martes, 27 de noviembre de 2018

Cuando los cafetaleros viajaban en avioneta

Víctor Cardona Galindo
Plan del Carrizo es una comunidad en lo alto de la sierra de Atoyac. Está a 40 kilómetros de la cabecera municipal. El pequeño caserío está rodeado de colinas que se llenan de neblina por las tardes y por las mañanas de un rocío que al caminar entre la maleza moja la ropa. Son unas colinas donde cantan las chachalacas y el trino de los jilgueros llega hasta las casas acompañado de ese olor a pasto que todo lo llena, “ese olor a gordura” como lo llama mi padre. Característico de la selva cafetalera.
La avioneta de los Vargas. Foto: Víctor Cardona Galindo

En 1955, un aeroplano volaba y volaba en círculos en el cielo de Plan del Carrizo. Dos veces anduvo el avión dándole vueltas al pueblo. Asomándose al cielo don Juan Vargas Pérez le dijo a su hermano Hermilo “creo que quiere aterrizar porque no le abrimos una pista” y  en un terreno plano le abrieron una “pistita” como de 100 metros ahí aterrizó esa avioneta.
Ya que estaba en el suelo el piloto les dijo donde podían construir un campo de aterrizaje.
El aeromotor resultó ser propiedad del industrial Guillermo Avellaneda. Un español radicado en el puerto de Acapulco que se interesó en poner un beneficio húmedo en el Plan del Carrizo. Con el piloto de esa avioneta les envió, a los Vargas, la propuesta de una sociedad para comprar y exportar el café.
Avellaneda se asoció con los Vargas para procesar el café y mandó una maquina despulpadora de dos discos. En ese tiempo don Juan Vargas llegó a cortar en una temporada 600 quintales en su huerta de Los Mangos. Avellaneda les pagaba a 525 pesos el quintal.
El primer viaje en el avión lo hizo don Juan Vargas desde Plan del Carrizo al puerto de Acapulco. En ese tiempo el aeropuerto estaba en Pie de la Cuesta donde ahora es de la base de la Fuerza Aérea Mexicana.
En esa ocasión don Juan Vargas se entrevistó con Guillermo Avellaneda con quien trató las condiciones de la sociedad. Él financiaría la maquinaria para el beneficio del café y los Vargas pondrían el producto, quienes durante dos años también compraron el grano a los agricultores de la comunidad y con la máquina despulpadora de dos discos procesaban en café para hacerlo pergamino.
En ese tiempo sólo cosechaban la variedad “café criollo o típico arábigo, que es el bueno” dice don Juan. Después trajeron otras variedades como caturra y bourbon “pero el bueno es el arábigo”.  Era el tiempo del oro verde, estaba a 525 pesos el quintal en Acapulco con el transporte pagado por los industriales.
Con el primer viaje de Juan Vargas se inauguró una etapa de transporte en avión de Atoyac a la sierra. En el Ticuí ya existía un campo de aterrizaje que fue inaugurado en 1935, con el aterrizaje de un avión trimotor piloteado por un aviador de apellido Clevens. Ese campo daba servicio a la fábrica de hilados y tejidos. Por eso los primeros viajes se hicieron de El Ticuí a Plan del Carrizo. Después los Vargas compraron un terreno al Sur de la ciudad en el lugar conocido como El Rondonal, para tener su propio aeropuerto.
Dice el cronista Wilfrido Fierro Armenta en la Monografía de Atoyac que en 1955 “los hermanos Hermilo y Juan Vargas en sociedad con el señor Benjamín Avellaneda, pusieron en operación un campo de aterrizaje en El Rondonal”. Donde ahora está la calle que se llama Viejo Aeropuerto. Servicio que se inició el 15 de diciembre de 1955 utilizando una avioneta marca Piper con las iniciales X.B.T.E.A y se suspendió en 1961.
El aeroplano que hizo los primeros viajes a la sierra era de propiedad Avellaneda y cuando los Vargas se capitalizaron y vieron que les convenía le compraron una avioneta a don Guillermo. Se las dio en 66 mil pesos y la piloteaba Adolfo Hernández.
Pero al ver que era negocio el transporte de café y de pasajeros en avioneta Adolfo Hernández les pidió la avioneta y a cambio Avellaneda les dio otra. Pero ya cuando trabajaba por su cuenta Adolfo se emocionó echando viajes y no le puso atención al mantenimiento de la avioneta. El aparato comenzó a quemar aceite y se vino a pique muriendo quemado el piloto en las inmediaciones de Plan del Carrizo.
Wilfrido dice que “El 26 de febrero de 1956 la avioneta Piper X.B.T.EA, por fallas del motor se desplomó incendiándose cerca de El Plan del Carrizo, murió el piloto Adolfo Dávila”
Los Vargas tuvieron a su servicio varios pilotos entre ellos los hermanos Gonzalo y Alberto Márquez. Gonzalo, y otro del que don Juan Vargas no se acuerda del nombre, vivían en la calle 5 de mayo 47 en el puerto de Acapulco. Alberto llegó a bajarse cuatro toneladas de café pergamino en un día.
Luego les piloteó un español que se llamaba Carlos Antolín. Los pilotos ganaban cuatro mil pesos al mes y si alguien quería bajar rápido a la cabecera municipal les cobraban 50 pesos el pasaje. En avioneta a los 20 minutos ya estaban en Atoyac.
