lunes, 14 de noviembre de 2016

Graffiti, arte urbano en Atoyac

Víctor Cardona Galindo

De pronto la ciudad de Atoyac se vio invadida por coloridos dibujos raros llamados graffitis, unos comics bien elaborados con mensajes de izquierda, otros eran sólo iniciales y nombres con letras distorsionadas y se multiplicaron los murales. Se comenzó a construir un código difícil de entender para la mayoría de la gente.
Hubo quien se comenzó a espantar, ¿quiénes serán esos mensajeros del diablo que pintan por toda la ciudad? Pero no es así, el graffiti es un arte y los que pintan son jóvenes que estudian, son responsables y quieren una sociedad mejor.
Graffiti dedicado a los desparecidos políticos. Estaba en la casa de la cultura
pero fue borrado. Foto: Víctor Cardona Galindo

Es importante que se sepa que es una actividad que no se realiza por dinero. Para ser graffitero se necesita talento, dedicación y preparación. Los graffiteros son artistas urbanos y existen categorías: están los que sólo hacen tags, que es la firma del que los elabora; los que forman bombas, que son letras gruesas; los que crean piezas con una imagen o caricatura, los que hacen un mural, son los más avanzados por que dominan diferentes técnicas.
¿Ha visto usted el graffiti que está en la esquina de  la calle Corregidora con Benito Juárez?, es un  mural hecho utilizando la técnica de aerosol, que presenta la imagen de Emiliano Zapata, símbolo de la Revolución Mexicana, junto a la imagen del Ché Guevara, ícono de la revolución internacionalista, con las siguientes leyendas: “La unidad popular es la que puede hacer el verdadero cambio”, “Tierra y Libertad”, “Hasta la victoria siempre”. Por la calle Reforma, cerca del arroyo Cohetero, hay otro graffiti con estilo salvaje que dice “Entiendan ellos quieren expresarse”.
Cuauhtémoc Contreras, El Mors e Ismael Galeana Pino, Merik, son dos de los exponentes del graffiti en Atoyac y encabezan un grupo importante de jóvenes dedicados a este arte.
Para Cuauhtémoc Contreras el graffiti es una forma de escribir y de pensar, aquí en Atoyac el graffiti fue tomado como una forma de expresión política y de concientización. Este arte nace en Nueva York en los sesentas y los inmigrantes lo trajeron a la ciudad de México de donde pasó a nuestra ciudad cafetalera.
Para muchos es una forma de dejar su firma, como una manera de marcar su presencia, ese es el tag, pero también se pitan bombas unas letras estilizadas llenas de color. Otros estilos son la elaboración de piezas que es una imagen o caricatura y se practica el muralismo mixto combinando técnicas como el aerógrafo, aerosol y el pincel. Estos cubren toda la pared y son los más avanzados.
El Mors narra que al principio no les prestaban las bardas, había que rogarle a la gente, pintaban solo sus firmas; Mors, Ciper, JNK, RSK y otras piezas. Le dicen piezas a una extensión, “son las partes que les metes a los graffitis que no son letras”. Otros estilos son: el 3D, las Bombas, las Burbujas y Wild Style.
En el callejón Ignacio Manuel Altamirano estaba un graffiti en aerosol de la imagen de Ricardo Flores Magón con un tag que dice Boser, la leyenda: “La lucha continúa… Regeneración”. Este mural fue cambiado por una pieza tipo 3D y una leyenda que dice “Dejar de luchar es empezar a morir”, firma FR4.
Atrás de la casa de la cultura en la calle Aquiles Serdán, pintaron una anguila-submarino, la hicieron con Montana una pintura española especial para el graffiti, este mural lo firma el Mugre Crew, uno de los grupos de graffiteros que vinieron en el 2010 al encuentro de “Expresión urbana”, esa anguila refleja un estilo propio del grupo que la pintó.
Durante mucho tiempo atrás de la casa de la cultura antes de que pintaran la anguila, estuvo la imagen de Lucio Cabañas pintado por el “Peke” y la de un Guerrero Jaguar que hizo un graffitero mexiquense muy famoso que firma como “Humo”, las letras eran de otro graffitero llamado “Mibe”. Hay actualmente al interior del Centro Cultural Atoyac un mural hecho con técnica de aerosol que hizo “Humo” dedicado a los desaparecidos y a la tradición de lucha de Atoyac.
Los graffiteros desarrollan juicios estéticos de vida que crean una identidad como “El Ymen” que vino a pintar a esta ciudad en abril del 2011, donde dejó marcado su estilo atrás de la barda de la escuela secundaria número 14. En Acapulco es fácil identificar un graffiti de “El Ymen” por la visión que tiene de la naturaleza.
En la jerga graffitera es común el uso de términos en inglés, lo que pone patente el origen del movimiento. Por eso el tag, es una firma simple; la bomb, letras inmensas en dos dimensiones; wildstyle, letras con diseño intrincado; 3D, letras tridimensionales; hot line, línea luminosa que bordea las letras; In line, línea dentro de las figuras.
En Atoyac otras generaciones de graffiteros  fueron los llamados: “Célula”, “Solo Carnales” o “Solo Célula”, luego vinieron “Los Guerreros”, que se transformaron en “Juntos No Caemos”, más tarde FR2 y ahora son FR4- SK8 porque se unieron con los skates.
“Hubo otros grupos que surgieron pero no tuvieron trascendencia, porque vieron al graffiti como una moda y no como un arte. Ahora se busca hacer calidad y no cantidad. Se busca comunicar a la sociedad cosas positivas”. Aunque hay que destacar dice El Mors que hay niños que rayan casas sin sentido, eso afecta a los graffiteros profesionales porque ellos ya se han ganado un respeto.
Antes la policía los molestaba. A cada rato llegaban patrullas a preguntar si tenían permiso de pintar. Los querían subir a la patrulla, como sucede en Acapulco y en Chilpancingo donde los agarran, los llevan a barandillas y los multan. Aunque también hay que remarcar que el graffiti surgió como protesta en contra del sistema, se rayaba en edificios públicos y empresas influyentes del capital.
Para ir mejorando la técnica hay que ir pasando de Tagger hasta ser writer, y de escritor pasar a muralista. Es todo un engranaje en el oficio comenta El Mors y hay que entenderlo, porque antes decían que era delincuencia y que era del diablo. Eso es normal porque mucha gente siempre va estar en contra de lo que es innovador. El tagger o graffitero hace del graffiti su modo de vida.
En Atoyac los graffiteros participan en la política. Todos los graffitis que aquí hay son de protesta y propuesta, porque los chavos quieren ver que su entorno cambie. Por eso el FR4-BS-SK8 se ha organizado para hacer actividades, limpiaron la cascada que está rumbo al Nanchal y pusieron letreros de no tirar basura. En el río hicieron una faena para retirar el plástico. Todo para hacer conciencia en la gente que hay cosas que deben cambiar.
Concluimos que el graffiti es un movimiento cultural diverso, constructivo y transgresor a la vez. Está relacionado con otras expresiones del arte urbano el hip-hop, Break Dance, el skateboarding  de las patinetas y con una peculiar forma de vestir. Tiene elementos de protesta estética y de voluntad artística. Y en Atoyac una particular organización para que el futuro sea mejor.


