domingo, 9 de diciembre de 2018

Crónicas del Palacio IX

Víctor Cardona Galindo
El cadáver de Lucio Cabañas Barrientos
Cerca de cinco mil soldados de seis batallones, y secciones de apoyos que venían de la Ciudad de México, le tendieron un cerco que se prolongó hasta el lunes 2 de diciembre de 1974, cuando cayó peleando a las 9 de la mañana en el paraje conocido como El Otatal. Para entonces Lucio Cabañas Barrientos, alejado de su familia y de sus bases de apoyo, únicamente se alimentaba con maíz asado y retoños de plantas del campo. Fue lo único que hallaron en su estómago al practicarle la necropsia.
El presidente municipal, doctor Silvestre Hernández
 Fierro, al centro de traje, muestra a la prensa el lugar
 donde los militares sepultaron a Lucio Cabañas 
Barrientos. Al fondo se ven los bocotes floreando. 
Era el 3 de diciembre de 1974. Foto: Álbum de Felipe
Fierro Santiago

La tropa que lo batió tenía también tres días sin recibir abastecimiento, estaba hambrienta y ya deseaba bajar de la sierra. Para no alertar al guerrillero los militares evitaron el uso de helicópteros y se desplazaban a pie, algunos casi descalzos con ropa de civil.
Como resultado de una delación el 2 de diciembre de 1974, efectivos del Ejército se enfrentaron a una columna guerrillera, encabezada por Lucio Cabañas, en el paraje conocido como El Otatal, después de combatir en forma decidida el líder del Partido de los Pobres resultó muerto. La versión del Ejército es que cayó durante el enfrentamiento, por otro lado existe la versión de que Cabañas al verse acorralado se pegó un tiro con el M-2 que portaba, esta versión la defiende Felipe Fierro en su libro El Último Disparo.
Al momento de su muerte Lucio Cabañas traía consigo el M-2 que fue expropiado a los guardias del Inmecafé en El Porvenir. El campesino Isabel Ramos Ramírez decidió denunciar a Lucio porque el Ejército tenía detenidas a sus parientes: Amalia Ramos Espinosa, Gregoria Sotelo Ramos, Paula Ramírez Ayala y Jorgelina Ramos García. El mismo guió al Ejército hasta donde estaba el guerrillero.
Ya caído, el Ejército recogió el cuerpo de Lucio y lo llevó vía aérea al Cuartel de la colonia Mártires. Con un espejo reflejando la luz del sol, desde un helicóptero, avisaron al  médico militar Rodolfo Guillén del Valle, que estaba con su familia, que ya traían el cadáver del guerrillero. La maestra Lupita, que se encontraba en ese momento en el domicilio del médico militar, apenas pudo contener el llanto, cuando éste dijo: “Ya traen el cadáver del maestro”.
El cuerpo de Lucio Cabañas fue colocado en una plancha en una esquina del cuartel.  Presentaban tres lesiones, con disparos calibre 7.62, uno en el maxilar inferior derecho sin orificio de salida (tiro de gracia)  otro en la axila izquierda con orificio de salida en la espalda y un disparo más le entró en la dorsal décima y le salió al nivel del hombro. Las lesiones del maxilar y de la espalda eran mortales por necesidad. Se le localizó una cicatriz en la cola de la ceja izquierda. Eso fue lo que informó a los medios de comunicación el médico militar Rodolfo Guillen del Valle comandante del pelotón de Sanidad.
Según lo informado por el médico, Lucio falleció entre las nueve horas con siete minutos o nueve con 19 minutos. La herida que lo mató fue la del maxilar inferior derecho. La versión oficial es que entregaron el cadáver a su tío Pascual Cabañas. Al lugar acudió el presidente municipal Silvestre Hernández Fierro y el gobernador Israel Nogueda Otero. Así como los testigos que identificaron el cadáver.
El periódico Milenio publicó el 11 de diciembre del 2000, de la página 20 a la 27, donde detalla “El informe sobre la muerte de Lucio Cabañas que envió el general de brigada Eliseo Jiménez Ruíz comandante de la 27 zona militar a la Secretario de la Defensa Nacional Hermenegildo Cuencas Díaz, el 7 de diciembre de 1974, fue el capitán primero de infantería Pedro Bravo Torres, perteneciente a la patrulla ‘Vallecitos’ del 19 Batallón de Armas el que se adjudicó la muerte de Lucio.
Hace poco también se dio a conocer un video sobre la necropsia al cadáver de Lucio Cabañas, el equipo de Televisa que se movió en esa ocasión, filmó desde los aires el cuartel. Se ve que para ese día todavía no se construían las casas que fueron las viviendas de los soldados de clase. Luego el gobernador Israel Nogueda Otero saldría en la televisión nacional dando la noticia de la caída del guerrillero y echándole porras al Ejército.
Silvestre Hernández Fierro, la maestra Genara Reséndiz, la secretaria de la Agencia del Ministerio Público Ricarda Alonso López y el determinador de la misma Raúl Orbe Berdeja identificaron el cadáver de Lucio según el parte oficial.
Su acta de defunción está asentada en la hoja 47 del libro de 1974. El certificado de defunción fue expedido por el médico militar Rodolfo Guillén del Valle, con cédula profesional número 270851. También estuvo presente el agente del Ministerio Público, el licenciado Ángel Custodio Serrano quien después escribió un libro sobre la época que le tocó vivir en ésta región.
El acta de defunción dice que Lucio Cabañas Barrientos originario de El Porvenir nació el 15 de diciembre de 1936, tenía 37 años. Dice que falleció a las 9 horas del 2 diciembre de 1974, en El Otatal, que se inhumó en el panteón civil de Atoyac. Firma el médico Rodolfo Guillén del Valle con domicilio en el 27 Batallón de Infantería. Declarante: Raúl Orbe Berdeja de 52 años, empleado estatal, con domicilio en Nigromante Número 1. Firman como testigos: Esteban Acosta S. de 52 años, empleado municipal y Agustín Hernández de 40 años, empleado municipal. El acta de defunción como dije es la número 47 está levantada a las 15 horas del 2 de diciembre de 1974, ante el doctor Silvestre Hernández Fierro.
Ese día al Palacio Municipal llegó el coronel Alfredo Cassani Mariña, para pedirle al presidente municipal Silvestre Hernández Fierro que se encargara de la sepultura. El tesorero Régulo Fierro Adame instruyó a don Agustín Hernández Vázquez, Casanga; que era inspector de obras públicas para que buscara quien cavara la tumba. Eran las 10 de la noche, cuando El Chino Galeana y Ramiro Galeana a quienes se les pagó 100 pesos comenzaron a cavar. Cuando estaban trabajando doña Evelia Organista la esposa de Hugo Martínez les prestó un candil de dos mechas para que vieran en la oscuridad. Como a las dos y media de la mañana terminaron de hacer la sepultura. La fosa se hizo normal, uno de ancho por dos de largo.
