viernes, 18 de enero de 2019

Crónicas del Palacio XIV


Víctor Cardona Galindo
Escribir sobre la violencia política, que se dio en mi pueblo en la década de los noventa, siempre me causa cierto dolor. Sufro al recordar a los amigos caídos y a los que tuvieron que abandonar su tierra natal. En el 2012, gracias al apoyo de la doctora Judith Solís Téllez y de Carlos Armando Bello Gómez pude viajar tres meses a Europa. Tumbado en una cama del hotel Praga en Madrid me vino una idea: “¿Y si todo lo vivido desde de 1989 a la fecha fuera irreal?”. ¿Si todo fuera fruto de mi imaginación? Sentía todo tan lejano, como si Atoyac no hubiera existido nunca y que todos los personajes, que conviven en estas crónicas, eran inventados. Pero la realidad es muy cruda. Vivo en una zona violenta y de miedo.
El padre Máximo Gómez Muños de la parroquia 
El Dios Único fue un fiel defensor del Ejército Popular
 Revolucionario, le compuso un corrido y exigió los 
cuerpos de los caídos en el enfrentamiento de San 
Juan de las Flores. Foto: Archivo Histórico Municipal.

En 1991 llegó a mis manos, por primera vez, un ejemplar de la novela Guerra en el Paraíso de Carlos Montemayor. Nunca la pude leer. Cada vez que la empezaba terminaba teniendo terribles pesadillas por las noches. Venían a mi mente recuerdos de la infancia, cuando mi familia hablaba en secreto por las noches, cuando aquellas sombras armadas emergían de la oscuridad exigiendo comida. Cuando no comíamos porque faltaba maíz y porque no había leche. En algunos pasajes de la novela terminaba llorando o con mucha rabia, con mucho coraje contenido.
Pero acá en el 2012 ¿Quién podría saber en el extranjero que los personajes y hechos que narra la novela Guerra en el Paraíso fueron reales? y que sucedieron en una zona tan hermosa como es la sierra de Atoyac. Está claro, leer Guerra en el Paraíso me causaba pesadillas porque esos hechos me afectaron directamente. Viví la ocupación militar. Así que solamente la pude terminar de leer en Berlín, muy lejos de mi pueblo, muy lejos de la geografía, los vientos y el ambiente donde ocurrió la historia. Al terminar de leer regalé el libro a un amigo peruano que conocimos allá y que nos facilitó la vida, en nuestra estancia en Berlín.  
Aun después de los acontecimientos de Guerra en el Paraíso, ésta, la llamada Tierra del Café produce muchos acontecimientos dignos de novela. Esta orografía que fue la fortaleza natural para el ejército insurgente de Morelos y que cubrió con su verde manto a los agraristas de Feliciano Radilla, Silvestre Castro, Amadeo Vidales, a los guerrilleros de Lucio Cabañas Barrientos y últimamente al Ejército Popular Revolucionario (EPR).
Por eso temas como lo que publico ahora también me lastimaban. Por eso escribí el borrador de éstas Crónicas del Palacio en los días que estuve en Europa. En la lejanía el recuerdo se vuelve más nítido y las palabras fluyen con más facilidad. Pero además me percaté que a la distancia los acontecimientos duelen menos. Estando en Berlín también leí todas las fichas de las versiones públicas de Lucio Cabañas Barrientos y Genaro Vázquez Rojas, que el Archivo General de la Nación (AGN) puso a disposición de los investigadores, y que mi amigo Francisco Ávila Coronel me facilitó en un archivo PDF.
***
El 27 de mayo de 1997 comenzaron los chingadazos. Los helicópteros volaban tronando las hélices y las avionetas pasaban rosando los cerros. En las inmediaciones de El Guanábano estaba el enfrentamiento. Se escuchaba el tableteo de los fusiles, las bombas caían desde las avionetas y los helicópteros cobra, probados en Vietnam, ametrallaban los cerros. Cuando el primer helicóptero oscuro surcó el cielo, yo caminaba por la calle Juan Álvarez. Un campesino me dijo ya se están chingando, por el camino a la sierra pasan muchos guachos, parece que le dieron a varios hay muchas avionetas. Él venía de Cacalutla en el camino se encontró muchos camiones repletos de soldados que iban a toda velocidad. También subían por la carretera de Las Trincheras y por el rumbo de San Martín de las Flores.
No tenía mucho tiempo que había llegado a mi casa cuando sonó el teléfono, era una reportera que preguntaba que había, creo que hay chingadazos contesté, por el camino al Quemado hay muchos militares. Todo era confusión, yo no se sabía qué hacer.
A media noche me contaron que los de la agencia del Ministerio Público, después de pasar varios retenes militares, llegaron al lugar de los hechos, vieron los cuerpos tirados, dos militares y un guerrillero. Se decía que había más hombres muertos dentro de la maleza, pero al entrar al bosque fueron recibidos por una ráfaga de ametralladora. Iban dos mujeres junto con el perito forense que se replegaron porque los disparos les pasaron silbando por sus cabezas. Los militares respondieron la agresión y se volvió a entablar otra balacera, después se hizo un silencio porque los guerrilleros aprovecharon la noche para escapar por las laderas. Hasta el día siguiente pudieron recoger los cuatro cuerpos.
Al otro día ya enterado de la que ocurría, por la mañana, busqué la manera de llegar al lugar del enfrentamiento, pero junto a los compañeros Rafael Arzeta y Francisco Magaña nos retuvieron en un retén militar saliendo de Cacalutla. Pero luego de un rato me dejaron pasar, junto a Heriberto Ochoa Tirado, por debajo de las trincheras que los soldados habían acondicionado. Pasamos agachados por una zanja. Cuando iba agachado vi que un joven moreno se acercó a un oficial para decirle algo al oído. Conocía a ese joven moreno, tenía ya varios días siguiéndome desde que salía de El Ticuí hasta la plaza Atoyac. Cuando los periodistas estábamos tomando café en la plaza de Atoyac, él siempre estaba escuchando la conversación. También antes de entrar vi a una agente del Centro de Inteligencia y Seguridad Nacional, con anteojos negros, platicando con los militares. Éste último, llegó a tener una gran amistad con los corresponsales locales hasta que el gobierno de Vicente Fox lo jubiló.
Después supe que el soldado vestido de civil le dijo a su superior que el reportero Víctor Cardona Galindo estaba siendo investigado porque tenía nexos con la guerrilla. Eso me dijo un agente de Inteligencia Militar que fue mi amigo en la infancia. “No quiero saber que estés involucrado con esos cabrones, porque yo mismo voy a venir por ti y me a doler mucho”. Ese mismo agente le pidió a Rafael Arzeta que nos tomara fotos, de medio cuerpo, a todos los corresponsales de medios estatales. Nuestro amigo Rafa lo hizo como si fuera cualquier trabajo fotográfico. Luego Francisco Magaña sería objeto de una sesión de fotos, por jóvenes de Inteligencia Militar, cuando cubría un evento en la agencia del Ministerio Público. Cuando bromeábamos con nuestro amigo de la infancia, le decíamos que ellos no eran Inteligencia Militar sino Negligencia Militar. De ahí que Francisco Magaña los bautizara como los chicos de negligé. Y esa fue la clave para avisarnos entre nosotros que había un militar de incognito, “es un chico de negligé”, decíamos. 
Ese 28 de mayo de 1997, con Heriberto Ochoa, camínanos primero hasta Poza Honda, ahí alcanzamos a Maribel Gutiérrez, a quien se le había pegado Juan Francisco Rodríguez, que nunca explicó que hacía ahí. En el camino encontramos la camioneta que traía los muertos, se alcanzaban a ver las botas. De todos modos caminamos hasta El Guanábano. Como caminé más rápido llegué sólo al lugar conocido como Los Mangos, ahí tenían ya un campamento Fuerzas Especiales del Ejército. Como no vieron de donde salí por poco me desnudan. Pero por suerte arriba de una piedra estaba un soldado del 49 Batallón de Infantería que estudió conmigo la preparatoria y les dijo: “Es Víctor Cardona, es periodista”, los oficiales de élite ya mero se lo comían, lo bañaron de preguntas. Yo aproveché que discutían con él para irme de ahí lleno de miedo. Juré que nunca me metería en esos pedos “me hubiera quedado con Rafa y Paco allá abajo”, decía para mis adentros mientras le rezaba a la Sombra del señor San Pedro. Llegué al lugar de la balacera, había sangre humana, huevos de gallina y carne seca regada por todos lados. En lugar no cantaba ni un solo pájaro, estaba todo en silencio y al tratar de mirar a la profundidad del bosque me percaté que había soldados tirados pecho tierra. Por eso me fui de ahí como llegué. En el poblado alcancé a Misael Habana de los Santos con quien nos regresamos, para encontrar a Maribel Gutiérrez en el ranchito de Eduardo Pino. Jorge Arriaga ya transmitía desde el lugar de los hechos para TV Azteca.
Mero donde fue la balacera tenía su ranchito Eduardo Pino, quien al escuchar la balacera huyó para refugiarse en las casas de El Guanábano y dejó las gallinas amarradas, al otro día, cuando llegamos ahí con Maribel Gutiérrez, Heriberto Ochoa, Misael Habana, Jorge Arriaga y ex secretario del Ayuntamiento de Coyuca de Benítez Juan Francisco Rodríguez desatamos las gallinas, porque se estaban muriendo de hambre y sed. Con el tiempo Juanito Rodríguez se convertiría en periodista y sería asesinado junto a su esposa en su negocio de Coyuca de Benítez. Después supimos que en el enfrentamiento de El Guanábano salió herido el general Juan Alfredo Oropeza Garnica el mero jefe de la 27 Zona Militar con sede en El Ticuí. Que los soldados tomaron prisionero a Paulino Padilla y que a manera de tortura le echaron hormigas negras de carnizuelo en la espalda. Le exigían que les dijera donde estaban las cuevas donde se ocultaba el EPR. Paulino no sabía nada y los llevó a la primera cueva que le ocurrió. Ignacio Martínez estaba trabajando en su milpa con su pequeño hijo. Al escuchar los primeros balazos salieron corriendo de su parcela, al pasar el corral niño quedó atrapado por una púa del alambre y pegó el grito al sentir que su padre lo dejaba. Nacho pensó que le habían pegado un balazo y por el susto le cayó la azúcar. Esa enfermedad lo minó Nacho perdería con el tiempo sus piernas y le vendría ceguera.
Cuando salieron francos los soldados del 49 Batallón de Infantería se conocerían, en el pueblo, más detalles del enfrentamiento. Los soldados les platicarían a sus familias “que fulano le volaron la hombrera de un balazo, que zutano es valiente y merengano temblaba de miedo”. Por esa indiscreción el 49 Batallón de Infantería, que tenía en ese momento su sede en Petatlán, fue cambiado a La Paz Baja California, lejos de la tierra que los formó. 
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Un día llegando a la calle principal, el agente de inteligencia militar que fue mi amigo en la infancia, me preguntó ¿No has visto a El Globero? Le dije que no. Ya más tarde en la plaza me encontré a unos campesinos de la sierra que me platicaron que una columna del EPR visitó su comunidad y que El Globero anduvo saludando a la gente con el cuerno de chivo colgado y sin capucha.  
Por la noche llegue a la casa y al fondo vi a una familia que dormía en el suelo, le pregunté a mi mujer quienes eran me dijo es Virginia la esposa de El Globero, se vino a dormir aquí porque dice que anoche unos hombres armados le rodearon la casa—. En ese momento me llené de miedo y le dije a mi compañera, nada más hoy que mañana busquen otro lugar donde dormir.
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Con mi hijo Víctor Jesús fuimos a la cancha a jugar futbol como a las ocho de la noche, estuvimos tirando penaltis, cuando debajo de un tamarindo que estaba en el zócalo de El Ticuí descargaron una pistola calibre 9 milímetros en los primeros días de 1998. En ese rato Víctor Jesús tomó la pelota y nos fuimos a la casa. Las cosas se pusieron muy raras y se veía mucha gente extraña en Atoyac, otra ocasión estando en la cancha dentro de la fábrica “chaquetearon” una escopeta.
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Otro día iba caminando por la calle Independencia cuando se me aparejó un Neón azul con rallas guindas. Dentro del auto un hombre comenzó a limpiar con una franela roja un revólver al parecer era una pistola 38 especial. El tipo era moreno y desconocido. Apuntando hacía mi limpiaba el arma tranquilamente, mientras el coche transitaba despacio a mi par. Iba viendo de reojo como limpiaban la pistola, hasta que las combis, que iban atrás, comenzaron a tocar sus claxon protestando por la lentitud del Neón y fue que el conductor aceleró la marcha y se perdió pasando el puente de la colonia Sonora.
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Donde vivía mi mamá entraban, todas las noches, un grupo de hombres armados que vestían ropas oscuras y portaban armas largas. Mi madre los desterró echando agua bendita de San Judas Tadeo en las huellas que dejaban las botas. Un día mi hermano encontró a un miembro de las fuerzas especiales del Ejército asomado por una rendija de la puerta de la casa. El militar vivía relativamente cerca y argumentó que por su borrachera se había perdido.



