viernes, 25 de marzo de 2016

Calilla

De velorios en Atoyac

para Vita Téllez. e Ivonne Guerrero.

Judith Solís Téllez

     Asistir a un velorio en Atoyac, puede ser una experiencia que impresione vivamente al fuereño. Cuando la muerte visita un hogar atoyaquense, los familiares más cercanos pueden entregarse libremente a su dolor, mientras los otros parientes, amigos y conocidos se ocupan de los preparativos. Las mujeres se acomiden con los quehaceres y la comida; si no hay suficiente lugar adentro de la casa, se instalan fogones provisionales en la calle o en los patios, en donde se hacen enramadas. Alguien se encarga de mandar matar a un puerco, para que en la tarde o por la noche, las señoras lo pongan a cocer y al día siguiente esté listo el picadillo, que es uno de los guisos especiales para velorio. Una vez que la carne se ha cocido y picado, se agrega a la cazuela en la cual se fríe el chile guajillo con la cebolla, no debe faltar la hierbabuena que le da su sabor inconfundible. Otra de las comidas de velorio, es el estofado de res o de pollo. Estos platillos se acompañan con arroz blanco o tortillas.
Calilla. Foto de Rubén Ríos Radilla

     El primer día se arregla el altar con telas de satín en colores fúnebres que pueden variar en azul, morado o violeta y encajes blancos. Se colocan imágenes religiosas, flores, veladoras, y en ocasiones la foto del difunto.
     La gente va reuniéndose para presentar las condolencias, para comentar lo ocurrido y esperar la llegada del cuerpo o de los cuerpos, porque suele ocurrir que haya más de un muerto, debido a venganzas familiares, enfrentamientos o emboscadas.
     Las personas no llegan con las manos vacías, traen su "limosna", que es una cooperación en efectivo para ayudar en los gastos del funeral o velas, veladoras y flores.
Cuando llega el ataúd inicia el primer rezo por el alma del finado. En el rosario sólo participan las mujeres. Durante las letanías, un familiar cercano esparce el incienso, dirigiendo el humo hacia el altar. El incensario es, posteriormente, colocado en el suelo junto al altar. A las asistentes al rezo se les puede invitar una copita de rompope, agua fresca y galletas.
Hay rezadoras que cobran una cuota fija o bien aceptan una cooperación voluntaria por parte de los deudos.
     Quien lo desee puede quedarse y participar con su presencia en la velación del cuerpo presente. El acto da ocasión para encuentros amistosos y familiares. Se habla del desaparecido, recordando vivencias en su compañía. Se consuela a los afligidos consanguíneos. En los corredores, los hombres fuman, beben, platican y cuentan chistes entre ellos. Aunque no es frecuente, pueden ocurrir riñas, debido a las bebidas alcohólicas que alteran los ánimos. Por la noche, reparten pan y café de la región. Alguien anota los nombres de los asistentes, para mandarles luego las esquelas, por medio de las cuales se agradece el apoyo recibido y se informa del horario de la misa de cuerpo presente, del entierro y del novenario.
     Al día siguiente se llevará a cabo el entierro. Antes de ir al panteón se escuchará la misa de cuerpo presente, la cual es anunciada con tañidos de campana, los cuales indican con dobles si se trata de un muerto adulto o con repiques si es un "angelito o finado menor de edad. Los dobles son toquidos lentos y tristes; los repiques son rápidos y alegres. El féretro se coloca cerca del altar, en la nave principal del templo. Los más allegados se turnan para hacer guardia durante la celebración.
     Cuando se lleva a sepultar a un "ángel", se anuncia la procesión mortuoria con cohetes y música de violín y de guitarra. Los cohetazos se oyen a intervalos desde el momento en el que muere el infante hasta su entierro. Para el acompañamiento se invita a niños del mismo sexo, del fallecido, quienes se visten de blanco. Algunos riegan flores por el camino otros agarran los cuatro lazos de papel crepé color blanco que cuelgan de los extremos de la caja.
     En el cortejo de los mayores no hay música, ni cohetes. Amigos y parientes cargan el ataúd de manera voluntaria y se van turnando durante el trayecto. Hay personas que llegando a la entrada del camposanto, se retiran. Muchos se quedan. Gente cercana, que tiene facilidad de palabra, puede desempeñar el papel de orador, enumerar las virtudes, rememorar experiencias compartidas con el ausente, dar palabras de aliento a quienes quedan y con ello despedir al compañero. Los primeros puños de tierra son arrojados por los dolientes, también se avientan algunas flores humedecidas con agua bendita. Posteriormente se va a la casa de luto a disfrutar de la comida: picadillo y/o estofado con su arroz blanco o morisqueta, acompañado con refresco o con agua fresca. Cuando los recursos son escasos únicamente se regala chocolate con piezas de pan.
     Es durante el tercer día cuando inicia el novenario. Antes se daban algunas golosinas y algún refrigerio nadamás el último día. Ahora, durante los nueve días cuando las mujeres terminan el rezo esperan las viandas correspondientes, aparte de las galletas, rompope, y agua, pueden recibir gelatinas, frutas en almíbar y lo que la imaginación culinaria en bocados ligeros alcance a concebir. Es en la víspera del rezo final cuando se hace la velada. Aparte del rosario a la hora acostumbrada, pueden programarse otros al anochecer. Se sirve pozole, bebidas y cigarros. Unos participantes se retiran a medianoche, otros al amanecer. En la mañana se asiste a la celebración religiosa, el término de la cual reparten obsequios: crucifijos, o imágenes religiosas, vasos o platos de vidrio, diversos objetos de plástico: bandejas, recipientes....
Por su parte la familia de luto sigue recibiendo el pésame y la mencionada limosna. En la tarde se da término a las oraciones.
     Es reciente, en algunas familias, el "levantamiento de la cruz", la cual puede ser de flores o de arena y se coloca en el suelo, junto al altar. A medio rezo proceden a deshacerla y guardan las flores o la arena en un recipiente, que se llevará después a la tumba. Desbaratan rápido el altar para que cuando la rezadora termine la pared esté vacía, por la creencia de que si se deja el altar puede morirse otro miembro de la familia. Otros piensan que las personas indicadas para "levantar" la cruz son los compadres o comadres del difunto y no los parientes.
     Algunas de estas costumbres han desplazado a las que existían hace aproximadamente veinte años. Entonces, al finalizar el novenario encargaban pan especial, piezas chicas y grandes. Los panes grandes se partían en rebanadas y a cada asistente a los funerales le enviaban el "obsequio" que consistía en cinco o seis panes, enteros o en rebanadas y tres o cuatro tablillas de chocolate. Para repartir el "obsequio" se contrataban algunas repartidoras que cargaban en bandejas de madera o en canastos. Los obsequios primero se daban en platos prestados y luego envueltos en papel de china blanco atados con una madeja de hilo para tejer. Al celebrarse el primer aniversario luctuoso, se recibían otra vez los obsequios.
     Ahora al cumplirse el año se regalan "recuerdos", al igual que en la celebración de los nueve días. Los diversos objetos que pueden dar se reparten al acabar la misa. Y durante la noche realizan la velada, con las mismas características de la velada del novenario descrita antes.
     Cuando hay un deceso en Atoyac, nunca falta "Calilla", un personaje pintoresco del pueblo, quien llega a echarse un trago. "Calilla" se la pasa buscando velorios, ya que ahí puede conseguir, como todos, comida, cigarros y bebida gratuita. Cuando lo ven, se oye una exclamación conocida: "¡ Eh Calilla, ya llegaste !" Los varones lo invitan a acercarse, conversan, le hacen bromas pesadas y lo hacen llorar al decirle que nadie va asistir a su velorio, que cuando se muera va a estar solo y ni quien le lleve flores, le prenda veladoras ni rece por él.
     David Ochoa, su verdadero nombre, no es mal visto en la región. Se gana la vida tirando basura, cargando bultos o acomidiéndose en lo que haya que hacer. Antes chaponaba huertas de cocoteros, de mangos o de café. Duerme en el corredor de una casa, en donde tiene colgados de los barrotes de la ventana varios costales en los cuales guarda sus pertenencias. Los vecinos le dan de comer o dinero en efectivo por sus servicios. Lo aprecian por chambeador. Los moradores de las calles Francisco Montes de Oca y de la Cuauhtémoc le aclaran a la gente que lo acusa de teporocho, que únicamente bebe en los velorios y cuando algún compañero lo invita. Dicen que no comete indiscreciones y que sabe guardar secretos. Está encargado de prender y apagar el foco que ilumina esas calles. Si después de las seis de la mañana, el foco sigue prendido, saben que él no durmió ahí, porque probablemente asistió a un velorio o a una velada. Su presencia nocturna les da seguridad, porque saben que "Calilla" está pendiente, y de alguna manera los cuida. Cuando la chamacada, ajena al vecindario, le grita y lo agrede, deja de ser inofensivo y les tira piedras para defenderse. Los muchachos de su rumbo lo consuelan cuando lo notan angustiado y le dicen que sí, que ellos van a velarlo, que no va a estar solo cuando se muera, le van a llevar flores y a encender veladoras; que no se preocupe que lo enterraran en el panteón, ahí donde él quiere terminar, junto a los árboles de bocote y de cerezo, a los que "Calilla" cuidará y alimentará con sus huesos.




