que ahí había estaba embargado, precisamente por Figueroa; vino una persona, quitó la cadena y pasamos, seguimos caminando otro rato hasta llegar a otro pueblo, llamado El Seco, sin encontrar la contraseña. Emprendimos el camino de regreso, pasamos por Aguacatoso y más adelante encontramos una combi, ahí venía el viejo, Febronio, Gloria, Pascual y Luis, los traía el compañero Sabás. En cuanto reconocí al compañero brinqué de la camioneta (…) Le dije que tampoco había encontrado la contraseña”
“Nos pusimos de acuerdo de que diéramos otra vuelta a El seco, bajamos las cosas, el chofer (que al parecer era Inocencio Castro) se fue con la camioneta y junto con el otro chofer nos subimos a la combi. Ahí iba al volante Febronio, a un lado Figueroa, atrás Gloria, Pascual y Luis, me subí junto al viejo para en el trayecto ver mejor la contraseña. Pasamos por el Aguacatoso, llegamos al Seco sin encontrar nada. Nos bajamos de la combi un rato. Ahí estaba un rebaño de chivos, Figueroa intentó agarrar uno, el chivo se le fue sobre él envistiéndolo, cayo al suelo, Pascual corrió a levantarlo, le sacudió la ropa”.
Por su parte Figueroa recordaba “penetramos a una brecha que conduce al ejido de Pitos, Pitales y Letrados, donde está la explotación maderera de Alcibiades Sánchez. Por cierto, a este Alcibiades yo, en mi calidad de presidente del consejo de administración de la Descentralizada Forestal Vicente Guerrero, le había ordenado un embargo de su madera que tenía en el paraje del Aguacatoso, a donde llegamos ya en la sierra alta. Siguiendo la brecha, a unos 25 kilómetros, se pasaba el poblado de Letrados, luego el de Pitos o Pitales, no recuerdo bien, y finalmente El Aguacatoso, donde había una cadena con un candado para impedir el acceso a la madera de Alcibiades. Pedí permiso a los campesinos y a pie llegue al lugar sin encontrar a Lucio. Pero antes, entre Pitales y El Aguacatoso nos habíamos encontrado una camioneta Pick Up verde, nueva, Ford, que retornaba. Iban un chofer y un joven estudiante (calidad que supe luego) de una de las escuelas vocacionales de Instituto Politécnico Nacional de México, sobrino de Lucio, de apellido Iturio, de 16 ó 17 años, muy ágil. Este traía un bolso grande, de ixtle, lleno de tortillas. Al encontrarse con nosotros reconoció a los dos Cabañas, a quienes llamó tío. Ese joven se pasó a nuestra camioneta ‘combi’. Traía instrucciones. Pero nos confesó que no había encontrado la huella prevista para proceder al encuentro con Cabañas. Sin embargo dijo que siguiéramos así, aclaró, llegamos con éste joven a El Agucataso, y fue cuando vimos la cadena, etc. Entonces pasamos a pie por una brecha hasta un paraje muy lejano, donde vivía una mujer con sus hijitas, y con unos chivos. Era una casa aislada. El lugar mismo muy aislado en lo alto de la sierra”.
 “Serían las once y media de la mañana. Regresamos a pie a El Aguacatoso. Nos encaminamos a una tiendita a tomar un refresco. Yo sentía preocupación de que con tantas vueltas y revueltas se nos acabara el combustible. Pero advertí que abajo había dos camiones, en un pobladito que allá se divisaba, y propuse que fuéramos a verlos. La combi nos acercó hasta donde era posible y me acerqué a pie a los camiones. Dije a los choferes que nos vendieran veinte litros de gasolina, al precio que ellos quisieran. Los choferes estaban desollando una puerca que daba algunos gritos… Me dieron 20 litros de gasolina y les di 500 pesos. Puse el combustible a la camioneta. La señora que despachaba los refrescos estaba quejosa. Ella no me reconoció, pero decía que por causa del Ing. Figueroa, que había dispuesto el embargo, los trabajos estaban parados y a ella no le compraban. No me identifiqué y volví a la camioneta para regresar por el camino que ya había hecho”. 