sábado, 12 de enero de 2019

Crónicas del Palacio XIII


Víctor Cardona Galindo
El Ejército Popular Revolucionario (EPR) hizo su aparición el 28 de junio de 1996 en el primer aniversario de la masacre de Aguas Blancas. Ese día siendo director de Comunicación Social del Ayuntamiento de Atoyac acudí al vado para acompañar a Wilibaldo Rojas Arellano quien fungía como síndico. Entre otros, iba la directora de la Participación Social de la Mujer Angélica Castro Rebolledo, recuerdo también a don Cipriano de la colonia Cuauhtémoc.
Ranferi Hernández Acevedo siendo diputado
 local por el PRD, fue perseguido duramente 
después de la aparición del EPR y tuvo que 
exiliarse unos años en Francia. Foto: tomada
 de Internet.

Marchamos desde la salida de Aguas Blancas al vado, en el camino saludé algunos reporteros de Acapulco como Heriberto Ochoa Tirado y Javier Trujillo. Entre la gente iban jóvenes que hablaban por radio. Uno de camisa roja pedía sacar de la marcha a un infiltrado que ya tenían identificado. Al llegar al vado observé que había vigilancia al fondo arriba de unas gigantescas piedras.
Al llegar al evento, como no llevaba comisión específica, me dediqué a platicar con los reporteros, también me encontré a la defensora de los derechos humanos Aurelia Pérez Cano que colocaba unas mantas y comentamos asuntos de Atoyac. En el presídium hablaba el padre Máximo Gómez Muñoz y no supe que dijo Cuauhtémoc Cárdenas. Luego comencé a buscar a Lucio Castillo Gervasio para enfrentarlo, en los albures, con un fotógrafo de nombre Urbano. En eso estaba cuando la gente comenzó a correr, miré hacia el cerro y vi hombres armados caminado rápido hacia la multitud con Cuernos de Chivo en la mano. Pensé que había caído el Ejército a masacrarnos. Mi primera reacción fue correr rumbo a una zanja, pero unos hombres de camisa blanca y gorra amarilla que estaba tomados de la manos decían: “no corran, son compañeros”, entonces regresé a buscar a los míos. No se podía dejar el lugar, los hombres de gorras amarillas eran muchos y habían formado una cadena humana en torno a la concentración. Ya nadie puso salir. Una mujer de Aguas Blancas decía: “Yo solamente vine a la misa, ya me quiero ir”.
Confieso aquí que yo nunca fui cardenista. Me incorporé al cardenismo y después al PRD porque pensé que era la vía para cambiar la vida de los pobres de éste país. Nunca simpaticé con la personalidad del líder más importante de la izquierda de México en los últimos años. Es más nunca le puse atención a sus discursos y nunca los leí cuando los encontré impresos. Pero ese día lo vi solo, parado en la orilla del mitin, rumbo a la salida, y dije entre mí: “bueno si me van a matar aquí, que me maten cerca de Cárdenas” y me le acerqué lo saludé por primera vez y hasta lo abracé. El viejo correspondió a las muestras de afecto pero sin mover ningún músculo de la cara. Cuando volví los ojos al presídium ya hablaban los encapuchados y las columnas guerrilleras estaban apostadas a los lados. Entonces me regresé donde estaba la muchedumbre escuchando los discursos. Confundido, al principio pensé que los rifles AK-47, conocidos como Cuernos de Chivo, eran de plástico. Pero al acercarme al primer miliciano que estaba a un costado del presídium ya supe que eran de verdad, me di el lujo de darle un toquecito con el dedo en el cargador. El guerrillero no se movió. Mientras escuchaba “La primera declaración de Aguas Blancas” un líder campesino se me acercó me saludó y me dijo: “Ahora sí, el pueblo tiene quien lo defienda”. 
Ya sabiendo que se trataba de una guerrilla de verdad, quise acercarme a la columna que estaba a la izquierda con relación al presídium, pero resbalé y cuando ese grupo de guerrilleros abandonó el lugar, un eperrista chaparrito me dijo a Dios. Pensé que a lo mejor ese guerrillero tenía miedo o quería darme algún recado para su familia. “A lo mejor se trata de un amigo”, reflexioné.
Después de su presentación pública los guerrilleros se fueron y pudimos salir. Al llegar al puente de Coyuca los atoyanqueses, que veníamos en una camioneta de redilas, nos bajamos para tomar un refresco, recuperarnos de la impresión y esperar que su sumaran los compañeros perdidos, porque algunos por miedo se subieron a la primera camioneta que encontraron. Nos reorganizamos. Hasta ahí me alcanzaron cuatro reporteros de Acapulco que se movían en un coche Suru blanco, entre ellos iba amigo Cecilio Molina Martell, querían que les dijera quienes eran los que aparecieron en el vado. Yo les contesté entre risas nerviosas que no sabía. Uno de ellos fue muy duro me dijo: “Tu sabes, te haces pendejo si son de tu gente”. Me sentí acosado.
Luego partimos rumbo al Zócalo de Acapulco donde el PRD haría un mitin. El presidente del partido Octaviano Santiago Dionicio dijo que se avecinaban tiempos oscuros y llamó al gobierno a respetar los derechos humanos de los civiles. Por la noche nuestro contingente regresó para Atoyac, en el camino fue revisado dos veces por los militares. Ya había soldados bien pertrechados, con casco y todo, custodiando la carretera. Ya era muy noche cuando llegamos a Atoyac y lloviznaba. Me quedé a dormir en la casa de Fortunato Hernández y Angélica Castro Rebolledo. No me pude ir a El Ticuí. Entre nosotros todo era un mar de confusiones, no atinábamos en un análisis serio. No asimilábamos lo ocurrido durante el día. Ya pasaba la emoción comencé a recorrer el casete. Entonces ya fui sincero conmigo mismo. La verdad es que yo ya esperaba la irrupción de un grupo guerrillero en cualquier momento. Ya lo habíamos comentado con algunos cuadros experimentados de la izquierda. Algunos compañeros del PRD me dijeron que había rastros de un campo de adiestramiento al sur de La Remonta y que, después de la masacre de Aguas Blancas, habían visto atravesar el río un grupo numeroso de hombres armados. “No son guachos”, me dijeron.
Recordé que un día, parece que de 1988, alguien deslizó un periódico Proletario por debajo de la puerta de un vecino en El Ticuí. Me lo mostró. Los ticuiseños siempre se han mantenido ajenos a ese tipo de cosas, para él ese periódico era extraño. Yo lo leí, hacían un análisis de la realidad nacional e internacional, hablaban del concepto Guerra Popular Prolongada (GPP) y esas cosas. Llamaban al pueblo a formar comités de autodefensa armada en contra de la oligarquía.
