sábado, 14 de enero de 2017

Ciudad con aroma de café XVI


Víctor Cardona Galindo
El ave que predomina en la ciudad es el zanate, también conocido como cascalote; hay palomas domésticas y torcazas, le siguen las tortolitas (cucuchitas), los chicurros, alondras y últimamente hay mucho zopilote. De los reptiles reina la iguana que es fuente de proteínas para la mayoría de las familias pobres y un platillo caro y exótico para los ricos. En todos los bosques del municipio está presente el armadillo que también es un sabroso alimento. Pero además hay animales raros, míticos y de leyenda.
Añadir lEl kiosco que lucía el Zócalo de Atoyac a mediados
del siglo pasado. Foto tomada de La monografía de Atoyac
de Wilfrido Fierro.eyenda
Al arroyo Cohetero llegan garzas negras y blancas, garzones grises, pájaros cagones y diversas aves de laguna que se alimentan de los pequeños peces conocidos como popoyotes. Todas las tardes pasan volando parvadas de garzas, de sur a norte, vuelan de la laguna buscando los cerros, otras también vienen del basurero de donde se alimentan. Patos canadienses vuelan por la mañana hacia el sur y se refugian en los charcos cercanos a la laguna o en las pequeñas pozas que se forman en los potreros con el agua que se riega del canal, ahí conviven con pequeñas gallinitas de color marrón y cresta amarilla.
Ahora las palomas torcazas son urbanas y habitan entre los tamarindos confundiéndose con las caseras. Ya entrada la noche se escucha en el cielo el canto del pichiche y cuando la luna está clara pueden divisarse las parvadas de esta especie de pato con hábitos nocturnos. En el río los patos buzos se asolean en las piedras o se sumergen en las aguas para pescar, compiten por los pequeños peces con las zarcetas y martines pescadores.
Un águila pescadora baja todos los días, exactamente a las tres de la tarde de las lomas cercanas a El Ticuí, atraviesa las huertas de coco y desciende a pescar en un remanso del río que se forma frente al centro social el Enano. Hay muchos gavilanes, un hermoso ejemplar se posaba todas las tardes en la antena de radio del Palacio Municipal y el tesorero atravesaba el Zócalo tapándose con un periódico.
Era un niño de siete años cuando vi un zopilote blanco. Jugaba debajo de los tamarindos de la casa de la abuela Victoria cuando apareció por la mañana volando en medio de la parvada y lo observé planear hasta que se perdió atrás de las montañas. Durante muchos años no vi un zopilote rey,  pensé que tal vez  extinguieron desde que los ganaderos comenzaron a vacunar sus vacas. Pero para mi sorpresa lo observé de nuevo a mediados del 2015. Venía en medio de la parvada como bajando del cerro de La Florida y cruzó la ciudad de Atoyac. Fue antes que comenzara la epidemia de la chikungunya y que se supiera de un nuevo brote de mal derriengue (rabia) en el ganado de la región. Esos días muchos ganaderos tuvieron que quemar los cadáveres de sus animales para evitar la propagación de la enfermedad.
Mi abuela Victoria contaba que un zopilote rey apareció unos días antes de aquel  28 de octubre
de 1926, que se libró un feroz combate entre guerrilleros vidalistas y las fuerzas federales del mayor Lázaro Candelario, en el arroyo del Morenal. Los viejos de Los Valles todavía recuerdan cuando el agua del arroyo bajaba roja de tanta sangre y al sepultar los muertos, no cabían en las fosas, quedaban con los huaraches de fuera y grandes parvadas de zopilotes llegaban para comerles los pies.
Mi madre María del Refugio define al zopilote rey como: “muy blanco y luminoso, que da mucha tristeza verlo”. Unas versiones dicen que la comunidad de Puede del Rey se llama así porque observaron volar a un zopilote rey cuando los primeros habitantes llegaron al lugar.
En internet se habla de un zopilote rey. “El zopilote rey se encuentra entre las especies ‘carroñeras’, es decir, se alimenta exclusivamente de materia orgánica descompuesta, por lo que cumple muy importante labor de limpieza del medio ambiente. Ayuda a evitar que se desaten epidemias, plagas y demás males que podrían propiciar los cadáveres de animales en descomposición. Por lo que, se les considera ‘limpiadores’ de la selva. Esta ave juega un papel importante en la cadena trófica al iniciar el consumo del animal muerto y facilitar el acceso para que otros animales puedan alimentarse de estos restos orgánicos”, (Berlanga y Wood 1992). 