“Emprendimos el camino de regreso, pasamos por El Aguacatoso, ahí el viejo compró 30 litros de gasolina y dio 500 pesos por ella. Salimos de ese lugar, situado en lo más alto de la sierra, empezamos a bajar (…) de pronto en la carretera vemos una rama atravesada, Febronio frena, nos bajamos Sabás y yo, chiflamos y luego contestaron la contraseña”, dice Juan.
Llegó la una de la tarde, que era la hora definitiva para contactar a Figueroa y compañía. Sin embargo, la desesperación y el desaliento hicieron crisis entre los guerrilleros al grado que decidieron abandonar sus puestos de emboscada. Ya fuera del terreno del peligro, como a la una y veinte minutos aproximadamente, se escuchó el ruido de un Volkswagen que pasó rápido, sin detenerse. En una curva lejana divisaron una combi color naranja que avanzaba en dirección a El Aguacatoso.
“Con la sospecha de que pudiera ser Figueroa, nos detenemos un rato. En estos momentos se pensaba en todo: que podía ser Figueroa o una exploración policíaca, pero además se había cometido el error de no tirar la rama verde a la carretera, que era la contraseña convenida. Sin embargo, inicia la discusión sobre si nos quedábamos a esperar más aún, en contra de las reglas disciplinarias…Unos éramos de la opinión de que se habían cometido muchos errores; por ejemplo, que se había esperado más del tiempo convenido y si bien es cierto todo podía salir bien, debíamos en estos casos ser rígidos, de lo contrario, se tomaría como costumbre siempre arriesgar un poco. Lucio, por el contrario, tenía el hábito, en esos casos, de romper con la disciplina que debe tener la guerrilla”, dice la versión de Fierro Loza.
Se dice que la mayoría optaba por alejarse del lugar, pero proponía que antes había que buscar comida, porque la camioneta con los víveres tampoco llegaba. Pero a pesar del acuerdo de alejarse del lugar en busca de alimentos, hubo quienes como Ramón y Daniel, que se auto propusieron para quedarse de manera voluntaria a checar el regreso combi para corroborar si era Figueroa.
Después de haber pasado un corto tiempo se escucharon silbidos de los dos guerrilleros que se habían quedado del otro lado del río, en espera de hacer contacto. Se informó al resto de la guerrilla que Figueroa ya estaba poder del Partido de Los Pobres. Lo habían contactado cuando regresaba de El Aguacatoso, como a las cuatro y media de la tarde.




martes, 31 de marzo de 2020

18 de mayo de 1967 (Cuarta parte)


Víctor Cardona Galindo

Lo que sobrevino el 18 de mayo de 1967 es crucial para el destino de Atoyac. En su historia se puede hablar de un antes y un después. A partir de esa fecha, simplemente la vida no fue la misma.
Circulan testimonios acerca de que un judicial se le acercó a Lucio para preguntarle si tenía orden de hacer el mitin. Lucio se metió la mano a la bolsa de la camisa y sacó un papel entregándoselo. El policía se fue, pero ya no regresó. Sólo se llevó la orden. Allá arriba en el Ayuntamiento y en las casas de alrededor había hombres armados que apuntaban hacia la gente.
El joven Lucio Cabañas Barrientos

El capitán, comandante del grupo de la Policía Motorizada entró a la oficina del presidente Manuel García Cabañas, primo de Lucio, y le exigió que saliera a parar el mitin que había comenzado. El presidente se negó, entonces el jefe policíaco se descolgó el M-1 del hombro y dijo: “entonces vamos a proceder”.
La maestra Hilda Flores se encontraba con el alcalde en ese momento y encaró al policía: “como que va a proceder”. Pero el capitán la ignoró y salió.
“Voy a cantar un corrido /señores pongan cuidado, /yo les contaré la historia /de lo que en Atoyac ha pasado. /Se regó sangre inocente /por las fuerzas del estado”, así comienza diciendo el corrido que compuso don Rosendo Radilla Pacheco, alusivo a esa fecha.