También fui dirigente estudiantil de la preparatoria número 22 en la generación 1987-1990. Como me formé en la izquierda era el único estudiante que intentaba adoctrinar a mis compañeros a favor del socialismo, y en las “saloneadas” hablaba de burguesía, de proletariado, oligarquía, Estado burgués e imperialismo. Un día en las butacas de varios salones aparecieron ejemplares del periódico Proletario que editaba la alianza Procup-Pdlp. Mi novia levantó varios ejemplares y me dijo ¿por qué dejaste esto en los salones? Yo tomé uno y lo leí. Fui a ver a un viejo maestro de izquierda y le pregunté sobre eso. Me expresó su concepto del Partido Revolucionario Obrero Clandestino Unión del Pueblo (Procup) decía que era una organización guerrillera muy radical surgida en la Universidad de Oaxaca y que el Partido de los Pobres (Pdlp) eran lo que había quedado el grupo de Lucio Cabañas Barrientos, que habían secuestrado a Arnoldo Martínez Verdugo y asesinado a Francisco Fierro Loza en Chilpancingo. Había que tener cuidado con esas organizaciones. Tener una idea sobre esas estructuras políticas no evitó que yo fuera el principal sospechoso de repartir esos folletos. Cursaba el segundo año en la tarde y ese día estaba ahí muy temprano “que casualidad” dijo un estudiante del grupo contrario. La verdad es que llegué temprano, a la preparatoria, acompañando a mi novia que iba en la mañana. En 1989 un joven estudiante me confió que platicó con un encapuchado que le habló de socialismo y de seguir la vía armada para cambiar el sistema. En 1990 después de realizar una reunión del PRD, en una comunidad sin energía eléctrica, un hombre desconocido se me acercó en la oscuridad de la cancha de basquetbol para decirme que un jefe de la alianza Procup-Pdlp quería platicar conmigo.
Le respondí que no podía porque en ese momento abandonaría la comunidad y le dije que si querían me salieran en el camino y platicábamos. La verdad es que tuve mucho miedo, pero formalmente le dije que volvería. Esa noche acompañado de Ramoncito Pino, caminamos en la oscuridad y dormimos en la comunidad siguiente arropados por unos costales. El compañero que nos dio posada era muy pobre, solamente pudo compartir un zarape y nos tendió unos costales en el suelo del corredor de su casa. Luego nos dimos cuenta que el zarape también era muy pequeño. Pasamos mucho frío porque la casa del campesino estaba a la orilla de un arroyo.
El encuentro con los hombres encapuchados del monte no se dio porque me fui al puerto de Acapulco dizque a estudiar. Encontré trabajo repartiendo periódicos en El Suriano de Carlos Yáñez, después me habilitaron como reportero. En esa época nos llegaba por correo personalizado nuestra suscripción del Proletario. Recuerdo que un día dormitaba en la sala de redacción de la oficina de comunicación social del gobierno del Estado en La Garita, llegó Rodrigo Huerta y dijo: “Está dormido el guerrillero”. Supongo que por ser de Atoyac me hacían esa broma. Pero los “Orejas” se lo tomaron en serio. El día primero de enero de 1994 cuando apareció en Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas hubo periodistas que me llamaron para preguntar mi opinión. El primero que me llamó, y me dio la noticia del levantamiento, fue Leodegario Aguilera Lucas, me dijo: “prende la tele y me dices que opinas”. La verdad la irrupción del EZLN en Chiapas me confundió, al principio pensé que eran de la ETA de España. Luego, el 10 de abril de 1994, enviado por la agencia de noticias IRZA de Chilpancingo, estuve todo el día en Ayutla cubriendo un evento de campesinos. Recuerdo que bajito el agua se hablaba de un posible levantamiento armado ese día. No se dio.
Por eso esa madrugada del 29 de junio de 1996, tirado en la hamaca de la casa de Fortunato Hernández y Angélica Castro comencé a sentir miedo. Ya casi al amanecer llegó El Boris un huracán devastador, sus vientos destrozaron la Costa Grande. Después de pasada la tormenta y de ayudar a mis vecinos afectados por ese fenómeno natural, escribí éste verso: “Se fueron con el rayo /y antes de la tempestad /enverdecieron con la sierra /en busca de la libertad.
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El Ejército Popular Revolucionario (EPR) apareció en siete estados pero principalmente en Oaxaca y Guerrero. En este estado su mayor actividad la ejecutó en Atoyac donde visitó ocho comunidades de este municipio, y realizó pintas en casi todas las colonias de la cabecera y poblaciones del bajo como Cacalutla. La primera aparición del grupo armado fue en la colonia 18 de Mayo, el miércoles 4 de diciembre de 1996, como parte de su campaña de propaganda armada “Lucio Cabañas Barrientos”, el EPR llamó a un mitin en ese núcleo poblacional. Eso obligó al presidente municipal Javier Galeana Cadena declarar que los guerrilleros eran sus amigos “si buscaban beneficio para el pueblo”. Galeana Cadena emitió un discurso el 2 de diciembre por la radio en honor a Lucio Cabañas buscando un acercamiento con los sectores de izquierda.
A raíz de la aparición de esa nueva guerrilla del Movimiento Armado Socialista los conflictos sociales de El Cucuyachi, Cacalutla y Agua Fría se agudizaron. Se vino la militarización y el hostigamiento permanente a los perredistas en las diferentes comunidades. Por esas fechas también comenzaron a caer asesinados algunos líderes priistas. Los “Orejas” agentes de gobernación estatal y federal se multiplicaron. Había informantes del Centro de Inteligencia y Seguridad Nacional (CISEN), soldados de civil del Grupo de Inteligencia de Zona (GIZ), un grupo de militares de inteligencia que venía directamente de la Ciudad de México, de la Policía Federal Preventiva, de la PGR, Policía Judicial Militar, de la Policía Motorizada y muchos “madrinas de la Judicial”. La cosa se puso cabrona.
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Cuando terminó el gobierno de María de Luz Núñez Ramos me reincorporé al periodismo, me abrieron las puertas en El Sur. Un día un “periodista” me citó en un pasillo que había en el cine Playa Hornos de Acapulco. Me dijo emocionado que le habían filtrado una lista de los guerrilleros del Ejército Popular Revolucionario. Me invitaba a compartir la información por si le pasaba algo al publicarla. Me entregó la copia de una lista de nombres escrita a máquina, era una copia simple sin logotipos. Comencé a leer encontré muchos nombres conocidos de políticos y luchadores sociales de izquierda de la Costa Grande. Le dije “ésta lista no es confiable”, me dijo “si, es buena la fuente que me la dio”. Le alegue que no era confiable porque mi nombre aparecía en el número trece de la lista.

