sábado, 16 de abril de 2016

Guerrilleros II


Víctor Cardona Galindo
En la segunda mitad de 1971, las cosas estaban muy calientes, en Atoyac había soldados acuartelados en diferentes lugares y casas particulares, por eso el 22 de junio, se inició con la construcción del cuartel en las inmediaciones de la colonia Mártires del 30 de diciembre, donde ahora está la Ciudad de los Servicios y funcionan la mayoría de las oficinas del Ayuntamiento.
Genaro Vázquez estaba copado, por eso después de varias escaramuzas con el Ejército, decidió disolver el grupo con el que se movía en la sierra de Atoyac y salió el 13 de septiembre de 1971 rumbo a Iguala. Preparaba un golpe maestro. Un comando del Partido de los Pobres se encontraba en Acapulco para emprender acciones en busca de financiamiento para la guerrilla y, el 21 de octubre de 1971, hizo una expropiación en la sucursal Cuauhtémoc del Banco del Comercio de Guerrero llevándose, según la prensa, 16 mil 921 pesos en efectivo.
“Después de investigar algunos objetivos expropiables, los compañeros se decidieron por Bancomer ubicado en avenida Cuauhtémoc y Diego Hurtado de Mendoza. Las expectativas que se habían generado a esta expropiación bancaria fueron demasiado altas, ya que se pretendía obtener una cantidad muy superior a lo que realmente se alcanzó”, dice Arturo Gallegos Nájera. En esa acción participaron Carmelo Cortés Castro, Cuauhtémoc; Carlos Cevallos Loya, Julián; Gabriel Barrientos Reyes, Fernando; Francisco Fierro Loza, Chon y Octaviano Santiago Dionicio, Francisco.
Arturo Martínez Galindo, campesino de 
Los Valles, ajeno a la guerrilla, fue uno de
 los detenidos durante la operación Telaraña
 que movilizó más de 3 mil soldados en busca 
de los guerrilleros Genaro Vázquez y Lucio 
Cabañas. La operación militar inició la noche de 
29 de abril y se desarrolló durante todo el mes 
de mayo de 1971, cientos de campesinos fueron
 llevados primero a la base aérea de Pie de la 
Cuesta y después al campo militar Número Uno. 
Foto  anexo fotográfico del informe de la 
Comverdad.

