sábado, 22 de junio de 2019

Así recordamos a Ignacio Manuel Altamirano II y última


Víctor Cardona Galindo
Sin duda, Ignacio Manuel Altamirano es el máximo escritor de su tiempo. Fue quien marcó la ruta de las letras nacionales afirma Jaime Labastida, quien lo coloca a la par de Alfonso Reyes y Octavio Paz. Mi maestro Fortunato Hernández Carbajal dice que en Guerrero hasta nuestro tiempo, nadie ha podido rebasarlo.
Un recuerdo del puente colgante sobre el río Atoyac.

Victoria Enríquez en el texto “Mujeres, paisajes, dolor y muerte en la poesía de Ignacio Manuel Altamirano” publicado en el libro Altamirano visto por altamiranistas, comenta que “la perfección que Ignacio Manuel Altamirano logró en el uso del lenguaje, aunada a su sensibilidad y perfección, le permitió crear una poesía cuya musicalidad y delicadeza residen no sólo en sus motivos, si no en su rima”.
Nicole Girón en el escrito titulado “El estado de Guerrero en la obra de Altamirano” señala: “Como textos descriptivos habría que mencionar el poema “Al Atoyac”, quizás el más bello de Altamirano, porque su arte de paisajista le permite transmitir el poderoso hechizo de la naturaleza tropical y el contraste entre el pausado fluir de las caudalosas aguas del río, que se insinúa entre los gigantescos árboles de sus riberas para desembocar en el mar, y el profundo retumbar de las olas marinas, que se quiebran en la franja ardiente de las playas arenosas”. Leamos el poema citado: “Abrase el sol de julio las playas arenosas /que azota con sus tumbos embravecido el mar, /y opongan en su lucha, las aguas orgullosas, /al encendido rayo, su ronco rebramar. /Tú corres blandamente bajo la fresca sombra/que el mangle con sus ramas espesas te formó:/y duermes tus remansos en la mullida alfombra/que dulce primavera de flores matizó. /Tú juegas en las grutas que forman tus riberas /de ceibas y parotas el bosque colosal: /y plácido murmuras al pie de las palmeras/que esbeltas se retratan en tu onda de cristal. /En este Edén divino, que esconde aquí la costa, /el sol ya no penetra con rayo abrasador; /su luz, cayendo tibia, los árboles no agosta, /y en tu enramada espesa, se tiñe de verdor.
Para Enrique González Martínez en su texto “Altamirano poeta” el tixtleco está contenido en tres poemas que resumen su estética personal y su finalidad lírica; “Los Naranjos”, “Las amapolas” y su composición “Al Atoyac” y en su opinión dice que este último es lo más acabado y bello que salió de la pluma del poeta: “En el poema ‘Al Atoyac’ el protagonista es el río. El poeta lo evoca en contraste con el mar que azota las playas arenosas con sus tumbos embravecidos, mientras que el río se desliza blandamente bajo la sombra fresca de los manglares, lamiendo los pies de las palmeras. El poeta no se limita a describirlo, si no que transmuta en estados del alma sus visiones, y nos da su propia emoción, depurada y ennoblecida. No necesitamos conocer el terruño contado, las palabras del poeta nos arrastran a contemplar con él su panorama espléndido y lo consigue definitivamente”. Estamos de acuerdo con él: “Aquí sólo se escuchan murmullos mil suaves, /el blando son que forman tus linfas al correr, /la planta cuando crece, y el canto de las aves, /y el aura que suspira, las ramas al mecer./Ostentase las flores que cuelgan de tu lecho /en mil y mil guirnaldas para adornar tu sien: /y el gigantesco loto, que brota de tu lecho, /con frescos ramilletes inclinase también./Se dobla en tus orillas, cimbrándose, el papayo, /el mango con sus pomas de oro y de carmín; /y en los ilamos saltan, gozoso el papagayo, /el ronco carpintero y el dulce colorín./A veces tus cristales se apartan bulliciosos /de tus morenas ninfas, jugando en derredor: /y amante las prodigas abrazos misteriosos /y lánguido recibes sus ósculos de amor.”