domingo, 6 de enero de 2019

Crónicas del Palacio XII


Víctor Cardona Galindo
En 1991 me dio por vender libros. Gil Mendoza me pasó libros para vender en abonos, yo cobraba el enganche y le pasaba las letras firmadas para que él cobrara los abonos. Siempre cuando inicio una empresa, soy tenaz, dice mi madre que tengo “entrada de caballo bueno y salida de burro flojo”. Comencé a vender libros, iba a los pueblos y en todas las casas bonitas entraba a ofrecer los volúmenes y mostraba los catálogos. La gente escogía, y a veces, llevaba las pesadas obras conmigo. 
Los corresponsales de los medios locales cubriendo
 los destrozos del huracán Ingrid y la tormenta 
tropical Manuel octubre de 2013, de izquierda 
a derecha: Jorge Reynada de ABC de Zihuatanejo
Francisco Magaña de El Sur, Marcos Villegas de 
El Sol de Acapulco, Adrián Jacinto de Cable Costa
Pablo Alonso de El Diario 17. Foto: tomada del
 muro Facebook de Pablo Alonso.

Una vez cargando una Enciclopedia Universal me aventuré a El Paraíso. En una de las calles secundarias del pueblo encontré una casa color rosa muy bonita, y afuera conversaban dos hombres bien vestidos. La vivienda tenía, en su librero, libros que parecían de yeso o de unicel. El dueño me dijo que esos libros eran solamente para adornar la casa. Entonces el otro amigo que escuchaba la conversación tomó los volúmenes que les mostraba de La Enciclopedia Universal y los empotró en el espacio vacío del librero diciendo Mira vale se ven bien, yo reforcé el comentario, sí se veían bien y la enciclopedia era muy completa para que los niños la utilizaran en la escuela.
El dueño de la casa respondió pues si se ven bien, hay déjalos vale y sacó de la cartera los mil setecientos pesos que costaba la obra y me la pagó. Me vine muy contento y emocionado con esa venta me pareció fantástico vender una enciclopedia tan cara de un solo golpe.
Seguí yendo a vender libros a El Paraíso, vendí algunas obras. Un día estaba esperando el camión en la salida de la comunidad, pasó en su camioneta un Técnico que venía de arreglar un refrigerador. Me dijo súbete vámonos y nos venimos platicando. Después de pasar San Vicente Benítez comenzó a pelear con los baches. Veníamos casi a vuelta de rueda. De pronto, sin saber de dónde, salieron dos hombres encapuchados que nos encañonaron con fusiles R-15, obligaron al Técnico a desviar la camioneta por una brecha que nos condujo a un asoleadero. En el camino había más hombres con armas largas. Nos obligaron a bajar de la camioneta. Ya tenían alrededor del asoleadero varios vehículos entre ellos un camión de pasaje. Al bajarme me jalaron la camisa para atrás y con ella me amarraron las manos. Igual que a los demás me tiraron en la tierra boca abajo. “El primero que se levante se muere”, dijeron. Mientras estábamos tirados siguieron metiendo carros. Antes de cerrar los ojos vi que los individuos se movían de manera coordinada y todos traían botas nuevas. Los R-15 me llamaron mucho la atención. Luego el silencio, nadie decía nada ni se atrevía a dar el primer paso. Yo no me movía por temor a que me dispararan y mantenía los ojos cerrados. Hasta que una joven me fue a desatar, “Ya se fueron”, comentó al momento que deshacía en nudo de mi camisa. Después que habló la mujer nos levantamos todos. Abordamos los vehículos y seguimos nuestro camino a la cabecera municipal, sin ningún peso en la bolsa. Nos quitaron todo. Me dejaron todos empolvados y revueltos los catálogos de los libros dentro de la cabina de la camioneta del Técnico. En esos días los asaltantes actuaban impunemente, incluso en el Arroyo Oscuro colocaron un letrero: “Asaltos de 8 a 5 de la tarde, descansamos los domingos”. La gente atribuía loa asaltos a la policía Motorizada que en tiempo de José Francisco Ruiz Massieu estaba hasta el la sopa.
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El camión salió de Lázaro Cárdenas como a las diez de la noche. Yo tenía la costumbre se salir a esa hora y bajarme en Coyuca de Benítez para esperar el camión que venía de Acapulco a las cuatro de la mañana para llegar a la seis a la ciudad de Atoyac.  Esa vez me dormí casi todo el camino, abrí los ojos cuando pasábamos por Zacualpan, y cuando los volví abrir fue porque el camión daba tumbos al querer esquivar un tronco de palma que estaba atravesado en la carretera, pero el camión no fue muy lejos, adelante estaba parado un hombre a media carretera que disparó contra el chofer. El disparo le rozó el hombro y la bala se fue a incrustar en la frente de una pasajera que cayó boca abajo en el asiento sobre su hijo que quedó bañado en sangre. Un hermanito mayor decía con que se golpeó Manuel y lloraba. El niño más pequeño no sabía que decir, mientras el camión se balanceaba por una carretera de terracería hacia donde fue desviado por los asaltantes. Luego se escuchó una voz que ordenaba que saliéramos de uno por uno.
Cuando fuimos saliendo, unos hombres encapuchados nos apuntaban con armas largas. Nos obligaron a que pusiéramos nuestras pertenencias en unas bolsas, yo eché todo el dinero que traía. Luego nos fueron colocando, a los hombres atrás del camión y apartaron a las mujeres. Éramos seis hombres entre ellos dos militares. En voz baja me comentaron que días atrás asaltaron un camión y violaron a las mujeres. Uno de ellos dijo: “yo no voy a dejar que violen a nadie” y el otro contestó “yo tampoco”. Un hombre armado nos vigilaba de frente apuntándonos. Ese día tuve la certeza de que moriría ahí. Cuando todos terminaron de bajar, un hombre alto subió al camión. Quiso bajar a los niños que lloraban pero no pudo, salió del camión y algo les dijo a los dos que cuidaban la entrada. Todos se fueron para atrás del camión, al momento que gritaban: “el que se mueva se muere”. Ahí estuvimos un rato. Luego entre todos comenzamos a ayudar al chofer para salir de ahí. Pero ya que vimos a la herida llegamos a la conclusión de que había muerto. Amanecía cuando estábamos en la carretera. Luego llegó un policía Federal de Caminos al que le dimos el reporte.
La mujer quedó boca abajo, con una caja de cigarros Salem agrazada, se alcanzaba a ver la cajita verde. Como a las ocho de la mañana llegó la Policía Judicial con el agente del Ministerio Público, comenzaron las diligencias y todos nos quedamos para declarar. Levantaron el cadáver, estaba tieso y los niños que lloraban fueron llevados en una patrulla de la Policía Federal de Caminos para buscar a su familia. Mientras todos los pasajeros fuimos trasladados en patrullas de la Policía Judicial a la ciudad de Atoyac para que declaráramos ante el agente del Ministerio Público. Era un domingo y todo el día nos lo pasamos declarando. Nadie se pudo ir hasta el último dio su versión. 
El doctor Romero
Llegué temprano a la comandancia y pregunté por las novedades. Un jefe de grupo de la Policía Preventiva me dio un gajo de hojas donde estaban las tarjetas informativas. Leí en el reporte: “Una unidad de esta corporación, sostuvo durante la madrugada un enfrentamiento con asaltantes de camiones en la comunidad de Zacualpan”. No había mayor información, únicamente se decía en el cuerpo de la nota que se habían disparado 20 cartuchos de escopeta calibre 12 y “al parecer algún delincuente salió herido en la refriega” y ya se le seguía el rastro.