sábado, 12 de noviembre de 2016

Ciudad con aroma de café VII


Víctor Cardona Galindo
Si buscamos un árbol representativo de esta época del año sería el bocote, que florea cuando está cerca el día de Todos los Santos o de los Fieles Difuntos. Pero es además un árbol representativo de la región. Por todos los cerros de la Costa Grande cercanos a la carretera federal serpentean bocotales. Se ven al fondo de las montañas los manchones blancos. En Atoyac ningún camino,  ninguna vereda está exenta de bocotes, hacia donde voltees los ojos los encontrarás. Los patios se tapizan de sus flores blancas, que si se mojan son difícil de barrer, se aferran al suelo como no queriendo abandonar la tierra de donde vienen. Como todos los humanos, siempre volvemos a la tierra de la que somos parte.
Sepelio de Gabina Galindo Pino quien murió de dos años
 porque le robaron la sombra los duendes cuando jugaba
 cerca del arroyo Grande, en Los Valles. 
Foto: Álbum de la familia Galindo.

Los bocotes de la orilla de la ciudad, este año se adornaron con parvadas de pericos que desde hacía años no habíamos visto. También los palos de arco encendieron sus olorosas flores blancas, el pericón con sus diminutas flores amarillas llenó los campos y los quiebraplatos brotaron por todos lados, morados, rojos, azules, rosas y blancos. Los montes se convirtieron en un gran altar, en una fiesta de abejas, de tordos y aves canoras.
Al iniciar noviembre en los hogares costeños huele a copal, a conserva de calabaza, lloran los sartenes y las cazuelas al guisar la carne de cuche con chile rojo. Los vendedores de tamales nejos se multiplicaron por todos lados. Así es la fiesta cuando nos preparamos para recibir el alma de nuestros difuntos, que vienen una vez al año, para deleitarse con el aroma de las comidas y los antojos que más les gustaban.
Desde el 31 de octubre todo el centro de la ciudad de Atoyac se llenó de vendedores de flores de cempasúchil, garras de león (amaranto), africanas, mardonias, coronas y calabazas. Más de 150 campesinos bajaron a vender sus flores, de los pueblos de la sierra y de las colonias de la cabecera municipal. No hubo camino a los panteones que no vendieran flores, comida, conservas y veladoras. Al salir de la casa, solamente hay que llevar dinero, allá encuentras de todo.
Había vendedores por toda la calle Juan Álvarez, frente al puente, por la casa de la cultura, frente a la escuela secundaria federal, en la esquina de Aquiles Serdán con Altamirano, el callejón Niños Héroes estaba a reventar, en 5 de mayo alrededor de Bancomer no se podía caminar y uno de los pasajes del Zócalo estaba abarrotado de flores. Había también quien vendía pan de muerto y calaveritas de azúcar.
Por todo el centro había también vendedores de velas y veladoras. Hay de todos los precios. De acuerdo a lo que prendas así se alumbrará tu difunto al venir en el camino hacia la ofrenda. Si no le prendes nada vendrá en la oscuridad, por eso más vale no ser tan tacaño y comprar una vela que valga la pena. “Las luces de las veladoras hacen las veces de faros que guían a cada alma hacia su altar. Se dice que los alimentos pierden su sabor y olor porque el difunto se llevó su esencia”, eso escribió Elena Poniatowska.
“La muerte en México es fiesta, risa, azúcar, cempasúchil -esa flor amarilla que cubre el campo en noviembre-, veladoras y ofrendas. Y no sólo en México. La calavera, símbolo de la muerte, cubre toda la arqueología de Mesoamérica; la muerte es parte de la vida cotidiana, aparece en el uso diario, en platos, ollas, vasijas, braseros, metates, copales; la muerte no espanta, al contrario, nos recuerda que todo pasa, que todo lo terrestre se acaba, y que llevamos dentro un esqueleto”, dice otra vez Elenita.
El cielo azul y un bocote floreando en el panteón central
de Atoyac. Foto Víctor Cardona Galindo. 