Antes del amanecer el cadáver fue sepultado en el panteón civil de Atoyac, donde el cuerpo permaneció hasta que fueron exhumados sus restos el 3 de diciembre del 2001 y el 12 de agosto del 2002, los antropólogos forenses comprobaron que efectivamente correspondían a Lucio Cabañas Barrientos.
“Los soldados del 27 Batallón de Infantería resguardaron noche y día por dos meses la sepultura de Cabañas, y a nadie dejaban arrimar; después de esos dos meses de guardia continua, se retiraron. Al cumplir el primer año, volvieron los militares a montar guardia y luego se volvieron a retirar”, nos recuerda don Simón Hipólito Castro.
Ese día 3 de diciembre de 1974 a las 8 de la mañana también fue sepultado en el panteón municipal de Iguala Guerrero el cuerpo del soldado Luis García Pérez del 49 Batallón de Infantería muerto en el enfrentamiento del paraje El Otatal. Con él también murió el cabo Vicente Díaz Flores del 19 Batallón de Infantería con sede en Petatlán que fue sepultado en esa ciudad.
De los guerrilleros que iban con Lucio el día en que murió se tiene noticias solamente de tres. Otros hablan de cinco, que dos lograron escapar. Según el reporte del Ejército el primero en caer muerto fue Esteban Mesino Martínez, Arturo. Luego junto a Lucio caería Lino Rosas Pérez, René.  Mientras Marcelo Serafín Juárez, Roberto; fue detenido vivo. Algunos testigos dicen que en la morgue improvisada del Cuartel de la Mártires, había otro cadáver que tenía garrapatas entre los dedos de los pies. Pero ese no fue identificado y tampoco se sabe cuál fue su paradero.
Hace poco después de estar desaparecidos por más de 32 años fueron entregados los restos de los guerrilleros, Lino Rosas Pérez René y Esteban Mesino Martínez Arturo. Según algunos testimonios, después del combate, los tres jóvenes rebeldes fueron detenidos con vida, Lino y Esteban fueron fusilados por los militares en la culata de una casa en Guayabillo, para luego ser sepultados en el panteón de ese lugar. Marcelo Serafín Juárez está desaparecido hasta la fecha.
La Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado los localizó y los restos fueron exhumados para aplicarles exámenes de ADN. Los estudios resultaron positivos y una vez disuelta la Fiscalía, la Coordinación de Investigaciones de la Procuraduría General de la República fue la encargada de entregar a los familiares los restos, que fueron traídos a la ciudad de Atoyac el jueves 8, en cajas de cartón. Los restos fueron puestos en ataúdes en las oficinas de la Asociación de Familiares de Desaparecidos y Víctimas de las Violaciones a los Derechos Humanos. Los dos combatientes fueron sepultados la mañana del viernes 9 de febrero del 2007, para tal efecto se ofició una misa de cuerpo presente en la iglesia de Santa María de la Asunción, de ahí fueron llevados con música de viento al panteón municipal, donde estuvo sepultado clandestinamente Lucio Cabañas. Ahí quedaron sepultados los jóvenes rebeldes, René y Arturo.
Se fue el batallón
En lo personal conocí el cuartel en 1986, cuando siendo presidente de la sociedad de alumnos de la Escuela Secundaria Federal Enedino Radilla, asesorado por la profesora María de Jesús Luna Radilla, acudí con otros compañeros, a gestionar apoyos para nuestro plantel escolar, que siempre está en construcción.
Luego una noche de diciembre de 1989 dos militares, vestidos de civil, llegaron a provocar a la guardia del plantón perredista que estaba en la esquina de Independencia y Agustín Ramírez, Ulises Flores Santiago y yo enfrentamos a los soldados. Uno sacó su pistola y apuntando a la cabeza de Ulises la amartilló, al otro día, acompañados de los dirigentes del partido acudimos al cuartel a poner la denuncia. El cuartel era muy bonito por dentro, bien limpio y arreglado, el coronel de ese tiempo mandó a arrestar a los agresores.
A mediados de 1994, la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) retiró de Atoyac la sede del 49 batallón de infantería. Nunca hubo una versión oficial de la decisión, y extraoficialmente se supo que las instalaciones del cuartel eran insuficientes y que los militares se retiraban mientras se construyera uno nuevo. La alcaldesa María de la Luz Núñez Ramos envió al todavía presidente Carlos Salinas de Gortari una solicitud para que no se fuera el Ejército de este lugar, que se quedara para preservar la paz y la tranquilidad de la población. Pero además que su presencia representaba una importante derrama económica para el municipio. Sin embargo las peticiones no fueron escuchadas y el batallón se fue para Petatlán.
María de la Luz dijo a los medios de comunicación que no quería que se fuera el Ejército porque durante el mes de junio, cuando hubo el operativo militar en las comunidades sierreñas, no se registró ningún asalto y ningún secuestro. “Porque a ellos si los respetan, no se meten con ellos”.
Las casitas del cuartel que ahora ocupan las regidurías, desarrollo urbano y reglamentos, eran ocupadas por el personal de tropa entre los que estaban: cabos a sargentos primeros. La otra sección de casitas donde están Saneamiento Básico y la Policía Ministerial las ocupaban de subtenientes a capitanes primeros. Y las instalaciones donde ahora está el cuartel de la policía del estado, eran los aposentos del coronel o general jefe del Batallón.
Los grupos de militares estaba organizados de la siguiente manera: Un pelotón equivalía a un sargento con 10 de tropa. Una sección 35 elementos con un tambor y un corneta. Una compañía tenía 140 elementos y el batallón tenía tres compañías.
El 14 de noviembre de 1994 la Sedena transfirió el cuartel del 49 Batallón de Infantería al gobierno del estado. A la entrega asistió el secretario general de gobierno Rubén Robles Catalán y procurador Antonio Alcocer Salazar. Les hizo entrega el general Juan Heriberto Salinas Altés comandante de la Novena Región Militar.