Como me gusta corroborar la noticia, me dirigí a Zacualpan para investigar que se sabía del enfrentamiento entre policías y asaltantes. Chequé mis fuentes. Algunos sólo habían oído los disparos y otro me dijo Anoche intentaron matar al doctor Miguel Romero. Entonces corrí a ver al doctor, porque es mi amigo desde hace muchos años.
Miguel Romero estaba encerrado dentro de su clínica. Sus familiares me reconocieron y abrieron la puerta, me hicieron pasar. El doctor de inmediato me dijo oyes cabrón que bueno que vienes quiero denunciar que anoche me quisieron matar.
Me explicó Anoche me llamó doña María diciéndome que en una esquina de su corral andaba una venadita que tengo encerrada acá en el patio. Salí a ver y sí efectivamente la venadita se había salido, me fije que alguien le habían abierto la tranca. Entonces me metí y me ganché la 45 y me fui a buscarla. Apenas iba atravesando la calle, cuando me gritaron “párate hijuelachingada o te mueres”, al momento brinqué a donde estaba más oscuro y entonces oí un disparo, pomm, cuando sentí el fogonazo ya estaba atrás de un cuyotomate, el tronco de ese palo es grueso, entonces les contesté con la 45, pomm, en eso vi que un bulto negro se dejó caer del otro lado de la carretera y que contestan, pomm. Así estuvimos un rato, tirándolos nada más al tanteo, hasta que se me acabó la carga corrí y me metí a la casa. Ya cuando estaba en la casa oí que un carro entraba al barrio y recorría las calles. No sé quién me quiso matar. Le dije creo que fue la policía, porque hay reporte de tiroteo anoche. No te preocupes.
Me regresé a la jefatura de policía y me informó el comandante que ellos acudieron a Zacualpan porque el chofer de un camión de pasajeros había pasado a módulo de la Y Griega para reportar un asalto. Pero ya cuando la ronda iba en camino, se recibió una llamada telefónica donde denunciaban que habían visto pasar a un hombre armado por la calle y esto se les comunicó por radio a la patrulla que se dirigió al lugar. De ahí el tiroteo.
El doctor estuvo escondido y asustado por unos días. A mí me quedó la duda ¿Quién fue el que llamó a la policía, para denunciar el hombre armado? y ¿Quién le abrió la cerca de la venadita? ¿No sería que de verdad se querían “escabechar” al doctor?
***
Los trajeron en la ronda, Él era un jovencito, y como Ella no rebasaba los 18 años. Él traía puesta una camisa a rayas y pantalón de mezclilla, era de otra ciudad tal vez, porque no lo conocí. Ella si era paisana traía una blusa blanca y falda a cuadros, lloraba al momento que los bajaron de la patrulla. Atrás venía un preventivo manejando un Volkswagen blanco y lo estacionó frente a la comandancia.
Eran las ocho de la noche, la alcaldesa aún estaba ahí. Cuando vio bajarlos, preguntó al comandante ¿Capitán? ¿Capitán? ¿Capitán? Diga señora respondió el capitán. ¿A estos muchachitos porque los traen detenidos? Preguntó Por faltas a la moral contestó el capitán. ¿Cómo es eso? inquirió la alcaldesa. El capitán agregó Los encontramos haciendo el amor atrás de un muro en la cancha Olea.
La alcaldesa se sorprendió ¿Cómo en mi gobierno se detiene a la gente por hacer el amor? Así lo dice el Bando de Policía y Buen Gobierno, señora, señaló el capitán.
Sonriendo la alcaldesa ordenó Mire capitán olvídese del Bando y ponga inmediatamente en libertad a estos muchachitos, déjelos que hagan el amor, si no estaban delante de la gente y estaban escondidos en lo oscuro, déjelos hacer el amor. Eso es muy romántico. Durante mi gobierno a nadie se le va a detener por hacer el amor. Póngase a hacer el amor capitán, y dirigiéndose a los policías dijo Pónganse a hacer el amor muchachos, ustedes también. Ojala todos hicieran el amor el mundo sería más feliz. Los jóvenes corrieron donde estaba la alcaldesa, le besaron la mano, luego abordaron el cochecito blanco y se fueron.
Pablo Alonso
A principios de mayo de 2015, el fenómeno Mar de Fondo atacó las costas de Guerrero,  habitantes de las comunidades de Cayaquitos, Ojo de Agua, Michigan y Boca Chica, fueron afectados por el alto oleaje.
Ese día la marea alta devastó más de 50 viviendas en las comunidades de Boca Chica, Michigan, Puerto Escondido y El 20, en algunos casos la gente se quedó con lo que llevaban puesto encima. Olas de hasta cinco metros se produjeron en las playas de Boca Chica y Michigan en este municipio; en la primera, el mar atravesó la franja de arena y llegó al estero, lo que ocasionó pérdidas económicas a los prestadores de servicios que se encuentran en la zona.
Al día siguiente la noticia se supo en Atoyac, una veintena de reporteros de la Costa Grande caminaron por la mañana rumbo a la playa de Boca Chica para conocer los daños del siniestro. En lancha llegaron hasta el islote que separa el mar con la laguna, caminaron por esa franja de tierra buscando las afectaciones. Allá a lo lejos perdido entre mangles y sauces encontraron un almendro. El sol ya había subido y estaba en su punto. Los demás reporteros caminaron, Pablo Alonso se quedó atrás, entonces asomándose debajo de una hoja encontró una solitaria almendra. No era un almendra cualquiera, era casi roja, perfecta sin ningún golpe de la caída, pero sobre todo sorprendía que no tuviera ni siquiera un rasguño de los quirópteros que acostumbran estas frutas por alimento. Pablo sintió miedo que alguno de sus compañeros la hubiera visto, porque además tenía un tamaño superior de las almendras comunes. Se sintió afortunado que fuera él quien la haya encontrado, por eso la envolvió en una servilleta y la metió discretamente en la bolsa de su camisa. Durante el recorrido la cuidó como un tesoro, a cada rato la tocaba y la sentía cerca de su corazón para cerciorarse que no se hubiera caído. Sintió un singular placer no decirle a nadie de su hallazgo, no quiso comerla, porque le parecía demasiado bonita para tener ese destino y la cuidó celosamente durante el día. Llegando a su casa, por la tarde, se la dio a su cotorra.

viernes, 4 de enero de 2019

Octaviano Santiago Dionicio VI y última parte


Víctor Cardona Galindo
De acuerdo a Juan Martínez Alvarado la vida de Octaviano Santiago Dionicio tiene varias etapas fundamentales y enumera ocho: Su infancia de la casa a la iglesia, su vida en la primaria y secundaria, su paso por Ayotzinapa y la Universidad Autónoma de Guerrero, su lucha clandestina, sus confinamientos y amnistía, su participación en la lucha democrática por la vía pacifica, su paso por la dirigencia del PRD y el ocaso simultáneo de él y la auténtica izquierda en Guerrero.
Como se puede ver en estas crónicas si acaso hemos abordado cuatro de las etapas propuestas por Martínez Alvarado y es que escribir sobre Octaviano Santiago es sumergirse en la historia de la lucha del pueblo de Guerrero en los últimos 50 años, desde el movimiento estudiantil y universitario hasta las últimas jornadas de lucha por lograr una democracia auténtica. Hoy para cerrar ésta serie de entregas hablaremos de su formación y de su última estancia en la cárcel, posteriormente hablaremos de las otras etapas de su vida.