Nuestros antepasados enterraban a sus muertos con ofrendas, así se demuestra en los panteones prehispánicos que se han descubierto al sur del municipio de Atoyac en las riberas de la laguna de Mitla, desde Zacualpan hasta El Tomatal, se han encontrado grandes vasijas con restos humanos en su interior, es una gran zona de panteones prehispánicos. Hay que recordar que Mitla, significa “región de los muertos”, porque viene del náhuatl Mictlan que quiere decir “mundo de los muertos”. Esa es una zona de muertos.
Esta vez con música de viento, al son de guitarra y violín se festejó el tradicional Día de Muertos y se registró una gran afluencia de visitantes que abarrotaron los diferentes panteones del municipio de Atoyac. Los atoyaquenses que habitan en otras latitudes vinieron reunirse con su familia y recordar como cada año, a sus seres queridos que están en la vida eterna.
Familias enteras llegaron desde temprana hora a los cementerios para convivir y compartir los alimentos junto a las tumbas de los ya fallecidos. Colocaron flores, veladoras, coronas, incluso fotografías para sentir la cercanía de sus seres queridos, comentaron anécdotas y los gratos recuerdos que dejó el fallecido en este “valle de lágrimas”.
Antes en los camposantos había un árbol conocido como saladillo que se extinguió, se llenaban de pajaritos que comían sus frutos. Los panteones de este municipio están enmarcados por los bocotes en pleno floreo que sumándole el cielo azul de estos días, el panorama es un mosaico de colores donde predomina el amarillo de las tradicionales flores de cempasúchil y el rojo encendido de las garras de león, y los que pueden colocan pompones, gladiolas, rosas y claveles. Porque aun después de la muerte siguen patente las clases sociales, hay tumbas apenas de tierra y mausoleos muy elegantes adornados con losetas y mármol. De todo encuentras en el panteón. Lo que sí es seguro es que estos días pobres y ricos confluyen en la última morada de sus ancestros.
En estos tiempos del dengue, Chikungunya y el Zika el sector salud han emitido recomendaciones a la ciudadanía para que los arreglos naturales se sustituyan por artificiales, debido a que los recipientes con agua que se utilizan en los panteones, sirven de criaderos de larvas del zancudo transmisor de esas enfermedades. Pero la gente sigue con la tradición y aunque el panteón de vida a muchos mosquitos, los soportarán los que viven cerca, los demás volverán a sus casas lejos de ese gran criadero de insectos.
El Ayuntamiento se encarga de pintar las bardas de los panteones y de tirar la basura. Trabajadores de servicios públicos, saneamiento básico y personal de Protección Civil mantienen guardias permanentes en los principales accesos al panteón central y demás cementerios del municipio.
El guerrillero Lucio Cabañas Barrientos está sepultado en el Zócalo de la ciudad, las organizaciones sociales, familiares y los devotos cabañistas no se acordaron ahora del obelisco donde están sus restos. “La tumba no tenía flores ni veladoras en la rejilla exclusiva para ello, que estaba llena de basura”, escribió Francisco Magaña.
“Aunque muchas culturas del mundo celebran a sus muertos con diferentes ritos, en ningún país sucede lo que en México: somos los únicos que transformamos nuestros huesos en azúcar, los únicos que hacemos de nuestro cráneo una cabecita de dulce a la que le ponemos nuestro nombre, los únicos que abrimos grande la boca para comernos a nosotros mismos y chuparnos los dedos con las clavículas, las tibias y los peronés convertidos en pan de muerto”, comenta Elena Poniatowska.
Aunque somos muy devotos a nuestros difuntos la verdad es que durante el año, las tumbas permanecen cubiertas de hierbas, a veces ni se ven, pero en Día de Muertos, muchas personas hacen una “feriecita” limpiando, pintando tumbas, vendiendo agua y hasta botes para poner las flores. Hay que reconocer que también hay tumbas abandonadas, que las únicas flores que tienen son las que nacen de forma natural sobre ellas. Personalmente he sorprendido algunos que se roban las flores más bonitas de otras tumbas para ponérselas a sus muertos.
El primero y 2 de noviembre son días de reencuentro familiar y de saludar a los amigos que no vemos en años. Todos vuelven donde tienen a sus difuntos. “Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra”, diría Gabriel García Márquez en Cien años de soledad.
Hay una creencia muy arraigada en el pueblo, que cuando alguien hizo un pacto indebido en la vida con “El Malo”, cuando muere sus riquezas se van con él. Por eso en el momento que expiró coronel Francisco Vázquez, La perra parida; del cerro bajó bufando un prominente toro negro, de un pelaje brillantísimo, que a su paso se llevaba todos los alambres en el pecho, atrás de él se fueron todas las vacas del difunto y sus familiares nunca más las volvieron a encontrar. Se perdieron en la espesura de la Sierra Madre del Sur. Al paso de los años destaparon la tumba de don Pancho para enterrar a una de sus descendientes y donde debieron estar los restos no encontraron nada. La tumba estaba vacía.
Nadie puede vencer a la muerte, “siempre está a nuestro lado izquierdo acechándonos”, le dijo don Juan Matus a Carlos Castaneda. Y Sísifo por querer matar a la muerte fue condenado a llevar una piedra hasta la cima de una montaña y verla rodar hacia abajo en cuanto está a punto de llegar. Así por toda la eternidad. Se dice que los malos y pecadores están colgados sobre un mar de fuego que les quema los pies por toda la eternidad.
Pero nuestros muertos mediante los sueños se comunican con nosotros. Nos dicen como están. Para ir donde está mi abuela Irene por ejemplo, se camina por una vereda rodeada de plantas y flores de anís, al llegar a la cima de una montaña se baja cientos de metros por una escalera de cristal, hasta llegar a una pequeña y hermosa cabaña de tejas, donde todas las mañanas la abuela Irene eternamente pelea con un burro que viene a comerse las flores de su jardín. Y la abuela Victoria todas las mañanas limpia el camino a su casa, aleja las espinas, quita las piedras y arranca las malas yerbas. Ella viene en los sueños para darme una tunda cada vez que hago algo indebido.
Dicen los que saben que los velorios de ahora no tienen chiste. No dan mucha comida, en algunos ni piquete ofrecen y también se llora menos. Los vecinos se han vuelto poco solidarios no asisten a los acompañamientos y los que van a las 11 de la noche ya dejaron sola a la familia doliente. Triste situación.
En los pueblos todavía salen caros los funerales porque dan mucha comida. La gente todavía acompaña y no falta el picadillo que es el platillo más recurrente en los velorios. El picadillo se cocina ablandando la carne de res o de marrano en un caldo con ajo y cebolla. Ya que está cocida la carne se pica, se agrega cebolla picada, hierbabuena y ajo. Se calienta el aceite y se fríe lo que se ha picado, se agrega salsa a base de chile guajillo, ajo, cebolla, cilantro de bolita, comino y el jugo que la carne dejó al sancocharse y se deja hervir; una vez que está todo cocido se sirve con arroz, este platillo suele ser caldoso.
La tía Rosita Santiago Galindo recuerda que, en el pasado atoyaquense, cuando alguien moría al comenzar a velarlo primero lo acostaban en el suelo sobre una cruz de tierra. Luego montaban el altar y enfrente colocaban al difunto sobre una mesa o una cama. Lo tapaban con una tela de punto, transparente y blanca. Hasta el otro día, cuando ya lo iban a llevar a enterrar, entonces lo metían en la caja. Si era joven, invitaban a jóvenes para que acompañaran el cortejo vestidos de blanco y llevaran los lazos que colgaban de la caja. Si era mujer joven pedían prestadas a sus padres seis muchachas que iban vestidas de blanco con coronas de flores blancas y un velo que las tapaba de los pies a la cabeza.
Iban dos jovencitas por cada lado agarrando el listón y las otras dos acompañaban. Toda la gente se incorporaba al cortejo con velas encendidas, rezando, cantando oraciones y alabanzas. Se repartía a toda la gente que acompañaba, flores, velas y un limón agrio con tres clavos de guisar incrustados. Cuando llegaban al panteón apagaban las velas, las entregaban a los familiares y el ramo de flores lo dejaban en la tumba.
El limón con los clavos, que era donado por los vecinos, se acostumbraba para contrarrestar el humor, que es una especie de mala vibra que se queda impregnada en la gente que asiste al panteón o simplemente se lleva el humor de la gente. Hay personas muy sensibles a quienes les da calentura. A veces el humor también provoca que se pasme una herida y los niños se enfermen de coraje.
El cortejo iba por toda la calle y pasaban a la cruz de la iglesia a despedir al difunto y de ahí al Camposanto. Ahora hacen misa de cuerpo presente para despedirse de la iglesia y la gente ya no lleva velas. En aquel pasado que recuerda la tía Rosita, si el difunto era soltero, repicaban y doblaban las campanas. El doble es para los adultos y el repique para los angelitos. Pero al soltero mayor se tocaban de las dos formas. 

Algunos difuntos mayores eran llevados al panteón con música, generalmente era la orquesta la que tocaba en los entierros; también a los angelitos los llevaban al panteón con música, pero para estos el acompañamiento era con una guitarra, violín y un triángulo. Para el novenario repartían pan e invitaban a rezar, diciendo la frase “si el gustoso de acompañar a rezar”. Las mujeres acompañaban al rosario y ahora ya no quieren rezar.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Paulillo




Se hierve un pedazo chico de raíz de paulillo y se toma como te. Auxiliar en la curación de las llagas, se hierve la hoja y se revuelve con cebo y azufre, se hace una pomadita y se aplica. Para las heridas infestadas, se lava con un cocimiento de paulillo. Sirve también para los granos. La raíz del paulillo se hierve y se toma el te para curar la diabetes. También para la tos pasmada es eficaz el té de hojas de esta planta.
Para limpiar la matriz se cose en una olla de barro nueva (sin usar) una rama de paulillo, una rama de epazote, hojas de coral costillón, hojas de berenjenilla, ramas de golondrina y una planta que se conoce cono sanalotodo, se le pone una pastilla de alcanfor. Se lava con jabón Palmolive la parte afectada y con una jeringa grande se aplica el agua tibia.