Lucio arengaba a la gente con el micrófono en mano; el comandante se abrió paso entre la multitud con dirección a donde estaba el maestro. Y sin palabra alguna lo agarró del cuello de la camisa y lo empezó a sacudir. La gente se arremolinó al pie del tamarindo, el policía intentó matar a Lucio, pero la mano oportuna de una jovencita desvió el cañón del arma y el disparo se fue al cielo.
Y como si ese balazo fuera una señal empezó la balacera. Se escucharon más disparos. La multitud se convulsionó, unos corrían, otros forcejeaban con los policías. Llovían balas de todos lados. La gente caía al suelo. Luego otro judicial apuntaba a Lucio a punto de dispararle, como a dos metros de distancia, alguien le brincó y otro disparo dirigido al maestro se clavó en el suelo. Mientras un agente más daba un balazo en la nuca a Juvencio Rojas esposo de doña Isabel Gómez Romero y lo estaba moliendo a culatazos. Doña Isabel pensó que tal vez ya lo habían matado, entonces sacó su verduguillo y se lo clavó al judicial. Al ver aquello otro judicial le disparó con un M-1 a la señora y la atravesó de costilla a costilla. Doña Isabel murió ahí tenía un embarazo de cinco meses y cuando estaba en el suelo los gemelos se movían en su vientre.
“Continúo la balacera /con armas de alto poder, /a los primero balazos /se murió doña Isabel /en defensa de su pueblo /y su inocente también”, cantó don Rosendo.
“Parte del objetivo del capitán, además de evitar la manifestación, parecía la vida de Lucio Cabañas; pero varios cuerpos de padres de familia, maestros y simpatizantes lo cubren. Se forma a su alrededor una burbuja humana que le ayuda a escapar de los tiros. Los gritos de terror de la multitud se escuchan por todas partes. Hay quienes se enfrentan a los policías, la desbandada, la confusión, la sorpresa de ver varios cuerpos tendidos en el piso, gritos de dolor, angustia y el impacto de la muerte desintegran la manifestación”. Escribe Fritz Glockner.
“Fue un 18 de mayo, /como a las 11 sería, / en la plaza de Atoyac /toda la gente corría /de ver a sus camaradas /que unos tras otros caían”.
De azoteas caían las balas y entre la balacera varias mujeres jalaron a Lucio, doña Rosalía Bello López lo tapó con su rebozo, y junto con las fonderas lo sacaron y salieron por un costado de la plaza, pasaron frente a la Iglesia. Cuando Fidelito Castro los encontró Lucio caminaba junto a Aquilino Salas, La Laura, quien se lo llevó a esconder a una casita que tenía a las afueras de El Ticuí. Iban tragándose el coraje y sintiendo el compromiso con los muertos. En esa casita humilde de El Ticuí se planteó por primera vez el camino de la guerrilla.
En la plaza hubo siete personas muertas, cinco del pueblo y dos policías. Uno de esos policías había quedado herido, corrió hacia las oficinas del Ministerio Público, donde cayó muerto al cruzar la puerta. “Pasada la sarracina –asienta Wilfrido- la policía salió inmediatamente hacia el puerto de Acapulco, llevándose un muerto y a los heridos, dejando a otro compañero muerto en la oficina de la Agencia Auxiliar del Ministerio Público”.
Después de la balacera, sólo quedaron los muertos en la plaza, la gente se replegó a las casas de alrededor. Frente a la entrada de la escuela “Juan Álvarez”, un agente de la montada tardó con la pistola en mano amenazante mientras otro policía levantaba a su compañero herido y lo jalaba hacia una esquina de la plaza. Mientras unos judiciales tiraban a un policía muerto arriba de un jeep y acomodaban a sus heridos.
“Uno fue Arcadio Martínez /otro Regino Rosales, /también Donaciano Castro, /y don Prisciliano Téllez, /porque el gobierno de Abarca /todo arregló con las muelles”, continúa en otro verso don Rosendo.
Una vez pasada la masacre hubo acontecimientos que pasaron inadvertidos, como el caso de que algunos ciudadanos abandonaron sigilosamente la ciudad; uno de ellos fue Anselmo Alcaraz, un maestro que se convirtió en cartero, quien se fue del pueblo porque era miembro del grupo de su comadre Julita. Otro fue el delegado de tránsito Alberto Divicino González, quien fue acusado de dar el silbatazo para que iniciara la masacre y de disparar hacia la multitud junto a otros notables atoyaquenses, miembros del grupo que apoyaba a Julia Paco.
