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sábado, 12 de mayo de 2018

Nuestra cuarta raíz II y última parte



Para Juan Angulo y Maribel Gutiérrez,
 por estos 25 años de perseverancia.
Víctor Cardona Galindo
“¿Qué era la nao de China? –Fernando Benítez se contesta- Algo que se escapa a la historia, una nave de Turner esfumada en el resplandor del crepúsculo, un tesoro de Aladino que cabalgaba sobre la espalda del Océano, un purgatorio marinero, un barco fantasma, la nave de los locos, la ambición de los reyes, el botín de los piratas, la falda de las mujeres, los manteles de damasco, el pañuelo de los adioses, el sufrimiento humano, la lotería de los pobres, la riqueza de las naciones, el ave del paraíso, esa magia que duró 250 años y sólo se extinguió cuando el viento de la Independencia la echó a pique y permanece intacta en el fondo del mar”.
A pesar de ser un hombre de la tercera edad 
el tubero recorre, de vez en cuando, las calles
 de Atoyac, ofreciendo ese néctar delicioso. 
Foto: Francisco Magaña de Jesús

En 1815, cuando aún no terminaba la Guerra de Independencia, zarpó para siempre de Acapulco el último galeón español. Esas embarcaciones que traían un cargamento de dos mil doscientas a dos mil quinientas toneladas de mercancía, generalmente especias, aromas del Oriente, drogas, porcelanas, cofres de Japón y de China, sedas, telas de algodón, muselinas y otros tejidos de la India, delicadas obras de plata y oro de China.
Dice Marcelo Adano en su Mirada al Pacífico “Los pasajeros se embarcaban en los muelles de Cavite, frente a Manila. Ante el inicio de un viaje incierto, encomendándose a Nuestra Señora de la Paz y Buen Viaje, sellaban sus oraciones con la frase: ‘a Acapulco o al purgatorio…’”
La Nao de China cruzaba la inmensidad del océano Pacífico, hasta llegar a la bahía de Acapulco. Se regresaba en el mes de febrero o marzo. Y se llevaba de nuestro país barras de plata y moneda acuñada como pago de su cargamento. También llevaba algunas cantidades de grana, vino, cacao, aceite, tejidos españoles de lino y de lana. Asimismo, muchísimos pasajeros se embarcaban para ir a Manila principalmente religiosos.
Como dije por influencia de la Nao en toda la región costera del Pacífico se diseminó el cultivo de palmeras para la producción de un aguardiente conocido como vino de cocos. La tradición de producción de esta bebida provino de Filipinas donde era conocida como tuba. Aquí también la conocemos con el mismo nombre, es fácil encontrarla en el crucero de Santa Rosa municipio de San Jerónimo de Juárez y de vez en cuando un tubero toca nuestra puerta ofreciendo ese néctar delicioso.
Otro resultado de la conexión directa con Asia y la Nueva España es la aparición de nuevas formas artísticas de menor tamaño como los biombos. Parián es palabra de origen tagalo (idioma de Filipinas) que puede significar mercado. Aparecieron parianes en Puebla, Guadalajara y Acapulco. Algunas palabras como “zarangola” son de origen malayo, nosotros la usamos para referirnos a un tipo de papalote o cocol, al que también llamamos palometa o culebrina.
Como se ve el Galeón de Manila o Nao de China repercutió en el ámbito del patrimonio inmaterial: la cultura popular y el consumo. Junto a la costumbre de beber vino de cocos también pudo sumarse la llegada de la técnica de preparación del ceviche, un platillo preparado marinando pescado en limón y chile, ahora es muy típico en diversas regiones costeras de Hispanoamérica. Otro elemento impor­tado de Filipinas fue el método de construcción de cabañas llamadas palapas, vocablo proveniente del tagalo.
A Coyuca de Benítez llegaron algunos filipinos y chinos. Varios se establecieron en El Bejuco y en Las Lomas; otros en la misma Coyuca en donde vivían algunos españoles, los cuales se unieron con las mujeres orientales y con las nativas dando como resultado diversas mezclas. Fue así como surgió en este municipio costero, una raza indomable y bravía, que no es negra ni blanca, ni filipina ni china ni indígena. Dice Graciela Guinto Palacios en su libro Sangre Bronca que algunos tienen la piel muy oscura, otros morena, morena clara, apiñonada, trigueña o casi blanca; y la mayoría con rasgos negroides u orientales.
El cabello de los negros y los que tienen la piel menos oscura, es “musuco”, otros “puchunco” o chino. Los de piel apiñonada y trigueña —porque se han mezclado con la raza blanca—, su pelo es domado o un poco chino, es decir ondulado, y algunos tienen ojos claros. Los descendientes de orientales e indígenas, tienen su pelo lacio y su piel morena clara o trigueña. Hay algunos nativos muy blancos, y de facciones finas, porque mezclaron su sangre con la europea y con la indígena, y su pelo es lacio u ondulado. Sin embargo, los mulatos tienen su cabello musuco o puchunco y sus rasgos toscos, como una peculiaridad heredada de sus genes
africanos. Pero algunos mulatos son muy blancos y de facciones delicadas.
“Esta raza, nacida de los designios de Dios, sólo es característica del municipio de Coyuca de Benítez, que seguimos sufriendo el sello ignominioso del racismo; que ha hecho que algunos sean vengativos, violentos, indolentes, conformistas, incultos y sin deseos de superación; capaces en un momento de furia, de agarrar el machete con sus manos morenas tostadas por el sol, y destrozarse con saña hasta vencer o morir, como las fieras del monte. Y dejan en un charco de sangre al rival, que sin duda había sido su más fiel amigo, y quizás por cosas triviales terminaron así”, dice la cronista vitalicia de Coyuca de Benítez.
Anteriormente, los afromexicanos, sembraban arroz, maíz, y frijol, pero para el sustento familiar. Y aun cuando allí, estas semillas se producían en abundancia, no aprovechaban las tierras vírgenes que había disponibles en aquel entonces; porque su ingreso de mayor importancia era la pesca.
Cuando cosechaban el arroz, lo descascaraban igual que en el África, en pilones de un metro de altura y cincuenta centímetros de diámetro, aproximadamente. Éstos eran hechos de una pieza, cortada del tronco de algún árbol sólido, a quienes les hacían la forma del carrete; y en medio tenían una cavidad circular como de treinta centímetros de diámetro por veinte de profundidad, en donde colocaban el grano para pilarlo con un sólido basto de madera semejante al metlapil, llamada “mano”. Con ritmo suave pilaban el arroz entre dos personas, una frente a otra, sin coincidir en el mismo golpe, hasta dejarlo desprovisto de la cascarilla. Había jóvenes, con tanta habilidad para pilar, que lo hacían tres al mismo tiempo. Aún en algunas comunidades, siguen cosechando el arroz y usan pilones. Sus chozas las situaban en la ribera de la laguna, lejos de la barra. De manera que no se inundaran cuando había venidas de ríos y la barra se abría. Las chozas eran hechas de bajareque con techos de palapas en forma de cono, como una reminiscencia de nuestros antepasados africanos.