La danza del Cortés II


Víctor Cardona Galindo
Don Arcadio Martínez Javier, uno de los padres de familia fallecidos en la masacre del 18 de mayo de 1967, es recordado como un excelente toreador y hombre hábil en el manejo del machete en la danza de El Cortés.
Mariano Arroyo Vázquez lleva más de 50 años
representando la Danza del Cortés.

Otro de los caídos esa fecha que era bueno para torear al Cortés fue Prisciliano Téllez Castro, más conocido por Piche, hombre de gran valor, honrado y trabajador: “Cuando un Año Nuevo u otro festejo el Cortés hacía acto de presencia, Piche pedía prestada una cuchilla y un zarape a los toreadores y enfrentaba por gusto al enmascarado, éste trataba una y otra vez de aporrearlo con una y otra mano pero no lograba tocarlo siquiera en medio del griterío de la gente. Al final Piche solía darle uno o dos golpecitos en las pantorrillas del Cortés como diciendo ¡Te gano! Y regresaba cuchilla y zarape que le habían prestado”--Dice su hermano Cristino Téllez.
Como dije antes, son pocos los virtuosos a los que no llega a tocar el Cortés. El secreto consiste en torear con la cuchilla siempre en alto, viendo fijamente la espada del Cortés y sus movimientos.
El cronista atoyaquense Eduardo Parra cuenta que en el siglo XIX fue famoso un maestro llamado Tadeo Gómez quien en su juventud representaba al Cortés, quien “apaleaba a cuantos se le acercaban, excepto a dos señores, Bonifacio Fiel y Leonardo Barrientos, cuyos cuerpos eran intocables para las cuchilladas de don Tadeo Gómez, porque sus cuchillas se deshacían de tantos golpes”.
En la comunidad del Ticuí Santos Martínez Guillén es el heredero de la tradición de la danza del Cortés. Tiene más de 60 años bailando y asegura que en el siglo antepasado “la danza fue traída al municipio de Atoyac de Álvarez por los señores Gervasio, Fortino, Agustín, Abrahán, Pedro y Juan  Martínez, Fernando Zamora, Nicolás Fierro y Tiburcio Rebolledo”. Ellos a su vez heredaron el amor por la danza a sus hijos. Por eso Santos Martínez aprendió a bailar a los 13 años de edad, enseñado por su padre Bulfrano Martínez.
Santos Martínez dice que “el total de los integrantes de esta danza son doce, incluyendo al Cortés que es el único que baila, los demás nada más dan vueltas en el centro de la pista, hasta que el Cortés termina de bailar, para que después entren los demás integrantes a torearlo”.
Rafael Arzeta Cervantes escribió que “cuando torean, el Cortés tiene que darles tres golpes con la cuchilla al toreador en turno, uno en la pierna izquierda, otro en la derecha y el último en la cadera”.
En 1953, los señores J. Merced Benítez y Bonifacio Acosta sacaban sendas danzas en las calles de Atoyac. Ahora en San Juan de las Flores personifica el Cortés, José Serafín Vázquez. En el Rincón de las Parotas, Mariano Arroyo Vázquez; en el Ticuí como dije antes, Santos Martínez Guillén y en la Colonia Juan Álvarez, Demetrio Vargas Martínez; todos tienen más de 60 años. Por lo que se corre el peligro de que la danza desaparezca.
La elaboración de la indumentaria para la danza también tiene su ritual. Las cuchillas se elaboran de árboles que son especiales para eso, como el algodoncillo y el teteperro. La yegua puede ser de tamarindo, de cacahuananche o de cucharo, con el aro de bejuco de Cortés, una planta trepadora también conocida como peineta.
Don Florentino Castillo Martínez es quien ha elaborado desde hace muchos años las máscaras de la danza del Cortés y del Macho, hace también el tambor de Parota. Llegó a montar un tiempo la danza del tigre de la cual también elaboraba las máscaras. Dice que las máscaras del Cortés se hacen de madera de bandejo o de cucharo. Para él la danza del Cortés es la más chingona para el disfrute del público, recuerda que él aprendió todo lo relacionado con la danza en la comunidad de Los Tres Pasos, donde la sacaban don Amado Morales y Emilio Hernández.
Mariano Arroyo Vázquez nos comentó que en los años sesenta del siglo pasado era don Lucio Castillo Hernández quien personificaba el Cortés en el Rincón de la Parotas, pero como ya estaba grande le pidió que él se quedara con el papel el 12 de diciembre de 1960 y desde entonces la baila.
En el Rincón de las Parotas, Galdino Reynada Barrientos hace toda la indumentaria desde la yegua, el tambor y las máscaras.
Mariano explicó que la máscara que porta en la danza la hizo Jesús Fierro Valadéz hace 50 años de un árbol conocido como Jiote, terminándola de hacer se la entregó y él la hirvió en el Nijayote del Nixcome, para que no se rompiera con el uso, luego le dibujó las facciones y le ha durado los cincuenta años que lleva personificando al Cortés.
Ellos hacen el tambor de Parota con cuero de venado o de jabalí. Cuando el cuero es de Jabalí el sonido es más fino.
Demetrio Vargas Martínez tiene 60 años, dice que después de marcar la raya los toreadores deben de entrar a la izquierda, sólo se tiran tres golpes que tienen que estar dirigidos a los costados y a las piernas. Está prohibido tirarles a la cabeza, el golpe debe de “ser de fajo está prohibido tirar de filo o de punta”.
Don Feliciano Martínez, era cajero, y antes de morir tenía la preocupación de saber a quién heredarle el tambor. Le preocupaba que quien lo heredara no supiera dar los tonos del Cortés, al final tomó una buena decisión y la danza siguió.
Hay muchos improvisados que se aventuran a tocar el tambor, pero no saben dar el tono.
Por eso a los viejos que personifican el Cortés, y que lo han hecho por más de medio siglo, les inquieta saber  a quien le van a dejar la yegua, tiene que ser alguien que sepa bailar. “Los cajeros” tienen que buscar un heredero que siga la tradición y quién hará las máscaras al morir Galdino y don Florentino, porque la que usaba Demetrio después de 40 años se rompió y habrá que hacer otra, con las facciones del Cortés y con las barbas de cuero de venado.
El toreador y cajero Eusebio Martínez Ochoa comenta: “el que sabe bailar la danza del Cortés da un buen espectáculo” y dice que la danza es ancestral, arraigada por lo bravío de la zona ya que a principios del siglo pasado eran comunes los duelos a machete, los hombres vestían con gabán al hombro y abajo el machete, dispuestos a batirse con quien les diera el gusto.
Para confirmar lo anterior basta con dar un vistazo a los periódicos oficiales que se publicaron entre 1901 y 1910, en donde informan que en diferentes caminos del municipio de Atoyac, los hombres se batían a duelo a machete limpio con trágicas consecuencias.
Muchas veces la esquina que conforman las calles Guadalupe Victoria y Agustín Ramírez, de la ciudad de Atoyac fueron testigos de la confrontación a machete limpio de dos contrarios que de esa manera arreglaron sus diferencias.
En este contexto torear el Cortés ha sido como practicar defensa personal o darse el gusto de pelear a machetazos, sin riesgo de ser herido por las cuchillas de palo.

domingo, 2 de diciembre de 2018

La danza del Cortés I



Víctor Cardona Galindo
A la colonia Sonora la bautizaron así porque ahí habitaban los Benítez, ellos tenían un tambor con el que llamaban a torear el Cortés. Los tonos se escuchaban a lo lejos y resonaban en los cerros. Ahí también vivía don Aurelio Castro el primer cohetero de Atoyac y gran apasionado de la danza. Ahora el tambor ya no se escucha en la Sonora pero sigue llamando a combate y muchos siguen el sonido para sacarle una vuelta al Cortés.
La danza del Cortés encabezando una marcha del PRD. Foto: Víctor
Cardona Galindo
,