Su formación y trabajo intelectual

“A mediados de la década de los sesenta en un día que me es imposible precisar [escribió Octaviano Santiago en el periódico Madera] llegué a la casa del tío de Lucio, Antonio Onofre, lugar muy frecuentado ya por mucho de nosotros; me sorprendí cuando el tío escarbaba en el patio de su casa para sacar algo que yo ignoraba y que me tenía intrigado. Pocos minutos después lograba el objetivo: desenterraba ollas en cuyo interior envueltos en nailon sacaban decenas de libros, que quién sabe por cuánto tiempo habría mantenido ocultos el Profesor Cabañas, dado que en ese tiempo circulaba de manera profusa una campaña contra la literatura rusa y socialista y que de manera puntual era denominada literatura comunista o subversiva. Entre los libros desenterrados, apareció uno cuyo título me impresionó y que respondía al nombre de Un hombre de verdad, de un escritor ruso,  hecho que me hizo pedirle al profesor me facilitara el libro referido. Después de advertirme los riesgos que implicaba esa lectura, me lo facilitó y con ello leí la primera novela de mi vida”.
Los libros que influyeron en la formación de Octaviano Santiago, fueron los de marxismo y la revolución cubana. Se enamoró tanto de la novela rusa y de la revolución de octubre, que se la aprendió casi de memoria. La leyó mucho y la valoró “El sólo hecho que me hubieran dicho que la guerra patria perdió 50 millones de rusos fue un impacto que a mí me dejó marcado para siempre” dijo en entrevista.
Fue esa literatura, de Máximo Gorki y libros como Banderas en las torres, Así se templó el acero que marcaron su formación ideológica. Primero conoció la novela rusa y después la novela mexicana, una de las primeras que leyó fue La sombra del caudillo “está chingona, yo creo que es la mejor de México”. Luego pasó por los textos de Ignacio  Manuel Altamirano y las memorias del general Álvaro Obregón “Me gusta porque ganó la guerra, un cabrón que gana las guerras no es cualquier pendejo”.
En esa última entrevista que le hicimos habló de la formación de un político de izquierda: “en eso no hay recetas, pero yo empezaría por toda la historia mexicana, pondría en primer lugar La sombra del caudillo”. Hizo un llamado al debate. Le preocupaba que ninguno de los candidatos de Acapulco fuera perredista sincero y que obedecieran más a la conveniencia que a la vocación de cambio. Tenía la idea de la refundación del partido y volver a los principios: “Yo siempre mantuve la idea quizá soñadora, pensé con Eloy Cisneros y otros compañeros ir a visitar a Cárdenas para decirle, reúnase con Andrés Manuel, reúnase con Amalia, reúnase con toda la cúpula vieja”.  
De los textos de su autoría que yo le conozco están El Movimiento Estudiantil Guerrerense, que es una ponencia, misma que fue publicada en 1980 en la que narra acontecimientos del movimiento estudiantil de la Universidad Autónoma de Guerrero y Testimonio de un preso político que publicó en el 2002 cuando fue candidato a la presidencia municipal por el PRD en Atoyac. Ese documento se había publicado por primera vez 22 años antes: “sencillo documento de denuncia que contribuyó a desenmascarar y a evidenciar al gobierno terrorista que en aquellos años padecía el pueblo de Guerrero”.
Participó con su testimonio en los documentales: El Edén bajo el fusil que en 1982 realizó Salvador Díaz y Pedro Reygadas y Lucio Cabañas. La guerrilla y la esperanza de Gerardo Tort.
En Testimonio de un preso político dice “Mi adhesión a la corriente proletaria marxista data desde el año de 1964; es decir, siendo casi un niño. Como acontecimientos decisivos que determinaron mi temprana identificación con el pensamiento científico marxista debo mencionar los tres principales: la contundente victoria de la Revolución Socialista en Cuba en 1959; la represión brutal de que fue objeto todo el pueblo de Guerrero en los años 1960-61 y la campaña nacional electoral y de denuncia que desarrolló –entre los años 64-65—un bloque de fuerzas de izquierda que fueron capaces de conformar lo que entonces fuera denominado Frente Electoral del Pueblo”.
Luego de estar preso en Acapulco por su participación en el comando que retuvo a Jaime Farill Novelo, Octaviano Santiago logró su libertad mediante el sistema de preliberación en enero de 1976. Pero el 17 de abril de 1978 fue asesinado un ex preso político, Obdulio Ceballos Suárez y ahora sí que como dice el corrido de El Chante Luna: “la muerte se la cargaron porque el gobierno lo odiaba” por lo tanto es perseguido fuertemente por Figueroa y Acosta Chaparro.
Él iba a firmar cada semana al penal: “pero en una de esas veces que iba a firmar alguien le avisa que no vaya porque lo andan buscando y se tiró a perder” nos comenta Arturo Gallegos Nájera. Su rumbo fue la Costa Chica estuvo unos días en Cuajinicuilapa, pero lo acosaban tanto que decidió irse a Oaxaca: “horas después que salió hacia Oaxaca llegó la policía al lugar donde estaba, se salvó de milagro”.
En Putla se contactó con Florentino Loza Patiño y le pidió ayuda. En Oaxaca decidió incorporarse de nuevo a la guerrilla ahora a las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL). “Florentino le brinda un buen apoyo le da dinero para que sobreviva mientras encuentra el contacto. Se va a la ciudad de México encuentra el contacto y se reincorpora otra vez”.
Luego es detenido el 30 de septiembre de 1978 en Querétaro, por azares de destino porque los policías judiciales ni siquiera sabían a quien estaban deteniendo: “Le encuentran una pistola y cuando se la quieren quitar le dice esa no porque es un recuerdo de mi padre” eso como una salida y mientras forcejeaba con los policías su compañera también miembro de las FAL logró huir. Ángel Parra Hernández era el seudónimo que utilizaba, en ese momento fue torturado hasta que fue obligado a revelar su verdadera identidad. El procurador de Querétaro lo presentó a la prensa y luego lo entregó a la Dirección Federal de Seguridad.
En 1978, Octaviano es detenido, ya como dirigente de las Fuerzas Armadas para la Liberación (FAL), en la ciudad de Querétaro y después de estar varios días en cárceles clandestinas es presentado en la cárcel pública de Acapulco, donde fue el presidente de los presos políticos, manteniendo una disciplina férrea al interior del penal, participando desde la cárcel en acciones por la defensa de la autonomía universitaria y de la educación pública, además de ser líder del Consejo General de Colonias Populares de Acapulco”, escribió Raúl Sendic García Estrada.
La Dirección Federal de Seguridad después de someterlo a brutales sesiones de tortura lo entregó a la Policía Judicial de Guerrero que en ese tiempo estaba al mando de Mario Arturo Acosta Chaparro.
Antes Agentes de la Dirección Federal de Seguridad lo llevaron a una cárcel clandestina donde comenzaron con golpear su cabeza contra la pared exigiendo que se declarara culpable de múltiples delitos: “Se me desnuda y comienzan a patearme hasta caer derribado; en esa situación se me baña con agua helada y se da inicio al martirio de los toques eléctricos en diversas partes del cuerpo, pero fundamentalmente en la región de los testículos”. Cuando estaba a punto de perder el conocimiento le suministraban cuartos de tequila como método de reanimación “Ese método se repetiría en la mayor parte de los días de tortura”.
Su testimonio es escalofriante: “Al percatarse de que a pesar de todo cuanto se me hacía no estaba dispuesto a aceptar ninguno de los delitos que ellos mismos me fabricaban, optaron por agregar más saña a sus tareas: me sumergen en agua hasta estar próximo a la asfixia, hacen simulacros de violación a mi persona, me aplican con más virulencia los toques eléctricos, me quiebran palos en la cabeza y en muchos otros huesos del cuerpo y, como corolario de esa jornada, se exprimen limones sobre mis testículos, que para esos momentos poseen un alto y peligroso grado de infección”.
Le tapaban la boca con trapos para que no se escucharan sus gritos, le oprimían los testículos ya infectados, y en los momentos de desfallecimiento le daban para que bebiera con rapidez los cuartos de tequila.
Retrocediendo un poco en el tiempo, Arturo Gallegos dice que conoció a Octaviano Santiago cuando prácticamente se incorporaba al Partido de los Pobres allá por diciembre de 1970, “tuve pocas posibilidades de conocerlo en la sierra”.
Lo conoció con el seudónimo de Francisco cuando bajó de la sierra en comisión con Carmelo Cortés Castro, Gabriel Barrientos, Francisco Fierro Loza, un guerrillero llamado Isael y Carlos Ceballos Loya a buscar fondos para apoyar el Partido de los Pobres. Después de esa comisión fueron detenido Carmelo Cortés, Gabriel Barrientos y Carlos Ceballos en el cuartel de Atoyac. Octaviano Santiago y Francisco Fierro Loza se habían quedado en Acapulco.
El comando intentó hacer una acción expropiatoria al Banco de Comercio en Acapulco en esa ocasión “Francisco” salió herido al rebotar la bala de un disparo que Carmelo Cortés hizo al piso con una pistola calibre 45 para contener al policía que resguardaba la institución. Afortunadamente la bala quedó en la espalda entre cuero y carne.
“De la acción sale herido pero no dice nada -–recuerda Arturo Gallegos-- es más bien cuando van en retirada que le dijo a Carmelo ‘camarada estoy herido’ Carmelo en plan enérgico le contesta ‘ya va a empezar con rajaciones camarada, aguántese”.
Arturo Gallegos estaba preso cuando Octaviano llegó por segunda ocasión al penal de Hogar Moderno en Acapulco e inmediatamente se sumó al colectivo de presos políticos.
En la cárcel la vida de Octaviano Santiago Dionicio siempre estuvo en peligro porque trataron de atentar contra su vida y la de los cuatro presos políticos que ahí se encontraban, incluyendo aquel que presenciara el acto. Arturo Gallegos cree que tuvieron la oportunidad de sobrevivir por el apoyo que recibieron del sector universitario y popular y por la denuncia que hicieron en la que se decían los nombres de los implicados en el atentado como: Crescenciano Barrera Soberanis, Tomas Sánchez Segredo, Crisanto Pinzón y otro de origen panameño que se llamaba Jaime Enrique Segismond Pérez quien envió un carta a los periódicos el 9 de enero de 1979 donde denunciaba que agentes policíacos vinculados al gobernador del estado le exigían que asesinara a cuatro presos políticos: Juan Islas, Arturo Gallegos, Aquilino Lorenzo y Octaviano Santiago Dionisio a cambio le otorgarían su libertad y dinero. Señaló directamente a Crescenciano Barrera Soberanis, jefe de guardias personales del Procurador General del Estado Carlos Acosta Ulises y otro llamado Crisanto Pinzón. La denuncia la hizo mediante una carta escrita con su puño y letra.  Se publicó en la revista Proceso número 123 el 12 de marzo de 1979.
Octaviano Santiago salió de la cárcel el 21 de enero de 1982 e inmediatamente se incorporó a trabajar a la Universidad Autónoma de Guerrero con una plaza de solidaridad donde trabajó como bibliotecario, lo mismo hicieron otros presos y perseguidos políticos. Desde su estatus como universitario se mantuvo activo siempre apoyando la lucha de los colonos y buscando mayor democracia.  “No cualquiera se atreve a ser como tu fuiste. Un lucero te acompañará siempre: desde niño fuiste valeroso”. Escribió Juan López. En su sepelio se oyó decir: “Octaviano luchó por forjar ese mundo armonioso de comunidad social”.