Calilla
Rubén Ríos Radilla
    
El buscar velorios es su deporte. A veces se le ve sentado en las afuera de las agencias funerarias, el servicio que Calilla presta es local, asiste a los velorios de la ciudad, de ves en cuando se le puede ver en algún velorio de El Ticuí, o de la Y Griega.
Cuentan en una ocasión que llegó sobre la avenida Álvarez y donde inicia la calle Nicolás Bravo, casi corriendo se para en medio de la calle y pregunta a la primera persona que se le acerca:
-Señora pá onde pasó la carroza?
Quienes le conocen le miran y le contestan
-A tientas le dicen:
-Pasó para San Jerónimo.
-No pa’ ya no voy.
     Si el muerto es un “angelito” él va por delante del funeral tirando los cohetes, o anunciándole a la gente, muy adelantado,
-Allí traían al difunto, se murió desde anoche, vale que tuvo como los velorios de los ricos onde dan puro refresco, allí daban tequila.
     Calilla siempre se ha destacado por ser una persona muy servicial, ya dije que es diferente a los parásitos que solo aprovechan estas desgracias para saciar su necesidad, Calilla, por el contrario no le pesa a los dolientes darle de beber y de comer y porque no hasta unos cuantos centavos.
     Después del entierro, se dispone a descansar unas cuantas horas, -¿dónde?, es lo de menos, puede ser en una de las resbaladillas del parque infantil, o quizás en los grandes corredores que hay sobre el consultorio del doctor Alcocer, o al parecer le gusta más en el atrio de la Iglesia, porque corre más aire.
     Y ¿del Maletín o de su guardarropa?, que va!, la cáscara guarda al palo, una sola muda de ropa es suficiente para un mes.
Y después, cuando dice “que no hay chamba”, vuelve a su rutina, es necesario para él, hacerse de unos centavos, para adquirir un pomo, ¡ha!, no anda como decimos en la costa “engambau”, por lo general anda sólo, aunque ande “tapau” de borracho, tiene sus clientes, atiende a sus clientes cuando la chamba desaparece, a tirar basura, no se le dificulta, porque sabe, que ahí entre la basura ha encontrado por lo general muchas cosas que le son de utilidad, él dice que le tira la basura a los ricos, y si le va mal en el asunto, entonces si hace por buscar a sus compañeros de “trago” y recurre a las diferentes asociaciones de borrachines de las que en Atoyac pululan por diferentes partes, socia su necesidad etílica y vuelve a su trabajo. No es grosero, no usa palabras vulgares, no roba, ni mata, quisiéramos en Atoyac muchos “Calillas”.
     Actualmente, el término Calilla, se utiliza como modismo para identificar a una persona que es impertinente, Calilla se ha convertido en sinónimo de una persona no deseable.
-¡Ahí viene ese Calilla!


