domingo, 24 de junio de 2018

De escritos y escritores V y última


Víctor Cardona Galindo
Luis Ríos Tavera
Fue presidente municipal de Atoyac en el periodo (1963-1965). Nació en esta ciudad el 17 de mayo de 1926. Es autor de varios libros entre los que se encuentran: Los Cuari, Guerrero y sus dos costas, y El Guerrerense. Como la mayoría de los escritores atoyaquenses, Luis Ríos Tavera escribe sobre el terruño. Retrata los tiempos que le tocó vivir y se apasiona con la cultura, las tradiciones y la historia del pueblo costeño. Una de sus crónicas más representativas es “Mamá Grande” y “Pescado Fresco”, trabajos en los que se involucra en la vida cotidiana de esta ciudad, las velaciones, los recorridos por El Ticuí y alguna que otra leyenda que cuentan todavía nuestros mayores. Luis Ríos Tavera murió el 19 de septiembre de 1979.
Al micrófono el presidente municipal Luis Ríos 
Tavera, acompañado del regidor Alfredo Reynada
 Castro y el señor Juan García Galeana, en la 
inauguración de la primera cancha de basquetbol
 construida en el poblado serrano de Santiago
 de la Unión, el 21 de marzo de 1965. La obra fue
 promovida por Juan García Galeana, propulsor
 de ese deporte en Atoyac. 
Foto: colección de René García Galena.

