martes, 2 de julio de 2019

El carnaval


Víctor Cardona Galindo
 El festejo del Carnaval tuvo su época de oro en Atoyac, a mediados del siglo pasado, cuando se vivía el boom cafetalero. Era una fiesta en la que participaba toda la población. En todas las casas se adornaban y se pintaban cascarones de huevos para luego llenarlos de maicena, confeti y perfume para venderlos o quebrarlos un día antes del miércoles de ceniza.
Agustín Hernández Vázquez, Casanga, con el disfraz
de El Quijote de la Mancha ganó el primer lugar en el
concurso de disfraces en el Carnaval de 1983, en la
gráfica lo acompaña Salvador Hernández Meza.

En la primera mitad del siglo XX se organizaban festivales en la plaza principal de la cabecera municipal con palenques de gallos. A veces los festejos se desarrollaban en la plazuela “La perseverancia” donde ahora está el mercado. Se construía una enramada en “donde se desarrollaba la fiesta, y dentro de ella había toda clase de juegos de azar, peleas de gallos y fandango de arpa, en donde se lucían los mejores bailadores y bailadoras de la región a los acordes de los instrumentos de cuerdas y el golpe de la tarima”, escribió el cronista Wilfrido Fierro Armenta.
Los festejos del Carnaval comenzaban en los primeros días de febrero, cuenta Paty Parra: “Por las noches salía un grupo de personas cantando el paspaque… La música del paspaque se acompañaba con guitarra, maracas y un tamborcito. Los dueños de las casas donde se cantaba salían a dar unas monedas”.
Paty Parra dice que su tía Justina Parra le contó: “que en mil novecientos treinta y tantos el mero día del Carnaval que caía en domingo, se hacían dos bandos y ellos se preparaban para la ‘guerra’, se pintaban cascarones y se llenaban unos canastos grandes con los cuales se enfrentaban en la noche frente al palacio municipal, el bando que ganaban elegía una reina que coronaban y bailaban hasta el amanecer. Al otro día la paseaban en la tarde por las calles”.
También José Hernández Meza  ha escrito sus vivencias sobre estas fiestas, él considera que la tradición del Carnaval es una de las costumbres que se van quedando en el olvido: “son las fiestas carnestolendas que antecedían a la cuaresma y eran todo un acontecimiento de gran trascendencia en la vida social de los atoyaquenses”.
Fierro Armenta dejó escrito que partir del año 1926 fue lanzada la primera convocatoria para elegir a la reina de las fiestas del Carnaval, donde salió electa la señorita María Téllez; desde ese tiempo hasta los ochentas se hizo costumbre organizar el acto de coronación de la reina y el Rey feo, en la plaza Morelos, acto que siempre estuvo a cargo del Presidente Municipal con excepción  de 1960, cuando el gobernador del estado Raúl Caballero Aburto acudió a coronar a Socorro Ariza.
Todos los años se formaba un comité para organizar el Carnaval auspiciado por el Ayuntamiento y se organizaban también una especie de subcomités para apoyar a las candidatas a reinas. Los fondos que se recaudaban se destinaban a una obra de interés social. La candidata que juntaba más dinero ganaba. En 1960, cuando fue reina Socorro Ariza y princesa Carmelita Flores los recursos que se juntaron fueron para la construcción de la escuela primaria “Juan Álvarez”.
En 1966 lo que se recaudó de la elección de la reina del Carnaval se destinó para la erección de la estatua del general Juan Álvarez y salió electa Florentina Radilla del Río. En la competencia eran famosas las bombas (cooperaciones cuantiosas). De ahí que se cuente la leyenda que una vez competían la candidata de los pobres y la candidata de los ricos: “De pronto llegó un viejito que depositó una bomba, era Lucio Cabañas quien disfrazado hizo ganar a la candidata de los pobres”.
La competencia era económica por eso dice José Hernández que: “Era frecuente ver por las noches durante la campaña, tocar puerta en puerta a un nutrido grupo de personas, acompañando a cada una de las candidatas para pedir la cooperación de los moradores con el canto del paspaque con unos versos como estos: “Será aquí, o será allá /o será más adelante /porque dicen que aquí vive /un señor muy elegante… Esta casa esta medida /con cien varas de listón /en cada esquina una rosa /y en medio su corazón… Vámonos compañeritos /vámonos que vengan otros /que les hagan el favor /que nos han hecho a nosotros”.
