sábado, 8 de junio de 2019

Fábrica de Hilados y Tejidos “Progreso del Sur Ticuí” II


Víctor Cardona Galindo
En 1904, con el objetivo de facilitar el tránsito entre Atoyac y la nueva fábrica de El Ticuí durante la temporada de secas se construyó en el río un puente provisional de madera, cuya mejora fue llevada a cabo por los empresarios de la citada fábrica con el apoyo del Ayuntamiento y la ayuda del trabajo personal de los vecinos, publicaba El Periódico Oficial del estado de Guerrero el miércoles 10 de diciembre de ese año.
Las ruinas de la fábrica de El Ticuí.

Durante el periodo de lluvias los pangueros no se daban abasto para pasar a los  trabajadores que iban de Atoyac y a la gente del Ticuí que necesitaba atravesar el río. Uno de los pangueros que se recuerdan es Antonio Solís Laurel. Otros que en 1964 tenían pangos eran Luis Galeana Hernández, Antonio Ávila y Victorio Garibo.
La  tarea de construir un puente de madera se desarrollaría todos los años hasta 1991. El comisario organizaba a los habitantes de El Ticuí, se cortaban troncos, varas y lianas para hacer chundes que se llenaban con piedras y se les colocaban encima troncos de palmas, luego les ponían tablitas encima y así pasaba la gente. No se podía pasar corriendo, si alguien lo hacía tenía el riesgo de rebotar e ir a dar al agua o romperse un hueso al caer sobre las piedras.
A finales de los años cincuenta construyeron en el río dos grandes muros, uno de cada lado donde amarraron gruesos cables de acero que sostenían las balsas que cruzaban el río, en tiempo de lluvias, llevando de ida camiones cargados de algodón y de regreso grandes estibas de manta. La plataforma era de madera y era empujada con palancas por un grupo de balseros.
Fue el 20 de agosto de 1904 cuando la fábrica quedó instalada y se probó el 16 de noviembre de 1904, dando buenos resultados, por lo que se empezó a trabajar regularmente el 1 de enero de 1905. Fue entonces cuando se inició la producción de telas como la Indiana y Manta. Aquí llegó a producirse una tela muy famosa conocida como Indio Atoyac. Según las investigaciones de doña Juventina Galeana se produjeron: indiana, manta, fioco, driles y sedas. Y en la década de 1905 a 1915 se fabricaron telas superiores a las europeas. Había un equipo de ingenieros textiles de origen catalán y francés. Las jornadas de trabajo eran de 14 horas diarias. Había turnos diurnos y nocturnos y los salarios eran de 6 a 12 centavos. Ésta fue una de las factorías que tuvo su impulso en la decadencia del porfiriato. Por lo que se trabajó en ella con tranquilidad algunos años, pero la región comenzó a convulsionarse por la Revolución Mexicana, tanto que el día 28 de abril de 1911 esta factoría recibió los embates de los revolucionarios maderistas que buscaban de alguna manera vengar los agravios que los españoles cometían contra la población trabajadora, por este ataque la factoría suspendió temporalmente sus trabajos, para posteriormente reanudar sus labores sin tropiezos hasta 1928.
Como recuerdo de aquellas revueltas el chacuaco luce un cañonazo que le dieron durante un combate. Es como una gran cicatriz que se suma a los surcos profundos dejados por los rayos que lo enfrentan cada año. Las cuarteaduras se ven desde lejos.
En el levantamiento mariscalista de 1918 y durante la rebelión Delahuertista la fábrica y sus alrededores fueron testigos de los enfrentamientos que se dieron, el más sangriento fue el 23 de diciembre de 1923 a las 10 de la mañana cuando fuerzas agraristas al mando de Pilar Hernández  atacaron esa industria de donde sustrajeron armas, parque y ropa. Además ajusticiaron a varios españoles, entre ellos al señor Federico Hormachea. Durante la rebelión vidalista el guerrillero Gabino Navarrete Juárez se hizo famoso por el asedio permanente que hacía a la tropa federal acuartelada en esas instalaciones fabriles.
En el salón de escarmenado, a un lado de donde estaba la despepitadora, colindando con lo que ahora es El Centro de Salud, está sepultado el coronel Jesús Merino Bejarano de la tropa federal que vino a combatir al general Amadeo Vidales. Merino perdió la vida el 5 de febrero de 1927 en un combate en Atoyac y fue sepultado en El Ticuí. Dicen que este oficial se convirtió en el fantasma de la fábrica. Algunos obreros que trabajaron en el turno de la noche aseguraban haberlo visto pasar. Su espectro beige recorría los telares, el batiente y todas las áreas de trabajo.