En su libro Los Cuari, habla de los indios nativos de la región y de sus amores, plantea una hipótesis sobre los orígenes de la danza de El Cortés. Se sabe que los españoles tenían un campo de entrenamiento en las cercanías de Acapulco, donde armó un astillero Hernán Cortés, quien era el Marqués del Valle de Oaxaca, por eso al lugar ahora se le conoce como Puerto Marqués. Los nativos de Acapulco observaban como entrenaban los soldados españoles, y para burlarse de los invasores inventaron esta danza. En la que simulaban el combate y el movimiento del caballo.
Hay que recordar que los nativos no tenían permiso para andar a caballo, por eso fabricaron una yegua de madera y con bejucos le formaron el anca, la taparon con tela de algodón y la adornaron con crines de caballo, para emitir el sonido de los caballos españoles le colocaron cascabeles y fabricaron espadas de palo, porque los indios tampoco podían andar amados. Así nacería la famosa y arraigada danza de El Cortés.
Otra versión, que también plantea Ríos Tavera, es que un recluta de los españoles al no aguantar los agotadores entrenamientos a los que era sometido en Puerto Marqués, mató a su entrenador y escapó. Al andar perdido en el monte enloqueció y al poco tiempo se presentó en el puerto danzando en forma chusca diciendo “La culpa de todo la tuvo el Cortés”.
En el texto “La Cruz de Ramas” de su libro Los Cuari habla de El Cuera Negra dice “El Malo es el demonio, tal como se les aparece a los hombres y a las mujeres que viven en la sierra. ‘El Malo’ en la forma de bestia, o de ser humano, o de rufián, o de jugador o de bandido. ‘El Malo’ camina de noche y se detiene a contemplar las chozas de su imperio de noche y las gentes no abren a nadie porque así ‘llega el Malo’… El malo toca la puerta y pide una caridad, a las 12 de la noche. Un fuerte olor de azufre impregna el ambiente. Los caballos relinchan. Los perros aúllan. Las gallinas cacarean y vuelan espantadas sobre los tejados a los árboles… La familia pide protección a los santos… pero ya es tarde: ‘El Malo’ se ha posesionado de sus almas”.
Cuanta la leyenda que El Cuera Negra es un hombre joven guapo, elegantemente vestido, montado en un brioso caballo negro, que recorre las comunidades de la sierra. Su fuerte silbido se escucha en las noches, cuando anda buscando a los que tienen compromisos con él. Muchos acuden a la piedra del Diablo que está subiendo a la sierra, o al cerro Cabeza de Perro, para pedir favores a cambio de sus almas.
Por las noches los busca. Su caballo de brillante pelaje resopla en los caminos, mientras él silba con una tonada muy fina y elegante. A veces va vestido de charro, con una botonadura de oro o de vaquero con sombrero tejano, siempre de negro.
Hay gente que hasta nuestros días dice haber visto al Cuera Negra. Aseguran que del panteón de Atoyac sale a las tres de la mañana un hombre vestido de charro con botonadura de plata, todo de negro, un gran sombrero de charro le cubre la cara y su caballo negro danza al caminar haciendo sonar las herraduras en el piso. Se escucha el rechinido del metal en el pavimento. Esa leyenda fue plasmada en letras de molde por el ex presidente municipal de Atoyac.
Ríos Tavera en su libro El Guerrerense escribió una monografía de El Paraíso y dice que se fundó en 1900 y que los primeros pobladores fueron: Miguel Rodríguez, Maximino Andrés Antonio, Silvano Domínguez, Hilario Hernández, Alejandro Tolentino, Lucio Andrés Antonio, Bonifacio Bautista, Espiridión Nava, Antioco González Poncelis, entre otras personas.
Tenía afición por la arqueología y exploró las inmediaciones de El Paraíso, buscó los rastros de nuestros antepasados: “En este ejido existen vestigios de algunas de las razas indígenas antiguas: aztecas, cuitlatecas o tepuztecas, pues por todos los rumbos se han encontrado los campesinos, al arar sus tierras o sembrar árboles frutales haciendo pozos, figuras de barro, piedra y jade; hachitas de cobre fino, cuentas de barro y piedra y de metal no definido; así como idolitos y otras curiosidades antiguas más”.
“Por el rumbo de los terrenos de riego que tienen en este ejido los agricultores, punto que se llama Los Planes, existen varios momuxtles (momuxtlis) de donde han sacado los agricultores figuras de piedra, barro, jade y uno que otro pequeño objeto de cobre (…) Entre este ejido y el poblado de El Edén, en el sitio o poblado de La Pintada, existe una enorme piedra de granito y en una de sus caras se encuentra un jeroglífico que está esculpido con figuras de soles, reptiles, aves”.
El caudal de los arroyos de Atoyac quedaron de recuerdo en los libros de Tavera, en 1973 escribió: “Desde arriba se ve un manto que se extiende al Océano Pacífico, lo cruza el prominente río que se llama Atoyac… De afluentes tiene innumerable arroyos que ondulan y se detienen en remansos. Crece el follaje verde en los contornos; y de los montículos que se alzan de abajo arriba se divisan las calles paralelas perdidas entre los árboles frutales y palmeras centenarias. Recuestan su presencia en el bálsamo del olor purificante, ya del ocote de la sierra”.
En El Guerrerense está esa sabrosa crónica que se llama “Pescado Fresco” donde habla del ambiente que se vivía durante la bonanza del café en la ciudad de Atoyac. En donde comenta: “si el quintal de café, pongamos el caso, abre en el mercado cuando se inicia la temporada de 150 a 200 pesos; el campesino ya lo tiene comprometido en menos de la mitad, ¡y hay que pagar! Para quedar bien, porque luego se ofrece… el año que entra lo mismo”.
Habla del pueblo fiestero gastándose el resultado de buenas cosechas y de los compradores que arreglaban “la romana para robar de peso, y les quede algo por kilo”. Y retrata bien el tiempo. “De allí el desequilibrio, la división de los hombres. El monopolista del grano, el succionador del sudor, el criminal que manda a matar, el bandido que roba con la pesa; y la injusticia del que manda en la vida pública”.
Es en “Pescado Fresco” es donde recoge muchas historias del municipio en una sola, todas las etapas de la vida de la región, en lo que dura una plática en una velación, es ahí  donde da luz sobre esa historia que se cuenta en la sierra, precisamente en la zona donde viven los Cabañas.
Se comenta que cuando comenzaba la guerrilla, un teniente de nombre Eustaquio Aguilar llegó con un destacamento de soldados y judiciales a San Vicente de Benítez para perseguir a Lucio Cabañas Barrientos. Le preguntaba a la gente si lo habían visto, la gente contestaba que no. Para hacer más efectiva su labor formó un grupo de voluntarios con campesinos enemigos del guerrillero. Pero por más que salían hacia los cuatro puntos cardinales de la sierra nada más no lo encontraban. De pronto el teniente comenzó a recibir pescado fresco y camarones de río para almorzar. Él seguía buscando a los guerrilleros y los pescados y camarones no dejaban de llegar.
Un día, en un campo abierto avistaron a los rebeldes, los voluntarios querían ir de una vez a los trancazos, pero el teniente Aguilar los contuvo, tal vez pensando en su hermosa mujer que lo esperaba en la ciudad. Los voluntarios se enojaron y lo mandaron a la chingada. Llegando a San Vicente de Benítez el teniente se encontró con una carta donde le pedían se presentara a la Ciudad de México para un curso de promoción.
Subió a su Jeep para abandonar la comunidad, en la salida se encontró a Luis Cabañas y se detuvo para despedirse. Le dijo don Luis, si alguna vez llega a ver al maestro Lucio dígale que me hubiera gustado conocerlo, en otras circunstancias y saludarlo como amigo. Qué bueno mi capitán contestó Luis Cabañas en cambio él dice que le dio mucho gusto conocerlo y quiere saber si le gustaba el pescado fresco que le mandaba todos los días.
El teniente dejó caer con afecto un golpe al hombro de Luis, al momento que el chofer arrancaba el motor del Jeep y el teniente se iba rumbo a la ciudad de Atoyac con la esperanza de no volver.
A Luis Ríos Tavera le tocó participar en política en una época muy convulsa, primero enfrentó en el Partido Revolucionario Institucional a sus enemigos internos y luego a los cívicos que se opusieron a los candidatos oficiales. Pero para recrear esa etapa echaremos mano de los datos que dejó nuestro cronista por excelencia Wilfrido Fierro Armenta.
Para la sucesión de los poderes municipales del trienio 1960-1963, figuraron en la palestra política los precandidatos Esteban Vázquez Fierro, Elías Pimentel Alvarado, Luis Cabañas Ocampo, Luis Ríos Tavera y Raúl Galana Núñez.
El locutor y periodista Ríos Tavera logró el apoyo de los tres sectores y ofreció una dura batalla a Galeana Núñez candidato de los cafeticultores y autoridades salientes. No obstante que Tavera salió electo en la convención y de rendir su protesta ante el delegado del PRI Nicolás Wences García, el partido se inclinó a favor de Raúl Galeana Núñez, debido a que los partidarios de los candidatos Vázquez y Cabañas se aliaron haciendo mítines por las calles y en el salón del cine Álvarez el día de lo convención, y el cronista de Atoyac le agrega: “se supo también que hubo una tentadora oferta metálica de parte de los cafeticultores ante las autoridades estatales”.
Galeana Núñez tomó posesión el primero de enero de 1960 con la presencia del gobernador del estado Raúl Caballero Aburto. La ceremonia tuvo lugar a las ocho de la noche en el estrado del Palacio Municipal.
Dice Wilfrido que pesar de la división que causó la campaña política, esta administración debe considerarse como una de las mejores, pues Galeana Núñez supo captarse la simpatía de sus enemigos políticos y al mismo tiempo los invito a colaborar en su gobierno. Se echó acuestas la construcción de la escuela primaria urbana del estado general Juan Álvarez que tendría un costo de medio millón de pesos, logró construir el primer piso y parte del segundo, no pudo terminar porque renunció a su puesto después de la caída del gobernador Raúl Caballero Aburto.
Pasando los tres años se presentó otra vez Luis Ríos Tavera como candidato del PRI, llegó a la presidencia con la fuerte oposición de los cívicos. El Ejército intervino para que pudiera tomar posesión.
A Luis Ríos Tavera las personas mayores lo recuerdan, porque lo relacionan con los primeros desayunos escolares que se repartieron entre la niñez. El presidente Adolfo López Materos decretó el 31 de enero de 1961 la creación del Instituto Nacional de Protección a la Infancia (INPI). Este nuevo organismo descentralizado, con personalidad jurídica y patrimonio propio, tendría como principal propósito el proteger a la niñez por todos los medios a su alcance, así como suministrar a los escolares servicios asistenciales complementarios, en especial mediante la distribución de desayunos.
Las primeras noticias de la existencia del INPI en Atoyac, son del 16 de febrero de 1963 cuando se constituyó el comité de desayunos escolares que encabezó el alcalde Luis Ríos Tavera. Luego el 30 de noviembre de 1964 la primera dama de la nación Eva Sámano de López Mateos inauguró el edificio del INPI en la calle Antonio Paco Navarrete. Durante la administración de Ríos Tavera se ampliaron las calles de la ciudad por eso las casas del centro perdieron el corredor.