    
     El primo que partió dejándonos sus recuerdos llenos de optimismos, de ternuras. Aquel que por un mendrugo llevaba la basura, los desperdicios que se consideraban indignos en la casa de los ricos y los no muy ricos, de ellos dependía, de ellos vivía y hasta de ellos comía, y por ellos murió.
     Calilla, el borracho acomedido, aquel que por intuición o por instinto o por acto de magia quizás se aparecía en cualquier velorio, aquel que por costumbre permanecía al pendiente de la sirena de cualquier ambulancia siguiéndole hasta llegar a la velación, así fue nuestro recordado Calilla.
     Para Calilla, el estar en un velorio pese al ambiente ríspido, no era para llegar a sentarse a la mesa y servirse el picadillo, o tampoco llegaba a disponer de las tequilas, el café o los cigarros, primero se los ganaba, ¿cómo?, pues atizando los fogones del café, aquellos donde se cocinaba el picadillo o la barbacoa, Calilla llegaba, presto para acarrear el agua, hacer la gaveta, buscar la leña, y era el fiel compañero del doliente, puesto que se amanecía y anochecía en la casa del velorio, al término de la novena, con decencia se despedía ¿Primo, cuando haya otro velorio me avisas?.
     Nuestro personaje, se paseaba con la frente en alto por las calles de la ciudad, lo encontraban hablando solo, nunca discutía con nadie, siempre respetuoso y decentemente vestido pese a ser un alcohólico consuetudinario, el pueblo Atoyaquense lo recuerda con su sombrero, su camisa, sus pantalones y sus huaraches, prendas a las que nunca renunció pese a estar en el estado de mayor inconciencia alcohólica.
     Calilla, hizo a sus patrones suyos, se inmiscuía en sus problemas, a quienes a su manera les buscaba solución, Calilla iba por la policía cuando su patrón golpeaba a su esposa, para ello en el transcurso hasta la comandancia le platicaba el problema a todo aquel que encontraba.
     Muchos Atoyaquenses nunca supieron cómo se llamaba Don Octavio Ochoa, todo mundo lo conocía como Calilla, tanto se llegó a familiarizarse con los Atoyaquenses que él la palabra Calilla en la actualidad es Sinónimo de inquieto, escandaloso, cargado.
     Calilla, nació en Técpan, allá murió y allá se enterró, cuánto le hubiera gustado ver en su velorio a todos aquellos familiares que acompañó durante sus infortunio, sí así hubiera sido muchísimos Atoyaquenses hubiéramos estado con él en su último Adiós, la radio local habló solicitando una limosna para Calilla, con ello se sufragarían los gastos de su funeral, quien se atrevió a atizar los fogones –si es que los hubo-, quién fue por leña?. ¿Por agua?, ¿quién depositó una lágrima sincera pro su partida? Como un homenaje a Don Octavio Ochoa Calilla.

     

sábado, 12 de marzo de 2016

Florentino Loza Patiño el guerrillero poeta


Víctor Cardona Galindo
Hoy en esta página de Atoyac recordaremos a dos hermanos, originarios de El Porvenir Limón, que participaron en la guerrilla del Partido de los Pobres, encabezada por el profesor Lucio Cabañas Barrientos, y que fueron desaparecidos por las fuerzas del Estado.
Florentino Loza Patiño nació el 16 de octubre de 1944, en la comunidad de El Porvenir Limón, al ser desaparecido dejó inéditos más de 100 poemas de amor y de tipo social. “Sentados no sé cuántos compañeros /en torno de una mesa, /sin flores ni finos manteles /sólo para brindar, es su promesa… Están reunidos todos los camaradas /para brindar por esta navidad /sólo reflejan sus miradas /el deseo, de una copa más”, dice en El Brindis de los Pobres que en ocasiones declamó en Navidad.
“Es el momento de sentirnos como hermanos /hay que olvidar, nuestros dolores y tristezas /hay que brindar, por el amor, ¡ufanos! /hay que olvidar, la falsedad de las riquezas”.
“Brindo, por aquellos a quienes no espanta la miseria /y saben conservar su mente limpia y pura, /por aquellos que no participan en la feria /pero saben prodigar lo que es ternura”.
Florentino Loza Patiño, originario de 
El Porvenir, fue uno de los guerrilleros 
más activos y comprometidos que 
participaron con Lucio Cabañas en
 la guerrilla del Partido de los Pobres. 
Foto Víctor Cardona Galindo.

Estudió la preparatoria 9 de Chilpancingo y cursos, en Garnica Veracruz, para formarse como técnico especializado en café. Por eso a la hora de ser detenido, por las fuerzas gubernamentales, se encontraba trabajando en la sucursal del Inmecafé de Putla Oaxaca.
Cuando era estudiante en Chilpancingo, en unas vacaciones de diciembre, conoció a Angelina Reyes Hernández, Gela, que fue la musa de sus poemas y con quien procreó a su único hijo Víctor, quien tenía 8 años cuando su padre salió por última vez de su casa en Putla Oaxaca el 14 de julio de 1977. Viajaría siete horas a la capital para entregar una camioneta del Inmecafé. Gela, quien conservó una copia del oficio de comisión, ese día salió a despedirlo con un beso. Luego Florentino se fue para jamás volver con los suyos.
Loza Patiño tenía una parcela de café, en el punto serrano denominado Siglo XX, cerca de El Porvenir, que estaba adornada por muchas variedades de palomas. “Aves que dan melodía, rompiéndose el silencio con el vuelo de parvadas, que hacen vibrar el follaje que es de una variedad asombrosa”, recordaba Angelina Reyes.
Florentino Loza Patiño fue miembro de la Brigada Campesina de Ajusticiamiento donde se llamó Pancho Encinas o Mauricio. Un guerrillero que siempre estuvo dispuesto a cualquier trabajo. Siempre estuvo al pie, como colaborador fue muy cumplido. Muy consecuente, congruente y participativo. Trataba de encausar las cosas que consideraba que estaban mal y exigía a los del Partido Comunista coherencia cuando sus representantes asistían a reuniones con la Brigada.
Al disolverse la Brigada Florentino siguió luchando por la causa socialista, en Oaxaca decidió incorporarse de nuevo a la guerrilla ahora con las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL). En Putla, Octaviano Santiago lo contactó y le pidió ayuda. Florentino le brindó un buen apoyo le dió dinero para que sobreviviera mientras encontraba un contacto. Algunos documentos del gobierno dicen que Florentino era el líder la Organización Revolucionaria de los Campesinos Armados (ORCA).
Una tarjeta informativa de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) dice que “durante su estancia en la Sierra de Guerrero a lado de Lucio Cabañas Barrientos, participó en todos los hechos delictuosos que se cometieron a nombre de ese grupo”. Hay un documento  que especifica que la DFS lo buscaba desde el secuestro de Cuauhtémoc García Terán.
En un oficio titulado “Partido de los Pobres” de 15 de julio de 1977, signado por el entonces Director Federal de Seguridad: “El día de hoy agentes de esta Dirección Federal de Seguridad, detuvieron a Florentino Loza Patiño alías ‘Pancho’ o ‘Mauricio’, miembro del grupo subversivo denominado Partido de los Pobres, quien fue detenido en la ciudad de Oaxaca, Oaxaca, y trasladado a México, Distrito Federal, y al ser interrogado manifestó [...] que en el mes de agosto de 1972 participó en una emboscada a elementos del ejército mexicano en un lugar que se le llama Arroyo Obscuro.”
La memoria histórica registra que Florentino Loza Patiño tenía 33 años cuando se lo llevaron. Fue detenido por el comandante de la Policía Judicial Wilfrido Castro Contreras en Oaxaca al salir de las instalaciones del Inmecafé. Algunos documentos atribuyen su detención a la Dirección Federal de Seguridad, el 14 de julio de 1977, sobre la carretera que va del estado de Guerrero a Oaxaca.
Se dice que había personas de Atoyac en Oaxaca trabajando en el Inmecafé y otros comentan que como su esposa Angelina viajaba de Atoyac a Oaxaca los cuerpos policiacos la siguieron y así dieron con el paradero del guerrillero.
Loza Patiño fue visto por última vez en agosto de ese año en los “separos” clandestinos de Acapulco, conocidos como la cárcel de la SAHOP, separos de la coca o el ferrocarril a cargo de Arturo Acosta Chaparro”. Estaba vendado y en short, de ahí no se ha vuelto a saber de él. En este lugar se encontraba también la joven Aida Ramales Patiño su media hermana. El 26 de julio de 1977 fue detenido por la PJE Ascencio García Juárez, hay testimonios de que estuvo recluido en los separos junto con Humberto Brito Nájera y con Florentino Loza Patiño donde fueron vistos por última vez el 12 de agosto de 1977. Los tres continúan desaparecidos.
Angelina Reyes Hernández, Gela, esposa 
del guerrillero Florentino Loza Patiño y 
quien lo buscó hasta el cansancio. Murió 
con la esperanza de encontrarlo algún día. 
Foto Víctor Cardona Galindo.