Para José de Jesús Núñez y Domínguez en el ensayo “El mexicanismo en la poesía de Altamirano” al tratar de los versos de “Al Atoyac” considera que cada uno de ellos es como una hamaca en que se balancean nuestro sueños a la margen del río o nos desdoblamos con su yo para asistir a las orgías de color de los pájaros que son aladas flores: “Y cuando el sol se oculta detrás de los palmares, /y en tu salvaje templo comienza a oscurecer, /del ave te saludan los últimos cantares /que lleva de los vientos el vuelo postrimer./La noche viene tibia; se cuelga ya brillando/la blanca luna, en medio de un cielo de zafir,/y todo allá en los bosques se encoge y va callado, /y todo en tus riberas empieza ya a dormir.
Entonces de tu lecho de arena, aletargado /cubriéndote las palmas con lúgubre capuz /también te vas durmiendo, apenas alumbrado /del astro de la noche por la argentada luz.
Y así resbalas muelle; ni turban tu reposo/ del remo de las barcas el tímido rumor, /ni el repentino brinco del pez que huye medroso /en busca de las peñas que esquiva el pescador. /Ni el silbo de los grillos que se alza en los esteros, /ni el ronco que a los aires los caracoles dan, /ni el huaco vigilante que en gritos lastimeros /inquieta entre los juncos el sueño del caimán. /En tanto los cocuyos en polvo refulgente/ salpican los umbrosos yerbajes del huamil, /y las oscuras malvas del algodón naciente/que crece de las cañas de maíz, entre el carril./Y en tanto en la cabaña, la joven que se mece/ en la ligera hamaca y en lánguido vaivén, /arrullase cantando la zamba que entristece, /mezclando con las torvas el suspirar también./ Más de repente, al aire resuenan los bordones /del arpa de la costa con incitante son, /y agitanse y preludian la flor de la canciones, /la dulce malagueña que alegra el corazón./Entonces, de los barrios la turba placentera /en pos del arpa el bosque comienza a recorrer, /y todo en breve es fiesta y danzas en tu ribera, /y toda amor y cantos y risas y placer./Así transcurren breves y sin sentir las horas: /y de tus blandos sueños en medio del sopor /escuchas a tus hijas, morenas seductoras, /que entonan a la luna, sus cántigas de amor./Las aves en sus nidos, de dicha se estremecen, /los floripondios se abren su esencia a derramar; /los céfiros despiertan y suspirar parecen; /tus aguas en el álveo se sienten palpitar./¡Ay! ¿Quién, en estas horas, en que el insomnio ardiente /aviva los recuerdos del eclipsado bien, /no busca el blando seno de la querida ausente /para posar los labios y reclinar la sien?/Las palmas se entrelazan, la luz en sus caricias /destierra de tu lecho la triste oscuridad: /las flores a las auras inundan de delicias… /y solo el alma siente su triste soledad. /Adiós, callado río: tus verdes y risueñas /orillas no entristezcan las quejas del pesar; /que oírlas sólo deben las solitarias peñas /que azota, con sus tumbos, embravecido el mar. /Tú queda reflejando la luna en tus cristales, /que pasan en tus bordes tupidos a mecer /los verdes ahuejotes y azules carrizales, /que al sueño ya rendidos volvieronse a caer. /Tú corre blandamente bajo la fresca sombra /que el mangle con sus ramas espesas te formó; /y duermen tus remansos en la mullida alfombra /que alegre primavera de flores matizó.”
Dice el escritor atoyaquense Justino Castro Mariscal que “El río Atoyac que pasa también por la orilla del pueblo de San Jerónimo, y a quien el ilustre y preclaro literato suriano, licenciado Ignacio M. Altamirano, le dedicara una bella composición en verso, que a no dudarlo, es una bella descripción del río; éste se desbordaba o se desborda en el periodo de lluvias, y sus corrientes ya próximas a lanzarse al mar bañan una gran extensión de los terrenos pertenecientes al Zanjón”.
Atoyac significa agua que se esparce y con razón porque los que fundaron este pueblo disfrutaron de un maravilloso paisaje, visto desde la azul montaña. Este valle debió ser un espejo de cristalinas aguas esparcidas en el caudal de los arroyos de El Chichalaco, el de Los Tres Brazos, El Cohetero, Arroyo Ancho y El Japón. Las lagunas y diversas lagunetas que había por todo el rumbo, algunas todavía pueden verse en temporada de lluvias en las orillas de los caminos.