sábado, 16 de junio de 2018

De escritos y escritores IV


Víctor Cardona Galindo
Juventina Galeana Santiago
Nació el 26 de diciembre de 1928, en Atoyac de Álvarez. Se casó con Juan García Galeana. Sus padres se llamaron: Félix Galeana Franco y Juventina Santiago Flores.
Aprendió las primeras letras con los maestros Modesto Alarcón y Rafael Flores. Estudió en la escuela Real, hoy Juan Álvarez, más tarde se trasladó al puerto para continuar su preparación en el colegio Acapulco con Felicitas V. Jiménez, La maestra chita y en la academia inglesa.
Doña Juventina Galeana Santiago fue promotora
 e investigadora incansable de la historia 
del municipio de Atoyac, a ella le debemos 
las investigaciones sobre la historia de la 
parroquia, la fábrica de hilados de El Ticuí,
 el café y los kioscos de nuestra ciudad. 
Foto: Cortesía de la familia.    

Estuvo internada en el colegio Franco-Inglés en la Ciudad de México y en Chilapa Guerrero en el colegio Morelos, hoy Carrillo Cárdenas, de la congregación de religiosas Siervas de Jesús Sacramentado, donde terminó la primaria y recibió estudios de contador privado, corte y confección, clases de pintura, dibujo, repostería, cocina y economía doméstica.
Dentro de las actividades culturales que realizó está la de haber pugnado por la instalación de un museo municipal, tomando en cuenta la gran riqueza arqueológica de la zona y la historia gloriosa de nuestro pasado cuitlateco. En el periodo del alcalde Javier Galeana Cadena se instaló un pequeño museo en la parte baja del kiosco de la plaza principal. Pero terminando ese mandato las piezas fueron a parar a diversos domicilios y unas quedaron de adorno en las oficinas de la secretaría general en la Ciudad de los Servicios.
Doña Yuve era una apasionada del pasado de este pueblo y la arqueología, conservó a lo largo de su vida vestigios arqueológicos para que los depredadores no se los llevaran al extranjero. Conservó piezas encontradas al crecer la ciudad y cuando se abrieron las carreteras. Logró tener la más grande colección regional registrada ante el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de piezas de los periodos preclásico y clásico, con rasgos olmecoides; líticas y cerámica.
Registraba minuciosamente todo lo que acontecía. “En unas excavaciones que hizo dentro de su casa don Telesforo Albarrán, en San Jerónimo de Juárez, encontraron granos de cacao en el año de 1963” y en Corral Falso “unos cañones de aves, transparentes, llenos de polvo de oro que encontraron en excavaciones que efectuaron junto al río, en 1960”, lo anterior en su artículo “La moneda en México” publicado el 27 de octubre de 1995 en El Sol de Acapulco, donde explica que durante el imperio azteca utilizaban el cacao para sus convenios normales, también plumas, miel y piedras preciosas.
Formó el grupo Convivencia Cultural Atoyac con diversas personalidades para impulsar la cultura y rescatar las costumbres y tradiciones de Atoyac. El grupo estaba integrado por la propia Juventina Galeana Santiago, el presbítero Pedro Rumbo Alejandri, Guadalupe Anahí Xóchitl García Galeana, Enrique Hernández Meza, Eduardo Parra Castro, Paloma Torreblanca García, Mireya Ma. de la Gracia García Galeana, Patricia Parra Cabañas, Margarito Ríos Orbe, Rafael Hernández Guerrero, José Hernández Meza, Dagoberto Ríos Armenta y Evodio Argüello de León. Del trabajo de este grupo surgieron los libros: Modismos Atoyaquenses y Medicina Tradicional, Los kioscos de Atoyac, La fábrica de hilados y tejidos Progreso del Sur Ticuí y La historia del general Juan Álvarez.
El grupo se movilizaba, visitaron el caso de la hacienda La Providencia. Realizaron investigaciones sobre el origen de Atoyac y sobre la vida del general Juan Álvarez. Después de una investigación exhaustiva en la que participó doña Juventina Galeana  y el grupo Convivencia Cultural se le suprimió la “N” a la escuela Juan N. Álvarez ahora se llama Escuela Primaria Urbana del Estado Juan Álvarez, porque se logró demostrar que el general firmaba únicamente como Juan Álvarez y la “N” no tenía razón de ser.
A un a pesar de las investigaciones de doña Yuve se sigue cometiendo el error en el nombre de otras instituciones. Eso pasa cuando se toma como base escritos y fuentes de internet que no son fidedignas. Se sigue escribiendo Juan N. Álvarez, cuando la “N” nunca existió en la firma de nuestro héroe, lo demuestran documentos certificados y su testamento. Se decía que se llamaba Juan Nepomuceno pero la investigación demostró que lo de Nepomuceno es un mito.
En 1989, el presidente municipal Alejandro Nogueda Ludwig la nombró gestora ante el INAH para investigar la toponimia del pueblo. Porque la gente tenía la creencia que el nombre de Atoyac se derivaba de atolladero, porque donde ahora está la ciudad cruzaban cinco arroyos y era un terreno cenagoso. Había que dar muchas vueltas para salir del atolladero cuando se iba de El Zanjón a Mexcaltepec o viceversa. Mucha gente decía lo mismo: “el pueblo antes se llamaba Atolladero”.
Pero investigando el origen del nombre, doña Juventina Galeana Santiago mandó, en 1989, un oficio al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) pidiendo un análisis al vocablo Atoyac. El departamento de lingüística de esa institución contestó que la palabra Atoyac proviene del náhuatl. Nombre que coincide con otros sitios que existen en la república como: San Pedro Atoyac Oaxaca, Atoyac Jalisco y Atoyac Veracruz. También el río Atoyac de Puebla.
La doctora Susana Cuevas Suárez directora de lingüística del INAH contestó: “Haciendo una revisión exhaustiva en varios códices tanto prehispánicos como coloniales se llegó a la conclusión de que no existe un glifo que represente a la población de Atoyac. Es muy probable que la razón de esto sea que el nombre de Atoyac no sea el original, es decir, que antiguamente esta población, haya tenido otro nombre”.
“El nombre original se puede conocer a través de estudios arqueológicos, en zonas (que es muy probable que existan) cercanas o dentro de los límites que corresponden a Atoyac. Existe la posibilidad de que al haber un desplazamiento de la zona arqueológica a la ubicación actual de la ciudad, el hombre original haya cambiado por el que ahora conocemos como Atoyac”.