A los cinco años, Gela tuvo noticias que se encontraba recluido en la Islas Marías, pero fue hasta el 2004 cuando con una comisión de mujeres familiares de desaparecidos y apoyados por la Fiscalía Especial pudieron visitar las islas y las recorrieron en 10 días.
Guillermo Espinosa de Benito agente de la DFS informó que el 30 de julio de 1977 que se encontraban “detenidos en los separos de la PJE: Patricio Abarca Martínez (a) ‘Luis’ o ‘Soldado’; Humberto Brito Nájera (a) ‘Ramón’; Miguel Flores Leonardo (a) ‘Ernesto’ ó Tomás’; Ascensión García Juárez (a) ‘Eusebio’; Trinidad Jacinto Iturio (a) ‘Sotero’; Florentino Loza Patiño (a) ‘Mauricio’; Reynaldo Manjares Molina (a) ‘Vicente Manuel’, y Emilia Molina Bahena (a) ‘Araceli Mendoza R’ ”.
“Aquella mirada que turbó la mía /aquellos tus ojos, nunca olvidaré /cuando aquella noche hermosa aunque fría /ante tu mirada mi amor declaré”, escribió el poeta guerrillero.
El 24 de septiembre de 2012 falleció Angelina Reyes Hernández en Atoyac de Álvarez, esposa de Florentino, fue una de las valientes mujeres que iniciaron la huelga de hambre, el 28 de agosto de 1978, en la Catedral Metropolitana para denunciar que en México se violaban los derechos humanos y que había desaparición forzada de disidentes políticos y que desde los años 60 hasta hoy, los criminales están impunes.
En la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Víctimas de la Violaciones a los Derechos Humanos (Afadem), recuerdan a Angelina por su combatividad y por su singular alegría, a pesar del dolor e incertidumbre por su esposo detenido-desaparecido, siempre buscando la sonrisa, buscando hacer reír a las compañeras y compañeros aún en los momentos más difíciles de la lucha por la presentación de los desaparecidos.

Aida Ramales Patiño

En algunos documentos también se le ubica como Aída Bracamontes Patiño. Aída era muy joven cuando se incorporó a la Brigada Campesina de Ajusticiamiento (BCA). Fue una de las guerrilleras más consecuentes, ella fue aprendiendo de las discusiones en las que intervenía. Participó activamente en muchas actividades del Partido de los Pobres.
Según el testimonio de Guillermina Cabañas, allá en la sierra las mujeres hacían trabajo parejo. Cuando los hombres echaban las tortillas gruesas y ellas colaboraban para mejorarlas, eran criticadas severamente. Porque los hombres también debían echar tortillas y hacer labores de cocina.
Aida era blanca, pelo rubio, guapa, muy noble y trabajadora, junto con Marta, Hilda, Hortensia, Estela, fue de la primeras mujeres que se integraron a la Brigada Campesina de Ajusticiamiento, al entrar recibió el seudónimo de Nidia. Fue en la guerrilla donde se dio la primera lección de equidad de género de que se tenga memoria en el municipio de Atoyac, porque cuando se incorporaron pensaron que iban de cocineras, pero allá su participación fue como militantes y guerrilleras con todas las atribuciones que ello implicaba, “no eran mujeres que iban por hacer el quehacer ni nada, sino que allí era el trato igual, igual le tocaban comisiones a las mujeres, igual le tocaban comisiones a los hombres tanto de hacer alimentos en la cocina, como hacer guardia, como ir por alimentos, o sea, la participación era igual, iguales derechos, recogió Eneida Martínez en su tesis: Los alzados del monte. Historia de la guerrilla de Lucio Cabañas.
Aida participaba en todas las comisiones incluso en aquellas que implicaban un riesgo mayor, por ejemplo se dice que: Ramiro, Nidia, Mauricio y Rufino fue la comisión enviada por BCA para ajusticiar a Juan Ponce, un pistolero que la Brigada sentenció a muerte acusado de ser delator.
O la visita a San Juan de las Flores, el 24 de marzo de 1974, “a las cinco de la mañana estábamos tomando el barrio, tapamos las principales entradas y el grupo de compañeras encabezadas por Hortensia, Estela, Martha, Beatriz, Nidia y otros compañeros fueron a invitar a la población a una asamblea, llevándose a cabo a las once de la mañana; el recibimiento del pueblo fue bastante bueno, y a pesar de que no tenía mucho tiempo de haberse ajusticiado al cacique Enrique Juárez, ya que aquí tenía a toda su familia, a pesar de todo la gente nos dio solidaridad y aún familiares del cacique”, dice el testimonio de un guerrillero.
En algunos textos testimoniales podemos encontrar que Nidia dejó de la Brigada Campesina de Ajusticiamiento, el 14 de agosto de 1974, junto con otros 10 compañeros entre los que estaban Élmer, Beatriz, Víctor, Ramiro, Manuel, Estela, Francisco y Hortensia, quienes continuaron en la lucha pero en la ciudad.
El 14 de julio de 1977, fue detenido-desaparecido por elementos de la Policía Judicial de Guerrero el estudiante Salomé Ríos Serafín, miembro de la Organización Revolucionaria de los Campesinos Armados (ORCA), reducto de la Brigada Campesina de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres. Al día siguiente, en Oaxaca, agentes de la DFS y Policía Judicial de Guerrero aprehenden al dirigente de la ORCA Florentino Loza Patiño.
El 26 de julio de 1977, en Acapulco, agentes de la Policía Judicial de Guerrero detienen, en una casa de seguridad de la ORCA, a los activistas Ascensión García Juárez y José Trinidad Jacinto Iturio. El mismo día es detenida María Sonia Esquivel. Dos días después, el 28 de julio de 1977 en Acapulco, también fueron detenidos y desaparecidos los militantes de la ORCA Aída Ramales Patiño y Pablo Santana López, por agentes de la Policía Judicial del Estado bajo el mando del capitán Aguirre Quintana. El 29 también es detenido-desaparecido el activista Humberto Brito Nájera.
Cuando Octaviano Santiago Dionicio fue trasladado el 8 de noviembre de 1976 a una cárcel clandestina de Acapulco, que estaba a unos metros de la oficina del entonces jefe de la policía, teniente coronel Mario Arturo Acosta Chaparro, se enteró que ahí habían estado otros ex guerrilleros como Aída Ramales Patiño, Nidia; Pablo Santana López, Óscar; Fredy Radilla Silva, Jorge; Eusebio Peñaloza Silva, el Abuelo y Concepción Jiménez Rendón, la Gorda. Todos desaparecidos desde entonces.