Fuentes: María Luisa Pérez y María del Refugio Galindo.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Ciudad con aroma de café VI


Víctor Cardona Galindo
No vale nada la vida
Nos jugamos la vida al filo de la navaja pero nos asustamos con el canto de la ticuiricha. Porque del rayo te salvas pero no de la raya. Por eso los hombres valientes de los corridos mueren en la raya. “Yo represento a Genaro, quiero morir en la raya”, dice el corrido a Lucio Cabañas.
Altar montado en la escuela preparatoria número 22
 en honor a la médica Adela Rivas Obé, quien 
fuera egresada de la Universidad Autónoma de 
Guerrero, trabajadora del Instituto Mexicano
 del Seguro Social, desaparecida en Zihuatanejo
 y después encontrada asesinada. 
Foto: Víctor Cardona Galindo.

“Cuanto no te toca aunque te pongas y cuando te toca aunque te quites”. Mi papá cuenta la historia de un Rey del oriente a quien los saurines le dijeron que su hijo moriría de un piquete de alacrán. Entonces reunió a todos los consejeros del reino quienes le sugirieron mandar a su hijo a una provincia donde no hubiera alacranes. Pero cuando llegó allá la gente le preguntó porque viviría con ellos. Entonces les contó que los saurines dijeron a su padre que moriría de un piquete de alacrán. Esos provincianos no conocían los alacranes y le preguntaron cómo eran. Para mostrarles dibujó uno en el suelo. Y la gente quiso saber – ¿y éste por dónde pica? –y él les dijo –por aquí, –poniendo el dedo índice en la cola y luego murió. El dibujo le picó. Es que esa era su raya. Por eso por más que te cuides la muerte llegará algún día y te encontrará en el lugar menos pensado.
Hay un cuento que me fusilé de internet que ilustra bien la creencia que tiene el pueblo de Atoyac sobre la muerte.
Vivía en Bagdad un comerciante llamado Zaguir. Hombre culto y juicioso, tenía un joven sirviente, Ahmed, a quien apreciaba mucho. Un día, mientras Ahmed paseaba por el mercado de tenderete en tenderete, se encontró con la Muerte que le miraba con una mueca extraña. Asustado, echó a correr y no se detuvo hasta llegar a casa. Una vez allí le contó a su señor lo ocurrido y le pidió un caballo diciendo que se iría a Samarra, donde tenía unos parientes, para de ese modo escapar de la Muerte. Zaguir no tuvo inconveniente en prestarle el caballo más veloz de su cuadra, y se despidió diciéndole que si forzaba un poco la montura podría llegar a Samarra esa misma noche. Cuando Ahmed se hubo marchado, Zaguir se dirigió al mercado y al poco rato encontró a la Muerte paseando por los bazares.
– ¿Por qué has asustado a mi sirviente? – preguntó a la Muerte.
– Tarde o temprano te lo vas a llevar, déjalo tranquilo mientras tanto.
– No era mi intención asustarlo –se excusó ella– pero no pude ocultar la sorpresa que me causó verlo aquí, pues esta noche tengo una cita con él en Samarra.
Es obvio que nadie puede salvarse de la muerte, esa siempre es pareja, porque para pobres y ricos, “la tumba es mismo agujero” dice Cornelio Reyna. Por eso Macario solamente con ella compartió la gallina que no quiso darle ni a sus hijos. Es natural que la gente se muera de forma natural, pero ahora lo más natural es que la muerte llegue violentamente. No es nada nuevo porque aquí siempre ha existido una cultura de la muerte, aunque no tan acentuada como ahora.
Una mujer de la sierra me dijo un día, que de buenas o de malas su casa era mi casa. Eso quiere decir que me puedo “enfierrar” a un cabrón y esconderme en su domicilio. En la sierra de Atoyac la muerte es una referencia. En las camionetas de pasajeros cuando preguntan en el camino, donde te encontraste a fulano, contestan –ya iban llegando donde mataron a zutano. – ¿Cuándo nació tu hijo? –tres días después que mataron a Demetrio.
Y es que mucha gente está siempre pensando en matar. Es común escuchar expresiones: “Deja que se atraviese un hijuelachingada a ver si no le doy sus balazos”. Me dijo una abogada en el Ministerio Público: “el que tiene una pistola en su domicilio es que tiene toda la intención de matar”. Por eso la muerte es fácil y parece que de un tiempo acá todos tenemos miedo de morir violentamente, hay miedo en el ambiente, “por las cosas que se han visto”, aunque hay gente que disfraza su miedo diciendo: “Si lo mataron, es que en algo andaba, a nadie matan nada más porque si”, es una forma de auto convencerse de que están seguros si no se meten en malas cosas, y muestran una falsa seguridad.
En el pasado, cuando la gente estaba muy jodida, para matar cubrían el cuchillo o verduguillo con sangre de escorpión, a partir de ahí el arma tenía dedicatoria. Así mataron al general Amadeo Vidales Mederos, con un piquete de verduguillo bañado con sangre de escorpión por eso no sobrevivió a esa lesión que no “era mortal por necesitad”. Los valientes se batían a duelo con su gabán en un brazo y su cuchillo en otro. Cuando los rivales se encontraban en un camino se batían a duelo a machete limpio, la calle Agustín Ramírez escenificó muchos encuentros a machetazos, cuando los rivales se encontraban en la plaza se retaban y a veces por puro gusto “se quitaban el hipo”. Y cuando alguien caía se escuchaba decir: “hasta nunca  mi gabán”.
Ahora la muerte llega, de muchas maneras viene a encontrarnos en la raya. Por ejemplo: 7. 62 es un vector de la muerte, 9 milímetros son capsulas dolor y odio. En los últimos años la muerte llega por tener un gran corazón, de manera dulce nos despedaza el cuerpo o lentamente nos corroe por dentro, ha venido con el escozor de un piquete de zancudo, a veces viaja en dos y cuatro ruedas cargando capsulas mortíferas, encontrando a los hombres y a las mujeres en la calles, en los caminos, saliendo o rumbo a sus trabajos. A veces por temor a la muerte no queremos salir de nuestras casas, ni comer porque nos agobian los triglicéridos, el ácido úrico o el colesterol.
En las calles de mi ciudad es común ver en los negocios botes con letreros: “Ayúdame a regresar con mi familia”. Es el medio por el que los seres queridos de las víctimas solicitan apoyo. Todos aceptamos este lastre, callados. Nadie dice nada y tímidamente depositamos una moneda. Aunque muchos ya no regresen a sus hogares. Tal vez la muerte los encontró y no sus familiares. Están desaparecidos.
Atoyac tiene fama de ser violento, pero en otros tiempos los muertos tenían sentido, se moría por honor, por pasión política, por la familia, por una nalguita, por la defensa del bosque o la tierra. Nuestros muertos eran queridos, recordados y muy llorados. Reivindicados.