jueves, 3 de enero de 2019

Octaviano Santiago Dionicio V


Víctor Cardona Galindo
El comunicado de los Comandos Armados de Guerrero apareció publicado el 13 de enero de 1972 en Excélsior. El mismo día en que los cuerpos policiacos rescataron a Farill Novelo a las 9 de la noche, “sin que hubiera necesidad de pagar los tres millones de pesos que exigían por ello. Lo tenían en la punta de un cerro de rocas entre los poblados de Pueblo Nuevo y El Veladero”.
Octaviano Santiago Dionicio en uno de
sus días de cautiverio.

Según los periódicos los detenidos por esa acción fueron: Cándido Fierro, Guillermo Bello López (José); Francisco Fierro Loza (Chon); Octaviano Santiago Dionicio (Abrahán Molina); Rubén Ramírez Lozano (La Chiquitilla); José Albarrán Pérez, María Ascensión Hernández y la directora de la Escuela Secundaria Progreso de Acapulco, Flora Albarrán.
Nada se dijo de la detención de Guadalupe Fierro, Juan Bahena y su esposa. Así como de María del Rosario Santiago y de su esposo Teódulo Serafín quienes fueron liberados a los tres días después de recibir varias sesiones de tortura.
“No importa nuestra detención. Ninguno de los que forman los 35 grupos que vienen trabajando bajo las órdenes de Lucio Cabañas se arredrará y proseguirá su trabajo señalado”, declaró a Carlos Ortiz un Octaviano Santiago Dionicio de 21 años de edad, quien aceptó formar parte de la Brigada Campesina de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres.
Ortiz escribió que Octaviano tenía “dos antecedentes penales porque en los años de 1967 y 1969 fue detenido por dedicarse al reparto de propaganda subversiva y actos contrarios al orden. En ambas ocasiones se le dejó en libertad por tratarse de un menor de edad”.
Excélsior publicaba en su edición del 14 de enero: “El Ejército y policía rescataron esta noche al ingeniero Jaime Farill Novelo, entre Pueblo Nuevo y el Cerro de El Veladero, a veinte kilómetros de este puerto, y capturaron a sus secuestradores, seis hombres y dos mujeres, profesoras” “Todos los detenidos fueron llevados directamente a los cuarteles de la XXVII zona militar, cuyo comandante el general Joaquín Solano Chagoya, procedió a interrogarlos”. Farill dijo que “sus secuestradores lo trataron bien, pero que desde el miércoles no probaba alimentos”. “Octaviano Santiago Dionisio o Abrahán Molina fue identificado como el autor intelectual del plagio que se atribuyó el grupo Comandos Armados de Guerrero y la Brigada Campesina de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres, que se dice jefatura el profesor Lucio Cabañas”.
De regreso a la escuela Farill comenzó a devolver el 50 por ciento de las cuotas. Mientras un movimiento estudiantil se gestó exigiendo la libertad de su dirigente José Albarrán Pérez, hicieron manifestaciones y bloqueos de calles. Y la comunidad universitaria se solidarizó con los recién detenidos. Enrique Díaz Clavel publicó que: “Pocas horas después del retorno del ingeniero Jaime Farill Novelo a su hogar, hubo una manifestación de estudiantes preparatorianos que al principio fue en apoyo para él, pero posteriormente fue aprovechada para lanzar vítores a Jenaro Vázquez y Lucio Cabañas”.