Los aztecas


Víctor Cardona Galindo
Eusebio Martínez Ochoa un día me explicó que el nombre de Atoyac se deriva de atolladero, porque donde ahora está la ciudad cruzaban cinco arroyos y era un terreno cenagoso. Había que dar muchas vueltas para salir del atolladero cuando se iba de El Zanjón a Mexcaltepec o viceversa. Mucha gente decía lo mismo: “el pueblo antes se llamaba Atolladero”.
Investigando el origen del nombre, doña Juventina Galeana Santiago mandó, en 1989, un oficio al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) pidiendo un análisis al vocablo Atoyac. El departamento de lingüística de esa institución contestó que la palabra Atoyac proviene del náhuatl. Nombre que coincide con otros sitios que existen en la república como: San Pedro Atoyac Oaxaca, Atoyac Jalisco y Atoyac Veracruz. También el río Atoyac de Puebla.
La doctora Susana Cuevas Suárez directora de lingüística del INAH contestó: “Haciendo una revisión exhaustiva en varios códices tanto prehispánicos como coloniales se llegó a la conclusión de que no existe un glifo que represente a la población de Atoyac. Es muy probable que la razón de esto sea que el nombre de Atoyac no sea el original, es decir, que antiguamente esta población, haya tenido otro nombre”.
Petrograbados en La Pintada, de cuyo elemento 
toma el nombre la comunidad, originalmente era 
un paraje conocido como La Piedra Pintada. 
Foto Archivo Histórico de Atoyac.