Esa ocasión, Carmelo tuvo que hacer un disparo porque el policía opuso resistencia, la bala rebotó del piso y le pegó a Octaviano en la espalda, el proyectil se alojó entre cuero y carne. La herida le dejó una cicatriz que lo acompañaría toda su vida. 
Los informes de gobierno dicen que ese día el 21 de octubre, aproximadamente a las 9:15 horas fue asaltado el Banco de Comercio de Acapulco, Sucursal Cuauhtémoc, por tres individuos armados con pistolas y carabina M-1, quienes llegaron y huyeron a bordo de un vehículo de alquiler robado, marca Chevrolet Modelo 70, placas G-1698. Fueron sustraídos 16 mil 900 pesos. “Resultó herido, sin ser de gravedad a pesar de las tres veces en que le dispararon con una pistola calibre 0.45, uno de los policías de esa institución al forcejear con uno de los asaltantes”, decía un reporte policiaco.
El Ejército se hizo cargo de inmediato, alertó al Aeropuerto Internacional y a las partidas que tenía en Lomas de Chapultepec, San Marcos, Tierra Colorada, Coyuca de Benítez y a los batallones destacados en Cruz Grande y Atoyac de Álvarez.
El comandante de la 27 Zona Militar por teléfono informó, a las 20:15 horas, al secretario de la Defensa Nacional que habían encontrado el automóvil usado por los tres asaltantes al Banco de Comercio de Acapulco; que ya había aparecido el chofer de dicho vehículo de alquiler. Había sido secuestrado a las 8:30 horas de la mañana y llevado a El Embarcadero, donde lo ataron, llevándose su automóvil modelo 1970. “El chofer se encuentra siendo investigado por agentes de la Policía Judicial. El monto de lo robado es de 16 mil 921 pesos. Se opina que los asaltantes son de Acapulco y además principiantes ya que todo lo hicieron en forma precipitada”, se escribió en un informe del Ejército.
Al hablar de la herida que recibió Octaviano Santiago Dionicio, Eneida Martínez en su tesis, Los alzados del monte. Historia de la guerrilla de Lucio Cabañas, dice que los costos para la Brigada no pararon ahí, un mes después de realizada esa expropiación, traería consecuencias para tres de los involucrados. La indisciplina de estos guerrilleros provocó su propia aprehensión y la de otra persona inocente llamada Guadalupe Castro Molina, hija de Petronilo Castro Hernández, también desaparecida como su padre. Aunque en ese momento de su detención sí logró librarse de los militares, sin embargo, quedaría fichada y eso a la postre le traería como consecuencia su aprehensión y desaparición. 
El día 18 de noviembre de 1971, al calor de las copas, se les ocurrió a Julián, Cuauhtémoc y Fernando ir a Atoyac a dejar un dinero a Florentino Loza Patiño, Pancho Encinas; para que éste lo hiciera llegar al Partido de los Pobres. Eran como 30 mil pesos, una parte producto del asalto y el resto donaciones de colaboradores.
Es Arturo Gallegos Nájera, en su libro La Guerrilla en Guerrero, quien nos cuenta bien la historia. “Con ese propósito contrataron el servicio de un taxi, mismo que convino cobrar la cantidad de quinientos pesos por llevarlos de Acapulco a Atoyac y traerlos de regreso al puerto. Antes pasaron por la casa de don Petronilo (tío de Cuauhtémoc) para ver la posibilidad de que una de sus hijas los acompañara, evitando de esa manera sospecha alguna de miradas indiscretas  o de la misma policía… la jovencita fue despertada, y ella misma tomó la decisión de acompañarlos, aunque de mala gana. Serían las diez de la noche cuando salían de Acapulco,  no sin antes pasar por un estanquillo a surtirse de cervezas comprando algunos ‘six pack’. Enseguida enfilan hacia Atoyac en busca de Pancho Encinas. Influenciados por la bebida perdieron el sentido de responsabilidad… Eufóricos, los tres jóvenes guerrilleros rompieron la disciplina que en condiciones normales no se hubieran atrevido; salieron a relucir las armas y empezaron a disparar a través de las ventanillas del taxi, descargando una y otra vez sus  pistolas. Como es de suponer, el taxista se atemorizó pero ellos le dijeron que no se preocupara, que no le iba a pasar nada. Guadalupe un tanto preocupada, les llamó la atención amenazando con bajarse del carro si seguían cometiendo desmanes. Fue hasta entonces que le bajaron un poco al desorden que llevaban. Resulta que al llegar a Atoyac ninguno de los tres conocía el lugar preciso en que vivía Pancho Encinas, dando indicaciones al chofer que enfilara hacia donde suponían podían encontrarlo, con tan mala suerte que pasaron frente al cuartel de los federales, que por el hecho de ser de madrugada (una de la mañana aproximadamente) y los tiempos que se vivían, se pusieron en guardia y les ordenaron que apagaran sus luces, cosa que hicieron y se pasaron de frente. Ellos siguieron buscando sin  resultado alguno. En su afán por encontrar a Pancho, no midieron el peligro, seguramente influenciados por alcohol ingerido, volvieron a pasar frente al cuartel olvidando apagar las luces; esta vez no tuvieron la misma suerte, los soldados les marcaron el alto ordenándoles que bajaran del auto. Antes de bajar, metieron las armas abajo del asiento del carro. El conductor aparentemente tranquilo esperaba a sus clientes mientras los soldados interrogaban a los sospechosos. A preguntas expresas ellos contestaban que no eran de ahí y que andaban buscando a un familiar pero que no conocían con exactitud su domicilio. Los federales no creyeron el cuento y les dijeron que se iban a quedar detenidos para investigación. Ellos ‘aceptan’ pero solicitan que la joven sea dejada en libertad por no tener nada que ver en el asunto. Los soldados seden a medias, pues permiten que sea llevada a un hotel a pernoctar, pero bajo vigilancia. Fue en ese momento que Cuauhtémoc le dice a Guadalupe ‘toma mi maletín y avísale a Alejandro que estamos detenidos que vea que puede hacer”. Ella tomó el maletín sin contestar, mientras los soldados la conducían a un pequeño hotel con la orden de ser vigilada, pero esa orden no fue cumplida.
“La realidad es que la detenida no pudo conciliar el sueño  por razones obvias, y a las cinco de la mañana abrió la puerta del cuarto con mucho sigilo, y al darse cuenta que no había nadie, tomó la decisión  de bajar a la recepción, encontrándose con la agradable sorpresa de que también dormían. Salió a la calle y tomó el primer autobús que salió para Acapulco, llegando al puerto a eso de las siete de la mañana”, para avisarle a Arturo Gallegos quien al abrir el maletín, encontró algunos objetos personales y entre éstos, dos jabones Darling nuevos abiertos. “Ese detalle me llamó la atención, y al revisarlos con mayor cuidado, encontré que de jabón solo tenía la envoltura, pues estaban repletos de billetes de a cien pesos, que ya contados hacían la cantidad de treinta mil pesos… guardé el maletín con todo lo demás”.
Mientras Guadalupe fue a ver a Alejandro. Arturo Gallegos se dirigió a la calle Sierra Norte de Puebla para avisarle a Francisco y a Chon. Después de la sorpresa, Chon pasa a la rabieta y dice “eso les pasa por sentirse jefes, ya habíamos quedado que yo iría a dejar el dinero a Pancho, pero no, ahí están las consecuencias”.
 Después de ser informado, Alejandro tomó la decisión de ir a la 27 Zona Militar para tratar de salvarlos y le pidió a Guadalupe que lo acompañara, ésta se resistió y no es para menos después de haberla librado en Atoyac; sin embargo él casi la obligó a acompañarlo.
Antes que arribara Alejandro al cuartel, llegó el comandante de la policía judicial de Acapulco, Wilfrido Castro Contreras, quien enterado de la detención de los sospechosos asistió a reconocerlos. De inmediato fue conducido al lugar donde estaban los detenidos. Le informaron de los nombres que habían dado al momento de su detención, y dirigiéndose a uno de ellos le dice, “Cuauhtémoc ni que la chingada, tu eres Carmelo Cortés Castro cabrón”, al tiempo que le daba dos golpes con la mano abierta en pleno rostro.
Poco después llegó Alejandro, acompañado de Guadalupe, a tratar de salvar a los detenidos con el pretexto de que eran sus trabajadores, pero al estar plenamente identificados, toda argumentación salía sobrando. Los dos fueron detenidos, cuando le preguntaron a Guadalupe quien era ella, y ésta dijo que era la joven que estuvo junto con los sospechosos en Atoyac. Le preguntaron por qué se había fugado del hotel, ésta contestó que no se había fugado, más bien nunca estuvo en calidad de detenida. Alejandro fue identificado como Humberto Espinobarros Ramírez, desertor del Ejército, delito por el cual fue trasladado al estado de Veracruz y procesado, después de una corta estancia en el cuartel de la 27 zona militar.
Asienta Gallegos: “Guadalupe junto con los otros tres detenidos fueron llevados al Campo Militar Número Uno de la Ciudad de México y puestos en celdas separadas unidas entre sí por los costados, es decir que no podían verse entre ellos. Para mejor ubicación diremos que había un pasillo en medio que dividía la zona de celdas. Los de una zona podían ver a los de enfrente pero no a los que pegaban con ellos; por tal razón era imposible que los recién llegados pudieran verse. El pasillo era bastante largo y había un guardia al fondo; las celdas eran muy pequeñas, de un metro cuadrado, donde el detenido dormía sentado, cuando podía. Frente a la celda de Guadalupe se encontraba una mujer casi desnuda con un niño en brazos que, sin embargo, no dudó en deshacerse de un pedazo de trapo para dárselo a la recién llegada”. 
Poco después de haber sido colocados en sus celdas, los detenidos tuvieron su primera visita, era Miguel Nassar Haro, quien llevando hojas blancas en la mano, les dijo: “Escriban ahí toda su historia, sin que se les pase nada, regreso más tarde”. Cuauhtémoc escribió: lugar y fecha de nacimiento, estudió la primaria en una escuela de Atoyac, la secundaria en la Normal de Ayotzinapa y continuó sus estudios en la Preparatoria número 1 de la UAG, de donde fue expulsado en el año de 1966, junto con otros 46 compañeros, por sus actividades como dirigente estudiantil. Poco más tarde regresa Nassar Haro, y al ver la hoja escrita: “Basura, pura basura, pero ahora vamos a ver si son tan  cabrones hijos de la chingada, aquí el más valiente canta. ¡Llévenselos!”, Ordenó. Los detenidos fueron conducidos a la sala de tormentos. Primero psicológica; “me van a decir donde tienen a Jaime Castrejón, y no me digan que no saben porque les rompo toda la madre”.
Los informes del Ejército reportaban, el 21 de noviembre de 1971, la detención de Julián González y Fernando Pérez en Atoyac de Álvarez. También del ex oficial militar Humberto Espinobarros Ramírez, ocurrida en el cuartel de la 27 Zona Militar quienes fueron remitidos a la capital, como presuntos gavilleros que operaban en el estado de Guerrero. Ese reporte no habla de Carmelo.
Julián González fue el nombre que dio Carlos Ceballos Loya y Gabriel Barrientos Reyes dijo llamarse Fernando Pérez al momento de ser detenidos en Atoyac. En algunos momentos los informe militares son erráticos. Pero si corroboran el destino que tenían los detenidos relacionados con los grupos guerrilleros: el Campo Militar Número Uno.


