domingo, 5 de junio de 2016

Guerrilleros IX


Víctor Cardona Galindo
“Le resultaba difícil aceptar que dos hombres hubieran salido ilesos del accidente. Y especial que se tratara de los que venían en el asiento delantero”, reflexiona un soldado en Guerra en el Paraíso quien pensó: que Bracho no tardaría en caer. “Ahí, en alguna parte de esa oscuridad de la sierra, estaba apresado, acorralado. No tendría escapatoria. Tendría que pisar en algún momento esta carretera. Habría que esperar, solamente”. Así fue.
José Bracho Campos y Salvador Flores Bello, se habían alejado del lugar del accidente, en el que murió Genaro Vázquez, caminando por el monte. Los fugitivos iban a oscuras alejados de la carretera, pero siguiendo un curso paralelo, en un terreno lleno de profundas barrancas, totalmente desconocido por ellos y en la zona, la guerrilla, no tenía ni la más mínima base de apoyo.
José Bracho Campos cuando fue detenido
por primera vez en 1966, después de salir de
la cárcel se integró a la vida clandestina con
Genaro Vázquez y finalmente fue apresado
 nuevamente, muy mal herido, después del
accidente en que murió el líder de la
Asociación Cívica Nacional Revolucionaria
(ACNR).
Foto Anexo fotográfico del
 informe de la Comverdad.

Como Bracho perdía mucha sangre, decidieron que Flores Bello saliera a pedir un raid para conseguir ayuda. Cuando se disponía a abordar un autobús, el 3 de febrero, fue detenido por unos caballerangos colaboradores de la policía y luego entregado al Ejército. Flores Bello tenía heridas en una pierna, en la cara y en la garganta. Iba descalzo llevaba únicamente los calcetines.
El Sol de México informó el 5 de febrero, “Bracho abandonó a Salvador en el Parque Nacional José María Morelos y Pavón, a unos 9 kilómetros del puente contra el que se estrelló el vehículo. Allí fue descubierto por unos caballerangos, que reportaron su hallazgo al administrador de ese centro de recreo, Juan García Vázquez, un hombre de 67 años de edad, que en un rasgo de valentía aprehendió y puso en manos de las autoridades a este fugitivo”.
Mientras tanto Bracho, ante el patrullaje permanente, continuó su marcha sin rumbo fijo. Después de dos días, sin probar agua ni comida y con una herida infectada, a unos kilómetros del lugar del accidente, se acercó buscando comida a una casa construida en medio del follaje de la zona forestal José María Morelos y Pavón. La familia se asustó al verlo por su aspecto, madre e hija salieron corriendo para dar aviso a las autoridades del pueblo.
Mientras el hombre de la casa se negó a venderle comida y dio inmediatamente parte a la policía de Morelia, por eso soldados de la XXI Zona Militar y agentes de la Policía Judicial del Estado en unas cuantas horas lo cercaron. Se informó que unos campesinos avisaron, a los miembros de una patrulla militar volante, que un hombre vestido con chamarra negra, camisa morada y pantalón azul claro, que iba herido y armado con una metralleta, obligaba a los campesinos a darle de comer. Esa versión seguramente era un rumor propagado para meter miedo en la población, porque aunque Bracho llevaba una pistola calibre .45 nunca amenazó a campesino alguno.
Dieron con él cuando ya no podía ni ponerse de pie. Mareado, deshidratado y desangrado fue detenido por el Ejército. Excélsior publicó: “Hambriento, enfermo, con una lesión en la frente, la cara con sangre recesa, la ropa desgarrada y tiritando de fiebre, José Bracho Campos –lugarteniente de Genaro Vázquez Rojas- fue capturado ésta mañana a las ochos horas, entre matorrales por el Ejército”.
Después que el capitán realizó dos disparos al aire, el guerrillero salió arrastrándose de su escondite entre la maleza. Lo primero que hizo fue pedir de comer a los soldados. “Su faz lo expresaba todo. Los ojos hundidos, pálido, la barba crecida. Una lesión bastante grave en la frente que le dejó la cara manchada de sangre. Casi no podía hablar, balbuceaba. La mirada, clavada en el piso. Cuando comenzaron a hacerle preguntas sólo movía la cabeza para afirmar o negar”, decía Excélsior.