De pronto nos invadió esa muerte sin sentido que da vergüenza, los muertos no son recordados ni tan queridos y nadie los reivindica. Ni siquiera sus familiares. Esa es la realidad de la última ola de violencia que nos invadió. Las calles se han teñido de sangre de jóvenes que en un momento les faltaron sus padres, amor y comida. Son jóvenes a quienes la sociedad les negó respeto, ellos tomaron el respeto por asalto y ahora les falta la vida. Hay cuerpos que van a la fosa común del panteón de San Jorge en la colonia Libertad, porque aunque los conozcan sus familiares tienen miedo de reclamarlos.
En el pasado, la falta de un himen en su lugar, costaba la vida. Cuando una mujer se casaba y no manchaba las sábanas blancas la pagaba el novio anterior, aunque nada tuviera que ver con la falta de esa membrana. Hubo quienes se mataron por pelear una mujer y el poner un poste dentro del terreno del vecino le costó la vida a muchos. Si alguien se robaba a tu hermana y no se casaba había que vengar la afrenta, unas vacas macheteadas cobraron la vida de algunos campesinos. Hay quienes han muerto por robarse una motosierra, mangos o unas cuantas vacas. A veces ser exitoso cuesta la vida y también meterse en negocios que por su naturaleza se carga el alma en un hilo.
Para matar también se tienen creencias. Cuando el muerto cae boca abajo hay que voltearlo, porque si queda en esa posición el asesino no se va, no puede irse y el muertito puede ser vengado con facilidad por sus amigos o familiares. “Por eso hay que regresarse para voltearlo con el pie”, instruía mi mentor en turno cuando andábamos trabajando de peones chaponando una huerta de coco, “en este ambiente a veces tienes que pelar a un cabrón para que los demás te respeten”, decía.
Para vengar hay un ritual. Al difunto matado sus familiares le ponen un tostón (moneda de cincuenta centavos) bajo la lengua, esa vieja monedita de cobre acuñada en 1916. Dicen que es para que el difundo no se vaya, ayude a vengar y pueda atravesar al más allá después que estén muertos también sus asesinos. Este ritual hace recordar que en la antigua Grecia, los difuntos eran sepultados con un óbolo (moneda) debajo de la lengua o en los ojos, para que, una vez que el alma de la persona alcanzara el mundo subterráneo del Hades, pudiera pagar al barquero Caronte  para poder pasar a través del río. Aquellos que no tenían la cantidad suficiente, o cuyos amigos habían rechazado dar los ritos apropiados del entierro, esperaban durante cien años en la ribera del Aqueronte, hasta que Caronte accedía a posarlos sin cobrar.
Existen casos en que los asesinos llegan por las noches al camposanto después del entierro, desentierran al difunto y le sacan la moneda de cinco centavos que tenía debajo de la lengua. Luego lo vuelven a enterrar con la seguridad de que no será vengado.
A los muertos que no están enterrados en el Camposando algunos “iniciados” van por las noches a pedirles favores y a cambio le dejan un cinco de cobre por cada favor. Hay  muchos rituales para pedir la muerte de alguien, algunos le dejan recaditos a la imagen de Santo Entierro. También está la creencia que cuando el difunto va aguadito se llevará más gente, hay quienes relacionan la muerte de sus familiares con ciertos sueños.
“El que muere por su gusto hasta la muerte le sabe”, como mi abuelo Agustín Galindo que se murió por el chupe y como otros que siguen pegados al alcohol a pesar de que le están pagando el pasaje a la muerte en abonos. El abuelo Mateo cuando le pedían que dejara de beber contestaba, “Mijo ve vas a quitar el gusto”.  Bueno aunque dice la canción “que sólo borracho y dormido no se siente lo jodido”.
A veces nos referimos a la muerte con dichos. – ¿Conociste a fulano de tal? –Sí, –nos lo cafeteamos ayer. Así se dice de la asistencia a un velorio reciente, porque el mejor café se da en los velorios y gratis. A veces el café es con piquete, y otras veces el piquete lo dan después.
La muerte es un honor cuando se muere peleando de frente, “malaya quién dijo miedo si para morir nací”. La muerte es una vergüenza cuando se muere de espaldas corriendo o pidiendo perdón al enemigo. Aunque mi compadre Toño Peralta dice que es preferible que digan: “aquí dejó el chorro de cuita a que digan aquí quedó el charco de sangre” o es lo mismo más vale que digan: “por aquí corrió y no aquí quedó”. Aunque llegado el momento “de que lloren en mi casa mejor que lloren en la ajena”.
“Cállese, que para eso nacieron los hombres”, le dijo una madre a su nuera cuando aquella lloraba al recoger el cuerpo de su marido. Luego la madre soltó una sentencia: “A los que te hicieron esto hijo, los van encontrar por los zopilotes”, es decir ahí la muerte tendría mucho trabajo.
Para morir cualquier día es bueno, porque como canta José Alfredo Jiménez “No vale nada la vida, la vida no vale nada”, y además “cuando la muerte se inclina para llevarse a los mortales, no valen ni medicinas ni vidas artificiales ni un buen caldo de gallina con todos sus materiales”, dice la letra de El Querreque. Un borracho grita en la calle: “Hay culos mátenme a pedos que quiero morir apestoso”, en clara referencia a los vecinos que viven criticándolo.
“Eres bueno para ir a traer la muerte”, dicen de aquellos que llegan tarde o se tardan en un mandado. Aunque de acuerdo a la moraleja del cuento de Francisca y la muerte, únicamente se mueren los güevones. Los flojos pues.
“Me enamoré de la muerte /para asegurar mi vida /ahora me siento fuerte /porque la tengo parida”, dice un verso costachiqueño.
“Velo y mortaja del cielo baja”, cuando hablan de casorio y velorio. “Solo la muerte es pareja” cuando se ha recibido una afrenta o un desprecio. “Cuando te mueras nada te llevas”, “la vida es tan solo vanidad”, “polvo eres y en polvo te convertirás”, dicen otros ofendidos. “Cayendo el muerto y soltando el llanto”, se comenta cuando se está pidiendo el pago por una mercancía y se ofrece su entrega inmediata. “Sobre los muertos las coronas”, cuando se pide iniciar algo sin estar pensándolo tanto.
“Malaya quién dijo miedo si para morir nací”, cuando se habla de entrarle al trabajo con decisión o emprender un camino que se muestra difícil. “Se espantan de la mortaja y se abrazan del muerto”, se dice de los escandalosos y mitoteros. De los admirados también. “No tiene ni en que caerse muerto”, dicen de los jodidos.