“Cuando salían a pescar en sus rústicas canoas, seleccionaban la noche propicia para ello, siempre que no hubiese tormenta. Porque entonces el mar es muy celoso y no quiere un intruso en la cima de sus aguas saladas. Además, los peces, también tienen sus noches de luna para ir a pasear; y lucir con garbo la fosforescencia de sus escamas que asemejan moneditas de oro y de plata en la inmensidad del océano. Y ello hace que éstos caigan con facilidad en las redes de los pescadores”, seguimos con Graciela.
La tierra y el mar eran sus amigos, y el cielo, un libro sagrado, el único que podían leer, porque desde niños aprendían a descifrar sus enigmas. Con el ceño fruncido observaban las estrellas, olían el viento, y daban el veredicto para ir a pescar: conocimientos empíricos que han pasado a través de las generaciones y que están latentes en sus neuronas como una gota de sangre perdida en las arterias del destino.
Las chozas de estos nativos, eran chicas y de una sola pieza. Casi todos dormían en petates. Pero algunos, tenían sólo una cama de varas, no más, hechas por ellos con otates o carrizos delgados que cortaban entre los mangles de la laguna. Formaban una base con los mencionados carrizos, los amarraban con bejucos de soyates o “mecahilos”, y la colocaban sobre dos bancos de madera, a la medida del anchor de la cama. Encima de ésta, tendían un petate con su sábana de varios remiendos, o toda de manta. Las almohadas las forraban de rojo para guardar la mugre; y las rellenaban de fresco pochote que aún brota silvestre en los árboles. El pochote produce una bellota color café. Cuando el fruto inicia el ciclo de maduración, éste comienza a crecer y a crecer. Después se hincha, parte su cáscara en gajos y revienta triunfante, ofreciéndole al hombre su lana refulgente en forma de flor, como un crisantemo de finísimo vidrio cortado que lastima los ojos con la luz solar. En ese instante, los nativos le quitan la semilla que es similar al pimentón, luego, juntan el fino pochote y rellenan sus almohadas con ello.
Cielo, agua y mar era la vida de los negros cimarrones de La Barra. Para ellos no existía el futuro ni meditaban en él; porque la madre natura les ofrendaba todo; de tal manera que no perdían el tiempo pensando en algo que no estaba en su mente. Se conocían por sus nombres y sus apellidos o por apodos, tanto en los barrios cercanos como en Coyuca de Benítez.
Y la cultura filipina, está bastante mezclada con nuestra cultura como ejemplo, el guinatán, que es una sabrosísima comida filipina, y obviamente también costeña.
En su Sangre bronca Graciela Guinto recrea el ritual para cocinar el guinatán. “Molieron en el metate una porción de chiles guajillos con suficientes ajos. Cortaron varias ramas de epazote de una mata que tenían sembrada cerca de la casa; ‘jimaron’ algunos cocos secos que habían reunido con anterioridad; y ya desprovisto del bonote, los partieron a la mitad, derramándose en el piso el agua de los mismos. Luego, con un “rallador”, rasparon la pulpa a los cocos y las molieron en un metate limpio, para sacarles el jugo y guisar con ello los pescados en ‘guinatán’: guiso heredado de los filipinos, cuyo significado quiere decir ‘cocinado con leche de coco’”.
Presurosas, colocaron sobre unas hornillas de barro —que tenían en la rústica chimenea—, las cazuelas con la leche de los cocos adentro, pero ya colada con un lienzo delgado. Y mero cuando la leche comenzó a sacar el aceite, le pusieron a cada cazuela las ramas de epazote y la salsa hecha con chiles guajillos y ajos. Todo comenzó a hervir, y cuando adquirió la consistencia del mole, con cuidado, le echaron los pedazos de los robalos a las cazuelas y dejaron que hirvieran de cinco a ocho minutos aproximadamente, de manera que éstos se cocieran sin que se desbaratasen. Los olores impregnaban el ambiente que hacían despertar el apetito. Enseguida, en ollas de barro, cocieron el arroz para la morisqueta que comerían —en vez de tortilla— con el “guinatán”.
El coco, conocido como “La semilla más grande del mundo” y también como “La semilla viajera” (ya que a través del mar ha llegado a otros continentes), no solo es un producto cuya agua es sabrosa, fresca y saludable, así como su carne, ahora se puede aprovechar su concha y el bonote. En países como Tailandia, Filipinas, Taiwan y otros, del oriente asiático, lo aprovechan para hacer hasta 23 artículos diversos.
El ingeniero Federico Lorenzana Arzeta en un artículo nos explica como llego el cultivo de mango a México: “Tenemos muchos tipos de frutas de mango, los hay verdes, amarillos, violetas, rojos, anaranjados y uno que otro de coloración morada; todos de sabor agradable; la primera variedad o cultivo de mango llegó a México por el puerto de Acapulco, es el mango manila proveniente de Filipinas. En 1779 los españoles trajeron los primeros frutos, y pronto su semilla germinó y los arbolitos se establecieron en patios de los comerciantes del puerto; 120 años después llega el mango criollo al puerto de Veracruz procedente de las Antillas. En 1950 Santiago Ontañón trajo a Cuajinicuilapa Guerrero 12 mil árboles de las variedades comerciales Haden, Palmer, Keith, Kent, Tommy Atkins, Irwin, Smith, Sensation, Carrie y Carabao provenientes de La Florida Estados Unidos, con ellos estableció 130 hectáreas en el rancho denominado Las Petacas; es por eso que a los mangos bolas les llaman petacones”.
Recientemente en el 2010 La Universidad Autónoma de Guerrero en coordinación con el Colegio de Postgraduados trajeron con fines de investigación cuatro variedades proveniente de La Florida, mismas que están trabajando en Cuajinicuilapa”. 
Las islas Filipinas recibieron ese nombre en homenaje a Felipe II, rey de España, bajo cuyo reinado fueron colonizadas por Miguel López de Legazpi. La colonización duró tres siglos por lo que la herencia cultural en ambos lados del océano se puede sentir muy patente hoy en día. Ahí están el relleno, guinatan, los gallos, el mango manila, la tuba, y las familias: Bermúdez, Diego, Lobato, Batani, Funes, Liquidano, Tellechea, Guinto, Balanzar y Zúñiga, le agrega al tema Anituy Rebolledo.