“El nombre original se puede conocer a través de estudios arqueológicos, en zonas (que es muy probable que existan) cercanas o dentro de los límites que corresponden a Atoyac. Existe la posibilidad de que al haber un desplazamiento de la zona arqueológica a la ubicación actual de la ciudad, el hombre original haya cambiado por el que ahora conocemos como Atoyac”.
Al hacer el análisis de la palabra Atoyac, asegura que es un vocablo de origen náhuatl: atl que quiere decir agua y toyaui que significa regarse o esparcirse. Por eso se concluye que Atoyac quiere decir agua que se riega o se esparce.
Es claro que la especialista no se equivocó, porque el poblado original estaba en Mexcaltepec, a unos seis kilómetros rumbo a la sierra. En 1614, después de una epidemia de cólera, los indios de Mexcaltepec fueron bajados a Atoyac por las autoridades virreinales. Como el nuestro, hay en Guerrero tres pueblos que se llaman Mexcaltepec y uno en Puebla. Mexcaltepec se escribe con x pero ahora funcionarios le cambiaron el nombre a Mezcaltepec, por eso Baloy Mayo dice que Mezcaltepec quiere decir Cerro del mezcal. Mientras que Gutierre Tibón sostiene que el nombre es con x y quiere decir: cerro casa de la luna o el cerro del templo de la luna.
Aunque cabe mencionar que ni en el Códice Mendocino ni en la Matrícula de Tributos aparece Mexcaltepec, es hasta Las Relaciones Geográficas del Siglo XVI, un documento español, donde ya se mencionan los pueblos más viejos de Atoyac, como: Mexcaltepec, Zintapala, Cacalutla y Santiago.
En la zona de Atoyac hay muchos nombres de comunidades de origen náhuatl, muchas veces distorsionados por el lenguaje local, por ejemplo en la colonia Las Palmeras está un letrero que dice: calle Juana Caxtle, cuando debería decir Huanacaxtle que quiere decir Parota. La gente le llamaba Juanacaite al paso del río que está donde termina esa calle, distorsionando en la pronunciación los aztequismos, por eso llamábamos Ista a Ixtla y tepeite al tapextle. En partes usamos también palabras de origen tarasco como guachi, vocablo que viene de la Tierra Caliente y de la sierra alta que se deriva de Wa- che que quiere decir mi hijo wa-cha mi hija es de origen tarasco. Pero la gran parte de la influencia indígena en nuestro idioma es de origen náhuatl.
Aquí una muestra de la toponimia de algunas comunidades de Atoyac, de acuerdo al libro Toponimia del Estado de Guerrero de Baloy Mayo
Acapulquito, (españolizado de Acapultzinco), “en el pequeño Acapulco”. Es un barrio de la cabecera municipal.
Ahuindo, (forma errónea de Ahuihuiyo), “donde hace temblar el agua fría”. De atl agua; huihui temblar de frío; y yo que tiene. Es el nombre primitivo de Corral Falso.
Alcholoa, “en el salto de agua”. Viene de atl agua; y de choloa verbo que quiere decir saltar, correr.
Almolonga, (españolizado de Almolonya), “agua que corre espaciándose”. De atl agua; moloni o molono de manar una fuente, esparcir algo; y de ya locativa.
Apozahualco, tiene dos traducciones: 1) “lugar inundado”; 2) “lugar de represa del río”. Viene de apozahualli represa, embalse, o de atl agua; pozahualli llenarse, inundarse; y de co lugar, sitio. Nombre de una ex hacienda del municipio de Atoyac de Álvarez; de un embalse del municipio de Chilapa, y de la laguna donde desagua el río Marquelia.
Cacahuatán, “lugar donde abunda el cacao”. Se deriva de Cacáhuatl cacao, y de tan partícula abundancial equivalente a tlan.
Cacalutla, (Cacalotla), “lugar de cuervos”. Etimología: cacálotl cacalote; tla lugar. Que más bien podría ser lugar de cascalotes, porque nosotros llamamos cascalote al zanate.
Cintapala, tiene dos significados: 1) “río de las juntas”; 2) “río profundo, o agua en el subsuelo”. De cintlalia juntar, congregar, o de cintlalli en el abismo, profundidad; y apa río, agua.
Cuauhtémoc, (Adulteración de Cuauhtemohua), quiere decir; “águila que desciende”. Se deriva de cuauhtli águila; y temohua descender, caer.
Cucuyachi, según la tradición: “donde  enferman”. El Cucuyachi es un poblado; cocuyache, un rancho, ambos localizados en el municipio de Atoyac de Álvarez. También se le llama así a una sanguijuela.
Cuitlatecapan, “río o lugar de los cuitlatecas”. Se forma de cuitlatécatl gente de cuítlatl (excremento, cieno); y pan locativo.
Chachalaco, “en el lugar de las chachalacas o chachalacos”. Vienes de chachalatli, la gallina montés; y de la partícula locativa, co en. Arroyo del Chachalaco en Atoyac.
Ixtla, significa: “llanura” pero puede ser, “en donde abunda la pita o el ixtli”, De ixtla, llanura; ixtli hilaza, pita, fibra; y tla locativa.
Mexcaltepec, (Mezcaltepec), “pueblo del mezcal”, o cerro del mezcal”. De mezcalli mezcal, y de altepec pueblo. Aunque Gutierre Tibón asegura que es Mexcaltepec y quiere decir “el cerro del templo de la luna”.
Mitla, “región de los muertos”. Otra versión: “lugar de flechas o dardos”. De la primera mictlan mundo de los muertos; de la segunda mitl flecha, dardo; y tla lugar. Nombre de una laguna situada entre los municipios de Atoyac de Álvarez, Benito Juárez y Coyuca de Benítez.
Tehuehuetla, según Antonio Peñafiel “en el lugar del atabal de piedra”. Otras traducciones: “lugar de tambores de piedra”; “sitio de viejas piedras”; y para la toponimia local, “donde tocan”. De tetl piedra; huéhuetl timbal, tambor; o huehue viejo; y de tla lugar. El poblado se llama San Juan Tehuehuetla, del municipio de San Miguel Totolapan. También el predio donde nace el Río Atoyac, se llama Tehuehuetla.
Tlacolulco, (Tlacololco), “lugar torcido, o de casas torcidas, o encorvadas”. De tlacolol-co; tlacololli casa torcida; y co partícula locativa. Nombre extinto de una comunidad del municipio de Atoyac de Álvarez, que estaba en las inmediaciones de Los Valles. La gente lo conocía como Tilacolulco.
Zacualpan, (Tzacualpan), tiene varias versiones “sobre la pirámide”, “en el encierro”, o “en el adoratorio”. De izacualli pirámide, recinto, adoratorio, encierro; y de pan en, sobre.
Otros vocablos de origen náhuatl, que algunos estudiosos llaman aztequismos, se quedaron presentes en nuestro idioma y los usamos con frecuencia como:
Camahua: Así se llama el elote cuando el grano ya comienza endurecerse, antes de que sea maíz listo para el nixcome, y ya se pueden hacer unas tortillas que también se les llama camahua. “Son muy sabrosas pero no llenan”, dice la gente. Porque todavía no tiene la consistencia del maíz seco.
Nixcome: es el maíz remojado en agua caliente con cal, ese proceso permite que al lavarlo se le caiga la cascara y se pueda moler. Al agua con cal que queda en el recipiente donde se remojó el maíz se llama nijayote que es otro vocablo de origen náhuatl. El maíz se siembra en un tlacolol o se chapona un huamil. Tlacolol es cuando el terreno se desmontó, se quemó y se va a sembrar por primera vez, ya en las siguientes siembras de llama rastrojo. Cuando el monte creció y ya hay árboles donde antes fue un tlacolol entonces se nombra huamil o guamil.
Es común referirse al Coacoyul a lo que también se conoce como Cayaco, al árbol de cuahulote y el huamúchil son de origen náhuatl. También de ese origen es el Yagual que se ponen en la cabeza las mujeres para cargar, los tachinaxtles donde se crían los pericos y los cacaxtles para atrapar palomas.
Pedro R. Hendrichs dice que la palabra Huilile o güilile podría ser de origen cuitlateco. Fabriciano Mesino Serafín, originario de El Camarón, dice que al güilile que aquí se teje con varas y mecate de majagua de abrojo y clavellina, en el valle de Tixtla lo conocen como Telcopete, allá tejido con varas y zoyate. Los dos se utilizan para pizcar maíz. También Fabriciano dice que el matate tejido con mecate, heredado de nuestros ancestros cuitlatecos, se utiliza todavía en la sierra para desgranar maíz. “Se puede desgranar hasta una tonelada al día”, dice.
Los aztecas, que en mucho nos influenciaron, llegaron acá por 1498, por eso decimos que la fundación de Atoyac fue ese año, porque coincide con la primera incursión mexica a la Costa Grande.
Los nativos de ese tiempo no eran muy poderosos, por eso los mexicas los conquistaron con mucha facilidad y formaron una provincia tributaria a la que llamaron Cihuatlán, que quiere decir: lugar de mujeres. La cabecera de dicha provincia estaba entre los pueblos de San Luis la Loma y San Luis San Pedro. Por eso el río que divide a los sanluises se llama Cihuatlán. Al ser conquistados los cuitlatecas se convirtieron en guerreros de los aztecas para pelear en contra de los yopes de Acapulco y los purépechas de Michoacán.
Así los aztecas mataron dos pájaros de una pedrada. Al mismo tiempo que combatían a sus enemigos más fuertes, mermaban las fuerzas de los cuitlatecas y cuando ya eran menos los mexicas trajeron de los suyos para repoblar la región, por eso había gente que hablaba náhuatl cuando llegaron los españoles a conquistarnos.
Es al tlatoani Ahuízotl, el Monstruo de agua, octavo rey de Tenochtítlan, hermano de Tizóc, a quien se le atribuye la fundación de Atoyac. Porque durante el reinado de Ahuízotl (1486-1502) fue sometida la mayor parte del territorio guerrerense y fue quien consolidó el dominio azteca en la Costa Grande, formando la provincia tributaria de Cihuatlán.
La fuerte presión purépecha por Tierra Caliente hizo que este Tlatoani convirtiera un centro de operaciones a la región del Balsas para poder flanquear a sus enemigos michoacanos por la Costa del Pacífico. Dentro del actual territorio guerrerense quedaron ubicadas seis provincias tributarias y pequeñas porciones de otras tres según consta en el Códice Mendocino y la Matrícula de Tributos.
La Matrícula de Tributos es un códice que consiste en el registro del pago de tributos de los pueblos conquistados por los miembros de la Triple Alianza, integrada por los mexicas de Tenochtitlan, los acolhuas de Texcoco y los tepanecas de Tlacopan. En cada hoja aparece el pueblo que encabeza la provincia tributaria, representado por glifos toponímicos, así como los demás pueblos que formaban la provincia.
La provincia de Cihuatlán está en la lámina 18 de la Matrícula de Tributos y estaba conformada por los territorios que ahora son municipios de: Coahuayutla, La Unión, José Azueta, Petatlán, Tecpan y parte de Atoyac.
Cihuatlán tributaba pieles, animales vivos y fauna marina para ofrendas ceremoniales o para la alimentación. El 4% de los productos agrícolas recibidos en México-Tenochtítlan procedían de Cihuatlán y Tepecoacuilco, al igual que el 60% de la miel, el 18% del algodón, casi el 7% de la ropa de mujer, el 99% del incienso llamado ecozahuitl y el 50% del copal.