Pero luego “el muerto al pozo y el vivo al gozo”, “quedó buena la viudita”, “que me dejó mi pariente” y si muere un familiar pobre, ni gusto da y más si vamos a pagar el velorio. Este 1 y 2 de noviembre nos visitaran los difuntos, vendrán a llevarse el aroma de las comidas y de las bebidas que tanto les gustaban.

martes, 1 de noviembre de 2016

Jonás Trujillo González


Víctor Cardona Galindo
Jonás Trujillo González nació el 19 de marzo de 1974 es hijo de Martín Trujillo Brito y de Yolanda González Mendoza. Su familia vive en una zona pobre de su comunidad natal El Ticuí, donde el cultivo de mango es la principal actividad económica.
El Ticuí es una población de más de tres mil habitantes y está a un kilómetro de la cabecera municipal de Atoyac, pasando el río. El poblado es famoso porque ahí se encuentran las ruinas de lo que fue la fábrica de hilados y tejidos “Progreso del Sur”. Esa factoría, en la primera mitad del siglo pasado, le dio mucho realce a la región por la cantidad de empleos que generaba.
 Jonás Trujillo González su pasión son los animales
 y trabajar en el campo. Foto: cortesía de su familia.

Jonás es el más chico de cinco hermanos: Ana, Benjamín, Martín, Benito y de ahí sigue él.
De sus hermanos, Ana es maestra, Martín es licenciado en derecho pero todavía no tiene cédula y Benito estudia el segundo año, también para maestro, en la Normal de Ayotzinapa.
Doña Yolanda no descansa en la búsqueda de su hijo y don Martín se viene a trabajar por días para luego seguir en la lucha. Se va cinco días a la semana, a las instalaciones de la Normal, y los otros se regresa a trabajar en su parcela para juntar un poco dinero y financiar su estancia allá y parte recibe ayuda de los vecinos.
Jonás no fue al jardín de niños porque en el tiempo que ingresó a la primaria Valentín Gómez Farías ese requisito no se exigía. Siempre fue un alumno muy aplicado. Su padre no tuvo queja de sus maestros durante su estancia en ese plantel.
Estudió en la escuela secundaria general Enedino Ríos Radilla y en la Unidad Académica Preparatoria Número 22 dependiente de la Universidad Autónoma de Guerrero (UAG). Como estudiante nunca reprobó, su padre se siente orgulloso de eso.
La familia Trujillo es originaria de Tierra Caliente. Don Martín llegó de cuatro años para vivir en El Ticuí. Y la señora Yolanda González es de El Alto municipio de San Marcos. Don Martin se la trajo de allá cuando trabajaba por esos rumbos de la Costa Chica.
Martín Trujillo trabaja en el campo pero también conoce de albañilería. Mientras que su esposa se dedica al hogar y a la educación de sus hijos.
Desde los siete años Jonás comenzó a ayudar a su padre en los trabajos del campo, en la pequeña parcela que tiene don Martín por el rumbo de La Angostura, que cultiva con árboles de mango que apenas comenzarán a producir. Alterna ese cultivo perenne con la siembra de maíz que sirve para el autoconsumo de la familia.
Jonás desde pequeño ha sido buen chofer. Le gusta criar marranos y gallinas para generar su propio dinero y así contribuir en el gasto familiar. Al partir de su casa para estudiar en la Normal Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa dejó encargado a su padre dos becerritos que estaba criando con mucho cariño. Así como 60 arbolitos de mango que cultivaba personalmente en la huerta de su papá en La Angostura.
Aspecto de la vivienda de la familia Trujillo González en la
comunidad de El Ticuí. Foto: Víctor Cardona Galindo

Él no ha sido deportista porque desde niño a estado dedicado al trabajo del campo y su pasión son los animales. Se quería dar de alta como soldado, pero don Martín lo disuadió haciéndole ver que los maestros tienen libre el fin de semana, tiempo que podía dedicar a sus animales y a sus palitos de mango. “Pensando que con el salario de maestro y un ‘cinquito’ más de sus palitos de mango se la pasaría más feliz”, dice don Martín quien se siente culpable de haberlo animado para que se fuera a la Normal.
Cuando ocurrieron los hechos de iguala Jonás acababa de entrar a la Normal en julio se incorporó a Ayotzinapa le echó ganas y pasó todos los exámenes recordando las palabras de su padre, “Con tu salario y tus manguitos no vas a estar triste”.

Llegando a la Normal no se escapó de un sobre nombre como dice ese texto que los propios normalistas subieron a la Internet. A Jonás “le decimos Beny porque su hermano va también aquí, pero en segundo año, y se llama Benito… entonces, ellos son los Benis… Él es alto, gordito, es de la Costa Grande, del Ticuí, municipio de Atoyac de Álvarez y con su hermano se lleva muy bien, son muy parecidos, sólo que él es más clarito de la piel, es más alto, aunque él es el menor…”

Israel Jacinto Lugardo


Víctor Cardona Galindo
Israel Jacinto Lugardo nació el 15 de julio de 1995, es hijo de Israel Jacinto Galindo y Ernestina Lugardo del Valle. Sus dos padres son originarios de Los Valles un pueblito de la sierra de Atoyac. Israel padre está en los Estados Unidos, hasta donde emigró de mojado. Allá se enteró de la desaparición de su hijo a través del Facebook.
Israel Jacinto Lugardo cuando terminó la primaria
en la escuela Juan Escutia de la colonia popular 18 de mayo de 1967.
Foto :Víctor Cardona Galindo

Israel tenía al desaparecer 19 años, es un joven de carácter tranquilo y buen hijo. Estudió en el jardín de niños Tierra y Libertad y en la primaria Juan Escutia. Ambos planteles están ubicados en la colonia popular 18 de mayo de 1967, donde vive su familia. La 18, así la conoce la gente, es un asentamiento humano que se fundó hace 26 años, tras una invasión de tierra, y está a un kilómetro de la cabecera municipal.
Desde allá caminaba todos los días para estudiar en la escuela secundaria federal número 14 “Mi patria es primero” y después la preparatoria en la Unidad Académica número 22, dependiente de la Universidad Autónoma de Guerrero (UAG).
Siempre fue un buen estudiante, de su casa no salía, apenas jugó futbol cuando era niño en la cancha de la 18. Sus padres no lo dejaban salir a la calle, por eso, consideran sus familiares, no tiene vicios. Como no lo tienen todos los alumnos de Ayotzinapa desaparecidos el 26 de septiembre de 2014 en Iguala.
Israelito es el quinto de seis hermanos: Gerardo, Leydi, Rubén, Ricardo, Israel y Lizbeth. Su mamá se dedica al hogar y sus hermanos mayores son maestros. Gerardo y Rubén también egresaron de Ayotzinapa. “De donde más si esa es la escuela para nosotros los pobres”, dice su tía Nelly Jacinto Galindo.
Su hermano Ricardo, que también estudia el segundo año en Ayotzinapa, se quedó en la escuela cuando salieron sus compañeros a botear y a conseguir autobuses para participar en la marcha del 2 de octubre y para realizar sus prácticas. Al saberse del atentado, Ricardo logró comunicarse cuatro veces por teléfono con Israel que iba en el tercer autobús. El ataque a balazos estuvo dirigido al primer autobús. “Estoy en el último autobús y estamos rodeados y no nos dejan salir”, le habría dicho Israel a su hermano Ricardo en la primera llamada. La última vez que le llamó los policías les habían roto el parabrisas y por ahí les habían lanzado gases lacrimógenos para obligarlos a salir. Israel estaba tosiendo, por eso Ricardo cortó la llamada para que pudiera cubrirse la nariz y la boca.
Aspecto de la vivienda de la familia Jacinto Lugardo
en la colonia popular 18 de mayo de 1967. Foto Víctor Cardona Galindo