La danza del Cortés se baila en nuestras comunidades, principalmente en El Rincón de las Parotas, El Ticuí y en San Juan de las Flores. Es representativa de nuestro aguerrido Atoyac. Cada Año Nuevo, habitantes de la colonia Juan Álvarez salen a danzar por las principales calles de la ciudad.
Los cronistas de Atoyac, historiadores y estudiosos de nuestro municipio coinciden en que esta danza es una parodia de la conquista. El danzante principal representa al español con su caballo, y el toreador –que solamente se defiende– representa al indígena que no se decidía a combatir al invasor por creerlo un Dios. En algunas comunidades los toreadores danzan recitando versos “¡Eh! caballero Cortés/boquita colorada/quiero sacarte una vuelta/allá por la madrugada/e irle a dar serenata/a la que es mi prenda amada.”
Sobre los antecedentes de esta danza se sabe que los españoles tenían un campo de entrenamiento en las cercanías de Acapulco en donde armó un astillero Hernán Cortés, quien era el Marqués del Valle de Oaxaca, por eso al lugar ahora se le conoce como Puerto Marqués. Los nativos de Acapulco observaban como entrenaban los soldados españoles, y para burlarse de los invasores inventaron esta danza en la que simulaban el combate y el movimiento del caballo.
Otra versión es que un recluta de los españoles al no aguantar los agotadores entrenamientos, a los que era sometido en Puerto Marqués, mató a su entrenador y escapó. Al andar perdido en el monte enloqueció y al poco tiempo se presentó en el puerto danzando en forma chusca diciendo “La culpa de todo la tuvo el Cortés”.
Andrea Radilla Martínez considera que en la danza del Cortés se escenifica el impacto del caballo en la mentalidad de los habitantes originarios del México antiguo, quienes pensaban que caballo y jinete eran una sola criatura. La misma autora nos informa que antes se bailaba frente a la casa de los principales, para recordar la existencia de sometidos, de excluidos. Aquellos debían de pagar una cuota económica o en especie durante las fiestas navideñas y de Semana Santa. “En la danza del Cortés se ve el miedo a lo invencible, llámense seres superiores, dioses, o poderosos. Muestra la mezcla de lo indígena, lo africano y lo español. La vestimenta consta de cotón y calzón cruzado de manta, hasta 1963, se hacía con manta elaborada en la fábrica de hilados y tejidos del Ticuí. La máscara con rasgos españoles que esconde la cara del mestizo escenificando al conquistador. El tambor de origen africano, los cascabeles y campanitas que suenan al bailar y provocan añoranzas españolas” Concluye Radilla.
Uno de nuestros cronistas Eduardo Parra Castro escribió: “El Cortés tomó carta de naturalización en esta ciudad y ha contribuido al aprendizaje de la defensa personal con el machete costeño”. Don Rosalío Flores Téllez nacido el 30 de agosto de 1895, soldado del Cirgüelo (sobreviviente de la revolución) le comentó que “el origen de esta danza se remonta a la época de la conquista de la Nueva España, es una parodia de la batalla entre españoles y aztecas”.
No hay un número determinado de integrantes, algunos grupos bailan con seis danzantes, otros con 12, sólo el Cortés y el tamborero son indispensables, porque los toreadores varían, según tengan el gusto de participar. Incluso es común que alguno de los toreadores ceda su gabán y la cuchilla a alguien del público que quiera “sacarle la vuelta” al Cortés.
Feliciano Vázquez Alvarado escribió un manual para bailar la danza de acuerdo a la experiencia que vivió en San Juan de las Flores y nos explica: “Se le llama Cortés, a un personaje que representa a don Hernán Cortés y va montado en un caballo con un manto blanco en el anca cubriendo la parte trasera”. Al personaje se le representa con una máscara cuyo aspecto debe de ser de lo más grotesco y horroroso posible, para que cause pánico o miedo a sus espectadores; de bigotes grandes y barbas largas de color negro y espesas, con el rostro arrugado. Lleva consigo una cuchilla de madera simulando una espada con la que atacará a sus enemigos. Otro elemento es el aro que está hecho de un material llamado bejuco de cortés y va sujeto al danzante por unos tirantes de mecates. El aro termina en una punta que tiene cabeza de caballo y se le llama yegua, la parte trasera se cubre con una sábana blanca y se adorna con un pañuelo rojo. Por dentro lleva una campanita que suena al danzar.
El Cortés lleva el ritmo de la danza, conforme le van dando el compás con un tambor, mientras más se agilice el ritmo del tambor así mismo será el movimiento del danzante principal. El Cortés tiene la facultad de atacar y golpear, pero no debe ser atacado por los toreadores, ellos sólo se defienden. Tanto quien personifique al Cortés, como los toreadores, tienen que ser personas alegres para que el juego sea divertido.
Dice Vázquez Alvarado que a la persona que toca el tambor se le llama cajero, es quien anima y pone el ambiente entre los toreadores y el público, por eso debe conocer los cinco tonos de los toques, que van marcando las distintas etapas de la danza, los cuales se describen a continuación.
El toque de traslado: es un toque lento y de un tiempo, es para llamar a los participantes y a los espectadores.
El toque de inicio es cuando ya el Cortés va haciendo su arribo a donde va a ejecutarse la danza. Cuando se da este toque ya los toreadores deben de estar dando gritos de alegría animando el juego. Cuando el Cortés va entrando baila graciosamente al ritmo del tambor, el público o los toreadores pueden gritar “¡calienta al cajero!” y el Cortés bailando se le acerca al cajero simulando que le va a pegar, provocando que este acelere el compás del tambor, cambiando a dos o tres tiempos y el Cortés se pasa al centro, rodeado por los toreadores y el mismo cajero.
El toque del tambor se modifica de inmediato acelerándose poco a poco el ritmo hasta cerrarlo los más tupido posible. Esto provoca que el Cortés luzca su estilo de bailar. Los toreadores gritan entonando versos… Hay que me gusta el gusto/y más que me está gustando/y por darle gusto al gusto/sin gusto me estoy quedando.
¡Hay que me suda el anca/y más que me aprieta el cincho/habiendo tantas potrancas/nomás por una relincho!  Cortesito calabacero/de la boca colorada/querido de las muchachas/y aborrecido por la viejas arrugadas.
¡Hay caballero Cortés, /emperador de Cupido, /por una mujer que amo/tengo el gusto perdido!
Algunos de los versos usados en este evento son, a juicio de los participantes, de provocación al Cortés. El cajero controla el ritmo y lo va acelerando poco a poco para darle al Cortés todo el lujo de la gracia o emoción necesaria a sus movimientos rítmicos y así dura unos minutos con el fin de que el público aprecie y goce de una gran alegría y admiración.
El toque de las cuchillas: este cambio de toque se realiza cuando los toreadores se juntan en parejas, al tiempo que van girando en redondel, entrecruzando las cuchillas en forma de tijeras y sonándolas al ritmo del tambor.
El Cortés en este momento brinca a la primera pareja y se une a sonar o tocar también las cuchillas, enseguida pasa a la siguiente pareja haciendo lo mismo, así sucesivamente hasta recorrer las parejas de toreadores, terminando este tipo de toques.
El toque de guerra: este es el toque que se realiza al terminar de sonar la cuchillas, donde el Cortés, al oír el fuerte y misterioso sonido del tambor, con su propia cuchilla pinta una línea curva en el suelo, en forma de media luna, dando a entender que ¡nadie! deberá entrar o pasar hacia adentro del área marcada y quien así lo hiciere tendrá que enfrentar al Cortés que bailando al ritmo del tambor y en forma burlona se prepara para atacar; el cajero por su
parte mantiene el ritmo del tambor acelerado y de manera misteriosa, entonces el Cortés voltea a ver hacia el público y mímicamente pregunta si ya puede iniciar con el primer ataque y si el público contesta afirmativamente, invita al primer toreador a que lo ataque, y cuando pasa el primero, ambos empuñan sus cuchillas, el Cortés para pegarle y el toreador para defenderse. Cuando el Cortés busca donde asestar el golpe con la parte plana de su cuchilla, el toreador levanta el gabán o zarape girando en diversas direcciones y con la cuchilla hacia adelante se protege del golpe, sin golpear al Cortés, si logra esquivarlo que bueno, pero si no, recibe un sonoro golpe, que el público festeja.
Así sucesivamente le toca el turno a uno y otro hasta que pasan todos. Se repite la acción las veces necesarias con el fin de dar un tiempo de regular al juego. Nadie se salva de un golpe del Cortés. Son muy pocos los virtuosos a los que nunca les golpea, porque saben evitarlo con mucha habilidad, lo cual es conocido con el término local de “quitarse los golpes”.
El Cortés cada vez que ataca se pone a bailar, dura un buen rato atacando y bailando, el toque del tambor continúa de manera animada. Según la intensidad de la pelea, así mismo va el ritmo del tambor.
Enseguida, según la costumbre, el dueño de la casa donde se bailó obsequia una ofrenda al Cortés, puede ser tequila, frutas, una cajetilla de cigarros o cualquier otro objeto; el Cortés la recibe dando muestras de alegría o agradecimiento por el obsequio, se lo enseña al público, así como a los toreadores, pero sin dejar de bailar, es entonces cuando los toreadores lo amenazan con quitarle el regalo, el público participa gritando ¡vuélvete loco Cortés! y él, furioso por los silbidos, gritos y reclamos obedece al público y en ese momento sale de la pista desesperado, sorprendiendo al público recorriendo el exterior, la gente se dispersa sin saber hacia dónde correr a esconderse, enseguida el Cortés regresa a la pista a seguir la danza, los toreadores vuelven a participar un poco más en el evento; tratan de quitarle la ofrenda sin que este lo permita, ellos luchan por lograrlo hasta dominarlo, una vez que le quitan el obsequio lo torean un poco más para terminar con el juego.
El toque final, se realiza al terminar el evento, dando tres toques seguidos en dos repeticiones y otros cuatro toques continuos al final. Concluyendo así el programa.
La danza del Cortés se baila el 12 de diciembre, en Navidad y en Año Nuevo. Además se baila por gusto, a veces hasta en un cumpleaños. También ha sido común que la danza del Cortés encabece los cierres de campaña de cualquier partido. Al fin y al cabo hay  danzantes para todas las expresiones políticas.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Crónicas del palacio VIII