El campo aéreo que estaba en El Rondonal medía 43 metros de ancho por 400 metros de largo de norte a sur. La avioneta aterrizaba contra el viento. La gasolina la traían de Acapulco en una camioneta Willys propiedad de un miembro de la familia Valle.
Fue una época de oro. Desgraciadamente los Vargas como la mayoría de los cafetaleros despilfarraron el dinero, se lo gastaron bebiendo en La Burrita que estaba en la calle Fernando Rosas y Silvestre Castro. En ese tiempo había mujeres “sabrosas” en la zona de tolerancia que hicieron época y dinero. “Tirábamos el dinero diciendo al fin ahí están las matas”. Había muchos antros “llegaron unas putas de Acapulco por eso le pusieron Acapulquito al barrio de la zona de tolerancia” dice don Juan.
Eran tiempos de bonanza. En el Zócalo había refresquerías como El Trópico propiedad de Wilfrido Fierro. Los tamarindos de la plaza eran testigos de la prosperidad de la región. Eran los tiempos en que los cafetaleros prendían el cigarro con un billete y la canción “Mi cafetal” sonaba en todas las sinfonolas.
A la avioneta de los Vargas le cabían tres personas, cuatro con el piloto. Don Juan aprendió a manejar la avioneta y llegó a volar solo. Hacía sus compras Acapulco, de donde traía cartones de huevos para cocinarlos con chile verde y darle de comer a los peones.
Juan Vargas llegó a contratar 100 peones, que le traía Prisciliano Miranda de Zapotitlán, para cortar y con 10 mulas acarreaba el café. Tenía cuatro cocineras y acarreaba en picheles los frijoles guisados, para que comieran los peones. “A las bestias le colgaba por un lado un pichel con frijoles y por otro lado las tortillas, muchas tortillas”. 
Avellaneda tenía un barco en el que enviaba el café al extranjero y tenía su bodega en Acapulco en la calzada Pie de la Cuesta 32, antes de llegar al Pasito.
Hasta que llegó la carretera y los costos se elevaron, ya no tuvieron recursos para sostener el piloto, entonces se acabaron los vuelos de la avioneta, que por seis años dio servicio a los cafetaleros de Plan del Carrizo.
Don Juan Vargas nació en San Juan de las Flores en 1922, cumplirá 90 años el próximo 24 de junio. Su padre fue José Trinidad Vargas Villa “El negro Vargas” y su mamá Justa Pérez Fierro.
Cuando su padre llegó al Plan del Carrizo eran terrenos libres. Ahí se estableció la familia Vargas y fincaron huertas de café. A la hora del reparto agrario Plan del Carrizo quedó como anexo de El Rincón de las Parotas. En 1956 Juan Vargas comenzó a gestionar el deslinde del ejido de El Rincón de las Parotas, ahora se llama ejido del Plan del Carrizo.
Dice don Juan que él se puso a gestionar el ejido porque andaban ya los “rapamontes” encabezados por Melchor Ortega que se querían llevar la madera del Anexo. Tardó seis años  gestionando el ejido. Hasta el que el 9 de noviembre de 1971 se publicó la resolución presidencial en el Diario Oficial de la Federación, que autorizaba la separación de Plan del Carrizo de El Rincón de las Parotas y el 20 de enero de 1973 se ejecutó la resolución creando formalmente el ejido.
El ingeniero anduvo midiendo subió al cerro de El Encanto y otras elevaciones. Finalmente el ejido se formó con 4 mil 90 hectáreas. Se llama Plan del Carrizo “porque había una cieneguita, un charquito, donde crecía un rollo de carrizos. Era un plantita muy frondosa de donde los niños sacaban varas para hacer trabucos y rifles para tirar piedritas”.
Antes del año 38 había muchos langostinos en el arroyo de Plan del Carrizo pero vino una creciente que se llevó todo el camarón, sólo quedó el socavón. Antes iban por la noche a camaronear con un hachón y con un machete llenaban una tirincha. A veces por efecto de luna no encontraban ningún camarón.
Los cerros de El Varandillo y Las Guacamayas,  el cerrito Chato y el cerrito de El Carrizal, cercanos al Plan del Carrizo están poblados de Pinos, encinos, madroños y nanchillos. En la orilla de ese arroyo de aguas frías abunda el cuajinicuil.
En los mejores tiempos del café Plan del Carrizo tuvo una planta de luz que abastecía al pueblo, se prendía a las seis de la tarde y se apagaba a las ocho de la noche. La planta también era de los Vargas. Y al motor de la máquina despulpadora se le adaptaron atrás otras bandas que sirvió como molino de nixtamal.
Don Juan Vargas recuerda que llegó a cortar 600 quintales y cuando abrieron la carretera se compró Jeep que fue el primer vehículo que entró a la comunidad, “en ese tiempo los carros eran muy caros”. En los últimos tiempos en los alrededores de Plan del Carrizo los potreros van ganándole espacios a las huertas, de la pista de aterrizaje y del beneficio húmedo de café sólo quedan vestigios. En la cabecera municipal, de aquella época, queda de recuerdo la calle Viejo Aeropuerto.
Sin embargo la sierra sigue siendo apasionante. El Varandillo es un pequeña cuadrilla de cuatro casas, “en carro llegas a Plan del Carrizo y de ahí a caballo”, dicen sus habitantes para que los visites. 