De pronto Atoyac se vio lleno de reporteros. Al otro día la noticia salió en todos los periódicos, algunos no muy veraces, que dan nombres equivocados, pero nos da una idea del ambiente que se vivió:
“Hoy cuando a las 11:00 horas se reanudaron los mítines, el capitán Enrique García Castro trató de quitar el micrófono al orador. Se suscitó un forcejeo y el agente sacó su pistola y se la vació al manifestante. Así se inició un tiroteo de ambos bandos que duró media hora”.
“La XXVII zona militar, al mando del general Salvador del Toro, mandó al 32 Batallón de Infantería, al saberse que los agentes policíacos estaban a punto de ser linchados. Igualmente se trasladaron elementos de la fuerzas estacionarias en Tecpan de Galeana”, informaba El Universal en su edición del 19 de mayo de 1967.
“Los caídos en el campo de batalla fueron Héctor Avilés de la Policía Judicial, un capitán no identificado de la policía motorizada; tres policías heridos, de la judicial, no identificados; civiles muertos: Regino Rosales de la Rosa, Ma. Isabel Gómez; Prisciliano Téllez; Arcadio Martínez, Feliciano Castro. Los heridos fueron Juan Reynada Victoria; Gabino Hernández Girón y Juvencio Mesino”, se lee en la cabeza del Rayo del Sur (21 de mayo de 1967). En esta edición el periódico publica en su primera plana la foto de Héctor Avilés con su cuerpo ensangrentado tirado en el zócalo.
“El tamarindo que estaba en la esquina Suroeste de la plaza cívica, Anastasio Flores Cuevas lo bautizó como el árbol de la victoria, el 10 de mayo de 1967”, escribe Rosendo Serna en su columna ¿A mi qué? Publicada en El Rayo del Sur (21 de mayo del 67) menciona como herido en el zafarrancho a Bonifacio Gómez Acosta.
A continuación reproduzco la noticia publicada por El Trópico, escrita por el enviado Enrique Díaz Clavel la cual considero que fue la que más se acercó a la realidad de ese momento:  

Trópico, Diario Independiente de Información 19 de mayo de 1967, pág., 1
9 muertos y más de 20 heridos en el zafarrancho

***Fue feroz el encuentro entre padres de familia y policías estatales en Atoyac
***Restableció el orden el ejército pero hay un clima de indignación contra el régimen local

E. Díaz Clavel
Enviado

     Nueve muertos y más de 20 heridos arrojó el encuentro entre policías estatales y padres de familia de la escuela “Juan Álvarez”, de esta población, por haber faltado energía del gobierno, al principio del conflicto, cuando se pedía la destitución de la directora del plantel, Profa., Julita Paco Piza, que al final se retiró mediante una licencia ilimitada.
     Los de la Asociación Cívica Guerrerense, que aprovecharon el asunto para sus móviles de agitación, después de una serie de dificultades desde el 18 de abril pasado, unidos con los padres de familia, en un mitin celebrado hoy, ya no querían solamente la salida de la maestra, si no de 18 de sus compañeros a quienes consideró adictos a la maestra destituida.
     Luis [Lucio] Cabañas Barrientos y la Profa. Hilda Flores Solís, aparentes dirigentes de este problema, sin autorización celebraron un mitin en la plaza de Atoyac, frente a la escuela y palacio municipal, en que el primero de ellos comenzó a hablar de que no cejaría hasta sacar a los 18 profesores cómplices de Julita.
     Veinticinco elementos del cuerpo motorizado de la Dirección de Seguridad Pública y ocho agentes de la Policía Judicial que fueron a reinstalar a los 18 maestros y al nuevo director, cuando se congregaban las gentes de pueblo, los provocaron y así se originó el zafarrancho, con el trágico saldo de que hablamos al principio.