Por la mañana la gente se despertaba al triple sonido de la caldera a las cuatro y media de la mañana, faltando cuarto para las cinco se oían dos silbatazos y a las cinco uno. Cuando no había calor en la caldera, se tocaba en el corredor una gran campana, cuyo sonido se escuchaba hasta Zintapala. El cronista Rubén Ríos Radilla recuerda “el tañer de la enorme campana colocada en el corredor exterior y el pitido tradicional que hacía volver a los obreros a su trabajo”. Esa campana junto con el cañoncito que tenían para disparar salvas en los días festivos, fueron vendidos en San Jerónimo por el último Consejo de Administración que encabezó don Cruz Valle.
Los españoles viajaban de Acapulco por medio de embarcaciones que cruzaban la laguna de Coyuca y la de Mitla hasta Los Arenales y de ahí en carretas hasta El Ticuí. Ese era el viaje de los ejecutivos de la fábrica.
El 27 de diciembre de 1933, se suspendieron las labores por un conflicto obrero-patronal, pues los obreros pedían formar un sindicato que se integró más tarde con el nombre de “Felipe Carrillo Puerto”. Los españoles pararon las actividades por no estar de acuerdo con la creación de ese organismo gremial. Los protagonistas de este movimiento sindical fueron Enedino Ríos Radilla, David Flores Reynada y Lorenzo Fierro González. Pero en ese momento no únicamente la organización de los trabajadores venía a cambiar el rumbo de la fábrica, también fue en ese año cuando la mayoría de los campesinos costeños dejaron de sembrar algodón y comenzaron a cultivar ajonjolí, se generalizaron las plantaciones de palmeras y otros ya callejoneaban la sierra sembrando café.
Al siguiente año, en 1934, llegó de gira buscando la Presidencia de la República el general Lázaro Cárdenas y Enedino Ríos Radilla lo invitó a la fábrica donde se reunió con el sindicato de trabajadores. “El general Lázaro Cárdenas llegó caminando desde Atoyac”, recuerda el obrero José Solís. Los obreros le expusieron el problema de la falta de recursos para el funcionamiento de la factoría. Cárdenas les sugirió que se constituyeran en una sociedad cooperativa para que el Banco Obrero les proporcionara un préstamo para iniciar la explotación de la industria para el beneficio de los socios.
David Flores Reynada y Enedino Ríos Radilla fueron los dos líderes que se preocuparon porque esta industria continuara funcionando para bien de los trabajadores y del pueblo. Llegando “El Tata” a la presidencia y con la ayuda del Diputado Federal Feliciano Radilla Ruíz los bancos de Fomento Cooperativo y Fomento Industrial dieron crédito a la nueva cooperativa que se constituyó el 18 de abril de 1938. Por tal motivo la fábrica de hilados y tejidos “Progreso del Sur” volvió a funcionar el 20 de noviembre de 1938, fecha en que el Presidente de la República Lázaro Cárdenas del Río la entregó al pueblo, ahora con la razón social “Sociedad Cooperativa de Participación Estatal David Flores Reynada”, quedó como gerente Enedino Ríos Radilla y como presidente del Consejo de Administración, Lorenzo Fierro González.
El préstamo bancario de medio millón de pesos lo utilizaron para desazolvar el canal y la reparación de la maquinaria que estaba deteriorada por falta de mantenimiento. A la cooperativa se le llamó David Flores Reynada, en honor al líder socialista y promotor sindical asesinado el 9 de abril de 1934 por los reaccionarios del gobierno y del municipio en el campo de aviación hoy conocido como “La pista”, en las inmediaciones del panteón.
En ese tiempo se vino la Segunda Guerra Mundial y la demanda de manta para limpiar los cañones de la armas aumentó, por eso se pudo exportar las telas fabricadas en El Ticuí hasta Europa. Se vino la mejor época que tuvo esa factoría y la prosperidad que se añora. Enedino Ríos Radilla como gerente de la cooperativa era muy dinámico y con las ganancias embanquetó el jardín principal y dio energía eléctrica a El Ticuí y a la ciudad de Atoyac. Impulsó la escuela primaria Valentín Gómez Farías, trajo la Misión Cultural, donde se daban clases de artes y oficios, ahí aprendieron solfeo muchos músicos que con los años destacarían. Se instaló una Escuela de Capacitación Agrícola y la primaria nocturna para los que no sabían leer ni escribir.