Al hacer el análisis de la palabra Atoyac, asegura que es un vocablo de origen náhuatl: atl que quiere decir agua y toyaui que significa regarse o esparcirse. Por eso se concluye que Atoyac quiere decir agua que se riega o se esparce.
En el gobierno del presidente municipal Evodio Argüello de León, Juventina, recibió un excepcional apoyo a sus investigaciones históricas. Coordinó el concurso para la elaboración del escudo municipal que actualmente luce el ayuntamiento.
El 8 de noviembre de 1992 se creó el escudo municipal de Atoyac, mediante un concurso convocado por el Instituto Guerrerense de la Cultura y el Ayuntamiento. De los trabajos presentados ninguno reunió los requisitos, así que tomaron los elementos de los dos mejores trabajos presentados por Juan José Alvarado Lezma y José Hernández Meza para formar el colorido escudo que ahora luce el municipio.
En su conjunto el Escudo  representa las tres épocas de la vida de México: La prehispánica por el Glifo; la colonial por la torre de la Iglesia, inicio de la religión católica en el país; y la moderna con la carretera.
Así también en el escudo están representados todos los símbolos de Atoyac. El glifo que representa el nombre de Atoyac: Atl: “agua” y Toyaui: “Esparcirse, regarse o extenderse”. Lo que quiere decir, agua que se riega o se esparce. Sus verdes montañas y sus afluentes de agua que vienen de la sierra, la fecha de 1498 que marca la llegada de los aztecas a este lugar. El sol que ilumina esta tierra, los granos de café, la torre del campanario de la parroquia que simboliza la espiritualidad del hombre. La carretera nacional que atraviesa el municipio y nos une con el país. Pero sobre todo no podía faltar la frase del general Juan Álvarez Hurtado que dice: “Pobre entré a la presidencia y pobre salgo de ella”.
Antes de la creación del escudo la ciudad estaba representada por jeroglíficos, uno que tenía la ilustración de una montaña o cerro donde brotaba un río y otro que ilustraba una casa en construcción con un río a lado. Para muchos, esas ilustraciones querían decir: “los que vinieron de arriba del río o los que bajaron de la montaña”, en referencia a que el origen de la ciudad de Atoyac estuvo en la comunidad de Mexcaltepec.
Para el diseño del escudo, fueron de vital importancia las investigaciones de doña Juventina Galeana Santiago quien pasó muchos años de su vida indagando el pasado prehispánico de Atoyac.
El arzobispo de Acapulco Rafael Bello Ruiz y el padre Pedro Rumbo Alejandri la comisionaron para investigar sobre la historia religiosa de la parroquia de Santa María de la Asunción de Atoyac, encontró que la primera iglesia construida en Mexcaltepec se ubicó dónde está el actual panteón, a finales de 1992 encontró los cimientos de dicho templo, la campanita que usaban en la misa y una medallita con inscripciones en latín.
El 19 de enero de 1988, se le otorgó el nombramiento como miembro fundador de La Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística de Acapulco. Acudió a varios encuentros culturales haciendo escuchar su voz con nuevas propuestas y participó en diversos esfuerzos para darle unidad al movimiento cultural de Atoyac. Con Felipe Fierro Santiago, Decidor Silva Valle y Rubén Ríos Radilla formaron el grupo Alt-Toyaui.
Todas sus investigaciones fueron importantes, por doña Juventina Galeana Santiago se sabe que Gabino Pino González no sólo trajo a Gálvez como técnico para sembrar café, también vinieron con él Nicandro Corona y Jerónimo Loza. Nicandro puso una finca cafetalera que denominó El Zafir y Jerónimo instaló otras plantaciones que llamó El Porvenir.
El grupo Convivencia Cultural que encabezaba doña Juventina Galeana Santiago publicó en 1992, la Historia de la Fábrica Progreso del Sur, primer trabajo que se hizo para rescatar los testimonios sobre esa industria.
Viejos pobladores de El Ticuí le dijeron a Doña Yuve  que “a los españoles que fundaron la fábrica les fascinó el canto del luicillo”, un pájaro con alas cafés y pecho amarillo, por eso le pusieron Ticuí al pueblo.
Y que fue el 20 de agosto de 1904 cuando la fábrica quedó instalada y se probó el 16 de noviembre de 1904, dando buenos resultados, por lo que se empezó a trabajar regularmente el 1 de enero de 1905. Fue entonces cuando se inició la producción de telas como la Indiana y Manta. Aquí llegó a producirse una tela muy famosa conocida como Indio Atoyac, fiocos, driles y sedas. Había un equipo de ingenieros textiles de origen catalán y francés.
Doña Juventina Galeana Santiago escribió la Historia del Jardín de Atoyac partiendo del año de 1884, cuando Atoyac era un pequeño poblado y siendo su presidente municipal Feliciano Castro, se acordó que frente al Ayuntamiento y frente a las casas que conformaban el centro, estaría un jardín sembrado de almendros. El alcalde vio la urgente necesidad también de tener un kiosco que fue construido con techo de lámina.
Por sus diversas investigaciones recibió reconocimientos por su participación en el rescate de la cultura por parte del semanario local Atl; de los presidentes municipales: Evodio Argüello de León, Javier Galeana Cadena, Acacio Castro Serrano y Germán Adame Bautista y de otras dependencias y grupos similares.
Escribió sobre Atoyac, en la revista La capital de Chilpancingo, Guerrero. Publicó en el Diario 17, en “La página de Atoyac” y en “Atl Toyaui” de El Sol de Acapulco. En 1999 “doña Yuve” obtuvo el primer lugar en el concurso estatal “Viejos los cerros y reverdecen” convocado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en Guerrero, por su trabajo “Recordar es vivir”.
En octubre del mismo año, nuevamente el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, la premió con el segundo lugar por su trabajo “Historia del oro verde en la sierra de Atoyac” y la Secretaría de la Mujer la nombró “La mujer del año”.
Doña Yuve falleció el 28 de enero del 2007 y sus restos descansan en el panteón municipal de su amada tierra, Atoyac de Álvarez.