     El alcalde de Atoyac Manuel García Cabañas, nos decía esta tarde en el palacio municipal; “llegó ante mi el comandante de Cuerpo Motorizado y me dijo que iba a parar el mitin”, y agrega “le contesté, haga lo que crea conveniente”, y puntualiza más adelante, “de inmediato vino el encuentro a tiros, con el resultado que ya conocemos”.
     Según una afirmación, los disparos partieron de los cuerpos policíacos, en que el primer herido fue Cabañas Barrientos, quien cuando tuvo oportunidad huyó hacia la sierra, cercana a Atoyac.
     Uno de los civiles que también rodó por el suelo herido a balazos fue Juvencio Mesino. La esposa de este sacó un puntiagudo puñal y se lo sepultó en la región intestinal al Cap. Enrique Carvallo Castro, comandante del Cuerpo Motorizado. La mujer que esta grávida, murió de un balazo.
     Así caían muertos los padres de familia y de la Asociación Cívica, Regino Rosales, Arcadio Martínez, Prisciliano Téllez y Feliciano Castro. Por los policías murieron los agentes de la Policía Judicial, Héctor Avilés González  y Genaro Ángel Navarrete, y el motorizado Ángel Moreno Villegas.
     Todo este cuadro, en dos encuentros de cinco minutos cada uno, sucedía cuando los niños de la escuela “Juan Álvarez” comenzaban a disfrutar del recreo. Del pueblo resultaron heridos de consideración Juan Reynada, Franco Castillo, Tirso Gómez Durán y Silvestre Dimas Padilla.
     Por los policías caían machacados en sangre, muy graves, el subcomandante motorizado José Luis Álvarez, el subteniente Donaciano Carpio Bardo y el agente de la judicial, Genaro Gutiérrez Quiroz. Los policías cuando vieron que todo el pueblo de Atoyac salía a proteger a sus amigos o parientes, salieron despavoridos, en el momento que hacía su aparición una sección de 32 Batallón de Infantería que pidió cordura.
     Como el pueblo está indignado, la fuerza federal por indicaciones del Gral. Salvador del Toro Morán ha impedido la entrada de agentes y demás policías y quedan bajo la custodia de la 27 zona militar, para que no se repita otro zafarrancho, originado por la falta de acción del gobierno del estado, que directa o indirectamente es el único culpable.
Por su parte otro reportero del mismo periódico Andrés Bustos Fuentes publicó: “El general Manuel Olvera Fragoso, jefe del primer Sector Militar con sede en Atoyac, está colaborando con el general del Toro Morán y será probablemente él quien continúe la vigilancia en tanto no se normalice la situación… A las 19 horas de la noche arribó el procurador de Justicia del Estado, Lic. Horacio Hernández Alcaraz con el objeto de volver a instalar a la Policía Judicial, cosa de que desistió a sugerencia del Comandante de la XXVII Zona Militar, debido al elevado estado de ánimo de los “cívicos”; hasta la hora citada, era imposible que soldados pertenecientes a los grupos de Seguridad Estatal, pudieran entrar a la población”. (Trópico, 19 de mayo 1967, p. 1)
“Lástima de hombres valientes /que no conocieron miedo, /en defensa de su pueblo /hasta la vida perdieron, /mataron dos judiciales /e hirieron sus compañeros”. Sigue la composición de don Rosendo Radilla Pacheco que más tarde sería desaparecido precisamente por componer corridos donde narraba la lucha del pueblo.


lunes, 30 de marzo de 2020

18 de mayo de 1967 (Tercera parte)


Víctor Cardona Galindo
Lucio Cabañas Barrientos y Serafín Núñez Ramos estaban de regreso reinstalados en la escuela “Modesto Alarcón”, cuando los maestros y padres de familia de la “Juan N. Álvarez” fueron a pedirles el apoyo. Ellos y los demás maestros del Movimiento Revolucionario del Magisterio habían logrado en su plantel cambiar a la directora y poner un director más sensible con la situación de los padres de familia. Tanto Lucio como Serafín aceptaron apoyar al naciente movimiento de la antes llamada Escuela Real y el movimiento incluyó al pequeño comercio, campesinos y colonos.
Serafín Núñez recuerda que fue Alberto Martínez Santiago y Anastasio Flores Cuevas quienes se reunieron con ellos para pedirles el apoyo.