sábado, 5 de mayo de 2018

Nuestra cuarta raíz I


Víctor Cardona Galindo
Nuestros ancestros de la tercera raíz, los negros, llegaron como esclavos con los primeros españoles que pisaron el territorio guerrerense. Después los traficantes los fueron introduciendo de manera paulatina para trabajar en las haciendas y minas españolas. Desde principios de la Colonia se explotó la llamada mercancía de ébano.
Una familia ticuiseña de los años cincuenta, 
del siglo pasado, sobre el puente de madera
 de palma que se construía sobre el río Atoyac
 para atravesar rumbo a El Ticuí. 
Foto: colección de Rubén Ríos Radilla. 

Dice Moisés Ochoa Campos en su Historia del estado de Guerrero: “En la región suriana, la mayor parte de la población negra se encontraba asentada en Taxco y en las costas. En el siglo XVI, en Taxco había setecientos negros esclavos trabajando en las minas. En Zacatula, había ciento cincuenta negros esclavos y el Coyuca, cuarenta negros”.
En su Memoria copalense Cristina García Florentino dice: “Y una vez que la raza europea requirió de la raza negra para aguantar los trabajos forzados de las minas de oro, los españoles comenzaron a trasladar a estas costas guerrerenses a gente de piel oscura en la segunda mitad del siglo XVI, que eran originarios principalmente de Batún y de Guinea”. Es el caso de los negros que se extendieron por San Marcos, Copala, Azoyú y Cuanicuilapa, quienes dejaron como una herencia el plátano guineo “que hasta nuestros días sigue siendo orgullo copalense, por ser una fruta sabrosísima, comercial y fácil de cultivar”, dice Cristina.
Los negros que llegaron a la Costa Grande y que luego se fueron liberando del yugo hispánico escogieron para vivir los lugares cercanos a las lagunas, poblaron La Barra de Coyuca, Hacienda de Cabañas y  Llano Real.
En el caso de Hacienda de Cabañas está ubicado en la margen izquierda del río Atoyac, próximo a la laguna de Coyuca y el estero de Maguán. Dice don Luis Hernández Lluch que ahí levantaron chozas circulares, construidas de horcones, techo de palapas o de juncos. Las casas eran forradas con varas trenzadas y como todas las cabañas fueron construidas con las mismas dimensiones, de manera uniforme, el pueblo fue bautizado como Hacienda Cabañas.
En cuanto a nuestra cuarta raíz, la asiática, nuestros ancestros llegaron al puerto de Acapulco en El Galeón de Manila, también llamado la Nao de China. Gran parte de los costeños de Guerrero somos descendientes de aquellos hombres y mujeres fuertes, de viajeros que sobrevivieron al escorbuto, que asolaba esas grandes embarcaciones que pasaban más de cinco meses en altamar.
Luis Hernández Lluch en su Monografía de San Jerónimo dice el en el siglo XVI, Acapulco ya tenía contacto con el Oriente, de vez en cuando venían las Naos de China, con mercadería, trayendo de las islas Filipinas o de otras islas de la Polinesia, trabajadores que se contrataban en el “Mercado chino de Acapulco”. Que la mayor parte de estos trabajadores venían del archipiélago filipino y eran contratados por hacendados de ésta región. Ya una vez en las haciendas sus amos los trataban como esclavos. En dicho mercado también se vendían negros de África, pero por lo regular éstos eran solicitados por rancheros de la Costa Chica.
Los esclavos de origen asiático, que se adquirían en la región de la Costa Grande, daban buenos resultados en las labores que desempeñaban, eran educados por los frailes con el mismo trato que los nativos. Dice Luis Hernández que en esa época se dio una oleada de aventureros españoles que venían en busca de fortuna empleándose como capataces y otros se convirtieron en comerciantes. Con el tiempo esos aventureros españoles, se mezclaron con los esclavos asiáticos y con los nativos, así nació nuestra raza de mestizos que dio vida al pueblo costeño. 
La apertura comercial transpacífica entre los puertos de Acapulco y Manila en la segunda mitad del siglo XVI, trajo consigo el intercambio de plantas tropicales a través del Galeón de Manila, lo que a su vez modificó las costumbres alimenticias en la naciente sociedad novohispana. Hay registros que se intercambiaron más de 230 especies de plantas. Por eso sin temor a equivocarse Acapulco fue el primer punto de América donde se sembró, durante la época colonial, tamarindo, mango, marañona, arroz y cocotero con semillas venidas del archipiélago filipino, para de allí extender su cultivo a todas las costas mexicanas.
Por Acapulco llegaron vía marítima, de las milenarias culturas asiáticas, la costumbre de cocer el pescado con limón, el asado de mariscos y pescado, la preparación de la tuba, una bebida que se extrae al cortar la flor del cocotero; el famoso relleno de cuche y las comidas elaboradas a base de leche de coco como el guinatán. Entre las influencias filipinas a nuestra comida, está también el arroz que conocemos como “Morisqueta” y que ahora disfrutamos con frijoles negros, con chiles en vinagre, carne asada o queso fresco, hay quien le agrega salsa de molcajete, acompañado de jocoque (crema virgen)  o un pedazo de pescado frito.
Fue en nuestra región donde se establecieron los ancestros asiáticos que trajeron los saberes en el manejo de sus vegetales. El cronista Rubén Ríos Radilla dice que de las comidas que heredamos de nuestros ancestros filipinos es muy importante el relleno de cuche. Ese platillo es una combinación de ingredientes que aportaron los europeos, los americanos y los asiáticos. El relleno es típico de la Costa Grande, es necesario un lechón que se hornea toda la noche condimentado y acompañado de diferentes especias, recaudos, verduras y frutas como: piña, aceitunas, papas, zanahorias y plátano macho. Al servirlo se acompaña con bolillo, tortillas hechas a mano o arroz blanco.
Se ha dicho que si buscamos una imagen representativa de la Costa Grande sería un bolillo con relleno. Porque éste platillo no falta, por la mañana, en ninguno de los mercados de la Costa Grande desde Coyuca de Benítez hasta Zihuatanejo donde hay muchas mujeres que son por oficio relleneras. En Tecpan de Galeana fue muy famosa Petra Galeana Ruiz, La Pilinca.  
