sábado, 17 de marzo de 2018

Bolívar Reyna Vergara



Víctor Cardona Galindo
Yo creo que todos vamos por el mundo recordando las enseñanzas de nuestros maestros. María de Jesús Luna Radilla, La maestra Chuchita, nos dejó muy arraigado el cumplimiento del deber con diligencia y que el sacrificio hace grande a las personas. Fortunato Hernández Carbajal, El Baby, nos enseñó que la educación es la única tablita de salvación que tenemos nosotros los pobres y Bolívar Reyna Vergara mucho nos aconsejó: crecer en lo que estemos haciendo y que deberíamos ser siempre dinámicos.
El domingo 4 de febrero de 2018 dejó de existir 
el carismático maestro Bolívar Reyna Vergara, 
quien 51 años de su vida se los dedicó magisterio,
 entre sus haberes está ser uno de los 
fundadores de la escuela preparatoria número 22. 
Foto: cortesía de la familia.

Bolívar Reyna Vergara, el mentor de 51 generaciones de atoyaquenses, dejó este mundo terrenal el domingo 4 de febrero de 2018. Murió activo, seguía frente a grupo y yendo todos los días a ordeñar sus vacas al rancho San José ubicado al sur de la ciudad de Atoyac. Bolívar siempre risueño, lo recuerdo entrando en aquel rustico salón de clases de la preparatoria 22, una tarde de 1988, y como me rezagué me dijo: “¿No vas a entrar chamaco cara de mi apellido?”. Siempre recuerdo su comentario, al abandonar la explanada de la prepa, durante un debate entre dos maestros: “cuando dos no pueden ponerse de acuerdo, quiere decir que los dos están en un error”. Estaba convencido que el diálogo unifica y que el diálogo teje las relaciones.
Poco participaba en los conflictos de la escuela, y vamos que la preparatoria número 22 está considerada la más conflictiva del estado. En el año 2012 el alumnado y personal docente de esa unidad académica le rindieron homenaje, la generación número 33 que egresó ese año llevó su nombre. Bolívar fue uno de los pioneros de la educación secundaria en Atoyac, quien con su apego, constancia, disciplina, carisma y valores se ganó el cariño de todos.
Bolívar Reyna Vergara murió siendo el decano de la Unidad Académica preparatoria número 22, le entregó 42 años de su vida. Formó generaciones de profesionistas que le dieron mucha satisfacción y lo saludaban con cariño. Fue querido y recordado.
Bolívar era licenciado en Filosofía y Letras titulado en los Estados Unidos, Contador Público y profesor de inglés. Tres carreras que le infundieron amor por la enseñanza, por eso durante 51 años de su vida, acudió con gusto a las aulas para impartir sus enseñanzas.
El maestro Bolívar Reyna Vergara nació en San Miguel Totolapan Guerrero, el 19 de septiembre de 1937, hijo de Leoncio Reyna Peralta y María Purificación Vergara Mojica. Su padre murió cuando tenía 15 años.
Cursó cuatro años en el seminario Conciliar de Chilapa Guerrero, luego se graduó como licenciado en Filosofía y Letras en la Universidad Moctezuma de Nuevo México Estados Unidos. Regresó a Chilapa por un año de magisterio para seguir su carrera como sacerdote y cuando estaba a punto de viajar para estudiar en España, surgieron algunos problemas al interior del seminario que postergaron para siempre esa aspiración.
Llegó a la ciudad de Atoyac y por intervención del padre Isidoro Ramírez se inscribió en la Escuela de Comercio del puerto de Acapulco donde terminó la carrera de Contador Público. En esa institución, conocida en ese tiempo como “Comerciales del Estado de Guerrero” al darse cuenta de la preparación que tenía, lo invitaron a dar clases. Por eso en ese periodo de su vida fue maestro y alumno al mismo tiempo.
Mientras Bolívar estudiaba en Acapulco en Atoyac se fundaba la primera escuela secundaria. José Hernández Meza nos dice que todos los jóvenes que terminaban su instrucción primaria, tenían que truncar sus estudios porque no existía nivel secundario en esta localidad, sólo las familias que tenían recursos económicos enviaban a sus hijos a proseguir sus estudios en Chilpancingo, Tixtla, Chilapa o la Ciudad de México. Algunos padres hacían el esfuerzo de mandarlos a Tecpan, única escuela que había de este tipo en la región, lo cual resultaba toda una odisea asistir a clases.