El Zócalo de Atoyac, al centro el tamarindo llamado El árbol de la Víctoria,
donde se hacían los mítines en los años sesenta.

En el tiempo de los acontecimientos, Lucio moraba en la casa que fue de su abuela materna, Enedina Barrientos, donde vivía su tío Antonio Onofre Barrientos con su esposa Florentina Gudiño y sus hijos. A este domicilio llegaron los docentes de la escuela “Juan N. Álvarez”. Se dice que platicaron como una hora y se pusieron de acuerdo. Mientras su tío Antonio miraba todo aquello con desconfianza y aconsejó a Lucio “ya no te hubieras de meter en ese problema, no es asunto tuyo, no pertenece a tu escuela. Mejor déjalo”. Pero Lucio estaba comprometido con las luchas del pueblo y no le prestó atención a la advertencia. Algo parecido opinaba Serafín quien pensaba que los maestros de la escuela Juan Álvarez deberían de vivir su propia experiencia y foguearse al calor de la lucha. Sin embargo la opinión de Lucio se impuso y terminaron con firmeza encabezando el movimiento.
A partir del 20 de abril iniciaron las marchas con antorchas a las que llamaron cabalgatas. El 21 se llevó a cabo un mitin en el zócalo en el que se pidió la salida de la directora Julia Paco y el regreso de Martínez Santiago. Desde ese día los mítines se hicieron cotidianos y el 22 tomaron las instalaciones de la escuela y montaron guardia permanente. Hubo ligeros enfrentamientos con la gente de la directora y se fue radicalizando el movimiento.
El domingo 23 a las 13 horas se presentó a la escuela el subprocurador de justicia Humberto Romero Palacios y el Director de Educación en el Estado Prisciliano Alonso Organista. Al tratar de entrar a la escuela con la directora y la directiva de la Sociedad de Padres de Familia fueron sacados a empujones. Se dice que en este altercado a Julia, la directora, las mujeres que estaban de guardia, la tiraron al suelo y en el forcejeo le desgarraron la ropa. Por eso la reunión se trasladó al Palacio Municipal y los enviados del gobierno amenazaron a los manifestantes con meterlos a la cárcel, porque tomar la escuela era delito.
Los alumnos del profesor Martínez Santiago se juntaban con él por las tardes. Reuniones a las que asistían Serafín Núñez Ramos y Lucio Cabañas Barrientos. Los niños participaban en la elaboración de la propaganda, mantas y pancartas que se exhibían en las cabalgatas que salían por las noches. “Era impresionante ver el gran número de personas que pedían la salida de la directora y que salían a manifestarse alumbrándose con hachones”. Dice Elizabeth.  
El primero de mayo se realizó una cabalgata con antorchas, los manifestantes recorrieron las calles con lo que festejaron el día del trabajo y de paso pidieron el regreso de Martínez Santiago y la salida de Paco Piza. Al frente de esta movilización iba Lucio Cabañas Barrientos. Lo mismo ocurrió el 5 de mayo y casi todos los días había mítines en el zócalo.
“La sociedad ha mantenido cordura porque no quiere igualarse con la plebe y sólo prefiere mantener vigilado que no sea saqueado el edificio tomado desde el viernes 20 (de abril) por los alborotadores, ya que la construcción de este edificio lo costeó dicha sociedad y paga para su mantenimiento y conservación” publicaba El Rayo del Sur el 30 de abril.
“El 27 de abril de 1967 Hilda Flores y Roberto Arceta encararon al enviado del gobernador. El 4 de mayo en la sala de Cabildos hubo una discusión ríspida entre Manuel García Cabañas y Lucio Cabañas. Manuel quería que aceptaran como director a Ramón Díaz Pantaleón […] Los padres de familia que están posesionados de la escuela Juan N. Álvarez, en Atoyac, se muestran decididos a no desocupar el plantel mientras no sea reinstalado el profesor Alberto Martínez Santiago, que está comisionado en una escuela de Coyuca”. Da a conocer el Trópico, Diario Independiente de información el 7 de mayo de 1967.