domingo, 10 de junio de 2018

De escritos y escritores III

Víctor Cardona Galindo
Luis Hernández Lluch
El cronista vitalicio de Benito Juárez y escritor de la monografía de ese municipio era descendiente directo de españoles, ya al final de su vida ubicó a su familia en España y lo visitaron en su casa. Nació el 14 de diciembre de 1910 en San Jerónimo el Grande municipio de Atoyac de Álvarez. Tenía 100 años cuando murió el viernes 3 de junio del 2011 a las ocho de la noche. Toda su vida la dedicó al saber y a la investigación histórica. Era radiotécnico egresado del Instituto Politécnico Nacional.
Don Luis Hernández Lluch cronista de San Jerónimo
 de Juárez, murió a los 100 años, tenía un amplio
conocimiento sobre la historia de la región, muchos
 de los acontecimientos que narró en sus textos,
los vivió personalmente. Foto: cortesía de la familia.

El 10 de abril de 1997 por unanimidad el cabildo, que presidió la alcaldesa Estrellita Marina del Río Radilla, le reconoció el título de cronista vitalicio del municipio de Benito Juárez y rindieron homenaje a su larga trayectoria como guardián de la memoria histórica de la región. Años más tarde, el miércoles 30 de abril del 2008, en un homenaje emotivo sin precedentes, el cabildo de Atoyac le entregó la presea al mérito civil “Juan Álvarez”.
René García Galeana escribió la biografía de Luis Hernández Lluch donde narra su relación con personajes como Benita Galeana y Fernando Rosas, de quienes escribió sus semblanzas y momentos de sus vidas que no conocíamos.  Don Luisito, como le llamábamos de cariño, era alegre y bromista mucho recordaba su infancia y sus travesuras en el racho de Los Toros.
Gracias a don Luis Hernández Lluch podemos rescatar la historia de las familias nativas de nuestra región, dejó como herencia una voluminosa carpeta con la genealogía de los apellidos Radilla, Ríos, Galeana, Navarrete, Nogueda, Solís, Quiñónez, del Río, Cabañas, García, Hernández, Pinzón, Luna, Ramos, Torreblanca y Mena. Esta sería, en mi opinión, la principal aportación a la historia regional del cronista de Benito Juárez.
Platicar con él siempre fue fundamental para saber sobre nuestra cuarta raíz, la asiática; decía que los apellidos Guinto, Bataz, Quiñones, Nogueda y Zúñiga eran de origen filipino. Con él se podía conocer el pasado de la Costa Grande, porque no solamente escribió sobre San Jerónimo, también de Atoyac, de Coyuca y Tecpan de Galeana.
Fue promotor del turismo, la cultura y las costumbres de la región. Muchas personas acudían a él para saber sobre el pasado de sus familias y todos lograban encontrar de dónde venían, siempre que los apellidos fueran de la región. Con darle solamente el nombre ubicaba la raíz familiar y contaba incluso anécdotas de las familias, muchas veces desconocidas por el visitante.
Don Luis se fue dejando un gran vacío que difícilmente otro cronista podrá llenar, hombre de lúcida memoria, al que le debemos los libros: Monografía de San Jerónimo. Municipio de Benito Juárez, publicada por  Ayuntamiento de Acapulco en 1993 y Los personajes que cambiaron el rumbo de México que publicó poco antes de su muerte.
De acuerdo a los datos aportados por su biógrafo René García Galeana escribió varios cuentos cortos y sobre algunos episodios relacionados con su paso por la vida como: Recuerdo triste del Teatro Flores de Acapulco, El chaneque, una venganza infantil y La tragedia de Chavinda.
Colaboró en la página cultural Atoyac de El Sol de Acapulco donde evocó con gran precisión los nombres, lugares y fechas de los acontecimientos que le tocaron vivir como espectador y protagonista. Asiduo lector de los grandes escritores de la literatura universal platicaba con mucha familiaridad sobre las obras de Petrarca, Dante, Kant, Rousseau, Ortega y Gasset, Víctor Hugo, Nietzche, Cogol y Cervantes. También hablaba con mucho gusto de Clavijero,  Sahagún,  Bernal Díaz del Castillo, López de Gomara, Orozco y Berra, Ignacio Manuel Altamirano, Guillermo Prieto, Luis Pérez Verdìa, Mariano Azuela y de todos los clásicos de México.
No es accidental que sus hijos tengan los nombres de sus  autores favoritos, de personajes de la historia o de los postulados de la Revolución francesa, siendo ellos: Dante, Horacio, Libertad, Fraternidad, Maria Luisa, Amor, Octavio, Omar, Ruth y Víctor.  
Dice René que nació cuando soplaban los primeros vientos de la revolución mexicana, el 14 de diciembre de 1910 en la comisaría de San Jerónimo, hijo de Luis Lluch Jacinto y Leonarda Hernández Ríos, quienes se separaron cuando tenia tres años de edad por eso se crió con su abuelo materno Leonardo Hernández Pérez, en el rancho El Macahuital, ubicado al norte de la cuadrilla de Los Toros.  
Gracias a su tía Feliciana el pequeño Luis aprendió las primeras letras en el Silabario de San Miguel, mostrando una gran capacidad para memorizar lo que le enseñaban. Cuando cumplió los seis años, la tía lo llevo ante el padre Marcial Ventura para que lo aceptara en la escuelita que tenía en el curato de parroquia de San José. “Seguramente de ese rígido aprendizaje a que fue sometido por el párroco de repetir las lecciones una y otra vez y de memorizar largos pasajes de la Biblia don Luis conservó la sorprendente particularidad, a pesar de los problemas que tenía de la vista y de sus años, de dictar sus escritos y de exponer los temas que abordaba, algunos con cifras, distancias, pesas y medidas sin equivocarse como si los estuviera leyendo directamente de algún texto”, comenta René García.
Un año después resolvieron inscribirlo en la escuela fundada por el maestro José Ramírez Pérez, padre del compositor José Agustín Ramírez Altamirano, impartiéndole el curso de Catecismo basado en el texto del sacerdote Jerónimo Martínez de Ripalda, Las reglas de urbanidad de José Antonio Carreño, y Las normas del comportamiento con la sociedad. La escuela cerró sus puertas en enero de 1918 por el levantamiento armado de los mariscalistas de Atoyac, ese episodio es conocido como la “Guerra de los verdes” por la incursión de las fuerzas federales jefaturadas por los generales Rómulo Figueroa y Fortunato Maycotte.