miércoles, 13 de abril de 2016

El triángulo de “La ciudad perdida”


 Víctor Cardona Galindo
En unos terrenos entre la comunidad de Los Planes y La Finquita, muy cerca de El Paraíso, se encontró en el 2011 un basamento piramidal, de un centro ceremonial prehispánico posiblemente del posclásico, en la fachada norte se observa una alfarda. Tiene cuatro escalones bien conservados, mide 30 por 30 aproximadamente.
Para los habitantes de los pequeños poblados circunvecinos ha sido normal que los “gringos” vengan en sus “carrotes”, tomen fotos y si alguna piedra les gusta se la lleven. Bueno, aquí les llaman “gringos” a cualquier extranjero que esté güero.
Luego de que los peones de Hermenegildo Torres Lorenzana encontraron las escalinatas, en los terrenos de su suegro Antonio Camacho, hubo quien pensó que había en esas ruinas un tesoro y le hicieron varios hoyos al montículo, en uno de ellos le colocaron la imagen de San Isidro Labrador.
Pirámide enterrada en Los Planes. Foto Víctor Cardona Galindo.

El hallazgo del basamento piramidal se difundió con rapidez mediante las redes sociales, principalmente por Facebook. Alguien tomó las fotos y realizó una carga móvil porque en ese momento el celular era una novedad en El Paraíso, pues la señal inalámbrica llegó el 22 de enero del 2011 y la cobertura llega hasta Los Planes, La Finquita y La Quebradora. Hasta los peones que andan trabajando en las huertas de café o de plátano traen su celular.
Para ir a Los Planes hay que seguir un camino de flores amarillas del árbol llamado apánico,  que florea y produce una manzanita que al reventar suelta una especie de algodón. Al apánico (cuyo nombre científico es Cochlospermum vitifolium) le llamaban en náhuatl Tecomaxóchitl, su corteza sirve para curar la hepatitis y la diabetes. La receta es sencilla se abre una canaleja en forma de canoa en el tronco del árbol, a la cual se le pone agua y se toma fermentada. La otra planta que florea entre enero y marzo en el camino a la sierra es la retama, cuyas flores amarillas compiten con el primavero que crece majestuosamente cerca del camino.
En Los Planes la secundaria funciona en un aula destinada para la primaria que construyó el gobierno de Germán Adame Bautista; la primaria opera en la casa de Salud. El kínder es una aulita de madera. Hace unos años los vecinos se preocuparon por recolectar los vestigios arqueológicos, los juntaron en una casa e hicieron un pequeño museo, pero ahora en el local donde funcionaba duermen los maestros. Al desaparecer el museo comunitario las piedras que estaban en la escuela, han sido regaladas o han ido desapareciendo.
Don Miguel García Salas era el promotor del museo comunitario que funcionó en el 2005, respaldado por el CONAFE, institución que hasta la fecha atiende los tres niveles educativos básicos en Los Planes. Los habitantes de esa pequeña comunidad de 12 casas van a consulta médica al Paraíso, en el 2010 se terminó de pavimentar la carretera.
Desde el 2005 hay sitio de taxis en El Paraíso. Visitar esta zona es ir al corazón de la selva cafetalera, “la sierra es más arriba” dicen los habitantes de Los Planes. Ir a los Planes es caminar por la tierra del jaguar, el tigrillo, el güinduri, el “catecuan” y el gato montés, felinos que dominan la selva del café.
Cerca de Los Planes, a unos tres kilómetros está el Cerro de La Señora (Así se llama en honor a Faustina Benítez de Álvarez) en donde los jaguares se han reproducido con rapidez, además pueden verse manadas hasta de 12 jabalíes y mucho venado de cola blanca. Se han visto cerca pumas, que son pardos. Las onzas sólo se dan en el filo mayor.
En el cerro de la Señora unos cazadores encontraron una cueva con armas del siglo antepasado, eran escopetas cuascleras y tercerolas, había muchos metales, espadas y balas de cañón. Ahí Juan Álvarez tenía su polvorín “por si las dudas” resguardado en la espesura de la Selva. En ese cerro que era una fortaleza del “Padre del Federalismo” hay muchas cuevas donde puede vivir la gente.
Los Planes es una comunidad fundada por las familias Rodríguez y Bautista, está rodeada de espesa vegetación, en donde vuela la hurraca blanca, la depredadora de las aves, se come sus huevos, su presencia ha hecho que desparezca la hurraquilla verde. La hurraca no tiene depredador natural, “ni el gavilán se la quiere comer”. La gente de la sierra piensa que la hurraca es un animal maldito, porque uno de los pasajes que cuentan nuestros padres dice “que cuando Jesús Nuestro Señor andaba huyendo de los romanos, la hurraca lo perseguía y decía acavaaa, acavaaa”, así grita siempre esa ave, mientras que las cucuchitas (tortolitas) “caminando borraban el rastro de los caminos”. Nadie se come a las hurracas y ellas volando por todos lados hacen lo que quieren. Antes no había hurracas blancas en esta zona. Ahora ha invadido la sierra y les dan duro a las otras aves. Don Julio Sánchez Ciprés dice que en los últimos años han desaparecido muchas aves, como las hurraquillas verdes, los pájaros perros, las gallinitas y quedan pocos faisanes. Aquí a las godornices les llaman “picos de oro”, por su canto, que las que también hay pocas.
 También por ese rumbo, antes de llegar a La Pintada está La poza de los Patos, es un lugar donde los paraiseños han pensado echar andar un proyecto de turismo ecológico.
Cerca de la Finquita crece majestuoso un Cuajinicuil traído de Chiapas. “Nomás que siembres, aquí todo se da”, dicen los lugareños. En Los planes hay limón real, papaya, maíz y frijol. El camino a la pirámide está surcado de plantas de mariposas que adornan el paso con sus flores blancas que impregnan su aroma en el ambiente.
Dos arroyos pasan por Los Planes uno que viene de La Quebradora y el otro de La Finquita. Los planes forma parte de un  triángulo de pequeñas comunidades preciosas, una de ellas es la colonia La Quebradora. La cual tiene 30 casas se llama así porque ahí se instaló en los setentas una máquina trituradora de piedras, material que se usó para la construcción de la carretera que conduce a la sierra. Es una población muy tranquila, con energía eléctrica cuya red fue construida durante el gobierno de María de la Luz Núñez Ramos. Esa pequeña colonia se fundó en los terrenos del señor Julio Sánchez Ciprés. La primaria “Sor Juana Inés de la Cruz” tiene una sola aula que les construyó Javier Galeana Cadena cuando fue alcalde, el jardín de niños Margarita Maza de Juárez se los construyó Acacio Castro y Germán Adame les dejó de recuerdo la cancha de basquetbol. Es un pueblito donde la mayoría de las casas tienen techo de láminas galvanizadas.
En esa zona entre mayo y junio, cuando comienzan las lluvias, los habitantes salen al bosque a recolectar un hongo rojo que es muy sabroso empapelado o en caldo. Llega a costar hasta 50 pesos el kilo en El Paraíso.