Israel, quien también es un buen dibujante, quería ser mecánico y pensaba estudiar en Petatlán, pero platicando con sus hermanos decidieron que se iría a estudiar a Ayotzinapa. Apenas tenía dos meses yendo cuando ocurrieron los trágicos sucesos del 26 de septiembre. Su madre Ernestina Lugardo explicó que su hijo no pudo seguir en la carrera que él quería, porque la escuela de mecánica es de paga y lo que les envía su padre de Estados Unidos apenas alcanza para comer. Allá no tiene trabajo de planta y la zona donde está llueve mucho y se queda sin trabajo muy seguido.
La familia Lugardo Jacinto vive en una vivienda de material. La casa es digna porque Israel padre que tiene 12 años trabajando en los Estado Unidos, es albañil y en un  tiempo que estuvo aquí construyó la vivienda con sus propias manos y los peones fueron sus hijos. En su interior la casa es austera y no tiene muebles. En un principio la familia contaba con una huerta de café en Los Valles pero al irse el jefe de mojado ese cultivo se perdió entre la maleza. Por eso Israel pasó el examen socioenómico cuando fue visitado por una comisión de Ayotzinapa.
La información que subieron sus compañeros estudiantes de Ayotzinapa a Internet dice: “Israel tiene 19 años y es de Atoyac, y sus amigos lo apodan Chukyto… Él es medio robusto... Tiene una cicatriz en la cabeza, porque se cayó en la escuela, en la Normal. Su piel es morena clara, su nariz media chata. Él es un buen muchacho, se vino con mucha ilusión a estudiar, pero no esperábamos que fuera a pasar esto”.
“Quería ser maestro, quería ser alguien”, dijo su madre a la prensa.
Su familia recuerda que el kínder salió disfrazado de diablito en una pastorela. En la primaria iba desfilar personificando a un revolucionario, pero no quiso ponerse bigotes. Él quería desfilar de policía pero de ese personaje no se desfiló aquel 20 de noviembre.
Su madre dice que Israelito es inteligente como su padre. En la casa trabajaba arreglando motos y ponchaduras de llantas. Lo que sacaba de las talachas eran para su recreo y a veces compartía con su madre, “Aunque sea para las tortillas”.

Es católico bautizado y su primera comunión no la hizo porque le dio vergüenza.

Cutberto Ortiz Ramos

Víctor Cardona Galindo
Cutberto Ortiz Ramos, es católico. Tenía 22 años cuando desapareció, nació en San Juan de las Flores, el 22 de febrero de 1992, es hijo de Oscar Ortiz Serafín y María Araceli Ramos Vázquez. Es el mayor de seis hermanos, le siguen: Yerlin Paloma, Ezael, Yatzel, Berenice y Oscar.
Una de las pocas fotos que la familia conserva
de Cutberto Ortiz Ramos. Foto Víctor Cardona Galindo

Estudió en el jardín de niños Antonio García Cubas, en la escuela primaria Hermenegildo Galeana, la secundaria técnica Plan de Ayutla y en el módulo periférico de la Unidad Académica Preparatoria Número 22, hoy la preparatoria popular de San Juan de las Flores. Durante su estancia en el jardín de niños le gustaba declamar.
En la secundaria concursó dos veces, en los torneos regionales de conocimiento, con la materia de pecuarias. Cuando estaba en segundo obtuvo en segundo lugar en el concurso que se llevó a cabo la comunidad de Los Arenales municipio de Benito Juárez. En el tercer año obtuvo el primer lugar en el concurso que se efectuó en la población de El Xúchitl del municipio de Tecpan de Galeana. Era un buen declamador y le gustaba la oratoria.
María Araceli dice que cuando estaba en San Juan, era un buen estudiante aunque le gustaba el desmadre, por eso tuvo muchas quejas en la escuela. A pesar de que es inquieto aun no le conoce novia.
Le gusta jugar basquetbol, jugó en el equipo de la preparatoria y también en el equipo Caminos cuando por un tiempo trabajó en la carretera. De niño jugaba carritos, futbol y practicaba boxeo con una costalilla llena de arena.
Acudía con sus amigos a nadar al arroyo que está rumbo a La Cebada y también al río Atoyac. En la familia se cuenta la anécdota de que cuando siendo niño se subió al revés sobre un caballo, pensó que le habían robado la cabeza y se asustó.
Es músico, toca el trombón y el clarinete en la banda de viento Tonantzin de San Juan de las Flores de reciente creación.
Aficionado a los gallos. Su gallo favorito el Ponino que cuidaba mucho para sacarle cría.
Antes de irse a estudiar a Ayotzinapa trabajaba en el campo sembrando maíz, frijol y tomate, en la parcela que tiene la familia en San Juan de la Flores por el rumbo de la parcela escolar, misma que su padre Oscar cultiva con esmero.
Él se fue a estudiar a la Normal porque le gustaba ser maestro. De niño jugada con su hermana a que eran maestros y le daban clases a sus hermanos más pequeños. Él es un joven sin vicios que quería estudiar para ejercer el magisterio. Es muy amable y afecto a la danza de El Cortés que se baila en San Juan de Las Flores el día de la Virgen de Guadalupe, en Navidad y Año Nuevo.
El primero de agosto de este año fue la última vez que lo vio su familia, cuando partió rumbo a Ayotzinapa, el 12 de septiembre su padre lo vio en la escuela, cuando asistió a una reunión de padres de familia, porque él es su tutor.
Cutberto Ortiz tiene como seña una cortada en la mano derecha y una cicatriz en la punta de la nariz. La familia casi no tiene fotos de él porque no le ha gustado fotografiarse. Su madre hizo una manda a la Virgen de Guadalupe que lo vestirá de indio si regresa. Sus padres después de los hechos del 26 de septiembre padecen diabetes. Cutberto en su familia es conocido como Cube y en la Normal le llaman Comander.
Sus compañeros de la Normal subieron el siguiente comentario a Internet. “A Cutberto le dicen El Kománder de Atoyac, porque, afirman sus compañeros normalistas, ‘tiene cierto parecido como el cantante’, y aunque él se ve de alguna manera muy malo, porque es robusto y un hombre grande, es alto el chavo, en realidad es muy amigable el camarada, y trabajador también, porque cuando vamos nosotros a trabajar a los campos de cultivo de la escuela, él le echa ganas… Y sí, él tiene una mirada muy fuerte, pero es engañosa, porque el Kománder es totalmente diferente a lo que se ve, él es muy relajiento, y muy agradable: a cualquier persona que le habla, él le responde de buena manera… nunca responde de mala manera, todos son sus amigos… Y le encanta contar un chiste de Bob Esponja, que no recuerdo, la verdad, no es ningún gran chiste, pero lo que lo hace muy gracioso es que, cuando lo termina de contar, él se ríe imitando a la perfección la risa de Bob Esponja, y eso es lo que causa gracia a los demás… sí, se ganó la amistad de todos los compañeros que estamos aquí…”
Aspecto de la vivienda de la familia Ortiz Ramos en la comunidad
de San Juan de las Flores en la parte media de la sierra de Atoyac.
Foto: Víctor Cardona Galindo.