Salvador Téllez Farías: hombre de teatro y escritor de leyendas


Víctor Cardona Galindo 
Hay quien ha visto salir del panteón de Atoyac a las tres de la mañana a un hombre vestido de charro con botonadura de plata, todo de negro, un gran sombrero de charro le cubre la cara y su caballo negro danza al caminar haciendo sonar las herraduras en el piso. Se escucha el rechinido del metal en el pavimento.
El escritor, actor y director Salvador
Téllez Farías. Foto: Internet.

Avanza despacio por la calle Matamoros. Acompañado de los aullidos de perros da vuelta por Anáhuac. Un rato se escucha el paso del caballo que se va perdiendo por Florida hasta llegar al río. 
Ese hombre vestido de negro habita en un cerro por el camino a  la sierra, antes de llegar al Rincón de las Parotas, donde está la Piedra del Diablo. Cuando estaban construyendo la carretera al Paraíso, se dio una situación muy particular, durante el día avanzaban en el trabajo, y al otro día, cuando regresaban los trabajadores, encontraban que lo que habían escarbado el día anterior había desaparecido, como si no hubieran avanzado nada. Así estuvieron, hasta que el ingeniero llevó al padre Isidoro a bendecir el camino. Solo así pudieron progresar en la apertura de la carretera.
Hace  tiempo, alrededor de La Piedra, había en abundancia toda clase de frutas y ahí acudían los hombres a pedirle favores al “Malo” o al “Amigo” como le llaman algunos. Dicen los que lo han visto que en esa piedra habita un hombre hermoso, que viste elegantemente de negro, es El Diablo, que por las noches camina en los pueblos de la sierra montado en un caballo totalmente negro y de brillante pelaje. Cuando pasa cerca de las casas entona un silbido muy fino y elegante, buscando a los que tienen compromisos con él.
Mateo Martínez enfadado de la pobreza, un día acudió a la Piedra del Diablo a buscar al Malo para pedirle un favor. Cuando llegó cortó una caña, recolectó frutas, subió a la piedra y comió, luego comenzó a hablarle “Cuera Negra”, “Luzbel”, “Amigo” y otros nombres, pero nadie le contestó, tardó ahí, pero de pronto se escucharon unos balazos en El Ticuí y dentro de la Piedra se oyó la risa escandalosa de una mujer. Entonces Mateo exclamó ¡Ah cabrón no estás! y se retiró. Al otro día supo que habían matado a su primo en El Ticuí.  Cuando El Malo sale de su piedra es para provocar maldades, riñas y desgracias.
El ticuiseño Salvador Téllez Farías ganó un concurso de cuento a nivel nacional con “Cuera Negra”, basado en estos relatos de nuestro pueblo, donde un hombre al que le da el nombre de su padre, hace un pacto con el diablo y logra, pese a ello, ser y permanecer como un hombre bueno, justo y honrado hasta su muerte.
Demetrio quería “tener mucho dinero, disfrutar el amor con mujeres hermosas, comprar terrenos, comprar huertas de coco, huertas de café, potreros para el ganado, adquirir carros último modelo, casas para todas las ocasiones”. El pacto se hizo en la cima del “Cabeza de Perro” un cerro que se localiza en las inmediaciones de El Ticuí. Frente al Cabeza de Perro está La Piedra del Diablo en las faldas de la “azul montaña” a la que le canta Agustín Ramírez.
Nuestro escritor Salvador Téllez Farías falleció el 29 de diciembre del 2003, a consecuencia de un coágulo en el cerebro. Acumuló 39 años como educador y 27 como director escénico. La vida de Téllez Farías fue una historia de entrega y amor a la enseñanza del arte dramático. Antes de morir participó en la obra Juan Tenorio montada en la casa de la cultura de Acapulco.
El maestro Téllez nació el 13 de mayo de 1928 en El Ticuí. Inició su trayectoria teatral en Chilpancingo, bajo la dirección de Luis Montaño.
En 1953 se recibió en la Escuela Nacional de Maestros de la ciudad de México y un año más tarde ingresó al Instituto Nacional de Bellas Artes, donde realizó las carreras de actor y director teatral, teniendo como maestros a personalidades de gran prestigio nacional e internacional como: Saki Sano, Fernando Wagner, Salvador Novo, Emilio Carballido, Ignacio López Tarso, Nancy Cárdenas, Clementina Otero de Barrios, Wilberto Cantón, Dagoberto Guilleman, Hugo Argüelles y Alejandro Jodorowski.
Como maestro era entregado a sus alumnos, un promotor incansable de la cultura a través del teatro y la literatura. Fue de origen campesino, como todos los ticuiseños de su tiempo, sus padres fueron don Demetrio Téllez e Isabel Farías. Hizo en Chilpancingo sus estudios medios y al casarse se trasladó a la ciudad de México.
Quienes lo conocieron dicen que sus tres carreras: maestro, actor y director de teatro se fusionaban y sus clases resultaban apasionantes. A sus alumnos de teatro, “no sólo les impartía expresión corporal, dicción y la manera de moverse en un escenario, también cultura general, valores y formación de la personalidad”.
En 1964, se integró al Instituto Mexicano del Seguro Social como director de teatro, iniciando una larguísima lista de producciones teatrales que gracias al auspicio de ese instituto fueron llevadas por muchos lugares del país.
En 1985 volvió a Guerrero, llegó al puerto de Acapulco, ya jubilado como maestro y para dedicarse por entero al teatro, a la promoción cultural y a escribir.
En el 2003, salió a la luz su primera y única obra publicada en vida Agustina, novela donde retrata la realidad, que se vivía en la región en aquellos años que tuvo que abandonar su tierra para irse a buscar nuevos horizontes. Por eso Agustina más que una novela es un testimonio, una crónica, de cómo se vivía en los contornos de Atoyac en la década de los 30 del siglo pasado, como él mismo dice “muchos de los hechos que se aquí se relatan son verídicos”.
Salvador se introduce a fondo en la vida de aquellos hombres que caminaban por la veredas todos los días a trabajar en sus parcelas, “cargando su bule de agua, sus hachas, sus machetes; unos con huaraches otros descalzos”. Los hechos de violencia que enlutaban hogares, los bandoleros que se escondían por el rumbo del Río Chiquito y la presencia del desgobierno, “llegó una de la policía montada que sólo fue a causar peores males”. Pues con el pretexto de buscar a los culpables de los crímenes entraban a las casas para llevarse, lo poco que tenían los campesinos.
Narra la presencia de la partera que era como la segunda madre de todo el pueblo, cuando el mal de ojo y el juego de los chaneques eran las enfermedades más comunes. Ese río encantador, donde todos acudían a bañarse por las tardes y las mujeres acarreaban agua antes del oscurecer y que no dejaba de tener lugares peligrosos “un remolino, lugar siniestro en cual habían perdido la vida varias personas”.
Las pestes de las vacas eran comunes y las plagas de las langostas que azotaron los plantíos en ese tiempo causando hambre entre la gente que pensaba que era castigo divino por tantos pecados cometidos. Pero también se menciona con nostalgia aquellos cañaverales que producían melao y panocha. “Las moliendas eran grandes. La peonada parecía gozar de la vida, las moliendas eran ferias completas; había de todo, unos cortando las cañas, otros acarreándola al andén para ser trituradas, otros en las calderas esperando que la miel llegara a su punto”.
En esos tiempos en que se desenvuelve la vida de Agustina hubo pueblos completos que se formaron con forajidos “la llegada a establecerse de varios criminales que se habían reunido formando un pueblo; pero un pueblo maldito, puesto que todos vivían fuera de la ley”. El robo permanente de las mujeres bonitas que eran arrastradas de los cabellos por la veredas, con la participación de uno o más robadores, ante los gritos de sus acompañantes. Agustina la protagonista de esta novela fue raptada, y llevada por un hombre que no amaba a vivir a uno de estos pueblos fuera de la ley.
Salvador Solís dice que “Aún adolescente, el profesor Salvador Téllez salió de su natal Ticuí, huyendo de la pobreza y la ignorancia que imperaba en la región, y llegó a Chilpancingo. Ahí encontró buena acogida, pues fue protegido por la familia del propio general Baltazar Leyva Mancilla, entonces gobernador del estado”. Tuvo un primer trabajo como ayudante de la Orquesta Típica del Estado.
Dice Solís que fue fundador de la Casa del Estudiante del Pentatlón Militar Universitario y posteriormente alumno del Colegio del Estado. Ahí estuvo como maestros a Rubén Mora Gutiérrez y Luis Montaño Buis con quien comenzó a participar en la compañía de teatro de la capital del estado y que su última actuación fue en la obra de Don Juan Tenorio, donde hizo el papel de El Comendador don Gonzalo de Ulloa.
Jesús Jiménez Chino escribió en El Novedades que con el grupo teatral Santa Lucía, Téllez Farías, montó cerca de 30 obras, entre las que destacan “Nosotros somos Dios”, “El gato con botas”, “Cosas de Muchachos” y “Médico a la fuerza”.
Participó en las Jornadas Alarconianas en la ciudad de Taxco con la Compañía Estatal de Teatro en el 2003, año de su fallecimiento, con la puesta en escena de la obra “Retablos del Siglo de Oro”. Para rendirle homenaje el Instituto Guerrerense de la Cultura le impuso su nombre al anfiteatro del Centro Cultural de Acapulco, ubicado sobre la Costera Miguel Alemán en Costa Azul.
Los restos mortales de Salvador Téllez Farías reposan en el panteón de El Ticuí, teniendo de frente al cerro Cabeza de Perro lugar de su leyenda.