Wilfrido relata que  el Carnaval era festejado debidamente cuando las autoridades del lugar se empeñaban en organizar un buen programa en donde había reinas y concursos de disfraces, donde era también costumbre entre los atoyaquenses comprometidos con la tradición sacar el paspaque: “Un grupo de hombres y mujeres enarbolan una bandera roja; los hombres que lo integran son obligados a vestirse de mujer durante la semana del Carnaval Grande van pintados de la cara sirviendo de mojiganga, y de igual manera le hacen a las mujeres (las visten de hombres) en el transcurso de la semana del Carnaval Chiquito; bailan por las calles el son del Toro y El chuchumilco; anteriormente toreaban uno hecho de petate; el grupo trova versos en cada una de las casas que visitan, cobrando pequeñas multas en dinero que servirá para organizar la fiesta, la que empieza desde el primer domingo de Carnaval, y termina hasta el miércoles de Ceniza”.
Hernández Meza comenta: “después de haber recibido un donativo (los del paspaque) proseguían con su itinerario calle por calle. El domingo antes del martes de carnaval, se efectuaban los cómputos finales donde salía triunfante la señorita que sería nominada reina por el número de votos mayoritarios que se traducían en dinero de lo recaudado por cada participante”.
En 1947 fue reina del Carnaval, Gloria García Galeana y el recurso obtenido fue para comprar el reloj que durante mucho tiempo lució la torre de la iglesia. Y en 1949 fue reina Yolanda Ludwig Nogueda y princesa Lucrecia García Galeana, aporta José Hernández con datos que encontró en el archivo municipal.  Además fueron reinas entre otras las distinguidas y hermosas atoyaquenses: Socorro García Quiñones, Hilda Paco Reyes, Genoveva Campos y Guillermina Galeana Otero.
“Se hacía la quema del mal humor representado por un ataúd negro que paseaban en hombros, con hombres vestidos de mujer llorando tras él, se leía su testamento en voz alta, siempre con frases jocosas, ya sea exaltando virtudes o defectos, dedicadas a personajes de la política, profesionistas o comerciantes destacados del municipio, el pueblo ahí reunido se reía de estas ocurrencias escritas para esta ocasión. También se coronaba al ‘rey feo’ o ‘rey momo”, rememora José.
“En la noche en el jardín central, las muchachas y señoras que asistían a los festejos, daban vueltas alrededor del kiosco y los jóvenes y señores quebraban cascarones pintados y rellenos de confeti multicolor sobre sus cabezas, algunos muy respetuosos decían ‘con permiso’  y los desmoronaban sobre ellas, había muchachos más osados que estrellaban sus cascarones con ‘perfume’ sobre sus pechos dejándolas empapadas de agua, algunos malosos los llevaban llenos de harina o talco, dejando blanqueando las cabezas de las damas que eran blanco de sus proyectiles” Continúa evocando José Hernández: “Para culminar los festejos se organizaba el baile de coronación y de disfraces, en donde la reina y sus princesas hacían gala de la belleza costeña; se premiaba en efectivo al primer, segundo y tercer lugar de los participantes disfrazados y el jolgorio terminaba ya en la madrugada del siguiente día”.
Era muy colorido el desfile de carros alegóricos que se realizaba en las tardes, la gente salía a las calles a festejar y a ver las bellezas que desfilaban. Se recuerda que pasado el momento de la coronación, empezaba a librarse un nutrido combate de serpentinas, confeti y cascarones, amenizado por una alegre serenata. El baile de disfraces se desarrollaba el martes de Carnaval algunas veces en la escuela Juan Álvarez y después en Club de Leones. Había un jurado para elegir el mejor disfraz y se premiaba a los primeros lugares. Agustín Hernández Vázquez (Casanga) trae a la memoria con alegría las veces que ganó el primer lugar en el concurso de disfraces, una fue en 1966 y la otra cuando se vistió de El Quijote de la Mancha, montando un caballo flaquísimo se presentó al baile en la Cueva del Club de Leones.