Víctor Cardona Galindo
Hasta 1994, a las seis de la mañana, se escuchaban los tambores a lo lejos, eran las dianas del 49 Batallón de Infantería, que despertaban a todos a la misma hora. Los tambores eran el despertador de la gente del pueblo, “levántate para que te vayas a la secundaria, ya están sonando los tambores”. “Ya iba llegando a la terminal cuando estaban los tambores”, eran comentarios que se escuchaban.
Los Supermachos es una revista que publicaba
 en los años setentas, este número está dedicado
 a Lucio Cabañas Barrientos precisamente en los
 días en que el guerrillero atoyaquense tenía 
secuestrado al senador Rubén Figueroa Figueroa. 
Foto: Archivo Histórico Municipal de Atoyac.

El sonido de tambores comenzaba temprano y duraba todo el día. La “diana”  a las seis se escuchaba más fuerte por el silencio de la mañana;  a las siete tocaban para llamar al desayuno. A las ocho otro toque para pase de lista. A las nueve de la mañana llamaban al personal que iba a Academia. A las 13 horas llamada a la tropa. A las dos de la tarde toque de comida. A las cuatro de la tarde daban orden del día y se daba otro toque para mandar a los arrestados. Y a las 21 horas se tocaba silencio y se apagaban las luces en el cuartel.
Las instalaciones del viejo cuartel militar de Atoyac comenzaron a edificarse el 22 de junio de 1971, bajo la supervisión del teniente ingeniero constructor Julio Urrutia. El director general de armas de ingenieros militares era el general de brigada ingeniero constructor José María Alba Valle, La pescada.
El edificio se construyó en el paraje conocido como Los Pozos de Tierra que pertenecía a varios propietarios, entre ellos a Clara Santiago y Mario Rodríguez Núñez, quien le había comprado a Paula Pinzón y una porción a la familia Mariscal. No hubo compra, simplemente los terrenos se tomaron prestados.
Se construyeron 10 barracas para dormitorios, un comedor, pequeñas cabañas para comandancia y sección sanitaria. Había una loma que se rebajó para patio de honores. Después de la edificación de las galeras se construyeron residencias para jefes y oficiales y casitas para la tropa.
En un principio el 50 Batallón tenía su cuartel en El Calvario, en un edificio que construyó el presidente Rosendo Radilla Pacheco en 1956, pero esas instalaciones castrenses en abril de 1972 cambiaron de función, como lo informó El Rayo del Sur en su nota del 30 de abril de ese año. Al concluirse los trabajos del cuartel de la colonia Mártires, “El día 28 del mes próximo pasado el coronel Macario Castro, comandante del 50 batallón de Infantería con sede en esta misma población, en solemne ceremonia en la que participaron autoridades civiles y fuerzas vivas de la localidad, hizo entrega a las 17 horas, a las esposas de los miembros del Ejército que radican en la población, del edificio que fuera hasta esa hora el cuartel militar de la plaza. Ese cuartel quedó convertido en una casa de trabajo para las mujeres de los miembros del Ejército, que comenzaron a desarrollar ahí una especie de patronato con actividades sociales”.
En esas fechas los militares participaban de manera armónica en las actividades de las autoridades civiles, muestra de ello es que el Comité Pro-festejos del primer centenario de la ciudad de Atoyac de Álvarez 1872-1972, que se celebró del 18 al 25 de junio de 1972, estuvo encabezado por el doctor Juventino Rodríguez García como presidente y Wilfrido Fierro Armenta como secretario. Pero además figuró como director de actividades cívicas el comandante del 50 Batallón de Infantería el coronel Macario Castro Villarreal.
Aunque ya para la segunda parte de ese año, la autoridad civil tenía roses violentos con el Ejército. El 14 de septiembre de 1972, el comandante de la Policía Urbana Municipal José María Patiño Aparicio informaba mediante un oficio a sus superiores: “Siendo 12: 15 de la noche se registró un escándalo en el interior del cabaret El Cha cha cha ocasionado por soldados federales que exigían más horas extras de las acostumbradas, debido a que el dueño del establecimiento les seguía dando servicio, cuando la policía los andaba sacando del establecimiento llegó un subteniente profiriendo insultos en contra de la policía, y cuando el segundo comandante le habló para que guardara compostura los soldados, se le echaron encima lográndose zafar en el forcejeo, perdiendo un cargador de 38 súper con cartuchos. Un soldado andaba ebrio y uniformado, también el oficial andaba uniformado y no hizo nada por su parte por controlar los soldados”.
Desde principios de 1971 había llegado de la Ciudad de México el 27 Batallón de Infantería encabezado por el coronel Máximo Gómez Jiménez, pero el día primero de febrero de 1973 se hizo cargo de esa unidad militar el teniente coronel Alfredo Cassani Mariña, con él se acabaron las buenas relaciones entre el Ejército y el Ayuntamiento. Todos eran sospechosos de apoyar a la guerrilla de Lucio Cabañas Barrientos.  
Esta actitud coincide con algunos informes que afirman que, a partir de 1973, tomaron el mando del combate a la guerrilla los egresados de la escuela de las Américas, con lo que se endureció la ocupación militar en las comunidades de la sierra y el bajo del municipio de Atoyac.
“Siendo las 8:25 pm del día 22 de abril del actual, se detuvo al individuo Sabastiel Romero Adame, por gritar viva Lucio Cabañas, y los soldados que andaban de vigilancia le cortaron cartucho”, informaba el comandante José María Patiño Aparicio al presidente municipal Silvestre Hernández Fierro, el 23 de diciembre de 1973. Es que esa ocasión la policía le ganó a los militares en detener a ese incauto que ebrio gritaba vivas a Lucio Cabañas.
A los pocos meses en un asalto sorpresivo, el 30 de septiembre de 1973, el Ejército se llevó todo el banco de armas del Ayuntamiento. Eran las siete de la tarde cuando los militares rodearon el Palacio Municipal, con el pretexto de que los policías preventivos habían detenido a un soldado borracho. El teniente coronel Alfredo Cassani Mariña localizó al soldado y lo sacó de barandilla para llevárselo a rastras. Mandó traer con patrullas militares a los policías que estaban de descanso y los reunió fuera de la comandancia y les mentó la madre diciéndoles que no tenían derecho a detener ningún soldado aunque anduviera borracho. Porque cualquier militar hasta el más pendejo de su batallón “es su padre”, les gritó.
En una sesión extraordinaria de cabildo el 1 de octubre de 1973, el presidente municipal Silvestre Hernández Fierro y los regidores: Rafael Hernández Pinzón, Genovevo Galeana Radilla, Bertana Jacinto López, Filiberto Radilla Reyes y Eutimio Flores Ávila discutieron la ofensa que el Ejército había hecho al Ayuntamiento.