sábado, 27 de febrero de 2016

Los cuitlatecos


(Séptima y última parte)
Víctor Cardona Galindo
No hay indicios que la creencia de la lechuza como ave de mal agüero, sea de origen cuitlateco, pero la gente de la costa y de la sierra, llaman ticuiricha a la lechuza, y su canto estridente anuncia la muerte. Otros relacionan el canto de la ticuiricha con el escándalo que hace el tecolotillo al ser atacado, por ese enorme pájaro blanco de hábitos nocturnos. La mariposa negra también presagia la muerte.
Cuando un pájaro llamado luisillo canta en la esquina de la casa, llora la lumbre del fogón o cuando una mariposa blanca pasa por el corredor, vendrá visita. Cuando lloraba la lumbre, mi madre decía: “Nomás que me traigan y no que me vengan a quitar”. Y al rato llegaba la visita.
Algunas familias tenían la costumbre de pronunciar dentro de la tinaja el nombre del ser querido ausente, para que viniera. Vi a unos niños hablarle muchas veces, a su padre, en la olla de la tinaja. Pero su padre nunca llegó porque se lo llevaron los soldados.  De niño me tocó, durante un eclipse, sonar tambores o botes viejos para que el sol no fuera vencido por la oscuridad. También durante el eclipse, las mujeres embarazadas debían usar un pañuelo rojo en la cabeza, para que el niño no fuera comido por la luna. Si no se ponían la prenda roja, los niños nacían con labio leporino. En caso de hipo todavía se coloca un hilo rojo, con saliva, en la frente y le colocan cintas rojas a los árboles frutales que no quieren parir.
El Hombre de Maíz, un petrograbado de más de 4.20 metros
 de largo con la representación de una planta de maíz con 
rasgos humanos, que se encuentra en la comunidad de 
Piedras Grandes, en la parte alta de La Sierra de Atoyac
Foto cortesía de Clevert Rea Salgado. 

Cuando un niño mudaba un diente, lo tiraba arriba de las tejas de la casa, porque de no hacerlo quedaría chimuelo, al tirarlo se gritaba “ratón, ratón dame tu diente y yo te doy en mío”. Ahora también se acostumbra que el ratón deje por un diente, 20 pesos debajo de la almohada.
De las costumbres que Hendrichs registró de los cuitlatecos de la Tierra Caliente muchas están todavía presentes, como es el caso de curar enfermedades con huevos, la curandera o curandero “toma dos huevos, para frotar el cuerpo o la parte enferma. Al terminar la operación, los huevos resultan podridos con la claras negras y las yemas cocidas o reventadas. Para averiguar quién fue el causante de la enfermedad, la curandera echa el contenido de los huevos podridos en agua; entonces se forman hebras desde el fondo de la vasija hacia arriba y estas hebras dejan ver claramente la imagen del brujo o de la bruja que hizo el maleficio”, luego la curandera lava el cuerpo del enfermo con el cocimiento de varias yerbas, entre las que figuran epazote, albahaca, estafiate y hierba buena.
Sobre la caza del venado se cuentan muchas leyendas, que son de origen cuitlateco. Se dice que quien tiene la piedra del venado puede cazar al por mayor. Las mujeres de La Sierra, se han transmitido de generación en generación, la costumbre de rodarle la piedra de moler chile, en los pies a los hombres, sin que se den cuenta, antes de que salgan de cacería y seguro traerán venado.
Un cazador con suerte puede tener acceso a la piedra del venado. Si la fortuna lo acompaña y mata al rey de los venados, un ejemplar grande de color blanco o negro, que en su agonía arroja la piedra. Si el cazador la recoge y la trae como amuleto, siempre que salga de cacería traerá venado, porque trayendo la piedra los venados lo ven como venado y caminan hacia él y puede matarlos con mucha tranquilidad.
Pero si se descuida puede ser atacado y herido por otro venado. Si un ejemplar macho de esa especie lo ve en su territorio piensa que le va a quitar a sus hembras. Hay quienes han pagado con su vida esta suerte, porque otro cazador también puede verlos como venado y dispararle.
Rescatamos aquí la leyenda que Judith Solís Téllez escribió para Agua desbocada. Antología de escritos atoyaquenses.

La piedra del venado

“Dicen los que saben: quien logra tener la piedra del venado puede matar los venados que quiera. Hay que matar al venado blanco o al negro y tomar la piedra que arroja durante su agonía. La piedra se puede traer en el morral y cuando uno va a salir, si se observa al venado echado, indica que está escondido y cualquier búsqueda será en vano. Pero si la figura de la piedra está parada es que se encontrarán a los animales en el camino. Aunque, también hay el peligro de que cualquier venado macho pueda pegar o matar al dueño de la piedra, al que ven como a uno de su especie. Así que se debe de andar muy atento. Para poseerla se deben tener ciertas características: no ser ambicioso, ser valiente y no tener maldad en el corazón. Hay que conservar en secreto la piedra para que resulte efectiva”.