Hace poco el chef acapulqueño y delegado en Guerrero del Conservatorio de la Cultura Gastronómica Mexicana (CCGM), Javier Reynada Castrejón, advirtió que tres recetas identitarias de Guerrero están en riesgo de desaparecer por la falta de algún ingrediente, derivado de la desatención en el campo, entre esos platillos están el guinatán de Coyuca de Benítez, hecho a base de pescado bagre, guisado con crema de coco, guajillo y epazote, cuya ascendencia es filipina.
El segundo platillo es el “cabeza de viejo”, típico de la comunidad de Zacualpan, perteneciente al municipio de Ometepec, que es pollo o guajolote guisado en caldo rojo y hierba santa. También está el riesgo de desaparecer el “vaso relleno” que es típico de Ometepec.
Acapulco es también el precursor de las ferias internacionales desde 1571. Con el arribo de la Nao a esta tierra concurrían viajeros de tres continentes, Europa, Asia y América, para comprar, vender o trocar artículos de diversa índole. El varón Von Humboldt la llamó la feria más grande del mundo, porque hasta 1803 no existía otra en toda Europa que alcanzara esas dimensiones.
Durante la época colonial desde Acapulco se repoblaron, los territorios que ahora comprenden Coyuca de Benítez y el municipio de Atoyac de Álvarez, con nativos de Asía principalmente de Filipinas, India y Sangleyes.
Por datos que obran en el Archivo General de la Nación (AGN), en 1631 en Cacalutla vivían ocho chinos (filipinos, podrían ser de origen malayo o sinceramente chinos) que se dedicaban a la siembra de arroz. En los pueblos como Cacalutla y Cayaco se hablaba tepuzteco y en Atoyac cuitlateco. En Coyuca los indios que quedaban hablaban tepuzteco.
En los siglos XVII y XVIII había entre 40 mil y 50 mil asiáticos viviendo en Nueva España. Por eso había más filipinos que españoles, viviendo en la región que ahora es nuestro municipio. Como muestra están los apellidos, Quiñones, Nogueda, Zuñiga y Bataz que el cronista de San Jerónimo Luis Hernández Lluch, quien murió a los 100 años, registró como de origen filipino. Escribió que una mujer de apellido Nogueda llegó de Filipinas por el Perú,  sentó su residencia en Atoyac y se casó con un joven de apellido Gutiérrez, pero los hijos adoptaron el apellido de la mamá. De ahí proviene la dinastía Nogueda.
Un censo que levantó en 1777 en Atoyac había 200 indios naturales (nativos) y 50 familias de españoles, entre todos eran aproximadamente unos mil pobladores y estaban dedicados al cultivo de maíz y algodón. Vivían además adentro del pueblo, las haciendas y rancherías cercanas, 300 tributarios filipinos, negros y mulatos dedicados al maíz, algodón y arroz.
Por las costumbres de los filipinos que se asentaron en la costa tomó carta de naturalización el juego de gallos. De aquí se extendió como pasatiempo para todo el continente americano, el palenque de gallos siempre figura como símbolo de las ferias mexicanas.
Por las playas de Acapulco pasó por primera vez en América, una princesa hindú de nombre Mirra que a través de su curiosa vestimenta modificó las prendas de vestir de sus contemporáneas y al paso del tiempo se convirtió en representativa del estado de Puebla. Se le denominó popularmente la China Poblana.
Aunque para Fernando Benítez la china poblana era una esclava. Dice que la historia de Catalina de San Juan, la China Poblana, ilustra perfectamente el destino en México, de las esclavas que ingresaban por Acapulco. “Para nuestro desencanto esa china, que fue vendida como esclava a una rica familia poblana, nunca logró hablar bien el español y era una mística, entregada a Cristo de modo delirante”. Marcelo Adano Bernasconi en su libro Mirada al pacífico comenta: “No es de extrañar que tal fervor místico, tal vez correspondiera a una penitencia que, en la casta atmósfera poblana, Catalina se impusiera para lavar los pecados cometidos durante las licencias, excesos, ardores y furores, vividos entre las sábanas del Galeón de Manila”.
Sus dueños la obligaron a casarse con un chino “cuyas acometidas nocturnas –dice Benítez- fueron resistidas con denuedo por Catalina que se desembarazó de tal chino pidiéndole a Cristo, su verdadero esposo, se lo llevara de este mundo, a lo que de buena gana consintió el Señor, llevándoselo de este mundo mediante una muerte piadosa e indolora”. La verdad es que sus propietarios no hicieron más que seguir la norma de vida adoptada por muchos esclavos en Nueva España.
Dice Adano que numerosos esclavos de los llamados chinos —en realidad filipinos, malayos, polinesios— se incorporaron a la vida de la colonia mediante el matrimonio con mulatas y negras criollas.
Esclavos y esclavas viajaron una y otra vez de Manila a Acapulco, amontonados en la bodega o sirviendo a sus amos en las necesidades de los días o en las urgencias de las noches.
El mayor número de esclavos que ingresaron a Nueva España por Acapulco, provenían de las islas Filipinas. Los españoles pronto los utilizaron para la construcción de navíos para el tráfico comercial con Acapulco. Los emplearon para el acarreo de maderas, hierro, equipamientos, y como ayudantes de los maestros carpinteros, operarios, ebanistas, herreros y otros que trabajaban en la construcción naval filipina.
Los esclavos eran embarcados rumbo a Acapulco en los muelles de Cavite, frente a Manila, junto con los pasajeros que ante el inicio de un viaje incierto, encomendándose a Nuestra Señora de la Paz y Buen Viaje, sellaban sus oraciones con la frase “a Acapulco o al purgatorio”.
Entonces podemos concluir que una parte de nuestra historia, y la nuestros pueblos comienza, con la existencia de ese barco cuyo viaje desde Manila a Acapulco duraba de cinco a siete meses, tiempo en el que se recorrían 8 mil 200 millas marinas equivalentes a casi 15 mil 200 kilómetros más o menos.
Fue en 1565 cuando fray Andrés de Urdaneta, descubrió el tornaviaje desde Manila a Acapulco, iniciando un circuito comercial que duraría 250 años. El fraile llegó a Acapulco el 8 de octubre del año mencionado a bordo del navío San Pedro. Por eso es que hacia finales del siglo XVI, Acapulco se convirtió en el puerto más importante de la costa occidental de América del Norte y América Central.