Sin duda es hermoso el triángulo formado por Los Planes, La Finquita y La Quebradora, es la zona arqueológica que nuestros antepasado llamaron “La ciudad perdida”. Más arriba están El Edén y La Pintada.

martes, 12 de abril de 2016

Calamidades


 Víctor Cardona Galindo
El pequeño pueblo donde nací, se llama Los Valles, está enclavado en la parte media de la sierra de Atoyac. Aquí la gente tenía diversas formas de anticiparse a las calamidades que se avecinaban, se guiaban por la naturaleza y por la premoniciones de esta leían. Cuando el cielo amanecía aborregado, con pequeñas nubes simulando borregos, era seguro un temblor de tierra, como sucedió el 4 de julio de 1971, cuando una gran sacudida tumbó varias casas de los pueblos de la región.
En la sierra había muchas cotorras, que ahora están en peligro de extinción. Mi abuela Victorina, de noche distinguía como la cotorras se cambiaban del árbol donde dormían a otro, eso era un mensaje que habría un temblor en la madrugada.
Cuando las calandrias hacían sus nidos en ramas bajas de los árboles era sinónimo que ese año habría huracanes que azotarían la región. Cuando por la mañana se advertía un marrano cargando ramas sobre su cuerpo, había una tempestad ese día, esta premonición se reforzaba cuando se veía venir el ganado de las huertas a la calle del pueblo, era segura la tempestad con viento y rayos, como sucedió también el 26 de diciembre de 1971.
Había una señal, cuando se avecinaba una peste para el ganado. Esa señal era la aparición del zopilote rey. De pronto sobre el pueblo sobrevolaba una parvada de zopilotes y en medio de ellos iba un zopilote totalmente blanco, avanzaba quieto y todos los demás volaban en su derredor. Ese era el zopilote rey, que nos anunciaba que al siguiente día comenzaría a morirse el ganado. Era mal derriengue, por eso se morían y los esqueletos de la vacas adornaban los caminos.
El zopilote rey era el mensajero de la peste. Yo ya no he visto este zopilote blanco, a lo mejor se extinguió cuando los ganaderos comenzaron a vacunar sus vacas. 
De las epidemias que han azotado a Atoyac, está los ataques de cólera morbus o peste, de 1833, que fue una pandemia internacional. En 1901 a 1905 Atoyac fue atacada por la viruela causando numerosas muertes. Otro ataque de la viruela se vino allá por 1918 y que le gente atribuía a la mortandad que dejó la Revolución Mexicana, porque en varias partes del municipio apilaban los cadáveres le ponían petróleo y los quemaban. Se decía que la manteca que salía de los cadáveres iba a dar a los arroyos y por eso las epidemias. Había lugares donde combatían los bandos contrarios, enterraban los muertos por decenas, muchos de ellos quedaban con los guaraches fuera de la tierra.
La viruela negra atacó por mucho tiempo al municipio de Atoyac, están los testimonios de 1944. Le llamaban la viruela de peste o viruela de clavo negro, porque en cada grano se le ponía un punto negro y luego reventaba en pus, tenían que acostar a los enfermos en hojas de plátano, porque la ropa y las sabanas se les pegaban en el cuerpo y le arrancaban la carne.
El último ataque que se recuerda es el 1964, cuando mucha gente padeció de esta epidemia, de recuerdo quedó aquel verso: Le dio la viruela /le dio el sarampión /le quedó la cara /como chicharrón….
Cacarecos dirían otros, al burlarse de los que por motivo de la viruela o el sarampión les quedaba el cutis como cráteres lunares.
El sarampión también fue una epidemia recurrente, provocó muchas muertes sobre todo en los niños, el tratamiento era bañar al enfermo con agua de borraja y sanaban. Cuando alguien moría se decía que le dio sarampión del cenizo, porque había según los mayores, dos tipos de sarampión el rojo y el cenizo, del rojo se aliviaban del cenizo no.
Muchos niños murieron por las epidemias de tos ferina o tos ahogadora, la gente ponía al enfermo camisas rojas para que se aliviara como no obtenían resultado, recurrían a las medicinas aunque allá por el 1976, cuando se recuerda el mayor ataque de esta enfermedad, había pocos médicos en Atoyac y además el remedio era simple, medio vaso de leche de burra, de preferencia negra y los chamacos se aliviaban, creo que se morían los niños cuyos padres no querían acudir a estos remedios.
El bronquitis también era común, era una epidemia, también cobró la vida de muchos niños, lo más reciente allá por 1975, el remedio era muy simple, sin acudir al médico mi mamá nos curó con una infusión, hecha con un pedacito de concha de armadillo, cuatro temalcuanes y tres pedacitos de cáscara de cirian.
En esos años hubo también brotes de pelagra, que se decía que la trasmitía el marrano, ahora sabemos que es por falta de niacina. La pelagra era terrible, cobró la vida de algunos niños, dicen que por dejarlos jugar donde dormían los marranos.
Para nosotros los atoyaquenses las epidemias habían quedado atrás, más de pronto nos amanecimos con la noticia que una nueva epidemia se cernía sobre el mundo, la influenza porcina.
El lunes 27 de abril del 2009 parecía un día tranquilo a no ser que por la mañana comenzaron a verse personas con cubrebocas y comenzó la psicosis, la gente decía que ya había dos casos en el Hospital General, lo que resultó falso, pero en eso estábamos cuando faltando unos minutos para las 12, se registró un sismo de 5.7 grados con movimientos trepidatorios y oscilatorios, lo que aumentó el pánico en la región “es que diosito ya no nos quiere por pecadores”, decía la señora donde paso a desayunar.
Ya para el martes 28 se habían suspendido las clases, en todas las escuelas, se dispararon los precios de los cubrebocas de 50 centavos, llegaron a costar 10 pesos, los sastres comenzaron fabricar cubrebocas de telas por pedidos. También escasearon los productos farmacéuticos con vitamina C.
Siendo el miércoles 29 de abril se agrava la psicosis, porque llegan masivamente los estudiantes y atoyanquenses que radican en el Distrito Federal, Estado de México y Morelos, personal de la Secretaría de Salud, reparte cubrebocas en la terminal.
El jueves 30 el Ayuntamiento de Atoyac, suspende labores por la contingencia, mandó a cerrar los centros nocturnos, restaurantes y todos los negocios de comida, sólo comida para llevar, estaba autorizada. Se suspenden por primera vez, desde que tengo uso de razón los festejos del día del niño. El Ayuntamiento anuncia que no festejará a los pequeñines el sábado 2 de mayo como se tenía previsto y que el informe de los 100 días programado para el domingo 3 se pospone para el 9 de mayo.
El jueves 30 de abril por la mañana, una avioneta blanca con franjas verdes, realizó vuelos rasantes por toda la ciudad, lo que acrecentó la psicosis colectiva. Decía una vecina, ya nos cerraron los negocios y ahora nos están fumigando ¿Para que? Mas tarde, Marcos Villegas, se confirmaría que esa avioneta aterrizó en El Ticuí y que estaba fumigando las plantaciones de mango, para combatir la mosca de la fruta.
Para el colmo de los males el día primero de mayo, que amanecimos todos temerosos, porque había muchos chilangos en los alrededores y algunos pensaron refugiarse en la sierra donde el aire es limpísimo, vuelve a temblar por la tarde 4.7 grados con epicentro en Acapulco.