Pasada la turbulencia de la rebelión el profesor José Ibarra Torres fundó otra escuela, impartiéndoles latín y otras disciplinas. Esta escuela fue suspendida por las autoridades municipales de Atoyac enviando en su lugar al maestro Modesto Alarcón Calzada y a los jóvenes Manuel Bello y José Centell con el propósito de abrir más aulas aplicando por primera vez una educación laica. A marcharse Modesto Alarcón se haría cargo de la escuela el profesor Valente de la Cruz Alamar.
Cumplido los 13 años, Luis Hernández, regresó al Macahuital, conocido también como “Los Toros de allá arriba” para ayudar a su abuelo en las labores del campo. Viendo la estrechez económica por la que atravesaba la familia probó suerte en el comercio de la arriería, transportando piloncillo, café y otros productos del campo, en dos bestias de carga, caminando por la  playa de Hacienda de Cabañas hasta El Carrizal donde terminaba la tierra firme. Para seguir por el médano hasta llegar a Pie de la Cuesta subiendo la pendiente hacia el puerto de Acapulco, de las utilidades de la venta adquirió petróleo, alcohol y otros artículos para comercializarlos en el pueblo.
Desencantado por los resultados obtenidos el adolescente Luis sólo realizó dos viajes, regresando nuevamente con su abuelo al rudo trabajo del campo. Trabajó en la zona cañera de Zintapala y luego estuvo laborando en los trapiches de familia Nogueda por el rumbo de Almolonga.
El 6 de mayo de 1926 estalló el movimiento revolucionario del Plan del Veladero encabezado por los hermanos Vidales y el 29 de septiembre atacaron a la comisaría de San Jerónimo, luego se vino la represión contra los campesinos por eso la familia de don Luis se refugió en San Jerónimo.
Por la anarquía prevaleciente en la región resolvió marcharse a trabajar al estado de Veracruz acompañado de tres “mudas” de ropa, unos cuantos centavos y un libro de cuentos de Emilio Salgari. Luego entre sus lecturas estarían la Geografía Universal de Juan Palau Vera. Siempre tuvo predilección por la lectura; terminaba un libro y comenzaba otro. Al verse enfermo en Veracruz se vino a la Ciudad de México donde, después de estar internado, presentó examen para ingresar a la jefatura de policía donde trabajó 10 años realizando diversas actividades.
Con los conocimientos adquiridos en sus lecturas solicitó que lo examinaran, para obtener el certificado de primaria, en la escuela Belisario Domínguez y logró salir aprobado. Regresó a San Jerónimo para casarse con la señorita Micaela Gallardo Romero. Pronto regresó a la ciudad de México, casado, reintegrándose al trabajo de la jefatura de policía.
En 1939 ingresó al Instituto Politécnico Nacional para estudiar el oficio de radiotécnico. Al terminar satisfactoriamente con el plan de estudios realizados durante los años de 1940, 1941 y 1942, recibió el certificado que lo acreditaba como radiotécnico y ejerció su oficio en la corporación policíaca y al mismo tiempo fue maestro de  reglamentos hasta 1944, año en que renuncio al  trabajo y decidió marcharse a trabajar a los Estados Unidos donde estaban solicitando mano de obra por el entallamiento de la Segunda Guerra, allá ingresó como obrero en el ferrocarril de Pennsylvania.
De regreso se estableció con su familia por tres años en Boca de Arroyo donde adquirió una pequeña huerta de coco donde sembraba maíz, arroz y fríjol. Al mismo tiempo elaboraba, con esencias un vino de jerez dulce y de consagrar, aplicando el sistema de Brambila. Así como una crema a base de leche de burra con la textura similar a la Nivea. En 1949 con su familia se regresó a San Jerónimo e instaló en su casa un molino para moler nixtamal y una panadería.
Entre el año de 1949 y 1950, inscribió a sus hijos en la escuela primaria Revolución del Sur, donde lo eligieron presidente de la sociedad de padres de familia y luego como presidente del Comité Pro-Biblioteca, con otros maestros, lograron reunir una significativa cantidad de  libros con el apoyo de las embajadas extranjeras y de la ciudadania en general. Al no disponer de un lugar adecuado en la escuela, encontraron acomodo en un espacio habilitado en el ayuntamiento convirtiéndose en la biblioteca municipal.
En 1950 fue maestro del 4º año de primaria de la escuela  Hermenegildo Galeana. En 1951 fundo una academia para señoritas donde impartió gratuitamente dos años la materia de aritmética. En 1956 gestionó ante las autoridades educativas, con un grupo de padres de familia, la fundación de la escuela primaria Benito Juárez.   
En 1962 participó con un grupo de ciudadanos en la fundación de la escuela secundaria particular Hermenegildo Galeana, dependiente de la Secretaria de Educación Pública. Su primer director fue el maestro Mario Neri Bernal.
En 1974 fue nombrado presidente de la sociedad de padres de familia de la escuela secundaria Ignacio M. Altamirano y logró que el gobierno del estado construyera las aulas y los talleres de carpintería y mecánica. En estos últimos años participó en la apertura de un campus de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN).    
Era una fuente de información inagotable de ello dejó constancia en periódicos como: El Rayo del Sur, Diario Revolución, Diario 17 y Sol de Acapulco. Muchos escritores e investigadores lo visitaron en su casa para abrevar de su conocimiento sobre los sucesos relevantes de la Costa Grande con él estuvieron: Alejandro Martínez Carvajal, Francisco A. Gomezjara, Wilfrido Fierro Armenta, Crescencio Otero Galeana y Ramón Sierra López. Algunos universitarios conocidos, como Tomás Bustamante Álvarez y Álvaro López Miramontes.   
El 14 de diciembre del 2010 con los problemas de salud propios de su edad pero lucido y con animo de seguir viviendo cumplió un siglo que siempre espero celebrar, “partiendo hacia el arcano el viernes 3 de junio de 2011 a las 20:00 horas en su modesta casa de San Jerónimo rodeado de sus familiares que  lo cuidaron con esmero hasta sus  últimos días”, nos dice su biógrafo René García Galeana, quien mucho lo frecuentaba en San Jerónimo. 