Tirsa Rendón Hernández y La Isla de la Pasión


Víctor Cardona Galindo
 La Isla de la pasión es una película sobre la tragedia de Clipperton, que salió a la luz pública en 1941, dirigida por Emilio Fernández. Laura Restrepo escribió una novela también con ese nombre que publicó en 1989. Además de una radionovela, y numerosos libros que se han escrito sobre el litigio de dicha isla que en 1931 dejó de ser territorio mexicano y pasó a ser de Francia.
Los sobrevivientes de la isla de Clipperton. Foto: Internet.

Para entrar en materia diremos que la famosa isla fue descubierta entre 1519 y 1521 por Fernando Magallanes, que la bautizó como Isla de la Pasión. Aunque otras fuentes aseguran que el descubridor de esa porción de tierra fue Álvaro Saavedra que la denominó como Médanos y ocurrió en 1521. En lo que todos coinciden es que muchos años más tarde sería la guarida del famoso pirata inglés Jonh Clipperton, de quien heredó el nombre y por eso mismo se ha dicho que en ese lugar dejó escondido un cuantioso tesoro.
Clipperton está a mil doscientos kilómetros de Acapulco. Hasta allá llegó una guarnición militar del ejército mexicano, enviada por Porfirio Díaz a ocupar la isla que en ese momento se disputaba con el gobierno francés que la reclamaba como suya. Dicho destacamento militar estaba encabezado por el capitán Ramón Arnaud Vignón y el teniente Secundino Ángel Cardona.
El joven oficial del ejército mexicano Ramón Arnaud y su esposa casi adolescente Alicia Rovira desembarcaron recién casados, vivieron ahí cinco años de felicidad, después vendría la tragedia. Eran once soldados los que conformaban la guarnición bajo las órdenes de Arnaud, que llevaban a sus hijos y soldaderas. Según Laura Restrepo en su libro La Isla de la Pasión llegaron a Clipperton el 30 de enero de 1908.
La isla estaba poblada por “cangrejos, cuyos caparazones eran de rojo brillante” y gran cantidad de pájaros bobos. Ramoncito y Alicia Arnaud Rovira nacieron en la isla, la última en 1911. Olga nació en una pequeña estadía que tuvieron en la ciudad de México en 1913.
Cuando Porfirio Díaz abandonó la presidencia, Ramón Arnaud vino a tierra firme y pidió al presidente Madero que le renovara las órdenes de permanecer en la isla, pero cuando hacia los preparativos para regresar, entonces se dio el golpe de estado que llevó el poder a Víctoriano Huerta. El joven militar ya le había cobrado amor a la isla por lo que buscó que el gobierno del dictador lo enviara de nuevo a Clipperton. Lo logró.
Tomando como fuente al historiador José Manuel López Victoria, el 26 de diciembre de 1913, el capitán segundo Ramón Arnaud, su esposa doña Alicia Rovira y demás familias estuvieron en Acapulco para embarcarse a Clipperton. Se embarcaron hasta el 7 de enero de 1914 en el Korrigan II, con sus tres pequeños hijos y Altagracia Quiroz. “Iban también el subteniente Picazo y diez soldados para la guarnición de Clipperton, el guardafaros Francisco Solano y el teutón Gustavo Schultz, empleado de una compañía guananera, quien regresó al poco tiempo”.
Los habitantes de la isla no sabían que al triunfar la revolución constitucionalista el ejército huertista fue disuelto y “con él el 43 Batallón de Infantería acuartelado en Acapulco, al que pertenecía la guarnición de Clipperton” comenta Ramón Sierra López
De ahí nadie se interesó por rescatar a los mexicanos que se encontraban en Clipperton, máxime si se trataba de miembros del ejército huertista, enemigos del nuevo gobierno y a la falta de provisiones vino la enfermedad. Comenzaron a morir los hombres y mujeres adultas por escorbuto. La mayoría de los menores se salvaron porque para ellos estaban reservados los tres cocos que las palmeras producían por semana. En 1915 sepultaron 15 personas.
También la naturaleza se ensañó con ellos. Dice López Victoria “El 4 de octubre de 1916 azotó a la isla un despiadado temporal, que averió el faro y destruyó el almacén de las provisiones. Cuando todavía no aminoraba el temporal el capitán Arnaud, un teniente, un cabo y un soldado tomaron un bote para ir en busca de ayuda para sus familias, el 5 se hicieron a la mar y murieron ahogados al hundirse el bote”.
El 6 octubre, la viuda de Arnaud tuvo su cuarto hijo. Luego nacería Guadalupe Cardona hija de Tirsa Rendón.
El único soldado sobreviviente, el guardafaros, el negro Victoriano Álvarez, sometió a las mujeres abandonadas a sus más bajos instintos y se proclamó Rey de Clipperton. “Acompañaban a la viuda de Arnaud, Tirsa Rendón, Juana Nolasco y Altagracia Quiroz. La tragedia tomó dimensiones de terror, porque el negro Álvarez asesinó a Juana Nolasco y a la pequeña hija de uno de los soldados muertos en el naufragio” y torturó a Altagracia Quiroz quemándola de los brazos.
Dice  Ramón Sierra López que “Ellas, que habían quedado solas sorteando tempestades y hambrunas y la angustia de ver morir paulatinamente a sus seres queridos, un día de los tantos insoportables agregaron un martirio más a su larga espera; envuelto en escasísimos hilachos que acrecentaban más su fealdad, apareció el negro Victoriano”.