“Esa paz que anhelan todos los pueblos de la tierra, ha sido quebrantada en nuestra cabecera, por la violencia e incomprensión de los militares que, apartándose de su sagrada misión que la patria le ha encomendado a nuestro glorioso Ejército Mexicano, abusando de su autoridad, a las diecisiete cuarenta y cinco horas, y, al mando del ciudadano Corl. Alfredo Cassani Mariña, comandante del 27 Batallón de Infantería, asaltaron al Palacio Municipal y la Comandancia de la Policía; se robaron las armas, veintiocho cartuchos útiles, dos cargadores y $275.00 que por concepto de multas, se guardaba en dicha oficina y, por si lo anterior fuera poco, golpearon y lesionaron a los ciudadanos Benito Ríos García, segundo comandante de la policía urbana y Eligio Borja Francisco, policía municipal, éste último presenta fracturas de cráneo”.
Los regidores acordaron: “Tomando en cuenta que ya son varias la ocasiones en que el Ejército destacamentado en esta ciudad, comenten actos que siembran la zozobra e intranquilidad entre la ciudadanía, por sus frecuentes escándalos en estado de ebriedad y de esto ya constan antecedentes, entre otros, los que se asentaron en acta de cabildo de fecha 23 de marzo de 1972, elevose una protesta respetuosa pero enérgica ante los C.C. Presidente de la República, Gobernador del Estado, y H. Congreso local, por considerar que el asalto, el robo, las lesiones y el abuso de autoridad, cometidos por el Coronel Alfredo Cassani Mariña comandante del 27 Batallón de Infantería, oficiales y elementos de tropa, constituyen actos violarios a los preceptos legales que consagra la Constitución General de la República y la de nuestro estado libre y soberano de Guerrero”. De no ser respetados por las fuerzas militares, los integrantes del Ayuntamiento estaban dispuestos a retirarse de sus funciones.
Ya para entonces los choques entre la policía municipal y el Ejército eran constantes. La policía estaba encabezada por el comandante más “güevon” del que se tenga memoria José María Patiño Aparicio, Chema. “Si yo hubiera estado cuando asaltó en Ayuntamiento, nos hubiéramos partido la cara a balazos”, le habría dicho a Cassani Mariña. Y es que Chema les dio “piso” a varios soldados que quisieron brincar su autoridad. Cuando Chema andaba en su ronda los borrachitos se subían solitos a la patrulla. Se le respetaba por su valor.
Según un informe para el 22 de septiembre de 1974 había 2 mil 291 militares en la zona de Atoyac, integrados en el 19, 27, 32 y 38 Batallones de Infantería de la 27 zona militar, que eran reforzados por mil 799 soldados de la 35 zona militar de los Batallones de Infantería 40, 59, 50. Además 178 soldados del Tercer Batallón de Infantería con matriz en el Campo Militar Número Uno, 212 militares más del 56 Batallón con matriz en el Campo Militar Número Uno y 281 efectivos de la Tercera Brigada de Fusileros Paracaidistas con sede en el Campo Militar Número Uno. Si sacamos la cuenta eran 4 mil 762 soldados cercando la zona de conflicto. Eran muchos soldados, que cuando salían francos abarrotaban los bares y cantinas. Eran famosos los cabarets El chachacha y La Copa de Oro. Los soldados llegaban a los bares y no permitían que cerraran, los mantenían abiertos a altas horas de la noche violando el reglamento. La autoridad municipal no hallaba que hacer con tanto escándalo.
Son los tiempos de la leyenda negra del actual Palacio Municipal o La Ciudad de los Servicios. El “Cuartel de la Mártires” fue el lugar donde las madres, esposas y familiares de los detenidos por el Ejército en la década de los setentas llegaban hasta la pluma que está en la entrada y luego de preguntar por sus familiares un oficial les contestaba que ahí no era cárcel. Las viejas instalaciones traen los recuerdos de aquel tiempo cuando siete batallones apoyados con tanques de guerra, aviones y helicópteros ocuparon todos los pueblos de Atoyac.
Muchos, acusados de guerrilleros o “bastimenteros” de Lucio Cabañas, cayeron prisioneros en este cuartel y para sacarles información, el trato que les daban era incalificable. Los torturaban de forma brutal: toques eléctricos en los genitales y en los oídos, con un cuchillo les picaban sus partes nobles. Los golpeaban en el cuello, en el estómago y en las costillas. Les picaban las uñas con agujas. Todas las noches les aplicaban las mismas torturas. Cuando tenían sed les daban de tomar en un casco agua con jabón o de a tiro del excusado. Algunos de los sobrevivientes lloran al recordar esa tortura, otros quedaron con secuelas para siempre como es el caso de Enrique Chávez Fuentes.
Los bañaban con agua fría para que la ropa siempre tuvieran mojada, así los golpes y lo toques eléctricos eran más efectivos. Con los ojos vendados, los colgaban de los testículos o de los dedos de los pies. Les llenaban el estómago de agua y se les subían encima o los metían de cabeza en un tambo de agua y los quemaban con cigarros. Esas torturas duraban 15 días, por eso muchos no aguantaron y murieron.
Algunos no sobrevivieron cuando los aventaban desde los helicópteros antes de aterrizar, los cuerpos rebotaban en el pavimento, ahí comenzaba la tortura cuando los traían por aire. Esa fue la suerte de muchos que recogieron los helicópteros en las canchas de sus pueblos. Los sollozos en las barracas eran continuos, lloraban las mujeres, también los jóvenes y los hombres maduros, al sentirse abandonados, alejados del poder de Dios y en manos de estos hombres vestidos de verde.
Hay testimonios que algunos detenidos los metieron por atrás de la tienda Sedena que estaba al frente del cuartel, que las máquinas trabajaban de noche en las inmediaciones del canal. En las excavaciones, realizadas por la Procuraduría General de la República (PGR), nada han encontrado, al menos todavía nada, las excavaciones se reanudarán el siguiente año. Algunas veces el Ejército rentó camiones a particulares que regresaban con arena de playa entre las llantas. El Ejército hizo un gran cementerio ese mar de monte que es la sierra de Atoyac, para muestra El Posquelite, Los Corales y la entrada al Puente del Rey. En el Manzano cuatro indígenas a los que les apodaban Los Zopilotes fueron asesinados por Ejército en 1972. Muchos testimonios dicen que un sin número de prisioneros fueron arrojados al Océano. Simón Hipólito y Carlos Montemayor mencionan que el mar arrojó huesos frente a la Hacienda de Cabañas. En su novela Las Pausas Concretas Roberto Ramírez narra sucesos extraños que ocurrieron en el cuartel de Atoyac y Felipe Fierro escribió un cuento “El tercer soldado” donde rememora los hechos cruentos ocurridos en éste lugar.