A raíz de la efervescencia política imperante en el estado por la caída del gobernador Raúl Caballero Aburto, las autoridades del consejo municipal que encabezaba Félix Roque Solís y un grupo de ciudadanos como el doctor Raymundo Benavides García, el profesor Adrián Nava, el señor Rosendo Radilla Pacheco, entre otros, aprovecharon la coyuntura existente por la lucha social del momento y solicitaron al gobernador interino Arturo Martínez Adame, la creación de una escuela de segunda enseñanza para nuestro municipio. Fue así como el 5 de septiembre de 1961 comenzó a funcionar la “Escuela Secundaria por Cooperación” en el edificio de la escuela primaria federal Modesto Alarcón con dos numerosos grupos de primer año y un segundo con muy escasos alumnos. Fungió como primer director el doctor Raymundo Benavides García quien también prestaba sus servicios en el hospital rural, hoy conocido como Centro de Salud.
Dice Hernández Meza que el 16 de febrero de 1962 se federaliza la escuela, siendo ya reconocida desde esa fecha como escuela secundaria federal número 14 y la Secretaría de Educación Pública (SEP) envió como director a Manuel Casariego Porcayo. El inicio de clases en septiembre de 1962, fue en la casa de Agustín Galeana ubicada en la céntrica calle Independencia.
Saúl Pérez Juárez escribió: “Aquella gran casa ubicada en la calle Independencia, que era en donde funcionó sus primeros años la escuela secundaria federal ‘Mi patria es primero’… Aquellos lejanos años de la década de los sesenta, la mayoría de los padres se conformaba con darle solamente a sus hijos la primaria”.
La escuela estaba a unos metros de la plaza principal de Atoyac, “esta plaza rodeada como todas por su majestuosa catedral, el edificio del Ayuntamiento y muchos negocios, como refresquerías, paleterías, farmacias y diversas tiendas más… La escuela tan cerca y los grupos tan numerosos que llegaban hasta 60 alumnos, la plaza estaba llena”.
Corría el año de 1967 cuando ya el maestro Bolívar estaba dando clases de inglés en la academia July y también había fundado una academia de inglés en el curato de la iglesia Santa María de la Asunción, bajo el auspicio del padre Isidoro Ramírez.
Ese año a invitación del director de la secundaria número 14, presentó examen en la SEP para concursar por la plaza de inglés. Le dieron su nombramiento a pesar de que en ese tiempo era muy difícil entrar al sistema educativo mexicano. Siendo ya maestro estudió la especialidad de inglés en la Normal Superior que dependía de la Universidad Autónoma de Guerrero.
Saúl Pérez Juárez recuerda cuando “llegó por primera vez, a impartirnos clases de inglés el profesor Bolívar Reyna Vergara. Antes que él había sido el maestro Domingo Rendón”. Nos comenta que Bolívar “supo utilizar lo mejor que debe tener un docente dentro y fuera del aula de clase, el saber convivir con los alumnos, bromear de vez en cuando con ellos y saber comprenderlos”, más cuando se trataba de grupos de más de 60 alumnos. Saúl lo definió como un hombre carismático que saludaba siempre con una sonrisa en los labios.
Luego con el esfuerzo de padres de familias y por iniciativa del licenciado Justino García Téllez, el 6 de octubre de 1976, se fundó la Escuela Preparatoria Número 22, ahora llamada Unidad Académica Preparatoria número 22 dependiente de nuestra alma mater la Universidad Autónoma de Guerrero. Actualmente este plantel cuyo primer director fue el profesor Celso Villa García da formación a más de mil alumnos en dos turnos y el módulo de Cacalutla. En sus instalaciones funciona también el módulo local de la Escuela Preparatoria Abierta de la misma Universidad.
Ese plantel comenzó a funcionar con carácter de prepa popular el 13 de septiembre de 1976. En ese tiempo el municipio de Atoyac ya rebasaba los 35 mil habitantes, existían seis secundarias, dos con doble turno, en la cabecera había tres y las otras estaban en El Paraíso, Río Santiago y Zacualpan. Habían egresado durante ese periodo 750 alumnos y la mayoría buscaba opciones para entrar a una institución de educación media superior.
Iniciaron clases en el turno vespertino con dos grupos y al año siguiente comenzó el turno matutino. De Chilpancingo vino Celso Villa, que se sumó al equipo donde ya estaba Aurelio Ponce Díaz.