Cuando el guardafaros aparece sólo vivían la esposa de Arnaud, Alicia Rovira, los tres hijos de estos: Alicia, Olga y Ramón; Altagracia Quiroz, Juana Nolasco que fue asesinada por el Negro; Rosalía Nava, Francisca y Antonio Irra, los tres hijos de soldados y Tirsa Rendón. Los hombres ya habían muerto, a uno lo mató un tiburón y a otros los había matado el escorbuto. Arnaud y Secundino murieron ahogados existe la versión de que fue una mantarraya volteó la endeble embarcación en navegaban siguiendo un barco real o imaginario que se perdía en el horizonte.
Dice Miguel González Avelar en su libro Clipperton Isla Mexicana que “un soldado que había vivido aislado por el rumbo del faro, en el otro extremo de Clipperton. Era el colimense conocido como el Negro Victoriano, que había tenido dificultades con Arnaud por razones de disciplina, había sido confinado al área del faro y librado a sus propias fuerzas. Medio viejo, fibrudo, estevado y de mal carácter, náufrago entre los náufragos tenía sobradas razones para odiar a las sobrevivientes”.
“De aquel desdichado grupo hizo su pueblo, su servidumbre y su corte, pues llegó a proclamarse entre todos rey de Clipperton”. A quien la misma mañana que desembarcó el bote con marinos americanos, Tirsa lo mató martillazos.
Con astucia Tirsa Rendón preparó una comida, de pájaros bobos que habitaban en la isla. Escribe López Victoria,  “La hizo en el faro donde asistieron las mujeres sometidas y cuando el negro comía, Tirsa lo mató a martillazos, de esa manera se libraron del tirano” y ese mismo día pasó el barco norteamericano Yorktown que las rescató y las llevó sanas y salvas a Salina Cruz Oaxaca.
Eran once sobrevivientes que rescató el buque norteaméricano Yorktow y los llevó a Salina Cruz donde desembarcaron el 21 de julio de 1917.
A su regreso de la aventura que vivió en Clipperton Tirsa Rendón Hernández, ya viuda, se quedó con a vivir con su hija Guadalupe en Atoyac, en la colonia Sonora, donde se alquilaba de peona, de caporal, cortaba y pilaba café. Vendía mezcal en un pequeño expendio que tenía en las márgenes del arroyo Cohetero que en ese tiempo arrastraba todavía agua limpia.
Doña Julia de Jesús Téllez de 88 años, describe a Tirsa Rendón como una mujer “alta delgada blanquita, de ojos chinos y grandes, al principio lavaba ajeno, planchaba y vendía blanquillos de gallina. Llegó con su hija Lupe que había nacido en una isla y después se encontró un marido que la mantenía”.
“Tirsa era trenzuda, para trabajar se recogía el cabello y se hacía una panocha, hacía pan cuando llegó y después sembró una huerta por el rumbo del Ocotal”.
Ramón Sierra López cronista de Tecpan escribe la biografía de Tirsa Rendón Hernández en su libro Tecpan historia de un pueblo heroico basándose en el testamento que ella dejó antes de morir en 1949.
Tirsa dejó asentado en su testamento que “al cabo de cuatro años los que vivieron estuvieron alimentándose con carne de pescado y huevos de pájaros”.  
Así fue como la protagonista de la verdadera historia de La Isla de la Pasión doña Tirsa Rendón Hernández, vivió y murió en la colonia Sonora en la calle cerrada de Boca Negra cerca del arroyo Cohetero.
Todas las noches se hizo un ritual que don Isaías Rendón Gómez le contara a sus hijos la historia que le transmitió su madre de lo que en realidad pasó en Clipperton. Ahora el coreógrafo Isaac Rendón Reyes “El Chaca” es el heredero de esa historia y la cuenta con pasión.
Doña Tirsa, originaria de la población de Santa María municipio de Tecpan de Galeana, fue a dar a la Isla de Clipperton como esposa del teniente del ejército federal, Secundino Ángel Cardona. “Fue la valiente que, en la verdadera historia, le dio muerte al ladino que las tenía sometidas”.
Laura Restrepo describe a Tirsa Rendón como “una muchacha morena, maciza de carnes, oblicua de ojos y de carácter irreductible”. Dice que su esposo Secundino Ángel Cardona Mayorga nació el 1 de julio de 1987 en las goteras de San Cristóbal en Chiapas, era de origen humilde. Un indio chamula.
Describe una fotografía de Tirsa Rendón “Tiene el pelo lacio y lo lleva toscamente recortado en redondo, con un fleco sobre la frente que se va alargando a los costados, para pasar a duras penas por debajo de las orejas. Eso, más el hecho de que su piel, de por si oscura, está retostada por el sol, más su aspecto levemente masculino, le dan una apariencia similar a la de ciertos indígenas del Amazonas. Lo cual no quiere decir que sea una mujer fea. El suyo es un rostro atractivo, hurañamente hermoso, que sobresale entre los demás”.
“La madurez de la mirada, la arrogancia de la ceja izquierda caída y la derecha arqueada. En el momento en que ésta fotografía fue tomada, Tirsa tenía un aspecto duro y primitivo, pero no ingenuo. A ella no la tomaron por sorpresa, ni en la foto ni en la vida, ni tampoco en la estrecha cercanía de la muerte”.
Dice Laura Restrepo que Tirsa ante todo fue una soldadera, mujer de pasmosa sangre fría y de fortaleza machorra. “La dura, la que no sabía de poesías ni creía en el más allá, de gran fuerza física y valor”.