sábado, 2 de junio de 2018

De escritos y escritores II

Víctor Cardona Galindo
El Grupo Convivencia Cultural se dedicó a la investigación sobre la historia de Atoyac, estuvo formado por Juventina Galeana Santiago, el presbítero Pedro Rumbo Alejandri, Guadalupe Anahí Xóchitl García Galeana, Enrique Hernández Meza, Eduardo Parra Castro, Paloma Torreblanca García, Mireya Ma. de la Gracia García Galeana, Patricia Parra Cabañas, Margarito Ríos Orbe, Rafael Hernández Guerrero, José Hernández Meza, Dagoberto Ríos Armenta y Evodio Argüello de León. Del trabajo de este grupo surgieron los libros Modismos Atoyaquenses y Medicina Tradicional. También realizaron investigaciones sobre el origen de Atoyac y sobre la vida del general Juan Álvarez.
Andrea Radilla Martínez fue catedrática e investigadora
 de la Universidad Autónoma de Guerrero, sus trabajos
 versaron sobre el movimiento social, las luchas campesinas
y el fenómeno de la Guerra Sucia.
Foto: Cortesía de la familia.

Andrea Radilla Martínez
Andrea nació en el corazón de la ciudad de Atoyac en la calle Emiliano Zapata el 4 de febrero de 1946. Fue la tercera de los 13 hijos de Rosendo Radilla Pacheco y de Victoria Martínez Neri.
Sus primeras letras las aprendió en la escuela Modesto Alarcón, cuya construcción fue obra de su padre. Se le recuerda de niña caminando del poblado de Boca de Arroyo a la ciudad de Atoyac, para entregar la leche que su padre ordeñaba en el pequeño rancho que tenían en esa comunidad. Todavía se le evoca en el cine Álvarez declamando “Los motivos del lobo”, “Garrit”, “La caída de las hojas”; actuando en la comedia infantil “Justicia a la Cigarra” o participando como Reina de la Primavera en sus primeros años de escuela.
En la secundaria se le rememora desfilando montada a caballo el 20 de noviembre, haciendo el papel de La Valentina o estudiando mecanografía en la Academia “July”, a un lado de la farmacia Guadalupana, en donde se graduó como Secretaria Taquimecanógrafa, oficio que desempeñó durante diez años en la Dirección del Registro Público de la Propiedad del Estado, combinando esta actividad con las del hogar y los estudios. La taquigrafía le permitiría tomar las explicaciones de sus profesores al mismo tiempo que éstos hablaban, lo que le serviría de apuntes. Siempre fue muy estudiosa. Le gustaba tejer, un hábito que aprendió desde niña y que de grande le serviría para tejer, primero, los suéteres de sus cuatro hijos Eneyda, Vladimir, Justino y Lucio Ernesto, así como los de su esposo, y después los de sus nietos. Sabía confeccionar ropa, pues también hizo cursos de corte y confección, de manera que eso le permitió confeccionarle bonitos vestidos a su única hija; así como las camisas y pantalones a sus hijos. Andrea sabía dibujar a lápiz y le encantaba el campo, se pasaba horas cultivando su jardín. Siempre sostuvo que se descansa cambiando de actividad. Por eso cuando no estaba leyendo, escribiendo, dibujando, cosiendo, tejiendo o en el jardín, se ocupaba de cocinar ricos platillos que toda su familia degustaba, como el mole rojo hecho con todos sus ingredientes o en diciembre el rico bacalao a la vizcaína. Andrea era un estuche de monerías. Así la recuerda su esposo, Justino García Téllez.
Cursó la secundaria en la Federal Número 14, “Mi patria es primero”. Donde formó parte de las primeras generaciones, terminó en 1964.
Concluyó la preparatoria en 1975 en la prepa número 8, dependiente de la UAGro, en Ciudad Altamirano, hasta donde acompañó a Justino cuando fue nombrado director de ese centro educativo. Andrea Radilla formó parte de la generación que tuvo que enfrentarse a la reacción para democratizar la UAGro.
Sus estudios de licenciatura en sociología los realizó, también en la Universidad Autónoma de Guerrero. Cuando egresó impartió clases en la preparatoria 9, en donde años atrás había sido alumna.
Después obtuvo el grado de maestra en ciencias sociales y posteriormente el grado de maestra en historia regional, obteniendo mención honorífica en la actual Unidad Académica de Filosofía y Letras, de la cual fue profesora por más de 20 años. Concluyó en el Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos (CIDHEM), con sede en la ciudad de Cuernavaca, el 100% de los estudios de Doctorado en Antropología y tenía el 80% de avance de su tesis.
Como docente, conquistó un espacio y obtuvo un estatus: el reconocimiento de sus compañeros de trabajo, pero sobretodo de sus alumnos a quienes trataba como si fueran sus propios hijos, apoyándolos con materiales de estudio, asesorías y hasta con recursos económicos. Publicó los libros: Poderes, Saberes y Sabores. Una historia de resistencia de los cafetaleros de Atoyac, Gro. 1940-1974, UAG, 1998; La Organización y la nuevas estrategias campesinas. El caso de la Coalición de Ejidos de la Costa Grande de Guerrero, 1980-2003, UNORCA-UAG, 2004 y Voces Acalladas. Vidas Truncadas. Perfil biográfico de Rosendo Radilla Pacheco (SEMUJER/UAG, 2008[2002]). Esta obra ha sido pieza fundamental para documentar el primer caso de un desaparecido político mexicano y para lograr el fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que encuentra culpable al Estado mexicano por desaparición forzada de personas y le obliga a cumplir toda una serie de exigencias para cambiar sus leyes.
Andrea publicó artículos diversos en revistas locales y nacionales. Participó con ponencias en distintos eventos locales, nacionales e internacionales. Sus líneas de interés siempre giraron alrededor de los temas de la vida cotidiana, cultura y movimientos sociales. Junto con Claudia Rangel Lozano compilaron el libro: Desaparición forzada y terrorismo de Estado en México. Memorias de la represión de Atoyac, Guerrero durante la década de los setenta.
Sin duda todos los textos de Andrea Radilla están cargados de un compromiso social especialmente su libro Voces Acalladas. Vidas Truncadas. Perfil biográfico de Rosendo Radilla Pacheco, representativo de uno de los momentos más dolorosos de la historia de nuestro municipio y de su vida personal, pues, el 25 de agosto de 1974, hace 44 años detuvieron en un retén militar a su padre Rosendo Radilla Pacheco, de quien nunca más se volvió a saber su paradero.
Conocí a Andrea Radilla Martínez el 18 de mayo del 2002 cuando (junto con Álvaro López Miramontes y Octaviano Santiago Dionicio) vino a presentar su libro Voces Acalladas. Vidas Truncadas. Perfil biográfico de Rosendo Radilla Pacheco.
Andrea fue una atoyaquense distinguida, que se ganó su lugar en la historia. Una mujer que fue consecuente con el rumbo que le marcaron los tiempos y que supo enfrentar con valor las adversidades. Su participación trascendente en el movimiento de 1960, en las huelgas y manifestaciones por la defensa de la autonomía y el aumento de subsidio a nuestra Universidad, la Autónoma de Guerrero; en varias ocasiones participó en las marchas que se hicieron hacia la Ciudad de México, en las décadas de los setentas y ochentas, o apoyando desde su trinchera los movimientos de Lucio Cabañas Barrientos, Genaro Vázquez Rojas y Carmelo Cortés Castro.
Atoyac guarda muchos recuerdos de Andrea Radilla: en los inicios de la lucha por la presentación de los desaparecidos políticos o entrevistando a los productores de café para reconstruir la historia de la lucha campesina de los últimos tiempos. Visitando varios pueblos de la sierra cafetalera, entre los que se pueden mencionar a San Juan de las Flores, El Rincón de las Parotas, San Andrés de la Cruz, San Francisco del Tibor, San Vicente de Benítez, San Vicente de Jesús, su pueblo preferido, pues ahí tenían huertas su padre y su abuela Natividad. Platicaba con personas de avanzada edad, que son los que guardan la memoria de nuestro pueblo. Le gustaba comer con los campesinos, las tortillas con frijol y un chile reventado.
Quienes la conocieron la definen como una persona muy humana, amable, inteligente y dedicada a su familia y a su trabajo, pero que además se preocupaba por la situación de los campesinos.
Le gustaba ayudar a la gente; en su casa, junto con Justino, cobijó a muchos estudiantes de escasos recursos. Para dar testimonio están Celso Villa García y Pedro Delfino Arzeta García, hoy profesionistas.
Sus tres libros tratan de Atoyac: sobre la evolución de la lucha campesina. Su obra es de compromiso social. La lucha que, su padre, Rosendo Radilla Pacheco dio para mejorar las condiciones de vida de los campesinos, Andrea Radilla la siguió por medio de las letras, rescatando la memoria de esa lucha, que falta aún mucho para que termine.
Andrea descendía de familia humilde, pero con un alto sentido de responsabilidad social. La desaparición de su padre no la doblegó, fortaleció su participación sobre todo en la lucha por la democratización de la Universidad, a la que dio su vida.
Así se recuerda a Andrea Radilla, una atoyaquense distinguida, quien se ha sabido ganar un lugar en la historia de nuestro pueblo. Andrea Radilla Murió el 14 de noviembre de 2009.