Bolívar fue invitado a colaborar en la formación de la Escuela Preparatoria número 22, junto con Guadalupe Jiménez Polanco, en un principio sin sueldo. Bolívar recordaba que el comité para la fundación de la Prepa se formó con alumnos mayores de edad y comenzó a funcionar en la calle de Zaragoza, en ese tiempo la prepa tuvo mucha calidad, los alumnos que presentaban examen en las mejores universidades, siempre quedaban.
Bolívar que formó parte de la primera generación de maestros que dio vida a esta escuela, rememoraba que para hacer las anteriores instalaciones todos trabajaban para construir las aulas, a cada grupo le tocaba fabricar tabicón. Cuando echaban los colados hasta las muchachas subían los botes de cemento: “Fue una experiencia muy bonita”.
La universidad no siempre es justa con sus mejores hombres, el 28 de octubre de 2003, Wilvaldo Rojas Arellano  se instaló en huelga de hambre en el kiosco de Acapulco para exigir al rector Nelson Valle López, entre otras cosas, la asignación del tiempo completo a los profesores: Bolívar Reyna Vergara, José Carlos Quevedo y Aldegundo Ramírez Flores. Todavía hasta esos años el decano de la prepa no recibía un debido reconocimiento.
De los 51 años que Bolívar acumuló en el magisterio, 42 estuvo en la prepa 22. Se sentía satisfecho, cuando lo encontraban sus ex alumnos lo saludan con mucho cariño. En 2010 se jubiló de la secundaria después de 43 años de servicio.
Formó a sus hijos de su trabajo, ellos le respondieron bien. Estuvo casado con Eloísa Castro Nogueda. Sus tres hijos hicieron carrera, Bolívar es abogado, Isaí, que fallecido hace ocho años, era arquitecto y Noel es licenciado en economía. Esos son los resultados de toda una vida de esfuerzo. Además del cariño, respeto y admiración que le profesamos los que fuimos sus alumnos.
Algunos le decían “Teacher Bolívar” y recuerdan: “cuando pedíamos permiso para salir tenía que ser en inglés y ahí le batallábamos. Igual para entrar al salón. Un excelente maestro. Siempre alegre y sonriente. Además de que en esporádicamente se le escapaba algún albur”.
Pablo Solís Nava lo recordó como un maestro que siempre era alegre, nunca estaba enojado y siempre enseñaba su materia de una forma “desmadroza”, siempre nos decía hijos de mi segundo apellido y “a mí me pidió que lo llevara a Cuba, no se pudo realizar”.
Uno de sus alumnos en la academia July, Salvador Ruiz Fiero escribió un texto que tituló “Bolívar, mi maestro de inglés” lo recordó: “Me daba mucha risa y por más esfuerzos que hacía para evitarlo de todos modos me reía. El motivo era la pronunciación del maestro Bolívar al mencionar una frase. Yo le entendía que decía ‘Yoserolit’ y me sobrevenía la risa. En ese momento no escribía nada; se ponía a caminar de un lado a otro del salón hablando en inglés y nosotros oyéndolo y viéndolo. Y yo haciendo esfuerzos para no reírme. Después, al estudiar mis libros de Hemphill del curso de inglés me encontré una frase que al pronunciarlo sonaba como ‘Yoserolit’. Era ‘Just a Little’: solo un poco o ‘espera un momentito’.
Bolívar era un profesor alto, robusto, joven, bien parecido. La clase empezaba a las siete de la noche y el profe llegaba con sus sandalias con ese caminar lento y firme y la mirada alta, al frente siempre. La maestra Julita terminaba su intervención con el dictado y nosotros guardábamos nuestras libretas de taquigrafía. Mañana traeríamos la transcripción a máquina. Bolívar entraba saludando ‘Good evening’ y nosotros respondíamos. Entonces empezaba él a hablarnos. Se reía mucho cuando tocaba plática; siempre tenía un motivo para reírse.
Yo tenía 15 años y cursaba el primer año de taquimecanografía en la Academia Comercial ‘July’. Se llegó el catorce de febrero y se hizo intercambio de regalo. El profe Bolívar me regaló una pelota muy bonita y a mis quince todavía me sentía un niño. Aún hoy recuerdo esa noche cuando todos se entregaban sus regalos y como yo no participaba, el profe Bolívar de todos modos me tomó en cuenta y me llevó una pelota”.
Remata Salvador diciendo: “yo evoco a Bolívar y sonrío a su recuerdo, a su imagen entregándome una pelota o diciendo: ‘Yoserolit’”.

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