Muchas veces define a Tirsa en su libro “La brava, la fuerte, la que conseguía, ella sola, tres cuartas partes de toda la comida que consumían”. Tuvo una niña que se llamó Guadalupe Cardona, grande y resistente, y Tirsa le dio pecho a su hija y al hijo de Alicia Rovira.
A Perril comandante del Yorktown le llamó la atención “La que parece más resuelta y de personalidad más enérgica es Tirsa Rendón, la viuda del teniente de la guarnición. Tan pronto llegó, pidió prestada la máquina de coser de la intendencia, y sin perder tiempo, se puso a fabricar prendas de dril para los niños”. Eso dejó asentado el militar norteamericano en su cuaderno de anotaciones.
El Chaca la describe como una mujer valiente y astuta que de niña “se crió con leche de cabra por eso era muy fuerte, trabajaba de peona y herraba ella sola las vacas”. Cuenta que una vez golpeó a un hombre con la espada que fue de su esposo y que trajo de Clipperton, lo dejó sin sentido y aprovechando que el hombre no se movía lo enredó en un petate y mandó a su hijo Isaías a tirarlo al arroyo Ancho que en ese momento estaba crecido. Pero en el camino el hombre se quejaba por eso Isaías lo bajó del burro y lo desató. El hombre jamás volvió a molestar a Tirsa.
Dice El Chaca que a Tirsa no se le dio su lugar en la película, “ella fue quien mató al negro en la isla de Clipperton, nadie le ayudó”. A parte de Guadalupe la hija del teniente Secundino Ángel Cardona, Tirsa fue madre de Isaías, Micaela y Alicia. “Tirsa Rendón era tan fuerte que era capaz de atender sola su parto, así tuvo sus hijos y los educó de una forma salvaje pero con mucho amor, los hizo fuertes, porque era una mujer sola y con su valor se hizo respetar”.
Lamentablemente Tirsa murió cuando su hizo Isaías tenía 18 años. Antes ya se había filmado la película.
Hasta la calle cerrada de Boca Negra llegó el Indio Fernández para que ella le contara la historia, “pero ella a ver que no le ofrecían ningún crédito le dio información falseada, porque le vio fines de lucro”. Isaac Rendón comenta que en las publicaciones se dice que a su abuela le dijeron como matar al negro, pero la verdad es que ella lo hizo sola “no hizo plan con nadie, a ella le salió el coraje y ella sola mató el negro, porque era una mujer salvaje. Las otras eran frágiles o damas de sociedad”.
Isaac dije que en 1941 bajo la dirección de Indio Fernández montaron el drama en Atoyac. Se presentó en Cine Álvarez, invitaron a doña Tirsa y cuando llegó anunciaron “ya llegó la heroína”, pero al entrar le cobraron la admisión de ella y de sus tres hijos. Cuando estaba la presentación ella se reía porque la obra no encajaba en la realidad. Antes de que terminara el drama abandonó el cine y lo dijo a Isaías que los esperaba del otro lado del arroyo. “Se fue molesta porque le cobraron la admisión y ya no quiso los honores que pretendían darle al final”.
Cuando Tirsa llegó esa noche a su casa le dijo a su hijo “tráeme un mezcal”, luego sentada en la hamaca le narró a Isaías la verdadera historia de Clipperton. Después a menudo se la contaba hasta que murió. Por eso Isaías se la relataba a sus hijos para que supieran lo que fue su abuela.
Con muchos esfuerzos doña Tirsa compró una parcela por el rumbo del Ocotal, en ejido del Rincón de las Parotas donde sembró con sus propias manos una huerta de café que cultivaba sola con su hijo Isaías. Trabajaba mucho “mataba y capaba marranos ella sola”.
Estando en Atoyac se carteaba con Alicia Rovira, “se quisieron mucho, por eso le puso Alicia a su hija menor, que aún vive en la colonia Sonora”. Isaac dice que había una foto donde venía Tirsa en la proa del barco que las rescató, con la gorra de militar de su esposo y con su hija Lupe en los brazos. “Tenía muchos documentos, pero un día que le dijeron que le iban a formular un consejo de guerra porque había matado a un militar, ella se enojó y destruyó todo los documentos incluyendo la bitácora del barco en que se vinieron”.
“Incluso ella se escapó de Salina Cruz luego que se bajaron del barco, porque las mismas mujeres que venían con ella le decían que la iban a enjuiciar por haber matado a un militar. Ella como pudo se vino con una monedas que al llegar aquí se dio cuenta que no valían nada. Se quedó en Atoyac por estrategia, por si la buscaban por el crimen, no se fue con su familia a Santa María”. Está sepultada en el panteón viejo de Atoyac, junto a su hija Guadalupe Cardona.
Clipperton dejó de ser territorio mexicano en 1931, por un fallo favorable a Francia, que emitió el árbitro el rey italiano Víctor Manuel III.
Este año una veintena de expedicionarios visitaron la isla, como parte del proyecto The Clipperton Projet, la encontraron hecha un basurero, con gran cantidad de plástico. (El Sur 27/03/2012) “Hay desechos que datan de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos pretendió hacer en la isla una base militar. De aquella época quedan cientos de municiones abandonadas”.
De ésta expedición “Las embarcaciones debieron quedar a 150 metros de la orilla, y los tripulantes lechar con rompientes de 4 metros de altura sobre kayaks, que a veces volteaban y con ello se perdían provisiones que trasladaban para la estancia”. Informó Jon Bonfiglio, cabeza de la última expedición a la Isla de la Pasión.