Las aprehensiones

En ese tiempo María del Rosario Santiago Dionicio, “Chayo” vivía por el lugar conocido como El Pasito en la ciudad de Acapulco. El día que su martirio comenzó, llegaron a su casa Francisco Fierro Loza y José Albarrán a quienes les invitó un café. Mientras Fierro escribía en una máquina un documento,  Albarrán salió. Como a las dos horas que se fue Albarrán y un poquito después que Fierro abandonara el lugar, agentes judiciales que se movían en 15 coches rodearon la vecindad. Ella no sabía que estaba pasando. Había recibido a Fierro Loza con gusto porque era su vecino en el ejido de El Porvenir donde todos los años acudía a cortar la huerta de café y era amigo de su esposo Teódulo Serafín quien al llegar a las 9 de la noche de trabajar también fue aprehendido y se los llevaron en automóviles separados.
Los judiciales en el camino interrogaron a Chayo. Le preguntaron si conocía a Francisco Fierro Loza y dijo que sí. Pero cuando le preguntaron por Abrahán Molina ella no supo. “Yo solo oí que se iban a juntar con ese tal Abrahán Molina en el Cine Bahía”. Eso les explicó a los policías porque escuchó que Francisco Fierro le había hecho ese comentario a su acompañante. Allá la llevaron y la colocaron como carnada.
Ahí en el Cine Bahía la tuvieron hasta las cuatro de la mañana para ver si alguien aparecía. Después la llevaron atrás de la Coca cola a una casa donde torturaban a los detenidos. Estaban ahí como 15 personas, entre ellos Romana Martínez, hermana de Francisco Fierro Loza y sus hijos.
Los sacaban uno a uno a interrogar. Llevaron a Chayo a una huerta y apagaron las luces para que no viera como llevaban a Albarrán que iba gritando “por favor no me torturen ya” y se lo sentaron a un lado. Mientras le ponían una pistola en la nuca le preguntaron por Abrahán Molina, ella no sabía que ese era el seudónimo de su hermano Octaviano Santiago Dionisio y dijo que no lo conocía. Entonces le preguntaron a Albarrán como era que la conocía y él contestó que había ido a su casa con Abrahán Molina: “Luego me preguntaban ¿Dónde está Abrahán Molina? Y yo contestaba a ése no lo conozco. Yo soy Rosario Santiago Dionicio y antes de que me maten vayan y pregunten en Atoyac”. De ahí ya no hubo interrogatorios y la regresaron donde estaban los demás.
Como a las cinco de la mañana trajeron a Francisco Fierro Loza con dos costillas rotas,  por eso se quejaba. Como a las dos horas de que llegó detenido Fierro, trajeron también a Octaviano lleno de sangre venía golpeado de la cabeza: “al aventarlo para subirlo al coche se golpeó y le abrieron la frente por eso sangraba. A Albarrán lo metían a la pileta y descubrió todo. Le tocó la peor tortura porque fue el primero que agarraron. Cuando agarraron al último entonces los fue a ver Farill y les dijo a los judiciales ‘por favor no quiero que torturen a estos muchachos, ellos me trataron bien”. Rosario estuvo tres días detenida, salió después de llenar muchos papeles.
El ingeniero Guadalupe Fierro recuerda que tenía 17 años cuando fue detenido por ir a visitar a su madre que era hermana de Francisco Fierro. Coincidió en el encierro con su madre Romana Martínez, Teódulo Serafín, Cándido Fierro, su padrastro Juan Juárez Bahena y Rosario Santiago Dionicio. A Francisco Fierro lo torturaron delante de todos. Finalmente los familiares salieron sólo quedaron los cinco que integraban el comando, quienes fueron llevados a la cárcel de Hogar Moderno.
En el libro del Partido de los Pobres se cuenta acerca de: “La forma de cómo detectó la policía a los compañeros, fue como sigue: a José Albarrán Pérez le dan la comisión de ir a entregar un comunicado a la familia Farill de parte del comando nuestro. Para esto llamó por teléfono a la familia desde una paletería que se encuentra frente al cine Ríos en la avenida Cuauhtémoc y Vallarta. El dueño de la paletería escuchó la comunicación e inmediatamente llamó a la policía. Al terminar la llamada Albarrán tomó el camión y ahí lo detuvieron policías uniformados”.
Los uniformados lo entregaron al comandante Wilfrido Castro Contreras, “quien hizo hablar a Albarrán y dio la cita que tenía con Fierro Loza en una panadería que está junto al cine Terraza Bahía en Acapulco”. Donde detuvieron a Fierro Loza y lo llevaron a una casa de tortura. “En cuanto a Rubén Ramírez lo detuvieron al llegar a la casa de Fierro Loza, que había sido entregada por Albarrán”. Así se cortó el suministro de alimentos y de información a los dos guerrilleros que cuidaban a Farill y se neutralizó la comisión de negociación y el pago del rescate.
Al no tener noticias de sus compañeros en la ciudad Octaviano Santiago Dionicio bajó del cerro en donde estaba cuidando al secuestrado y lo detuvieron al llegar a la casa de su hermana Rosario. Lo torturaron y como no decía nada comenzaron a torturar delante de él a Fierro y a Rubén. Para evitar que los siguieran torturando Octaviano dijo el lugar donde tenían a Farill.
Del balance que hizo el Partido de los Pobres de esa acción considera: “que de las exigencias que puso el comando que secuestró a Farill sólo no se cumplió el pago de los 3 millones”, la lectura del comunicado se hizo y la publicación también y se les devolvió el 50 por ciento de las cuotas de inscripción a los alumnos. “En la primera entrevista que le hicieron a Octaviano recuerdo que dijo esta frase: hemos perdido una batalla solamente, no la guerra”.  
Estando Octaviano Santiago en el penal de Acapulco, cayeron presos 15 campesinos de San Francisco del Tibor acusados de la primera emboscada que Lucio les puso a los soldados el 25 de junio de 1972 y más de 40 campesinos de El Quemado que fueron responsabilizados del segundo ataque que se dio el 23 de agosto en el Arroyo Oscuro. Los campesinos no estaban politizados y llegando al penal con la dirección de los presos políticos adquirieron una formación política. Así nació parte de esa estructura indómita que en Atoyac durante muchos años le ha dado vida a la izquierda.
Los cinco presos políticos: Octaviano Santiago Dionicio, Guillermo Bello López, José Albarrán Pérez, Rubén Ramírez Lozano y Francisco Fierro Loza aprovechando la cobertura que les daba estar en la cárcel se dedicaron a denunciar las arbitrariedades de los cuerpos represivos en la sierra de Atoyac, principalmente en la revista Por qué? Uno de esos textos fue publicado el 9 de noviembre de 1972 dice: “A raíz de las enérgicas respuestas de la Brigada Campesina de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres a los actos brutales del gobierno, cientos de hogares campesinos han sido cateados con el habitual lujo de violencia; cientos de campesinos de todos los ejidos de la Sierra de Atoyac han sido brutalmente torturados para que se declaren culpables de participar en las emboscadas tendidas a miembros del ejército por el grupo guerrillero del Partido de los Pobres”.
“Las humildes escuelas construidas por el pueblo para educar a sus hijos, han sido convertidas en verdaderos cuarteles y en infernales centros de tortura”. Dice el comunicado.
El 24 de mayo de 1973, también en la revista Por qué? Mediante una carta denuncian, el fusilamiento público de seis campesinos en Los Piloncillos. “Aunque el gobernador y el procurador traten de cuidar el honor de su criminal instituto armado, el Pueblo sabe que fueron militares los que el día 24 de abril de 1973 fusilaron a Saturnino Sánchez G. de 65 años (inválido); a Toribio Peralta y Eleazar Álvarez, ambos de 17 años; a Santín Álvarez, de 18 años y al anciano de 70 años de edad Crescencio Reyes”. Como se ve en el texto sólo dan el nombre de cinco campesinos el sexto acribillado fue Santos Álvarez Ocampo.
Al llegar a la cárcel pública los presos políticos se encontraron con que había muchos enfermos de tuberculosis que convivían con la población sana y la alimentación era pésima. Les daban una o dos tortillas con comida a veces descompuesta, había maltrato a los familiares que iban de visita y muchos encarcelados sin proceso.
Otro frente de lucha fue mejorar las condiciones del penal. Se organizó un movimiento y Octaviano Santiago se convirtió en asesor de la población carcelaria. Nicomedes Fuentes recuerda que se comenzaron a hacer movimientos para que se separaran a los enfermos de la población sana y que les dieran atención. También pedían respeto para los familiares que iban de visita. Se organizó el trabajo de los internos mediante las artesanías, se le dio orden a la actividad productiva y se constituyeron en una sociedad cooperativa.
“Hicimos una huelga de hambre con 30 gentes, estaban los presos políticos respaldados por los campesinos”, recuerda Zohelio Jaimes Chávez que estaba preso con los campesinos de San Francisco del Tibor. Tardaron 3 días en la huelga de hambre y se logró mejor alimentación, se les dio uniformes a los deportistas del penal. A los presos enfermos los llevaron a una clínica y se les consiguió un médico de planta. Lograron que salieran más de 40 presos que estaban encerrados sin tener delito.
En el libro Lucio Cabañas. El guerrillero sin esperanza, Luis Suárez reproduce un discurso en donde Lucio habla de los presos: “Que Octaviano, del Partido de los Pobres, se junta con los presos comunes y no se aparta, y se pone al servicio de ellos, los ve como hermanos y los politiza. Y a los presos comunes, los vuelve presos políticos y los dirige, y acaba de ganar una huelga o dos huelgas acaba de ganar éste Octaviano”.