El caudal de los arroyos ya es un recuerdo. En 1973, el ex presidente municipal Luis Ríos Tavera dedicó estas líneas al río: “Desde arriba se ve un manto que se extiende al Océano Pacífico, lo cruza el prominente río que se llama Atoyac… De afluentes tiene innumerable arroyos que ondulan y se detienen en remansos. Crece el follaje verde en los contornos; y de los montículos que se alzan de abajo arriba se divisan las calles paralelas perdidas entre los árboles frutales y palmeras centenarias. Recuestan su presencia en el bálsamo del olor purificante, ya del ocote de la sierra”.
El río y las aguas que se esparcen por sus arroyos han marcado la vida de los atoyaquenses, con diversas tragedias, han propiciado la desaparición y la formación de comunidades: como la creciente de San Miguel el 29 de septiembre de 1865, que se llevó la fábrica “El Rondonal”, arrasó Barrio Nuevo y propició la formación de San Jerónimo de Juárez, según el cronista de ese lugar don Luis Hernández Lluch.
El 7 de julio de 1955, un fuerte ciclón ocasionó el desbordamiento del río y de los arroyos. Las aguas del Arroyo Cohetero (llamado así porque en sus orillas vivía el primer cohetero de Atoyac) se salieron de su cauce inundando varias calles y casas, entre ellas el consultorio del doctor Antonio Palos Palma; en el cine Álvarez el agua ascendió hasta los tres metros.
El huracán Tara, el 12 de noviembre de 1961, pobló la colonia Buenos Aires y propició la formación de la colonia Miranda Fonseca. Y por la inundación dejó de existir el pueblo del Cuajilote, donde ahora quedan unas cuantas casas.
En 1967, con la presencia del huracán Behulat, llovió alrededor de 10 días (Comenzaron los aguaceros el 17 de septiembre y dejó de llover hasta el 27 del mismo mes), eso propició que se formaran la colonia Olímpica, con los habitantes que se salieron de La Sidra una comunidad que desapareció con ese siniestro. En El Humo se perdieron nueve casas.
A este caudal también debió referirse Ignacio Manuel Altamirano en ese otro poema que se llama “El Atoyac” (En una creciente) donde el poeta le canta al mismo río.
Nace en la sierra entre empinados riscos /humilde manantial, lamiendo apenas /las doradas arenas, /y acariciando el tronco de la encina / y los pies de los pinos cimbradores.
Por un tapiz de flores/desciende y a la costa se encamina /el tributo abundante recibiendo /de cien arroyos que en las selvas brotan.
A poco, ya rugiendo /y el álveo estrecho a su poder sintiendo, /invade la llanura, /se abre paso del bosque en la espesura; /y fiero ya con el raudal que baja /desde lo senos de la nube oscura, /las colinas desgaja, /arranca las parotas seculares, /se lleva las cabañas /como blandas y humildes espadañas, /arrasa los palmares, /arrebata los mangles corpulentos: /Sus furores violentos /ya nada puede resistir, ni evita; /hasta que puerta a su correr dejando /la playa… rebramando /en el seno del mar se precipita.
¡Oh! cuál semeja tu furor bravío /aquel furor temible y poderoso /de amor, que es como río /dulcísimo al nacer, mas espantoso /al crecer y perderse moribundo / ¡de los pesares en el mar profundo!
Nace de una sonrisa del destino, /y la esperanza, arrúllale en la cuna; /crece después, y sigue aquel camino /que la ingrata fortuna /en hacerle penoso se complace, /las desgracias le estrechan, imposibles /le acercan por doquiera; /hasta que al fin violento, /y tenaz, y potente se exaspera, /y atropellando valladares, corre /desatentado y ciego, /de su ambición llevado, para hundirse /en las desdichas luego.
¡Ay, impetuoso río! /después vendrá el estío, /y secando el caudal de tu corriente, /tan sólo dejará la rambla ardiente /de tu lecho vacío.
Así también, la dolorosa historia /de una pasión que trastornó la vida, /sólo deja, extinguida, /su sepulcro de lava en la memoria.
A pesar que en una de sus cartas Ignacio Manuel Altamirano dice que estuvo tres meses en la Costa Grande sin hacer nada, su estancia fue muy fructífera porque nos legó estos poemas con los cuales lo recordamos con cariño. Con eso basta para construir en torno a él esas leyendas que se cuentan: que recorrió la sierra y le puso los nombres a las comunidades del municipio de Atoyac y que vivió en esta ciudad en una casa cerca del Calvario donde llegó con la familia Fierro.


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