De acuerdo a los datos del periódico, Bracho Campos fue capturado en Triguillos, el 4 de febrero a cuatro kilómetros del lugar del accidente, que a su vez está a unos doce kilómetros de la ciudad de Morelia, sobre la carretera de Mil Cumbres. La zona había sido acordonada por elementos de la XXI zona militar y por agentes de la Policía Judicial del Estado, así como los servicios de seguridad de esta población.
Fue trasladado casi inconsciente al campo militar de Morelia, y posteriormente a las 14: 30 de la tarde un avión de la Fuerza Aérea Mexicana lo llevó a la Ciudad de México, pasó por el Hospital  Militar, donde fue torturado para que declarara quien sería el sucesor de Genaro. Se comenta que José Bracho salvó su vida gracias a la profunda difusión de la noticia de su detención. Y ante la falta de atención médica estuvo a punto de perder el ojo izquierdo.
Mientras tanto “el licenciado José Rojo Coronado solicitó el amparo de la justicia federal ante el juez segundo Distrito, licenciado Raúl Jiménez O’ Farrill, en favor de las dos mujeres que resultaron lesionadas en el choque automovilístico en que perdiera la vida el guerrillero”, informaba Ovaciones el 4 de febrero. Dos días después Sabina Ledesma Javier y María Aguilar Martínez fueron puestas en libertad por “falta de pruebas”, bajo las reservas de ley.
El 9 de febrero de 1972 fueron presentados y consignados los militantes de la ACNR, secuestrados por soldados, agentes de la Dirección Federal de Seguridad y de la División de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia, entre el 22 y 24 de enero, los doctores Eugenio Méndez Bravo y José Gutiérrez Martínez, los profesores Jorge Mota González, Fausto Ávila Juárez, Abelardo Contreras Castro, Pedro Contreras Javier y Felipe Mota Hernández, y el licenciado Alfonso Pliego García.
A esas fechas se propagaba la idea que el accidente pudo ser provocado. Desde la cárcel de Morelia, Salvador Flores Bello, tuvo que enviar una carta a la revista Porque? Para defenderse y decía “me hacen aparecer como ‘responsable intencional’ del accidente automovilístico del 2 de febrero del presente año en el que por desgracia resultara herido el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas del ACNR, Genaro Vázquez Rojas. Es arriesgado afirmar las posibles causas del accidente, pero el pueblo mexicano, que juzga con acierto, sabe perfectamente que un combatiente con una ideología y trayectoria de acción definidas, es incapaz de ejecutar acciones suicidas como esta”.
Dice que cuando lo detuvieron los soldados no denunció el lugar donde se encontraba José Bracho Campos, que estaba a sólo 50 o 70 metros de distancia, a pesar de las torturas de las que fue objeto. Comenta que salió a la carretera con el objeto de “tomar prestado” un carro para poder salir del área de peligro.
Denuncia que “desde el momento en que me apresaron fui salvajemente torturado a pesar de la gravedad de mi estado de salud, incluso después de estar en los cuarteles militares de Morelia y de la Ciudad de México”.
Febrero de 1972 se convirtió en un mes trágico para el movimiento armado socialista mexicano. El día 6, tan sólo cuatro días después de la muerte de Genaro, cayó abatido por las balas de la policía en el Distrito Federal, Raúl Ramos Zavala, la figura más importante del proyecto formativo de la guerrilla urbana en el ámbito nacional.
Arturo Miranda nos narra, en su libro El otro rostro de la guerrilla 40 años después, que regresó el 10 de febrero de 1972 a Cuernavaca para intentar reestructurar a la ACNR, sin embargo ese mismo día, delatado por su tío, a las 8 de la noche fue detenido por agentes judiciales comandados por Francisco Bravo Delgado, La Guitarra, el célebre asesino al servicio del gobierno del general Raúl Caballero Aburto. Tres horas después fue entregado a la Dirección Federal de Seguridad y trasladado a la Ciudad de México. Durante nueve días fue brutalmente torturado física y psicológicamente a manos, entre otros, de los comandantes Rocha Cordero, Obregón Lima y Salomón Tanúz, en una cárcel clandestina de la DFS ubicada en Tepepan, cerca de Xochimilco.
El 19 de febrero fue trasladado fuertemente escoltado por agentes federales a Chilpancingo donde fue entregado a la Policía Judicial del estado y recluido en una celda llena de campesinos acusados de colaborar con la guerrilla. Finalmente el 22, después de doce días de desaparecido, Arturo fue presentado a los medios de comunicación. Se le consignó y recluyó en la Penitenciaría General del Estado, en Chilpancingo, acusado del secuestro del doctor Jaime Castrejón Díez.