Cutberto Ortiz Ramos es nieto de Felipe Ramos Cabañas, quien también fue desaparecido en la época de los 70 y sobrino de Cutberto Ortiz Cabañas, hermano de su padre, que también está desaparecido.

Su bisabuelito Eduviges Ramos de la Cruz, sus tíos Marcos, Heriberto y Raymundo Ramos Cabañas también fueron desparecidos. Fue el 9 de febrero de 1975, a las 6 de la mañana cuando de una huerta de la comunidad de Espinalillo, municipio de Coyuca de Benítez, el Ejército se llevó a la familia Ramos Cabañas, originaria de San Juan de las Flores. En ese tiempo era jefe del 27 Batallón de Infantería el coronel Alfredo Casani Mariña quien fue el inmediato responsable de la desaparición de ésta familia.

Bernardo Flores Alcaraz


Víctor Cardona Galindo
Bernardo Flores Alcaraz tenía 21 años, cuando fue desaparecido, cursaba segundo año de en la Normal. Es hijo de Nardo Flores Vázquez de San Juan de las Flores y de Ma. Isabel Alcaraz Alcaraz de Tixtla. Nació el 22 de mayo de 1993. Es el mayor de tres hermanos, le siguen Pedro Nataniel y Odette.
Bernardo Flores Alcaraz estudiante de segundo año de la Normal
Raúl Isidro Burgos desaparecido el 26 de septiembre del 2014.
Foto cortesía de la familia.

De niño le gustaba bañarse con sus amigos en el arroyo cercano a su natal San Juan de Las Flores y jugar basquetbol. Es parte del equipo “Los Primos” de segunda fuerza. Participa en el torneo tradicional de su pueblo natal que es el 20 de noviembre, pero también asiste a otros encuentros deportivos que se realizan en los pueblos cercanos.
Estudió en el jardín de niños Antonio García Cubas, en la primaria Hermenegildo Galeana, en la escuela secundaria técnica Plan de Ayutla. Luego en el módulo periférico que la Escuela preparatoria número 22 tenía en San Juan de las Flores que ahora pasó a ser preparatoria popular.
Sus comidas favoritas son: el mole y la carne de puerco entomada. Ese es un guiso conocido como frito de cuche parte de la comida tradicional en la región.
Su familia es católica y de niño iba vestido de indio a la peregrinación de la Virgen de Guadalupe y en la procesión de la Semana Santa personificaba a un soldado romano.
Es tranquilo y en la escuela primaria, cuando le tocaba el homenaje a su grupo, le gustaba decir el juramento a la bandera. Su madre lo considera un muchacho responsable y obediente. Sin vicios, su pasatiempo favorito es ver películas en su DVD y escuchar música reflexiva, rock y reggae. También es aficionado a los gallos, tiene una pequeña gallera en su casa. El Popi y El Bunche han sido sus perros favoritos. Por cierto hace unos días envenenaron al Popi. El Bunche vive en espera de su dueño.
Después de salir de la preparatoria espero un año antes de irse para estudiar la Normal. Mientras ayudó a su padre en la parcela que tiene por el rumbo de El Cuajilote y también se alquilaba de peón, utilizaba el salario que obtenía para comprarse zapatos y ayudar a su madre.
Fue su primo Gabriel Villa de Agua Fría, que terminó la Normal en Ayotzinapa y está dando clases en Toro Muerto, quien lo motivó para que se fuera a estudiar a Normal Raúl Isidro Burgos. Las cosas se facilitaban porque la familia de su mamá vive en Tixtla.
Su abuelo Pedro Flores Zamora lo acompañó a sacar ficha. Luego se aguantó las dos semanas de prueba en el campo. Los familiares de su mamá lo vieron el 16 de septiembre del año pasado bien rapadito en el desfile de Tixtla. Ya estaba dentro de Ayotzinapa.
En enero de 2014 cuando sucedió la desgracia en la colonia Buenos Aires donde murieron dos estudiantes, Bernardo no participó en esa actividad. Estaba castigado por desobedecer a un alumno de cuarto y no lo mandaron en la comisión que vino a botear hasta Atoyac.
Su padre Nardo Flores anda en el movimiento, para exigir su presentación con vida. Bernardo tiene en su pecho un lunar, como una manita de gato. “Él es un muchacho responsable en la casa y en la escuela. Tenía mucha ilusión de ser maestro, de ayudar a los niños y a los señores adultos que no saben leer ni escribir. En su comunidad hay mucha gente que está rezagada en educación y su ilusión era ayudar”, ha dicho su madre Ma. Isabel a la prensa.
Bernardo se consiguió una novia en Oaxaca que se llama Nancy Alcaray a quien conoció cuando andaba brigadeando en las otras normales. Porque le gusta participar en actividades dentro y fuera de la escuela.
Aspecto de la vivienda en la que vive la familia Flores Alcaraz
en San Juan de las Flores. Foto Víctor Cardona Galindo.

Su familia es humilde como la casa que habitan, son de escasos recursos económicos. Su madre es maestra de primaria y su esposo campesino.
San Juan de las Flores es un pueblito como de mil habitantes, que vive principalmente de la siembra de maíz y el cultivo de café. Está a unos 21 kilómetros de la cabecera municipal, se llega allá en 45 minutos. En la memoria de la gente está el día en que Lucio Cabañas tomó la comunidad. Fue el 21 de marzo de 1974, cuando una columna guerrillera del Partido de los Pobres encabezada por el mismo Cabañas cercó por cuatro horas el pequeño caserío.
El escritor Felipe Fierro Santiago originario de esa zona recuerda que eran las ocho de la mañana cuando la guerrilla tomó la cancha y en el asta bandera de la escuela Primaria Hermenegildo Galeana, Lucio reunió a la comunidad, en presencia del director del plantel Isidro Pineda Larrumbe para explicarle las causas de su movimiento. Allí desenmascaró a los que se robaban el ganado y dejaban recados con la leyenda: “no busques tu vaca se la llevó Lucio Cabañas”, lo cual era mentira para enfrentar a los campesinos con la guerrilla.
Durante cuatro horas San Juan de las Flores se convirtió en zona liberada por la guerrilla, motivo que generó una represión sin miramientos contra sus pobladores de dónde se encuentran más de 25 personas desaparecidas durante ese periodo negro llamado Guerra Sucia.

Por eso en la década de los setentas la familia de Bernardo Flores sufrió la desaparición de Marcelo Flores Zamora (hermano de su abuelo) quien era presidente del comisariado ejidal y fue detenido y desaparecido en la cabecera municipal por judiciales al mando de Mario Arturo Acosta Chaparro.