Hay quien habla de que la piedra es como un rubí que los venados alfa traen incrustado en la frente. Hay que utilizar un cuchillo para despegársela porque está pegada al hueso. Aunque algunos cazadores aseguran que la existencia de la piedra del venado no es ninguna leyenda, es una especie de calculo que el venado produce cerca del hígado, la piedra parece una bolita de estambre y se le saca para guardarla “es de buena suerte”, hay quien le atribuye propiedades curativas. En las oficinas de la tesorería de Atoyac una mujer le regateaba a un campesino que se la vendiera porque es buena para curar la embolia. Ella decía, “dígame cuanto quiere”, él contestaba “no señora si se la vendo me salo”. La señora dice “déjeme hervirla y se la regreso”. El hombre dice que no. Porque la piedra del venado no tiene precio.
Hablando de otras leyendas y mitos cuitlatecas. Miguel Ángel Gutiérrez Ávila en su libro La historia del estado de Guerrero a través de su cultura habla de “Los Cuitlatecos y los hombres de metal” y rescata un mito de la creación al que le atribuye su origen en esta etnia ya desparecida.
“Las adoraciones eran de munchas maneras, porque adoraban al sol, a la luna y a los ydolos de piedra, de barro y de madera, de diversas hechuras y tamaños; y dizen que entendían avía un dios principal, questava en el cielo y lo había creado todo; y que a de aver juicio final y que el mundo tuvo un principio, y que hizo un hombre y una mujer de barro, y que se fueron a bañar y se deshicieron en el agua, y que los volvió a hacer de senysa y siertos metales, y los envió al río a bañar y que no se deshicieron, y que de aquello empezó el mundo”.
Dice Gutiérrez Ávila que este maravilloso mito de la creación de los seres humanos, proviene de la cultura cuitlateca, registrada el diez octubre de 1579 por el corregidor de Ajuchitlán Diego Garcés, en la Relación de Asuchitlan y su partido, 1579.
También rescata una leyenda chontal de Apaxtla de Castrejón.

Nacasqueme

Los chontales, cuando llegaron a Apaxtla, encontraron a un Dios con las orejas largas, hasta el suelo, se llamaba Nascasqueme. Los chontales aceptaron adorarlo a cambio de que él los protegiera de sus enemigos.
Nacasqueme cumple con su cometido preparando y entrenando al ejército de chontales y durmiendo al pie del Cerro de El Toro, que por su loma, se prestaba para que Nacasqueme extendiera sus orejas y lo enredara con ellas. Esta era la forma de escuchar todo lo que acontecía por los cuatro puntos cardinales.
Escuchó que en la gran Tenochtitlán de los aztecas había sido vencida por hombres de a caballo y armas de trueno. Rápido levantó a su ejército y resguardó sus dominios. Fácilmente fue vencido y huyó para esconderse cerca de la hoy llamada “Cascada de El charco”. Ahí vivió solo, abandonado. Como era dios debía estar limpio del cuerpo y del espíritu. Para lo primero hacía con sus orejas un recipiente que llenaba con agua de la cascada y allí se metía para bañarse. El peso de las orejas, el peso del agua y el propio Nacasqueme fue hundiendo la piedra en que se hallaba el recipiente hasta que se formó un apaxtli.
De ahí se deriva el nombre del pueblo.
Luego hace mención, citando al periódico Así Somos, que en una zona arqueológica hundida por la presa El Caracol un campesino encontró un ídolo de piedra que “era del tamaño de un niño de doce años, feo y con las orejas largas, largas hasta el suelo”.
“Tienes pies de nacaiqueme”, decían nuestros abuelos cuando, al crecer, ya íbamos dejando los zapatos. Se referían así al Nacaxqueme, ese hombre gigantesco que tiene los pies y orejas grandes y que vive como ermitaño en las soledades de la sierra. Simón Hipólito Castro rescató ésta leyenda que publicó en su libro Cuentos para niños preguntones y que luego retomamos para la antología Agua desbocada. Antología de escritos atoyaquenses.

El Nacaxcleme

Ancianos de la región nos comentaban que por allí habitaba un ser escurridizo como de cuatro metros de alto y de cuerpo peludo. En un mes de marzo nos trasladamos a un bosque lejos de la casa con el fin de abrir un tlacolol. Abrimos un campamento entre el bosque, limpiamos el terreno donde pondríamos las improvisadas camas de varas y regábamos en círculo cal para que no se nos arrimaran alacranes o víboras. Por las noches, escuchábamos derribar árboles con hacha y cuando amanecía íbamos a buscar el árbol y lo encontrábamos derribado y con cera de abeja silvestre en su tronco. Era el Nacaxcleme, como lo llamaban los ancianos. Nos contaba papá que su papá de él, o sea mi abuelito, una tarde buscando miel se perdió en el bosque. No pudo dar con la vereda y decidió pasar la noche arriba de un árbol, no grueso donde no pudiera subirse un tigre, un león o una boa. Sacó de su morral unas hojas de tabaco e hizo un puro el cual encendió con un eslabón y pedernal. Cuando lo estaba saboreando escuchó unos pasos. Al instante desenvainó su filoso machete y se puso en guardia.
De repente vio una figura grande que habló diciéndole que no tuviera miedo que era Nacaxcleme y que sólo iba a verlo para que le regalara un puro, pero grande, cosa que hizo mi abuelo. Esta enorme criatura lo invito a pasar la noche a su cueva y mi abuelo aceptó. Lo llevó a una cueva muy grande donde lo invitó a pasar. Ya en confianza Nacaxcleme le contó que solamente él quedaba de toda su familia; que los hombres al abrir tlacololes, derribando el bosque, fueron acabando con las colmenas y con su familia. La miel era lo único que los alimentaba.
Como mi abuelo tenía sueño, el gigante desenvolvió una de sus orejas y se la dio para que la tendiera en el suelo. Luego se desenvolvió la otra y se la dio para que se arropara. Cuando amaneció le pidió más puros de su garniel y lo llevó a unos gruesos árboles que tenían abundante miel. Enseguida le enseñó la vereda y le rogó que cada vez que fuera por colmenas le llevara puros, que si no lo encontraba se los dejara en la cueva. Desde entonces no le faltaba miel y cera que vender a mi abuelo. Recuerdo que cierta vez cuando llegábamos a la orilla de un río vimos en la arena rastros de un hombre cada huella media aproximadamente como veinticinco centímetros o un pie de largo. Yo entiendo que este gigante es el que derribaba árboles por las noches. El mismo que se hizo amigo de mi abuelo y el mismo de las enormes pisadas en la arena. Tal vez ya murió. Los campesinos y nosotros acabamos con los bosques para sembrar maíz. Ya ahora nadie dice haber visto al Nacaxcleme.

Aunque las últimas noticias que se tuvo del Nacaxqueme fueron unas gigantescas huellas de pie que se encontraron en unos barbechos, en las cercanías de la comunidad de Las Salinas, en la década de los noventa. Luego mi padrino José Aguilera me mostró unas fotos, tomadas por un ingeniero, donde parece que un ser peludo se escabulle entre las hojas de los árboles, allá en la exuberancia de la sierra.