sábado, 12 de marzo de 2016

Los aztecas


Víctor Cardona Galindo
Eusebio Martínez Ochoa un día me explicó que el nombre de Atoyac se deriva de atolladero, porque donde ahora está la ciudad cruzaban cinco arroyos y era un terreno cenagoso. Había que dar muchas vueltas para salir del atolladero cuando se iba de El Zanjón a Mexcaltepec o viceversa. Mucha gente decía lo mismo: “el pueblo antes se llamaba Atolladero”.
Investigando el origen del nombre, doña Juventina Galeana Santiago mandó, en 1989, un oficio al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) pidiendo un análisis al vocablo Atoyac. El departamento de lingüística de esa institución contestó que la palabra Atoyac proviene del náhuatl. Nombre que coincide con otros sitios que existen en la república como: San Pedro Atoyac Oaxaca, Atoyac Jalisco y Atoyac Veracruz. También el río Atoyac de Puebla.
La doctora Susana Cuevas Suárez directora de lingüística del INAH contestó: “Haciendo una revisión exhaustiva en varios códices tanto prehispánicos como coloniales se llegó a la conclusión de que no existe un glifo que represente a la población de Atoyac. Es muy probable que la razón de esto sea que el nombre de Atoyac no sea el original, es decir, que antiguamente esta población, haya tenido otro nombre”.
Petrograbados en La Pintada, de cuyo elemento 
toma el nombre la comunidad, originalmente era 
un paraje conocido como La Piedra Pintada. 
Foto Archivo Histórico de Atoyac.