Si de por si andamos temblorosos del cuerpo y ahora nos tiembla la tierra.

sábado, 9 de abril de 2016

Guerrilleros I


Víctor Cardona Galindo
Los terratenientes arrendaban parcelas a los campesinos de la región y sólo les permitían sembrar cultivos anuales, tales como el maíz, arroz y frijol. Esto se debía a que los cultivos perennes (como el café y el cacao), generaban derechos de posesión de la tierra. La mayoría de las  familias costeñas eran arrendatarias y vivían a expensas del siclo de lluvias. Las tierras de riego estaban destinadas para el usufructo del patrón.
En ese contexto nació Patronilo Castro Hernández, el 31 de mayo de 1899, en la ciudad Atoyac de Álvarez. Su madre fue Guadalupe Hernández Mesino y su padre Raymundo Castro Gervasio. Don Petrón, como le llamaba su familia era primo hermano del general Silvestre Castro García, el Cirgüelo. Como muchas familias, la suya concurrió al llamado del movimiento insurreccional contra la dictadura de Porfirio Díaz y para luchar por un pedacito de tierra.
Por eso siendo todavía un niño de 11 años acompañó a sus padres a la revolución, cuando el profesor Silvestre Mariscal se levantó en armas aquel 26 de abril de 1911, apoyando a Francisco I. Madero y al grito de “Sufragio efectivo. No reelección” tomó a sangre y fuego la ciudad de Atoyac. Luego Mariscal partió rumbo al puerto de Acapulco para atacar la plaza principal del gobierno federal,  donde estaban los intereses de los principales hacendados.
Don Petronilo Castro Hernández, fue detenido 
el 25 de abril de 1972 elementos del Policía Judicial
 de Guerrero al mando del comandante Wilfrido
 Castro Contreras, lo sacaron de su domicilio 
ubicado en calle 13 esquina con Avenida Silvestre 
Castro, colonia Juan R. Escudero de la ciudad de 
Acapulco. Foto tomada de la revista Revolución 
editada por los presos políticos de Acapulco 
en marzo de 1979.