Con la participación de los obreros se organizaban desfiles en los días de festejos  nacionales, como el 24 de febrero, el primero de mayo, 5 de mayo, 16 de septiembre y el 20 de noviembre, eventos en los que se repartía miles de refrescos. En el segundo piso de las oficinas industriales se hacían suntuosos bailes donde las ticuiseñas y jovencitas venidas de otros lugares lucían su belleza.
La turbina y un gran transformador instalados al interior de la fábrica abastecieron durante mucho tiempo de luz eléctrica a la cabecera municipal. Eran los tiempos en que los ticuiseños veían de manera despectiva a los de Atoyac, los llamaban “indios” porque ellos se sentían descendientes de españoles. Desde que tomó posesión la cooperativa de la fábrica se instituyeron tres turnos de ocho horas cada uno: de cinco de la mañana a una de la tarde, de dos de la tarde a 10 de la noche y de 10 de la noche a cinco de la mañana. Había obreros que trabajaban doble turno de cinco de la mañana a las 10 de la noche para ganar más. El ruido de la fábrica era muy fuerte, el silbato tocaba tres veces, al último silbatazo deberían de estar entrando a trabajar.
Un obrero tejedor en 1940 ganaba por ocho horas de trabajo 14 pesos semanales. Durante los días de paga se instalaba un gran tianguis al frente de la fábrica, donde se compraba todo lo necesario.
Rosa Santiago Galindo (“La tía Rosita”) trabajó en los telares, a fines de los años 30, dice que sacaban telas de 70 centímetros y de un metro. Recuerda que había máquinas grandes escarmenadoras: “había máquinas moloteras que hacían bolas el algodón. Luego máquinas donde salían recortes de algodón de unos 25 centímetros. En el telar tenía uno que estar alerta porque con un hilo que se reventara se hacía la reventazón, teníamos que añadir el hijo con un nudo muy fino para que no se notara en la manta”.
La tía Rosita a sus noventa años rememora: “a las cuatro y media sonaba el primer pitido muy fuerte y el Chacuaco era un volcán de humo, echaba bolas de humo”. Aunque hay quienes aseguran que esa chimenea era solamente un emblema o un mirador, en la etiqueta para embarques de telas que usaban los Alzuyeta, Fernández, Quirós y Cía. se ve el dibujo de la factoría y el chacuaco echando humo. Don José Solís dice que el chacuaco echó humo mientras existió la máquina para estampar las telas: “los vapores eran muy dañinos para la población por eso salían hasta arriba”.
La tía Rosita, quien laboró ahí en 1937 cuando tenía 14 años, se levantaba a toda prisa para poder llegar puntual a El Ticuí: “Se escuchaba el primer pitido a las 4:30 de la mañana, otro a las 4: 45 y uno más a las 5:05. Volvían a escucharse a las 13:30, 13:45 y 2 de la tarde cuando la gente estaba entrando y saliendo por el enorme portón. La gente no cabía saliendo y entrando a las dos de la tarde. Por la noche no se escuchaba el pitido, el turno de las dos de la tarde salía a las 2 de la mañana y luego volvían a entrar a las cinco”.
 A las cinco de la mañana estaba llegando la gente a trabajar. Chalío era el panguero, les cobraba dos centavos o tres centavos por pasada, siempre le pagaban de regreso. En ese tiempo don Pilar era el calderero, tenía los dos pies de palo porque se había accidentado, él era el encargado de dar las horas y nunca se le pasaban. La mayoría de los trabajadores de ese tiempo eran de El Ticuí o se quedaban a dormir ahí. Eso hicieron en un tiempo la tía Rosita y sus hermanos: Cliserio y María del Refugio, quienes rentaron una casita a la familia Fierro. La tía Rosita recuerda que había personas que vigilaban la labor y les pagaban por metraje. En los telares no había un sueldo fijo.
Su mamá Bernabé Santiago García les llevaba de comer. El almuerzo era a las nueve de la mañana. Al salir la tía Rosita y sus dos hermanos se iban caminando rumbo al río y comían donde encontraban a su mamá, a veces en el playón debajo de los ahuejotes y guamúchiles. El Camino Real se llenaba de gente que iba y venía de El Ticuí, los jovencitos y jovencitas llevaban de comer a sus padres. En todas las sombras de los árboles había obreros comiendo. Se pasaban 15 minutos corriendo y 15 minutos comiendo, porque les daban media hora para tomar sus alimentos recuerda la tía Rosita.


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