Camino a Los Valles


Víctor Cardona Galindo
Se dice que el pueblo de Los Valles se llama así porque está asentado en tres pequeños planes, pero mi tía Filomena Galindo que nació en 1929 me comentó que su nombre original fue Los Bayos, por las barrancas de tierra roja que hay a su alrededor. Con el tiempo y por la intervención de los funcionarios que midieron el ejido se le denominó como se conoce ahora: Los Valles.
La piedra del mono. En el camino a Los Valles.

El pueblo fue fundado en los terrenos de Octaviano Peralta, por Tomas Lugardo, Fortino Galindo, Bernardo, Felipe y Agustín Reyes. Los Castro tenían tierras en Tlacolulco, y los Dionicio vivían en La Frondosa antes de asentarse en Los Valles. Vicente Dionicio y sus hijos eran peones del terrateniente Octaviano Peralta, uno de ellos Luciano Dionicio Reyes anduvo en  la revolución, fue maestro de música y perteneció a la banda que traía el batallón del general Silvestre Mariscal.
Todas las familias que se asentaron en el lugar eran arrendatarias, por eso en Los Valles, Zacarías Martínez comenzó un solitario movimiento agrarista. Con pedazos de cartón y carbón ponía letreros: “el que cobre renta lo mato y al que pague renta lo mato”. El terrateniente le tenía miedo por que Martínez era valiente.
Ir caminando a Los Valles es muy bonito, pero también muy riesgoso. El camino tiene mala fama, de él se cuentan muchas historias y han sucedido casos que ahora vamos a comentar.
La carretera a Los Valles se construyó en 1972 cuando tenía yo un año de nacido. A Pancho Gómez se le hizo un nudo en la garganta cuando el gobernador Israel Nogueda Otero le dijo a un subalterno, “ponga atención a la demanda del juez menor: se le va conceder todo lo que pida”; con la brecha llegó la luz y luego el agua potable.
En el tiempo que se abrió la carretera los trabajadores encontraron muchos monolitos y figuras de barro, que los ingenieros se llevaron, otros los vendieron a las familias pudientes de Atoyac que completaban su colección de la cultura mezcala y olmeca. Una brecha que se abrió en gran parte a pico y pala, sin mucha planeación porque tenía el objetivo de cercar a la guerrilla de Lucio Cabañas que se movía por esos cerros encantados de la sierra.
Es un camino poblado de cacahuananches, unos árboles mágicos, de cuyas flores se alimentan las iguanas y al reventar sus vainas emiten un sonido similar al disparo de un rifle calibre veintidós. Son los asoleaderos preferidos de los chicurros, porque sus hojas curan la sarna que suelen padecer esos tordos. Cuando los chicurros toman el sol sobre la hiedra que crece en la cima de un cacahuananche, forman una gran alfombra negra que se desbarata con desparpajo a la menor amenaza de peligro. Un baño de agua en que se hirvieron hojas de cacahuananche sana la fiebre. Sus flores son moradas y dulces, de ahí las abejas extraen una miel morena agridulce que no se cristaliza.
Es un árbol que a veces sólo tiene vainas, a veces sólo flores y a veces sólo hojas. No sirve para sombra porque la mitad del tiempo está pelón. Pero sí es bueno para cerca viva, porque sembrando un tronco en la humedad pronto echa raíces. Florea en enero, como el mango y la retama. El ciruelo muestra sus pequeñas hojas, el zazanil está amarillo, la retama se enciende y brotan los primeros manguitos, mientras el cacahuananche está morado.
En el camino a Los Valles está La Piedra del Mono, así le llama la gente, pero parece la imagen de un guerrero que nuestros antepasados esculpieron en esa roca, en la cabeza se ve un penacho. Seguramente tiene un significado que los antiguos pobladores quisieron transmitirnos: tal vez marca la llegada de los aztecas que vinieron a conquistarlos en 1498, pero también se ve que la imagen carga algo, por eso tal vez represente una antigua ruta de los viajeros. La piedra está adelantito de San Andrés, en la primera lomita donde ya se divisan Los Valles y las palmeras de cayaco crecen majestuosas entre los potreros.
Arribita de ahí encontraron una cueva, con muchas ollas llenas de piedras preciosas. Tenía dibujadas figuras alrededor y había restos humanos. Los cazadores que la descubrieron quisieron guardar la riqueza sólo para ellos y nada dijeron de la ubicación, iban y venían a ella furtivamente hasta que el huracán Tara tapó la entrada. Se deslavó el cerro y se perdió el rastro. Así quedó sepultado un vestigio de las antiguas civilizaciones que habitaron esta selva.  
Desde la piedra del Mono se ven Los Valles, da la impresión que cortando por el monte se llega más rápido, pero meterse a los potreros ni pensarlo: es el reino de las pinolillas y las conchudas de tigre que se meten entre los dedos y en los testículos. Sólo con agujas se sacan, una vez ya padecí de eso y me dio hasta fiebre.
Lo más seguro es seguir por esta carretera de mariposas hurañas y de riegos incipientes. Camino de parotas y de grandes piedras que en algunos tramos parecen venirse encima. Este es un camino donde El Diablo no pasa porque en cada tramo espera una cruz, testimonios quietos de la violencia, esa violencia nuestra que nunca nos deja y que venimos heredando desde nuestros abuelos. De todos los que han perecido en camino sólo algunas cruces sobreviven por el cuidado de los familiares. La primera que se encuentra es la de Efraín Castro quien murió asesinado el 9 de noviembre de 1977. Sus familiares le pusieron una jaula de fierro a la cruz, por eso se conserva blanca en el cerrito. Una reciente y reluciente cruz blanca es la de Rubén Dircio Saldaña, muerto a tiros por un grupo de encapuchados el 20 de agosto del 2012. Luego en la descolgada está la cruz de Adela Castro asesinada el mismo día que su hermano Efraín.
La cuarta de esas cruces marca el lugar donde cayó abatido Sabás Peralta y a su lado nace una flor de cempaxúchitl, fiel a su destino de flor de muertos.