Con el tiempo, cuando creció, Petronilo se convirtió en un combatiente y pasó al bando zapatista donde llegó a ostentar el rango de teniente, mismo que después de varios trámites burocráticos la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) le reconoció.
Una vez concluida la revolución la familia Castro radicó en el Rincón de las Parotas donde pasó su juventud. Pero transcurría el tiempo y aunque ya el país tenía un gobierno emanado de la revolución, en la década de los veinte, las cosas seguían igual. Las haciendas de la Costa Grande eran propiedad de las casas españolas del puerto de Acapulco. Baltazar Fernández, Uruñuela, Alzuyeta, Quiroz y Compañía, eran quienes también tenían las fábricas de hilados y tejidos de El Ticuí y Aguas Blancas. En Acapulco eran dueños de una industria de jabón, en lo que ahora se conoce como El Barrio de la Fábrica. Contaban con bodegas en diferentes partes de la región por medio de las que controlaban el mercado de algodón y los granos básicos.
En Atoyac había  terratenientes, hacendados y latifundistas que vivían en la cabecera municipal como: Germán Gómez, Andrés Pino, Octaviano Peralta y el coronel revolucionario Alberto González, Gabino Pino González, Herman Ludwig y el guatemalteco Salvador Gálvez, quienes ya contaban, en sus extensiones, con plantaciones de café. Pero los más voraces eran los hacendados españoles.
Es Crescencio Otero Galeana quien en su libro El movimiento agrario costeño y el líder Profr. Valente de la Cruz nos habla de las condiciones de la región en aquella época. Cualquier campesino que viviera en las haciendas y no fuera del agrado de los propietarios o de los administradores, era obligado a salirse bajo cualquier pretexto. Sí, les prestaban tierras pero en los terrenos altos infértiles y en cantidades mínimas, no más de tres hectáreas, mediante el pago de una renta. Las cosechas se levantaban tan pronto ordenaban los administradores, para darle el pasto al ganado, aun cuando el maíz o frijol estuviera todavía secándose. El aviso era intempestivo y cuando los campesinos estaban levantando su producto, los caporales metían el ganado a pastar y se comían los cultivos de las semillas básicas para la subsistencia familiar: maíz y frijol.  Los campesinos no podían sembrar árboles frutales de vida larga. Los esbirros de los hacendados sí tenían ese privilegio, pero únicamente podían plantar una o dos palmeras de coco, cuando mucho dos árboles de mango y algunas plantas de plátano. Esa era la condescendencia por sus servicios prestados, de esta manera muchos se volvían serviles a los hacendados que así formaban su pequeño ejército de guardias blancas y pistoleros.
Al campesino que criaba ganado sólo se le permitía tener cinco animales, porque aun las pasturas del campo libre también pertenecían a las haciendas, no tenía derecho a tomar para sus vacas ni un solo manojo de pasto del que nacía en el campo libre y quien desobedecía era expulsado, y si intentaba defenderse inmediatamente era aprehendido por las guardias blancas de la hacienda y remitido a Tecpan, la cabecera de distrito, donde residía el tirano Prefecto Político y tenían su sede las autoridades judiciales que estaban al servicio de los hacendados y latifundistas españoles.
Los ciudadanos, como en otros lugares del país, pagaban también la contribución personal que para entonces era de veinticinco centavos mensuales para hombres y jóvenes y aquél que no podía pagar por su miseria, entonces era apresado y llevado a la cabecera distrital, o se echaba a huir por los montes como un coyote, viviendo a salto de mata, para no caer en manos de los temibles rurales, quienes constantemente los llevaban en “cuerdas” a desempeñar trabajos forzados a lugares inhóspitos y mortales como el Valle Nacional, o a pelear contra los indios yaquis de Sonora.
En este contexto Manuel Téllez Castro y David Flores Reynada comenzaron a formar los comités agrarios para organizar a los campesinos solicitantes de tierra siguiendo el lema Emiliano Zapata “La Tierra es de quien la trabaja”, pero los terratenientes respondieron con el asesinato de los líderes agraristas de la Costa Grande, así cayó el 29 de octubre de 1923 asesinado Manuel Téllez Castro en la calle Nicolás Bravo de la cabecera municipal de Atoyac.
Por eso Alberto Téllez se levantó en armas, le secundaron Feliciano Radilla y muchos campesinos solicitantes de tierra de la región, entre ellos Antonio Onofre Barrientos y Petronilo Castro Hernández que concurrieron a la toma sangrienta de la ciudad de Atoyac y Petatlán donde se definió el triunfo del movimiento militar. Pero fue necesario el levantamiento de Amadeo Vidales Mederos en 1926 para que las tierras comenzaran a repartirse y así les tocara un pedacito, para sembrar, a muchos revolucionarios sobrevivientes.
A don Petronilo le tocó una parcela de café por el rumbo de Las Patacuas, que está en los cerros aledaños a El Porvenir. Donde hay un fruto amarillo de un árbol llamado patacua, que es agridulce. Doña Julia Molina Valdovinos, esposa de don Petronilo recuerda que había muchas frutas que se comían como: arrayanes, piñón, chirimoyas, frutillas, cajeles y muchos limones dulces.
Petronilo Castro Hernández con Julia Molina Valdovinos procrearon 14 hijos de los que sobrevivieron: Francisca, Fabiola, Martha, Guadalupe, Benigna, Julieta, un varón de nombre Eleazar, Raquel, Miriam, Mayanin y adoptaron a Alejandra. A Eleazar don Petronilo lo llamaba Castillo, por el parecido que tenía con el general Heliodoro Castillo a cuyo lado combatió en el bando zapatista. También fueron sus hijos: Pedro, Eusebio y Julia Castro Martínez que tuvo con Maximiana Martínez y también Marcos Castro Reynada que nació de otra mujer.
En los años cincuenta se fue a vivir a Pie de la Cuesta, una pequeña población que estaba en enclavada cerca de Cayaco municipio de Coyuca de Benítez, antes de subir a la sierra, y que era ruta obligada para los que iban al Ojo de Agua y otras poblaciones como La Remontita. Ahí se dedicó de lleno al cultivo de la tierra. Dice Arturo Gallegos: “Su gran corazón y disposición al trabajo le valieron el reconocimiento de todos los que lo trataron, nombrándolo representante de esa comunidad ante el comisariado ejidal, prácticamente de manera vitalicia”.
En 1959 don Petronilo se sumó a la lucha en contra del gobernador Raúl Caballero Aburto y siguió de cerca el movimiento del pueblo de Atoyac. Después de la masacre del 18 de mayo de 1967, don Petronilo Castro fue uno de los primeros tres campesinos que se fueron con Lucio Cabañas. En esta pequeña célula que fue el embrión de la Brigada Campesina de Ajusticiamiento también estaban: Alfonso Cedeño Galicia, el Güero Cedeño y Antonio Onofre Barrientos. Los tres habían sido combatientes de la guerrilla vidalistas. Más tarde se sumaron Juan Reinada Victoria, Clemente Hernández Barrientos y Obdulio Gervasio.
Entonces Petronilo Castro Hernández acompañó a Lucio en los primeros años de andar por la sierra organizando comités de lucha junto con Antonio Onofre Barrientos, Juan Reynada Victoria y Clemente Hernández Barrientos.
Después, cuando el grupo creció, los fundadores se bajaron a las poblaciones, donde Antonio Onofre Barrientos, Juan Reynada y Petronilo Castro fueron apoyos importantes para contactar con la guerrilla y llegar hasta Lucio Cabañas.
Así lo conoció Luis León Mendiola. “En los primeros tiempos de la guerrilla arriba de un pueblo llamado Pie de la Cuesta don Petronilo Castro, tenía sembrado tomate, jitomate y chile, lo que le daba buen pretexto para estar en el monte sin despertar sospechas. Y llegamos al campamento donde se encontraba Lucio, quien en compañía de un joven llamado Clemente Hernández Barrientos, que se había integrado de manera permanente con Lucio, Clemente sobrevivió y hoy está dedicado a la vida privada”.
Lucio aprovechó los conocimientos que don Petronilo tenía en materia de estrategia militar y aprendió mucho de viejos revolucionarios como él, de ahí aquella frase: “Ir al pueblo a aprender y no a enseñar”.
“Don Petrón y un primo de Lucio Cabañas se llamaba o se llama Clemente Hernández Barrientos, estos son los personajes, que yo sé, fueron la base más importante para que Lucio pudiera mantenerse durante esos tres años en la sierra de Atoyac, es decir, ellos le conseguían el contacto, le llevaban comida, lo trasladaban de un lugar a otro, porque ellos eran  conocedores, como eran lugareños de ahí conocían la sierra a la perfección, entonces era una base más importante para el desarrollo”, comentó Arturo Gallegos Nájera.
Era excelente músico, el 1 de noviembre de 1971, Petronilo Castro con violín y Pedro Hernández Gómez, Ramiro con guitarra tocaron vinuetes en un pueblito de la sierra, cuando la guerrilla llegó a pasar el día de los difuntos con los campesinos. El vinuete es una música ceremonial tocada con violín y guitarra para la despedida de angelitos o días de muertos.
Una vez incorporado con su familia, la casa de don Petronilo ubicada en la calle 13, lote 1833, de la colonia Juan R. Escudero en Acapulco fue paso obligado para muchos guerrilleros que iban para la sierra. Por eso de su casa se lo llevaron las fuerzas del gobierno y lo desparecieron.
La cuarta hija de Petronilo Castro Hernández y de Julia Molina Valdovinos, Guadalupe Castro Molina que nació el 7 de julio de 1952 en Atoyac de Álvarez, también está desaparecida, ella estudió hasta cuarto año de primaria en la escuela federal Eduardo Mendoza y fue detenida una primera vez por elementos de la 27 Zona Militar el 19 de noviembre de 1971.
Fue cuando la guerrilla asaltó la sucursal de Bancomer ubicada en avenida Cuauhtémoc y Diego Hurtado de Mendoza. Participaron, Chon, Francisco, Julián, Isael, Cuauhtémoc y Fernando. Ese “18 de noviembre de 1971, al calor de las copas, se le ocurrió a Julián, Cuauhtémoc y a Fernando ir a Atoyac a dejarle dinero a Pancho Encinas para que éste lo hiciera llegar al Partido de los Pobres. Contrataron un taxi que convino cobrar 500 pesos por llevarlos y regresarlos al puerto de Acapulco”, dice Arturo Gallegos.
Antes pasaron por la casa de don Petronilo, que era tío de Cuauhtémoc, para que una de sus hijas los acompañara y así evitar sospechas de miradas indiscretas o de la policía. Don Petronilo despertó a Guadalupe que los acompañó, serían las diez de la noche cuando salieron de Acapulco.
Al llegar a Atoyac, ninguno de los tres conocía el lugar donde vivía Florentino Loza Patiño, Pancho Encinas. Pasaron varias veces frente al cuartel a la una de la mañana, se les hicieron sospechosos a los soldados y los detuvieron. A Guadalupe la condujeron a un pequeño hotel, llevando el maletín con el dinero, ya casi al amanecer salió y tomó un autobús rumbo al puerto de Acapulco.