Dora Luz Carrillo Ríos
Nació en Atoyac el 21 de mayo de 1949,  socióloga y maestra en ciencias sociales por la Universidad Autónoma de Guerrero. Dedicó su vida a la formación de profesores en las normal Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, la Rafael Ramírez y en el Centro de Actualización del Magisterio. Fue maestra invitada en la maestría de ciencias de la educación de la UAGro. Es coautora de las siguientes obras: Rafael Ramírez y la Escuela Rural Mexicana; del libro de texto para tercer grado de educación primaria Guerrero. Historia y Geografía.
También escribió diversos artículos para revistas pedagógicas y participó en el libro Mujeres que saben latín, la investigación de género en Guerrero (2002), mismo que fue editado por la Universidad Autónoma de Guerrero. Publicó los libros Prácticas y saberes cotidianos de las telesecundarias y Los Profesores también… cuentan. Experiencias académicas del trabajo docente, ambos en coautoría con Delfino Villalba Beltrán. Dora Luz Carrillo Ríos falleció el 17 de noviembre del 2017 fue hija de Hermilo Carrillo Rubalcaba y María Natividad Ríos Armenta. Dejando un gran legado como investigadora y docente de pedagogía.

Juan Pioquinto Gómez Ayerdi
Nació un 8 de abril de 1905, falleció el primero de diciembre de 1988, en Apatzingán Michoacán, era médico de profesión egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), a los 15 años abandonó su tierra natal, Atoyac, para irse a radicar a la ciudad de Iguala con su familia y luego a la Ciudad de México donde estudió. Una vez terminados sus estudios de medicina se fue a vivir a la ciudad de Apatzingán donde radicó hasta su muerte, se le conocían sus dotes de conquistador pues se casó varias veces. De sus diversos matrimonios tuvo 9 hijos, uno de ellos falleció.
Gómez Ayerdi escribió cinco novelas: Tenías que volver, Ciudad vencida, Del César y de Dios, Raza de víboras y Elvia Smovich. Fue hijo de Juan Gómez y de Aurelia Ayerdi Castro. Sus hermanos fueron Porfirio, Clementina y Ezequiel Gómez Ayerdi.

Fidelina Téllez Méndez
Nació el 24 de abril de 1929 en Atoyac y falleció en la ciudad de México el 8 de mayo del 2007. Estudió la primaria en la escuela Real, hoy Juan Álvarez.
Realizó estudios de contador privado en el colegio Carrillo Cárdenas de Chilapa Guerrero. Fue una de las primeras mujeres que trabajó en el Banco del Sur.  Fue colaboradora de “La página de Atoyac” del periódico El Sol de Acapulco. Doña Fide, como le decíamos de cariño, escribió además la biografía de su padre Rosendo Téllez Blanco, en el libro Agua desbocada. La pasión por su pueblo la motivó a escribir diversos sucesos, desde leyendas, anécdotas y crónicas. En sus trabajos dejó clara su preocupación por la ecología y el apego que le tenía a la tierra que la vio nacer.