“Su distribución era desde el noroeste de México hasta el norte de Argentina, y en nuestro país se le encontraba en los estados de Sinaloa, Nayarit, Veracruz, Puebla, Guerrero, Tabasco, Oaxaca, Chiapas, Campeche y Quintana Roo. Al sur a través de Centroamérica y Sudamérica, oeste de los Andes noroeste de Perú y norte de Argentina y Uruguay”, (Friedmann 1950 y AOU 1998).
Los hombres de experiencia dicen que el zopilote rey tiene atrofiado el olfato, los demás vuelan a su alrededor porque lo van guiando hasta donde está el alimento. Esta gran ave blanca es la que da el primer picotazo en los cuerpos de animales muertos.
En la actualidad se puede ver grandes parvadas zopilotes que sobrevuelan altísimo la ciudad, algunos amanecen en las antenas de los celulares serenados abriendo sus alas para tomar el sol. Zeferino Serafín en su libro Nostalgia comenta que en los años cincuenta: “Había gran cantidad de zopilotes porque contaban con comida suficiente ya que se comían los animales que se morían por enfermedades. Por las tardes, después de que los trabajadores se retiraban del rastro una vez terminadas sus labores, estas aves acudían a aquel lugar para hacer limpieza, comiéndose los residuos”.
Que se recuerde solamente un pequeño lapso de tiempo después del huracán Tara no hubo zopilotes sobrevolando la ciudad, porque muchos murieron durante la tormenta y otros emigraron lejos del peligro.
De acuerdo con internet el zopilote es un ave carroñera, su nombre viene del náhuatl Tzotl que quiere decir inmundicia y pilotl que quiere decir colgar. Por lo tanto se podría deducir que el nombre de zopilote significa que mientras vuela esta ave lleva en sus garras trozos de animales muertos.
En Los Valles estaba una piedra donde hacían nido los zopilotes, estaba chorreada por la caca de las aves. Los pichones nacían blancos y pelones.
En el cielo de Atoyac vuelvan todos los días auras y zopilotes. El aura tiene roja y pelona la cabeza, mientras la cabeza del zopilote es negra. Los estudios dicen que se pueden encontrar auras desde el extremo sur de Sudamérica hasta el sur de Canadá. “Su plumaje es marrón oscuro hasta negro; la cabeza y el cuello no tienen plumas y son de color púrpura-rojo. Su pico es corto, ganchudo, y de color marfil”.
Otra ave carroñera es el quelele, “de plumaje negro con blanco; en otros lugares le llamaban ‘quebrantahuesos’ porque precisamente iban tras los despojos que dejaban los zopilotes –los huesos principalmente-; de ahí proviene el dicho aquel que le aplicaban a los que llegaban tarde a la cita: ‘Llegaste a la hora del quelele’”, comenta Zeferino Serafín.
La urraca copetona se come los huevos de las otras aves. Su presencia en lo alto de la sierra ha provocado que desparezca la urraquilla verde. La urraca no tiene depredador natural, “ni el mismo gavilán se la quiere comer”, dicen. La gente piensa que la urraca es un animal maldito, porque uno de los pasajes que cuentan nuestros padres dice “cuando Jesús Nuestro Señor andaba huyendo de los romanos, la urraca lo perseguía y decía acavaaa, acavaaa”, así grita siempre esa ave, mientras que las cucuchitas “caminando borraban el rastro de los caminos”. Nadie se come las urracas y ellas volando por todos lados hacen lo que quieren.
En los cerros las chachalacas cantan simulando un dialogo que parece decir: “barre tu casa, barre tu casa, vieja cochina” y la otra contesta “bárrela tú, bárrela tú”. Las chachalacas también son fuente de alimento, un estofado de chachalaca es muy delicioso.
Comentan que el ticuí es un pájaro con plumaje azul en el pecho, con la cola y alas cafés. Se conserva en el parque nacional El Ávila de Venezuela y rara vez puede verse un ejemplar por los alrededores de Atoyac. La pichacua es un ave nocturna que en su canto parece decir, “caballero, caballero”. Cuando éramos niños mis hermanos y yo y no nos queríamos dormir, el tío Chencho nos metía en miedo diciendo: “oyen ese grito, es la rerrirra, la rerrirrona, ya va a venir por ustedes si no se duermen” y todos nos metíamos asustados debajo de las sabanas, porque se escuchaban pichacuas cantar hasta en el patio.