viernes, 1 de abril de 2016

Fray Juan Bautista Moya y Valenzuela


(Tercera y última parte)
Víctor Cardona Galindo
Los cronistas de la orden de San Agustín le atribuyen al padre Juan Bautista Moya muchos milagros, resaltan su bondad, su compromiso con el trabajo misional y el sufrimiento que pasó al evangelizar una zona calurosa, llena de mosquitos que le picaban de continuo y caminar, con sus sandalias de suela cruda, por peligrosas veredas escarpadas llenas de alimañas y animales ponzoñosos.
Al llegar Moya y Valenzuela a Pungarabato, en 1552, supo que en esa jurisdicción había indios metidos en la serranía y viviendo en cuevas, que por su aspereza era difícil tener comunicación con ellos y que habían vuelto a la adoración de sus antiguos dioses, los llamó para que salieran de ahí y pudieran asistir a misa, los nativos dijeron que sólo se bajarían a un lugar que tuviera agua cerca para construir sus casas. El padre Moya se puso en oración pidiéndole a Dios les diera agua para que aquellos naturales salieran de la idolatría.
La parroquia Santa María de la Asunción de Atoyac 
luciendo su reloj que fue comprado en la Ciudad 
de México en la joyería y relojería “La Princesa” 
mismo que fue inaugurado el 20 de julio de 1947. 
Foto tomada de la Monografía de Atoyac de Wilfrido 
Fierro.

“De la oración se levantó con tanta confianza, que fue a un lugar con los mismos indios, y señalando con su bordón, les dijo: que cavasen allí, cavaron y salió toda el agua necesaria para aquella gente. Viendo el prodigio tan patente salieron de aquellas hoyancas, y es cierto saldrían de la idolatría, pues el milagro no se había de hacer sin fin muy grande. Duró la fuente, según dicen los de aquella tierra, mientras vivieron allí los que habían salido, que después unos murieron, y otros se acercaron a mayor comunicación”.
Bautista formó pueblos con sus iglesias como en Pungarabato. Fue prosiguiendo su visita hasta llegar a Ajuchitlán, el último pueblo de la provincia de Tierra Caliente, donde también ordenó el pueblo en calles y “con la doctrina que iba asentando. Hizo muy capaz iglesia: no pudo ser de cal y canto, por el imposible, más hízola de adobes, muy fuerte, cubierta de madera; la torre hizo de piedra y cal, que hoy dura. Desde aquí volvió recorriendo las demás doctrinas, hasta la otra punta del poniente, que es La Aguacana, dejando al P. Villafuerte lo de la costa”. Se nota que con Villafuerte se habían divido el territorio de esta parte de lo que hoy es Guerrero.
Cuentan que una ocasión cuando estaba anocheciendo, llegó a Pungarabato un indio del otro lado del río Balsas, solicitándole al padre Bautista una confesión para un moribundo, pero cuando intentó pasar el río estaba crecido, y no había balsas que lo cruzaran, los vecinos le aconsejaban que fuera hasta otro día. Un nativo se echó al río donde era el vado y encontró que estaba muy hondo, pero en la oscuridad fray Juan encontró algo que parecía ser un puente, subieron a él y pasaron el río, pero al llegar del otro lado se percataron que era un gigantesco caimán en el que habían cruzado.
Dice fray Diego de Basalenque en la Historia de la provincia de San Nicolás Tolentino que un día unos caballeros en compañía del capitán Cristóbal Oñate, encomendero de Tacámbaro, cuando buscaban la bendición del padre Moya “halláronle en éxtasis, levantado de la tierra, que quedaron admirados, y confirmados de la opinión que le tenían”.
Un negro, criado del corregidor Diego Hurtado, “le halló levantado en el aire, y admirado vino a su amo diciendo: señor este fraile es hechicero, allá está subido en el aire; fue el corregidor y violo, y respetólo como debía, advirtiéndole al negro (que era algo simple) que aquello era porque el padre estaba en Dios”.
Una ocasión “llegó a una cuesta muy conocida, que se llama Acaten, y el fiel ministro no reparando en las dificultades del camino, y doblado cuidado que era necesario poner para poder andar, llevaba más los ojos y pensamientos en el cielo, que en la tierra, desvió un poquito el pie de la angosta senda y cayó de la cuesta abajo; la profundidad era muy grande, porque a dicho de los que la han visto, tiene muchos estados (medida que equivale a siete pies) hasta abajo, y era fuerza hacerse añicos cuando y más pedazos. Los indios pues,  llorosos del suceso, buscando por donde bajar a buscarlo, viéronlo que ya venía subiendo por una media ladera, sacudiéndose el hábito, y llegando a besarle la mano les dijo: sea Dios vendido, que me ha librado de este trabajo”. Los indios que le vieron caer confesaron que les pareció que iba volando.
Milagros como éste se reproducen durante la estancia de Fray Juan Bautista Moya en la región de la Tierra Caliente, la Sierra y la Costa Grande de Guerrero.
Desde el tiempo de los agustinos, el 15 de agosto, tiene lugar en Atoyac nuestra fiesta religiosa patronal a Nuestra Señora de la Asunción. Dejó escrito Wilfrido  Fierro: “La fiesta no tiene el debido colorido como suelen hacerlo otros pueblos católicos como Tuxtla, Taxco, San Juan de los Lagos etc., en donde organizan un suntuoso y atractivo programa de mucha repercusión. El acto que aquí se desarrolla, consiste solamente en conmemorar un día antes la muerte de la madre de Jesucristo, velando toda la noche la santa imagen, pero antes es sacada del templo en solemne procesión por las principales calles de la ciudad. Haciendo valla un grupo de señoritas vestidas pulcramente de blanco y portando en la diestra verdes palmillas y en algunas ocasiones velas de caña. Al día siguiente se celebran cuatro misas; la de 5, 8, 9 y 12 horas después de la Misa de 9, sale nuevamente la sagrada imagen en procesión de igual forma que el día anterior; por la tarde se cierra el programa de este grandioso día con el santo rosario, al acto asisten todos los vecinos de la población y de los lugares circunvecinos”.
Dice Doña Juventina Galeana viuda de García que la primera iglesia construida en Mexcaltepec se ubicó dónde está el actual panteón “el grupo Convivencia Cultural Atoyac, a finales de 1992 encontró los cimientos de dicho templo, la campanita que usaban en la misa y una medallita con inscripciones en latín”, dice en sus Datos sobre la Parroquia Santa María de la Asunción.