Máximo Gómez Muñoz


Víctor Cardona Galindo

“Largo, zancudo, bigote amalditado y ranchero, cabellos ondulados y negros; voz suave, campirana, con diminutivos de aldea, líquida casi la voz, terminaciones en u, y jota en vez de efe acá y allá. Graves dolencias reumáticas y ceguera progresiva. Cuarentaiseis años”. (Ricardo Garibay en 1979)
Párroco Máximo Gómez Muñoz a los 80 años. Foto: Cortesía de Marisol´
 Ramírez Carpio.

“Es un hombre alto, de pelo tupido y canoso elegantemente peinado, de bigote bien recortado, y con anteojos de lentes gruesos, benévolo y de voz suave; pero con aires de autoridad y de confianza absoluta de sí mismo”. (Elijah Wald en 1998).
“Ha sido un apoyo fuerte y decidido de los luchadores sociales de la región y del estado. Incluso aquellos que en la lucha han caído abatidos, han encontrado en el padre Máximo su más fiel defensor para que se les dé un lugar en la historia y un pedacito de tierra donde reposar sus restos”. (Carlos Armando Bello Gómez en el 2010)
Los comentarios anteriores se refieren al padre Máximo Gómez Muñoz el “cura rebelde” quien lleva ya casi  la mitad de su vida con los atoyaquenses, antes había estado nueve años en Xochistlahuaca donde aprendió el idioma de los amuzgos y cuando lo cambiaron de ese lugar, en rebeldía, se pasó tres meses vendiendo tortas en un parque de la ciudad de México. Después fue rector del Seminario de Acapulco donde enseñó filosofía, ahí lo encontró Ricardo Garibay trabajando como albañil, pegando ladrillos, como lo narra en su libro Acapulco. Dice que a veces la hacía de plomero, carpintero o electricista. “recorre el Seminario sin parar, trabajando desde las cinco de la mañana; es el rector”.
Cuando Máximo llegó a Xochistlahuaca  un municipio mucho más antiguo que Ometepec y sin embargo no tenía ni agua ni luz, ni brecha y estaba prácticamente en manos de tres o cuatro caciques que eran los que explotaban todo. “Muchas veces amenazaron con matarme, pero ya murieron los tres y yo sigo en pie”.
“Ellos explotaban todo las tierras de los indígenas las tenían como parcela o como potreros, tenían muchísimo ganado caprino y vacuno. Cada año enviaban miles y miles de caprino a Tehuacan Puebla”. Era el dominio total de los caciques, los indígenas no podían tener ganado y sólo les permitían sembrar para su sobrevivencia.
Los caciques no querían que se abriera la brecha porque iba a dar vialidad a los indígenas y ellos tenían su recua de bestias para acarrear mercancía. Eran los dueños de las únicas tiendas de la cabecera municipal y no dejaban que nadie más llevara mercancía, pues si alguien lo intentaba lo asesinaban en el camino. Abrir la brecha era actuar en contra de ellos, por eso Máximo centró sus esfuerzos en gestionar la carretera de terracería.
Luego que hubo brecha el padre como buen gestor buscó la introducción del agua  y la energía eléctrica, logró esos beneficios, por eso fue administrador del sistema agua potable cinco años del 70 al 75 entregó el cargo cuando para dejó esa población.
Para lograr que los caciques sacaran su ganado de las parcelas de los amuzgos Máximo se plantó dos meses en la banqueta del Departamento Agrario en la ciudad de México, hasta que le firmaron la orden de que los caciques sacaran su ganado de las parcelas. De regreso en Xochistlahuaca, reunió a los caciques y a los líderes  indígenas, y  “les dije a los caciques tienen tres meses para sacar su ganado, y les dije a los indígenas a partir de esta fecha el ganado que encuentren mostrenco pueden cazarlo como vendado y comérselo”. Corría el año de 1971, cuando los hombres más pudientes de la localidad sacaron su ganado.
Después de eso lo amenazaron, “que dice fulano que lo va a matar, le dije dile que no me mata ni en sueños”. Aunque varias veces encontró a los fulanos esperándolo en el camino. Pero de lejos gritaba el nombre del matón “hola Odilón como está tu gente” para que oyeran los que iban delante de esa manera pudo salir bien librado.
Ya en Atoyac luego de fundar la iglesia del Dios Único en 1982, puso a funcionar un dispensario médico gratuito que daba consulta a los que menos tienen. En su parroquia todos los que han buscado cobijo lo han encontrado. Es gestor, sacerdote, defensor de los derechos humanos, se ha jugado la vida por salvar a otros. Máximo ha apoyado todas las luchas justas del pueblo. Fue de los primeros hombres que comenzaron a organizar la conmemoración del 18 de mayo. Siembre de guayabera, sombrero y huaraches Máximo es un hombre sencillo.
A Máximo el gobierno lo mantuvo vigilado mucho tiempo las 24 horas del día, por la sospecha de que pertenecía a los un grupos guerrilleros. Gente vestida de civil al menos hasta antes del 2000 vigilaba su iglesia. Eso era notorio, porque si alguien iba a visitar la iglesia, luego en el camino lo abordaban para preguntarle a que había ido.
Al padre Máximo han recurrido muchas personalidades que se han encontrado privadas de la libertad y han encontrado en él un intermediario decidido para traerlos con vida.
Se le ha encargado entregar las sumas exigidas para salvar la vida de varios plagiados. Su acción más famosa es cuando participó como intermediario para rescatar al presidente de Banamex, Alfredo Harp Helú, se habla que se entregó un superior a los 188 millones de pesos. Entregó el rescate para salvar a Adán Quiñones, a Jorge Espinosa Mireles, empresario de Printaform y participó como intermediario para traer vivo a Marco Antonio Galeana. Entre otros muchos.
Ha hecho composiciones, es poeta y corridista. Una de las primeras composiciones que le escuché va así: Ya nos vamos pasando de Pénjamos/Vamos rumbo a la chingada/ El gobierno sigue matando/Y no hay quien les diga nada. Por sus muchas composiciones Elijah Wald le dedica un importante espacio en su libro Narcocorrido. Un viaje al mundo de la música de las drogas, armas y guerrilleros. Muy conocido fue su corrido “No se fíen” dedicado a la masacre de Aguas Blancas, cuya letra dice:

No se fíen

Maximo Gómez Muñoz

Ya me cansé de llorar
Por esto que ha sucedido,
Mandaron a acribillar
A indefensos campesinos.

Bajaban de Atoyaquillo
Y otros de paso real
Los emboscó el gatillo
Del gobierno criminal.

Cerca del río de Coyuca
Donde llaman el vadito
Se monstró más cruel que nunca
Este gobierno maldito.

Ya me cansé de llorar
Por tan triste noticia
Y ahora voy a gritar
Que lo que exijo es justicia.

No se fíen de su palabra
Aunque tengan grandes nombres
Hay muchos que no usan faldas
Pero tampoco son hombres.

De lo que habían prometido
El diecinueve de mayo
Algo les habían cumplido
Y al mes los asesinaron.

Oye hermano campesino
Yo te quieron aconsejar
Vamos cambiando el destino
Asi nos van a acabar.