“El nombre original se puede conocer a través de estudios arqueológicos, en zonas (que es muy probable que existan) cercanas o dentro de los límites que corresponden a Atoyac. Existe la posibilidad de que al haber un desplazamiento de la zona arqueológica a la ubicación actual de la ciudad, el hombre original haya cambiado por el que ahora conocemos como Atoyac”.
Al hacer el análisis de la palabra Atoyac, asegura que es un vocablo de origen náhuatl: atl que quiere decir agua y toyaui que significa regarse o esparcirse. Por eso se concluye que Atoyac quiere decir agua que se riega o se esparce.
Es claro que la especialista no se equivocó, porque el poblado original estaba en Mexcaltepec, a unos seis kilómetros rumbo a la sierra. En 1614, después de una epidemia de cólera, los indios de Mexcaltepec fueron bajados a Atoyac por las autoridades virreinales. Como el nuestro, hay en Guerrero tres pueblos que se llaman Mexcaltepec y uno en Puebla. Mexcaltepec se escribe con x pero ahora funcionarios le cambiaron el nombre a Mezcaltepec, por eso Baloy Mayo dice que Mezcaltepec quiere decir Cerro del mezcal. Mientras que Gutierre Tibón sostiene que el nombre es con x y quiere decir: cerro casa de la luna o el cerro del templo de la luna.
Aunque cabe mencionar que ni en el Códice Mendocino ni en la Matrícula de Tributos aparece Mexcaltepec, es hasta Las Relaciones Geográficas del Siglo XVI, un documento español, donde ya se mencionan los pueblos más viejos de Atoyac, como: Mexcaltepec, Zintapala, Cacalutla y Santiago.
En la zona de Atoyac hay muchos nombres de comunidades de origen náhuatl, muchas veces distorsionados por el lenguaje local, por ejemplo en la colonia Las Palmeras está un letrero que dice: calle Juana Caxtle, cuando debería decir Huanacaxtle que quiere decir Parota. La gente le llamaba Juanacaite al paso del río que está donde termina esa calle, distorsionando en la pronunciación los aztequismos, por eso llamábamos Ista a Ixtla y tepeite al tapextle. En partes usamos también palabras de origen tarasco como guachi, vocablo que viene de la Tierra Caliente y de la sierra alta que se deriva de Wa- che que quiere decir mi hijo wa-cha mi hija es de origen tarasco. Pero la gran parte de la influencia indígena en nuestro idioma es de origen náhuatl.
Aquí una muestra de la toponimia de algunas comunidades de Atoyac, de acuerdo al libro Toponimia del Estado de Guerrero de Baloy Mayo
Acapulquito, (españolizado de Acapultzinco), “en el pequeño Acapulco”. Es un barrio de la cabecera municipal.
Ahuindo, (forma errónea de Ahuihuiyo), “donde hace temblar el agua fría”. De atl agua; huihui temblar de frío; y yo que tiene. Es el nombre primitivo de Corral Falso.
Alcholoa, “en el salto de agua”. Viene de atl agua; y de choloa verbo que quiere decir saltar, correr.
Almolonga, (españolizado de Almolonya), “agua que corre espaciándose”. De atl agua; moloni o molono de manar una fuente, esparcir algo; y de ya locativa.
Apozahualco, tiene dos traducciones: 1) “lugar inundado”; 2) “lugar de represa del río”. Viene de apozahualli represa, embalse, o de atl agua; pozahualli llenarse, inundarse; y de co lugar, sitio. Nombre de una ex hacienda del municipio de Atoyac de Álvarez; de un embalse del municipio de Chilapa, y de la laguna donde desagua el río Marquelia.
Cacahuatán, “lugar donde abunda el cacao”. Se deriva de Cacáhuatl cacao, y de tan partícula abundancial equivalente a tlan.
Cacalutla, (Cacalotla), “lugar de cuervos”. Etimología: cacálotl cacalote; tla lugar. Que más bien podría ser lugar de cascalotes, porque nosotros llamamos cascalote al zanate.
Cintapala, tiene dos significados: 1) “río de las juntas”; 2) “río profundo, o agua en el subsuelo”. De cintlalia juntar, congregar, o de cintlalli en el abismo, profundidad; y apa río, agua.
Cuauhtémoc, (Adulteración de Cuauhtemohua), quiere decir; “águila que desciende”. Se deriva de cuauhtli águila; y temohua descender, caer.
Cucuyachi, según la tradición: “donde  enferman”. El Cucuyachi es un poblado; cocuyache, un rancho, ambos localizados en el municipio de Atoyac de Álvarez. También se le llama así a una sanguijuela.
Cuitlatecapan, “río o lugar de los cuitlatecas”. Se forma de cuitlatécatl gente de cuítlatl (excremento, cieno); y pan locativo.
Chachalaco, “en el lugar de las chachalacas o chachalacos”. Vienes de chachalatli, la gallina montés; y de la partícula locativa, co en. Arroyo del Chachalaco en Atoyac.
Ixtla, significa: “llanura” pero puede ser, “en donde abunda la pita o el ixtli”, De ixtla, llanura; ixtli hilaza, pita, fibra; y tla locativa.
Mexcaltepec, (Mezcaltepec), “pueblo del mezcal”, o cerro del mezcal”. De mezcalli mezcal, y de altepec pueblo. Aunque Gutierre Tibón asegura que es Mexcaltepec y quiere decir “el cerro del templo de la luna”.
Mitla, “región de los muertos”. Otra versión: “lugar de flechas o dardos”. De la primera mictlan mundo de los muertos; de la segunda mitl flecha, dardo; y tla lugar. Nombre de una laguna situada entre los municipios de Atoyac de Álvarez, Benito Juárez y Coyuca de Benítez.
Tehuehuetla, según Antonio Peñafiel “en el lugar del atabal de piedra”. Otras traducciones: “lugar de tambores de piedra”; “sitio de viejas piedras”; y para la toponimia local, “donde tocan”. De tetl piedra; huéhuetl timbal, tambor; o huehue viejo; y de tla lugar. El poblado se llama San Juan Tehuehuetla, del municipio de San Miguel Totolapan. También el predio donde nace el Río Atoyac, se llama Tehuehuetla.
Tlacolulco, (Tlacololco), “lugar torcido, o de casas torcidas, o encorvadas”. De tlacolol-co; tlacololli casa torcida; y co partícula locativa. Nombre extinto de una comunidad del municipio de Atoyac de Álvarez, que estaba en las inmediaciones de Los Valles. La gente lo conocía como Tilacolulco.
Zacualpan, (Tzacualpan), tiene varias versiones “sobre la pirámide”, “en el encierro”, o “en el adoratorio”. De izacualli pirámide, recinto, adoratorio, encierro; y de pan en, sobre.
Otros vocablos de origen náhuatl, que algunos estudiosos llaman aztequismos, se quedaron presentes en nuestro idioma y los usamos con frecuencia como:
Camahua: Así se llama el elote cuando el grano ya comienza endurecerse, antes de que sea maíz listo para el nixcome, y ya se pueden hacer unas tortillas que también se les llama camahua. “Son muy sabrosas pero no llenan”, dice la gente. Porque todavía no tiene la consistencia del maíz seco.
Nixcome: es el maíz remojado en agua caliente con cal, ese proceso permite que al lavarlo se le caiga la cascara y se pueda moler. Al agua con cal que queda en el recipiente donde se remojó el maíz se llama nijayote que es otro vocablo de origen náhuatl. El maíz se siembra en un tlacolol o se chapona un huamil. Tlacolol es cuando el terreno se desmontó, se quemó y se va a sembrar por primera vez, ya en las siguientes siembras de llama rastrojo. Cuando el monte creció y ya hay árboles donde antes fue un tlacolol entonces se nombra huamil o guamil.
Es común referirse al Coacoyul a lo que también se conoce como Cayaco, al árbol de cuahulote y el huamúchil son de origen náhuatl. También de ese origen es el Yagual que se ponen en la cabeza las mujeres para cargar, los tachinaxtles donde se crían los pericos y los cacaxtles para atrapar palomas.
Pedro R. Hendrichs dice que la palabra Huilile o güilile podría ser de origen cuitlateco. Fabriciano Mesino Serafín, originario de El Camarón, dice que al güilile que aquí se teje con varas y mecate de majagua de abrojo y clavellina, en el valle de Tixtla lo conocen como Telcopete, allá tejido con varas y zoyate. Los dos se utilizan para pizcar maíz. También Fabriciano dice que el matate tejido con mecate, heredado de nuestros ancestros cuitlatecos, se utiliza todavía en la sierra para desgranar maíz. “Se puede desgranar hasta una tonelada al día”, dice.
Los aztecas, que en mucho nos influenciaron, llegaron acá por 1498, por eso decimos que la fundación de Atoyac fue ese año, porque coincide con la primera incursión mexica a la Costa Grande.
Los nativos de ese tiempo no eran muy poderosos, por eso los mexicas los conquistaron con mucha facilidad y formaron una provincia tributaria a la que llamaron Cihuatlán, que quiere decir: lugar de mujeres. La cabecera de dicha provincia estaba entre los pueblos de San Luis la Loma y San Luis San Pedro. Por eso el río que divide a los sanluises se llama Cihuatlán. Al ser conquistados los cuitlatecas se convirtieron en guerreros de los aztecas para pelear en contra de los yopes de Acapulco y los purépechas de Michoacán.
Así los aztecas mataron dos pájaros de una pedrada. Al mismo tiempo que combatían a sus enemigos más fuertes, mermaban las fuerzas de los cuitlatecas y cuando ya eran menos los mexicas trajeron de los suyos para repoblar la región, por eso había gente que hablaba náhuatl cuando llegaron los españoles a conquistarnos.
Es al tlatoani Ahuízotl, el Monstruo de agua, octavo rey de Tenochtítlan, hermano de Tizóc, a quien se le atribuye la fundación de Atoyac. Porque durante el reinado de Ahuízotl (1486-1502) fue sometida la mayor parte del territorio guerrerense y fue quien consolidó el dominio azteca en la Costa Grande, formando la provincia tributaria de Cihuatlán.
La fuerte presión purépecha por Tierra Caliente hizo que este Tlatoani convirtiera un centro de operaciones a la región del Balsas para poder flanquear a sus enemigos michoacanos por la Costa del Pacífico. Dentro del actual territorio guerrerense quedaron ubicadas seis provincias tributarias y pequeñas porciones de otras tres según consta en el Códice Mendocino y la Matrícula de Tributos.
La Matrícula de Tributos es un códice que consiste en el registro del pago de tributos de los pueblos conquistados por los miembros de la Triple Alianza, integrada por los mexicas de Tenochtitlan, los acolhuas de Texcoco y los tepanecas de Tlacopan. En cada hoja aparece el pueblo que encabeza la provincia tributaria, representado por glifos toponímicos, así como los demás pueblos que formaban la provincia.
La provincia de Cihuatlán está en la lámina 18 de la Matrícula de Tributos y estaba conformada por los territorios que ahora son municipios de: Coahuayutla, La Unión, José Azueta, Petatlán, Tecpan y parte de Atoyac.
Cihuatlán tributaba pieles, animales vivos y fauna marina para ofrendas ceremoniales o para la alimentación. El 4% de los productos agrícolas recibidos en México-Tenochtítlan procedían de Cihuatlán y Tepecoacuilco, al igual que el 60% de la miel, el 18% del algodón, casi el 7% de la ropa de mujer, el 99% del incienso llamado ecozahuitl y el 50% del copal.