El mismo día en que Arturo ingresó a la Penitenciaría del Estado en Chilpancingo, fue encarcelado ahí mismo José Bracho Campos. Para ese entonces ya se encontraban en prisión Vicente Iraís, Carmelo Cortés Castro, Carlos Ceballos Loya, Gabriel Barrientos, los hermanos Mota, Fausto Ávila, Cliserio de Jesús, Pedro Contreras, Eugenio Martínez Bravo y José Gutiérrez, Justino Piza, José Garay y Marcos Saldaña, todos acusados de participar en los secuestros del Donaciano Luna Radilla y de Jaime Castrejón Díez. Pronto llegó Gregorio Fernández como consecuencia de las delaciones que realizó Salvador Flores Bello.
Bracho fue torturado durante quince días, las secuelas del accidente le dejaron, decía la revista Porque?, “un trozo de carne colgando de la ceja izquierda, dificultándole la vista y obligándole a levantar la cabeza para distinguir a la persona con la que habla”. Una impresionante herida de veinte centímetros dividía el lado izquierdo de la cara del revolucionario guerrerense.
Ya en la cárcel de Chilpancingo Bracho dio a conocer su versión: “Anduve caminando cuando pude durante tres días en un remoto intento de llegar a la sierra. Perdí el conocimiento como tres veces en ese lapso, pero logré internarme como unos 25 kilómetros orillando la carretera, ya que no conocía el lugar, hasta que al tercer día, sin fuerza alguna ya, caí una vez más sin sentido”.
Dijo que después de su detención: “Cargando me trasladaron ante un general que se encontraba en la carretera. No me interrogó ni me dijo nada hasta que llegamos al cuartel militar. Allí un individuo bajo, de ojos claros, vestido de civil, me dio un golpe en el rostro y otros en la espalda”.
Hasta 1974 a los acusados del secuestro de Jaime Castrejón Díaz se les sentenció a condenas que iban de 18 a 20 años de prisión más la “reparación del daño” reintegrando al quejoso 2.5 millones de pesos. Por esos motivos los presos de la ACNR y del Pdlp decidieron intentar escapar de la prisión, apoyados por sus respectivas organizaciones, sin embargo los planes fracasaron por la caída en combate de Lucio Cabañas Barrientos el 2 de diciembre de 1974; en el operativo los soldados le encontraron su diario donde se especificaba dicha preparación, nos comenta Arturo Miranda.
En un recuento de los militantes caídos durante la lucha revolucionaria emprendida por la ACNR, desde Cuba los exiliados recordaron además de Genaro a los guerrilleros: Roque Salgado Ochoa, Filiberto Solís Morales, Pedro Cortés Bustos, Delfino Ocampo, Agripino de Jesús, Prudencio Casarrubias, Agustín Ocampo, Antonio Espinobarros, Santiago Morales y Germán Juárez.
Después de la caída de Genaro la ACNR como organización guerrillera se quedó sin cabeza. “La propia estructura organizativa impidió de momento sustituir con eficiencia al Comandante en Jefe, cuanto más porque el núcleo de militantes que conformaba el soporte profesional de la ACNR era muy reducido. La relación interna entre los órganos de dirección, intermedios y de base, por su compartimentación, así como la muerte del máximo dirigente, la detención del segundo en jerarquía y de algunos importantes cuadros de dirección nacional agravó esa tendencia que desembocó en el aislamiento de los militantes de base y simpatizantes”, concluyó Andrés Rubio Zaldívar en su trabajo ACNR y Genaro Vázquez Rojas.
Elementos de las zonas militares XXI de Michoacán, XXVII y XXXV de Guerrero intensificaron su campaña de persecución y aniquilamiento de los reductos de la ACNR que todavía quedaban en pie. En las siguientes semanas y meses los sobrevivientes de la organización o bien se incorporaron, sin renunciar a su organismo, a las filas del Partido de los Pobres, donde Lucio siempre los trató con amabilidad sin exigirles que renunciaran a su organización, lo que los posibilitó reestructurar y volver a impulsar su proyecto revolucionario, otros se incorporaron a las filas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Carmelo Cortés Castro.




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