Al crecer el movimiento se fue la directora y el gobierno del estado nombró como director sustituto al maestro Ramón Díaz Pantaleón, desde el 3 de mayo; sin embargo al no volver el maestro Alberto Martínez Santiago la lucha continuó y las cosas siguieron igual.
“En lugar de Julita nombraron director a Ramón Pantaleón López. Ya que más de 400 alumnos estaban sin clases” dice El Rayo del Sur en su edición del 7 de mayo de 1967.
En mi opinión en la escuela Juan Álvarez se reprodujo el mismo esquema del movimiento de la Modesto Alarcón. Movieron a Lucio y a Serafín y cayó la directora. Los padres siguieron movilizándose regresaron a Lucio y Serafín. En la Juan Álvarez cayó la directora y regresó Alberto Martínez Santiago. Pero aquí con el agregado que después los padres querían que se fueran todos los maestros que apoyaron a la directora.
“El día de la madre, los manifestantes reciben la buena noticia de que, por órdenes del gobernador del estado, se decreta la salida de la directora… Así como la reinstalación del maestro removido”, escribe Fritz Glockner, en Memoria Roja. Historia de la guerrilla en México (1943-1968).
De acuerdo a un acta que Rene García desempolvó de los archivos, a las 9 de la noche del 10 de mayo de 1967 las demandas iniciales quedaban resueltas, se llegaba a los acuerdos: de entregar la escuela, se quedaba como nuevo director Ramón Díaz Pantaleón, regresaba a la escuela Alberto Martínez Santiago y el gobierno del estado se comprometía a no ejercer acción penal en contra de los manifestantes. Se firmó el acta. Por parte de los docentes: Anastasio Flores Cuevas, Miguel Sánchez Tolentino, Sebastián López Luna, Celestino Lévaro Ocampo, Margarito Flores Quintana, Guillermina Nava Pineda, Hilda Ríos Pérez, Cenelia Salgado Salas, Teresa Damián Bahena, Felipa Cabañas y Alberto Martínez Santiago.
Firma también el director Ramón Díaz Pantaleón, Alberto E. Camacho Agente del Ministerio Público y como testigo el Presidente Municipal Manuel García Cabañas.
Como los mítines se hacían bajo un tamarindo que estaba en un extremo de la plaza, los maestros inconformes lo bautizaron como “el árbol de victoria”, porque habían logrado sacar a la directora. Bajo ese árbol colocaban el aparato de sonido para arengar a los ciudadanos que asistían a las concentraciones. Eso fue el 12 de mayo cuando festejaron el triunfo de la salida de Julia Paco. “Año con año conmemoraremos éste acontecimiento bajo la sombra de éste tamarindo, hoy árbol del triunfo”. Dijo el maestro Anastasio Flores Cuevas.
Glockner también subraya que durante la asamblea del 12 de mayo se expone que también deber salir de la escuela aquellos maestros que apoyaran a Julia Paco Piza: “la limpia se antoja completa, pues si han conseguido la caída de la directora, ahora desean terminar la tarea. La autoridad se niega a considerar siquiera aquella nueva solicitud y con el fin de vigilar el buen desempeño de la escuela, es enviado un grupo de policías judiciales de la motorizada”.
 “Ahora piden el cese de otros maestros los revoltosos de Atoyac y sigue el lío” cabeceaba el Trópico el 13 de mayo de 1967 y agregaba en la nota “Quienes creían que el problema de la escuela primaria Juan N. Álvarez había llegado a su fin con la renuncia de la maestra Julia Paco Piza, se equivocaron pues los ‘cívicos’ no entregaron el plantel como se comprometieron y ahora están exigiendo la renuncia del resto de los mentores que estuvieron apoyando la conducta de la profesora destituida”.
Por eso el 17 de mayo muy temprano arribaron a esta ciudad el Procurador de Justicia del Estado Horacio Hernández Alcaraz y el director estatal de educación Prisciliano Alonso Organista, acompañados del capitán Enrique Arellano, comandante de la Policía del Estado, dependiente de la Dirección de Seguridad Pública y del jefe del grupo de agentes de la Policía Judicial con sede en Petatlán Rafael Radilla Maganda.