sábado, 27 de febrero de 2016

Los cuitlatecos


(Séptima y última parte)
Víctor Cardona Galindo
No hay indicios que la creencia de la lechuza como ave de mal agüero, sea de origen cuitlateco, pero la gente de la costa y de la sierra, llaman ticuiricha a la lechuza, y su canto estridente anuncia la muerte. Otros relacionan el canto de la ticuiricha con el escándalo que hace el tecolotillo al ser atacado, por ese enorme pájaro blanco de hábitos nocturnos. La mariposa negra también presagia la muerte.
Cuando un pájaro llamado luisillo canta en la esquina de la casa, llora la lumbre del fogón o cuando una mariposa blanca pasa por el corredor, vendrá visita. Cuando lloraba la lumbre, mi madre decía: “Nomás que me traigan y no que me vengan a quitar”. Y al rato llegaba la visita.
Algunas familias tenían la costumbre de pronunciar dentro de la tinaja el nombre del ser querido ausente, para que viniera. Vi a unos niños hablarle muchas veces, a su padre, en la olla de la tinaja. Pero su padre nunca llegó porque se lo llevaron los soldados.  De niño me tocó, durante un eclipse, sonar tambores o botes viejos para que el sol no fuera vencido por la oscuridad. También durante el eclipse, las mujeres embarazadas debían usar un pañuelo rojo en la cabeza, para que el niño no fuera comido por la luna. Si no se ponían la prenda roja, los niños nacían con labio leporino. En caso de hipo todavía se coloca un hilo rojo, con saliva, en la frente y le colocan cintas rojas a los árboles frutales que no quieren parir.
El Hombre de Maíz, un petrograbado de más de 4.20 metros
 de largo con la representación de una planta de maíz con 
rasgos humanos, que se encuentra en la comunidad de 
Piedras Grandes, en la parte alta de La Sierra de Atoyac. 
Foto cortesía de Clevert Rea Salgado. 

Cuando un niño mudaba un diente, lo tiraba arriba de las tejas de la casa, porque de no hacerlo quedaría chimuelo, al tirarlo se gritaba “ratón, ratón dame tu diente y yo te doy en mío”. Ahora también se acostumbra que el ratón deje por un diente, 20 pesos debajo de la almohada.
De las costumbres que Hendrichs registró de los cuitlatecos de la Tierra Caliente muchas están todavía presentes, como es el caso de curar enfermedades con huevos, la curandera o curandero “toma dos huevos, para frotar el cuerpo o la parte enferma. Al terminar la operación, los huevos resultan podridos con la claras negras y las yemas cocidas o reventadas. Para averiguar quién fue el causante de la enfermedad, la curandera echa el contenido de los huevos podridos en agua; entonces se forman hebras desde el fondo de la vasija hacia arriba y estas hebras dejan ver claramente la imagen del brujo o de la bruja que hizo el maleficio”, luego la curandera lava el cuerpo del enfermo con el cocimiento de varias yerbas, entre las que figuran epazote, albahaca, estafiate y hierba buena.
Sobre la caza del venado se cuentan muchas leyendas, que son de origen cuitlateco. Se dice que quien tiene la piedra del venado puede cazar al por mayor. Las mujeres de La Sierra, se han transmitido de generación en generación, la costumbre de rodarle la piedra de moler chile, en los pies a los hombres, sin que se den cuenta, antes de que salgan de cacería y seguro traerán venado.
Un cazador con suerte puede tener acceso a la piedra del venado. Si la fortuna lo acompaña y mata al rey de los venados, un ejemplar grande de color blanco o negro, que en su agonía arroja la piedra. Si el cazador la recoge y la trae como amuleto, siempre que salga de cacería traerá venado, porque trayendo la piedra los venados lo ven como venado y caminan hacia él y puede matarlos con mucha tranquilidad.
Pero si se descuida puede ser atacado y herido por otro venado. Si un ejemplar macho de esa especie lo ve en su territorio piensa que le va a quitar a sus hembras. Hay quienes han pagado con su vida esta suerte, porque otro cazador también puede verlos como venado y dispararle.
Rescatamos aquí la leyenda que Judith Solís Téllez escribió para Agua desbocada. Antología de escritos atoyaquenses.

La piedra del venado

“Dicen los que saben: quien logra tener la piedra del venado puede matar los venados que quiera. Hay que matar al venado blanco o al negro y tomar la piedra que arroja durante su agonía. La piedra se puede traer en el morral y cuando uno va a salir, si se observa al venado echado, indica que está escondido y cualquier búsqueda será en vano. Pero si la figura de la piedra está parada es que se encontrarán a los animales en el camino. Aunque, también hay el peligro de que cualquier venado macho pueda pegar o matar al dueño de la piedra, al que ven como a uno de su especie. Así que se debe de andar muy atento. Para poseerla se deben tener ciertas características: no ser ambicioso, ser valiente y no tener maldad en el corazón. Hay que conservar en secreto la piedra para que resulte efectiva”.