El padre Herrera

El 5 de noviembre de 1923, llegó a este lugar el padre Manuel Herrera y Munguía, quien en el año 1925, inició los trabajos de un nuevo templo parroquial trazándolo de norte a sur, logrando con el concurso de los vecinos católicos del lugar excavar las cepas, acarreo de piedra y el relleno de las mismas que servirán de base, así como la demolición de la mitad del viejo templo, pero debido a la persecución cristera que emprendió el gobierno de Plutarco Elías Calles, el párroco tuvo que abandonar la población y concentrarse a Chilapa, “siendo este motivo para que la obra se suspendiera”, dice Wilfrido Fierro, quien consigna que en 1926 se vino el cierre de los templos en todo el país.
El padre Herrera era un hombre que usaba pistola al cinto. Como quien dice era de armas tomar, dejó varios hijos en Atoyac. Ya cuando estaba en Petatlán protegió un grupo de cristeros que se refugiaron en la sierra de ese lugar.
Don Simón Hipólito Castro escribió que su hermana “doña Mariana Herrera, se sabe, abandonó la venta de telas para levantar, creo yo, la primera casa de huéspedes Herrera. Todo según se sabe, porque un albañil encontró en las viejas paredes todo un tesoro, un ‘entierro’ de dinero. Esto cuando todavía no había bancos para depositarlo. Con este entierro la señora Mariana Herrera se inició en la hotelería. Fue hermana del cura Herrera, un sacerdote que violó el juramento de castidad y tuvo tantas amantes –vírgenes- como don Juan Tenorio”.
El Padre Herrera, quien tenía a su cargo la parroquia de Atoyac y  la de San Jerónimo, era parrandero y por las noches le gustaba salir con la palomilla. Decía: “en la iglesia respétenme pero por las noches somos iguales”. Siempre traía su pistola calibre .38 en la cintura.
El 11 de agosto de 1929, el padre Herrera anotó en el libro de bautizos: “Con esta fecha quedo nuevamente en posesión de mi parroquia abandonada durante dos años, tres meses y veintidós días” y el 14 de agosto se celebra la primera misa en la Parroquia, después de más de dos años que estuvieron cerrados los templos católicos en el país, por dificultades que surgieron entre el clero y el presidente de la república Plutarco Elías Calles.
Entre otros registros que existen sobre la época del padre Herrera. Están que la noche del 19 de marzo de 1930 fueron robados varios objetos de plata de interior del templo. El 10 de mayo de 1930 pusieron la denuncia ante el Ministerio Público. Los objetos robados eran: dos coronas de plata, una media luna de plata, una palma de plata, un cetro de plata y un cristo de plata, un candelero de plata, una jarra de plata y una alfombra ya usada.
Se supo después que el padre Herrera ofreció a José Cabañas 50 pesos y una pistola calibre .32 para que sirviera de instrumento para recuperar los artículos de plata del supuesto robo. Pues Herrera los ocultó en el campanario para inculpar al señor Enrique Castro.
El Ayuntamiento, por conducto del presidente municipal José Radilla Ruíz, intervino ante el secretario de gobernación pidiendo la salida del párroco por mala conducta y por ser autor intelectual del robo. La clase política del momento estaba enfrentada a muerte con el cura como se nota en la correspondencia de época y porque el sacerdote se negaba a izar bandera en la torre del templo.
“Desde hace dos noches se vienen celebrando en ésta ciudad actos religiosos de culto público, por un considerable número de personas de ambos sexos, consistentes esos actos en cruzar las principales calles de esta ciudad en abierta procesión con una imagen denominada ‘Santo Entierro’, llevando velas encendidas y otros objetos propios de culto católico”. La autoridad municipal protesta por eso y le envía un documento al jefe del sector militar coronel Alberto G. González y le pide aplique el artículo 17 del Código Penal para el Distrito y Territorios Federales. “Porque los cultos deben ser dentro de los templos”. Esto en un oficio fechado el 4 de abril de 1930 firmado por alcalde de ese año José Radilla Ruíz agrarista oriundo de Boca de Arroyo.
El 2 de noviembre de 1930, la secretaría de gobernación le impuso una multa de 50 pesos al padre Herrera por no izar la enseña nacional en el templo los días de fiesta y luto nacional. La dependencia federal ordenó a la autoridad municipal la hiciera efectiva, escribió doña Juventina Galeana, pero al año siguiente dicha multa fue condonada. En esas fechas también se buscó despojar a la parroquia de una parte del terreno poseía.
El primero de enero de 1931, tomó posesión de la presidencia municipal el revolucionario agrarista Marcos Martínez. En ese tiempo los ricos nativos organizaban paseos, en las que participaban las mujeres más bellas de Atoyac. Las Pino eran muy mentadas. En el paso del arroyo Cohetero, a la altura del puente del puente de la calle Juan Álvarez, se hacía una poza. Al pasar por ahí Marcos Martínez espoleó su caballo y se le cayó el sombrero. Entonces el padre Herrera, con su sotana impecablemente blanca, también espoleó su caballo y le pasó por encima al sombrero. Todos los miembros de la sociedad, que participaban en paseo, festejaron la actitud del cura y se rieron.
Marcos Martínez se regresó, se agachó con agilidad y recogió el sombrero, luego emparejó su caballo al del cura y limpió su sombrero con la sotana. El sacerdote nada dijo porque los dos traían sendas pistolas fajadas. Herrera tenía la costumbre que cuando daba las misas, miraba hacia arriba o hacia abajo. Nunca miraba al frente.

En 1945 al padre Manuel Herrera Munguía se le encuentra en Petatlán, dice Francisco Gomezjara en Bonapartismo y lucha campesina en la Costa Grande de Guerrero, “Dispone de un pequeño ejército formado por ex cristeros que viniendo huyendo de Los Altos de Jalisco, en 1929, se internaron con sus armas en la sierra de Petatlán, donde se hallan establecidos desde entonces (…) El cura Manuel Herrera, por su parte, está en contacto con los insurrectos enviándoles información y pertrechos”, dicen los datos de la revista Tiempo citados por Gomezjara.