Tras el episodio de Aguas Blancas, Gómez Muñoz fue mediador entre el gobierno y la Organización Campesina de la Sierra del Sur (OCSS), pero sospechando que el gobierno quería tenderles una trampa a los líderes campesinos abandonó la intermediación. Le gusta a ser parodia política, comparar a Herodes con los políticos actuales. Piensa que el pueblo está en medio de dos lobos, la iglesia y el gobierno, cuando “un lobo se quiere acercar el otro le gruñe. El problema está cuando los dos lobos se ponen de acuerdo”.
Cuando apareció el EPR en el vado de Aguas Blancas, el Padre Máximo que ofició una misa sui generis estaba ahí, al llegar los armados encapuchados mientras todos corrían asustados, sin saber de qué se trataba el padre Máximo se acercó y los felicitó por haberse levantado en armas. Después les compuso un himno cuyo párrafo que me acuerdo dice: Todos los mexicanos/Que aman de veras la patria/Es tiempo que digan basta/Con las armas en las manos. Para que a favor del pueblo/Por fin se cumpla la ley/Aquí está en EPR /A ver quién puede con él.
Cuando le preguntan si tiene miedo el padre mucho repite esta frase “Mi papá me enseñó que solamente las gallinas y los guajolotes se mueren en la víspera, porque son para comérselos en la fiesta. Los hombres se mueren cuando Dios se descuida y los cabrones se aprovechan”. Porque él no tiene miedo, ni a la represión ni a nada.
El padre Máximo Gómez Muñoz nació el 11 de mayo de 1932, el rancho El Gilmute municipio de Tepatitlán Jalisco, fue zapatero y logró estudiar en la Universidad Gregoriana de Roma, se ordenó sacerdote el 26 de enero de 1966 y fundó la iglesia del Dios Único en Atoyac el 11 de febrero de 1982.
Es el séptimo de los 10 hijos de un matrimonio de campesinos, el ahora párroco su infancia laborando en el campo, sin asistir a la escuela porque su papá decía “nomás los tarugos tienen que estudiar y mi hijo es bien inteligente”. Por eso cuando cumplió 10 años de edad, uno de sus hermanos mayores prácticamente se lo robó y lo llevó a Guadalajara y allá a escondidas lo metió a la escuela, donde cursó en un año los primeros 3 grados de la primaria. Por ese tiempo un cacique de Tepatitlán asesinó a su padre, en un descuido de Dios.
Por sus altas calificaciones, recibió una beca para ingresar al seminario de los dominicos en Guadalajara, donde completó sus estudios de secundaria, preparatoria y jugó futbol. Al salir de ahí fue becado para estudiar teología en la Universidad Gregoriana, de Roma.
Máximo llegó el día 1 de enero de 1990, acompañado de algunos de los ricos de Atoyac a solidarizarse con el plantón que los perredistas mantenían en el zócalo, protestando por el fraude electoral que se dio en las elecciones municipales de 1989. El padre siempre fue solidario, él fue quien le prestó un sombrero de charro a mi mamá con el que participé en un bailable de Jalisco cuando iba en quinto año de primaria.
El 21 de junio de 1994, Mario Arturo Acosta Chaparro con el agente de Ministerio Público de Acapulco Elías Riachi Sandoval y muchos judiciales le registraron la parroquia en busca de armas, pero no encontraron nada, a pesar de haber buscado hasta debajo de las piedras.
Fue en el sepelio de Isidro Molina Sánchez, el guerrillero caído en San Juan de las Flores en el Panteón de la Libertad, el 24 de febrero de 1999, cuando por primera vez cantó en público el himno al EPR.  Allí pronunció un discurso en el que dijo “Isidro no se va a enterrar, se va a sembrar, porque no se entierra a los seres humanos, se siembran y especialmente Isidro, quien debe ser un semillero para que salgan nuevos Isidros. Nueva gente que en su plena juventud estén dispuestos a dar la vida por sus hermanos, por todos los oprimidos y los que padecen injusticias”. “Isidro debe ser un ejemplo para la juventud de ahora, porque alguien que ya dio la vida por la patria no necesita nada, está con Dios, porque Dios estará siempre con aquellos que luchan por la verdad y la justicia”.
En su parroquia recibió los delegados zapatistas 21 de marzo de 1999, que estuvieron aquí para promover la consulta por la paz y oficio una misa para despedirlos, los coordinadores de la consulta por la paz convocada por el EZLN hicieron llevar la urna para que el padre votara en su templo.
Tuvo bajo su custodia, los restos de Lucio Cabañas durante un año. Para las exequias los restos mortales del guerrillero salieron de la parroquia del Dios Único. El sacerdote rebelde pronunció un discurso al despedir los restos, dijo que pocas personas como Lucio se merecen el homenaje que se le dio y que le honraba profundamente que haya sido en su iglesia donde se hayan resguardado los restos para ese gran día. Y dio a conocer un poema que le dedicó a Lucio.

“No puedo más,
las armas a las manos,
me agobia la opresión
a mis hermanos.

Y la infame tortura de sus almas.
No puedo más,
la metralla crispó mis manos
por acariciarla andará
conmigo como una hermana,
mientras cruzando por la ruta sierra.
No puedo más,
como quisiera que en Atoyac,
surgiera un vástago de aquel pionero,
que defendió con las armas esta tierra,
Juan Álvarez presente,
¿Te das cuenta padre Juan de lo que pasa?
El pobre en Atoyac mendiga casa,
y paga hasta dueño ausente,
y las escuelas por las que han luchado
con su batalla y su pulso firme,
saben que ahora el jornalero oprimen.
Y el habla es cosa para ser esclavos
y las iglesias de cualquier creencia,
y ante un árbol de tu vida diste,
te dedicamos a enlazar conciencias”.

El padre siempre está presto para la entrevista, en lo personal he llevado a muchos periodistas para que lo entrevisten en la estancia que tiene en su parroquia para recibir visitas. En atrio de la iglesia del Dios Único hay un expendio de agua donde los que van a comprar se despachan solos y solos se dan el cambio y nadie roba nada.
Por su larga trayectoria ayudando a los pobres y como defensor de los derechos humanos en el Ayuntamiento de Atoyac lo distinguió con la presea “Juan Álvarez al mérito civil” el 27 de enero del 2010. El padre Máximo cumplió 80 años el pasado 11 de mayo, sus fieles rezan para que dure muchos años más.