Hay quien habla de que la piedra es como un rubí que los venados alfa traen incrustado en la frente. Hay que utilizar un cuchillo para despegársela porque está pegada al hueso. Aunque algunos cazadores aseguran que la existencia de la piedra del venado no es ninguna leyenda, es una especie de calculo que el venado produce cerca del hígado, la piedra parece una bolita de estambre y se le saca para guardarla “es de buena suerte”, hay quien le atribuye propiedades curativas. En las oficinas de la tesorería de Atoyac una mujer le regateaba a un campesino que se la vendiera porque es buena para curar la embolia. Ella decía, “dígame cuanto quiere”, él contestaba “no señora si se la vendo me salo”. La señora dice “déjeme hervirla y se la regreso”. El hombre dice que no. Porque la piedra del venado no tiene precio.
Hablando de otras leyendas y mitos cuitlatecas. Miguel Ángel Gutiérrez Ávila en su libro La historia del estado de Guerrero a través de su cultura habla de “Los Cuitlatecos y los hombres de metal” y rescata un mito de la creación al que le atribuye su origen en esta etnia ya desparecida.
“Las adoraciones eran de munchas maneras, porque adoraban al sol, a la luna y a los ydolos de piedra, de barro y de madera, de diversas hechuras y tamaños; y dizen que entendían avía un dios principal, questava en el cielo y lo había creado todo; y que a de aver juicio final y que el mundo tuvo un principio, y que hizo un hombre y una mujer de barro, y que se fueron a bañar y se deshicieron en el agua, y que los volvió a hacer de senysa y siertos metales, y los envió al río a bañar y que no se deshicieron, y que de aquello empezó el mundo”.
Dice Gutiérrez Ávila que este maravilloso mito de la creación de los seres humanos, proviene de la cultura cuitlateca, registrada el diez octubre de 1579 por el corregidor de Ajuchitlán Diego Garcés, en la Relación de Asuchitlan y su partido, 1579.
También rescata una leyenda chontal de Apaxtla de Castrejón.

Nacasqueme

Los chontales, cuando llegaron a Apaxtla, encontraron a un Dios con las orejas largas, hasta el suelo, se llamaba Nascasqueme. Los chontales aceptaron adorarlo a cambio de que él los protegiera de sus enemigos.
Nacasqueme cumple con su cometido preparando y entrenando al ejército de chontales y durmiendo al pie del Cerro de El Toro, que por su loma, se prestaba para que Nacasqueme extendiera sus orejas y lo enredara con ellas. Esta era la forma de escuchar todo lo que acontecía por los cuatro puntos cardinales.
Escuchó que en la gran Tenochtitlán de los aztecas había sido vencida por hombres de a caballo y armas de trueno. Rápido levantó a su ejército y resguardó sus dominios. Fácilmente fue vencido y huyó para esconderse cerca de la hoy llamada “Cascada de El charco”. Ahí vivió solo, abandonado. Como era dios debía estar limpio del cuerpo y del espíritu. Para lo primero hacía con sus orejas un recipiente que llenaba con agua de la cascada y allí se metía para bañarse. El peso de las orejas, el peso del agua y el propio Nacasqueme fue hundiendo la piedra en que se hallaba el recipiente hasta que se formó un apaxtli.
De ahí se deriva el nombre del pueblo.
Luego hace mención, citando al periódico Así Somos, que en una zona arqueológica hundida por la presa El Caracol un campesino encontró un ídolo de piedra que “era del tamaño de un niño de doce años, feo y con las orejas largas, largas hasta el suelo”.
“Tienes pies de nacaiqueme”, decían nuestros abuelos cuando, al crecer, ya íbamos dejando los zapatos. Se referían así al Nacaxqueme, ese hombre gigantesco que tiene los pies y orejas grandes y que vive como ermitaño en las soledades de la sierra. Simón Hipólito Castro rescató ésta leyenda que publicó en su libro Cuentos para niños preguntones y que luego retomamos para la antología Agua desbocada. Antología de escritos atoyaquenses.

El Nacaxcleme

Ancianos de la región nos comentaban que por allí habitaba un ser escurridizo como de cuatro metros de alto y de cuerpo peludo. En un mes de marzo nos trasladamos a un bosque lejos de la casa con el fin de abrir un tlacolol. Abrimos un campamento entre el bosque, limpiamos el terreno donde pondríamos las improvisadas camas de varas y regábamos en círculo cal para que no se nos arrimaran alacranes o víboras. Por las noches, escuchábamos derribar árboles con hacha y cuando amanecía íbamos a buscar el árbol y lo encontrábamos derribado y con cera de abeja silvestre en su tronco. Era el Nacaxcleme, como lo llamaban los ancianos. Nos contaba papá que su papá de él, o sea mi abuelito, una tarde buscando miel se perdió en el bosque. No pudo dar con la vereda y decidió pasar la noche arriba de un árbol, no grueso donde no pudiera subirse un tigre, un león o una boa. Sacó de su morral unas hojas de tabaco e hizo un puro el cual encendió con un eslabón y pedernal. Cuando lo estaba saboreando escuchó unos pasos. Al instante desenvainó su filoso machete y se puso en guardia.
De repente vio una figura grande que habló diciéndole que no tuviera miedo que era Nacaxcleme y que sólo iba a verlo para que le regalara un puro, pero grande, cosa que hizo mi abuelo. Esta enorme criatura lo invito a pasar la noche a su cueva y mi abuelo aceptó. Lo llevó a una cueva muy grande donde lo invitó a pasar. Ya en confianza Nacaxcleme le contó que solamente él quedaba de toda su familia; que los hombres al abrir tlacololes, derribando el bosque, fueron acabando con las colmenas y con su familia. La miel era lo único que los alimentaba.
Como mi abuelo tenía sueño, el gigante desenvolvió una de sus orejas y se la dio para que la tendiera en el suelo. Luego se desenvolvió la otra y se la dio para que se arropara. Cuando amaneció le pidió más puros de su garniel y lo llevó a unos gruesos árboles que tenían abundante miel. Enseguida le enseñó la vereda y le rogó que cada vez que fuera por colmenas le llevara puros, que si no lo encontraba se los dejara en la cueva. Desde entonces no le faltaba miel y cera que vender a mi abuelo. Recuerdo que cierta vez cuando llegábamos a la orilla de un río vimos en la arena rastros de un hombre cada huella media aproximadamente como veinticinco centímetros o un pie de largo. Yo entiendo que este gigante es el que derribaba árboles por las noches. El mismo que se hizo amigo de mi abuelo y el mismo de las enormes pisadas en la arena. Tal vez ya murió. Los campesinos y nosotros acabamos con los bosques para sembrar maíz. Ya ahora nadie dice haber visto al Nacaxcleme.

Aunque las últimas noticias que se tuvo del Nacaxqueme fueron unas gigantescas huellas de pie que se encontraron en unos barbechos, en las cercanías de la comunidad de Las Salinas, en la década de los noventa. Luego mi padrino José Aguilera me mostró unas fotos, tomadas por un ingeniero, donde parece que un ser peludo se escabulle entre las hojas de los árboles, allá en la exuberancia de la sierra.