Se cuenta que a principios del siglo XX unos soldados subieron a la sierra a buscar a un forajido, era como buscar una aguja en un pajar en aquella serranía. Mientras caminaban, de uno de esos árboles gigantescos que había, desprendió el vuelo un pájaro imponente, era un águila real, uno de los hombres al verla disparó su mosquetón napoleónico y le pegó en el pecho, el ave cayó entre el monte y la fueron a buscar. Le extendieron sus alas que medían tres metros de punta a punta. De esas águilas reales solamente quedan las leyendas.
El tecolotillo entona un sonoro silbido, pero cuando se asusta emite un escandaloso sonido que va desde el aullido de un gato hasta un pleito de perros. Cuando es atacado por otra ave más grande, en el afán de esconderse, el pequeño tecolote se baja a ras de suelo y sube lo más alto que puede, por eso el grito se escucha en el cielo y en la tierra. Algunas personas asocian este grito con un deceso, puede ser superstición o tal vez ese animalito si puede ver la muerte que ronda.
La ticuiricha es la lechuza, un ave mítica y de mal agüero, que cuando canta es que llegó la muerte. Esa ave conocida también como la dama blanca emite un canto o grito lastimero y chillón, a veces metálico. Varía de un ave a otra, el grito no es similar. La lechuza ataca de noche a los pájaros que duermen en los alambres y en los árboles de las calles de esta ciudad.
Los mangos que adornaban la plaza murieron secos, los vecinos les habrían puesto espinas de pescado en la corteza para que murieran, ya estaban enfadados por la gran cantidad de zanates y tingüiliches que dormían por la noche en la plaza, es que cagaban todo. En los últimos años, grandes parvadas de tingüiliches y de zanates buscan la claridad para dormir y evitar los ataques de la dama blanca.
La lechuza ya no se asusta tan fácilmente, llega incluso atacar a las golondrinas y alondras que duermen en los recovecos de los edificios cercanos a los bancos en plena luz de los faroles. Se para en los cables de alta tensión, se queda quieta y cuando un pajarito se descuida le cae encima y se lo lleva.
Una vez estaba en el Zócalo con unos amigos, como a las 12 de la noche, vimos una gran ave blanca atacando a los zanates que estaban durmiendo en el mango, al desparpajo de los cascalotes observamos que se elevó a las alturas y con el reflejo del alumbrado de la plaza distinguimos como soltó el cuerpo sin vida de un zanate que cayó entre los ficus, al mismo tiempo que dejaba oír su canto: riiik, riiik. Al día siguiente fuimos a ver dónde cayó el zanate. El cuerpo estaba completo únicamente le había comido las vísceras. “La ticuiricha sólo le comió el corazón”, dijo uno de mis acompañantes.
Por eso los zanates prefieren los almendros y los otros árboles de las calles céntricas de Atoyac para dormir. Todas las noches se escucha el escándalo de las parvadas acomodándose para el sueño, en eso Luis Campos pasa con una gigantesca vara espantándolos por todos los árboles para que se vayan. Otros les tiran cohetes para asustarlos. Pero las aves únicamente se cambian de árbol y siguen, no las pueden desterrar.
Las gallinas han aprendido a dormir con la claridad, se quedan quietas porque todo está iluminado por los faroles. Ya no hay oscuridad posible. El alumbrado público todo lo inunda, robándoles la tranquilidad.
En algunas colonias de la ciudad se acercan parvadas de pericos que revolotean en los bocotes. La gente prefiere los pericos nacidos en marzo, porque hablan mucho, y las cotorras guayaberas como mascotas, aunque hay quien tiene en sus casas cucuchitas, palomas, chachalacas, faisanes, pichiches y hasta queleles. Dicen que los faisanes son buenos para cuidar la casa, porque agreden a los intrusos.
Algunos años la policía preventiva detuvo a traficantes de aves. Hombres extraños venían a colocar trampas en las milpas para capturar aves exóticas y llevarlas a vender a las ciudades. Atrapaban por centenares de cotorras guayaberas. Por ahora parece que paró un poco el tráfico de aves.




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