En los años setentas el Carnaval se festejaba en todo el municipio. Era una fiesta de colorido. Antes que llegara en todas las casas se ponían a coleccionar cascarones de huevos, las madres de familia sólo le abrían el “piquito” al cocinar y  se guardaban en una canasta atrás de la casa. Cuando ya era tiempo se limpiaban y se pintaban de diferentes colores, luego se llenaban de talco, perfume, confeti, harina o ceniza, se tapaba con pequeño recorte de papel de china, para luego venderlos o quebrarlos en la cabeza, eran los mayores los que más participaban. Pero ahora son pocos los huevos que se hacen y son los niños los que juegan tronándolos. Ya a los grandes y a los adolescentes no les llama la atención eso.
Este festejo del Carnaval que se llevaba a cabo en la plaza principal con gran pompa, ahora sobrevive únicamente en la colonia Sonora; aunque no necesariamente en las mismas fechas, pero se realiza cada año comenzando con la elección de la candidata a Reina de El Carnaval. En 1998 comenzaron a festejar el Carnaval en la colonia Sonora. Cleis Danaé Ríos Rendón fue la primera reina. Aquel año la fiesta fue del 22 al 28 de febrero, las actividades comenzaron a partir de las seis de la tarde, con las kermeses y venta de los cascarones. El 24 de febrero se llevó a cabo el cómputo para la selección de la reina y el 28 hubo un concurso de disfraces y de piropos. 
A la colonia Sonora le pusieron así porque ahí vivían los Benítez quienes tenían el tambor con el que llamaban a la danza de El Cortés. Ahí también vivía don Aurelio Castro el primer cohetero de Atoyac cuyo molino tenía una “forma de barril mezcalero, donde molía las materias primas para la pólvora, lo tenía junto al arroyo en la margen izquierda sobre su cauce”, escribió don Simón Hipólito. De hecho la colonia Sonora es la más vieja de la ciudad, porque en el pasado Atoyac no rebasaba El Arroyo Cohetero. Su gente es alegre y bullanguera, gusta de las fiestas y es unida.
Durante el 2011, los cómputos fueron el domingo 27 de enero. El jueves 3 de febrero se quemó el mal humor. Los sonorenses (de la colonia Sonora) recorrieron con el ataúd las calles Galeana, Hidalgo, llegaron frente a las oficinas del DIF, tomaron la calle principal y regresaron por Álvaro Obregón para quemarlo en el centro de la colonia; después de leer el testamento a las viudas. Este año la reina del carnaval fue Citlalic Catarino Rosas y la princesa Kenia Laura Rivera Barrientos.
Durante el carnaval del 2011, la síndica Guadalupe Galeana Marín coronó a la reina y en representación de Pablo César Solís Nava, Armando Mariscal coronó a la princesa. Los recursos que se recaudan en este evento son para el festejo del Día del Niño y de las Madres que se lleva a cabo en la colonia.
El carnaval de colonia Sonora compite con el de Río de Janeiro dice entre bromas, Isaac Rendón Reyes, El Chaca: “Porque ellos tienen malecón y nosotros Arroyo Cohetero”. El Chaca es el alma del evento. Adrián Jacinto se ha convertido en la lente que todo lo graba, que todo lo ve. Aunque ahora muchas otras cámaras graban y toman fotos. En el Carnaval ya no se necesita un camarógrafo oficial, cargo que una vez tuvo Fausto Hernández Meza.
En 2012  el cómputo fue el 10 de marzo a las 8 de la noche y el 11 se quemó el mal humor. “El Carnaval este año se hizo fuera de tiempo, pero se decidió realizarlo para unir a la gente; ahora, además se busca dársele una orientación católica”, informa El Chaca.
El humor es un ataúd negro lleno de aserrín y de cohetes. Por eso fácil se quema y vuela por todos lados ante la algarabía de los presentes y el desparpajo de los niños. En el 2012 el sarcófago del mal humor salió del centro de la colonia Sonora. Iba seguido por muchos hombres vestidos de mujer que gritaban y simulaban llorar y hacían bromas como: “te fuiste horcón de en medio… Hay me dejaste”. Isaac Rendón va por delante con la bocina animando, la multitud camina atrás de ellos festejando sus puntadas. El cortejo marcha por la calle Galeana, sigue por Hidalgo, luego la Juan Álvarez, Álvaro Obregón y regresan de nuevo a Galeana, en donde colocan el ataúd en una esquina y las mujeres disfrazadas simulan un escandaloso llanto, se lee el testamento y se prende fuego al féretro. Todo se llena de cohetes y algarabía. Los desmadrosos aprovechan para reventarles los globos que llevan los hombres disfrazados en las pompis. Todo es fiesta, así inicia El Carnaval en la colonia Sonora.




No hay comentarios:

Publicar un comentario