Dice Wilfrido Fierro que los funcionarios se dirigieron a la escuela “General Juan Álvarez”, para darle posesión al nuevo director y a los maestros: Javier Alonso Sagal, Martiniano Cantú, Juan Rivera, Fortunato y Clemente Díaz, Malaquías Pérez Alejo, Andrés Rabadán, María del Socorro Montoya, Mario Martínez, Antonia Nava Zamora y Teófilo Salas que habían permanecido leales a Julia Paco. Luego de cumplir su cometido a las tres de la tarde regresaron a Chilpancingo, dejando al capitán Enrique Arellano Castro como responsable del orden. Los policías se hospedaron en las oficinas del PRI ubicadas en Nigromante 3.
La noche de ese 17 de mayo, los integrantes del movimiento se reunieron en la escuela “Modesto Alarcón” donde organizaron el mitin del día siguiente a las 10 de la mañana. Fue una asamblea popular en la que se pedía el apoyo de la población.
Dice Ángeles Santiago Dionicio que los policías que vinieron a reprimir eran “puros escogidos, fornidos y con cascos blancos”. Días anteriores había llegado un dispositivo policiaco. Porque la escuela “Modesto Alarcón” donde trabajaba Lucio ya estaba vigilada, había guardias de civil apostados alrededor, que se asomaban a la escuela para enterarse de lo que ocurría al interior. En ese contexto se dio la reunión de la noche anterior a la masacre. Laura Castellanos en su libro México Armado 1943-1981 (2008) recoge el testimonio de Octaviano Santiago Dionicio que escuchó que un viejo le dijo a Lucio Cabañas:
“-No salgas Lucio. Hay informes de que si te ven en la calle te van a matar –dijo el señor.
-Si me quisieran matar ya lo hubieran hecho –respondió Lucio.
-No, no vayas –insistió el viejo.
-Sí, si voy a ir. Y voy a ir porque no creo que se atrevan a mucho. A lo más que se pueden atrever es a darnos unas pescozadas, quitarnos el aparato de sonido, y a meternos unas horas a la cárcel. Pero por si las moscas –dijo al final-, quien pueda llevar una piedra, que se las lleve, y allá nos vemos.”
El 18 de mayo, Hilda Flores Solís estaba en su casa cuando unas mujeres del mercado la fueron a ver, porque estaban preocupadas por la presencia de los policías, por eso ella antes de que comenzara el mitin se fue a ver el presidente Manuel García Cabañas para convencerlo de que se retiraran los agentes policíacos.
Según Laura Castellanos, le dijo “–Oye Manuel, a ver como está esta gente ahí.
Él le contestó –Yo no puedo hacer nada, ésta gente está por órdenes del gobernador, lo que pueden hacer ustedes es retirarse”.
Ese día Lucio salió por la mañana de la casa de su tío Antonio Onofre, como lo hacía diario, a dar clases a la escuela Modesto Alarcón. Era jueves y se sentía el ambiente pesado, había un silencio misterioso y la familia Onofre Gudiño estaba en tensión. Lucio llegó a la escuela como era su costumbre, era muy responsable en el horario. Faltaban 15 minutos para las 10 de la mañana de aquel fatídico jueves, cuando abandonó la escuela.
Era la hora del recreo, dejó a sus alumnos jugando salió de la escuela primaria Modesto Alarcón, caminó por la calle 18 de marzo, acompañado por algunos padres de familia, luego por Obregón y Arturo Flores Quintana. Al pasar por la calle Agustín Ramírez, le gritó al administrador de correos: “Córdoba vente para que te tiemblen las corvas”, luego subió por el callejón Melchor Ocampo y Nigromante para finalmente llegar a la Plaza Morelos, que estaba rodeada de policías judiciales y de la montada. Algunos estaban apostados como francotiradores en las azoteas. La gente lo vio llegar por un costado del Ayuntamiento.
El mitin se llevaba a cabo frente a la presidencia municipal, en el Zócalo, el sonido estaba bajo un árbol de tamarindo que había sido bautizado como “árbol de la victoria”. Había mucha gente del pueblo. Lucio Cabañas tomó el micrófono y subió a una silla para dirigir el mitin. Comenzó su incendiario discurso que movía las fibras más profundas del pueblo presente.