Sabás Peralta Juárez murió peleando, un día miércoles 13 de noviembre del 2002 por la mañana. Él era comandante de la Policía Comunal y líder político de Los Valles. Los testigos dicen que en la camioneta pasajera de la línea Transportes Unidos de la Sierra de Atoyac (TUSA) viajaba Sabás y al llegar al paraje conocido como La Curva de la Parota, se encontraron con un obstáculo de piedra en la carretera. De todos lados salieron asaltantes encapuchados que portaban armas de grueso calibre e iban vestidos de civil. En un arrebato de valor el líder campesino sacó una pistola 380 y se dio de balazos con un asaltante cercano, pero otro le disparó de lo alto de la barranca dándole muerte a un lado del camino. Cuando llegaron los policías comunales con los que venía Alejandro Galindo Cabañas, sólo encontraron unas gotitas de sangre que fue dejando uno de los asaltantes herido por Sabás. Siguieron la huella y la perdieron al llegar a Mexcaltepec. El cuerpo fue levantado por Enrique Rodríguez Álvarez, comisario de Los Valles, y llevado en una camioneta a su casa donde fue velado. De Sabás sólo quedó el recuerdo: de cuando representaba a Mahoma en la danza de Los doce pares de Francia, su trayectoria como político y esa cruz en el camino.
Más adelante, está el lugar donde murieron los policías judiciales que fueron emboscados el viernes 7 de octubre de 1994. Este hecho puso a Los Valles en la mira de la opinión pública nacional y la gente vivió en la zozobra. Todo comenzó el miércoles 5 de octubre cuando el comisario municipal de La Cebada, Pablo Guerrero Adame y su acompañante el campesino Catalino Galeana Zamora fueron asesinados por un desconocido comando armado.
En se tiempo a La Cebada se iba por la carretera San Andrés-Camarón, por eso el viernes 7 de octubre, un grupo de judiciales comandado por Nicasio Galeana Contreras subió por la mañana a ejecutar órdenes de aprehensión y auxiliar a la familia de los campesinos asesinados que buscaban abandonar la comunidad. Cuando venían de regreso a las siete de la noche un grupo armado los emboscó en el lugar conocido como El Chorrito. En la balacera resultaron muertos los agentes judiciales: Nicasio Galeana Contreras, Armando Ignacio Díaz, así como la señora Perfecta Jiménez de los Santos de 60 años de edad esposa de comisario  asesinado. Los heridos fueron Sandra Castro Guerrero de siete años de edad, quien recibió un balazo en la pierna, así como los judiciales: Sergio Téllez Navarrete,  Alejo Téllez Navarrete y José Luis Victorino Castro. Únicamente el agente Rodolfo Núñez Ochoa salió ileso. Mientras el comisario suplente de La Cebada, Cruz Castro García, fue herido de un pie por un balazo que le dio un moribundo agente de la judicial.
Alejo Téllez Navarrete y José Luis Victorino  Castro, aun lesionados se metieron al monte y durmieron en los árboles protegiéndose de sus atacantes. Por la noche 25 judiciales acompañados de 80 campesinos de Los Valles peinaron la zona, en la búsqueda de dos agentes que estaban en calidad de desaparecidos. En el lugar de los hechos se encontraron más se cien cascajos de Cuernos de Chivo y 38 súper.
El agente José Luis Victorino Castro llegó a la comandancia en Atoyac a las 11 y media de la mañana del sábado gravemente herido de tres impactos de bala. También aparecieron con vida Josefa Jiménez Guerrero Jiménez y su hijo recién nacido, quienes viajaban en la camioneta de la judicial. La alcaldesa María de la Núñez Ramos informó que la niña herida era nieta del comisario de La Cebada recién asesinado y que los civiles eran trasladados a la ciudad de Atoyac en la camioneta de la judicial.     
“Los elementos de la policía judicial habían subido a la sierra con la finalidad de darle cumplimiento a una orden de aprehensión y de regreso, el grupo de hombres armados que mantiene la zozobra en la sierra los acribillaron sin darles la oportunidad de defenderse”, escribió Pablo Alonso Sánchez el 9 de octubre en el Diario 17.
De inmediato la policía judicial responsabilizó de la emboscada a Cayetano de la Cruz Galeana y oficialmente informó que los dos agentes desaparecidos, José Luis Victorino Castro y Alejo Téllez, fueron encontrados caminando por la carretera que conduce a Mexcaltepec.
Por eso ir a pie a Los Valles es caminar con miedo, aunque las campanitas o quiebra platos, como le llamamos a esas flores blancas y moradas, salgan a rozarnos los pies. Es encontrar milpas entre peñascos, lagartijas que salen a saludar y chicurros que atraviesan a cada momento volando. Escurrimientos de agua por doquier. Porque en el camino a Los Valles nadie se muere de sed. Para mayor dato diré que lo cruzan cuatro arroyos chiquitos: El arroyo de David Rebolledo, el de Las Mariposas, El arroyo del Tejón, El Chorrito, que está donde mataron a los judiciales, y casi al llegar el Arroyo Grande. Se escucha el líquido caer y pasar por las alcantarillas, mientras los pericos cantan desordenados en los árboles.
Me viene el recuerdo el comentario que Evelia Jacinto fue comida por un animal salvaje en el cerro de La Frondosa, no lejos del camino a Los Valles. Se dice que encontraron la pura ropa entre los riscales de los terrenos de Francisco Fierro Galindo y que hace poco Artemio Márquez mató un jaguar que se movía hambriento por esos lugares.
A medida que uno se acerca al pequeño caserío asoman los árboles de limones dulces, guanábanos, muchos guanábanos y las aves con su colorido vuelan atravesando el camino. En las laderas abundan flores rojas, blancas y moradas que adornan los pedregales en cuyo centro crecen majestuosas las palmeras de cayaco.
Y mientras se avanza cambia el panorama. Canta alegre el Luis en la copa de los mangles y la melodía del jilguero parece surgir de lo profundo de la fronda, el cafetal crece en silencio y deja ver sus lunares rojos de cereza, los pájaros carpinteros dejan escuchar su sonora sinfonía probando los tonos de los árboles: no suena igual el mangle, el encino o el ocote. La urraca vuela escandalosa, las hormigas negras conocidas como tumecas cruzan con calma el camino arriesgándose a las pisadas y a las llantas de los carros. Un gavilán canta lastimero en la loma, la caña agria crece esplendorosa y el guarumbo despunta compitiendo con la parota.
Las mariposas con sus flores blancas crecen en la ribera del arroyo grande. Las cristalinas aguas me hacen pensar que tal vez ese sea el reflejo de la comunidad, porque así como en el arroyo grande confluyen todos los arroyitos de las hondonadas para formar el caudal que después se incorpora al río Atoyac. Así en el pueblo confluyen muchas historias de vida que van buscando su cauce, y tal vez el pueblo también esté secándose como el arroyo que envejece con nosotros.